| 2. La obra bien hecha
La fiesta de San José, obrero, es una buena ocasión para pensar en nuestra
obligación de continuar la obra de la creación y de realizarla bien. Es lo que
diríamos: "la obra bien hecha". Dios pide al hombre colaboración constante,
diligente y consciente en la Creación.
El Concilio Vaticano II, nos enseña: “El
mensaje cristiano no aparta a los hombres de la edificación del mundo, ni los
lleva a despreocuparse del bien de sus semejantes, sino que más bien les impone
esta colaboración como un deber”.
Un autor moderno nos dice: “Si un hombre es
barrendero, tendría que barrer las calles como pintaba Miguel Ángel, como
componía Beethoven, como escribía Shakespeare”.
La Iglesia nos propone a San
José como modelo ejemplar para todos los trabajadores del mundo. ¿Cuál es la
razón de esta distinción? No resulta difícil reconocerla, nos dijo Juan Pablo
II:
“Está en la orientación a Cristo, que sostuvo toda la fatiga de San José. La
presencia en la casa de Nazaret del Verbo Encarnado, Hijo de Dios e Hijo de su
esposa María, ofrecía a José el cotidiano por qué de volver a inclinarse sobre el
banco de trabajo, a fin de sacar de su fatiga el sustento necesario para la
familia. Realmente todo lo que hizo José, lo hizo para el Señor, y lo hizo de
corazón.
Todos los trabajadores están invitados hoy a mirar el ejemplo de este
“hombre justo”. La experiencia singular de San José se refleja, de algún modo, en
la vida de cada uno de ellos. Efectivamente, por muy diverso que sea el trabajo a
que se dedican, su actividad tiende siempre a satisfacer alguna necesidad humana,
está orientada a servir al hombre.
Por otra parte, el creyente sabe bien que
Cristo ha querido ocultarse en todo ser humano, afirmando explícitamente que todo
lo que se hace por un hermano, incluso pequeño, es como si se le hiciese a Él
mismo (Mateo 25, 40). Por lo tanto, en todo trabajo es posible servir a Cristo,
cumpliendo la recomendación de San Pablo e imitando el ejemplo de San José,
custodio y servidor del Hijo de Dios.
Al dirigir hoy, primer día de mayo, un
saludo cordialísimo a todos vosotros, mi pensamiento va con todo afecto
especialmente a los trabajadores del mundo, exhortándoles a tomar renovada
conciencia de la dignidad que les es propia: con su fatiga sirven a los hermanos:
sirven al hombre y, en el hombre, a Cristo.
Que San José les ayude a ver el
trabajo en esta perspectiva, para valorar toda su nobleza y para que nunca les
falten motivaciones fuertes a las que pueden recurrir en los momentos difíciles.
” (Juan Pablo II)
Se debe trabajar, pues, con amor; porque trabajar con amor, es
tejer la tela con hilos tomados del corazón, de nuestro corazón, como si el ser
amado fuera a usar esa prenda de vestir; es arrojar semillas de ternura, y
cosechar con alegría, como si el ser amado fuera a comer ese fruto. Es
impregnarlo todo de amor.
El 5 de enero de 1964, desde Nazaret, el Papa Paulo VI
nos exhortaba a aprender la lección del trabajo, la conciencia de su dignidad. Y
nos señalaba a todos “al gran modelo, al hermano divino, al defensor de todas las
causas justas, es decir: a Cristo, Nuestro Señor”, el hijo del carpintero, como
era conocido Jesús en aquella Galilea del primer siglo.
Y con el hijo, el
padre, el custodio, San José, obrero. ¡La Obra Bien Hecha! El realizaría tareas
sencillas, pero pondría toda su alma en hacer las cosas bien. Quizá no haría
cosas extraordinarias, pero lo ordinario lo haría extraordinariamente bien.
Que
San José sea nuestro ejemplo a seguir en las tareas que hagamos cada día de
nuestra vida y pidamos a él su intercesión para que nuestro trabajo sea siempre
agradable a los ojos de Dios. |