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Al Filo de la Realidad

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Asunto:[AFR] Lección de Esoterismo Práctico Nº 22
Fecha:Sabado, 24 de Marzo, 2007  16:51:16 (-0300)
Autor:CAI - Centro de Armonización Integral <afreditor @.....com>


 

Centro de Armonización Integral

 

PARAPSICOLOGÍA - OVNIS - OCULTISMO - CIVILIZACIONES DESAPARECIDAS - NEOARQUEOLOGÍA

ANTROPOLOGÍA REVISIONISMO HISTÓRICO - ESPIRITISMO - PIRÁMIDES - ASTROLOGÍA - I CHING

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ESPIRITUALIDAD - TERAPIAS ALTERNATIVAS ...

 

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AFR es una revista quincenal, gratuita por email.

También se publican Lecciones de Esoterismo Práctico y un Podcast (mp3).

 

 

 

 
Lección de Esoterismo Práctico Nº 22
 
 
EVOLUCIÓN ESPIRITUAL Y DESENGAÑOS AFECTIVOS
 
 
 
 
 
Intelecto e Iluminación
 
    ¿Todo puede ser comprendido por el intelecto?. Tal vez, pero sólo si se afina, se sutiliza y evoluciona para transformarse en una herramienta de percepción de grado superior. A veces, en el terreno del Esoterismo y la Espiritualidad creemos que el conocimiento de planos más sutiles o elevados depende de una hipotética evolución biológica de la Humanidad, o de infusos "dones" innatos, producto quizás de una ganancia kármica, o de haber sido "elegidos" (vaya a saberse en virtud de qué lotería cósmica) por seres superiores para ser receptáculos de intuitiva sabiduría. Como si el sol de la Iluminación hubiera amanecido una mañana sobre el desierto de la vida y, justamente, nos hubiera encontrado allí, solitarios y de pie, mientras el resto de nuestros dormilones congéneres remolonea en la profunda oscuridad de alguna caverna.
 
    De lo que estoy hablando aquí es que debemos comprender que la evolución es función también del intelecto. Y que al hablar de "evolución espiritual", quizás nos vemos, constreñidos por la semántica, a ponerle un rótulo, tan bueno como cualquier otro, a la certeza de que hay formas de "conocer más allá", sólo que no sabemos a ciencia cierta cómo se producen. Eventualmente, alguien objetará que el "cómo" no es importante, que lo verdaderamente importante es que ocurra. Falsa ilusión: si no comprendemos el cómo, no seremos dueños de que ello nos ocurra; sólo esclavos de un imponderable. Así es como se posterga el "salto cuántico" de la Humanidad, pues mientras las evoluciones, siempre individuales, casi solipsistas, se sigan produciendo errática e involuntariamente, el resultado será tan azaroso como introducir el brazo en una laguna y extraer una moneda de oro, por más que tengamos la absoluta certeza de que la moneda está en algún lugar. Más valdría drenar la laguna con una cuchara, ciclópea tarea milenaria que, cuando menos, indefectiblemente en algún momento nos hará tropezar con la moneda.
 
    Obsérvese que el Yo del individuo evolucionado y el Yo del ser humano bestializado, mediocre, rudimentario o subordinado a sus impulsos y deseos, es el mismo. La diferencia no es de naturaleza; es de grado, diríamos de vibración. Las herramientas con que el individuo de Yo inferior conoce y se conoce son las mismas con las que lo hace el individuo de Yo superior. Pero éste ha ascendido uno o más peldaños en la escala. Especialmente (y éste es el objetivo de estas líneas) si decide poner ese ascenso bajo la égida de su voluntad conciente. Sólo si logra "sentir" en su interior el poder de la voluntad.
 
    Para mediocres, materialistas y "grises" (no extraterrestres, digo; sino en sentido metafórico) el cuerpo es el Yo. Su Yo está cautivo de los sentidos y sensaciones. Un poco más avanzado, sólo un poco, es cautivo de sus fracasos y sus miedos. A medida que el ser humano adelanta (como ejemplo histórico, en cultura y civilización) sus sentidos se agudizan, se educan y satisfacen solamente con refinadas percepciones mientras que el ser humano inculto queda perfectamente satisfecho con las materiales y groseras satisfacciones de los sentidos. Por lo tanto, evolucionar es un acto de elección.
 
