| 2. La Iglesia permanecerá hasta el fin de los tiempos
Nos narra el Evangelio en Mateo 14, 24-25 que los Apóstoles navegaban hacia
Cafarnáun cuando ya había oscurecido. El mar estaba agitado por el fuerte viento,
y la barca era vapuleada por las olas.
La Tradición ha visto en esta barca la
imagen de la Iglesia, zarandeada a lo largo de los siglos por el oleaje de las
persecuciones, de las herejías y de las infidelidades. Siempre, desde el
principio sufrió contradicciones y ataques, y hoy como ayer se sigue combatiendo
a la Iglesia.
Eso nos hace sufrir a quienes la amamos, pero a la vez nos da una
inmensa seguridad y una gran paz, porque Cristo mismo está dentro de la barca;
vive para siempre en la Iglesia, y por eso, las puertas del infierno no
prevalecerán contra Ella (Mateo 16, 18); la Iglesia durará hasta el final de los
tiempos, pésele a quien le pese y por más que sea atacada.
No nos dejemos
impresionar porque ha arreciado la tempestad contra nuestra Madre, pues podríamos
perder la paz, la serenidad y la visión sobrenatural. Cristo está siempre cerca
de nosotros, de cada uno, y nos pide confianza.
La Iglesia tiene carácter
imperecedero, es decir, durará hasta el fin del mundo: no habrá cambio sustancial
en su doctrina, en su constitución o en su culto. La razón de la permanencia de
la Iglesia está en su íntima unión con Cristo, que es su Cabeza y Señor.
Después de subir a los cielos, Jesucristo envió a los suyos el Espíritu Santo
para que les enseñe toda la verdad (Juan 14, 16), y cuando les encargó predicar
el Evangelio a todas las gentes, les aseguró que Él estaría siempre con ellos
hasta el final del mundo (Mateo 28, 20). La fe nos atestigua que esta firmeza en
su constitución y en su doctrina durará siempre, hasta que Él venga.
Los
ataques a la Iglesia, los malos ejemplos, los escándalos, nos llevarán a amarla
más, a pedir por esas personas y a desagraviar al Señor ofreciéndonos para el
perdón de sus ofensas. Permanezcamos siempre en comunión con la Iglesia, fieles a
su doctrina, unidos a sus sacramentos, y dóciles a la jerarquía.
A aquella
barca, Jesús llega inesperadamente caminando sobre las aguas, para auxiliar a los
Apóstoles que se encontraban llenos de pavor, para robustecer su fe débil y para
darles ánimos en medio de la tempestad. Las tempestades con el Señor, mediante la
oración y los sacramentos, sean interiores o a nuestro alrededor, se tornan en
oportunidades para crecer en fe, en esperanza, en caridad y en fortaleza.
Así
nos lo indica la Palabra de Dios, mediante la exhortación de San Pablo:
“Fortalézcanse en el Señor con su energía y su fuerza. Lleven con ustedes todas
las armas de Dios para que puedan resistir las maniobras del diablo. Pues no nos
estamos enfrentando a fuerzas humanas, sino a los poderes y autoridades que
dirigen este mundo y sus fuerzas oscuras, los espíritus y fuerzas malas del mundo
de arriba.
Por eso pónganse la armadura de Dios, para que en el día malo puedan
resistir y mantenerse en la fila valiéndose de todas sus armas. Tomen la verdad
como cinturón y la justicia como coraza; estén bien calzados, listos para
propagar el Evangelio de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, y
así podrán atajar las flechas incendiarias del demonio. Por último, usen el casco
de la salvación y la espada del Espíritu, o sea, la Palabra de Dios.
Vivan
orando y suplicando. Oren en todo tiempo según les inspire el Espíritu. Velen en
común y perseveren en sus oraciones sin desanimarse nunca, intercediendo en favor
de todos los santos, sus hermanos.” (Efesios 6, 10-18).
En nuestra vida
personal no faltarán tormentas. Con el tiempo comprenderemos el sentido de estas
dificultades. Y, recordemos, siempre contamos con la ayuda de nuestra Madre del
Cielo, especialmente cuando estamos en medio de la dificultad. ¡Acudamos a Ella
con amor y confianza! |