| 2. Aceptar la voluntad de Dios
“Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo” (Mateo 6, 10), rogamos a
Dios en la tercera petición del Padre nuestro. Queremos alcanzar del Señor las
gracias necesarias para que podamos cumplir aquí en la tierra todo lo que Dios
quiere.
La mejor oración es aquella que transforma nuestro deseo, hasta
conformarlo, gozosamente, con la voluntad divina, hasta poder decir con Jesús:
“Padre mío... no sea como yo quiero, sino como quieras tú” (Mateo 26, 39). Si es
así nuestra oración, a fin de cuentas siempre saldremos beneficiados y
bendecidos, pues no hay nadie que quiera tanto nuestro bien y nuestra felicidad
como el Señor.
Querer hacer la voluntad de Dios en todo, aceptarla con gozo y
amarla, no es simplemente el sometimiento del más débil ante el más fuerte, sino
la confianza del hijo en el Padre celestial, cuya bondad, amor y sabiduría nos
conduce –a veces por caminos que no comprendemos de momento- a nuestro pleno y
verdadero desarrollo como ser humano... nos va llevando al descubrimiento y a ser
cada vez más concientes de que nuestra grandeza está en ser hijos de Dios.
En
muchos momentos, nuestro querer natural coincide con el de Dios. Todo entonces
parece fácil, sereno, suave ¡y hasta divertido! Sin embargo, el camino que lleva
directamente a Dios, nos llevará en tantas ocasiones por senderos distintos a los
que nosotros, con un criterio exclusivamente humano, hubiéramos escogido.
Entonces escuchemos atentamente al Espíritu Santo que nos dice en la intimidad de
nuestro corazón: “Mis caminos no son vuestros caminos...” (Isaías 55, 8).
Es
entonces cuando podemos purificar el propio yo, la propia voluntad inclinada
exclusivamente a uno mismo, incluso en asuntos nobles y caritativos, e iremos al
Sagrario a ver a Jesús; ahí comprenderemos que nuestro querer más íntimo es
precisamente aceptar y amar la voluntad de Dios. Nuestra meta ha de ser hacer
siempre, también en lo pequeño, en las tareas ordinarias, lo que Dios quiere que
hagamos. Así, nuestra vida se convertirá en un continuo acto de amor.
En algunas
situaciones humanamente difíciles, sepamos decir con paz en el corazón: “¿Lo
quieres, Señor?...¡Yo también lo quiero!” Pueden ser ocasiones extraordinarias
para confiar más y más en nuestro Padre.
Esa voluntad divina que aceptamos
puede ser el sufrimiento físico o espiritual, enfermedad o pérdida de un ser
querido, o quizá son simplemente los problemas, contrariedades o molestias de
cada jornada, del convivir, de los años, del calor, del frío, de la lluvia...
Los adoradores nocturnos, durante el ejercicio preparatorio para la Sagrada
Comunión, meditamos para qué viene el Señor a nosotros en el Santísimo
Sacramento:
“¿Para qué viene? Con las manos llenas de dones a repartirlos entre
los que ama... salud, riquezas, hermosura, poder, todo nos lo dará, si nos
conviene para salvarnos... enfermedad, pobreza, oprobio, abyección, esclavitud,
todo esto nos traerá, si nos conviene para santificarnos...” (Ritual de la
Adoración Nocturna Mexicana, pág. 348).
Santa María, ayúdame a comprender, como
tú, que todo es un don de Dios para nuestro verdadero bien. Señor, Dios mío, en
tus manos abandono lo pasado y lo presente y lo futuro, lo pequeño y lo grande,
lo poco y lo mucho, lo temporal y lo eterno. ¡Amén! |