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OCULTISMO
OVNIs PARAPSICOLOGÍA
Año 7 Martes 6
de febrero de
2007 N° 163
AL FILO DE LA
REALIDAD "Disiento con lo que dices, estoy en total desacuerdo con
ello, pero defendería con mi vida tu derecho a decirlo".
Voltaire.
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Desde Paraná (Entre Ríos, Argentina)
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en todo el
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— UN PASO AL MÁS ALLÁ (primera parte)
por Gustavo
Fernández
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Rosario del Tala, Entre Ríos, Argentina: OVNIs,
fenómenos parapsicológicos, seres sobrenaturales y hasta un telúrico y
abandonado centro secreto de experimentos
innominados.
UN PASO AL MÁS ALLÁ
(Primera
parte)
escribe: Gustavo
Fernández
Investigación:
Claudia
Sione, Gustavo Fernández y Omar
Izaguirre
Antes de comenzar,
el autor de este trabajo necesita hacer una aclaración que cree importante.
Existe una innegable tendencia en el mundo de lo fenoménicamente extraño a creer
que el lugar donde cada uno reside es algo así como el ombligo del Universo.
Que, para el caso de eventos presuntamente extraterrestres o parapsicológicos,
para qué viajar a la India, el monte Shasta, Tiahuanaco o un prosaico Uritorco
si para episodios insólitos tenemos el fondo de nuestra casa. Vayan a discutirle
a un mexicano de Cholula la preeminencia energética de su lar, a un habitante de
Rennes Le Chateau que la Magdalena caminó por sus viñedos, a un paisano de la
“piel de toro” las radiaciones del macizo de Montserrat o los efluvios
mortalmente mágicos del pueblo embrujado de Ochate y no digamos, a un carioca
que las “Sete Cidades” no serían, por supuesto, el enclave esotérico “mais
grande do mundo”, y prepárense en el mejor de los casos para un glacial silencio
indiferente y, en el peor, para una avalancha de apasionadas descripciones que
dan fe de que sí, que la Excalibur debió ser enterrada en roca de por ahí y si
no lo fue, grueso error el de Merlín.
Así que uno, habitante de
esta paisajística y frívola ciudad que es Paraná, capital de la provincia de
Entre Ríos, Argentina, sospecha que el hecho de estar dedicando tanto espacio en
los últimos números a casuística local puede ser interpretado por los lectores
del resto del mundo como una patriótica manifestación de apoteosis del terruño.
Así que me curo en salud y digo: ¿Qué culpa tiene un servidor de que todo esto
ocurra a kilómetros de donde “casualmente” uno (yo) viva? Pero si me detengo a
meditar en profundidad, comienzo a sospechar de que yo, porteño contumaz, no
llegué “accidentalmente” a radicarme en esta localidad dieciocho años atrás. Más
allá de los motivos aparentes que uno crea haber aducido al paso del tiempo, se
siente la presencia como de una gigantesca mano invisible que mueve nuestros
destinos como peones de un ajedrez pancósmico. Si así fuere, aquél saber popular
de “pinta tu aldea, y pintarás el Universo” adquiere entonces radical
significado. En honor y cumplimiento del cual, presentamos esta
investigación.
“Los fenómenos específicos
nunca son eventos aislados, sino que forman parte de una secuencia más amplia
de causa y efecto. Y los que parecen casos especiales y únicos, son también el
resultado del mecanismo coordinado de las leyes universales. Si consideramos a
un suceso separado de sus interconexiones causales, lo encumbraremos a la
categoría mítica de enigma de la naturaleza. Para eliminar los misterios del
horizonte de la ciencia y reemplazarlos por la comprensión inteligente, nada
mejor que rastrear el más vasto panorama causal de los acontecimientos a
primera vista emancipados.”
Ignacio Darnaude
Rojas-Marcos
“Dios y el Universo según los
Extraterrestres”
(publicado en "Al Filo de la Realidad
Nº 162)
[Solicitar por
email o Ver
en la
web]
¿Recuerdan ustedes estas
fotos? Es posible que en medio del fárrago informativo —donde no dejamos de contribuir con lo nuestro para ocupar
intelectual y visualmente al lector— hayan pasado
inadvertidas o momentáneamente olvidadas. Pero no se alcanzará la comprensión
holística de los fenómenos que pasaremos a describir en una pequeña ciudad del
centro de la provincia argentina de Entre Ríos, si no volvemos a enfocarnos
momentáneamente en ellas. Formaron parte de un principio de hipótesis
explicativa paranormal que comenzamos a dibujar en el N° 160 de nuestra
revista [Solicitar por email o
Ver en la
web] y a ella remitimos si se desea refrescar
oportunidades y circunstancias en que las mismas fueron
obtenidas.

Recordemos, sólo a efectos ilustrativos, que la primera muestra un rostro
claramente humanoide (estuve tentado de acotar, un “gris”) sobre la pared
tiznada de una humilde vivienda que se incendiara accidentalmente en esa
población. Por si se lo preguntan, a la solitaria propietaria de la misma y
algún que otro ocasional huésped (pues eventualmente suele rentar alguna
habitación a pensionados) no les ocurrieron, ni en esas fechas ni en otras que
conozcamos, eventos paranormales de naturaleza alguna. Pero la presunción de una
mancha errática producida por el fuego debe dejar paso a la inexplicable
certeza, si se quiere intuitiva, de que allí se presenta un rostro y no otra
cosa, algo así como nuestra “cara de Bélmez” provinciana y poco
mediática.

