DIOS Y EL UNIVERSO
SEGÚN LOS
EXTRATERRESTRES
La Ovnilogía sufrió su
resonante parto en aquel tórrido verano de 1947. La noche de San Juan estalló la pesadilla de los platillos
volantes que sobrecogieron al mundo alegre y confiado de la postguerra. Ha llovido mucho en el último medio siglo, y
lo que nació como intrigantes aeronaves merodeando por la atmósfera terrestre se
ha convertido en un complicado rompecabezas de misteriosos fenómenos
interconectados entre sí y con un alto índice de extrañeza y absurdo:
Humanoides,
abducciones psíquicas, ovnis estrellados y cadáveres de ocupantes,
channeling, contacto con E.T., apariciones religiosas, yetis y animales
fantasmas, hombres de negro, mutilaciones de ganado, episodios
paranormales...
En el presente
trabajo nos centraremos en un interesante aspecto del denominado Síndrome Contacto: la cuestionable revelación
parafísica del siglo XX. Desde los
albores de los años cincuenta nuestro planeta padece una insólita epidemia de
decenas de miles de contactados, surgidos en los más dispares rincones
del globo.
Las referidas
antenas humanas airean la pretensión incomprobable de que están recibiendo
extraños discursos psíquicos infiltrados por seres invisibles oriundos de
remotos astros y dimensiones desconocidas.
Las supuestas
comunicaciones telepáticas aparecen recogidas en muchos centenares de volúmenes
que han hecho escasa mella en el gran público, pues son consideradas como
extravagancias no avaladas por pruebas científicas.
Sin analizar aquí
por falta de espacio la naturaleza del contacto interdimensional ni los ríos de
tinta que ha producido, nos limitaremos a ofrecer una breve síntesis
antológica —entre otras temáticas
posibles— de la teodicea y la
cosmovisión extractadas de un puñado de textos que se dicen dictados por
intangibles pobladores de esferas de vida alternativas.
Se trata de la
modesta sinopsis de una mínima fracción de los centenares de miles de páginas
que exponen la filosofía preconizada por los ufonautas. Con este resumen de la abrumadora
documentación disponible en torno al pensamiento alienígena, el lector podrá hacerse una idea del
alcance y calidad de la pretendida metafísica extraterrestre, y
juzgar por sí mismo en consecuencia.
He aquí como
decimos un vademécum del heterodoxo concepto de la cosmogonía y la deidad
vigente en la cultura interplanetaria.
TODO ES UNO
El conjunto de lo que existe
conforma una férrea unidad indivisible, en opinión de los filósofos
interdimensionales. Tú
mismo eres ese
Uno. (15) (Véase el apartado número 15 en la
Bibliografía final).
He aquí la verdad
que representa el sendero hacia toda verdad, lo que desvanece cualquier
misterio, la clave para una comprensión integral de la Realidad. En rigor sólo existe el Único,
por sobrenombre Dios. El
cosmos multidimensional es un sistema absolutamente unificado. (4)
Aunque no lo
parezca, los elementos de la Creación se encuentran misteriosamente
interconectados. Y afectar a un
componente del entramado universal significa influir en los demás, y por
supuesto en La Totalidad. La separación es ilusoria: todo depende
de todo, y las aparentes autonomías e independencias son meros entes de
razón.
Y cuando miramos
a los ojos al prójimo estamos contemplando el Amado, al mismo Creador. (4)
Los fenómenos
específicos nunca son eventos aislados, sino que forman parte de una secuencia
más amplia de causa y efecto. Y los
que parecen casos especiales y únicos, son también el resultado del mecanismo
coordinado de las leyes universales. Si consideramos a un suceso separado de
sus interconexiones causales, lo encumbraremos a la categoría mítica de enigma
de la naturaleza. Para eliminar los misterios del horizonte de la ciencia y
reemplazarlos por la comprensión inteligente, nada mejor que rastrear el más
vasto panorama causal de los acontecimientos a primera vista emancipados.
