La Buhardilla de José
N° 19 Marzo 2003
Halo!
La Buhardilla vuelve a abrirse, luego de un tórrido verano en el que, parecía, se iban a calcinar nuestras pocas buenas ideas. Ayudados por ventiladores, cuando no por el maravilloso viento sur, logramos sobrevivir.
Vamos al encuentro de varias nostalgias acopiadas en la buhardilla. Ya me preguntaba porqué mi amigo Daniel llamaba La Colorada a su bicicleta, que era de otro color. Veinte años después se me devela el misterio, hoy. Aquí.
Y sobre cuando y como conocí a Carlos, poeta de los pagos de Pergamino, hemos discutido bastante con Ale, que además de ser mi esposa es mi ayuda-memoria. La memoria tiene esas cosas de los sueños, que a veces forja la historia cimentándose en los deja-vu, los mundos paralelos, las casualidades , las ficciones y sensaciones, y no únicamente en los hechos acontecidos. Ya decía Chaug Tzu, sin vacilar, que no sabía si él era una mariposa que soñaba ser Chuang Tzu, o era Chuang Tzu que soñaba ser una mariposa.
En fin, he aquí también algunas poesías, nuevas notas para Amalia, y una visión de Paul Virilio sobre porqué a ciertas cuestiones y portentos humanos innecesaria y peligrosamente veloces conviene meterles freno antes de que nos estrellemos.
Para disminuir nuestra velocidad y apagar las ansiedades: bienvenidos a la buhardilla.
CONTEMPLANDO EL RÍO DESDE LO ALTO DE LA TORRE
Junto al río se yergue la torre de cien pies de altura;
Atraviesa el lugar la extensa carretera de mil millas.
Contemplar desde lo alto el lejano horizonte
Reconforta la mente y el corazón.
Los correos pasan a lo largo del camino sin detenerse.
Los soldados acuden presurosos a sus guarniciones.
En épocas tan turbulentas siento de modo especial
Que es bueno estar ocioso.
He pasado los cuarenta y en verdad es tiempo para retirarme.
Permíteme sacudir el polvo de mis vestidos.
No es demasiado tarde para regresar a los cerros.
Po Chü-I (779-831)
Sus versos estaban en los labios de los reyes, príncipes, concubinas, damas, labradores y cuidadores de caballos. Aparecían escritos en las paredes de las escuelas y de los templos, y en las cabinas de los barcos. Se dice que Po Chü-I solía leer sus poemas a las lavanderas para cerciorarse de que cualquier persona común podía entenderlos. (Raúl A. Ruy, Poetas chinos de la dinastía T'ang. Ed. Hachette)
¿QUÉ ES LA CREACIÓN LITERARIA?
Para mí, y creo que de algún modo para todo poeta, es la expresión de la experiencia. La experiencia es una forma del saber, y esta forma del saber sólo se comunica por el arte, no por la ciencia. Es un modo de conocimiento. La creación literaria es restablecedora porque por ella las experiencias penosas adquieren luz y el dolor es creador e iluminativo.
La realidad en sí misma sólo se nos puede aparecer a través de la simbolización, y la creación es un modo de simbolizar la realidad y, por tanto, de hacernos conscientes de ella. De otra manera: un modo de que la realidad se nos comunique es la creación literaria, a través de la cual la hacemos nuestra, es decir, aparece ante nuestros ojos, la "conocemos" en todas sus dimensiones, incluida la ética.
La palabra, pues, se convierte en simbolización de realidades que no tienen expresión de otro modo, y la poesía es también una indagación en el misterio de esas realidades. Como les ocurre a los símbolos, los estratos de significación pueden ser muchos, y también, con un sentido gradual, las calas en ese misterio de la presencia. Porque esos símbolos no se nos aparecen claramente, pero sí transparentes, aunque enigmáticos. Expresión no quiere decir invención, sino descubrimiento.
Como el poeta expresa la realidad que su espíritu contempla, la poesía es también un testimonio, y toma conciencia de todas las dimensiones de aquélla, incluidas, como decíamos antes, las dimensiones morales. Épocas ha habido, y la reciente de la llamada poesía "social" es una de ellas, en que el conocimiento, en la poesía, aspiraba ante todo a ser un conocimiento ético, dando papel predominante a uno de los ingredientes de la expresión literaria.
Vicente Aleixandre
«Prosas recobradas»
Plaza & Janés Editores, 1987
Clepsidra
http://www.geocities.com/revista_clepsidra/
Velocidad e información. ¡Alarma en el ciberespacio!
Paul Virilio
Los fenómenos asociados de inmediatez e instantaneidad son en nuestros días uno
de los problemas más apremiantes que confrontan las estrategias políticas y
militares. El tiempo real prevalece sobre el espacio real y la geosfera. La
supremacía del tiempo real, la inmediatez, sobre espacio y superficie es un
hecho consumado y tiene un valor inaugural (anuncia una nueva época). Algo
correctamente evocado en un anuncio francés elogiaba con estas palabras los
teléfonos celulares: "el planeta Tierra nunca ha sido tan pequeño". Es un
momento dramático en nuestra relación con el mundo y para nuestra visión del
mundo.