La fotografía que se
exhibe fue tomada por personal policial como parte de la investigación de oficio
que se hiciera sobre ese episodio. Y el fotógrafo en cuestión fue nuestro
colaborador, Omar Izaguirre, miembro de la
Policía de la Provincia de Entre Ríos. Hasta aquí, nada particular; apenas una
“fotografía paranormal” más. Pero se suman un par de facetas más que
interesantes. Por un lado, poco tiempo después de obtenida esta placa y en la
propia vivienda de Omar —que comparte con su esposa y dos hijos— comenzó a
materializarse, en la puerta de madera de acceso a uno de los dormitorios, la
figura que aparece en la fotografía Nº 2. Lavada y vuelta a barnizar dicha
abertura, la imagen surge espontánea y rápidamente una y otra vez. Y que otra
“fotografía paranormal” aparezca en el domicilio de un funcionario policial a
pocos días de obtener el otro registro (y, debemos precisar, a no más de
doscientos metros en línea recta desde una casa a la otra) quizás no sería asaz
extraño si no se sumara un tercer factor apasionante: Omar, junto a otros
policías, protagonizó un período de “tiempo perdido” hace unos años
persiguiendo, en misión oficial, a un OVNI en las afueras de Rosario del
Tala.
Esto, que quizás en otras
latitudes habría merecido espacios preponderantes en la prensa y disparado todo
un movimiento de interés mediático, pasó en nuestro país poco menos que
inadvertido, en una geografía donde, debemos puntualizar, no son extrañas las
abducciones y desapariciones, a veces permanentes, a veces masivas (ver, por
ejemplo, el artículo sobre la desaparición de toda una familia en “Al Filo de la
Realidad” Nº 137 [Solicitar por
email]). Por otro lado y ya en esta
provincia se habían producido, antes y después, casos muy similares (tanto por
involucrar personal policial como por ocurrir en caminos aledaños y rutas
provinciales durante la persecución de OVNIs). Pero no nos detendremos en exceso
en este episodio en particular, en parte por pesar sobre Izaguirre y sus
compañeros expresas directivas de la superioridad de no dar detalles sobre el
particular, en parte porque nuestro propio colaborador siente un inexplicable
temor cuando revive esas circunstancias, al punto de temer lo que una eventual
sesión hipnótica podría revelarle sobre el particular. Pero recordemos que ya en
nuestra serie “Mutilaciones de Ganado: El Informa Total”, y describiendo la
casuística de julio de 2002,
publicábamos lo siguiente:
“Pero el caso más
extraordinario se produjo con los policías de dos patrulleros en el puesto
caminero del cruce de las rutas 39 y 6. Los policías, según una descripción
del Diario Uno de Paraná, vieron
cómo una luz potente estaba evolucionando en el cielo nocturno el lunes 1º de
julio pasado. Se acercaba a los patrulleros, y en un momento comenzó a
producir "chispas como la de un flash de fotógrafo", espectáculo colorido y de
destellos "admirables".
“En un momento dado, la
luz empezó a retirarse y los vehículos dejaron de funcionar, los motores no
respondían, las luces estaban apagadas. Luego de media hora, cuando la extraña
luminosidad había desaparecido, la sirena se encendió "intempestivamente" y
luego los motores volvieron a responder a la llave de encendido. Los cinco
ocupantes de ambos automóviles Renault 19, uno de la localidad de Rosario del
Tala y otro de la comisaría de Gobernador Solá no hallaron explicaciones
posibles a lo que vieron. En algún momento, la luz se había acercado mucho a
los vehículos y los uniformados atinaron a llevarse la mano a las armas
reglamentarias, pero parece que la luz extraña no se inmutó porque siguió
volando junto a los patrulleros que la seguían y se retiró cuando quiso,
después de los flashes
fotográficos.”
Lo
que no supimos en ese momento, lo que no se publicó en ningún medio, es que de
la dotación policial de Tala (como, abreviadamente, llamaremos al lugar de ahora
en más) no se había comisionado un automóvil, sino dos. Dos horas más tarde, de
este segundo no se tenían noticias, mientras los móviles desperdigados por la
región tratando infructuosa y desesperadamente de contactarlos. En uno de esos
móviles de apoyo estaba Omar Izaguirre, quien de pronto escucha junto a su
compañero cómo por el radio se notificaba la aparición de los “momentáneamente
desaparecidos” a unas decenas de kilómetros de distancia. Hacia allí convergen
entonces numerosos efectivos, nuestro corresponsal entre ellos, para encontrar
dos policías sorprendidos por semejante despliegue ya que, luego de observar al
OVNI que por un momento parecía dirigirse en su dirección, habían sido
encandilados por un “flash” y perdido la conciencia por lo que estimaban “unos
segundos”... pero que en la realidad resultaron algo más de dos
horas.
Todos estos hechos quizás bastarían
para dotar a ese lugar geográfico de un alto índice de extrañeza, pero las cosas
no terminan allí. Ya en 1955 las apariciones eran bastante comunes, tal como lo
informa la página web “Gaceta Ovni” ( www.gacetaovni.com ) en esta crónica:
“Hacia 1955, el pueblo de
Rosario del Tala, ubicado en la región central de la Provincia de Entre Ríos
(Argentina) no ocupaba más que unas cinco cuadras de extensión. "Era un pueblo
muy chico —recuerda uno de sus pobladores— y muy tranquilo. No teníamos
comodidades de ninguna clase y llevábamos una vida muy
humilde".
