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Al Filo de la Realidad

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Asunto:[AFR] Revista Al Filo de la Realidad Nº 161
Fecha:Miercoles, 3 de Enero, 2007  11:07:17 (-0300)
Autor:CAI - Centro de Armonización Integral <afreditor @.....com>

 
 
___________________________________________________________________________
OCULTISMO                                         OVNIs                                      PARAPSICOLOGÍA
 
Año 7                            Miércoles 3 de enero de 2007                        N° 161            
AL FILO DE LA REALIDAD
"Disiento con lo que dices, estoy en total desacuerdo con ello,
pero defendería con mi vida tu derecho a decirlo". Voltaire.
 
((( Fundada el 10-5-2000 )))
                                                                                                                      
                                                                                                                      
 
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En este número de AFR:
 
— ¿ESTAFADORES O PROFESIONALES?
     por Gustavo Fernández
 
— GUARDIANES DE LA LUZ, BARONES DE LAS TINIEBLAS (PARTE 8)
     por Gustavo Fernández
 

 
 
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      Los que viven de esto...

       
       
      ¿ESTAFADORES O PROFESIONALES?
       
       
      (un comerciante de ley)

       

       

       

          Sin ánimo de polémica estéril pero sí de franco conflicto con ciertos estereotipos muy difundidos pero poco razonados, quisiera acercar algunos comentarios respecto a las diatribas que solemos recibir por caer en la mira de quienes alimentan la antinomia "los que viven de estas cosas" contra los "otros", cualquiera diría, los "serios".

       

          Quiero debatir el hecho de que creo cuando menos una simplificación excesiva agrupar a la gente en categorías tan bastas. Porque, y por si no lo saben, yo también soy de los que "viven de esto". Conferencias, libros, cursos, consultas personalizadas y un largo etcétera me permiten si no ser un "insolitólogo de profesión", por lo menos vivir dignamente de la difusión de las paraciencias. Y si "vivir de esto" significa ser un "comerciante" —en el sentido despectivo que suele adjudicársele a la expresión— yo, hijo y nieto de honestos comerciantes que dejaron su vida tras los mostradores de las tiendas para darnos manutención y educación a un par de generaciones no puedo menos que sentirme halagado por el término: sí, soy un comerciante, pero de ésos, de los que forjaron mi familia.

       

          Y un buen comerciante sabe comerciar, no necesita adulterar el producto para venderlo; ése no es un comerciante, es un estafador. Lo que quiero decir es que si yo "vendiera", por ejemplo, el presunto aterrizaje de extraterrestres en una finca cualquiera, será mi habilidad comercial la que me permitirá “vender” la verdad: extraterrestres o chulos trasnochados. Así que si un colega no puede generar respuestas con una versión más terrenal de la historia, no es porque la misma no es vendible, sino, simplemente, porque él no tiene la chispa para hacerlo. Yo, un comerciante de ley, no tengo empacho en incluir en nuestra revista digital todas las opiniones si están debidamente fundamentadas, aun las “negativas”, sin óbice para mi “negocio”, y ciertamente no creo que el ataque moral sea una fundamentación. Porque, si algunos señalan que una de las armas deplorables de los vividores esotéricos es tildar a los escépticos (perdón, racionalistas, que es como les gusta ser llamados) de agentes del servicio secreto o idiotas útiles del sistema, no es menos cierto que la reacción instintiva de todos los escép... perdón, racionalistas, es tildar a los "creyentes" de supersticiosos ignorantes... o, "los que viven de eso". Vale decir, creo que la regla que critican los refutadores  —y en lo que les asiste toda la razón— también se puede emplear al revés.

