 | | Asunto: | No. 21 - ¡Resucitó de entre los muertos! | | Fecha: | 8 de Abril, 2007 10:52:23 (+0200) | | Autor: | AdoraSI <adorasi @.......com>
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| ¡Adorado sea el Santísimo Sacramento! ¡Ave María Purísima! |
Boletín #21 de AdoraSI.com
Hermosillo, Sonora, México. Domingo 8 de abril de 2007.
CONTENIDO:
1. Del editor 2. ¡Resucitó de entre los muertos! 3. Avisos |
| 1. Del editor
¡Hola! ¡Feliz Pascua de Resurrección! Para iniciar, te proponemos una pequeña
oración ¿te parece bien?
Padre nuestro bendito, que has vencido a la muerte por
medio de la gloriosa Resurrección de tu Hijo Jesucristo, concede a tus adoradores
nocturnos y a todos los lectores de AdoraSi.com y sus familias, resucitar a una
vida nueva renovados por la gracia del Espíritu Santo.
Madre María: te
felicitamos, pues el fruto de tu vientre ha resucitado, y te agradecemos, pues Él
nos abrió las puertas del Cielo.
Cantemos con toda la Iglesia: Éste es el día
del triunfo del Señor ¡Aleluya!
Hermano, hermana, tenemos mucha razón en estar
felices y agradecer. El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había
dicho. Alegrémonos y regocijémonos todos, porque reina para siempre.
La
verdadera alegría no depende del bienestar material, de no padecer necesidad, de
la ausencia de dificultades, de la salud... La alegría profunda tiene su origen
en Cristo, en el amor que Dios nos tiene y en nuestra correspondencia a ese amor.
“Y yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar” (Juan 16, 22).
Nadie: ni
el dolor, ni la calumnia, ni el desamparo... ni los propios errores, ni las
propias caídas, si nos levantamos y volvemos con prontitud al Señor, por sabernos
en todo momento hijos de Dios.
En la Última Cena, el Señor no ocultó a los
Apóstoles las contradicciones que estaban por llegar; sin embargo, les prometió
que la tristeza se tornaría en gozo.
En el amor a Dios, que es nuestro Padre, y
a los demás, y en el consiguiente olvido de nosotros mismos, está el origen de
esa alegría profunda del cristiano.
El pesimismo y la tristeza deberán ser
siempre algo extraño al cristiano. Algo, que si sucediera, necesitaría de un
remedio urgente. El alejamiento de Dios, el perder el camino, es lo único que
podría turbarnos y quitarnos ese don tan preciado de la alegría de
Dios-con-nosotros.
Por lo tanto, luchemos por buscar al Señor en medio del
trabajo y de todos nuestros quehaceres, mortificando nuestros caprichos y
egoísmos. Esta lucha interior da al alma una peculiar juventud de espíritu. No
cabe mayor juventud y alegría que la del que se sabe hijo de Dios y procura
actuar en consecuencia.
¿Sabes? Hay una canción que puede ayudarnos a meditar
sobre lo que es actuar como hijo de Dios; aunque está hecha especialmente para
quienes han recibido el sacramento del Orden Sacerdotal, podemos sacarle mucho
provecho todos los bautizados, pues somos un pueblo de sacerdotes, con Cristo
como Sumo Sacerdote.
La canción se llama “In Persona Christi”, y puedes conocer
el significado de su título y escucharla con un video que nos trae a la memoria
momentos inolvidables de nuestro querido Juan Pablo II, dando clic en el
siguiente vínculo:
www.adorasi.com/musica/in-persona-christi.php.
Te la
ofrecemos con amor en Cristo, esperando que venga a ser una bendición para tu
alma.
Estar alegres es una forma de dar gracias a Dios por los innumerables
dones que nos hace. Con nuestra alegría hacemos mucho bien a nuestro alrededor,
pues esa alegría lleva a los demás a Dios.
