Conferencia sobre el
enigma de los Tayos
Vértigo. Si el vértigo
intelectual es posible, eso sentí un día de noviembre de 2005 cuando tuve en mis
manos por primera vez “la plancha”. Largas charlas mediante y hectolitros
de café compartido habían decidido a Guillermo Aguirre a darme la
oportunidad de acceder al conocimiento de esa primera plancha. Estaba, casi con
descuido irreverente, guardada en un sobre de papel manila aún timbrado en su
origen ecuatoriano y fue seguida, minutos después, por otras tres, una de oro y
dos pequeñas de plata. Una prolífica abundancia de glifos y diseños ora mayas,
ora aztecas, ora asirios o babilónicos, aquellos quizás incaicos, estos
¿griegos? me enfrentaban al enigma en el que aterricé de bruces, sin siquiera
salpicarme de desconfianza. Sólo había conocido “de paso” a Goyén Aguado pero
ello y toda la documentación y vivencias transmitidas por Aguirre reforzaban una
convicción: Julio era un hombre íntegro que estaba convencido de los dichos de
Moricz, de sus afirmaciones sobre la “biblioteca metálica” o “tesoro” y que,
además, conocía “in situ” la enigmática caverna.
Así que no me costó mucho
dejarme convencer de sumarme a esta conferencia, donde fungí de presentador,
claro que un tanto “ersatz”. Lo dije en la misma: no entendía muy bien
qué aportaba yo allí. De modo tal que luego de mis palabras de circunstancia,
Débora Goldstern, factótum de la misma —en las cómodas
instalaciones de la Logia Rosacruz, en Charlone 90, pleno barrio porteño de
Chacrita— nos introdujo en un video donde se resumía la historia del
descubrimiento, sus matices, su impredecible impacto en el futuro revisionista
de la historia de la humanidad. Y luego cedió la palabra a Guillermo Aguirre,
quien coloquial y cálidamente nos guió en el derrotero de conocer a un Goyén
íntimo, echando luces sobre tantas incongruencias y nebulosas afirmaciones que
circulan por ahí desde que Erich Von Däniken lo diera a conocer al mundo en su
libro “El oro de los dioses”. Corroboramos entonces una vez más que el suizo
apenas si visitó alguna de las entradas secundarias, limitándose a reproducir
fotografías seguramente originarias de la colección del padre Crespi. Supimos de
los esfuerzos ímprobos de la expedición que en 1976 organizara el escocés
Stanley Hal con el apoyo del gobierno ecuatoriano para infructuosamente no
llegar al corazón del enigma. Supimos de las mediocridades y mezquindades de la
Iglesia de los mormones, que morosamente trató de acceder al secreto a cambio,
casi, de unas monedas, ignorando que ni Goyén ni Moricz veían en Judas un modelo
a seguir. Compartimos la sospecha de una operación “fantasma” organizada por
agentes de inteligencia durante el gobierno argentino de facto del general
Onganía para traer al país, tras la fachada de una “misión comercial”, elementos
de las cuevas, comprobamos —sí, comprobamos, y la totalidad de las evidencias
están en el libro de Aguirre— que entre Moricz y Goyén se estableció un circuito
de bienes y documentos que no sólo posicionan en el mapa la verdadera ubicación
de la “cámara del tesoro” sino da pistas ciertas de la ubicación del huidizo
“tesoro de Atahualpa”, nos entusiasmamos con el relato casi jamesbondiano
de incógnitas cajas fuertes aún no abiertas donde se encontraría hasta un
gargantuesco esqueleto femenino de alocada antigüedad y estatura —siete metros—
y no pudimos, todos, evitar un escalofrío de emoción y recoleto temor ancestral
cuando en el momento álgido, Guillermo extrajo de lo que alguien definió como
“su mágico maletín negro” una de las planchas. De cobre, formato pequeño,
incrustado de ennegrecidos líquenes, es un testimonio de que el enigma perdura.
