| 2. Cristo, nuestro Rey
Muchos que andaban con Jesús, esperaban que Él instaurara un reino de
carácter temporal después de vencer el poder romano, y que ellos obtendrían un
puesto o cargo de privilegio cuando llegara el momento.
Pero Jesús corrige ese
error con la parábola que quedó registrada en el Evangelio (Lucas 19, 11-28). En
ella, un personaje ilustre marcha a un país lejano y deja la administración de su
territorio a diez hombres, y les da diez minas, -unos 35 gramos de oro cada una-,
con la orden: "Negociad hasta mi vuelta".
Y esto es lo que sigue haciendo la
Iglesia desde Pentecostés, donde recibió el maravilloso Don del Espíritu Santo y,
con Él, la infalible palabra de Dios, la fuerza de los sacramentos y la autoridad
para administrar el inmenso tesoro del valor infinito de los méritos de Cristo.
A cada uno de nosotros, como cristianos, nos toca hacer rendir el tesoro de
gracias que el Señor deposita en nuestras manos, procurando con empeño que Él
esté en todas las realidades de la vida humana.
Sólo en Él encuentra sentido
nuestro quehacer aquí en la tierra. La Iglesia entera, y cada cristiano, es
depositaria del tesoro de Cristo: crece la santidad de Dios en el mundo cuando
cada uno luchamos por ser fieles a nuestros deberes, a los compromisos que, como
ciudadanos y como cristianos, hemos contraído.
No solo lo pedimos, sino que a
esto nos comprometemos diariamente cuando ofrecemos en nuestra oración al Padre
"santificado sea tu Nombre; venga tu Reino; hágase tu Voluntad así en la tierra
como en el cielo".
Al reconocer a Dios como nuestro Rey, reconocemos Su
derecho a gobernarnos y nuestra obligación de obedecerle, sabiendo que al
servirle sólo agradecemos el servicio infinitamente superior que Él nos hace al
prodigarnos tantísimos dones y, entre ellos, la salvación y Sus mandamientos.
Jesús veía en los ojos de muchos fariseos un odio creciente y el rechazo más
completo y radical. ¡Qué duro debió ser para el Maestro aquel rechazo tan
frontal, que alcanzará su punto culminante en la Pasión, poco tiempo más tarde!
Pero ahora sucede lo mismo. Trágicamente, en la literatura, en el arte, en la
ciencia, en la política, en la economía, en los grupos sociales, en las
familias... parece oírse el griterío: "¡No queremos que éste reine sobre
nosotros!"
En el mundo hay millones de hombres que se encaran con Jesucristo o,
mejor dicho, con lo que ellos piensan o creen de Jesucristo, porque no lo
conocen, no tienen trato filial con Él, ni han visto la belleza de su Presencia,
ni saben la maravilla de su doctrina, ni saben de Su amor, ni de Su perdón.
Nosotros sí serviremos a Nuestro Señor, Nuestro Rey, a quien reconocemos como
el Salvador de la Humanidad entera y de cada uno de nosotros. ¡Te serviré,
Señor!, le decimos en la intimidad de nuestro corazón.
En la parábola, al cabo
de un tiempo volvió aquel personaje ilustre...
Entonces recompensó
espléndidamente a aquellos siervos que se afanaron por hacer rendir lo que
recibieron, y castigó duramente a quienes en su ausencia lo rechazaron, y al
administrador que malgastó el tiempo y no hizo rendir la mina que había recibido.
"Nunca os pesará haberle amado" solía repetir San Agustín (Sermón 51, 2).
El Señor es buen pagador ya en esta vida cuando somos fieles. ¡Que será en el
Cielo!
A nosotros nos toca hoy extender este reino de Cristo en el medio en el
que nos movemos, especialmente con aquellos que tenemos encomendados.
Ahora nos
preparamos para la solemnidad de Cristo Rey repitiendo: Regnare Christum
volumus! ¡Queremos que reine Cristo! ¡Que reine en mi corazón, en mi casa y en
mi patria!
... Y nos encomendamos a Su Madre Santísima, y por eso Reina Madre,
que es también Madre nuestra.
-----
P.D.: Canto homenaje para quienes han
ofrendado su vida por defender el Reino de Cristo:
www.adorasi.com/musica/viva-cristo-rey.php.
¡Viva Cristo Rey!
|