Los que viven de
esto...
¿ESTAFADORES O
PROFESIONALES?
(un comerciante
de ley)
Sin ánimo de
polémica estéril pero sí de franco conflicto con ciertos estereotipos muy
difundidos pero poco razonados, quisiera acercar algunos comentarios respecto a
las diatribas que solemos recibir por caer en la mira de quienes alimentan la
antinomia "los que viven de estas cosas" contra los "otros", cualquiera diría,
los "serios".
Quiero
debatir el hecho de que creo cuando menos una simplificación excesiva agrupar a
la gente en categorías tan bastas. Porque, y por si no lo saben, yo también soy
de los que "viven de esto". Conferencias, libros, cursos, consultas
personalizadas y un largo etcétera me permiten si no ser un "insolitólogo de
profesión", por lo menos vivir dignamente de la difusión de las paraciencias. Y
si "vivir de esto" significa ser un "comerciante" —en el sentido despectivo que
suele adjudicársele a la expresión— yo, hijo y nieto de honestos comerciantes
que dejaron su vida tras los mostradores de las tiendas para darnos manutención
y educación a un par de generaciones no puedo menos que sentirme halagado por el
término: sí, soy un comerciante, pero de ésos, de los que forjaron mi
familia.
Y un buen
comerciante sabe comerciar, no necesita adulterar el producto para venderlo; ése
no es un comerciante, es un estafador. Lo que quiero decir es que si yo
"vendiera", por ejemplo, el presunto aterrizaje de extraterrestres en una finca
cualquiera, será mi habilidad comercial la que me permitirá “vender” la verdad:
extraterrestres o chulos trasnochados. Así que si un colega no puede generar
respuestas con una versión más terrenal de la historia, no es porque la misma no
es vendible, sino, simplemente, porque él no tiene la chispa para hacerlo. Yo,
un comerciante de ley, no tengo empacho en incluir en nuestra revista digital
todas las opiniones si están debidamente fundamentadas, aun las “negativas”, sin
óbice para mi “negocio”, y ciertamente no creo que el ataque moral sea una
fundamentación. Porque, si algunos señalan que una de las armas deplorables de
los vividores esotéricos es tildar a los escépticos (perdón, racionalistas, que
es como les gusta ser llamados) de agentes del servicio secreto o idiotas útiles
del sistema, no es menos cierto que la reacción instintiva de todos los escép...
perdón, racionalistas, es tildar a los "creyentes" de supersticiosos
ignorantes... o, "los que viven de eso". Vale decir,
creo que la regla que critican los refutadores —y en lo que les asiste toda la razón—
también se puede emplear al revés.
Ahora bien,
nunca ha dejado de causarme gracia el resentimiento de muchos detractores,
fanáticos sin más en su devoción al particular culto que profesan a la diosa
Razón, hacia quienes "viven de esto" (¡cómo se me ha
pegado la expresión!). Yo, modestamente, hablaría —y aquí los racionales se
desgarrarán las vestiduras— de profesionales de las paraciencias.
Porque en la medida que brindemos ética y honestidad en nuestros decires, la
posibilidad de que ello se rentabilice nos permite dedicarnos full time a lo que nos interesa, obtener
recursos para nuevas investigaciones y emprendimientos. Sospecho que argumentar
en contrario de la rentabilización de la difusión —rentabilización voluntaria,
porque nadie es obligado a abonar las entradas a nuestras conferencias ni a
comprar nuestros libros, amén de la leyenda urbana nacida en torno al supuesto
"enriquecimiento ilícito" que acompaña la venta de espúrea literatura
platillista... un comentario que sólo podría hacer quien nunca
haya publicado un libro, pues caso contrario sabría por experiencia propia que
difícilmente esas liquidaciones superan el epíteto de "magras"— argumentar en
contrario, decía, sí tiene algo de fanatismo religioso: puede vivirse de la
astronomía, puede vivirse de las crónicas policiales, puede vivirse de la
crónica política, puede vivirse de los asuntos del corazón.... pero no puede (¿no debe?) vivirse de los ovnis y los
fenómenos inexplicados de la mente. Si esto no es idolatrar, ¿qué lo es?
