| 2. La Misericordia Divina
San Pablo llama a Dios Padre de las misericordias (Corintios 1, 1-7), llamando
a nuestra atención su infinita compasión por los hombres, a quienes ama
entrañablemente.
La Sagrada Escritura nos enseña que la misericordia de Dios es
eterna, es decir, sin límites en el tiempo (Salmo 100); es inmensa, sin límites
de lugar ni espacio; es universal, pues no se reduce a un pueblo o a una raza, y
es tan extensa y amplia como son las necesidades del hombre.
La Encarnación del
Verbo, del Hijo de Dios, es prueba de esta misericordia divina. Vino a perdonar,
a reconciliar a los hombres entre sí y con su Creador. La bondad de Jesús con los
hombres, con todos nosotros, supera las medidas humanas.
Debemos acudir delante
del Sagrario y decirle: Jesús, ten misericordia de mí. De modo particular el
Señor ejerce su misericordia a través del sacramento del Perdón porque allí es
donde nos limpia los pecados, nos cura, lava nuestras heridas, nos alivia... nos
sana plenamente y recibimos nueva vida.
“Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5, 7). Hay una especial urgencia de
Dios para que sus hijos tengamos esa actitud con nuestros hermanos, y nos dice
que la misericordia con nosotros guardará proporción con la que nosotros
ejercitamos.
Pero si nuestro corazón se endurece ante las miserias y flaquezas
ajenas, más difícil y estrecha será la puerta para entrar en el Cielo y para
encontrar al mismo Dios.
La misericordia es la plenitud de la justicia, según
enseña Santo Tomás de Aquino en su obra “Suma Teológica”, porque cuando se actúa
con misericordia se hace algo que está por encima de la justicia: después de dar
a cada cual lo suyo, lo que por justicia le pertenece, la actitud misericordiosa
nos lleva mucho más lejos, como -por ejemplo- a perdonar con prontitud a quienes
nos ofenden.
La misericordia es, como dice su etimología, una disposición del
corazón que lleva a compadecerse, como si fueran propias, de las miserias que
encontramos cada día.
Un corazón compasivo y misericordioso se llena de alegría
y de paz porque “hay más gozo en dar que en recibir” (Hechos 20, 35). Así
alcanzamos esa misericordia que tanto necesitamos, y se lo debemos a aquellos que
nos han dado la oportunidad de hacer algo por ellos mismos y por el Señor.
Acudamos a nuestra Madre, pues Ella “es la que conoce más a fondo el misterio
de la misericordia divina. Sabe su precio y sabe cuán alto es. En este sentido la
llamamos también Madre de la misericordia” (Juan Pablo II). |