Quien esto escribe no tiene pruebas ciertas de su pretendida antigüedad. Empero,
sí tiene algunas certezas: que la lámina hace décadas estaba en posesión de
Goyén. Que vino de Ecuador. Y que estuvo, vaya a saberse por cuánto tiempo, en
un lugar húmedo y oscuro. Eso lo hace todo un punto de partida.
Tan cierto fue el interés
que la charla despertó en el público asistente, que luego de más de tres horas
—sobre la medianoche— pudimos dar por terminado el evento. Resta ahora
preguntarse, por ejemplo, qué eco despertará esto en la comunidad investigativa
y aficionada que circula por la Web. Porque aquí no se “toca de oído”. No se
“refrita” escritos previos. No se “fundamenta” sobre improbables (en el estricto
sentido de “no demostrables”) comunicaciones mediúmnicas o canalizaciones
etéreas. Aquí, por vez primera todos y cualesquiera tienen acceso a materiales,
documentos, cartas, hilaciones ciertas de una historia fascinante. Por primera
vez, insisto, la posibilidad, cuando menos la posibilidad concreta de trabajar
sobre hechos concretos puede arrojar luz al enigma de los Tayos. A medio camino
entre el escepticismo personal de que un enorme número de personas en Internet
no lee sino “escanea” y un número no menor de “colegas” medran sólo atentos a
mirarse el ombligo y la esperanza idealista de tender un puente hacia las
herramientas que le posibiliten a usted, sí, a usted, amigo o amiga lector o
lectora, la ocasión de aprender algo realmente original y serio sobre uno de los
misterios más difundidos y menos conocidos, el desafío está
lanzado.
“Lírico y Profundo: la vida de Julio Goyén
Aguado”
por Guillermo Aguirre
La obra se
divide en:
I. DE NAVARRA
A LA ARGENTINA: Nacimiento. Circunstancias que motivaron a sus padres a
emigrar.
Infancia.
Estudios.
II. LOS
MORMONES: Doctrina. Historia de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días.
Influencia.
III. LA
OFICINA: Julio llega a la empresa. Conoce al autor. Casamiento. Vijananda. La
Biblioteca Nacional.
Estudios
Vascos.
IV. MORICZ:
1958: Julio conoce a Juan Moricz. Paralelismos. Teorías.
V. LA CUEVA DE
LOS TAYOS: Moricz en Ecuador, 1965. Expedición Moricz-Goyén 1968. Expedición
Moricz.
Denuncia
oficial. Intromisión Inglesa. Erik von Däniken. Expedición Británica 1976; Neil
Armstrong.
Informes
oficiales, Británico y de las FF. AA. Ecuatorianas. Informe Mormón. El pacto
secreto. Correspondencia confidencial Moricz/Goyén. La “giganta” del Perú. El
tesoro de Atahualpa. Los diamantes.
VI.
ESPELEOLOGÍA – EL C.A.E.: Fundación. Miembros. Exploraciones y descubrimientos.
¿Usurpaciones?
VII. OVNIS:
Comisiones secretas de las FF. AA. Argentinas.
VIII. SAN
MARTÍN: Los trabajos para determinar y valorizar su lugar de
nacimiento.
IX. LOS VASCOS – LA BASKONIA: Julio y los baskos. Fundación Juan de
Garay. Los archivos de La Baskonia; su re-edición. Descubrimiento de Florencio
Constantino.
X. CONSTANTINO: Estudios, recopilaciones y redacción de la biografía
del tenor basko. Grabaciones. El teatro de Bragado. Archivos. Los restos del
tenor.
XI. ATENAS ANTEDILUVIANA: Determinación del sitio. La expedición
fallida.
XII. MUERTE DE GOYÉN AGUADO: Expedición “Malargüe-Fin del Milenio”.
Relato de Gastón Villeneuve. ¿Casualidades?
XIII.
RECAPITULACIóN: El oro de Moricz. La herencia fabulosa. El legado secreto.