Entonces, recuerdo que los cientificistas —para diferenciarlos de los
científicos— y los racionalistas son, también, humanos. Tan humanos, y tan
plausibles de padecer envidia como cualquier mortal. Y comprendo que cuando un
arqueólogo ortodoxo o un astrónomo secular comparan las ventas de sus libros con
los de algunas plumas que no quiero mencionar aquí para no herir
susceptibilidades, debe experimentar algo parecido a lo que sentía el pobre
doctor Jekyll después de zamparse la pócima...
Las ediciones anteriores de esta serie se publicaron en:
AFR Nº 139: parte 1
AFR Nº 140: parte 2
AFR Nº 141: parte 3
AFR Nº 142: parte 4
AFR Nº 143: parte 5
AFR Nº 144: parte 6
AFR Nº 145: parte 7
Por el momento no están disponibles en línea,
pero puede solicitarlas al
Editor.
GUARDIANES DE LA LUZ,
BARONES DE LAS TINIEBLAS
(octava
parte)
Dos hitos señalan el comienzo de una Búsqueda.
El uno, comprender que estas sociedades esotéricas, secretas, tanto para bien
como para mal de esta y otras humanidades que pasaron, pasan y pasarán por esta
Tierra, hunden sus raíces en un infuso momento histórico pero en todo caso no
menor al año 18.000 A.C. El otro, aparentemente totalmente ajeno al punto
anterior, es la increíble coincidencia (no sólo simbólica, también episódica y
descriptiva) entre los Encuentros Cercanos del III Tipo o, más exactamente, las
abducciones, y las ECM (Experiencias Cercanas a la Muerte). En efecto, no puede
negarse (a menos que una forma oportunista de maniqueísmo intelectual lleve al
lector o lectora a reconocer sólo unas en detrimento de las otras, o cierta
miopía conceptual no ajena al paradigma académico de la “especialización” lo
obnubile), que la poderosa luz que se aproxima, el “túnel” (que en buena parte
de la literatura ovnilógica es asimilable al “haz coherente de luz” que salpica
la casuística, actuando como inmaterial elevador), la o las entidades, la
comunicación “telepática”, el “tiempo perdido” en Ovnilogía y el “tiempo
alterado” en Peritanatología, el despertar espiritual del protagonista con toda
su secuela, son demasiadas coincidencias para negar lo que desde hace años
venimos sosteniendo: que dejando de lado un porcentaje genuinamente
extraterrestre, la mayor parte de las entidades asociadas a OVNIs son de
naturaleza extradimensional, de modo que sus “mecanismos de traslación” son
indistinguibles en muchas ocasiones de algunas formas de fenómenos erróneamente
interpretados como “parapsicológicos”. Que, por ende, las abultadas crónicas
históricas sobre “seres espirituales” sólo refieren con otro nombre a seres de
otras dimensiones, y que algunas de esas entidades tienen para con nosotros
intenciones ora aviesas, ora amigables. Y que desde el comienzo mismo de la
humanidad grupos de “élite” fueron depositarios del Secreto, guardianes del
Umbral, sicarios o servidores.
Alguna vez, las Religiones y las Iglesias
fueron las poseedoras de las verdades últimas. Ellos fueron entonces, arcanos
hierofantes, los Guardianes de la Luz. Devenidos en herramientas políticas e
inficionados por los primigenios Illuminati, son hoy funcionales a los Barones
de las Tinieblas. Las claves sagradas están en esa Religión Primordial
Universal, en esa Sabiduría Antigua que las modernas Iglesias (aun con dos mil
años a cuestas, es como si hubiesen surgido ayer) han plagiado y enarbolado como
de su cosecha propia. Cuando leemos: “Dios es el Padre, el Verbo, su Hijo, su
Unión es la Vida, Dios es Uno y Trino a la vez”, ¿estamos frente a una
poética parábola cristiana? No. ¿Un axioma “yavehístico” del Pentateuco, rezado
por los seglares del pueblo de Abraham? Tampoco. Estamos escuchando al sacerdote
de Osiris que, cuatro mil años antes de nuestra Era, revelaba éstas y otras
verdades al adepto cuando recitaba el Poimandres del sabio Toth devenido
apoteósicamente en Hermes Trimegisto.
La Flor de Isis era la Rosa Mística de la sabiduría que encierra el Amor en su
corazón. La Rosa Mística... ¿a qué suena esto? O Krishna, atado a un árbol y
asaeteado, remite a San Pantaleón cuando no al mismo Jesús pues, milenios antes,
él ya había nacido de la virgen Devaki y predestinado a morir a los 33 años... Y
así también, como encontramos a los siete dioses cosmogónicos egipcios en todas
las mitologías posteriores.
