ESOTERISMO
Y COMPROMISO SOCIAL
Para Oscar,
alumno y amigo, quien sin saber nada de Krishnamurti, la
madre Teresa, Swami Vivekananda o Paulo Coelho lucha día
a día con la irrefrenable necesidad de ayudar con lo
poco que se tiene a otros pocos que lo necesitan
desesperadamente.
Es una extraña dicotomía percatarse que
pese a lo cierto que resultan los procesos de "transmutación" (física, mental,
espiritual) que vivimos a lo largo de la vida (si en ciclos septenarios o no,
cada maestrito con su librito) es igualmente cierto que determinados
patrones permanecen inalterables. El activismo y voluntariado social, la
participación, el preocuparse por la "otredad" son algunos de ellos. Es
edificante y aleccionador, también, comprobar que el proceso no ocurre a
la inversa. En una innegable entropía negativa de índole espiritual, la
persona comprometida sigue siéndolo. La persona excesivamente yoica, no
necesariamente. En otros términos; lo justo, lo bueno, lo valedero seguramente
no involuciona. Su antítesis, sí puede —si se quiere— evolucionar hacia lo primero.
En todo esto estaba reflexionando días
atrás cuando trazaba casi a mano alzada algunos borradores sobre el riesgo de
transformar las disciplinas "espiritualistas" en un permanente mirarse el
ombligo. Que de eso hay, y mucho, es una verdad innegable. La desilusión de no
haber podido cambiar al mundo —o la desidia y el desinterés en hacerlo— permitieron que medrara
una forma de neoespiritualidad consistente en un aggiornado "sálvese quien
pueda". Con justificaciones supuestamente kármicas o por elección de un
infuso dedo digitador "desde arriba", muchas personas seguramente bienpensantes
en todos los otros órdenes de la vida hicieron carne la presunción de que el
crecimiento interior, la ascensión (sea lo que cada uno quiera entender por ese
término), la iluminación, la sabiduría, era un proceso visceralmente interior y
personal y, como tal, imposible de transferirse y compartirse. Había un camino
para un mundo mejor, después de todo, pero cada uno, cada una, debía buscarlo
por las suyas y dándose vuelta como un guante.
Y de pronto, uno —yo— descubre que no es así.
Que ese "solipsismo espiritual" sólo puede conducir a otro tipo de males. Un
autismo metafísico apto para quienes tienen los recursos —cursos arancelados,
retiros, peregrinaciones místicas— y por obra y gracia, se autoconsuelan, de alguna
herencia de vidas pasadas. Y quien no, que se aguante, que algo habrá
hecho... en esta vida u otras, para no merecerlo.
Más aún, sirve de elemento de presión
marketinera para infundir en la psiquis de los ansiosos de conocimiento que
"si debe hacerlo-tenerlo-lograrlo" el... Universo (o los ángeles, o la
tía muerta) vendrá en su ayuda, lo que en muchos casos conlleva el riesgo de
embarcarse en pedidos de préstamos inoportunos, "bicicletear" deudas
urgentes para otra ocasión. Total, el espíritu (pago arancelario mediante) está
primero y ya Dios —o el agente encomendado— proveerá para
solucionar lo otro. Y cuando "lo otro" se complica, el gurú ya embolsó sus
respetables honorarios y se aboca al grupo siguiente.
Las herramientas para la transformación
interior (y, por carácter transitivo, nuestra vida toda, la de relación con los
demás, la materialidad cotidiana) están ahí, sí. Pero si al aplicarlas no
mutamos entrópicamente para re-crearnos como instrumentos de cambio
sobre el entorno, entonces, tristemente, es que estamos reducidos a ser
engranajes funcionales al viejo Sistema.
El camino de la Espiritualidad,
ciertamente, es el individualismo. Pero
no el egoísmo. Y los sicarios del viejo Sistema
barruntan que mantendrán el control mientras la gente siga confundiendo un
término con otro. Que el cambio no haya funcionado de lo general a lo particular
(cambiemos la sociedad para que cambie el individuo) claro que puede
comprenderse como que hay que buscarlo desde lo particular a lo general
(cambiemos al individuo para que cambie la sociedad). Pero esa
neoespiritualidad mal entendida cercena la frase: cambiemos al
individuo... y una antojadiza amnesia le hizo olvidar el resto. La meta no
es "cambiar al individuo". Es "cambiar al individuo
para..."
