| 2. La Misa, valor infinito.
Los cristianos mantenemos con Jesús un estrecho vínculo, una íntima y profunda
unión, que nace en el Bautismo y que crece día a día.
Y es tan fuerte esta
unión a la que podemos llegar todos los discípulos de Jesús, nuestro Señor y Sumo
Sacerdote ante Dios Padre, si luchamos por la santidad, que podremos llegar a
decir: “Vivo, pero no yo; es Cristo quien vive en mí” (Gálatas 2, 20).
Cristo,
el Unigénito del Padre, el Amado, caminó con la cruz a cuestas hacia el Calvario,
para ofrecersecomo sacrificio de valor infinito por todos los hombres.
Esta
ofrenda pura trasciende el tiempo y el espacio: “Desde donde sale el sol hasta el
ocaso, en cambio, todas las naciones me respetan y en todo el mundo se ofrece a
mi Nombre tanto el humo del incienso como una ofrenda pura.” (Malaquías 2,11).
Esta profecía del Antiguo Testamento se cumple en todas y cada Misa, en la que
Cristo se ofrece y hace presente a Dios Padre su sacrificio redentor en unión con
su Iglesia, que es su Cuerpo Místico (Efesios 5,23), formado por todos los
bautizados.
Por esta unión con Cristo a través de la Iglesia, los fieles
ofrecemos el sacrificio juntamente con Él, y con Él nos ofrecemos también a
nosotros mismos.
Acudimos a la santa Misa para hacer nuestro el Sacrificio
único de Cristo, de infinito valor. Nos lo apropiamos y nos presentamos ante la
Trinidad Santísima revestidos de los incontables méritos de Cristo, adorando y
alabando con la adoración y alabanzas de Cristo, aspirando con certeza al perdón,
a una mayor gracia en el alma y a la vida eterna.
Satisfacemos con sus méritos,
pedimos con su voz. Todo lo suyo se hace nuestro. Y todo lo nuestro se hace suyo,
y adquiere una dimensión sobrenatural y eterna.
Cuando buscamos esta intimidad
con el Señor, en la propia vida se entrelaza lo humano con lo divino. Todos
nuestros esfuerzos –aun los más insignificantes- adquieren un alcance eterno,
porque van unidos al sacrificio de Jesús en la Cruz.
La Misa es el centro y la
raíz de la vida espiritual del cristiano: toda nuestra vida y aspiraciones la
ponemos en la patena del sacerdote, quien durante la Liturgia Eucarística actúa
de manera especialísima In Persona Christi, como Cristo mismo.
Y Él mismo,
Cristo, nos espera cada día en la Sagrada Eucaristía. Allí está verdadera, real y
sustancialmente presente, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Allí se
encuentra con el esplendor de su gloria, pues Cristo resucitado no muere ya
(Romanos 6, 9).
Todo el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios está
contenido en la Hostia Santa, con la riqueza profunda de su Santísima Humanidad y
la infinita grandeza de su Divinidad, una y otra veladas y ocultas en Pan y
Vino.
En la Sagrada Eucaristía encontramos al mismo Señor que dijo al leproso:
“Quiero, queda limpio” (Mateo 8,3); el mismo que contemplan los ángeles y los
santos (Apocalipsis 5,11-14) por toda la eternidad. Nosotros lo encontramos en
cada Misa y en el Sagrario y podemos decir en sentido estricto cuando lo
recibimos, o cuando lo visitamos: hoy he estado con Dios.
¿Existe un mejor
encuentro personal con Dios? ¿Cabe mayor intimidad con Cristo que cuando nos
ofrecemos con Él al Padre y entra en nuestro pecho?
Nuestro mayor fracaso sería
que nos pudiesen aplicar en algún momento aquellas palabras del Espíritu Santo
que puso en la pluma de San Juan: “Vino a los suyos, y los suyos no lo
recibieron” (Juan 1,11), porque estaban -podemos añadir- ocupados en sus cosas,
asuntos que sin Él no tienen ni la menor importancia.
Para conseguir los frutos
que el Señor nos quiere dar en cada Misa, debemos cuidar la preparación de
nuestra alma (1 Corintios 11,28-29) con la que nos acercamos a participar de este
Sacrificio único y para siempre (Romanos 6,10), en el que nuestra participación
ha de ser consciente, piadosa y activa, observando también momentos de
recogimiento ya acabada la santa Liturgia (Concilio Vaticano II, Sacrosantum
Concilium).
Junto a Jesús encontraremos a María, a quien el Señor da como madre
a su discípulo, quien nos enseñará los sentimientos con los que debemos vivir el
Sacrificio Eucarístico, donde se ofrece su Hijo.
Pidamos a Nuestra Madre que
ruegue a su Hijo para que la celebración o la participación del sacrificio
eucarístico sea para nosotros donde se sacian y se aumentan nuestros anhelos de
Dios. |