       

          Ahora bien, nunca ha dejado de causarme gracia el resentimiento de muchos detractores, fanáticos sin más en su devoción al particular culto que profesan a la diosa Razón, hacia quienes "viven de esto" (¡cómo se me ha pegado la expresión!). Yo, modestamente, hablaría —y aquí los racionales se desgarrarán las vestiduras— de profesionales de las paraciencias. Porque en la medida que brindemos ética y honestidad en nuestros decires, la posibilidad de que ello se rentabilice nos permite dedicarnos full time a lo que nos interesa, obtener recursos para nuevas investigaciones y emprendimientos. Sospecho que argumentar en contrario de la rentabilización de la difusión —rentabilización voluntaria, porque nadie es obligado a abonar las entradas a nuestras conferencias ni a comprar nuestros libros, amén de la leyenda urbana nacida en torno al supuesto "enriquecimiento ilícito" que acompaña la venta de espúrea literatura platillista... un comentario que sólo podría hacer quien nunca haya publicado un libro, pues caso contrario sabría por experiencia propia que difícilmente esas liquidaciones superan el epíteto de "magras"— argumentar en contrario, decía, sí tiene algo de fanatismo religioso: puede vivirse de la astronomía, puede vivirse de las crónicas policiales, puede vivirse de la crónica política, puede vivirse de los asuntos del corazón.... pero no puede (¿no debe?) vivirse de los ovnis y los fenómenos inexplicados de la mente. Si esto no es idolatrar, ¿qué lo es? Entonces, recuerdo que los cientificistas —para diferenciarlos de los científicos— y los racionalistas son, también, humanos. Tan humanos, y tan plausibles de padecer envidia como cualquier mortal. Y comprendo que cuando un arqueólogo ortodoxo o un astrónomo secular comparan las ventas de sus libros con los de algunas plumas que no quiero mencionar aquí para no herir susceptibilidades, debe experimentar algo parecido a lo que sentía el pobre doctor Jekyll después de zamparse la pócima...

       

       


       
       
      Las ediciones anteriores de esta serie se publicaron en:
      AFR Nº 139: parte 1
      AFR Nº 140: parte 2
      AFR Nº 141: parte 3
      AFR Nº 142: parte 4
      AFR Nº 143: parte 5
      AFR Nº 144: parte 6
      AFR Nº 145: parte 7
       
      Por el momento no están disponibles en línea,
      pero puede solicitarlas al Editor.
       
       
      GUARDIANES DE LA LUZ, BARONES DE LAS TINIEBLAS
       
      (octava parte)
       

       

       

       

          Dos hitos señalan el comienzo de una Búsqueda. El uno, comprender que estas sociedades esotéricas, secretas, tanto para bien como para mal de esta y otras humanidades que pasaron, pasan y pasarán por esta Tierra, hunden sus raíces en un infuso momento histórico pero en todo caso no menor al año 18.000 A.C. El otro, aparentemente totalmente ajeno al punto anterior, es la increíble coincidencia (no sólo simbólica, también episódica y descriptiva) entre los Encuentros Cercanos del III Tipo o, más exactamente, las abducciones, y las ECM (Experiencias Cercanas a la Muerte). En efecto, no puede negarse (a menos que una forma oportunista de maniqueísmo intelectual lleve al lector o lectora a reconocer sólo unas en detrimento de las otras, o cierta miopía conceptual no ajena al paradigma académico de la “especialización” lo obnubile), que la poderosa luz que se aproxima, el “túnel” (que en buena parte de la literatura ovnilógica es asimilable al “haz coherente de luz” que salpica la casuística, actuando como inmaterial elevador), la o las entidades, la comunicación “telepática”, el “tiempo perdido” en Ovnilogía y el “tiempo alterado” en Peritanatología, el despertar espiritual del protagonista con toda su secuela, son demasiadas coincidencias para negar lo que desde hace años venimos sosteniendo: que dejando de lado un porcentaje genuinamente extraterrestre, la mayor parte de las entidades asociadas a OVNIs son de naturaleza extradimensional, de modo que sus “mecanismos de traslación” son indistinguibles en muchas ocasiones de algunas formas de fenómenos erróneamente interpretados como “parapsicológicos”. Que, por ende, las abultadas crónicas históricas sobre “seres espirituales” sólo refieren con otro nombre a seres de otras dimensiones, y que algunas de esas entidades tienen para con nosotros intenciones ora aviesas, ora amigables. Y que desde el comienzo mismo de la humanidad grupos de “élite” fueron depositarios del Secreto, guardianes del Umbral, sicarios o servidores.

