| 2. Nuestra filiación divina
Somos hijos de Dios. Nunca acabaremos de comprender y de estimar
suficientemente este don inmenso: ¡Hijos de Dios!
Esta no es una metáfora, ni
es un modo piadoso de hablar. ¡Somos hijos de Dios! Esta realidad incomparable
tiene lugar en el Bautismo (Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium), donde,
gracias a la Pasión y Resurrección de Cristo, tiene lugar el nacimiento a una
vida nueva, que antes no existía.
Ha surgido una nueva criatura (2 Corintios 5,
17), por lo cual el recién bautizado se llama y es realmente hijo de Dios. “El
cristiano nace de Dios, es hijo suyo en el sentido real, por lo cual debe
parecerse a su Padre del Cielo; su condición de hijo consistirá precisamente en
participar de la misma naturaleza que Él.” (Teología Moral del Nuevo
Testamento).
Cada día de nuestra vida constituye una gran ocasión para agradecer a
Jesucristo, Nuestro Señor, el que nos haya traído el inmenso don de la filiación
divina y que nos haya enseñado a llamar Padre al Dios de los Cielos: “Ustedes,
pues, recen así: Padre …” (Mateo 6, 9).
El sentido de nuestra filiación divina
define y encauza nuestra actitud y, por tanto, nuestra oración y nuestra manera
de comportarnos en todas las circunstancias. Es un modo de ser y un modo de
vivir.
Al vivir con sentido de hijos de Dios aprenderemos a tratar a nuestros
hermanos los hombres.
El sabernos hijos de Dios nos enseña a comportarnos de
modo sereno ante los acontecimientos, por duros que parezcan.
Nuestra vida se
convierte en un activo abandono de hijos que confían plenamente en la bondad de
un Padre a quien además, están sometidos todos los poderes de la creación.
La
certeza de que Dios quiere lo mejor para nosotros nos lleva a un modo sosegado y
alegre aún en los momentos más difíciles de nuestra vida. Así es: el Señor nos da
siempre los medios para salir adelante por los caminos más insospechados.
Dicho
en pocas palabras: Dios todo lo sabe, todo lo puede, es bueno y nos ama; siendo
hijos que confían en Él ¿qué hemos de temer? Todo contribuye a nuestro bien
mayor, aunque de pronto no lo entendamos.
Cuando nos encontremos con un
problema, nuestra actitud es la de pedir más ayuda a nuestro Padre del Cielo,
renovar nuestro ofrecimiento a hacer Su Voluntad y nuestro empeño por ser santo
en todas las circunstancias, también en las menos favorables.
Esto lo dice la
Sagrada Escritura: “No dejen que el pecado tenga poder sobre este cuerpo —¡ha
muerto!— y no obedezcan a sus deseos. No le entreguen sus miembros, que vendrían
a ser como armas perversas al servicio del pecado. Por el contrario, ofrézcanse
ustedes mismos a Dios, como quienes han vuelto de la muerte a la vida, y que sus
miembros sean como armas santas al servicio de Dios” (Romanos 6, 12-13).
La
filiación divina, pues, es el fundamento de la verdadera libertad -la libertad de
los hijos de Dios (Romanos 8, 21)- frente a todas las opresiones, y de modo
singular frente a la esclavitud a que nos quieren someter nuestras propias
pasiones.
Seremos verdaderos hijos de Dios Padre y, por tanto, herederos, si
contemplamos y tratamos a Jesús. Él nos enseña en todo momento el camino que
lleva al Padre.
Recordémoslo cuando nos acerquemos a la Santa Eucaristía, Él nos
llevará a tratar a los demás con un gran respeto, como corresponde a hijos de
Dios. |