Hay tres barreras físicas establecidas: el sonido, el calor y la luz. Las dos
primeras ya han sido superadas. La barrera del sonido ha sido barrida por el
súper e hipersónico avión, mientras la barrera del calor es penetrada por el
cohete que saca a seres humanos fuera de la órbita de la Tierra para aterrizar
en la Luna. Pero la tercera barrera, la de la luz, no es algo que se pueda
traspasar: te estrellas contra ella. Es precisamente esta barrera del tiempo la
que confronta la historia en el día de hoy. Haber alcanzado la barrera de la
luz, haber alcanzado la velocidad de la luz, es un hecho histórico que deja la
historia en desorden y confunde la relación del ser viviente con el mundo. El
sistema político que no hace esto explícito desinforma y engaña a sus
ciudadanos. Tenemos que reconocer aquí un cambio principal que afecta a la
geopolítica, geoestrategia, pero también por supuesto a la democracia. puesto
que ésta última es tan dependiente de un lugar concreto, la ciudad.
El gran evento que amenaza para el siglo XXI en conexión con esta velocidad
absoluta es la invención de una perspectiva de tiempo real, que suplantará a la
perspectiva del espacio real que fue inventada por los artistas italianos del
Quattrocento. Todavía no ha sido suficientemente enfatizada con cuanta
profundidad, la ciudad, la política, la guerra y la economía del mundo medieval
fueron revolucionadas por la invención de la perspectiva.
El ciberespacio es una nueva forma de perspectiva. No coincide con la
perspectiva audiovisual que ya conocemos, Es una perspectiva completamente
nueva, libre de cualquier referencia previa: es una perspectiva táctil.
Ver a distancia, oír a distancia: esa era la esencia de la antigua perspectiva
audiovisual. Pero tocar a distancia, sentir a distancia, esto equivale un cambio
de perspectiva hacia un dominio que todavía no se abarca: el del contacto, el
contacto a distancia, el telecontacto.
Junto al levantamiento de las superautopistas estamos enfrentándonos a un nuevo
fenómeno: la pérdida de orientación. Una pérdida de la orientación fundamental
que complementa y concluye la liberación social y la realización de los mercados
financieros cuyos nefastos efectos son bien conocidos. Se está haciendo una
duplicación de realidad sensible en realidad y virtualidad. Amenaza una estereo-realidad
de géneros. Una pérdida total de los comportamientos del individuo que amenaza
con ser abundante. Existir es existir - in situ -, aquí y ahora, - hic et nunc
-. Esto es precisamente lo que se está viendo amenazado por el ciberespacio y lo
instantáneo, la información globalizada fluye, lo que hay delante es una
distorsión de la realidad; es un shock, una conmoción mental, y este resultado
debería interesarnos. ¿Por qué?: Porque nunca ningún progreso en una técnica ha
sido llevado a cabo sin acercarte a sus aspectos negativos específicos. El
aspecto negativo de estas autopistas de la información es precisamente esa
pérdida de la orientación en lo que se refiere en la alteridad (el otro); es la
perturbación en la relación con el otro y con el mundo.
Es obvio que esta pérdida de la orientación, esta no-situación, va a anunciar
una profunda crisis que afectará a la sociedad y por lo tanto a la democracia.
La dictadura de la velocidad al límite chocará cada vez más con la democracia
representativa. Cuando algunos ensayistas se dirigen a nosotros en términos de "ciberdemocracia",
de democracia virtual; cuando otros afirman que la "democracia de opinión" va a
reemplazar a la "democracia de partidos políticos", uno no puede dejar de ver
nada que no sea esa falta de orientación en asuntos de política, de los cuales
el "media-comp" de Mayo de 1994 de Silvio Berlusconi fue una prefiguración de
estilo italiano. La llegada de la era de los videntes y los sondeos de opinión
necesariamente avanzarán con este tipo de tecnología. La palabra globalización
es una farsa. No hay globalización, sólo hay virtualización. Lo que está siendo
efectivamente globalizado es el tiempo. Ahora todo sucede dentro de la
perspectiva del tiempo real: de hoy en adelante estamos pensados para vivir en
un sistema de tiempo único(1). Por primera vez la historia va a revelarse dentro
de un sistema de tiempo único: el tiempo global. Hasta ahora la historia ha
tenido lugar dentro de tiempos locales, estructuras locales, regiones y
naciones. Pero ahora, en cierto modo, la globalización y la virtualización están
inaugurando un tiempo universal que prefigura una nueva forma de tiranía. Si la
historia es tan rica, es debido a que era local, fue gracias a la existencia de
tiempos limitados espacialmente que no hicieron caso a algo que hasta ahora sólo
ha ocurrido en la astronomía, el tiempo universal. Pero en un futuro muy
cercano, nuestra historia sucederá únicamente en tiempo universal, es, en sí
mismo el resultado de la instantaneidad. De este modo vemos por un lado al
tiempo real sustituyendo al espacio real. Un fenómeno que está haciendo de ambas
distancias y superficies algo irrelevante en favor del "time-span" (tiempo de
duración), y un extremadamente corto tiempo de duración en esto. Por otro lado
tenemos el tiempo global, perteneciente al multimedia, al ciberespacio,
increíblemente dominando la estructura del tiempo local de nuestras ciudades,
nuestras vecindades. Tanto que hay un debate para sustituir el término "global"
por "glocal", una concatenación de las palabras local y global. Esto surge de la
idea de que lo local ha llegado, por definición, a ser global y lo global, a ser
local. Tal deconstrucción de la relación con el mundo no está desprovista de
consecuencias en la relación entre los propios ciudadanos, nada se obtiene sin
que se tenga también algo que perder. Lo que se ganará de la información y la
comunicación electrónica necesariamente provocará una pérdida en alguna otra
cosa. Si no somos conscientes de esa pérdida y no la tenemos en cuenta, lo que
ganemos carecerá de valor. Esta es la lección que debe aprenderse del previo
desarrollo de la tecnología de los transportes. La realización del servicio de
ferrocarril de alta velocidad ha sido posible sólo porque los ingenieros del s.