Tranquilino López, contaba con
unos 40 años por aquel entonces, y vivía algo apartado del pequeño poblado, en
el ángulo de una estancia donde habitaba de "prestado", en un ranchito muy
precario construido de adobe, con apenas dos habitaciones y un cuarto contiguo
que utilizaban de cocina.
En ese cuartucho había un pequeño
círculo de ladrillos para poner leña y apoyar la olla donde preparaban sus
alimentos, y la mujer de Tranquilino pasaba horas allí, cocinando para sus
cinco hijos.
La vivienda no tenía ni luz ni
agua potable; dedicados a cuidar del ganado del dueño del campo practicaban el
trueque con sus vecinos para intercambiarse trabajos por mercaderías, o por
techo, como en este caso.
Alrededor de la zona abundaban
los pantanos, y cerca de la casa había un lago y un riacho que desaguaba en el
río Gualeguay, curso trazado naturalmente entre escabrosas playas de
barrancos, a veces tan altos como 7 metros respecto del agua.
Como es de esperarse llevaban una
vida muy tranquila, salvo por algunas noches en que algo, para muchos
increíble, se presentaba a menudo.
LA LUZ MALA
La gente suele hacer referencias
como esta, periódicas apariciones de fenómenos luminosos que se pasean por los
campos sin solución de continuidad. Pero para 1955, en Rosario del Tala, y en
especial cerca de la casa de Tranquilino López, solía presentarse muy
frecuentemente una y varias luces rondando las inmediaciones cuyos colores
variaban del verde al azul, regularmente y con más asiduidad en el primer tono
"casi como un verde fosforescente".
Estas masas globulares muy
luminosas, corrientemente tenían un tamaño aproximado de entre 40 a 50
centímetros de diámetro, con una luminescencia semejante a un cuerpo gaseoso,
ligeramente envuelto por un aro nebular muy difuminado, en cuyo borde exterior
se percibía una suerte de vapor "como el que larga el asfalto cuando lo
calienta el sol del verano".
Su manera de moverse era también
peculiar. Casi siempre andaba a no más de un metro del suelo, pero con una
característica invariable: daba saltos, "como si anduviera sobre un resorte
que no tocaba el piso".
Era la creencia popular que a
esas luces había que dejarlas tranquilas. Se insistía en que en varias
oportunidades unos arriesgados campesinos las habían molestado y que ellas,
como respuesta se acercaron tanto a los hombres que hasta los arrojó de sus
caballos.
Como sea, los pobladores
guardaban un gran respeto por la luz y cada vez que aparecía, sólo se
limitaban a contemplarla, con una creciente inquietud, hasta que finalmente se
retiraba.
EN LA CASA DE TRAQUILINO
Según se comentaba, las luces
aparecían en cantidades cuando se avecinaba una tormenta, aunque podían ser
vistas en cualquier clima y época del año. Y es bueno anotar que algunos
analistas relacionan la aparición de luces justamente por actividad
electromagnética en la atmósfera o por la existencia de pantanos, ambas cosas
coincidentes en Rosario del Tala.
Pero en abril de 1955, durante un
clima aun caluroso con noches benignas, algo extraño comenzó a
ocurrir.
Cierta noche una nueva luz
verdosa apareció muy cerca de la casa de la familia López, inquietando a sus
integrantes que se refugiaron dentro. Fueron varias, una tras otra que la luz
verdosa rodeaba la vivienda de Tranquilino, saltando de aquí para allá y
sembrando temor en los más pequeños.
Como la aparición de la luz se
había hecho insistente, Tranquilino, también asustado se cansó de esconderse y
decidió enfrentarla.
Era una noche de luna muy clara,
la mujer estaba terminando la cena en la olla de hierro, y sus hijos
aguardaban reunirse en la mesa, esperando afuera y tomando el fresco cuando la
luz apareció, puntualmente a las 22, como lo venía haciendo noches anteriores,
pero esta vez aún más cerca, tanto que pasó a menos de un metro de las paredes
de la casa obligando a una nueva huida.
Las puertas se cerraron tras la
familia, ahora entregada a la espera de que la luz se retirara, como cada
noche de la última semana. Pero Tranquilino, sintiéndose invadido, resuelto y
con coraje, blandió su facón y pretendió perseguirla, y "como si se diera
cuenta" entró la luz rápidamente a la cocina y literalmente arrojó al suelo de
tierra la olla con toda la comida.
Con su facón en alto, el hombre
rodeó la casa corriendo a la evasiva luz, notando claramente que ésta se
burlaba de su amenaza, saltando, esquivándolo, mostrando una agilidad y
dominio de la situación que desbordaba a Tranquilino.
El hombre pretendió acercarse una
vez más, pero la luz se corrió, manteniendo cierta distancia entre ambos, y
lentamente, con dirección norte, el fenómeno se fue alejando. Tranquilino fue
detrás.
Sus hijos vieron cómo el padre
seguía los pasos de la esfera luminosa, gritándole insultos y amenazándola
envalentonado. Y se perdió de vista.
CAMINO IMPOSIBLE
Intentando sin éxito darle
alcance, el hombre se dio cuenta de que algo no andaba bien. Adentrándose en
la oscuridad quiso detener su loca carrera pero no pudo, como si una extraña
fuerza le impidiera hacerlo.
No sobreviven con claridad los
hechos de la persecución pero Tranquilino relató insistentemente aquella
inusitada experiencia.
Sin saber cómo, marchaba por los
campos, sorteando obstáculos imposibles, convencido de que un influjo maléfico
le conducía tras la luz que a su paso marchaba por delante, saltando, pegando
brincos sobre una base invisible.
Repentinamente se detuvo, y con
ello la luz desapareció.