Esa
Ciencia Egipcia ya había descubierto, por ejemplo, lo que enseñan hoy la moderna
Parapsicología y los más avanzados estudios sobre la Vida después de la Muerte:
que las “almas” —o “paquetes de memoria” (ver “Algunos apuntes sobre la vida
después de la muerte”, en Revista “Al Filo de la Realidad” Nº 14)— pasan a
“planos superiores” o “más sutiles” si son “eróticos” o más densos (o quedan
“anclados” en la materialidad) si son “thanáticos”. Osiris decía: “¿Ves una
simiente luminosa caer desde los cielos de la séptima esfera? Son gérmenes de
almas. Ellas viven como vapores ligeros en ese plano, dichosas, sin
preocupaciones, ignorantes de su felicidad. Pero al caer de esfera en esfera
revisten envolturas cada vez más pesadas. Su energía vital aumenta, pero a
medida que entran en cuerpos más espesos pierden el recuerdo de su origen
celeste. Así tiene lugar la caída de las almas procedentes del divino Éter. Más
y más prisioneras de la materia, más y más embriagadas por la vida, se
precipitan como una lluvia de fuego a través de las regiones del Dolor, del Amor
y de la Muerte, hasta su prisión terrestre, donde tú gimes retenido por el cetro
ígneo de la tierra y donde la vida divina parece un vano sueño”.
El
infierno cristiano, tan poco creíble hoy para la humanidad, ya no cumple una
función educadora y ejemplificadora. Pero en Luxor se enseñaba que siendo el
alma hija del cielo y siendo su viaje una prueba, al amar desenfrenadamente la
materia pierde el recuerdo de su origen, vuelve a la región etérea como un
chispazo sin vida inteligible, desagregándose en el torbellino de los elementos
groseros. La tortura de las almas bajas y malvadas sólo termina en su
destrucción, que es la pérdida de toda conciencia. La Nada es el verdadero
infierno.
Si en vez
de un Averno caluroso y extrañamente semejante a las mazmorras de la Inquisición
hubiese pervivido y expandido la concepción egipcia de aquél, ¿no hubiera sido
más aleccionador, coherente con los más avanzados descubrimientos de la ciencia?
¿No hubiese estimulado a las masas a explorar por motu proprio las
vastedades de lo espiritual sin necesidad de la amenaza clerical?
Por ello sostenemos desde aquí que el
extraño exterminio histórico de la religión egipcia no se explica sólo por sus
supuestas y no probadas falsedades o por el imperio dominante de la autoridad de
turno: se explica por la necesidad de privar a la Humanidad de una teología
vastamente compleja y con muchas más respuestas que las que le sucedieron
después. Y quede claro que es infantil suponer que esta teología se construye
sobre la mera creencia en dioses con cabeza de animal: paupérrimo es quien no
vea en ellos lo que son: símbolos esotéricos que los no iniciados adoraban
fetichísticamente, como fetichísticamente la piadosa católica toca la pila
bautismal vacía antes de santiguarse.
Porque el Esoterismo es las religiones no es
sólo cierto; es necesario. Si no hubiese un Esoterismo en las Escrituras
bíblicas y su razón fuese sólo moral, sería perverso esconderlo en
parábolas.
Un Esoterismo que,
si no es comprendido aún en sus enunciados más elementales, ¿cómo podemos
esperar sea buceado en sus honduras más trascendentes? Jacob, hijo de Isaac y
éste de Abraham, eso nos dice el Pentateuco, y ver en ellos una sola familia. Pero
Abraham es Abram que deviene de Orham, voz caldea. Isaac, por su prefijo Is
(ish) era voz egipcia. Jacob, como José, seguramente fenicio. Jefes distantes en
el tiempo y la geografía de clanes semíticos que respondieron a un dios menor,
tectónico, local, YHWH. Pero ni siquiera comprendemos que esa “paternidad
física” esconde sólo una “paternidad espiritual”, en el sentido de herederos en
el credo. ¿O acaso cuando llaman “padre” al cura del barrio lo sospechamos
“pata de lana” con
nuestras adúlteras madres?
Intuyo al
judaísmo como el primer brazo doctrinario de los Barones de las Tinieblas.
