Tengo la
absoluta convicción de que, si consultamos a una mayoría de nuestros
contemporáneos respecto a su visión del mundo hoy, casi todos responderán con
términos como "violento", "insensible", "problemático", "desilusionante",
"angustiante" e "inhumano". Palabra más, palabra menos, he hecho personalmente la
prueba durante dos largos años de escuchar y anotar y lamentablemente debo
admitir que casi el 90 % de mis entrevistados involuntarios adoptó una actitud
entre taciturna y asustada al ser solicitados de descripciones respecto de la
realidad que nos toca vivir, tanto en lo local como en lo mundial. Y si uno es
demasiado permeable a las influencias mediáticas, resulta difícil no ser
arrastrado por esa corriente: la escalada de crímenes violentos, la
desproporcionada distribución de los recursos en el globo son sólo dos facetas
cotidianas. Como si no bastara, la naturaleza misma parece corresponder con su
cuota de desastre: aparentemente, más terremotos, huracanes e incendios
forestales asolan a la faz del mundo y nuestra humanidad. Ante semejante,
desolador panorama, lícitamente uno tiene derecho a preguntarse: ¿qué está
pasando?. ¿Qué desencadena y sobre todo qué detendría esta aparente pérdida de
equilibrio cósmico?. ¿Adónde iremos a parar?. ¿Qué podemos hacer, si es que
podemos hacer algo?.
Soy un convencido de que para intentar siquiera
esbozar una provisoria solución debemos discernir la paja del trigo, lo
verdadero de lo falso: así, es tentador –pero gratuitamente fundamentalista–
establecer una asociación entre la espiral ascendente de delitos en el orden
mundial y la debacle de las fuerzas naturales. Pienso que debemos partir de una
premisa: si realmente existe una relación vinculante, lo es en forma tan
indirecta que en cualquier eslabón de la cadena estamos a tiempo de detener
ambas catástrofes.
¿Las masacres étnicas en Ruanda incidieron de
alguna manera en la erupción del Popocatépetl? Sería una forma tragicómica pero
necesaria de ese planteo; no otra cosa nos dicen tantos dirigentes religiosos
cuando amenazan con el "fin del mundo" en razón de nuestros pecados,
individuales y colectivos.
Pero hay realidades e interpretaciones de la
realidad, dos concepciones no necesariamente sinonímicas que para el común
de la gente pasan inadvertidas. Y la vida se realiza con variantes, como si los
ideales estuvieran escritos en otra lengua y la realidad fuera una mala
traductora.
Así, debemos admitir –si queremos razonar
sanamente– que no hay, necesariamente, más terremotos que hace un siglo, como si
la madre Tierra se sacudiera las pulgas con más frecuencia que antes: hay una
mayor difusión de los hechos, los que a su vez son perceptibles de manera cada
vez más sutil. Un siglo atrás, nos enteraríamos de un terremoto en las
antípodas –si es que nos enterábamos– acaso meses o años después de ocurrido, y
los felices mortales no establecían relación (tal vez por la distancia temporal)
entre ese terremoto tardíamente conocido y una inundación devastadora que les
asoló meses atrás en sus propias costas. Hoy, gracias a la globalización de las
comunicaciones, sabemos ahora lo que ocurre en Japón apenas con
minutos de diferencia de lo que está ocurriendo en Argentina, y,
tendenciosamente, formulamos un improbable 1+1; es como si un sencillo
campesino, al visitar por primera vez la gran ciudad y uno de sus centros
comerciales, creyera que el acto de abrir a primeras horas de la mañana las
puertas de acceso activara las escaleras mecánicas que llevan al primer piso,
simplemente porque un hecho es casi inmediatamente simultáneo con el otro. (Creo
que lo saben: mientras un empleado aprieta el control remoto que abre los
portones –o un par de ellos lo hacen manualmente– otro activa el circuito de la
escalera mecánica: la única coincidencia es que todos comparten el mismo horario
inicial de trabajo).
Veamos si queda suficientemente claro: no creo
que existan más terremotos –y tomo sólo un ejemplo– creo que estamos mejor
informados que hace diez, treinta o cien años, y en vez de comprender el
aspecto cualitativo de la información somos apabullados por el aspecto
cuantitativo.