Alguna vez escribí que "la
Nueva Era, la Era de Acuario, será revolucionaria, o no será".
Dicho con pasión de viejo militante de los '70 pero exiliado definitivamente de
las barricadas y más cercano al ashram. Asumiendo la imperiosa necesidad de
acompañar con gestos, por pequeños pero cotidianos que sean, una espiritualidad
que nunca podrá ser tal sin su ingrediente primario: la
solidaridad. Cierto es que para el Esoterismo los seres humanos no
somos todos iguales: igualdad que en la letra escrita —que no en la
práctica— es útil a
los fines partidistas de cualquier político que sabe, así, que el voto del
marginado le será tan útil como el del ilustrado pero, claro, infinitamente
más barato. Aprovechándose de la imperiosa necesidad básica de un par de
zapatillas, una caja de alimentos o aplicando la mercenaria ingeniería social
clientelista de prometer futuros puestos de zánganos a sueldo mísero o la
conveniente enfermedad cultural de la dependencia del alcohol que corre a
raudales en forma de vino o cerveza repartidas graciosamente en los mitines
políticos, estos personeros de un "asistencialismo" más cercano a la limosna
pública que al bien del prójimo bastardean el sentido prístino de la
solidaridad, y hacen creer a la masa que el cambio no es posible si no llega
"desde arriba" y lo comienzan "los demás", sean esos
demás quienes sean.
Una mano tendida para ayudar a una anciana
a gestionar un trámite que necesita desesperadamente pero que carece de la
iniciativa —o los
"padrinos"— para
llevarlo a cabo. Un emparedado puesto en la mano de la criatura que bajo el
frío recorre bares y restaurantes buscando vender desteñidas estampitas
religiosas. El preguntar por la salud, el cumpleaños, las cuitas diarias de esa
desarrapada madre soltera que vegeta con su bebé en un refugio que ni en
pesadillas osaría llamarse "casa" enviando anónimamente un juguete para la
criatura... Es tan sencillo, tan económico, iluminar
el rostro de los desheredados de la tierra con una sonrisa.
Pero desilusionados por la realidad que
pasa frente a nuestros ojos todos los días, creemos que el cambio no es posible
y que esos gestos serán apenas vislumbres patéticos de una luz que las sombras
de la indiferencia eclipsarán al minuto siguiente. Y esa es otra de las
mentiras del Sistema, conculcada como otro
"meme"(1) desde la cuna. Porque el recuerdo del gesto,
aquella sonrisa, vivirán eternamente en esos corazones. Porque por cada
idealista que casi con vergüenza tenga un gesto de estos, habrá otros y otras
que lo tendrán también, y sólo falta un paso, quizás conocerse, intercambiar
experiencias, organizarse en red, para que la ola de la solidaridad sea
tsunami.
Y como es ley del Esoterismo que todo
vuelve, pues no duden que nuestro activo espiritual crecerá así
exponencialmente.
Cierto es, decía líneas arriba, que el
Esoterismo entiende que los seres humanos no somos iguales. O, para ser más
precisos, somos iguales en esencia, menos iguales en potencia y totamente
desiguales en acción. De allí deviene una cierta "aristocracia espiritual"
que, si bien trata de ser coherente con la etimología de la palabra ("gobierno
de los mejores") no lo aplica en el sentido devaluado contemporáneo como
sinónimo de nobleza o estatus económico, sino en la
acepción trascendente de sabiduría. Y la sabiduría dice, no grita, que si
usted, yo, nosotros, en virtud de nuestro esfuerzo estamos
evolutivamente un escalón por arriba de un congénere —ganándonos así con
derecho el concepto de "hermano mayor"— ese escalón no nos da derechos sobre nuestros hermanos
menores, sino duplica nuestras obligaciones. En virtud de lo
cual, cualquier intento de aprovechar esta situación privilegiada que sobre el
careciente nos da el conocimiento, la génesis familiar, el esfuerzo personal
devendrá necesaria e irreductiblemente en consecuencias kármicas. El ignorante
—en un respetuoso
sentido etimológico— es digno de lástima por sus carencias. El estudiante de
Esoterismo (no hablemos ya de quienes se asumen como
esoteristas) no, porque sabe lo que tiene que hacer, lo que
tiene que pensar y lo que tiene que enseñar. O, caso contrario,
atenerse a las consecuencias, porque, recordemos, todo vuelve.