Informe sobre las planchas “argentinas”. Implicancias. Derivaciones. La
enigmática misión a Buenos Aires. La maldición de Los Tayos.
Nuestro Director, Gustavo Fernández,
efectuando la presentación
De izquierda a derecha, Gustavo Fernández,
Débora Goldstern y Guillermo Aguirre
Parte el público asistente examinando la
plancha
Débora Goldstern exhibe en detalle la plancha
de cobre:
El
autor de la única biografía autorizada de Julio Goyén Aguado
y un
vocero de la verdadera historia de la Caverna de los Tayos
ENTREVISTA A GUILLERMO
AGUIRRE
Conocí a Guillermo Aguirre cuatro años atrás, en
ocasión de una mesa redonda sobre OVNI en el marco de una de las habituales
Ferias Internacionales del Libro realizadas en Buenos Aires. Sin embargo, no fue
sino hasta dos años después que nos reencontramos, esta vez en su cálido
domicilio, para introducirme él y nuestra amiga Débora Goldstern en la “otra” historia
de la Caverna de los Tayos. Como amigo personal del espeleólogo argentino Julio Goyén Aguado, el imperio de las
circunstancias llevaron a Guillermo a ser oído atento primero y luego gestor de
algunos emprendimientos donde la multifacética personalidad de Goyén, un “uomo universale”, un ser casi
renacentista, de infinita curiosidad por infinitos matices de la cultura
universal, lo introdujeron en el mágico mundo de “el Vasco”, como cariñosamente
lo llamaban sus amigos, en obvia referencia a su terruño de nacimiento al que
siempre le fue tan fiel como a su patria por adopción, Argentina. Pero aún más:
casi como transmigrando una posta metafísica, así como Goyén fue el depositario
por igual de confidencias y arcanos secretos de otro nacionalizado argentino,
pero éste húngaro de nacimiento, Janos
(o Juan) Moricz, Guillermo fue el recipiendario de Julio. Aún en vida de
éste, comenzaron a acunar el sueño de una ímproba biografía que se cristalizó
años después del luctuoso accidente que se llevó la vida del pionero
espeleólogo.
Recientemente, Guillermo ha publicado en versión electrónica su libro, “Lírico y
profundo: la vida de Julio Goyén Aguado” (más información en www.elorodegoyen.com.ar) y el 14 de
noviembre en el marco de una conferencia organizada por la señorita Goldstern
presentó en público por primera vez algunos de sus tesoros: correspondencia
cruzada entre Goyén y Moricz y una de las “planchas”, en este caso de cobre,
llegada desde Ecuador, en poder de Goyén y presuntamente originaria de la propia
Cueva. La ocasión ameritaba una entrevista a quien, a juicio de un servidor, es
quien ha proporcionado una perspectiva más sensata y documentada que cualquier
otra que pulule por ahí sobre este apasionante enigma.
¿Cómo te sentís ante la certeza de que sos
detentador de una ingente masa de material que, de ser fiable en su totalidad,
pondría de cabeza al conocimiento admitido?
El haber conocido a Julio y ser compañeros de
trabajo en la empresa de mi padre desde nuestra adolescencia me fue confiriendo
el conocimiento permanente y sin reserva alguna de todas las vivencias de Julio.
La amistad que así se fue forjando me convirtió en su confidente natural, y
podría afirmar que exclusivo. Mucho tiempo después de aquellos tiempos
iniciales, dado mi conocimiento de todas las vivencias del Basko (así prefería
escribirlo él) y en posesión del material que él me había ido entregando a lo
largo de casi cuatro décadas, se formalizó mi designación como su biógrafo.
Debes entender, Gustavo, que el casi incomprensible vínculo que existió entre
Juan y Julio, que implicaba un acuerdo de confidencialidad que ambos respetaron
a ultranza, debió por fuerza ser reproducido por mí para no traicionar los
secretos que se me confiaran.