       

          Alguna vez, las Religiones y las Iglesias fueron las poseedoras de las verdades últimas. Ellos fueron entonces, arcanos hierofantes, los Guardianes de la Luz. Devenidos en herramientas políticas e inficionados por los primigenios Illuminati, son hoy funcionales a los Barones de las Tinieblas. Las claves sagradas están en esa Religión Primordial Universal, en esa Sabiduría Antigua que las modernas Iglesias (aun con dos mil años a cuestas, es como si hubiesen surgido ayer) han plagiado y enarbolado como de su cosecha propia. Cuando leemos: “Dios es el Padre, el Verbo, su Hijo, su Unión es la Vida, Dios es Uno y Trino a la vez”, ¿estamos frente a una poética parábola cristiana? No. ¿Un axioma “yavehístico” del Pentateuco, rezado por los seglares del pueblo de Abraham? Tampoco. Estamos escuchando al sacerdote de Osiris que, cuatro mil años antes de nuestra Era, revelaba éstas y otras verdades al adepto cuando recitaba el Poimandres del sabio Toth devenido apoteósicamente en Hermes Trimegisto.

       

          La Flor de Isis era la Rosa Mística de la sabiduría que encierra el Amor en su corazón. La Rosa Mística... ¿a qué suena esto? O Krishna, atado a un árbol y asaeteado, remite a San Pantaleón cuando no al mismo Jesús pues, milenios antes, él ya había nacido de la virgen Devaki y predestinado a morir a los 33 años... Y así también, como encontramos a los siete dioses cosmogónicos egipcios en todas las mitologías posteriores.

       

          Esa Ciencia Egipcia ya había descubierto, por ejemplo, lo que enseñan hoy la moderna Parapsicología y los más avanzados estudios sobre la Vida después de la Muerte: que las “almas” —o “paquetes de memoria” (ver “Algunos apuntes sobre la vida después de la muerte”, en Revista “Al Filo de la Realidad” Nº 14)— pasan a “planos superiores” o “más sutiles” si son “eróticos” o más densos (o quedan “anclados” en la materialidad) si son “thanáticos”. Osiris decía: “¿Ves una simiente luminosa caer desde los cielos de la séptima esfera? Son gérmenes de almas. Ellas viven como vapores ligeros en ese plano, dichosas, sin preocupaciones, ignorantes de su felicidad. Pero al caer de esfera en esfera revisten envolturas cada vez más pesadas. Su energía vital aumenta, pero a medida que entran en cuerpos más espesos pierden el recuerdo de su origen celeste. Así tiene lugar la caída de las almas procedentes del divino Éter. Más y más prisioneras de la materia, más y más embriagadas por la vida, se precipitan como una lluvia de fuego a través de las regiones del Dolor, del Amor y de la Muerte, hasta su prisión terrestre, donde tú gimes retenido por el cetro ígneo de la tierra y donde la vida divina parece un vano sueño”.

       

          El infierno cristiano, tan poco creíble hoy para la humanidad, ya no cumple una función educadora y ejemplificadora. Pero en Luxor se enseñaba que siendo el alma hija del cielo y siendo su viaje una prueba, al amar desenfrenadamente la materia pierde el recuerdo de su origen, vuelve a la región etérea como un chispazo sin vida inteligible, desagregándose en el torbellino de los elementos groseros. La tortura de las almas bajas y malvadas sólo termina en su destrucción, que es la pérdida de toda conciencia. La Nada es el verdadero infierno.[1]

       

          Si en vez de un Averno caluroso y extrañamente semejante a las mazmorras de la Inquisición hubiese pervivido y expandido la concepción egipcia de aquél, ¿no hubiera sido más aleccionador, coherente con los más avanzados descubrimientos de la ciencia? ¿No hubiese estimulado a las masas a explorar por motu proprio las vastedades de lo espiritual sin necesidad de la amenaza clerical?


