| 2. El reinado de Cristo
Jesucristo, Rey del universo, es un hecho grandioso que en toda la Iglesia
celebramos solemnemente: es como una síntesis de todo el misterio de salvación.
Con esta solemnidad se cierra el año litúrgico, después de haber celebrado
todos los misterios de la vida del Señor, y se llama nuestra atención hacia
Cristo glorioso, Rey de nuestras almas y de toda la creación.
Esta fiesta fue
instituida para mostrar a Jesús como único soberano ante una sociedad que parece
querer vivir de espaldas a Dios.
Cristo vino a establecer su reinado, no con la
fuerza de un conquistador, sino con la bondad y mansedumbre del pastor.
Con
esta disposición el Señor buscó a los hombres dispersos y alejados de Dios por el
pecado.
Y como estaban heridos y enfermos, los curó y vendó sus heridas. Tanto
los amó que dio la vida por ellos.
El Reino instaurado por Jesucristo viene a
revelar el amor de Dios, y actúa como fermento y signo de salvación para
construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario, inspirado en los
valores evangélicos de la esperanza y futura bienaventuranza.
Y es necesario que
Él reine (1 Corintios 15, 25). Es necesario que reine en primer lugar en nuestra
inteligencia, mediante el conocimiento de su doctrina y el acatamiento amoroso de
esas verdades reveladas.
Es necesario que reine en nuestra voluntad, para que
nuestra voluntad obedezca y se identifique cada vez más plenamente con la
voluntad divina.
Es preciso que reine en nuestro corazón, para que ningún amor
se interponga al amor de Dios.
Es necesario que reine en nuestro cuerpo, templo
del Espíritu santo, y en nuestro trabajo, camino de santidad.
La fiesta de hoy
es como un adelanto de la segunda venida de Cristo en poder y majestad, la venida
gloriosa que llenará los corazones y secará toda lágrima de infelicidad.
Pero a
la vez es una llamada y un acicate para que a nuestro alrededor el espíritu
amable de Cristo impregne todas las realidades terrenas.
Nosotros colaboramos
en la extensión del reinado de Jesús cuando procuramos hacer más humano y más
cristiano el pequeño mundo que nos rodea, el ambiente que cada día frecuentamos.
En la fiesta de hoy oímos al Señor que nos dice en la intimidad de nuestro
corazón: Yo tengo sobre ti pensamientos de paz y no de aflicción (Jeremías 29,
11), y hacemos el firme propósito de arreglar en nuestro corazón lo que no sea
conforme con el querer de Cristo.
A la vez, le pedimos poder colaborar en esta
tarea grande de extender su reinado a nuestro alrededor y en tantos lugares donde
aún no le conocen.
Para hacer realidad nuestros deseos acudimos, una vez más, a
Nuestra Señora, la Madre santa de nuestro Rey, la Reina de nuestro corazón.
Le
pedimos que sepamos componer nuestra vida y que seamos bendición de Dios en la
vida de los que nos rodean, como un río de paz (Isaías, 66, 12). |