El material, de por sí tan importante,
iguala al venero de conocimientos que fui atesorando, la mayoría de los cuales
Julio me autorizó a revelar en su biografía.
Respecto de esta
biografía, que titulé “Lírico y Profundo” por las razones que con tanta
perspicacia advertiste, comenzó, en vida de Julio, como una auto-biografía que
yo debía redactar. Su muerte modificó el escenario. En cuanto a que la
información podría poner de cabeza al conocimiento admitido, lo acepto apelando
al recuerdo de un par de los más trascendentales episodios que modificaron el
Pensamiento Académico fundamentalista de entonces: La Tierra redonda, y el Sol
como centro del Sistema.
Una de las preguntas más suspicaces que se hacen algunos es
cómo resistió Julio la “tentación” de explotar —en un sano sentido— el acervo de
información, materiales y evidencias que Moricz puso en sus manos, especialmente
tras la muerte de éste. ¿Qué matices de la personalidad de tu amigo dan acabada
explicación de ese proceder?
Contestaré con una pregunta: ¿Puede alguien imaginar
que personas que han descubierto o —como en el caso de Julio— comprobado la
existencia de tesoros de la magnitud de los que se trata, divulgarían su
ubicación exacta sin las prevenciones del caso? Si me permites la humorada:
¿Revelaría el pirata dónde escondió su tesoro?
Moricz y Goyén eran personalidades
afines; eran “almas gemelas”. La capacidad de guardar un secreto de tamaña
envergadura sólo puede atribuirse a individuos de un temperamento particular,
capaces de conservarlo a buen recaudo y darlo a conocer solamente cuando se
verificaran las condiciones que mutuamente convinieran (y que nunca se
registraron).
A partir del momento en que Moricz
condujo en 1968 a Goyén a las cámaras secretas, se produjo en éste un cambio
fundamental, el mismo que debe de haberse producido en Carter y Carnarvon a
partir del descubrimiento de la tumba de Tutankamon. La diferencia entre los
personajes y sus circunstancias estuvo dada por la inevitable difusión que por
fuerza tuvo el descubrimiento egipcio, imposible de ocultar. Las condiciones no
son las mismas en las cuevas ecuatorianas.
En “Lírico y Profundo”, se
superponen, a mi juicio de lector, dos “máscaras públicas” de Moricz. La de
investigador serio, medido en sus afirmaciones, prudente en sus juicios, y la de
un expositor de ideas casi fantásticas (o plenamente fantásticas), especialmente
estas últimas en ocasión de las intentonas exploratorias de grupos en los que no
tuvo participación directa. ¿Es posible que haya sido parte de una estrategia
para quitarle credibilidad circunstancial a este tema y, por extensión, a
quienes iban detrás de esos “tesoros” sin su completo apoyo?
Coincido con tu juicio. Hay dos Moriczs, como
hay un antes y un después. Hubo un húngaro que motivado por las conclusiones de
varios destacados académicos de su misma nacionalidad, estudiaba las
coincidencias lingüísticas entre individuos de la antigua raza Magyar y otros
cuya existencia se sospechaba, ubicados en recónditas regiones de la Amazonia
Ecuatoriana. A los académicos húngaros, la exposición de tales teorías les
acarreó la expulsión de las sociedades científicas a las que pertenecían. Moricz
recogió las banderas y un día de 1965 partió hacia Ecuador, se internó en la
selva y dio con la tribu de los Sala Sakas, con quienes habló... en magyar. Una
lengua muerta, reputada como de origen centro-europeo.
Debo decirte, Gustavo, que cada
vez que evoco tales circunstancias me embarga la emoción, como le sucedía a
Julio.