Al paso de las horas, en la casa
la intranquilidad fue creciendo hasta que los hijos mayores, a eso de las
cinco de la mañana cuando alboreaba el nuevo día, decidieron salir en su
búsqueda, a caballo.
Marcharon hacia el norte, y
mientras el sol despuntaba en el cielo peinaron una amplia zona, saltando
arroyos, el río y bordeando algunos pantanos hasta que muy entrada la mañana
lo encontraron, sentado sobre el pasto, a más de cinco leguas de su
casa.
Sólo un par de días después los
integrantes de la familia López cayeron en cuentas del insólito
suceso.
El hombre, en medio de la noche,
y recorriendo una larguísima distancia, había sorteado alambrados, arroyos, un
río de casi 40 metros de ancho bordeado por barrancos insalvables, sin ninguna
explicación de cómo lo había logrado.
En sus largas sobremesas, durante
los años que siguieron, el Sr. López adjudicó el hecho a que una fuerza
invisible lo había llevado, tal y como uno lleva caminando cualquier cosa
entre las manos.
Desde aquella noche la luz no
volvió al hogar de Tranquilino aunque siguieron apareciendo frecuentemente por
la zona, siendo motoras de otras experiencias alucinantes que iremos tratando
más adelante.
Lo que nos
interesa particularmente de este caso es la relación existente entre el exiguo
tamaño de la esfera luminosa y su comportamiento inteligente. Fuera del hecho de
que la misma esfera, a relativa distancia sería interpretada como “un OVNI más”,
y dejando de lado la teoría explicativa de las “caneplas”, esas hipotéticas
sondas vigilantes extraterrestres cuya naturaleza y función nos es “conocida”
más por declaraciones de contactados que como resultado de conclusiones
investigativas, es imposible no pensar más bien en seres inteligentes que son
las propias masas lumínicas. Hasta su propio comportamiento, un poco
infantil, chusco, burlón, travieso y poco funcional a una hipotética prospección
científica extraterrestre, las hermana aún más con la literatura élfica de todas
las épocas y continentes. La “teleportación” de Tranquilino no es ajena quizás
al “viaje al país de las hadas” de tanto folklore y, otra vez, es necesario
mudar nuestro paradigma dominante. Alguna vez lo expusimos claramente así: si
una “luz” tiene comportamiento inteligente y como telón de fondo el cielo, y no
es lógicamente asimilable a ninguna explicación humana, resulta ser, para la
mayoría de los ovnílogos, un OVNI (que resuena, en la mentalidad de muchos, como
sinónimo de “nave extraterrestre”). Pero trasladen la misma luz a los
alrededores de la actividad humana, sigan constatando su comportamiento quizás
inteligente y su naturaleza no “natural” y como entonces tendremos que
sospechar duendes y elementales, el academicismo instituido de la Ovnilogía
“seria” frunce el ceño y desecha el caso. Por ejemplo, eliminen las personas de
fondo y ubiquen esta imagen sobre el cielo de una ciudad, y tendrán un
OVNI:

O tomen el objeto que a plena luz del día aparece en esta placa:
... Si se
quiere, un típico “platillo”... sólo que no tiene más de treinta centímetros de
diámetro. Aclaración necesaria para tontos: si publicamos esta fotografía
—tomada en Ecuador, en julio de 2003, por un colaborador de esta revista— en
concurso con la exposición de estos hechos es porque estamos convencidos, luego
de los análisis pertinentes, de su autenticidad. A nuestro parecer no es un
fraude, ni pasó un insecto, un pajarito frente a la cámara o alguien arrojó un
papel estrujado. Dicho esto, continuemos.

De forma tal que en la casuística ovnilógica en
general y la de Tala en particular, no debemos pensar tanto en “naves
extraterrestres” como quizás en “entidades no físicas”. Pero que, como iremos
viendo, se multiplican en sus manifestaciones en este lugar, en consonancia con
otras características particularmente significativas de la zona que iremos
develando y que sustentan nuestra convicción de que Tala es
“zona de ventana” o, para decirlo más de acuerdo al lenguaje dominante, un
portal dimensional. No lejano, por otra parte, de uno ya investigado en esta
revista: Pronunciamiento (ver el episodio de la vaca mutilada
que sobrevivió a la agresión [video: ver online en
YouTube y también disponible para descargar en
distinta calidad]) y en plena coincidencia con el caso Colonia
Elía estudiado por este mismo equipo (donde, recordarán ustedes,
Claudia Sione tomó, sin saberlo, la imagen de un ser reptiloide). Como el
testimonio tiene la importancia que amerita, y Colonia Elía se encuentra muy
próxima a Tala (que pertenezcan a distintos departamentos provinciales es una
nimiedad que realmente no creo tengan en cuenta esas inteligencias, provengan de
donde provinieren) volveremos a reproducir ese trabajo.