(15)
El substrato de
la vida infinita y autoconsciente es inmanente en el universo. Y todas sus unidades son
interdependientes y funcionan vinculadas de alguna manera entre sí. La separatividad es la primera de las
grandes ilusiones cósmicas. (11).
El universo es la
arena de experimentación de la Causa sin Causa, quien vive y se
expresa a través de una infinitud de centros intencionales únicos y
aparentemente finitos, los cuales parecen
llevar existencias autárquicas, hasta que debido a su gradual metamorfosis
evolutiva alcanzan una comprensión acerca de la unidad esencial de todas las
cosas y seres en Dios. (12).
El mundo como un
todo es un campo de influencias contínuo e ininterrumpido, con sus partes
vinculadas entre sí. La globalidad
de lo que existe interacciona —aunque sea de forma remota e
indirecta— con todo lo demás, y con
el propio universo en conjunto. En
un contexto de la máxima amplitud y profundidad, cualquier aspecto del
cosmos es La Totalidad. (20).
EL CAMPO DE FUERZAS DIVINO
La Causa Primera es la incognoscible energía que vitaliza
todo lo que hay. (14). La
Fuerza Unitaria es la
chispa vital, el
principio animador, la dinámica del eterno progreso de todo y todas las
cosas. El Innombrable representa la esencia o quid del puro hecho de existir, el intrínseco isness o beingness: la cualidad, atributo o condición
de ser que caracteriza al colectivo ontológico
universal. (9).
El único proyecto
de la Inteligencia
Cósmica consiste en
ser. Y el conjunto de
lo que existe, que es Él mismo, expresa la vida divina. El Padre Universal actúa, siente
y es a través del hombre, quien re-crea a cada momento la realidad
teológica y es lo
que Él es. Por ello cualquier cosa que hagamos es
siempre aceptada por la deidad. (9).
Juzgar al prójimo
implica enjuiciar al Origen; y atribuir límites a nuestros semejantes
supone asignar fronteras al Todopoderoso. Segregar a las criaturas de su deidad
interna significa despojarlas de su legítima naturaleza divino-humana. Al homo sapiens le corresponde rendir adoración a su
propia esencia interior, que no es más que un fragmento de la misma substancia
del Dispensador. De este modo
quererse a sí mismo equivale a
reverenciar al Generador y amar a toda la humanidad. (9).
Cada inteligencia
encarnada, por ser irremisiblemente única, está expresando mediante su
creatividad sui generis facetas especiales e irreemplazables de la Primera Causa. La vida podría explicarse como una exploración
ascendente del habitat de la Suprema Identidad, quien es la condición de
ser del sistema de todas las cosas, justamente tal como son, y no
como podrían o “deberían” ser. (9).
El
Absoluto es en todas las dimensiones, niveles de realidad y
universos simultáneos. Y espera de
sus hijos que se abandonen en la aventura de incursionar y acumular experiencia
en los diferentes reinos, esferas que no son otra cosa que Él mismo. Dios es amor y no ostenta actitudes,
simplemente es. Por tanto acepta y ama a los mortales
tal como somos, con nuestras alforjas asaz humanas de vicios y virtudes a
cuestas. (9).
Y nos deja en
libertad de hacer lo que nos apasiona (ateniéndonos claro está a sus
consecuencias de rigor), decisiones que en puridad coinciden con la voluntad
del Padre. (9).
El
Inefable se mantiene al margen del bien y del mal, de lo positivo y lo
negativo. Y ni siquiera es perfecto,
pues el cenit o plenitud supondría una limitación al cambio evolutivo permanente
que es requisito sine qua non del vivir. El programa del Incondicionado
radica en ser. Con lo cual los
individuos y cosas son literalmente el Muy Alto en una más vasta y compleja
manifestación de su propia substancia heterocéntrica. (9).
De esta manera
nuestra chispa interna nos transmuta en un genuino duplicado a nivel humano de
la divinidad, ya que el fuego anímico entraña la amplificación de la identidad
del Omega hecha carne. Porque el
Último es, a escala infinita, la reunión de sus incontables hijos
bienamados. (9).