Con sólo tal descubrimiento
Moricz podría haberse dado por contento. Pero por el incomparable privilegio de
considerarlo Enviado del Pasado, los Caciques lo pusieron en contacto con los
jíbaros que habitaban la región... “de las cuevas de los tayos, sobre el río
Coangos”, quienes honrando la recomendación de los Sala Sakas (“Colorados”, como
se les conoce por su tez rojiza) condujeron al húngaro a unas cavernas, en una
de las cuales, impulsado por su carácter temerario e intrépido y una dosis
inusitada de la “suerte del descubridor”, Moricz encontró el Tesoro. El tesoro
de cuya existencia se tenían indiscutibles evidencias y que los conquistadores
españoles —por citar el más documentado de los ejemplos— tanto buscaron sin
éxito.
A partir del descubrimiento,
Moricz se encontró ante una encrucijada en la que se le planteaba cuál debería
ser la conducta a seguir. Sin comentarlo con nadie, volvió a Buenos Aires y se
lo reveló a Julio. Recién después de que en 1969 decidiera hacer público el
descubrimiento y solicitara la reserva de los derechos a su nombre ante el
Estado ecuatoriano, comenzó a hablar del tema públicamente, obligado a responder
a los requerimientos de los medios. Aquí se empieza a formatear el otro
Moricz.
En su nuevo rol de descubridor
reconocido oficialmente y asumiendo la personalidad de investigador serio y
congruente, comienza a exponer públicamente sus teorías, redactando incluso su
“Origen Americano de Pueblos Europeos”, obra que —salvo por su limitadísima
trascendencia— atendiendo a sus implicancias podría compararse con la revolución
que causó la aparición del “Origen de las Especies” de Darwin.
Pero Moricz no era Darwin; no
pertenecía a ninguna de las sociedades, entidades, academias, clubes, etcétera,
como en las que militaba el inglés. Antes bien, se lo consideraba un
estrafalario petardista; un advenedizo pretensioso sin títulos habilitantes,
cuyas denuncias sensacionalistas despertaron toda suerte de reacciones en su
contra.
Juan, quien fuera calificado por
amigos y detractores como testarudo, irascible, obstinado, impaciente, arrogante
y soberbio, decidió retirar de inmediato su obra de circulación y llamarse a
silencio. Después de un tiempo de estudio e introspección formuló un patrón de
condiciones que deberían observarse para seguir adelante; condiciones a cumplir
por quienes él sabía que se presentarían, tarde o temprano, para instarlo a
revelar sus secretos.
En apretada síntesis, diré que
tales condiciones nunca se cumplieron y que con el paso del tiempo su conducta
se rigió por su célebre: “no seré yo ni sería ésta la oportunidad para revelar
los misterios. Si por tanto tiempo estuvieron guardados bien pueden seguir
estándolo...”.
Y contesto a la
última parte de tu pregunta opinando que sin duda alguna, Juan hizo todo lo que
tuvo a su alcance para evitar que los tesoros cayeran en manos de los
saqueadores y profanadores cuyo accionar se registró invariablemente a lo largo
de la Historia.
Sos un crítico implacable de muchos que se
dicen “expertos” en los Tayos y, aún más, reivindican haber penetrado en sus
profundidades. ¿Por qué?
Lamentablemente, el falsario de Von Däniken,
además de su relato, nos legó otras creaciones. Una de ellas es la creación de
una escuela de devotos imitadores que saturan la Red con sus invenciones,
aportando un elevado grado de corrupción intelectual a la verdadera historia de
Los Tayos, de la cual no conocen nada. Escriben sus paparruchas y se proclaman
detentores del conocimiento. A la par, otros muchos copian a los anteriores sin
vergüenza alguna, llegando a reproducir textualmente párrafos completos de sus
invenciones. Lo poco que conocen públicamente desde hace años merced a las
primitivas declaraciones de Moricz lo vuelcan en sus páginas, confundidos,
equivocados y desorientados. El macaneo es patológico, y sus personalidades
abarcan un amplio espectro que comprende tanto a adoradores de Merlín como de
Indiana Jones. Imagino que cautivan a buen número de desprevenidos entusiastas.