    Este proceso requiere el Reconocimiento del Yo, concentrando toda nuestra atención en el mismo, interceptando todo pensamiento del mundo exterior. Deben enfocarse en el Yo como una entidad real, un centro en cuyo alrededor gira el mundo, sin que una falsa modestia o subestimación se oponga a esta idea, porque ustedes no negarán a los demás el derecho de considerarse también como centros. Hasta que el Yo no se reconozca como un centro de pensamiento no podrá manifestar sus cualidades. No es compararse con otros ni, mucho menos, creerse superiores (algo indigno de un Yo adelantado). Así habrán dado el primer, básico y elemental paso en el camino del Conocimiento: el Reconocimiento.

    De esto dimana una primera comprobación: por humilde que sea su posición, dura su suerte, solitaria su realidad, no querrá cambiar su Yo por el del más "afortunado", más poderoso individuo del mundo. Pueden dudar de esto, pero deténganse a pensar: cuando dicen que "les gustaría ser" tal o cual persona, lo que realmente piensan es que a ustedes les gustaría tener su grado de suerte, poder, fama, dinero. Necesitan algo de lo que admiran en aquella persona o algo igual a lo que posee; pero no desean "sumergir" su identidad en la suya ni hacer cambio de seres. Para ser otra persona tendrían que "desaparecer ustedes" y en vez de eso serían la otra persona. Sus Yoes desaparecerían y no serían de ningún modo ustedes, sino ellos. Tendrían que reflexionar sobre estas ideas aquellas personas con la autoestima alicaída.
 
    El siguiente paso es hacer del temor a lo desconocido, al miedo, o a lo conocido y desagradable algo desprovisto de efecto en nosotros. Para ello, en cualquier instancia de la vida que atravesemos un problema de la naturaleza que fuere, imaginemos el peor escenario posible. Metámonos en él, vivamos la emoción negativa. Si es económico, visualicen la situación de pérdida. Si es de salud, siéntanse mal, si es afectivo, percíbanse en soledad o vean al ser amado acostado con otra persona. Esto no es "programación negativa": lo sería si enfermizamente repitiéramos, como una masturbación espiritual, una y otra y otra vez la vivencia. No. Lo que digo es que por una vez debemos meternos en el dolor, pero eso sí, explorarlo hasta el final. Luego, dejar la experiencia a un lado. La consecuencia es que experimentado lo peor, todo lo que devenga será mejor que eso. Y estará nuestro Yo fortalecido (mis estudiantes de Control Mental Oriental recordarán sin duda, aquí, el concepto de "apego al desapego"). Cumplidos estos pasos, la mente concentrada puede penetrar en un asunto como un escáner tomográfico y entonces el Yo verá la cosa en realidad tal como es y no como parecía ser antes.
 
    Obsérvese que en esta última frase he establecido implícitamente una diferenciación entre "mente" y "Yo". La "mente" es, en puridad, la "sustancia psíquica" que, más densa como membrana protectora o tan sutil como un traslúcido velo, rodea al Yo. Si elegimos identificar al Yo con el Espíritu, recordarán que establecimos una marcada distinción entre "espíritu" y "alma". "Alma" es la partícula de Divinidad, de Conciencia Cósmica que vitaliza a cada ser vivo. "Espíritu" es el reflejo, la impronta especular de esa partícula en el ser. El Espíritu es microcósmicamente lo que el Alma macrocósmicamente. Así, el Yo Espiritual está protegido en su delicadeza de las agresiones del mundo material por la sustancia mental. Pero también, aislado. Y así como el cerebro necesita de dos sustancias para su correcto funcionamiento (acetilcolina y estenocenorasa), así la sustancia mental está compuesta de dos niveles de densidad: la Mente Inferior (característica de los seres poco evolucionados) y la Mente Superior. Si domina la primera, el Yo Espiritual no recibe fácilmente el impacto de las agresiones del mundo material, no sufre. Pero en su rigidez, su anquilosamiento también es insensible a las caricias de pétalos de rosas con que la vida nos obsequia a cada paso y, consecuentemente, las percepciones del Yo Espiritual no pueden salir al exterior. Si domina la sustancia de la mente superior, en cambio, el Yo Espiritual "penetra" (como luz que atraviesa un traslúcido velo) fácilmente a la realidad cotidiana, pero es a la vez mucho más vulnerable a las agresiones del medio: sufre más. Esto explica por qué el individuo evolucionado pena afectivamente más, es más propenso al desengaño, la decepción, la desilusión, la soledad, el desencuentro sentimental.
 