XIX habían inventado el sistema de bloqueo automático(2) que es un método para
regular el tráfico de forma que los trenes son acelerados sin riesgo de
catástrofes ferroviarias. Pero hasta ahora la ingeniería de control del tráfico
en las autopistas de la información brilla por su ausencia. Hallamos aquí otro
punto importante: que ninguna información existe sin desinformación, y ahora un
nuevo tipo de desinformación está poniéndose a la cabeza y es totalmente
distinta a la censura voluntaria. Tiene que ver con cierto tipo de obstrucción
de los sentidos, una pérdida de control sobre la razón de los géneros. Aquí yace
un nuevo y mayor riesgo para la humanidad procedente de la multimedia y los
ordenadores. Albert Einstein ya lo había profetizado en la década de los
cincuenta, cuando habló sobre la "segunda bomba". La bomba electrónica, después
de la atómica. Una bomba por la cual la integración del tiempo real será a la
información lo que la radioactividad es a la energía: La desintegración no
afectará solamente a las partículas de materia sino también a la gente que
compone nuestras sociedades.
Esto es precisamente lo que se puede ver en el trabajo con la masa de desempleo,
los trabajos unidos y el brote de empresas deslocalizadas. Uno podría suponer
que del mismo modo que el surgimiento de la bomba atómica provocó la rápida
elaboración de una política de disuasión adaptada al s. XXI, ésta podría ser una
forma de disuasión para contrarrestar el daño causado por la explosión de
información ilimitada. Éste será el mayor accidente del futuro, el que viene
detrás de la sucesión de accidentes que fue específica de la era industrial.
(Así mientras barcos, trenes, aviones o plantas nucleares fueron inventadas,
naufragios, descarrilamientos, accidentes de aviación y el desastre de Chernobyl
también fueron inventados al mismo tiempo...) Después de la globalización de las
comunicaciones se debería esperar un tipo generalizado de accidente, sería algo
como lo que Epicuro llamó el "accidente de accidentes" (y Saddam Husseim
seguramente llamaría la "madre de todos los accidentes"). El colapso de la bolsa
es una mera figura de ello sin importancia. Nadie ha visto este accidente
generalizado todavía. Pero vigila si oyes hablar sobre la "burbuja financiera en
la economía": una metáfora muy significativa es utilizada aquí y hace aparecer
visiones de algún tipo de nube recordándonos algunas otras nubes tan espantosas
como las de Chernobyl...Cuando uno se cuestiona sobre los riesgos de accidentes
en las autopistas de la información la finalidad no es la información en sí
misma sino la absoluta velocidad de los datos electrónicos. El problema aquí es
la interactividad. La ciencia de los ordenadores no es el problema, sino la
comunicación por ordenadores, o más bien el (todavía no completamente conocido)
potencial de la comunicación por ordenadores. En los USA, el Pentágono (origen
de Internet) está incluso hablando en términos de una "revolución de lo militar"
junto con una "guerra de conocimiento", que podría sustituir a la guerra de
cerco, de la cual Sarajevo es un trágico recordatorio. Cuando Eisenhower dejó la
Casa Blanca en 1961 apellidó el complejo militar - industrial "como una amenaza
contra la democracia". Sabía de lo que estaba hablando, ya que él ayudó a
construirlo en primer lugar. Pero llega 1995, momento en el que el complejo
militar informático está tomando forma con algunos líderes políticos americanos,
más notablemente con Russ Perot y Newt Gingrich, que hablan sobre la "democracia
virtual" [3] en un espíritu con reminiscencias del misticismo fundamentalista,
¿cómo no alarmarse?. ¿Cómo no ver las outlines de la cibernética convertidas en
una política social? El narcocapitalismo del wired world, el poder sugestivo de
las tecnologías virtuales no tiene paralelo. Al lado del ilícito narco-capitalismo
basado en drogas, que está actualmente desestabilizando la economía mundial, se
está construyendo rápidamente una narco-economía de comunicación por
ordenadores. La cuestión sería si los paises desarrollados no están jugando con
tecnologías virtuales para devolver la pelota a los países subdesarrollados que
están, especialmente en Latinoamérica, viviendo de la producción ilícita de
drogas químicas. Cuando uno observa cuánto esfuerzo de investigación en
tecnologías avanzadas se ha canalizado en el campo del ocio (videojuegos, gafas
de realidad virtual, etc...). ¿Debería este potencial, sometido e instantáneo,
que está siendo desencadenado por estas nuevas técnicas en las poblaciones,
permanecer oculto?. Algo está flotando entre nosotros que parece un "ciberculto".