Impusieron a sangre y fuego a un “dios del amor” que ordenaba la matanza de
miles de inocentes en los pueblos conquistados, un dios que bendice a un padre
que copula con sus hijas; un dios así no es un dios, es un hijo de puta. Un
culto tan vacuo que todo lo robó y plagió, desde Noé (el Ut – Naphistim sumerio)
y el Diluvio, hasta la escala de Jacob, con el dios allá arriba y los ángeles
subiendo y bajando, una penosa alegoría tardía de la escala evolutiva osiríaca
de las almas ya descrita. ¿Qué se nos dirá aquí? ¿Qué la visión jacobina es más
“comprensible” para el vulgo iletrado que la profunda imagen egipcia? Sin duda;
y eso, precisamente, porque la civilización judeo cristiana pone la religión
antes que la educación y un pueblo iletrado y asustado ha sido su máxima
aspiración. Pero contradíganme ustedes: esa imagen simplona de escaleras es casi
indiferente y hasta ridícula para un espíritu ávido de iluminación. La otra,
empero, la imagen de Osiris, estimula el intelecto y la reflexión, y es
precisamente por esto que ha sido, al igual que otros remotos
conocimientos místicos, ignominiosamente bastardeada.
El Yahvé bíblico era, ciertamente, de origen
africano. Más precisamente, reverenciado entre etíopes y nubios que habían
dominado Egipto hacia el 8.000 AC, cuando claramente la raza negra sucedió a la
roja en el dominio no sólo de los principales centros civilizados sino, más
precisamente, de la Sabiduría. Una raza que había llegado y conquistado también
lo que hoy es América, adoradores de grandes serpientes como símbolo vivo de sus
dioses ancestrales, los dragones, imagen de reptiles inteligentes llegados del
Cielo. Educadores y civilizadores, pero también explotadores. Alguna vez
refugiados en mundos subterráneos, el culto a éstos se mimetizó con el del fuego
y los volcanes. Y allí, en Madián, entre el Golfo de Elam y Arabia, protegido
por un macizo volcánico, su iniciado Jetro supo aguardar a Moisés. Un dios
exclusivo creado para una sociedad que en el éxodo no superaría los diez mil
miembros. Para el concepto metafísico de la palabra “dios”, no puede existir un
pueblo elegido, ni un dios sólo para ese pueblo. Si así fuera, es sólo un dios
menor, particular y discriminatorio.
Fue en la cripta subterránea del templo de
Madián, análoga a la Cámara del Caos bajo la Gran Pirámide donde
Hosarsiph (quien aún no había recibido su nombre hebreo de Moisés) fue
sometido a un sueño cataléptico que duró varios días. El fin; recibir
impresiones y conocimientos a través de su cuerpo astral, para “renacer” a su
misión: obligar al mundo a adoptar un culto, una raza, una nación. Pero en ese
plano (el astral), esa “tierra de nadie”, es donde se producen los
contactos e interacciones entre humanos y Barones de las Tinieblas.
La Antigua Religión, la verdadera, era entonces
ingeniería espiritual y ante ellas las modernas parecen poco más que cursos por
correspondencia. La Religión verdadera responde a las necesidades del espíritu,
de allí su magia eterna. La Ciencia, a las de la mente, de donde su fuerza
invencible. Hoy, ni las Iglesias aprisionadas en sus dogmas ni las ciencias
encerradas en la materia saben hacer hombres y mujeres completos. El arte de
crear y de formar las almas parece haberse perdido y no se volvería a encontrar
hasta tanto ciencia y religión, refundidas en una fuerza viva se apliquen juntas
y de común acuerdo al bien y la salvación de la humanidad. Hasta entonces, las
deslucidas religiones modernas seguirán llamando “formar el alma” a condicionar
mediante amenazas, más o menos sutiles, las mentes, y las ciencias académicas
seguirán llamando “avances científicos” a construir máquinas, sistemas sociales,
terapéuticas y técnicas donde la Entropía (si física, mental o espiritual, es
anecdótico) siga siendo reina y señora, habiendo tantos otros caminos de
conocimiento que recorrer. Cuentas de colores por oro.