Y también ocurre que los aparatos de detección
son tanto más eficientes y masificados que hoy podemos anunciar un terremoto de
grado 3 en la escala de Richter ocurrido bajo el Océano Pacífico a setecientas
millas de la isla poblada más cercana y engrosar con él las estadísticas –aun
cuando posiblemente ningún humano sobre el planeta se percató de su existencia–
cuando antes, por esa carencia tecnológica, simplemente ni nos enterábamos que
había existido.
Algunas consideraciones similares podríamos
hacer respecto a otro de los grandes males urbanos: el delito. ¿Ocurren en mayor
cantidad que antes o nos enteramos –diríamos que hasta un hartazgo morboso– de
los más escabrosos detalles de crímenes que antes tenían la indiferencia de la
ignorancia?. Un homicidio, si tiene los componentes que lo hacen vendible
(de ser posible, sexo y drogas) es mostrado truculentamente en los noticieros,
debatido en los talk shows, analizado lacanianamente por los opinólogos
profesionales de turno, bombardeado en imágenes multicolor desde la portada de
las revistas semanales... Tal vez existan ciertos matices (pero sólo matices)
circunstanciales: una labilización, una flexibilización de la justicia en aras
de un no sé si bien entendido populismo; el advenimiento de la democracia en
muchos países tercermundistas que obligan al imperio de la ley donde antes sólo
existía represión; y la represión atemoriza tanto al terrorista como al
delincuente común. En Argentina, escucho con demasiada insistencia aquello de
"en época de los militares estábamos más seguros" olvidando
quienes lo dicen que en realidad no estábamos seguros, sino
prisioneros: que si para bien del delincuente era lo mismo robar un
banco o asaltar a mano armada a un transeúnte, para el activista político era
siempre mucho peor, con lo que se construía una imagen perversa de la escala de
la maldad (era más delito ser comunista que ladrón), y que el ciudadano "honesto
y decente" vivía sin problemas siempre y cuando no frunciera muy seguido el ceño
ante los discursos oficialistas –cuanto menos en público– ni comentara demasiado
insistentemente su rechazo a los modelos políticos de entonces. Que se
conformara con el "nicho social" que le tocaba y ya.
En esas épocas, por ejemplo, eran comunes
titulares en páginas interiores de los diarios, nunca de más de tres columnas
por unos cuantos centímetros de texto, que informaban, por ejemplo: “18
terroristas muertos al explotar camión en que transportaban explosivos en el
Gran Buenos Aires”. Nunca una cobertura televisiva, nada. Sin entrar en
estériles discusiones respecto a si se trataba en verdad de dieciocho
imprudentes que confundían explosivos con golosinas o una ejecución masiva y
sumaria por parte de fuerzas militares y paramilitares, pregunto: ¿imaginan
ustedes el festival del horror que los periodistas de hoy armarían durante
semanas si algo así ocurriera en uno de nuestros nuevos países democráticamente
recuperados?. ¿La sensación de espanto que ganaría a la sociedad?. ¿Los
comentarios y admoniciones de neto tinte apocalíptico que lloverían desde todo
púlpito?. ¿Los monólogos idiotizantes de "columnistas" televisivos respecto a la
creciente inseguridad y deshumanización de nuestros días?. En los tiempos en que
vivimos, realmente no pesa cuántos mueran y en qué circunstancias: todo
pasa por cómo se presenta el festival. La vieja estrategia marketinera:
más importante que el producto es el envase.
