| 2. Dones y frutos del Espíritu Santo
Vivimos rodeados de regalos de Dios. Fue sobretodo en el momento de nuestro
Bautismo cuando nuestro Padre Dios nos llenó de bienes incontables. Junto con la
gracia, Dios adornó nuestra alma con las virtudes sobrenaturales y los dones del
Espíritu Santo.
El Espíritu Santo nos inspira (Mateo 10, 19 ss; Juan 3, 8), nos
enseña (Juan 14, 26), nos guía (Juan 16, 13), nos consuela (Juan 14, 16), nos
santifica (Romanos 15, 16), nos vivifica (Romanos 8, 11). Por eso nuestro Señor
Jesús lo llama “otro Paráclito” (Juan 14, 16), palabra griega que significa
literalmente “aquél que es invocado” y, por lo tanto, abogado, mediador,
defensor, consolador.
El abogado defensor es aquel que, poniéndose de parte de
los que son culpables debido a sus pecados, los defiende del castigo merecido,
los salva del peligro de perder la vida y la salvación eterna. Esto es lo que ha
realizado Cristo, y el Espíritu Santo es llamado “otro paráclito” porque continúa
haciendo operante la redención con la que Cristo nos ha librado del pecado y de
la muerte eterna.
El Espíritu Santo, a través de sus dones, va conformando
nuestra vida según las maneras y modos propios de un hijo de Dios que se guía
ahora por el querer de Dios, Su Voluntad, y no por nuestros gustos y caprichos.
Hoy le pedimos al Paráclito, nuestro Divino Santificador, que doblegue lo que
es rígido en nosotros, particularmente la rigidez de la soberbia, que caliente en
nosotros lo que es frío, la tibieza en el trato con Dios; que enderece lo
extraviado.
La Iglesia nos invita de muchas maneras a preparar nuestra alma a
la acción del Espíritu Santo. En el Catecismo nos da la relación de estos
maravillosos dones:
El don de inteligencia nos descubre con mayor claridad las
riquezas de la fe.
El don de ciencia nos lleva a juzgar con rectitud de las
cosas creadas y a mantener nuestro corazón en Dios y en lo creado en la medida
que nos lleve a Él.
El don de sabiduría nos hace comprender la maravilla
insondable de Dios y nos impulsa a buscarle sobre todas las cosas y en medio de
nuestro trabajo y nuestras obligaciones.
El don de consejo nos señala los
caminos de la santidad, el querer de Dios en nuestra vida diaria, nos anima a
seguir la solución que más concuerda con la gloria de Dios y el bien de los
demás.
El don de piedad nos mueve a tratar a Dios con la confianza con la que
un hijo trata a su Padre.
El don de fortaleza nos alienta continuamente y nos
ayuda a superar las dificultades que sin duda encontramos en nuestro caminar
hacia Dios.
El temor nos induce a huir de las ocasiones de pecar, a no ceder a
la tentación, a evitar todo mal que pueda contristar al Espíritu Santo, a temer
radicalmente separarnos de Aquél a quien amamos y constituye nuestra razón de ser
y vivir.
Contrarias al Espíritu son las obras de la carne: “fornicación,
impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras,
rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas
semejantes... quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios” (Gálatas
5, 19-21).
“En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia,
afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no
hay ley. Pues los que son de Cristo Jesús, han crucificado la carne con sus
pasiones y sus apetencias. Si vivimos según el Espíritu, obremos también según el
Espíritu.” (Gálatas 5, 22-25).
Seamos cada vez más dóciles a las gracias que
continuamente nos otorga el Paráclito y recibamos el fruto del Espíritu con
agradecimiento y humildad.
Acercarnos a la Virgen, Esposa del Espíritu Santo,
es un modo seguro de disponer nuestra alma a los nuevos dones que el Paráclito
quiera darnos. |