El síndrome del pájaro pintado
 
    Por alguna razón que aún se me escapa —pero que debe tener su justo encastre en el ordenado devenir del Wu Wei universal— hace algunas semanas que estoy recibiendo mails de lectores concomitantes en un punto; pedirme opinión (o consejo, cosa que no me convence) respecto al porqué, pese a sus buenos esfuerzos y la aplicación de sus prácticas o lecturas de lo esotérico o espiritual, ciertas situaciones puntuales de sus vidas siguen en conflicto. Especialmente —en casi todos ellos (y ellas)— lo afectivo. De hecho, pregunto casi con fruición de encuesta: ¿no observaron ustedes que una enorme mayoría de personas allegadas a lo alternativo, lo metafísico, lo espiritual, tienen severos problemas de convivencia, de relación afectiva? Va de suyo que existe un porcentaje que no; que coexisten pacíficamente, sin estridencias. Va de suyo también que deberíamos excluir de estas consideraciones a quienes se ponen el sayo de “alternativos” o “espirituales” sólo para ganar unos dinerillos. Hablo de ustedes, de quienes viven con pasión lo no convencional, de quienes creen que hay caminos espirituales válidos. De quienes defienden la “psicodiversidad”. De quienes aceptan la materialidad y el pragmatismo casi como un mal necesario.
 
    Pensando en esos lectores, recordé algunas líneas, concretamente, de uno de mis cursos (a cuyos alumnos y alumnas, aún cursantes, les ruego la dispensa de compartirlo con algunos miles). Y escribía esto:
“(...) Pero —nobleza obliga— también debemos advertir de los peligros que esta travesía trae consigo. El primero, principal, más obvio y evidente casi de forma inmediata: es una vía de evolución, con todos los beneficios pero (en el contexto social en que nos desenvolvemos) todos los riesgos que ello implica. Y de éstos últimos, sobresale el “síndrome del pájaro pintado”.
 
Éste hace referencia a una cruel costumbre de algunos niños en países de Europa Oriental (incluso, sirvió de título a una novela del escritor polaco Jerzy Kosinski) en la cual se captura un gorrión de una bandada y se le pinta con brillantes colores; luego se le libera, pero cuando el pájaro trata de regresar a su bandada, el resto de los gorriones ya no lo reconocen y comienzan a atacarlo a picotazos; el pájaro pintado debe entonces huir —y vivir en soledad, pues no será aceptado en otra bandada— o arriesgarse a morir bajo el ataque de quienes eran hasta hace poco sus congéneres. Ya no es, ya no volverá a ser nunca el mismo, y por ello su vida, sus horizontes deberán forzosamente ser distintos o arriesgarse a perecer. Así también, nuevos miedos remplazarán a los antiguos y sólo habrá paz cuando, quizás, se cruce en el camino de otros pájaros pintados.
 
Pensar y —sobre todo— vivir de acuerdo a (estos) principios es ser por propia elección un pájaro pintado. La vía de evolución, la vía de ascensión no está exenta, no puede estarlo, de dolores y pérdidas. Todo crecimiento duele, toda ascensión duele porque sólo se puede evolucionar en soledad. No existe el crecimiento “compartido”; alguien muy amado a su lado puede elegir libremente las mismas lecturas, las mismas prácticas, los mismos estudios, acompañarle activamente en su búsqueda, pero la forma en que impactará ese camino en el espíritu de esa persona será una experiencia propia e intransferible y, por definición, distinta de la de usted. Así que no hay forma de mutar y no arriesgarse en el proceso a que las cosas y la gente queden atrás. El camino del monje es solitario, y sólo cada uno y cada una sabrá si es el momento y está pronto para ello.
 