Del pensamiento
contemplativo, que es el amor del Profundo a sí mismo, emergió el deseo de una
expansión creativa de su propia naturaleza ontológica. Y esta autotransformación, energizada por
el amor, devino en un incremento cualitativo de su esencia lóvica definitoria,
lo que supone el enriquecimiento adicional de sí mismo a través de la creación
del universo y del hacer suya la experiencia evolutiva de sus criaturas. (9).
La compleja
reduplicación del ente divino, su desarrollo en el eterno presente, tiene su
causa en los seres, quienes incorporan en su abismo interno un fragmento activo
de la Mente de Dios. A través del poder creativo delegado en
este átomo teológico individual, se
manifiestan en el esquema de las cosas las innumerables facetas ontológicas
del Ser Supremo.
(9).
La Fuerza Cósmica es el origen de los numerosos y
diferenciados sistemas energéticos que conforman la trama ondulatoria de la
Creación. La esencia de la Vibración Unitaria es el amor, que fluye en la Energía Crística del Plan Divino y deifica todo cuanto toca. (19).
Eres literalmente
el Hacedor mismo, pues Él habita en tu tabernáculo anímico. Y su poder y facultades potenciales te
las ha adjudicado por delegación. La
libre decisión de cultivarlos mediante el trabajo meritocrático, o por el
contrario dejarlos hibernar en estado latente, te corresponde sólo a ti y al
esfuerzo que estés dispuesto a aplicar en orden a hacer crecer en tu
personalidad las facetas divinas que
el Ser Teocéntrico te otorgó en estado
implícito.(4).
Para intentar
explicar en lenguaje humano lo inexpresable, asimilaremos a Dios al modo
de una línea isotrópica paralela a sí misma, que vibra ortogonalmente a su
propio esquema geométrico. O si se
prefiere, como un haz de ejes en el que los puntos de intersección de las líneas
se sitúan en todas partes simultáneamente. (10).
Como efecto de la
vibración de la Matriz
Cósmica en el punto infinito del
universo, su emanación energética ejerce una irresistible presión sobre el
cosmos, e impregna los sistemas galácticos y reinos etéricos de “materia” sutil. El Insondable es como un holograma de complejidad
infinita cuyas partes reproducen el conjunto, inmanente en el Todo. El Omnipresente se manifiesta como el centro
infini-dimensional del multiverso, o conglomerado de los interminables cosmos paralelos que
coexisten interpenetrados en el mismo
hiperespacio de
n dimensiones. (10).
El
Animador constituye un campo de fuerzas isotrópico y
pluridimensional. En otras
palabras, un sistema ubicuo de ejes
del que parten infinitas líneas de fuerza en todas las direcciones espaciales y
dimensionales. El corazón de este
ensamblaje axial palpita en todos los confines de La Realidad, por lo que paradójicamente
el núcleo teocrático ocupa la inmensidad de la esfera de lo creado. (10).
Las componentes
energéticas no escapan de la ubicuidad del Megacentro, y en el eterno presente operan intramuros
de la anatomía divina, que ha sido definida como una hiperesfera
multidimensional con el centro en cualquier parte y la superficie en
ninguna. (10).
La deidad aparece
de este modo como una figura inmanente. Y al no desbordar los campos energéticos
el habitat dimensional de Lo Increado, vibran sin remisión en la hondura
del Absoluto. Pero como en este contexto carecen de
sentido los conceptos de “exterior” e “interior”, y al constituir el modelo
cósmico una conjunción omnipresente de vectores de fuerza, todas las flechas
energéticas derivadas del isotropismo del Alma del Mundo han de oscilar necesariamente en el seno
de un recinto único. Para seguir
auxiliándonos con la metáfora geométrica, nos cabe pues describir a la Creación
como un punto polidimensional de vibración infinita. (10).
Por otra parte la
confluencia de líneas de fuerza en un área concreta, origina la torsión del
espacio físico en ese lugar. Dios
sería por consiguiente un inagotable campo de influencias energéticas que vibra
en un punto infinito y produce una constante deformación del espacio. (10).