Toda expresión de pensamiento en las Antiguas
Religiones es uno y trino a la vez (como corresponde), hablado,
significativo u oculto, ya se trate de un sentido propio (que se
comprende claro, sencillo), figurado (simbólico) o trascendente (sagrado y
jeroglífico). Las religiones modernas supieron balancear su despotismo vertebral
con una acción demagógica: sólo hicieron conocer al primero de éstos, creyendo
ser así más “populares”, perdiendo todo lo demás. En consecuencia, nada saben,
nada comprenden.
Porque si lo hicieran, descubrirían que las dos
versiones yuxtapuestas del Génesis (el “elohísta” y el “llavecita”) sólo tienen
una razón de ser: la primera transmite la acción de los Guardianes de la Luz en
el principio de los tiempos. La segunda, el arrebato de los Barones de las
Tinieblas.
El judeocristianismo (con odio irracional hacia
el género femenino) literalmente
aplasta las verdaderas, antiguas religiones lunares, matriarcales (ver mi
artículo “La doble moral de las Iglesias: Redescubriendo la Diosa Primordial”,
en AFR N° 128). A pura fuerza bruta el machismo se hace dominante. Culturas
matriarcales como Catäl Hüyuk desaparecen sin razón aparente. Se nos conculca la
idiotez de un Adán y una Eva literales así como unas manzanas cuyo significado
oculto hemos revelado (los remito a “Lucifer: ...”[1])
ocultándosenos que Adán es Adam Kadmon (“el hombre primordial”), es decir, el
ser humano en potencia que sólo existe
(EVE) “ser
– siendo” a través de la mujer. Sin la cual no existe, una vuelta de rizo al
matriarcado original. Pero no; ocultemos la fuerza femenina, lleguemos a dudar
de que las mujeres tengan alma, quitémosles relevancia social y, de paso,
olvidemos que lo importante de ese Che Guevara espiritual llamado Jeshua Ben
Yosef (Jesús) fue su mensaje y no las negadas intimidades con María
Magdalena.
En esta intoxicación espiritual entreveo la
mano de nuestros viejos conocidos, los Illuminati que, por caso y en un
específico momento histórico, sacan del cono de sombras a la otra María, la
virgen, que pasa por decreto de ser simple tubo de ensayo del Espíritu Santo a
representante sindical de la humanidad ante los cielos. Hay que estar ciego para
no ver aquí lo que es: una desviación destructiva de las pulsiones femeninas de
la grey, enfocándoles en un personaje respetuosamente ensalzado pero siempre
subordinado al Padre y al Hijo, que como buenos machos de una típica familia
siciliana son los que, en definitiva, deciden. Un “movimiento mariano” que
absorbe piadosamente el arquetipo femenino de la mente colectiva, no sea cosa
que terminemos corriendo a adorar a algún Ser Omnipotente con tetas.
Porque, según el mismísimo Génesis, “Dios creó
al hombre a Su imagen y semejanza; varón y hembra los creó”. Es apasionante
observar cómo el condicionamiento memético de tantos siglos
obnubiló lo que no puede ser más simple y evidente en esa frase: que los
principios femenino y masculino, el Ánima y el Ánimus, yin y yang que se
equilibran y complementan necesariamente, ya estaban allí presentes en Él
/ Ella y en cada uno de nosotros.
Es interesante comprobar cómo los Barones de
las Tinieblas intoxicaron los originales y verdaderos caminos, herramientas y
técnicas de apertura espiritual (y necesariamente y en algún momento, de
interacción con los Guardianes de la Luz), dictando y conculcando “formas
predeterminadas” de “hacer religión” comunes a casi todas: la castidad, el
ayuno, la abstinencia, la penitencia, la autoflagelación (no sólo física,
también psicológica y moral, que es peor) y la oración.
Alto. Veamos este último punto. La light New
Age nos ha bombardeado con textos donde se vendía el valor “milagroso” de la
oración. Sin
duda, cualquier técnica que nos permita “enfocar el espíritu” puede ser útil
para los egoístas, personales e inmediatistas fines que generalmente desea el
devoto: sanaciones, regreso de seres amados, encontrar trabajo. Pero esa humana
necesidad olvida que, en el proceso, se desguarnece la mente y se “vibra”
emocionalmente al unísono con el dictamen de un tercero. Y demostrada hace rato
la correspondencia entre lo emocional y lo astral, es obvio que mientras
recibimos inmediatas satisfacciones al orar estamos simultáneamente permitiendo
que nuestro cuerpo astral quede expuesto, obediente, a Otras Voluntades que tal
vez no son precisamente las que pensamos. Otra vez, cuentas de colores por
oro.