Debemos saber que las nuevas tecnologías de conocimiento sólo promoverían la
democracia si, y solamente si, nos oponemos desde el principio a la caricatura
de la sociedad global que es tramada para nosotros desde las grandes empresas
multinacionales lanzándose a sí mismas, en una marcha peligrosa, a las
autopistas de la información.;
--------------------------------------------------------------------------------
Este artículo apareció en "Le monde diplomatique" en Agosto de 1995.
1. "Le temps unique", en francés. Esta es una referencia a la ahora casi
paradigmática editorial "La perseè unique" de Ignacio Ramonet, en Le Monde
Diplomatique, Enero de 1995.
2. El sistema de bloqueo automático consiste en separar una red de ferrocarril
en segmentos, cada uno protegido por una señal de acceso. Un tren recorriendo un
segmento automáticamente lo cierra (mientras al segmento previo sólo se puede
acceder con una reducida velocidad). Este sistema permite a una hilera de trenes
correr a alta velocidad dentro de una distancia controlada ( dos bloqueos por
ejemplo, típicamente, 3 1/2 millas entre cada uno). Este sistema no puede
prevenir totalmente colisiones frontales, y es por lo tanto utilizado mejor en
redes ferroviarias de varias vías.
En toda imagen se esconde una vida compleja, con infinidad de tormentos y dudas, con momentos de fervor y de luz.
Vasily Kandinsky
blues de buenos aires
a miguel grinberg
anochece
las luces se encienden
las calles se llenan de desconocidos
-los habitantes absurdos de la oscuridad-
camino con una fotografía de ella
en el bolsillo del pantalón
pienso en mis amigos
en mi madre perdida en la distancia.
anochece.
paso frente a los asilos de insanos
-muros
rejas
puertas cerradas-
voy camino a ninguna parte
nadie me ha dirigido la palabra en todo el día
no he escuchado una sola voz amiga
nadie me ha llamado por teléfono.
buenos aires es una garra que me va
despojando de mis mejores pedazos.
que soñaré esta noche?
dios, buda,
la luz,
una biblia dormida en un estante,
shiva - la de los grandes labios -
el grito contenido
los mendigos
las manos vacías.
buenos aires
prostíbulos para marinos fantasmas
árboles grises
semáforos descompuestos.
una anciana fuma lo que encuentra en el suelo
un poema de amor se muere en la vereda
y la soledad
la ceguera
la tristeza
y esta noche de enero
sin pájaros
sin palabras
sin esperanzas
sólo de asfalto
y confusión.
(buenos aires, 1977)
Carlos Barbarito , Fuego en el Fuego (Poemas 1977), ediciones El Ojo de la Ballena
Conocí a Carlos Barbarito en San Miguel, en ocasión de los recitales de poesía organizados por Antimitomanía. Aunque tengo la sensación de haberlo conocido en Mercedes, en aquellos años en que la poesía formaba parte de nuestras vidas ocupando un gran espacio. A esa ciudad llegaban los bohemios de visita, a horarios imprevistos y sin aviso, y de esas llegadas mágicas que me refiriera Ale en innumerables ocasiones, tengo un cúmulo de instantáneas que componen aquella pequeña historia en una sucesión de imágenes, algunas inventadas, otras ciertas, si es que hubiera diferencia, pero ciertamente algo mezcladas. A través de los amigos de Antimitomanía (Luis Aguirre, Marcelo Marcolín, mi padrino Daniel Serra y otros) y de otras publicaciones, nos vinculamos a distintos poetas que deambulaban en trenes , colectivos y viejos autos entre el Gran Buenos Aires, Mercedes, Pergamino, Rosario, y una amplia geografía cuyo enlace estaba dado por el Correo Argentino. Nos reuníamos e intercambiábamos publicaciones under, papeles mimeografiados, poemas y libros. También hablábamos de música, de viajes, de cuestiones que nos preocupaban y dolían . Pero no éramos "mufados", como algunos jóvenes de la década anterior, tal vez un tanto existencialistas. Incluso hacíamos un esfuerzo por no parecer ser intelectuales, mas bien tratábamos de integrarnos a todo tipo de capas sociales (de hecho, entre nosotros había obreros, docentes, músicos, estudiantes de todos lo niveles, empleados, pequeños comerciantes independientes, y también personas sin ocupación, por elección o destino) Nosotros tratábamos de descubrir las pequeñas esperanzas salvadoras, cierto desparpajo del surrealismo ( influjo proveniente en gran medida de las letras del rock vernáculo) y la esperanza de la mística nos apuntalaba - no se si fue Sol o Joselo el que me puso el apodo de "el hindú", por aquellos años- . Ëramos unos buscadores de tesoros escondidos, los que solíamos encontrar en un viaje a las sierras, o en unas notas de guitarra tocadas junto al fuego en la playa. También éramos autóctonos: hay foto de Barbarito en pose de duelo gaucho, con Guillermo Díaz enfrentándolo guitarra en mano, Daniel Serra contemplando.¿Que idea teníamos de la poesía? Tal vez , la consigna aparecida a manera de prefacio en el libro de Carlos, puede dar una idea de nuestros sentimientos dominantes:
CONSIGNA (manifiesto poético)
El hecho poético (cualquiera sea su esencia), como el mundo, es indefinible, por lo tanto la poesía en sí misma no tiene porqué ser perfecta, ni pura , ni casta, ni preciosa esencialmente, sino ha de ser en su magnitud como el hombre mismo; una carcajada súbita, una mano agitándose, palomas como manos, manos palomas, pero también la poesía ha de ser transparente y hermética, sutil, azul, alada, cortante, hiriente, maldita y maldecida.
