| 2. Una tarea urgente: compartir la doctrina
Vemos en el Evangelio a tanta gente necesitada que acude a Cristo (Lucas 6,
19; 8, 45). Y les atiende, porque tiene un corazón compasivo y misericordioso.
Las muchedumbres andan hoy tan necesitadas como entonces. También ahora las
vemos como ovejas sin pastor, desorientadas, sin saber a dónde dirigir su vida.
La humanidad, a pesar de los progresos, sigue padeciendo la gran falta de la
doctrina de Cristo, custodiada sin error por el Magisterio de la Iglesia (1
Timoteo 3, 15).
Las palabras del Señor siguen siendo palabras de vida eterna
que enseñan a huir del pecado, a santificar la vida ordinaria, las alegrías, las
derrotas y la enfermedad..., y abren el camino de la salvación.
En nuestras
manos está ese tesoro de doctrina para darla a tiempo y a destiempo (2 Timoteo 4,
2). Ésta es la tarea verdaderamente apremiante que tenemos los cristianos.
Para
dar la doctrina de Jesucristo es necesario tenerla en el entendimiento y en el
corazón: meditarla y amarla.
Necesitamos conocer bien el Catecismo, esos libros
“fieles a los contenidos esenciales de la Revelación y puestos al día en lo que
se refiere al método, capaces de educar en una fe robusta a las generaciones
cristianas de los tiempos nuevos” (JUAN PABLO II, Catechesi tradendae).
“Os
entrego lo que recibí” (1 Corintios 11, 23), “Predica y enseña estas cosas” (1
Timoteo 4, 11), “Pobre de mí si no proclamo el Evangelio” (1 Corintios 9, 16),
decía San Pablo.
Vayan y enséñenles, nos dice a todos el mismo Cristo (Mateo
28, 19-20), Él está con nosotros desde hace dos mil años y seguirá estando hasta
el fin del mundo.
Se trata de una difusión espontánea de la doctrina, a veces
de modo informal, pero extraordinariamente eficaz, que realizaron los primeros
cristianos como podemos hacerlo ahora: de familia a familia, entre los compañeros
de trabajo, en la calle, en la escuela… y hoy también por Internet.
Estos medios
se convierten en el cauce de una catequesis discreta y amable, que penetra hasta
lo más hondo de las costumbres de la sociedad y de la vida de los hombres.
Al
advertir la extensión de esta tarea -difundir la doctrina de Jesucristo- hemos de
empezar por pedirle al Señor que nos aumente la fe.
Debemos tener en cuenta que
sólo la gracia de Dios puede mover la voluntad para decir ¡sí! a las verdades de
la fe.
Por eso, cuando queremos atraer a alguno a la verdad cristiana, debemos
acompañar ese apostolado con una oración humilde y constante; y junto a la
oración, la penitencia, quizá en detalles pequeños, pero sobrenatural y concreta.
Señor, ¡enséñanos a darte a conocer! Santa María, ¡ayúdanos para que
sepamos ilusionar a otros muchos en esta noble tarea de difundir la Verdad para
llegar al Cielo! |