CASO COLONIA
ELÍA: NUEVAS EVIDENCIAS DE UN PORTAL
DIMENSIONAL
Investigación en el
terreno:
Claudia Sione, Daniel Padilla y Omar
Izaguirre
El episodio
es asaz conocido, cuanto menos por la Red: una familia de Colonia Elía,
provincia de Entre Ríos (Arg), denunció que a partir del 10 de septiembre de
2003 un extraño ser (al que la prensa, como siempre superficial y oportunista,
no hesitó en bautizar como “lobizón”) venía asolando su chacra, con apariciones
reiteradas donde, entre trampas tendidas que no daban resultado, irrupciones
casi lovecraftianas en la morada, donde el ser permanecía acurrucado sobre un
“freezer” tenuamente iluminado por la luz de la Luna, disparos que ¿dan? en el
blanco con indiferencia y todo este pandemonio por el paupérrimo resultado de
once pollos aparentemente eviscerados en monástico refrigerio de la entidad,
conformaban un bizarro cuadro sobre el cual uno —yo, por ejemplo— podría ceder
fácilmente a la tentación de clasificar, cuanto menos, como “dudoso”. Pero como
el prejuzgar escépticamente es tan erróneo como la credulidad ingenua, hacia
allí se acercó oportunamente, cual adelantado, nuestro amigo Daniel
Padilla, quien constató, sorpresivamente, el alto “índice de extrañeza”
que presentaba el fenómeno. Recabó información, facilitó a los protagonistas el
material y la técnica para saber “levantar” huellas eventuales y, a los pocos
días, nos comunicó sus apreciaciones en primera instancia.
Sabedores
de la experiencia de campo de Daniel, su primer informe positivo nos alentó a
profundizar la investigación. De forma tal que el 30 de octubre partió hacia la
ciudad de Colón —campamento base, por llamarlo de alguna manera— mi esposa
Claudia, sumándose luego otro amigo, Omar
Izaguirre.
Ese mismo
día el grupo se apersonó en Colonia Elía, departamento de Concepción del
Uruguay. La finca de los Restaino —tal el apellido de los testigos— se encuentra
en las afueras del exiguo poblado, a unos mil quinientos metros del cementerio
local. Allí tuvieron oportunidad de conversar con los dueños de casa,
especialmente con la señora María del Carmen Merello y su hijo y principal y
reiterado testigo, Matías Restaino, de 17 años. La sencillez y parquedad de la
gente de campo, que puede suponer un inicial impedimento para profundizar en la
obtención de testimonios, se superó rápidamente, en base a la cierta amistad que
Daniel había sabido generar en sus anteriores visitas y también por un
recurso imbatible que Claudia sabe esgrimir en reunión con la gente sencilla:
proponer la infaltable “mateada”.
Bien,
hagamos un racconto de los hechos.
Todo comenzó, como dijéramos, a partir de la noche del 10 de septiembre. Los
Restaino comenzaron a observar que algunas mañanas sus pollos —sólo los pollos,
lo que es interesante considerando que cuentan con una gran variedad de animales
de granja, cualquiera de ellos mucho más sustancioso a la hora de resultar el
bocado de este “animal”, si es que se trata de un “animal” y no de un ser con
cierta inteligencia que genera sus acciones, más que como un fin en sí mismas,
como signos o símbolo de otra cosa— aparecían destripados, con sus vísceras
despojadas. En esos primeros tiempos parecía que el animal de presa —pues eso se
suponía— sólo se interesaba por esa parte anatómica. Lo cierto es que esta
curiosa dieta lo hubiera expuesto a soberanos peligros; en varias oportunidades,
el batifondo generado por su irrupción hacía que los varones Restaino salieran a
ver qué pasaba —y, de hecho, terminar drásticamente con la criatura— para darse
de narices con “eso”.
“Eso” era
descrito como un ser bípedo —que, no obstante, al huir en ciertos tramos tendía
a hacerlo “como en cuatro patas”— de aproximadamente un metro ochenta de
estatura. Cuello muy corto o directamente inexistente, ojos rojizos, cubierto de
una hirsuta pelambre de color blanco amarillento con manchas marrones en el lomo
o espalda. Aún hoy y extrañamente, los Restaino —por lo menos la mujer, que fue
quien más se explayó— creen que se trata de un “aguará-guazú”. Y digo
extrañamente porque uno se pregunta cómo sobrevive a cualquier reflexión la
imagen de un bípedo de 1,80 metros que, además, “gruñe como un tigre”.
Este ser
tiene, de felino si cabe, sus orejas cortas pero marcadamente puntiagudas. Papá
Restaino (Oscar) agrega colmillos que los otros testigos no manifiestan y sí,
evidentemente, garras. Por si quedaban dudas, el ser dejó su “autógrafo” en la
forma de tres surcos profundos y paralelos, en uno de los árboles cercanos al
gallinero.

Árbol donde el animal imprimió sus garras. Los
Restaino manifiestan
que personal policial se llevó seguramente para
análisis una
“garra” —una uña, no el miembro entero— que habría
quedado incrustada en él.

El gallinero sistemáticamente atacado por el ser. La lona cubre un
área
derribada por el intruso quien, extrañamente, no incursionó en
otro
gran galpón de aves ubicado al otro lado de la
casa.
Una noche, Matías se lo encontró, frente a frente, a
una distancia quizás no superior a los tres metros. El ser simplemente le miró
fijo, gruñó hostilmente y se dio a la fuga, internándose en el tupido monte de
vegetación achaparrada y plagado de alimañas que crece a los fondos de la
vivienda. El mismo fondo donde nuestros investigadores obtendrían después una
extraña instantánea. Pero no nos adelantemos a los
acontecimientos.
Volvamos a los episodios. Otra noche —cuya fecha no
precisan— Matías ingresó a la vivienda y vio al animal agazapado sobre un
“freezer”. Saltó y escapó por una ventana. Otra noche, el mismo se dirigía ya a
descansar luego de una ronda —que realizó con su carabina— cuando, al entrar en
su dormitorio allí estaba el “bicho” (como lo llama la familia).