Cuales han de ser los deberes del poeta?...Primeramente, no dejarse subyugar por el sofisma; todo el orbe encasillado, y consiguientemente, intuir lo dudoso de toda realidad (al decir de Kipling), no creer nunca, respecto de algo, de manera ciega y obstinada, nunca considerar una verdad (cualquier verdad ) como un dogma, como un axioma inflexible, desechar la realidad aparente, no dejar de creer, de reír, de vivir, despreciar el horror, admirar el valor, cultivar el candor.
Para ello la consigna es: no engañar, no mentir, no mentirse, no callar, no claudicar, no derramar la sangre y el vino, hallarse colmado, tener limpias las manos, saber que podemos darlo todo, sentirse santos, terribles, fuertes y alegres, estudiar las tormentas, archivar los relámpagos, acabar con: la falsedad, la hipocresía y la estupidez.
Juan Carlos Oubiña (1977)
"nada hay encubierto que no haya de ser descubierto; ni oculto que no haya de ser sabido"
S.Lucas (12:2)
En Otros Tiempos
En otros tiempos, nadie suponía extravagancias acerca de los selenitas. Todo el mundo admitía que eran grandes adictos al chocolate, que gustaban de la natación y que adoraban las minifaldas. Es más, era ampliamente aceptado- inclusive en hogares de baja condición- que en la Luna la gente se reunía en las fechas patrias para arrojarse avioncitos de papel con inscripciones tales como: "Las tazas están rotas", o si no, "Ya es hora de dar de comer a las flores", y también, "El secretario duerme". Durante estos acontecimientos, se platicaba enfáticamente sobre cualquier aspecto político, moral o científico (según dictaminara el clima imperante) con el primer paseante que se cruzara. Y, de acuerdo con las circunstancias, la gente lloraba o reía, hasta volver a casa.
Hoy es muy difícil encontrar a alguien que no esté convencido, o que al menos no tenga serias sospechas, de que en la Luna las personas están locas y son peligrosas.
José Luis Luca 1981
Haber conocido aquella casa de Thorne, a la Colorada, haber sido gratificado con la edición de regalo de ciertos libritos mágicos, contar con toda la colección de Parsec, Clepsidra, Filofalsía y varios libros del TEI, siempre generosamente obsequiados, haber compartido desayunos, almuerzos y cenas, charlas, visiones, fotografías, música, recitales y haber intercambiado mucho correo postal, etc. no fue nunca suficiente para que mi pobre cerebro (atormentado por aquellos años por las derivadas, los campos magnéticos, las mitocondrias y otros extraños corpúsculos de la biología y la física cuántica) pudiera hacerse una idea cabal de qué estaba ocurriendo en el barrio de Flores y aledaños porteños.
Por aquello y mucho más, este testimonio me vino de perillas, ya que su autor se encarga de aclarar la verdadera historia de Clepsidra y la Colorada. Estos hechos, al igual que mi desprolija percepción sobre como y cuando conocí a Carlos Barbarito, estaban "ordenados" en mi mente con engañosos rompecabezas, personajes cambiados, situaciones y lugares no del todo delimitados.
Por aquello - los libros regalados- y por esto - la narración de aquella historia que compartí a medias entre viaje y viaje y entre correo y correo, gracias. JL
Revista literaria
sobre bicicleta roja
--Ficción casi precisa y
de oportunidad--
Corría el año 1984; el nuevo proyecto del alemán y mío --una revista de ciencia-ficción y fantasía llamada "Parsec"--, por lo visto, se desbarrancaba. Las ventas en descenso más la inflación galopante eran un indicio claro de que, si nos empecinábamos en continuar, terminaríamos en la calle. Una vez más, las Tortugas Negras se salían con la suya.
Interludio:
No me detendré, por ahora, para contar acerca de las TN --como solíamos llamarlas para alejar la yeta--; bastará con que se den una idea de sus características a partir de su mero nombre.
¿Dónde estaba?... Ah; sí:
El futuro no se nos presentaba para nada prometedor. Parsec había sido un intento de mejorar los magros ingresos de nuestra imprenta (fundada a principios de 1983), mediante la edición de un producto de calidad dedicado a la ciencia-ficción (como suele llamársela), pero que, resultados sobre la mesa, no contaba con un público importante, dispuesto a gastar regularmente todos los meses. Si en su lugar hubiésemos editado una colección de libros, dentro del mismo género, no creo que nos hubiera ido mejor; pero, claro, eso nunca lo sabremos.
Simultáneamente, comenzamos a editar otra revista: "Clepsidra"; sólo que en este caso sin ninguna expectativa de que nos diera ganancias; muy por el contrario, sabíamos que la cosa iría a pérdida segura: era literaria, con sugerentes intrusiones dentro del campo de la filosofía, o --para no ser tan pretenciosos-- dentro de los terrenos de la reflexión. Incluía relatos, poesía y algunos artículos de autores que nos gustaban --los que se incluían con y sin permiso de los mismos; en un solo caso, uno de ellos nos envió un texto especialmente: Fernando Savater, quien por esa época era conocido en Buenos Aires por muy poco público lector.