Dar alegría será con frecuencia la
mejor muestra de caridad para quienes están a nuestro lado. Muchas personas
pueden encontrar a Dios en nuestro optimismo, en la sonrisa habitual, en nuestra
actitud cordial.
¡Ánimo! ¡Dios te ama! |
| 2. ¡Resucitó de entre los muertos!
El Señor ha resucitado de entre los muertos, como lo había dicho, alegrémonos y
regocijémonos todos, porque reina para siempre. ¡Aleluya! (Antífona de entrada de
la Santa Misa).
La Resurrección gloriosa del Señor es la clave para interpretar
toda su vida, y el fundamento de nuestra fe. Sin esa victoria sobre la muerte,
dice San Pablo, toda predicación sería inútil y nuestra fe vacía de contenido (1
Corintios 15, 14-17).
En la Resurrección de Cristo se apoya la esperanza de
nuestra propia resurrección. La Pascua es la fiesta de nuestra redención y, por
tanto, fiesta de acción de gracias y de alegría.
Los Apóstoles son, ante todo,
testigos de la Resurrección de Jesús (Hechos 1, 22; 2, 32; 3, 15). Anuncian que
Cristo vive, y éste es el núcleo de toda su predicación. Esto es lo que después
de veinte siglos, nosotros anunciamos al mundo: ¡Cristo vive!.
Y esto nos colma
de alegría el corazón. La Resurrección es el argumento supremo de la divinidad de
Nuestro Señor. “Esta es la gran verdad que llena de contenido nuestra fe. Jesús,
que murió en la cruz, ha triunfado de la muerte, del poder de las tinieblas, del
dolor y de la angustia: en Él, lo encontramos todo: fuera de Él, nuestra vida
queda vacía” (J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa).
El mundo había
quedado a oscuras. La Resurrección es la gran luz para todo el mundo: Yo soy la
luz (Juan 8, 12), había dicho Jesús; luz para el mundo, para cada época de la
historia, para cada sociedad, para cada hombre. La luz del cirio pascual
simboliza a Cristo resucitado. Es la luz que la Iglesia derrama sobre toda la
tierra sumida en tinieblas.
La Resurrección de Cristo es una fuerte llamada al
apostolado: ser luz y llevar luz a otros. Para eso debemos estar unidos a Cristo.
“Instaurare omnia in Christo”, da como lema San Pablo a los Cristianos de Efeso
(Efesios 1, 10); “hacer que todo tenga a Cristo”, llenar el mundo entero con el
espíritu de Jesús, colocar a Cristo en la entraña de todas las cosas: esta es
nuestra misión de cristianos, proclamar la Realeza de Cristo en todos los
lugares, tiempos, circunstancias y encrucijadas de la tierra.
La Virgen
Santísima sabía que Cristo resucitaría. En un clima de oración, que nosotros no
podemos describir, espera a su Hijo glorioso. Una tradición antiquísima de la
Iglesia nos transmite que Jesús se apareció en primer lugar y a solas a su Madre.
La Virgen, después de tanto dolor, se llenó de una inmensa alegría.
Nosotros
nos unimos a esta inmensa alegría. Santo Tomás de Aquino aconsejaba que no
dejáramos de felicitar a la Virgen por la Resurrección de su Hijo (Vida y
misericordia de la Santísima Virgen, de Santo Tomás de Aquino).
Es lo que
hacemos ahora que comenzamos a rezar el Regina Coeli en lugar del Angelus:
“Alégrate Reina del Cielo, ¡aleluya!, porque Aquél a quien mereciste llevar
dentro de ti ha resucitado”. Hagamos el propósito de vivir este tiempo pascual
muy cerca de Santa María.
¡En verdad ha resucitado el Señor, aleluya! ¡A Él la
gloria y el poder por toda la eternidad! (Lucas 24, 34; Apocalipsis 1, 6).
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¡GRACIAS Y QUE DIOS TE BENDIGA!
Quinardo Meléndrez www.adorasi.com
RECUERDA QUE: "... el que persevere hasta el fin, ése se salvará." (Mateo
10,22)
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