          Por ello sostenemos desde aquí que el extraño exterminio histórico de la religión egipcia no se explica sólo por sus supuestas y no probadas falsedades o por el imperio dominante de la autoridad de turno: se explica por la necesidad de privar a la Humanidad de una teología vastamente compleja y con muchas más respuestas que las que le sucedieron después. Y quede claro que es infantil suponer que esta teología se construye sobre la mera creencia en dioses con cabeza de animal: paupérrimo es quien no vea en ellos lo que son: símbolos esotéricos que los no iniciados adoraban fetichísticamente, como fetichísticamente la piadosa católica toca la pila bautismal vacía antes de santiguarse.

       

          Porque el Esoterismo es las religiones no es sólo cierto; es necesario. Si no hubiese un Esoterismo en las Escrituras bíblicas y su razón fuese sólo moral, sería perverso esconderlo en parábolas.

       

           Un Esoterismo que, si no es comprendido aún en sus enunciados más elementales, ¿cómo podemos esperar sea buceado en sus honduras más trascendentes? Jacob, hijo de Isaac y éste de Abraham, eso nos dice el Pentateuco,  y ver en ellos una sola familia. Pero Abraham es Abram que deviene de Orham, voz caldea. Isaac, por su prefijo Is (ish) era voz egipcia. Jacob, como José, seguramente fenicio. Jefes distantes en el tiempo y la geografía de clanes semíticos que respondieron a un dios menor, tectónico, local, YHWH. Pero ni siquiera comprendemos que esa “paternidad física” esconde sólo una “paternidad espiritual”, en el sentido de herederos en el credo. ¿O acaso cuando llaman “padre” al cura del barrio lo sospechamos “pata de lana”[2] con nuestras adúlteras madres?

       

          Intuyo al judaísmo como el primer brazo doctrinario de los Barones de las Tinieblas. Impusieron a sangre y fuego a un “dios del amor” que ordenaba la matanza de miles de inocentes en los pueblos conquistados, un dios que bendice a un padre que copula con sus hijas; un dios así no es un dios, es un hijo de puta. Un culto tan vacuo que todo lo robó y plagió, desde Noé (el Ut – Naphistim sumerio) y el Diluvio, hasta la escala de Jacob, con el dios allá arriba y los ángeles subiendo y bajando, una penosa alegoría tardía de la escala evolutiva osiríaca de las almas ya descrita. ¿Qué se nos dirá aquí? ¿Qué la visión jacobina es más “comprensible” para el vulgo iletrado que la profunda imagen egipcia? Sin duda; y eso, precisamente, porque la civilización judeo cristiana pone la religión antes que la educación y un pueblo iletrado y asustado ha sido su máxima aspiración. Pero contradíganme ustedes: esa imagen simplona de escaleras es casi indiferente y hasta ridícula para un espíritu ávido de iluminación. La otra, empero, la imagen de Osiris, estimula el intelecto y la reflexión, y es precisamente por esto que ha sido, al igual que otros remotos conocimientos místicos, ignominiosamente bastardeada.

       

          El Yahvé bíblico era, ciertamente, de origen africano. Más precisamente, reverenciado entre etíopes y nubios que habían dominado Egipto hacia el 8.000 AC, cuando claramente la raza negra sucedió a la roja en el dominio no sólo de los principales centros civilizados sino, más precisamente, de la Sabiduría. Una raza que había llegado y conquistado también lo que hoy es América, adoradores de grandes serpientes como símbolo vivo de sus dioses ancestrales, los dragones, imagen de reptiles inteligentes llegados del Cielo. Educadores y civilizadores, pero también explotadores. Alguna vez refugiados en mundos subterráneos, el culto a éstos se mimetizó con el del fuego y los volcanes. Y allí, en Madián, entre el Golfo de Elam y Arabia, protegido por un macizo volcánico, su iniciado Jetro supo aguardar a Moisés. Un dios exclusivo creado para una sociedad que en el éxodo no superaría los diez mil miembros. Para el concepto metafísico de la palabra “dios”, no puede existir un pueblo elegido, ni un dios sólo para ese pueblo. Si así fuera, es sólo un dios menor, particular y discriminatorio.