Cualquiera diría que con estos comentarios trato de espantar a mis estudiantes. No, se trata precisamente de lo contrario, pero no puedo ser hipócrita y caer en las mismas actitudes zalameras y gratuitamente complacientes a que hiciera referencia (en la lección anterior). Lo que quiero decir es que cada uno y cada una de ustedes debe hacerse cargo, ser responsablemente conciente si éste, el camino de la evolución, es lo que realmente quieren y buscan, y comprender que en la Vida siempre hay intercambio de energías; por ende, si debo evolucionar, debo abandonar viejas vestiduras, desprenderme de viejas costras. No se puede evolucionar y seguir gozando de las comodidades, beneficios, réditos y condiciones de antes de ese paso evolutivo.
Ahora bien, quisiera detenerme un momento en aclarar en qué consiste, de qué manera se manifestará en nosotros dicha “evolución”. Pues no nos transformaremos en seres inmateriales, ni teletransportaremos nuestros cuerpos físicos por mera expresión de la voluntad. Empero, sería cuando menos pedante —y seguramente erróneo— de mi parte definir las consecuencias últimas de la evolución de cada uno, porque precisamente por lo dicho no puede nunca saberse cómo impactará la misma en cada espíritu. De una cosa pueden estar seguros: ese resultado final no será conflictivo con la tendencia armónica de las leyes universales y sí coherente con el “sentido funcional” (prefiero no decir “misión”) de nuestra vida aquí y ahora. Debemos aceptar, por tanto, enfocar nuestra atención al resultado inmediato del camino evolutivo.

Porque hasta aquí hemos hablado de una de las complicaciones: la soledad, cuando menos inicial. Pero es tiempo de hablar de los beneficios (...). Y uno de éstos es la deformación del campo espiritual en nuestro derredor atrayendo hacia nosotros el componente espiritual de los demás. Esto no es difícil de comprender. En el reacomodamiento subsiguiente al crecimiento interior, se establecen nuevas relaciones interpersonales, nuevas “líneas de energía” vinculantes con terceros, siendo estos “terceros” personas y eventos. Geométricamente hablando, esta evolución se manifestará como lo que llamo una “perspectiva heliocéntrica” afín a la más pura concepción esotérica. Así como todo sistema solar se constituye con una estrella central que da vida, luz, calor, energía, y a su alrededor se organizan y subordinan los planetas, unos más próximos, otros más lejanos y esos planetas pueden “prosperar”, es decir, recibir luz, calor, energía, vida, en tanto y en cuanto permanezcan estables en la relación geométrica que tienen con el astro central, así alrededor de nosotros, en esta nueva fase evolutiva, se organizará y dispondrán las personas y los hechos. Más cercanos o más lejanos a nosotros, recibirán energía y vida de ese “sol” en que nos habremos de transformar, microcósmicamente seremos aquello que macrocósmicamente es el sistema solar. Seremos un fractal de aquél. Pero, entonces, ellos —los demás, los eventos— serán también un fractal nuestro. Estemos bien, y ellos devendrán armónicos. Permitámonos flaquear, y el equilibrio del conjunto estará en peligro.
 
Así que va de suyo que el primer beneficio de esta práctica será una consecuencia similar a la distorsión del espacio-tiempo einsteniano alrededor de un cuerpo astronómico, que es la Gravedad concebida desde la perspectiva relativista. Otra vez, por Principio de Correspondencia, así como todo cuerpo astronómico —en virtud de esa deformación— atrae inevitable e irremediablemente hacia sí todo otro cuerpo (con mayor velocidad cuanto más cercano se encuentre) así atraeremos hacia nosotros otros “cuerpos”, esto es, personas y eventos. Incidentalmente, como en nosotros late una inteligencia y discernimiento que en el cuerpo planetario no existe, habrá una selectividad optativa de qué personas y qué eventos queremos atraer.
 
Otro de los beneficios imanentes tiene que ver con la salud —en cualquier forma que la concibamos— (...) nos ordenaremos de acuerdo a las líneas de energía y las formas fundamentales de la Naturaleza. Y donde hay orden, hay equilibrio. Donde hay equilibrio, hay salud porque, ¿qué es la salud, sino una condición de equilibrio?. Evolucionar es sanar, como sanar es evolucionar.
 
    Puesto en otros términos: Somos entes dinámicos y por eso, cambiantes. No somos lo que fuimos —o creíamos, o creyeron los demás— ayer, ni lo que seremos mañana. Y mutar, en sentido evolutivo, requiere la templanza del dolor también. Porque el dolor es inevitable: lo que es evitable es que ese dolor sea estéril.
 


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