Por supuesto, algunos logran vender algún servicio, como el de guías turísticos,
por ejemplo, haciéndoles creer a los pobres (y no tan pobres) concurrentes, que
conduciéndolos a UNA cueva de la región podrían llegar a descubrir las cámaras
secretas y retornar con las alforjas llenas. Por cierto, retornan con las
alforjas vacías de tesoros y de los dólares que les costó la
excursión.
Puntualizar cada infundio, cada
dislate, es tarea abrumadora. Pese a mis reiterados planteos, tales escribas no
eliminan de sus textos flagrantes mentiras que me afectan personalmente, como la
de que “obtuve mi material ayudando a la viuda de Goyén a ordenar sus archivos”,
como difundió uno y reprodujeron varios, cuando en realidad sólo tomé contacto
con ella cinco años después de la muerte de Julio, cuando ya había dispuesto de
todo lo que pudo. Otro chiflado exhibe una lámina que afirma ser de Los Tayos.
Otros dicen que la expedición británica fue financiada por los Mormones. Y otros
lo repiten.
Al igual que el que difundió la
noticia del párrafo anterior y nunca la rectificó pese a mis reiteradas
intimaciones, tal conducta fue imitada por periódicos ecuatorianos y por
revistas y radioemisoras españolas, que ignoraron mis legítimos reclamos. Aunque
comprendo que —rogando que disculpes lo que puede caratularse como falsa
modestia— ¿cómo podrían embarcarse en una discusión conmigo? ¿Con qué
testimonios?
En cuanto a “penetrar en las
profundidades”, me remito a lo dicho más arriba. Y, apelando nuevamente a un
comentario humorístico, diré que si comparamos a los sistemas de cavernas de
aquella región con el complejo de túneles del ferrocarril subterráneo de
cualquier gran ciudad, esta gente se equivoca de línea y de
estación.
¿Cómo comulga la honestidad rayana en lo
monástico de Goyén con ciertas prácticas, cuando menos, jurídicamente
observables, como aceptar ser tenedor de material arqueológico extraído por vías
no transparentes de Ecuador o, por caso, los restos mortales de Constantino sin
el acuerdo con sus herederos históricos y responsables
patrimoniales?
La honestidad de Julio era a
prueba de balas y de tentaciones, de lo que pueden dar fe todos cuantos lo
conocieron y trataron. Su posición como tenedor de artículos que Moricz le fue
entregando, designando a Julio como su heredero universal, puede compararse a la
de todos los museos arqueológicos del planeta. Para el caso, si un Estado
reclamara la restitución de determinados artículos, debería primero legitimarlos
y reconocerlos como pertenecientes a su acervo, cosa que dudo que siquiera
intente. ¿Y qué decir de otros artículos de diferentes orígenes y
procedencias?
En cuanto a la conducta de Julio
para con Florencio Constantino, afirmo que nadie tuvo más derecho que él para
disponer que sus restos reposaran donde el tenor quería: en la Argentina. Y se
encuentran en el Museo Constantino de Bragado, que Julio fundara y dirigiera
hasta su muerte. Julio cumplió con los requerimientos legales mexicanos. Y me
consta que los herederos de Constantino —su bisnieta, a quien conocí en Buenos
Aires en 1997 y a quien acompañé a un acto de homenaje que le tributara al tenor
la Municipalidad de Bragado— se encuentran totalmente satisfechos con el destino
de los despojos. Para el caso: ¿los restos de Colón están en España o en
Dominicana?
¿Qué creés que afectó más a Goyén: el no
reconocimiento público de sus esfuerzos y los de Moricz por el sensato y
mesurado conocimiento de Los Tayos o la “traición de las momias de
Llullayllaco”?
La actitud de Julio respecto de
Los Tayos fue de reserva y circunspección. Al igual que Moricz, Julio
simplemente dejó de hablar del tema y de responder a las incesantes preguntas
que se le formulaban. El último reportaje que concedió sobre el tema fue a una
revista argentina y a una uruguaya a principios de los ochenta. Y en el trabajo
que redactó por entonces, destinado eventualmente a su publicación nunca
concretada, nada dice de su incursión secreta de 1968 con Juan.