Instintivamente, Matías levantó el arma y disparó, pero no una, sino dos, tres,
cuatro veces, mientras el ser se lanzaba a través de la habitación en dirección
a la ventana y saltaba al exterior. Está seguro de haberle impactado. Pero el
ser no parece haber acusado
recibo.
Y tenía (o tiene, quién sabe) un comportamiento
inteligente. En una oportunidad, deja un pollo, despanzurrado, sobre un
automóvil. En otra ocasión, lo descubren —imagino que con el susto subsiguiente—
espiándolos desde el exterior de una ventana, curioso. Suponen incluso que en
algún momento se ocultó en el interior de un lavarropas abandonado en el
exterior de la casa, que usan como “botinero” de calzado en desuso, pues una
mañana encontraron sin explicación posible todo el contenido de este
electrodoméstico
desparramado.
Bosquejo del
lugar de los hechos. Se observa a la derecha el gallinero atacado por el ser, el
árbol donde dejó su impronta, el corral de los puercos donde se internaron
nuestros investigadores y experimentaron los curiosos efectos que describiremos
después y el lugar donde estaría la entidad —cerca de la desvencijada carrocería
de un auto abandonado— que aparecería en la fotografía.
En este punto es interesante señalar uno de los tres
asuntos que despertaron una reacción de alerta de nuestros investigadores pero
que, sopesando todo el conjunto de la información, explican matices humanos
—inevitables— presentes en este caso. Los Restaino dicen que el ser presentaba
garras, concretamente en los miembros superiores, y apuntan que desde sus
primeras apariciones habían aparecido huellas en el lugar. Empero, luego de que
Daniel les facilitara material y les enseñara a tomar moldes en yeso de las
huellas, presentaron al equipo, en esta visita, una inopinada “colección” de
huellas demasiado humanas. Manos y pies. Otros investigadores que en sus páginas
Web las muestran —sin mencionar siquiera cómo una gente de campo de escasísima
ilustración y ninguna experiencia de trabajo investigativo era capaz de tomar
tan correctamente moldes de huellas, y eso porque les hubiera obligado a darle
el crédito a Daniel Padilla, crédito al mérito de otros que, como sabemos, en la
Ovnilogía de aquí y de todas partes se mezquina más que a la madre— no repararon
en esta evidente contradicción. Y aquí, antes de avanzar con el relato (y no
para denostarlo sino, por el contrario, para presentar sus pro y sus contras o,
en el mejor de los casos, comprender el marco de naturalidad que lo rodea)
debemos señalar otros detalles que nos menciona Claudia:
- Si bien en un principio los
Restaino se muestran desconfiados ante los desconocidos —e incluso se menciona
que estaban más que molestos por la repercusión periodística— han comenzado a
guardar en carpeta todo recorte periodístico que habla de su experiencia,
carpeta que muestran con orgullo a todo visitante.
- Más aún: han abierto un
“libro de visitas” donde piden a todos los recién llegados que estampen su
rúbrica.
- Las huellas
dejan de ser “de garras” y pasan a ser de manos y pies absolutamente humanos,
casi, diríamos, del porte de uno de los chicos Restaino.
- Una muestra
de pelo, presuntamente del animal —y que está en vías de análisis, de todas
formas— tiene exactamente la apariencia y color del pelo de uno de los grandes
perros de la familia (más exactamente de la cola). Es como si de pronto esta
familia, sorprendida y tal vez halagada por ser objeto de atención por parte
de tanta gente muchas veces llegadas de lejanos lugares, se viera impelida a
preparar alguna clase de “souvenires” a los investigadores visitantes, como si
de realimentar el mito se tratara.
¿Esto significa que fabulan?. A todas luces el hecho es real.
Entonces, si es como sospechamos, ¿por qué lo hacen?. Porque son humanos,
con las grandezas y miserias que todos —ustedes y yo— tenemos. Porque de pronto,
estos son la versión mclujaniana y tercermundista de sus “quince minutos de
fama”. La oportunidad, quizás única e irrepetible, de sentirse trascender de la
chatura y mediocridad de todos los días, de la rutina de una vida doblada sobre
la faena del campo, de tener una historia que contar y donde ser el eje central
de la misma.

Esta es la última foto tomada antes de que la cámara se
descompusiera y de donde un análisis detallado surge la observación de la
entidad.
La segunda parte de la historia
jamás contada
Tal como
señaláramos, el 30 de octubre nuestra gente se apersonó en el lugar. Lo de
siempre: fotos, entrevistas por separado y en conjunto a los testigos,
relevamiento del lugar, bocetos, apuntes, opiniones intercambiadas, recolección
de muestras. En un determinado momento, mientras Daniel sigue enfrascado en una
conversación con Gabriel, el hermano de Matías, Claudia y Omar se dirigen hacia
los fondos de la chacra, cruzando con cuidado el alambrado electrificado
—“boyerito”, les decimos aquí— que limita el lugar. En ese momento, Claudia, que
sostenía en su mano la cámara digital, escucha un ruido
característico: la cámara se había disparado sola. Esto sabemos podría
ser accidental —los disparadores de estas cámaras son por demás sensibles— si no
fuera por un “pequeño” detalle: como era la primera vez que Claudia operaba una
de estas cámaras, tomaba la exagerada precaución de apagarla completamente y
obturar el objetivo manualmente entre foto y foto. Así que no sólo se
trataba de dispararse sola; necesaria y previamente, tenía que desplegarse la
tapa y encenderse. El ruido que llamó su atención fue, más exactamente, el
desplegarse automático del zoom.