Y al tiempo,
el Centro de los Centros ejerce su perenne influjo sobre la
insondable esfera de Lo No Manifestado, ocasionando la emanación
de energía primordial, la cual se
transmutará oportunamente en energías de segundo y enésimo orden, y finalmente en
materia. De esta manera si el Ser de los Seres no existiera,
nada surgiría en el reino de Lo Manifestado. (10).
El
Engendrador de la energía cosmosférica controla como hemos dicho Lo Inmanifestado, o lo que
es lo mismo, las infinitas combinaciones ontológicas potenciales ya proyectadas
por la Mente Universal, pero que todavía no gozan del atributo
adicional de la existencia fáctica. (10).
En otro orden de
cosas, el hombre sólo logrará entender los fenómenos de la Naturaleza cuando
comprenda la naturaleza de su Animador. Nada hay inalcanzable para el poder
de El Camino, la Verdad y
la Vida. No sólo es el que da
nacimiento al espíritu, la energía y la materia, sino que de igual modo ha
insuflado el soplo vital a los Hijos que le asisten, encumbradas jerarquías
subdivinas de status comparable al del Sumo Hacedor, lugartenientes de
quienes emergen, por su delegación de poder, otras formas de vida de inferior
rango. (10).
Toda persona, ser
viviente, roca, vegetal, planeta o
galaxia corporeiza ciertas
cualidades, aspectos o particularidades del Punto Central. De esta manera el mosaico
inacabable de matices y características contenidos en el Supremo no permanece egoistamente
monopolizado in aeternum por
el habitat divino, sino que se plasma con una cálida generosidad en los diversos
mundos y en sus inimitables pobladores. (7).
“Dios
es”. Tan paradójico epigrama
expresa la concepción más exacta de la divinidad al alcance del intelecto
humano, por cuanto implica la comprensión de que nada es, excepto
Él, y de que todo lo demás vive en, por y a través de la deidad. Nada
existe en verdad, salvo Su existencia. (8).
La condición
de ser del cosmos y sus criaturas es justamente
la propia existencia del Altísimo. (2). El Último no ha creado al hombre sólo por el hombre
mismo, sino con idea de que sea instrumento libre y dinámico de Sus propios
designios, y al mismo tiempo manifieste Sus portentos. (8).
El Eterno
no es propiamente humano, aunque
exprese sus facetas a través de los mortales. Tampoco es un ser individual, sino más
bien cierta integración o gestalt de energías, y una masa piramidal de
conciencia colectiva. (18).
La
expansión del cosmos nada tiene que ver con el espacio tridimensional, sino con
una pirámide psíquica de estados de
conciencia, interrelacionada y en perenne crecimiento, que genera
simultánea e instantáneamente universos y seres dotados de inteligencia,
comprensión y validez eterna. Este
complejo integrado, de naturaleza mental y en permanente desarrollo, es a lo que
llamamos Dios, entidad que se
desdobla y proyecta sin cesar en sus creaciones, para reconstruirse de
nuevo. (18).
Su
inconcebible energía constituye el tejido de los mundos y palpita en el interior
y aún más allá de los universos, sistemas de realidad y campos de fuerza, por lo
que el Ser Heterocéntrico es
en verdad consciente —como afirma el
evangelio— de la muerte de cualquier
humilde gorrión, ya que en todos sus términos es cada pájaro que cae fulminado del cielo.
(18).
Y es
al mismo tiempo la agregación de los centros de conciencia que se enseñorean de
la Realidad, aunque el todo
resultante es mucho más que la suma de sus partes. Es también más que el conjunto de las
personalidades, sin perjuicio de que las criaturas estén destinadas a ser todo
cuanto es Él, en el devenir
de la evolución, gracias a la descentralización de su poder y atribuciones.
(18).