Consecuentemente, nunca manifestó desazón alguna por la falta de reconocimiento
de un suceso que él mismo procuraba ocultar.
Lo del Llullayllaco le molestó y lo
decepcionó. Julio había encabezado varias expediciones al volcán, en cuyas
cumbres afirmaba haber descubierto la civilización de altura más antigua del
continente. De lo anterior pueden dar fe sus camaradas del Centro Argentino de
Espeleología, entidad fundada por Julio en 1970 y dirigida por él hasta su
muerte. Goyén anunció formalmente y con todo detalle el proyecto de la
expedición a las autoridades de la Universidad Católica de Salta, mediante
debida comunicación protocolar. Para su desencanto, días después se anunció
públicamente, con bombos y platillos, el descubrimiento de unas momias incas por
cuenta de Johan Reinhard, un expedicionario patrocinado por la National
Geographic Society.
Nadie pudo quitarle de la mente
la certeza de que Reinhard fue ayudado a apresurarse para ganarle de
mano.
Tiempo después se comprobaría
que lo de Reinhard era mentira.
¿No sentiste en algún momento de la tarea de
redacción de tu libro que Los Tayos estaba eclipsando el “leit motiv” original,
que era contar al mundo quién era Goyén?
La pregunta es pertinente. Desde
siempre supe que el capítulo de Los Tayos ocuparía la mayor parte de la
biografía, como puede comprobarse en “Lírico”. Por otra parte, te aseguro que
procuré ser lo más testimonial posible, morigerando la irresistible tentación de
extenderme en una historia cuyos detalles conozco en profundidad desde sus
mismos orígenes.
Por otra parte, creo haber
cumplido con el compromiso asumido ante Julio de dar a conocer debidamente, sin
exageraciones ni estridencias, su vida, su personalidad y sus
logros.
¿Cuál es tu sentimiento respecto al destino
que debe tener el importante legado documental de Goyén? La diversidad temática,
¿no sentís que te excede?
Muchas veces he afirmado
—entiendo que te consta— que le adjudico más valor a los documentos fidedignos
irrefutables de “La verdadera Historia de la Cueva de Los Tayos”, que a otros
elementos tangibles, cuya procedencia de las cuevas es dificultoso confirmar. No
para mí sino para el Mundo. Lo que afirmo aquí es que procuraré imitar la
conducta de Julio.
Acepto que la diversidad de temas superó mi
conocimiento en materia de detalles que deberían, tal vez, haberse tratado con
mayor extensión. Tal es lo que ocurrió en el capítulo relativo al C.A.E. y en el
que titulé: “OVNIS”.
Reitero, porque te lo dije
mientras lo redactaba, que la insistente convocatoria a protagonistas de ambos
capítulos no aportó más que lo que se dice en el libro. Para el capítulo de la
muerte de Julio recurrí a Gastón Villeneuve, quien relató el suceso con sus
propias palabras.
Alguna vez Moricz pautó puntualmente cuáles
eran sus condiciones no sólo para acceder a la prospección de “la biblioteca” y
otros materiales de las cavernas sino incluso para la revelación de la totalidad
de sus descubrimientos. Como esas pautas nunca le fueron atendidas, se llevó
muchos secretos a la tumba. ¿Cuáles serían tus condiciones para permitir a los
investigadores acceder a la totalidad de la documentación en tu
poder?
Mucho me cuesta responder en este
momento, por lo expresado antes sobre la conducta que debo observar, continuando
con la de Juan y Julio. No puedo descartar que se produzca algún acontecimiento
que me determine a cambiar de modo de pensar.
Cuando
no fueron aceptadas las condiciones que planteó Moricz cuando Hall planeaba la
Expedición Británico-Ecuatoriana de 1976, pese al cúmulo inconmensurable de
ofrecimientos del escocés Juan “se retiró del mercado”, siendo la única persona
viva que en aquellos tiempos conocía la manera de llegar a los tesoros.