Así estaba nuestra situación: un desastre en puerta y ninguna idea para evitarlo.
Tanto Parsec como Clep --así la llamábamos dentro de casa-- habían logrado algunos suscriptores, por lo tanto, se nos ocurrió que pudiera resultar un buen paso el fusionarlas, lo cual congregaría a los lectores de una u otra revista en un solo grupo un poco más grande --apenas más grande, para ser exacto.
Finalmente, convirtiéndose en una sección importante dentro de Clep, Parsec hizo que la cantidad de páginas se duplicara, y eliminó de en medio la distribución en kioscos --la cual nos sacaba más de un 33% de lo recaudado, en valores absolutos (lo digo así, porque la inflación nos comía otro tanto o más).
Esta fusión produjo una pelea entre los miembros del consejo editorial de Parsec, la cual desembocó en la ruptura de relaciones con algunos de ellos, quienes a su vez se encargaron de ponernos como responsables únicos del fracaso editorial frente a quien quisiera escucharlos. No había caso, por mucho que lo negáramos, Alex y yo veníamos meados de lleno por algún perro famoso.
Así, llegamos a fin de año, cansados como nunca y con la barrera del verano, el cual --así había sido siempre-- cumpliría en disminuir la cantidad de trabajo extra que solíamos conseguir. Nuestras máquinas se habían marchado hacía rato para poder pagar las distintas deudas contraídas, por lo que desde mayo trabajábamos en combinación con una imprenta del Centro, la cual para colmo no estaba entregando lo encargado con la calidad debida. Como se ve, estábamos inmersos en una racha de mala suerte sin precedentes.
Interludio:
Quizás convenga que dé algunos datos acerca de Alex, el alemán. Seguimos siendo amigos, aunque hoy por hoy nos veamos en contadas ocasiones: se dedica a la edición de videos. Siempre fue un tipo de interesarse por esas actividades que exigen mucho estudio y equipamiento.
Nos conocimos en 1980, en la Escuela de Filosofía de Buenos Aires, la cual estaba dirigida por Luis Jalfen --él fue quien facilitó a Leonardo, otro de los colaboradores y miembro también de la Escuela, la dirección para escribirle a Savater--. Alex y yo tuvimos muy buena onda de entrada, fue uno de esos encuentros donde lo que se dice parece haber sido dicho ya al amparo de algún conjuro.
En el '82, cuando ya me encontraba realizando diseño de libros desde mi propia empresita y con buen resultado, me propuso sumarse, aportando las máquinas de impresión. A comienzos del '83, estuvo hecho: éramos socios a partes iguales.
Codo con codo, aprendimos a manejar las máquinas: impresoras, guillotina y algunos aparatos más pequeños destinados a las tareas de pre-prensa. Por mi parte, como hasta el año anterior, continué como único encargado del área de diseño.
El trabajo anduvo bien hasta agosto o septiembre; luego, comenzó a decaer y, como ya dije antes, sabíamos que, en el verano, se pondría peor.
Durante los meses altos, habíamos pedido ayuda a amigos que quisieran hacer algunas changas extra; pero ante el bajón, comenzaron a aparecer más esporádicamente, hasta que, cerca de fin de año, Alex y yo pasábamos la mayor parte del tiempo, uno en cada salón de nuestra empresa cuando había algo que hacer, o charlando los dos solos junto a la cafetera cuando no.
Aquellos fueron los primeros años del TEI (Taller de Ediciones Independientes), e imprimimos la mayoría de los libros editados por entonces, sobre todo de poesía, que circulaban fuera de los carriles comerciales. Cada tanto, me fumo un pucho de cara a la biblioteca que los guarda mientras observo sus lomos.
Durante los meses de enero y febrero del '84, fue que apareció la idea de sacar una revista de ciencia-ficción. Clep, en cambio, ya venía marchando desde octubre del '83: tenía algunos diseños ya listos y bastante material seleccionado; su número inaugural, con una tirada de 500 ejemplares, salió en diciembre (aunque con fecha de enero del '84, por cábala). Parsec tuvo que esperar algunos meses más; lo mismo que Buba (mi hijo mayor), quien ya venía en camino.
Clepsidra no había sido mi primera experiencia como fundador de una publicación periódica. Mis años en el "under" me habían enseñado unas cuantas cosas, las cuales fueron quedando plasmadas en: "Azul", 1975 (un solo número, vendido en su totalidad en las colas que esperaban para entrar a la segunda función del legendario recital "Adiós, Sui Generis", un rato antes de que la montada nos corriera a palos y me ligara unas patadas en los tobillos propinadas por un cana en ropas de fajina, bigote y cabello al tono); "Ecos del Viento", 1979 (boletín de poesía y citas breves); "El cielo en el nido", 1980 (plegables donde comenzaron a aparecer fragmentos de Savater, Trías, Roszak, Castaneda y Cioran); "Filofalsía" (la primera; revista de la Escuela); "Arkam", 1981 (revista-libro con muchas ilustraciones, la cual mechaba poesía con algo de fantasía y ciencia-ficción, más nuestros infaltables autores ya nombrados); y "Filofalsía", 1983 (las segundas; dos antologías que sirvieron como experiencia previa desde el mismo TEI ya fundado).