Pero es igualmente cierto que estamos perdiendo,
socialmente, espiritualidad: esto no lo veremos tanto a nivel colectivo
(creo que, masivamente, la Humanidad, como expresión generalizada, es
espiritual) sino individual: en el comentario sarcástico de un familiar
haciendo gala de sus dinerillos, en la exhibición obscena de los políticos
enfundados en colecciones de Armani al visitar los barrios precarios de los
suburbios con las manos cargadas de promesas. Veo a la Humanidad como una
heroica flecha atravesando los tiempos, un multitudinario conglomerado de
personas comunes haciendo cosas extraordinarias; veo palpitando detrás de ella a
un Inconsciente Colectivo profundamente religioso, sintiendo que el mundo está
mejor que antes. Pero cuando esa identidad de especie se fragmenta (en
ideologías, naciones, religiones, aficiones futbolísticas, tirios y troyanos)
aparece la masa: el informe monstruo de muchas patas y muchos ojos pero
poco cerebro, a mitad de camino entre el Yo individual, empeñado en la
posibilidad de su propia salvación, y la Conciencia Comunitaria a la que
no reconoce. Como un sacerdote frustrado, que soñó con
la santidad y cayera en la concupiscencia carnal, ha negado lo uno pero no supo
reconocer su limitación para lo otro, y termina odiando a
ambos.
Y por debajo de la masa, el individuo. El que
habla de la bondad, pero no se atreve a ejercerla. El que, al repetir como un
sonsonete, “soy pobre pero honrado”, (como si alguien que alcanzara en la
vida una sólida posición necesariamente no lo fuese) disfraza de
honestidad lo que, en todo caso, es falta de iniciativa, motivación y voluntad.
El que se vanagloria de respetar la ley, pero en el fondo sólo por temor a las
consecuencias de quebrantarla. El que confunde picardía y astucia con
inteligencia. El que compra fácilmente un modelo exitista. El que sufre. El que
se siente fracasado. El que en algún momento se pregunta en qué se equivocó y,
por temor a la respuesta, concluye que la culpa no fue de él, sino "de los
otros". El enfermo de excusitis. El que se dice que de pequeño estaba
seguro de estar reservado para grandes logros. El que se refugia en templos,
iglesias y sinagogas buscando comprar unas migajas de trascendentalidad. El que
sigue vacío.
¿Están tocando nuestra canción?
De nada sirve
Escaparse de uno mismo (bis)
Veinte horas al cine puedes ir
Y fumar hasta morir.
Con mil mujeres puedes salir
Y a los amigos, los puedes llamar, pero
De nada sirve
Escaparse de uno mismo (bis)
De qué te sirven las heladeras
Y lavarropas, televisores,
Y coches nuevos y relaciones
Y amistades y diversiones
Si estás vacío y aburrido
De este mundo que está podrido.
No, de nada sirve.
Cuando estás solo,
Estas bien solito
Ya no hay guitarritas
Ni amplificadores.
Estás solo en la cama
Empiezas a mirar el techo
Empiezas a mirar el techo
Y en el techo no hay nada
Hay solamente un techo.
“¿Qué puedo hacer, qué puedo hacer?”
Es muy tarde, son las tres de la mañana.
Los bares están cerrados
Las mujeres duermen
Los cines también están cerrados
La guitarra no se puede tocar
Si no el vecino se va a despertar.
“¿Qué puedo hacer, qué puedo hacer?”
Estoy solo, y aburrido
No sé qué hacer,
Qué es el mundo
Qué es mi vida,
Qué soy yo,
¡me voy a volver loco!.
No sé qué hacer...
En ese momentito te das cuenta
Que todo es una estupidez
Cuando vas de veraneo
Y bailas ye-ye
Con sus movimientos centroamericanos
Sensualidad fabricada
Tratas de levantar mujeres...
Pero estás vacío...
Y estás muy podrido...
Oh, oh, oh
De nada sirve,
de nada sirve
escaparse de uno
mismo...
Y la canción sigue. Moris la improvisó
en un estudio de grabación de Buenos Aires allá por 1969. Más de cuarenta
años después, como toda verdad, no ha perdido vigencia.
¡Ah!. ¡El éxito!. Vivimos en una
sociedad que privilegia un cierto –no sé si erróneo– concepto de logro: el de la
comodidad y la popularidad, formas parciales y subjetivas de la trascendencia.
El poseer dinero nos permite (creemos) vivir sin problemas; viajar, trascender
los límites de quienes nos rodean y por eso, sobresalir. El sobresalir a nivel
social es la popularidad, la fama, y a la combinación de ambas la llamamos
"éxito". El éxito nos permite ser tenidos en cuenta, es decir, estar en la mente
de los demás. Cuanto más estamos en sus mentes, más se nos recuerda. Cuanto más
se nos recuerda, se hablará o se escribirá sobre nosotros en las próximas
generaciones. Así permaneceremos. Y al permanecer, prolongamos nuestra
existencia más allá de nuestra vida física. Por un tiempo (muchos años o pocos
siglos) seguiremos existiendo, lo que es como comprar una porción de
eternidad.