No
cabe postular por otro lado la existencia de un Dios-individuo de carácter personal en el sentido
cristiano. Y sin embargo gozamos de la más íntima, directa y excelsa sintonía
con una porción muy real de lo que denominaríamos
Todo-Lo-Que-Es (All
That Is), fragmento del Padre que con impagable magnanimidad se
focaliza en el abismo interno de todos los seres. (18).
Es
por eso que el Incondicionado se individualiza así literalmente en cada
foco de conciencia, donándole su propia substancia trascendente y
privilegiándolo con el uso y disfrute potencial de los atributos teológicos, rasgos celestiales a incrementar gracias al
meritocrático esfuerzo de cada
alpinista evolutivo. (18).
La Matriz Central es consciente de sí misma mediante la
identificación con sus chispas divinas destacadas en los individuos. Pero también lo es a través de algo
más: este inefable acervo energético
funciona sin embargo a todos los efectos, en parte y a nuestro modesto nivel, al
estilo de un Dios personal. (18).
Lo que solemos
entender por Dios es la emanación original o el Hijo
primogénito del Ser Supremo,
subjerarquía divina desgajada de la totalidad del Yo Soy, y el representante inmediato del I Am en la cúspide de la escala vibratoria del
espíritu. Dios es una entidad única expresada en
múltiples manifestaciones, y subordinada
a sus propias leyes universales.(15).
El Ser Supremo se
faculta a sí mismo para introducir modificaciones lógicas y necesarias en los
mecanismos de causa y efecto del universo. Esta intervención divina, directa o
indirecta (a través de sus
representantes, la miríada de ejecutivos cosmosféricos que se responsabilizan
del gobierno y control del cosmos), se lleva a cabo con un exquisito respeto al
ordenamiento jurídico —en sentido
amplio— vigente en la divinosfera.
(15).
Dios incide en su creación, pero organiza sus propias
actuaciones previa cautela de que jamás se violen las leyes naturales por
Él mismo instituidas. Por
otro lado la Mente
Universal pone un primoroso
cuidado en que no quede nunca la menor huella tangible de la intromisión de su
mano gerencial —ni la de sus
asistentes angélicos— en los asuntos
del mundo. Esta curiosa e
infalible “Ley de Acción
Elusiva” funciona como
un reloj, con el propósito de ocultar la influencia
divina y que siempre parezca que
“las cosas marchan solas”. (15).
Los planetas y esferas
vibratorias del universo, con sus correspondientes biosferas, equivalen al cuerpo anatómico del Ser Macrocósmico, a las células de
la fisiología del organismo divino. (11).
El Espíritu Infinito
es Todo-Lo-Que-Existe, y a la par es la conciencia del
omniverso, o agregado de
los innumerables sistemas de realidad que coexisten en la Creación. En el sentido más exacto,
Dios es el infiniverso, y
el megacosmos infinito es Dios. (20).
El Ser
Universal consciente de sí mismo es entre otras cosas el agregado de Todo-Lo-Que-Hay más la realidad latente de Lo No Manifestado. Es decir, lo que ya existe sumado a los
mundos, eventos y seres ya diseñados por la conciencia teológica, pero aún
aparcados en el abismo insondable de Lo Potencial (las creaciones originalísimas y
absolutamente inimaginables que pudieren emerger a la existencia en la
eternidad). (20).
Todos los entes
de la Realidad, animados y
aparentemente inanimados, comparten en la
sima del alma a la Causa sin
Causa, y participan activamente
en la Conciencia Universal,
aportándole sus reacciones libres y los aprendizajes por la experiencia
protagonizados a lo largo de la carrera evolutiva. (20).
Si existe un Creador,
debe ser parte integrante de la realidad universal, y no algo externo al esquema
de las cosas. De hecho el Hacedor es el universo, lo que implica que el
pluricosmos se ha generado a sí
mismo, no de la nada, sino a
partir de alguna configuración previa. Para expresar este concepto asombroso en todos
sus términos y de forma inequívoca, el universo se desarrolla a sí mismo en el
eterno devenir de la auto-creación. (20).