       

          Fue en la cripta subterránea del templo de Madián, análoga a la Cámara del Caos bajo la Gran Pirámide[3] donde Hosarsiph (quien aún no había recibido su nombre hebreo de Moisés) fue sometido a un sueño cataléptico que duró varios días. El fin; recibir impresiones y conocimientos a través de su cuerpo astral, para “renacer” a su misión: obligar al mundo a adoptar un culto, una raza, una nación. Pero en ese plano (el astral), esa “tierra de nadie”, es donde se producen los contactos e interacciones entre humanos y Barones de las Tinieblas.

       

          La Antigua Religión, la verdadera, era entonces ingeniería espiritual y ante ellas las modernas parecen poco más que cursos por correspondencia. La Religión verdadera responde a las necesidades del espíritu, de allí su magia eterna. La Ciencia, a las de la mente, de donde su fuerza invencible. Hoy, ni las Iglesias aprisionadas en sus dogmas ni las ciencias encerradas en la materia saben hacer hombres y mujeres completos. El arte de crear y de formar las almas parece haberse perdido y no se volvería a encontrar hasta tanto ciencia y religión, refundidas en una fuerza viva se apliquen juntas y de común acuerdo al bien y la salvación de la humanidad. Hasta entonces, las deslucidas religiones modernas seguirán llamando “formar el alma” a condicionar mediante amenazas, más o menos sutiles, las mentes, y las ciencias académicas seguirán llamando “avances científicos” a construir máquinas, sistemas sociales, terapéuticas y técnicas donde la Entropía (si física, mental o espiritual, es anecdótico) siga siendo reina y señora, habiendo tantos otros caminos de conocimiento que recorrer. Cuentas de colores por oro.

       

          Toda expresión de pensamiento en las Antiguas Religiones es uno y trino a la vez (como corresponde), hablado, significativo u oculto, ya se trate de un sentido propio (que se comprende claro, sencillo), figurado (simbólico) o trascendente (sagrado y jeroglífico). Las religiones modernas supieron balancear su despotismo vertebral con una acción demagógica: sólo hicieron conocer al primero de éstos, creyendo ser así más “populares”, perdiendo todo lo demás. En consecuencia, nada saben, nada comprenden.

       

          Porque si lo hicieran, descubrirían que las dos versiones yuxtapuestas del Génesis (el “elohísta” y el “llavecita”) sólo tienen una razón de ser: la primera transmite la acción de los Guardianes de la Luz en el principio de los tiempos. La segunda, el arrebato de los Barones de las Tinieblas.

       

          El judeocristianismo (con odio irracional hacia el género femenino) literalmente aplasta las verdaderas, antiguas religiones lunares, matriarcales (ver mi artículo “La doble moral de las Iglesias: Redescubriendo la Diosa Primordial”, en AFR N° 128). A pura fuerza bruta el machismo se hace dominante. Culturas matriarcales como Catäl Hüyuk desaparecen sin razón aparente. Se nos conculca la idiotez de un Adán y una Eva literales así como unas manzanas cuyo significado oculto hemos revelado (los remito a “Lucifer: ...”[1]) ocultándosenos que Adán es Adam Kadmon (“el hombre primordial”), es decir, el ser humano en potencia que sólo existe (EVE) “ser – siendo” a través de la mujer. Sin la cual no existe, una vuelta de rizo al matriarcado original. Pero no; ocultemos la fuerza femenina, lleguemos a dudar de que las mujeres tengan alma, quitémosles relevancia social y, de paso, olvidemos que lo importante de ese Che Guevara espiritual llamado Jeshua Ben Yosef (Jesús) fue su mensaje y no las negadas intimidades con María Magdalena.

