El apego
William Hart
Hay varios tipos de apego. Tenemos en primer lugar el apego al
hábito de buscar gratificación sensual. Un adicto se droga porque desea
experimentar la sensación agradable que la droga le produce, a sabiendas de que
haciéndolo refuerza su adicción. De la misma forma somos adictos a la condición
de desear, tan pronto satisfacemos un deseo, generamos otro. El objeto es
secundario, el hecho es que tratamos de mantenernos en un estado constante de
deseo porque nos produce una sensación agradable que queremos prolongar.
Desear se convierte en un hábito que no podemos romper, en una adicción, y
de la misma manera que un toxicómano va desarrollando gradualmente tolerancia
hacia la droga elegida y cada vez necesita una dosis mayor para intoxicarse,
nuestros deseos se aprestan a robustecerse cuanto más tratamos de satisfacerlos.
Así nunca ponemos fin al deseo, y, en tanto sigamos deseando, no podremos ser
felices.
Otro gran apego es el «yo», el ego, la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Para cada uno, ese «yo» es la persona más importante del mundo. Nos comportamos
como un imán rodeado de limaduras de hierro que automáticamente las ordenará en
torno a sí mismo. Tratamos instintivamente, con la misma falta de reflexión, de
ordenar el mundo con arreglo a nuestro gusto, buscando atraer lo agradable y
repeler lo desagradable. Pero nadie está solo en el mundo, cada «yo» está abocado
a entrar en conflicto con otro «yo». El modelo que cada cual intenta crear se ve
perturbado por los campos magnéticos de los otros, e incluso nosotros mismos
llegamos a convertirnos en objetos de atracción o repulsión. El resultado no
puede ser otro que infelicidad, sufrimiento.
Además, no limitamos el apego al «yo», sino que lo ampliamos a lo «mío», a lo
que nos pertenece. Todo el mundo desarrolla un gran apego a sus posesiones,
porque las asocia consigo mismo, porque sustentan la imagen de su «yo». Este
apego no nos causaría problemas si lo que llamamos «mío» fuese eterno y el «yo»
durase eternamente para disfrutarlo. Pero lo cierto es que, tarde o temprano, el
«yo» se separa de lo «mío»; ese momento no tiene más remedio que llegar y, cuando
llegue, el sufrimiento será tanto más grande cuanto mayor sea el apego al
«mío».
Pero el apego todavía va más lejos, se extiende a las opiniones y creencias.
No importa cual sea su contenido, no importa si son correctas o erróneas, si
estamos apegados a ellas, con toda certeza nos harán infelices.
Todos estamos convencidos de que nuestro criterio y tradiciones son óptimos y
nos sentimos trastornados cuando oímos que los critican. Nos trastornamos de
nuevo si intentamos explicarlos y no nos los aceptan, pues no acertamos a
reconocer que cada persona tiene sus propias creencias. Es de todo punto fútil
discutir sobre qué opinión es la correcta, sería mucho más provechoso desechas
todas las ideas preconcebidas y tratar de ver la realidad, pero nuestro apego a
los puntos de vista nos impide hacerlo, manteniéndonos en un estado de
infelicidad.
Nos queda, por último, el apego a los formalismos y ceremonias religiosas.
Tenemos tendencia a enfatizar las expresiones externas de la religión en
detrimento de su significado fundamental y a pensar que quien no realiza esas
ceremonias no puede ser una persona verdaderamente religiosa. Olvidamos que, sin
su esencia, el aspecto formal de la religión es una cáscara vacía. La piedad en
los rezos o en la realización de ceremonias no tiene ningún valor si la mente
sigue llena de ira, pasión y malevolencia. Para ser de verdad religiosos, debemos
desarrollar el talante religioso: pureza de corazón, amor y compasión por todos.
Pero nuestro apego a las formas externas de la religión nos lleva a conceder más
importancia a la letra que al espíritu. Olvidamos la esencia de la religión y así
seguimos siendo desgraciados.
Todos nuestros sufrimientos, sean cuales sean, van asociados a uno u otro de
estos apegos. Apego y sufrimiento van indisolublemente unidos.
William Hart, "La Vipassana. El Arte de la Meditación Budista", Edaf, Madrid,
1994.