| 2. ¡Lo que importa es ir al cielo!
Entre todos los logros de la vida, uno solo es verdaderamente necesario:
llegar al Cielo.
Con tal de alcanzarlo debemos estar dispuestos a perder
cualquier otra cosa y perderla, y apartar todo lo que se interponga en el camino,
por muy valioso o atractivo que nos pueda parecer.
La salvación eterna -la
propia y la del prójimo- es indispensable, pues ella significa que amamos a Dios
sobre todas las cosas, nuestro deber supremo.
Cierta vez, una niña me planteaba
ejemplos para saber qué tan cerca puede estar uno del pecado sin pecar.
Finalmente, le dije: Si tú vas caminando con tu papá y ves adelante a un perro
bravo atado con una cuerda de la que no sabes su longitud, ¿para qué lado te
haces, al del perro o al de tu papá?
No podemos jugar con nuestra salvación ni
con la del prójimo: tenemos la obligación de evitar los peligros de ofender al
Señor y el importante deber de apartar la ocasión próxima de pecar, pues el que
ama el peligro, en él caerá (Eclesiastés 3, 26-27).
Muchas veces los obstáculos
que debemos remover no son muy grandes; faltas más o menos habituales, pecados
veniales, pero que hemos de tener en cuenta y evitar porque retrasan el paso, y
porque pueden hacer tropezar y aún caer en otras faltas más importantes.
Todo
debe ayudarnos para afianzar nuestros pasos en el camino que conduce al Cielo: el
dolor y la alegría, el trabajo y el descanso, el éxito y el fracaso...
Al final
de nuestra vida encontramos esta única alternativa: o el Cielo (pasando por el
purgatorio si hemos de purificarnos) o el infierno, el lugar del fuego
inextinguible, del que el Señor habló en muchos momentos.
Si el infierno no
tuviera una entidad real, Cristo no nos habría revelado con tanta claridad su
existencia, y no nos habría advertido tantas veces el destino del inicuo, el
fuego del infierno: “allí será el llanto y el rechinar de dientes” (Mateo 13,
42).
La existencia del infierno, reservado a los que mueran en pecado mortal,
está ya revelada en el Antiguo Testamento (Números 16, 30-33; Isaías 33;
Eclesiástico 7, 16-17; Job 10, 20-21), y es una realidad dada a conocer por
Jesucristo (Mateo 25, 41).
Es una verdad de fe, constantemente afirmada por el
Magisterio de la Iglesia (Benedicto XII, constitución dogmática Benedictus Deus).
El Señor quiere que nos movamos por amor, pero ha querido manifestarnos a
dónde conduce el pecadopara que tengamos un motivo más que nos aparte de él: el
santo temor de Dios, temor de separarnos del Bien Infinito, del verdadero Amor.
La consideración de nuestro último fin, ha de llevarnos a la fidelidad en lo
poco o mucho de cada día, a ganarnos el Cielo con nuestro quehacer diario, y a
remover todo aquello que sea un obstáculo en nuestro caminar.
También nos ha de
llevar al apostolado, a ayudar a quienes están junto a nosotros para que
encuentren a Dios.
La primera forma de ayudar a los demás es la de estar
atentos a las consecuencias de nuestro obrar y de nuestras omisiones, para no ser
nunca, ni de lejos, escándalo u ocasión de tropiezo para otros (Mateo 18, 6).
¡Virgen Santísima, condúcenos a Cristo, el camino seguro para llegar al
Cielo! |