DUALISMO CÓSMIC0 Y TEOLÓGICO
Generado por el poder de los
principios universales del Pensamiento y la Voluntad, del recinto de la Luz
(opuesto al bloque de las Tinieblas) emergió la figura de un Dios personal: un ser perfecto, todopoderoso, omnisciente y operativo en
clave de amor. (1).
Esta encumbrada
jerarquía engendró doce superentidades espirituales del máximo status (los
Maestros o Ancianos), co-responsables ante la
divinidad de la creación de los seres y la administración del mundo. Los elementos del bloque cósmico de la Oscuridad son paulatinamente absorbidos por el océano ilimitado
de la Luz, tras su metamorfosis y
purificación hacia la positividad. En consecuencia, a largo plazo el componente negativo del conjunto
dual disminuye y tiende a
extinguirse. (1).
Las criaturas
fueron destinadas a alcanzar meritocráticamente el reino de la Luz mediante la
experiencia acumulada en la singladura de la evolución, beneficiándose del privilegio del libre
albedrío. (1).
Algunos de los
doce Maestros a los que hemos hecho referencia involucionaron hasta degradarse
en la figura de Ángeles Caídos; y con tamaña transgresión se desviaron
del sagrado cometido que se les había encomendado. Esta vulneración de la ley natural fue lo
que se ha dado en llamar La
Caída. Pero incluso en su
situación de desobediencia angélica, los rebeldes gozan todavía de la potestad
de crear seres vivientes con propensión innata a la perversidad. Muchas de estas entidades
luciferinas habitan actualmente en
la Tierra. (1).
Poniendo en juego
la energía de su mente, la Matriz
Central dio nacimiento al universo, y a otras esferas de existencia
destinadas a sí misma y a sus doce Jerarquías supremas. (1).
La Mente Infinita mantiene en reserva dentro de
sí misma la potencial creación futura de Lo No Manifestado: la idea o prefiguración de los infinitos
seres, orbes y formas posibles, únicos y originales, ya concebidos en una
inacabable diversificación tipológica. (1).
Al emerger
el Dios personal del recinto de la Luz, tras
la mutua interacción entre los postulados cósmicos del Pensamiento y la Voluntad, Dios incluía ya en su ser ambos fundamentos del dualismo universal: lo
masculino versus lo femenino. (1).
El Ser Dual destiló
de su propia contextura bipolar los prototipos del hombre y la mujer, como
paradigmas independientes pero destinados a complementarse mutuamente en amor y
sabiduría, hasta fundirse en una sola unidad gracias al magnetismo de la
comprensión empática. (1).
La
Inteligencia Universal proyectó con su poder mental el plan general del
universo y el paquete de leyes naturales que gobiernan los mundos,
especializados éstos por funciones específicas, y adaptados para satisfacer de forma
diferencial las particulares necesidades de aprendizaje evolutivo de sus distintos pobladores. (1).
La Luz
Infinita infundió en todas las criaturas un fragmento de su propia energía
divina, como monitor interno
destinado a impulsar a los individuos a lo largo de su retorno evolutivo
desde la Oscuridad hasta el
esplendor de la Luz. (1).
Las
Tinieblas y la Luz constituyen el par de campos de fuerzas cósmicas
enfrentadas en la eterna batalla de Armagedón, como consecuencia
lógica del dualismo institucional que impregna a la realidad universal, e
incluso a la propia deidad.
(1).
Por
principio, la legitimidad, cuota de
poder y atribuciones que ostentan la Luz y las Tinieblas, son idénticas. Y los entes cosmosféricos ya citados del
Pensamiento y la Voluntad son susceptibles de resultar influenciados por igual a lo largo de la eternidad, tanto por
la Luz como por la Oscuridad. (1).
Como ya se ha dicho, el
Dios personal (Padre Universal) y centro del universo, emergió
como “descendencia” de la fusión armoniosa de las esencias
globalizadoras del Pensamiento y la Voluntad. Luz y Tinieblas, Pensamiento y Voluntad,
no fueron creados, ni tienen principio ni fin. (1).
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