La Antigua Religión proponía en cambio otros
caminos: los remotos rituales a otros dioses, los Pequeños y Grandes Misterios,
recorrer la geografía sagrada para resonar con las fuerzas ocultas de la
Naturaleza (todos los antiguos pueblos que recibieron su organización de los
Misterios tuvieron su geografía sagrada, en que cada comarca era el símbolo de
una región o plano puramente intelectual y supraterrestre del espíritu: es la
raíz de las peregrinaciones de tantos cultos posteriores). Y disfrutar la Poesía
en vez de tanta catequesis.
Los lingüistas suponen que “poesía” deviene del
griego “poiein”: hacer, crear. Pero como ignoran el remoto “triple
sentido” del lenguaje ya citado, olvidaron el verdadero origen: “poesía” deviene
de “poieisis” que a su vez se origina en la voz fenicia “phohe”
(discurso, lenguaje) e “ish” (Ser Superior). El etrusco “Aes”, el
galo “Aesa”, el escandinavo “Ase”, el yoruba “Axé”, el egipcio “Os” (señor) y
“Os – Ir – Ish” (Osiris) tienen la misma raíz. La Poesía antigua tenía entonces
un sentido secreto y mágico, y por ello se la conocía como “la lengua de los
dioses”. Por eso la Antigua Religión y la comunión (“común unión”) con los
Guardianes de la Luz requiere lugares sagrados de la geografía, rituales
eleusíacos y órficos, y la declamación, audición o lectura de antigua poesía. En
esos rituales donde tardíamente se rendía culto a Apolo pero que originariamente
era uno de los Guardianes cuatro mil años atrás, “Ap Olen” significaba Padre
Universal y “Olen” era uno de los entes solares que protegían a la humanidad.
“Ap Olen” era también “Ap Wholón”, de éste, “Wotan” escandinavo y “Votán” entre
los amerindios. Es sólo en la Grecia decadente cuando Apolo se asocia con el Sol
y aun así, mil trescientos años antes de Cristo es el eco del Aton, del dios
solar de Akhenatón, el dios Primordial simbolizado en el astro rey. Pues Aton,
Amon, Ra, el mismo Osiris, todos se identificaron en algún punto con el Sol pero
no el mismo Sol, y sólo la supina ignorancia puede pensar en endiosar a la
estrella cuando “culto solar” es culto al arquetipo masculino. El Atón era el
Sol como imagen de energía vivificadora y así se perpetuaba la idea de la
energía universal, luego conocida como “chi”, “ki”, “orgón”. Ocho mil años antes
de Cristo ya era el “manas” polinésico lo que demuestra que cuanto más antiguo
nos remontamos más evidente es la idea de entidades espirituales universales sin
forma, y sólo en tiempos tardíos se antropomorfizan o animalizan, lo que es
exactamente al revés de lo que cabría esperarse de una simple necesidad
religiosa que fuera de lo primitivo a lo socialmente más complejo.
El culto a Olen evolucionó al de Dionisios,
pero no el bacante Dionisios ebrio (de donde devino Baco) sino el Dionisios
celeste. Un culto que imperaba alrededor del 4.000 AC bajo la Era astrológica de
Tauro. De allí el Baco con cabeza de toro, el Minotauro y el primitivo
“contrario” (Satán) de los cristianos, que no era un macho cabrío sino una testa
taurina con cuerpo humano.

Arriba: entidades con rostros humanoides y vagas insinuaciones
reptiloides en Guadalajara, circa 18.000 AC.

En Mas d'Azil, Francia, alrededor de veinte mil años atrás,
humanoides reptilescos.
Abajo: diversas representaciones de las diosas matriarcales,
opulentas, fértiles, del Magdalaniense, sur y centro de Europa.




Arriba: la perfección artística del Paleolítico hubiera permitido
mostrar a un ser humano, si de ello se tratare. Pero no; he aquí un ser
vagamente humanoide dentro de un objeto brillante que trae la muerte (el puñal a
la izquierda). Asturias, España.
Abajo: en Rusia, el futurismo casi cubista de este "dios" nos
trae, ya hace treinta mil años —como si el arte mejorara cuando más nos
retrotraemos— la "cruz invertida".