“Un
accidente o metí la pata”, pensó mi pelirroja mujer. Expresando apenas su
desconcierto a Omar, miró con detenimiento el aparato y descubrió que había
vuelto a apagarse y cubrirse, solo. Pero como la tecnología no es,
precisamente, uno de los fuertes de Claudia, esto no le llamó mayormente la
atención en ese momento (sí después, conversando con sus compañeros de grupo
sobre los hechos). Sí lo hizo, en cambio, que comenzara a sentirse
progresivamente descompuesta: una opresión en la nuca, náuseas, dolor de
cabeza, un palpitar sugestivo
del abdomen. Todo lo cual habría carecido de importancia si no hubiera advenido
esa sensación de malestar, cuando Omar, abruptamente, le dijo que era él
quien se sentía mal. Ambos decidieron entonces regresar con Daniel, a quien
en ese momento nada le contaron de sus vivencias. Pero, extrañamente, la cámara
no volvería a funcionar. Ni siquiera se encendía, lo cual le dio la oportunidad
a Daniel y Omar de hacerle chanzas a Claudia sobre el hecho de que habría roto
la máquina, lo que comenzó a desesperarla.
Pero fue
casi al final de la jornada, cuando ya se aprestaban a retirarse, cuando Daniel
decidió, solo, aventurarse hacia los fondos de la finca. Allí, donde estaba la
porqueriza. Allí, hacia donde desaparecía el ser. Allí, donde se había disparado
involuntariamente la cámara fotográfica. Y de allí Daniel también regresó
descompuesto.
Todo esto lo
conversaban en el automóvil ya de regreso a la ciudad de Colón, cuando Claudia,
nerviosa por la posibilidad de que la cámara se hubiese descompuesto culpa de
ella —ante comentarios en tono de broma que, aprovechándose de su
desconocimiento de electrónica, le hacían los otros dos— decide tratar de tomar
una imagen del espléndido atardecer que caía sobre el campo. Entonces, al
encender la máquina, una extraña indicación en el visor le llama la atención:
indicaba “Card Full”, es decir, memoria completa —cuando sólo había tirado siete
fotos de un total estimado de unas 30 que tendría que haber podido
capturar— y los muchachos, al
revisarla, la tranquilizan diciéndole que se había quedado sin pilas (por lo
visto, ellos tampoco supieron interpretar correctamente el mensaje en el
display). Apenas habían tomado siete fotografías, la última, precisa y
“casualmente” la que se había disparado sola. No le dieron a esto mayor
importancia hasta que la cámara volvió a mis manos: yo mismo le había puesto
excelentes baterías nuevas el día anterior a la investigación y, cuando la
enciendo en casa, descubro que funcionaba perfectamente con su memoria
disponible, al punto tal que tomo algunas imágenes de nuestros hijos sin
ningún problema.
“Quique”
Marzo, nuestro inefable Administrador, rápidamente me pasa copias de las fotos
que comienzo a analizar. Y en una de ellas —sí, ya saben en cuál— un extraño
objeto azulado me llama la atención. Con los cuidados del caso, la amplío, y
entonces aparece esto otro, que abre una dimensión paralela a la historia como la
contaron otros investigadores, abonando mi hipótesis de que muchos puntos del
planeta (y la costa del río Uruguay en particular) fungen como “ventanas” o
“portales” hacia órdenes distintos de Realidad, mundos o dimensiones paralelas.
En la foto, casi mirando a los
investigadores, invisible —o inadvertido— a ojo desnudo pero evidente en la
fotografía, semioculto por la maleza, aparece un ser de cabeza claramente
reptiloide, con su largo y prominente hocico, ojos, el trazo de la boca
insinuado y una “cresta” en la parte superior y central del cráneo. Aquí lo
reproducimos.
Ampliación del rostro de la entidad
¿Qué podemos decir ante esta pieza de evidencia?. Los escépticos de siempre
hablarán de juegos de luces y sombras, proyecciones del inconsciente, ilusión de
los sentidos. Pero, oh los escépticos... Nada azul existe en la vegetación de
esa zona, el rostro es claramente discernible —y personalmente intuyo hasta un
cuerpo completo y de pie en la figura anterior— y en cuanto a la naturaleza del
ser, nuestra presunción es que en ese lugar, vaya a saberse si por un período de
tiempo determinado o no, por encima del pretendido “aguará guazú en dos patas”
de los Restaino y el “lobizón” de la irredenta prensa vernácula, una extraña
geometría del tiempo y el espacio abre accesos hacia y desde otros planos de
existencia. Ambos seres —el peludo fagocitador de tripas avícolas y el
sospechado reptil humanoide— bien pueden ser materializaciones de entidades que
desde uno o más de esos planos paralelos a nuestro coexistir irrumpen con fines
extraños pero inteligentes.
Y sobre cómo, para este segundo caso, aparece ante el objetivo lo que no se ve a
simple vista, es necesario recurrir —otra vez— a nuestro ensayo “La fotografía
psíquica entre la Parapsicología y los OVNIs”

Algunos investigadores mostraron a los Restaino imágenes de archivo de
entidades —asociadas o no a OVNIs— manifestadas en otras partes del mundo, y los
testigos buscaron similitudes, debiendo para ello forzar sus propias
descripciones. Presentamos aquí el primero —y hasta ahora único— “retrato robot”
hecho en el momento y el lugar por Claudia Sione bajo la mirada aprobatoria y la
descripción verbal de la familia.
