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Escribe Gustavo
Fernández
Mucho se ha venido especulando sobre la vida después
de la muerte, las pruebas que pueden aportarse de su existencia, los conflictos
religiosos dimanados de toda especulación cientificista sobre el particular y,
en general, sobre bizarras aristas del tópico, más cercana a una bizantina
discusión sobre el sexo de los ángeles que apuntadas al meollo de los miedos e
inquietudes del hombre común de la calle. En otro trabajo mío (“Algunos apuntes
sobre la Vida después de la Muerte”), ya he abundado en reflexiones sobre las
argumentaciones –no sé si decir aún “pruebas”- que pueden presentarse sobre el
concepto de la supervivencia a la muerte. En algún otro, oportunamente,
enlistaré las evidencias, si se quiere experimentales, que hemos acumulado sobre
el particular. De forma tal que considérese este trabajo como una especie de
“aglutinante” entre ambos, una concatenación de ideas dispersas que trata, tal
vez un poco anárquicamente, en constituirse en la médula espinal de nuevas
aproximaciones a la cuestión. Las etapas del despertar en la muerte Seguramente
algún lector, a la vista de las líneas siguientes, exigirá alguna demostración
de mis afirmaciones. Sin embargo, quizás lo decepcionaré recordándole que siendo
éste un trabajo considerable esotérico, lo es, no sólo en función de los temas
tratados sino de las fuentes para acceder a su conocimiento. Demostración, en
consecuencia, una tesis verificable, en propio del conocimiento exotérico, vale
decir, transmisible oralmente. Y, como ya he explicado hasta el cansancio, ese
es sólo uno de los caminos de aprehensión de la Realidad. Este otro, el
iluminista, el perceptual, el intuitivo, el místico, si así lo prefieren,
complementa –no contradice- al primero. De manera tal que si el lector ignora
los fundamentos que justifican esa forma de conocimiento, pues es oportuno que
detenga aquí su lectura hasta rehacer ese trayecto privativo de otros lectores
tal vez, si no perseverantes, sí cuando menos históricos. No es empero tan
difícil justificar aquello que llamamos “conocimiento esotérico”. No se trata de
revelaciones trascendentes en medio del sonar de trompetas angelicales, no. O,
por lo menos, no siempre. Digamos que consiste en acudir espontánea e
involuntariamente a planos más sutiles de absorción de información. Sistemas de
percepción más universales, en el sentido de abarcativos, que los cinco sentidos
con los que toscamente creemos bastarnos para desenvolvernos en el mundo. Una
frívola lectura psicologista puede erróneamente llevar a creer que, después de
todo, no se trata más que de los siempre conocidos procesos cognoscitivos
expresados de otra manera. Pero puede invertirse la carga de la prueba y
decirse, también, que lo que suponemos procesos cognoscitivos inconscientes no
son más que rótulos “á la mode” para definir el milenario conocimiento
espiritual. ¿Dónde termina el espíritu y comienza la psiquis?. ¿Dónde termina la
psiquis y comienza la materia?. Quien crea, con una sonrisa irónica, que es muy
evidente la diferencia entre uno y otro, evidentemente nada ha entendido de la
Ley del Mentalismo (...) Ver
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Saludos cordiales
El Equipo de AFR
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