Por otro lado, el impregnarse de
conocimiento esotérico y no "dejarlo fluir" (porque es parte del Wei Wu Wei
(2) universal) hacia el entorno —que en una primera fase son nuestros seres amados, pero si
el fin último de la trascendentalidad es el amor universal, seres amados serán
todos, hasta el desconocido linyera— tiene el perjuicio de la energía acumulada y no disipada:
no habrá circuito o conductor que la tolere. Y está estrechamente
emparentada (en eso de acumular el poder de conocimiento y no disiparlo en forma
voluntaria, anónima, solidaria) con los síntomas básicos de una
enfermedad espiritual, de las muchas que aquejan a esta especie.
Proponía hace poco en un foro que es
tiempo de que alguien se tome el trabajo de redactar un verdadero Vademécum de
las enfermedades espirituales, tan reales como las físicas. Como éstas, aquellas
tienen síntomas, diagnosis, prognosis, tratamiento, epidemiología... Tomen el
claro ejemplo de los poderosos que buscan acumular poder por el Poder en sí. Ya
han superado la acumulación de capitales y dineros que no dilapidarán ni las
generaciones venideras, ya su influencia se extiende por todo el orbe pero
siempre van por más. Como víctimas de una fiebre incontenible, se hunden
poco a poco en las miasmas de la irracionalidad y la inmoralidad si fuere
necesario, porque nada importa ya, ni los afectos, ni la admiración popular, ni
la vida, sólo más y más Poder. Y el deseo desmedido de poder, queridos
estudiantes, no sólo es una enfermedad espiritual. Como epítome del egoísmo más
acerbo, como expresión suprema de infección preternatural, es el producto
visible en nuestro universo tetradimensional de bacilos no físicos pero sí
inteligentes para quienes el humano encaramado en la cumbre de ese poder es un
instrumento útil para extenderse y multiplicarse, creando colonias en nuevos
cuerpos de quienes a aquél se allegan —como una gripe de otras dimensiones— una bacteriológica
guerra astral entre los Guardianes de la Luz versus los
Barones de las Tinieblas. La ambición desmedida de Poder,
cebada en el freudiano pero útil y necesariamente acotado "instinto de poder" de
nuestras psicologías individuales se derramará entonces de forma piramidal desde
"el de arriba" hacia "los de abajo", vulnerando el
ultraterrenal sistema inmunológico de una humanidad capturada en este plano en
un eterno conflicto entre la Luz y las Sombras.
Las actitudes solidarias, entonces,
cotidianas, pequeñas si más no cabe, espontáneas, son la profilaxis. Un
comprensible y sano egoísmo enseña, entonces, que además de correcto es
conveniente ser solidario, pues así incementamos nuestras defensas y,
por simple carácter imitativo, brindamos a nuestros seres queridos la
oportunidad de aumentar las propias. A la máxima expresión de insanía
espiritual, el ansia de poder de los jerarcas de la Tierra, probemos, de a poco
todos y cada uno, oponer la diaria, común, anónima reacción instintivamente
solidaria. Y, entonces, la metáfora de David contra Goliat será por fin
comprendida.
Referencias:
(1) Para una definición de "meme", ver "La Intoxicación en
las Paraciencias. Memética e Illuminati." en Al Filo de la Realidad Nº
155.
(2) "Wei wu Wei": "dejar fluir, dejar hacer". Concepción
taoísta.