(Aprovecho la ocasión para aconsejarle a los actuales “guías de turismo”
mencionados más arriba, que recuerden la frustración del Señor Hall en 1976,
pese a los ingentes recursos de que dispuso y a las charlas previas que sostuvo
con Moricz, gracias a las cuales se convenció de la veracidad de los dichos del
húngaro y convenció a la Corona Británica para que armara la resonante
expedición).
Quienes
a la muerte de Moricz creyeron que podrían doblegar la voluntad de Julio fueron
los integrantes de la “Buenos Aires Mission”, que en 1995 apelaron a
insustanciales argumentos para torcerle el brazo, sin éxito.
Es un hecho que creés absoluta y
plenamente en los dichos de Goyén. ¿Pero cuánta credibilidad adjudicás a
Moricz?
A Moricz lo conocí en Buenos
Aires en 1958, y lo volví a ver solamente tres veces más, en los ochentas. No
fui su confidente. Todo lo que conozco de él lo sé por Julio, por las evidencias
y testimonios que aportó y por su correspondencia privada. Difícilmente se
podría creer en Julio si no se creyese en Juan. El húngaro demostró con su
conducta que era un hombre cabal, honesto y respetable que nunca quiso lucrar
con sus temas, pudiendo hacerlo con toda facilidad. Se ha dicho que cuando se
convirtió en millonario perdió el entusiasmo por Las Cuevas. Todo lo contrario:
lo que sucedió es que a partir de esa bonanza se dedicó a preservar lo secretos
de la mejor manera que podía, contando ahora con los recursos
necesarios.
Según tus reflexiones: ¿en qué consiste lo que hubo —o hay aún—
allí?
Insistiré en mis conclusiones
respecto de que la cámara de los tesoros es “la caja fuerte” de las
civilizaciones andinas. Esos tesoros fueron acumulados y puestos a buen recaudo
durante milenios. Lo extraño no es que existan; lo extraño sería que no
existieran. Durante siglos se evidenció su existencia, y fue detrás de tal
evidencia que aventureros de todo el mundo se embarcaron en la aventura del
descubrimiento, dejando, a su vez, numerosos testimonios de sus andanzas por la
zona.
Recordemos a Schliemann proclamando que los
tesoros de Troya deberían existir. Y aunque los encontró (todavía se duda de que
hayan pertenecido a Príamo) debieron transcurrir decenios para que al arqueólogo
aficionado (¡horror!) se le reconociera la exactitud de sus
teorías.
Según Julio,
él vio unas tres mil láminas (Juan dijo: diez mil) de oro y de cobre con
escrituras y con imágenes grabadas, del tamaño de una hoja de cuaderno. También
vio planchas similares de medidas muy superiores. Y vio “un zoológico”:
centenares de estatuas de oro con la forma de todo tipo de
animales.
¿Temés a
la “maldición de Los Tayos”?
Sí. Como Julio.
Alguna vez me comentaste que cumpliste
con un “deber moral” al escribir la biografía de Julio. ¿La misión ha
terminado?
Sí; la misión ha terminado.
Muchas veces he jugado con la idea de escribir una novela histórica, liberado ya
de la esclavitud a que la obligación de remitirme a testimonios fidedignos me
sometió.
¿Cuáles
son tus proyectos en el futuro inmediato?
La respuesta está implícita en la
contestación a tu anterior pregunta. Lo que seguramente encararé es un ciclo de
conferencias, cuyo primer término se verificó el pasado día 14, merced a la
iniciativa de Débora Goldstern, quien sigue demostrando que puede convencerme
fácilmente. Para finalizar, declaro que tu participación ha sido decisiva porque
me demostraste que lo bien que afirmas los pies en la tierra es lo que te
permite proyectar la mente a las regiones en que con tanta soltura te
desenvuelves.