| 2. Comenzar de nuevo
El Reino de Dios padece violencia, y quienes se esfuerzan lo conquistan (Mateo
11, 12).
Padece violencia la Iglesia por parte de los poderes del mal, y padece
violencia el alma de cada hombre, inclinada al mal como consecuencia del pecado
original.
Será necesario luchar hasta el final de nuestros días para seguir al
Señor en esta vida y contemplarle eternamente en el Cielo: “... el que persevere
hasta el fin, ése se salvará” (Mateo 10, 22).
La vida del cristiano no es
compatible con el aburguesamiento, la comodidad, la negligencia, la pereza, la
tibieza...
El Adviento es un tiempo propicio para que examinemos cómo luchamos
contra las propias pasiones, los defectos, el pecado, el mal carácter…
Esta
lucha que nos pide el Señor a lo largo de nuestra vida, muchas veces se
concretará en fortaleza para cumplir delicadamente nuestros actos de piedad con
el Señor, sin abandonarlos por cualquier cosa, o por el estado de ánimo; se
concretará en el modo de vivir la caridad, en hacer un apostolado eficaz a
nuestro alrededor.
El Señor está a nuestro lado y ha puesto un Ángel Custodio
que nos ayudará en la lucha, si acudimos a él.
En nuestro andar hacia el Señor
no siempre venceremos, tendremos muchas derrotas; unas de escaso relieve; otras
tendrán importancia, pero el desagravio y la contrición nos acercarán más a Dios.
Y comenzaremos de nuevo con paciencia, humildad y sin pesimismo -que es
fruto de la soberbia-, pidiendo más ayuda al Señor.
Nuestro amor a Dios se
manifiesta no tanto en los éxitos que creemos haber alcanzado, sino en la
capacidad de comenzar de nuevo, de renovar la lucha interior.
No comenzamos de
nuevo por un empeño personal, como si tratáramos de afirmar que nosotros podemos
sacar adelante las cosas. En realidad, nosotros solos no podemos nada; no podemos
avanzar sin la ayuda del Señor.
Precisamente, cuando nos sentimos débiles, la
fuerza de Cristo habita en nosotros (2 Corintios 12, 9-10). ¡Y es una fuerza
poderosa!
El fundamento de nuestra esperanza está en que el Señor desea que
recomencemos de nuevo cada vez que hemos tenido un fracaso, quizá aparente, en
nuestra vida interior o en nuestro apostolado.
“Detesta con todas tus fuerzas
la ofensa que has hecho a Dios y, con valor y confianza en su misericordia,
prosigue el camino de la virtud que habías abandonado” (San Francisco de Sales,
“Introducción a la vida devota”).
Pidamos hoy a la Virgen la gracia de no
abandonar la lucha jamás y la humildad de recomenzar siempre. |