De Arkam, salieron solamente dos números y fue la primera publicación con la que hice la experiencia de salir a vender de puerta en puerta. Y me fue muy bien; pero algo enojado porque los otros dos editores no quisieran ayudar, terminé tirando a la basura la mayor parte de la edición. A pesar de todo, en sus comienzos, fueron memorables los días que pasamos recorriendo los quioscos de las estaciones de subte, ofreciéndola: nos internábamos temprano por la mañana y emergíamos cuando ya era de noche --una experiencia fantástica: pasar el día bajo la superficie, los días sin sol.
Llegados a este punto, puede que deba ponerlos un poco en situación "geográfica": ¿dónde era que estaba el TEI?
Sobre la Avenida "Juanbe" Justo, casi llegando a la esquina con Warnes, había un banco y una casa de venta de amortiguadores; en la planta alta de esos dos locales, en lo que antiguamente fuera un laboratorio, instalamos el TEI. Era un espacio muy grande, el cual compartíamos con Último Reino (a mi juicio, una de las editoriales de poesía más importantes de los años '80 y '90), ellos ocupaban la parte que daba a la calle, y nosotros, el contrafrente.
Además de la editorial propiamente dicha, UR contaba con dos o tres máquinas para la composición en frío de los textos --unas IBM que ocupaban un escritorio entero cada una: negras y bastante "sonoras", cosa que no llamaba mucho la atención dado que el ruido proveniente de la avenida era mucho mayor.
Ni bien ocupado aquel piso, UR y el TEI se complementaron como engranajes recién salidos de la fábrica y bien lubricados: ellos realizaban el copiado de todo trabajo que entrara, y nosotros, la impresión y encuadernación. Por supuesto que nuestra mutua supervivencia no dependía solamente de la confección de libros de poemas, aceptábamos cualquier trabajo de producción gráfica que nos dejara las monedas necesarias para sostener nuestra permanencia digna sobre esta tierra. Así es como solíamos realizar desde catálogos para droguerías hasta papelería de toda clase.
La circulación por aquella planta alta era, por lo tanto, muy nutrida; no sólo por los clientes, sino porque acostumbrábamos "visitarnos" a cada rato. Y no únicamente por cuestiones de laburo, también porque las charlas sobre literatura, política y hasta deportes nos brindaban los descansos necesarios a esas jornadas que comenzaban por la mañana temprano y terminaban recién cuando se ponía oscuro --recuerdo, incluso, haberme quedado por la noche en varias ocasiones; y no haber sido el único.
De aquellos días, mi memoria guarda muy especialmente las veces cuando Víctor (director de UR) y yo nos quedábamos charlando "después de hora", en compañía de unos buenos vasos de vino fino. Era un placer escucharlo --porque sus conocimientos sobre literatura y los escritores era atrapante--; no creo haber dicho más de diez palabras en cada una de aquellas ocasiones y no exagero si digo que fue uno de mis mejores guías --aunque él probablemente no lo sepa.
Y --ya lo imaginarán-- la cantidad de escritores que pasaron por aquella planta alta sería imposible de enumerar; puesto que no solamente iban quienes tenían intenciones de editar algún libro, sino que también lo hacían quienes colaboraban con nuestras revistas u otros que simplemente pasaban para conocer el lugar.
Cuando el TEI se mudó, UR continuó sobre la Juanbe hasta 1992 (si es que no recuerdo mal).
Quizás deba decir (de paso) que 1983 fue el año cuando abandoné la idea de continuar dentro del ámbito de la música con intenciones profesionales. Esto puede que merezca alguna vez un capítulo especial, pero no será en este momento.
Durante nuestro primer año allí, yo vivía en esa parte de Buenos Aires que nunca supe a ciencia cierta si era Palermo o Barrio Norte (aunque me inclino más por este último), en un edificio que aún se encuentra sobre Agüero, casi esquina con Beruti.
Todas las mañanas, tomaba el 109, el cual me dejaba en la puerta de nuestro alcázar. Así fue desde marzo del '83 hasta mediados de septiembre, cuando uno de esos imprevistos, que de entrada parecen sumamente inocentes, se cruzó en mi camino.
Como buenos ratones, hábiles para hacer que cada peso rindiera por dos y hasta por tres, no nos contentábamos con poner avisos en el diario, sino que aprovechábamos cuanta publicación estuviera a tiro de piedra siempre y cuando no significara gastar más de la cuenta (una cuenta que, tal como sospecharán, era bien reducida).
Así fue como, entre las distintas publicaciones que aceptaban nuestros avisos, estaba la llamada "Segundamano"; en cuya sección de avisos libres (gratuitos) aparecía el TEI cada semana.
Y ocurrió que cierta vez, charlando acerca de los gastos personales, Guille, uno de nuestros colaboradores --quien siempre iba y venía hasta y desde los lugares más insólitos en bicicleta--, me preguntó por qué no me compraba una. Y acto seguido y sin esperar respuesta, abrió el ejemplar de Segundamano de esa semana, el cual estaba apoyado sobre la platina, para señalarme la página donde se ofrecían bicicletas usadas.
Hechas las llamadas de rigor, Alex me llevó en su auto, al día siguiente, al lugar cuya dirección figuraba en el aviso.
Una vez más, cabe que retroceda en el tiempo para explicar ciertos acontecimientos que se relacionarán con aquéllos de 1983.