Porque después de todo sí es posible que
en ocasiones, Gaia se sacuda las pulgas. Sí es posible que el Mal sobre
la Tierra no haya aumentado cuantitativamente sino cualitativamente. Doscientos
años atrás, en una simple batalla europea morían treinta o cuarenta mil
combatientes. Hoy, las batallas electrónicas tienen muchos menos muertos, pero
nos duelen más. Nos escandaliza que no se cumplan los tratados de Ginebra. En
las guerras napoleónicas, Ginebra era sólo una linda ciudad. Estamos más
informados, más culturalizados y eso redunda en una mayor sensibilidad frente al
mal. De manera que, si nos preguntamos por la primera causa de la pérdida
de la espiritualidad, debemos responder: la deficiente culturalización de las
masas empuja a subordinar lo espiritual a lo material, lo ideal a lo práctico,
lo correcto a lo conveniente.
Algunos dirán que es una expresión poco feliz:
yo diría que, en todo caso, es poco demagógica. Por supuesto que hay gente
ignorante (lo digo en el estricto sentido del diccionario, sin connotación
peyorativa alguna) que es espiritual, sensible; pero francamente me temo que son
las excepciones que confirman la regla. En los medios –urbanos o rurales– donde
la culturalización es baja he advertido como una pátina de insensibilidad que
los endurece frente al sufrimiento, y el dolor va de la mano con el espíritu. Se
llora (menos) la pérdida de un ser querido; duele (menos) la injusticia o la
agresión gratuita; se tienen (menos) esperanzas de un futuro mejor. Por
supuesto, también, existe la injusticia, la violencia y el deshonor entre los
formados intelectualmente, pero esta apreciación habla en términos
generales.
El siguiente punto, por consecuencia, debería pasar
por definir culturalización. A mi modesto saber y entender, no es ni hablar de
solvencia patrimonial o económica (pueden poseerse muchos bienes pero poca
cultura) ni tan siquiera de especialización intelectual: un profesional
universitario es apenas aquél que sabe más de ciertos temas del conocimiento
humano que el resto, pero sólo de esos temas. Culturalización es
universalismo, es reflexión sobre ese universalismo y es
voluntad ideológica.
La siguiente causa es la carencia de
afectividad. Toda expresión emocional tiende a ser públicamente censurable.
¿Por qué, si no, nos incomodamos cuando a nuestro lado en un transporte público
otra persona, hasta entonces en silencio, estalla en una carcajada?. ¿Por qué
los hombres no debemos llorar, y menos con audiencia?. ¿Por qué tratamos a los
niños como pequeños adultos, destetándolos lo antes posible, enviándolos a
kindergartens prematuros, atosigándolos de idiomas, computación y lo que esté de
moda cuando apenas balbucean unas pocas palabras?. ¿Por qué no los cargamos en
brazos, los cubrimos de besos estemos donde estemos y los llevamos con nosotros
a todas partes?. ¿Por qué tantos padres buscan lo antes posible una niñera
eficiente para dejarlos con desconocidos?. Para que aprendan a ser
independientes, decimos. Para que no sufran-no sean dominados-no se
retrasen en la carrera de la vida como nosotros a su edad, decimos. Mentira.
Ocurre que la inmensa mayoría de los padres no eligió serlo; simplemente
les pasó. Y les asusta el compromiso cuando ellos mismos están a la
búsqueda de su centro, de su eje de equilibrio. Así que ponen distancia.
Olvidando, por ejemplo y como escribiera Robert Lawlor, que sin la
estimulación táctil en el niño no se genera la capa de mielina que recubre el
eje de las neuronas, de donde deviene una relación entre caricia y mejor
desarrollo cerebral. En realidad, casi todas las culturas, hasta hace dos o tres
siglos, mantuvieron esa "edad feliz" de la niñez casi como un reflejo
microcósmico y temporal de la mitológica Edad de Oro de tiempos gloriosos de la
humanidad. Pero entonces llegó una forma más deshumanizada de tratar a la niñez.
