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 | | Asunto: | Ponencia del Lic. Edgardo Civallero | | Fecha: | 24 de Marzo, 2007 00:34:14 (+0100) | | Autor: | Miembro AIBDA <jrarce @........cr>
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FORO AIBDA:“Bibliotecas agrícolas, brecha digital e Internet” por Lic.
Edgardo Civallero. Universidad Nacional de Córdoba. Córdoba – Argentina. www.bitacoradeunbibliotecario.blogspot.com.
edgardocivallero@gmail.com.
La Sociedad de la Información nos ha mostrado hasta donde es capaz de llegar
el (in)genio humano en su afán por superarse, por dominar los elementos y las
distancias, por crear tecnologías capaces de hacer realidad lo que, hasta hace
unos años, hubiera parecido producto de un relato de ficción. Nos ha presentado
cables por los que corren nuestras palabras a la velocidad de la luz, y discos de
plástico en los que pueden almacenarse nuestras bibliotecas, y programas
informáticos, y comunicaciones telefónicas, y…
El mundo ha comenzado a girar, desde hace poco más de dos décadas, en torno al
eje de las tecnologías de la comunicación y el conocimiento. Ese paradigma ha
dominado nuestras vidas y nuestras profesiones. Sin embargo, el Hombre no se da
cuenta que el plástico, los cables y los chips no se comen. El ser humano sigue
(y seguirá por siempre) dependiendo íntimamente de la naturaleza y de los
productos que pueda arrancarle, con sabiduría a veces, con verdadera ignorancia y
violencia otras… A pesar de que parece contemplar a su medio ambiente, a sus
tierras y mares, a sus bosques y campos de cultivo con desconocimiento e
indiferencia, el Hombre depende de ellos para sobrevivir. La tecnología
desarrollada sólo sirve para mejorar algunas de sus condiciones de vida, no
para mantener las vitales
Anestesiada e hipnotizada por la grandeza de sus propias creaciones, la
especie humana parece haber olvidado que sigue conectada, por un tenue cordón
umbilical, a su Madre Tierra, esa a la cual nuestros ancestros rendían culto.
Las bibliotecas en general –y las agrícolas en particular- son organizadoras,
concentradoras y difusoras de información valiosa. Y esa información –por su
capacidad para promover y facilitar cambios y desarrollo- es poder. Poder para
solucionar problemas, para generar nuevas perspectivas de futuro, para construir
nuevos emprendimientos, para poder mantener en pie lo ya creado… Ese poder
–simple saber humano- ha sido elaborado pacientemente a lo largo de los siglos,
sumando experiencias, triunfos y errores de muchas generaciones. Y la biblioteca,
como gestora de la memoria humana, tiene como deber proveer un servicio
–igualitario, solidario, coherente y pertinente- a todos los herederos de esa
memoria, sin distinciones de ningún tipo.
Una biblioteca agrícola maneja el saber más antiguo producido y compartido por
el ser humano. La información que pueda facilitar, producir, mejorar y difundir
tal categoría de unidad es tremendamente importante, en especial en continentes
como América Latina, preponderantemente rurales y vinculados de manera fuerte a
la tierra.
La responsabilidad de bibliotecas de este tipo es recoger los conocimientos,
ideas y perspectivas (tanto locales como internacionales), organizarlos y
distribuirlos entre aquellos que no posean los recursos informativos o educativos
necesarios para poder realizar sus tareas con éxito. El énfasis en lo local debe
ser profundo, tanto a la hora de recuperar información y experiencia como a la
hora de difundirlas. La distribución de los recursos documentales gestionados por
la biblioteca debe convertirse en la principal meta del servicio, adecuando las
actividades a la realidad cultural, étnica, social y económica de los
destinatarios.
En un planeta en donde el conocimiento estratégico (aquel que es vital para el
bienestar de una sociedad) se ha convertido en un bien de consumo predado y
manejado por comerciantes –gracias al paradigma dominante de la Sociedad de la
Información- el saber agrícola se ha visto atrapado bajo claves y contraseñas,
vendido al mejor postor, encapsulado en CDs y bases de datos… Su circulación a
través de las Redes de Redes no es totalmente libre, y si a eso se suma que un
alto porcentaje de la población mundial en general (y latinoamericana en
particular) no tiene acceso ni a los recursos, ni a las tecnologías ni a los
conocimientos básicos necesarios para el manejo de los medios digitales, se
comprenderá que existe una enorme brecha (etiquetada como “Brecha Digital”) que
separa, una vez más, a los ricos de los pobres, llamándolos ahora “informados” y
“desinformados”.
Es evidente que el poder no se comparte. Y si la información estratégica es
poder, sólo circulará a través de las manos que puedan pagarlo.
El bibliotecario agrícola latinoamericano se encuentra –como el resto de sus
colegas de profesión- ante una encrucijada ética. Por un lado, debe reconocer que
su disciplina se encuadra indefectiblemente en el marco del desarrollo de las
nuevas tecnologías y de las redes virtuales de conocimiento. Pero, por otro lado,
debe comprender que su responsabilidad y su misión final son proveer un servicio
que ayude a crecer, a aprender y a mejorar a todos sus usuarios por igual,
incluyendo a aquellos más desaventajados. Debe, pues, encontrar la manera de
recuperar información valiosa y transmitirla, en forma pertinente, a sus
destinatarios finales. Quizás deba apostar al Acceso Abierto, a las redes
profesionales en las cuáles se comparten recursos solidariamente, o a la búsqueda
de documentos libres, o a aprovechar sus posibilidades para recuperar información
y alcanzarla a los que no pueden hacerlo. De esta forma, podrá tender puentes
sobre un enorme precipicio informativo que crece día a día, uno más de los tantos
que han dividido a la humanidad a lo largo de su historia.
Bastará con que el bibliotecario especializado asuma un rol pro-activo y
socialmente responsable, y que encuentre los caminos y los métodos para poder
acercarse a su comunidad para responder a sus necesidades, requerimientos y
expectativas. A través de la información –antigua o nueva, digital o en papel-
que difundan las bibliotecas agrícolas, el hombre podrá continuar manteniendo su
escabrosa relación con una tierra que, cada día más cansada de sus impredecibles
e irresponsables inquilinos bípedos, aún continúa regalando alimento y un lugar
en el cual vivir.
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