Una reflexión final. En estos
meses uno de los temas de trabajo versa, precisamente, sobre las fotografías
paranormales. Hemos progresado mucho en nuestros debates, no sólo en el aporte
de material exclusivo hecho llegar por colaboradores espontáneos sino en la
discusión para dilucidar la gran pregunta: ¿cuándo algo exótico que aparece en
una fotografía es “paranormal” —en el más estricto sentido etimológico de la
palabra— y cuándo es una simple confusión? ¿Cualquier mancha extraña en una toma
es una “energía desconocida”? Evidentemente, no. ¿Cualquier línea sinuosa con
dos sombras oscuras es un rostro? Claro que no. ¿Entonces? Si acuden a los
artículos de mi autoría referenciados al final de este trabajo, encontrarán que
muchos documentos son incontrastables: no hay manera de interpretar de otra forma
lo que allí se ve. Pero la experiencia de Claudia, Omar y Daniel aporta otro
tratamiento del tema: más allá del evidente “rostro” que exhibimos, simultáneamente —en tiempo y lugar—
ocurren extraños fenómenos que no son asociados sino hasta tiempo
después (hablo de los síntomas físicos
que además fueron independientes en los tres ya que tardíamente se participan de
sus sensaciones, y en el antinatural, antielectrónico y antimecánico
comportamiento de la cámara). Concluyo que, entonces, estamos ante la fuerte
presunción de tener en nuestras manos una fotografía decididamente paranormal
cuando, junto a la evidencia en sí, en ese lugar y momento concurren otros
episodios ajenos pero insólitos, siendo más certeramente paranormal cuanto más
significativo sea el número de estos episodios.
Todo esto nos brinda, en lo
particular, la expectativa de que en Colonia Elía u otros parajes cercanos —como
los casos ocurridos en Pronunciamiento, no muy distante de allí y que
oportunamente reflejáramos en AFR— pronto estaremos en presencia de otros casos
que reportaremos a ustedes. Y en lo general, que lentamente podemos ir
organizando, si bien no una hipótesis en términos académicos, cuanto menos una
línea de acción verificable operativamente en el
terreno.

Las huellas de la discordia. Obtenidas por los Restaino con material y
enseñanzas de Daniel Padilla, son reproducidas por otros investigadores sin
señalar este detalle ni, como ya apuntáramos, la evidente contradicción entre la
asignación de “garras” superiores y el aspecto evidentemente humano de éstas.
Con respecto a los inferiores, Matías no los describió específicamente, debido a
que, según sus propias palabras, “no los vio porque estaban cubiertos de pelos”.
Entonces, si estos vaciados de las huellas fueran coincidentes con esta
observación, se advertirían señales de improntas pilosas que, de hecho, no
aparecen. Aún más: los Restaino observan el retrato robot mostrado más arriba y
quedan conformes; en dicho dibujo Claudia le dio pies humanoides que no
objetaron.
De todas estas investigaciones podemos ir rescatando algunos elementos de juicio
interesantes. Por ejemplo, mientras que lo que tomamos (o llamamos) OVNIs tanto
pueden ser visibles a simple vista como no (y aparecer recién al revisarse la
fotografía) en estos casos de “fotografías paranormales” nunca se ve a simple
vista el objeto o ente de extrañeza: sólo se toma conciencia de que estuvo
allí cuando, paradójicamente, ya no es el testigo quien está allí. Arriesgo una
explicación: es una evidencia de una inteligencia detrás de la mecánica de
producción del fenómeno, que quizás quiere evitarnos el “estrés” (el tremendo
julepe, bah) de encontrarnos
desprevenidamente cara a cara con él. Una segunda conclusión: la fotografía
paranormal es un “emergente”, “estímulo-señal” o advertencia de que la o las
personas intervinientes están en el epicentro de una “zona caliente” o son —o
serán— protagonistas de otros eventos paranormales. Estas fotos nunca vienen
solas. Y si creen que esta afirmación es una abierta contradicción al
comentario hecho al comienzo de este artículo cuando decíamos que la fotografía
del rostro humanoide en esa casita de Tala no iba relacionado con ningún
episodio extraño vivido por la propietaria u otros inquilinos, pues lamento
decepcionarlos, pero no hay tal contradicción: quien tomó la fotografía fue
nuestro colaborador (que ya se las ha visto negras en más de una oportunidad,
por lo que ustedes conocen a esta altura); no la dueña del lugar. Y si
extendemos nuestro comentario, podemos sostener fundamentados en la
experiencia que no habrá ni un solo fotógrafo o fotógrafa de placas “extrañas”
que no haya vivido, esté viviendo o le sucedan en tiempo más o menos inmediato,
otros episodios paranormales que sin duda darán un sesgo a sus vidas,
cuando menos, en lo que a paradigmas se refiere.
Otros
episodios
El 24 de enero de 2005, a las 23
horas, un sargento y tres policías que estaban destacados en el Puesto Caminero
639 (sobre la Ruta Provincial 39) observaron una luz “como una nube blanca
brillante”, a la que describieron como un círculo con un orificio oscuro en el
centro, de tamaño similar a la Luna Llena. En silencio pasó sobre sus cabezas,
disminuyendo de tamaño. Es interesante señalar que uno de los uniformados
implicados, entrevistado por nuestro equipo, comentó que las apariciones de
OVNIs sobre ese puesto eran “muy comunes”, recordando ésa en particular, y que
en todos los casos las mismas son precedidas por “un estruendo” donde luego “la
luz aparece de golpe”. Imposible no pensar en que el “estruendo” es consecuencia
tal vez de la apertura de algo así como un “portal”, concomitante con la
característica visual de una “luz” (ovni) surgiendo repentinamente de la
nada.

El
cruce de apariciones OVNIs reiteradas

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