Y las justificaciones pedagógicas. Durante todo el siglo pasado y buena parte de
este, la letra con sangre entra, la rigidez académica, el autoritatismo
disciplinario y una actitud paternal fría y distante se consideraron criterios
necesarios para modelar "ciudadanos patrióticos y fecundos". Pocos advirtieron
(pocos advierten) que es sólo la proyección, en el mundo limitado y familiar, de
un criterio que proveniente de un orden en las sombras necesitaba mutilar la
niñez para tener obreros y soldados más jóvenes, mano de obra y carne de cañón
más económica. Todo chico es un ángel. Sólo que, para cuando se da cuenta, ya es
demasiado tarde.
¿Y qué decir de ciertas Iglesias, que más allá
de cuánto abusen de la palabra amor obligan a sus devotos a medrar en las
sombras de la culpa y la ignorancia?. Religiones que consideran impropio reír y
divertirse, porque este es un valle de lágrimas y, ya se sabe, sólo vinimos aquí
para sufrir, sudar y reverenciar al Señor. Iglesias sombrías, tétricas.
Sacerdotes, ministros y rabinos de gesto adusto prometiéndonos los fuegos del
infierno por nuestras travesuras infantiles. Intermediarios y comisionistas de
Dios a los cuales debemos reverenciar sólo porque ellos mismos así lo dicen. O,
en el mejor de los casos, mofletudos curas sonrosados que acarician con sus
regordetes dedos cargados de anillos las cabezas de los niños, recordándonos que
su dios (que no el mío) es un "dios de amor", siempre y cuando se le obedezca
calladamente, advirtiéndonos sobre los peligros de buscar otras formas de
espiritualidad que no sea aquella que ellos predican. Ciudades con más calles
bendecidas con nombres de generales –patriotas o carniceros, sólo depende del
punto de vista– que de bomberos heroicos o artistas inspirados. Vendedores de un
Cristo moribundo y sangrante en la cruz, nunca del luminoso e inspirado orador
de la montaña.
He aquí la tercera causa de la pérdida de la
espiritualidad: la hemos confundido, no ya con religiosidad (una de
las formas de la espiritualidad; ciertamente no la única) sino, aún peor,
con sumisión eclesiástica. Y, ya se sabe, "iglesia" viene del griego
“ekklesía” que sólo significa "reunión de
hombres".
Y mucha pobre gente, crédula, ignara, trata de
ser buena. Si uno es bueno, es decir, actúa bien porque no conoció otra forma de
ser en la vida, o peor, por temor a la censura de los demás, o al enojo o falta
de cariño de ellos, o a la represión social o legal, entonces esa bondad no es
producto de una elección y por lo tanto tiene poco mérito espiritual. Ya que, en
pleno uso del albedrío, sólo cuando me da lo mismo optar entre
el bien y el mal, pero elijo al primero, estoy demostrando una
libre voluntad de acción, sin los condicionamientos anteriores, y por lo tanto
esa elección es entonces valiosa. Dios nos da la bondad como un bien; y todo
bien personal debe ser cuidadosamente administrado. Si Dios nos hubiera dado una
suma de dinero para ayudar a los pobres, a la mayor cantidad posible de pobres y
de la mejor manera a que hubiera lugar, ¿acaso no sería una falta de respeto a
Él salir a la calle y dárselo todo al primero que pase?. Uno estudiaría con
cuidado cada situación, decidiendo darle, por ejemplo, a éste cien pesos; a
aquél otro, muy necesitado, diez mil y tal vez a un tercero, nada, pues puede
ocurrir que nada necesite. Así que con la bondad debemos proceder igual; no se
trata de, ante la injusticia del mundo, no ser buenos. No. Se trata de saber con
quién debemos serlo. Si somos compulsivamente buenos, seremos como el tonto que
sale a la calle a regalar todo el dinero al primero que pase; pronto nos
agotarán toda la bondad que teníamos para dar. Así que hay que saber
administrarla; tener en claro quién es acreedor a nuestra bondad y quién no, y
de los primeros, en qué medida.