       

          En esta intoxicación espiritual entreveo la mano de nuestros viejos conocidos, los Illuminati que, por caso y en un específico momento histórico, sacan del cono de sombras a la otra María, la virgen, que pasa por decreto de ser simple tubo de ensayo del Espíritu Santo a representante sindical de la humanidad ante los cielos. Hay que estar ciego para no ver aquí lo que es: una desviación destructiva de las pulsiones femeninas de la grey, enfocándoles en un personaje respetuosamente ensalzado pero siempre subordinado al Padre y al Hijo, que como buenos machos de una típica familia siciliana son los que, en definitiva, deciden. Un “movimiento mariano” que absorbe piadosamente el arquetipo femenino de la mente colectiva, no sea cosa que terminemos corriendo a adorar a algún Ser Omnipotente con tetas.

       

          Porque, según el mismísimo Génesis, “Dios creó al hombre a Su imagen y semejanza; varón y hembra los creó”. Es apasionante observar cómo el condicionamiento memético[4] de tantos siglos obnubiló lo que no puede ser más simple y evidente en esa frase: que los principios femenino y masculino, el Ánima y el Ánimus, yin y yang que se equilibran y complementan necesariamente, ya estaban allí presentes en Él / Ella y en cada uno de nosotros.

       

          Es interesante comprobar cómo los Barones de las Tinieblas intoxicaron los originales y verdaderos caminos, herramientas y técnicas de apertura espiritual (y necesariamente y en algún momento, de interacción con los Guardianes de la Luz), dictando y conculcando “formas predeterminadas” de “hacer religión” comunes a casi todas: la castidad, el ayuno, la abstinencia, la penitencia, la autoflagelación (no sólo física, también psicológica y moral, que es peor) y la oración.

       

          Alto. Veamos este último punto. La light New Age nos ha bombardeado con textos donde se vendía el valor “milagroso” de la oración[5]. Sin duda, cualquier técnica que nos permita “enfocar el espíritu” puede ser útil para los egoístas, personales e inmediatistas fines que generalmente desea el devoto: sanaciones, regreso de seres amados, encontrar trabajo. Pero esa humana necesidad olvida que, en el proceso, se desguarnece la mente y se “vibra” emocionalmente al unísono con el dictamen de un tercero. Y demostrada hace rato la correspondencia entre lo emocional y lo astral, es obvio que mientras recibimos inmediatas satisfacciones al orar estamos simultáneamente permitiendo que nuestro cuerpo astral quede expuesto, obediente, a Otras Voluntades que tal vez no son precisamente las que pensamos. Otra vez, cuentas de colores por oro.

       

          La Antigua Religión proponía en cambio otros caminos: los remotos rituales a otros dioses, los Pequeños y Grandes Misterios, recorrer la geografía sagrada para resonar con las fuerzas ocultas de la Naturaleza (todos los antiguos pueblos que recibieron su organización de los Misterios tuvieron su geografía sagrada, en que cada comarca era el símbolo de una región o plano puramente intelectual y supraterrestre del espíritu: es la raíz de las peregrinaciones de tantos cultos posteriores). Y disfrutar la Poesía en vez de tanta catequesis.

       

          Los lingüistas suponen que “poesía” deviene del griego “poiein”: hacer, crear. Pero como ignoran el remoto “triple sentido” del lenguaje ya citado, olvidaron el verdadero origen: “poesía” deviene de “poieisis” que a su vez se origina en la voz fenicia “phohe” (discurso, lenguaje) e “ish” (Ser Superior). El etrusco “Aes”, el galo “Aesa”, el escandinavo “Ase”, el yoruba “Axé”, el egipcio “Os” (señor) y “Os – Ir – Ish” (Osiris) tienen la misma raíz. La Poesía antigua tenía entonces un sentido secreto y mágico, y por ello se la conocía como “la lengua de los dioses”. Por eso la Antigua Religión y la comunión (“común unión”) con los Guardianes de la Luz requiere lugares sagrados de la geografía, rituales eleusíacos y órficos, y la declamación, audición o lectura de antigua poesía. En esos rituales donde tardíamente se rendía culto a Apolo pero que originariamente era uno de los Guardianes cuatro mil años atrás, “Ap Olen” significaba Padre Universal y “Olen” era uno de los entes solares que protegían a la humanidad. “Ap Olen” era también “Ap Wholón”, de éste, “Wotan” escandinavo y “Votán” entre los amerindios. Es sólo en la Grecia decadente cuando Apolo se asocia con el Sol y aun así, mil trescientos años antes de Cristo es el eco del Aton, del dios solar de Akhenatón, el dios Primordial simbolizado en el astro rey. Pues Aton, Amon, Ra, el mismo Osiris, todos se identificaron en algún punto con el Sol pero no el mismo Sol, y sólo la supina ignorancia puede pensar en endiosar a la estrella cuando “culto solar” es culto al arquetipo masculino. El Atón era el Sol como imagen de energía vivificadora y así se perpetuaba la idea de la energía universal, luego conocida como “chi”, “ki”, “orgón”. Ocho mil años antes de Cristo ya era el “manas” polinésico lo que demuestra que cuanto más antiguo nos remontamos más evidente es la idea de entidades espirituales universales sin forma, y sólo en tiempos tardíos se antropomorfizan o animalizan, lo que es exactamente al revés de lo que cabría esperarse de una simple necesidad religiosa que fuera de lo primitivo a lo socialmente más complejo.

       

          El culto a Olen evolucionó al de Dionisios, pero no el bacante Dionisios ebrio (de donde devino Baco) sino el Dionisios celeste. Un culto que imperaba alrededor del 4.000 AC bajo la Era astrológica de Tauro. De allí el Baco con cabeza de toro, el Minotauro y el primitivo “contrario” (Satán) de los cristianos, que no era un macho cabrío sino una testa taurina con cuerpo humano.

       

       

      Arriba: entidades con rostros humanoides y vagas insinuaciones reptiloides en Guadalajara, circa 18.000 AC.

       

       

      En Mas d'Azil, Francia, alrededor de veinte mil años atrás, humanoides reptilescos.

       

       

      Abajo: diversas representaciones de las diosas matriarcales, opulentas, fértiles, del Magdalaniense, sur y centro de Europa.

       

       

       

       

       

      Arriba: la perfección artística del Paleolítico hubiera permitido mostrar a un ser humano, si de ello se tratare. Pero no; he aquí un ser vagamente humanoide dentro de un objeto brillante que trae la muerte (el puñal a la izquierda). Asturias, España.

      Abajo: en Rusia, el futurismo casi cubista de este "dios" nos trae, ya hace treinta mil años —como si el arte mejorara cuando más nos retrotraemos— la "cruz invertida".

       

       



      [1] Ver “Satanás: el eterno Prometeo”, en AFR N° 15 (parte 9 de la serie "Fundamentos Científicos del Ocultismo").

      [2] “Pata de lana”: argentinismo por amante clandestino. Se refiere a quien se desliza silenciosamente sin calzados —o con la delicadeza de quien tuviera “pies de lana”— en la vivienda y el lecho de la mujer infiel.

      [3] En nuestro libro “El correcto uso del péndulo y la pirámide” (Ediciones Siete Llaves, Buenos Aires, 1999) hemos abundado en este tópico. Sucintamente, diremos que a un tercio de la altura de la Gran Pirámide pero excavada en la roca viva bajo ella existe una cámara, análoga a la Cámara del Rey pero a medio hacer, donde se concentran los aspectos inversos de la energía positiva de aquélla. Era un lugar de prueba, donde el iniciado debía superar una difícil noche. Algunos autores opinan, con poco tino, que el hecho de que esté a medio hacer es porque el constructor en un momento se arrepintió de la misma y ordenó abandonarla y construir “hacia arriba”, lo cual es casi un insulto a la inteligencia egipcia —como si éstos no planearan con debida antelación sus emprendimientos— y se obvia comprender que ello tiene un significado simbólico: referir el “desorden cósmico” de la entropía en contraposición al “orden cósmico” de la negantropía expresada en la geometría de la Gran Cámara.

      [4] Ver “La Intoxicación en las Paraciencias. Memética e Illuminati”, en AFR N° 155.

      [5] No es casual que se trate, en la inmensa mayoría y en su totalidad durante las cuatro primeras décadas de esta “moda”, de autores angloparlantes y de cuna evangelista.

       


       
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