No había aún comenzado la primaria cuando mis viejos me compraron una pequeña bicicleta de color rojo; era diminuta y de piñón fijo. Luego de abandonadas las rueditas de apoyo, el barrio me vio pasar, entre mal y bien, desde la esquina de Pedraza a la de Núñez, mañana y tarde. Aquella bici, acorde al inevitable paso de los meses, me fue quedando chica y terminó en manos de un vecino dos o tres años menor que yo.
Los demás pibes del barrio tenían sus bicicletas desde hacía rato cuando, la mañana de Reyes de 1964, me encontré con una "26", previo a un desayuno que, creo, nunca tomé. Era roja, igual que la anterior, y un poco más grande que las de mis amigos, cosa que me dificultó largarme --todo se veía muy abajo, incluso la posibilidad de una caída--. No obstante, durante aquel verano en Necochea, mis músculos recordaron lo que debían y fuimos inseparables.
No era la más linda del barrio, recuerdo que uno de los de "a la vuelta" tenía una celeste metalizada, la cual incluso lucía un faro alimentado por una dínamo cuyo rotor se apoyaba sobre la rueda delantera. Pero como ninguna era roja, mis amigos comenzaron a llamarla "Colorada". Y así fue como aquel bautizo se le quedó hasta que, una tarde de 1969, dado que ya no la usaba, mi vieja se la vendiera al afilador porque "hace falta la plata para los libros del colegio." Las madres de aquella época tenían esas cosas, sobre todo en los barrios periféricos.
Bien... Ahora, creo que puedo volver al '83.
La dirección del aviso nos llevó a un departamento de Palermo Viejo, y para nuestra sorpresa, había allí cuatro bicicletas exactamente iguales, las cuales no daban para nada la sensación de ser usadas.
Confirmado el precio y luego de intercambiar un par de miradas con el alemán, elegí la que me pareció mejor y nos fuimos. Por aquellos días, muy al contrario de ahora, solicitar una factura no era lo acostumbrado, menos aún si se tenía la sospecha de que no convenía saber el origen del objeto adquirido; incluso, de hacerlo, lo más que se obtenía era un papel sin el más mínimo valor.
Alex se preguntó si cabría en el auto, pero yo, dispuesto a comprobar si no había olvidado cómo se hacía, le dije que regresara al TEI, que yo iría pedaleando. No me fue tan mal; con bastante temor al principio, fui ganando confianza y llegué apenas diez minutos después que él.
Desde entonces, nunca más tomé el 109 y el ejercicio de cada mañana, sumado al de las nochecitas, me fue desarrollando unos envidiables músculos en cada pierna.
Aquella bicicleta era de color violeta claro, tirando al azul, y al poco tiempo, todos nuestros compañeros de la planta alta de la Juanbe se preguntaron por qué la habría bautizado: "Colorada".
Como les contaba, estábamos en octubre de 1984 y ya nos habíamos dado cuenta de que Parsec no podía sostenerse con lo producido por sus ventas, así que preparamos un último número, a salir en noviembre, donde anunciábamos su integración a Clepsidra, resultado de lo cual los interesados sólo podrían recibirla mediante suscripción.
Allí terminó aquella empresa, dado que las esperadas suscripciones fueron por demás escasas. De todos modos, como pensábamos continuar con Clep de la manera como siempre se han sostenido la mayoría de las revistas literarias --es decir, con dinero de los bolsillos de sus editores--, el poco metálico resultante fue a parar a su fondo de reserva.
Así fue que llegó el verano y las medidas de emergencia se fueron apilando, hasta que finalmente, tomamos la triste decisión de irnos de la Juanbe en cuanto terminara el contrato de alquiler. Esto también significó que la sociedad con Alex llegara a su fin, aunque siguiéramos vinculados en todo lo que tuviera que ver con Clepsidra.
Durante enero y febrero, fui viendo qué posibilidades brindaba el alarmante panorama local para continuar con las ediciones de libros tal como lo hiciera antes de 1983. Lo primero fue buscar un lugar que sirviera de vivienda y lugar de trabajo --Buba tenía ya seis meses, lo cual no dejaba mucho margen para dudas ni demoras. Justo por entonces, gracias a una invitación de nuestros amigos de Necochea, nos fuimos hacia allá a disfrutar algunos días durante marzo sin amenazar nuestros ahorros.
Previo a ello, salió el esperado cuarto número de Clep, con la sección Parsec incluida, la cual ocupaba 42 de las 120 páginas totales (si no recuerdo mal, el formato era 21 por 22, en centímetros).
Por aquel entonces, todos los viernes a la tardecita, se reunía el Círculo Argentino de Ciencia-Ficción y Fantasía en el bar de la esquina de Rivadavia y San José; así que allá fuimos, el alemán y yo, para presentar a nuestra recién nacida --aunque puede que deba decir "resucitada".
No nos fue nada mal, repartimos las correspondientes a los suscriptores, contestamos todas las preguntas que nos llovieron a diestra y siniestra --tanto las bien intencionadas como las otras--, y vendimos una cantidad sorprendente de ejemplares.
Terminado aquél viernes, me despedí del alemán hasta mi regreso de Necochea, cuando nos encontraríamos para finalizar nuestra sociedad, cobro mediante de algunos billetes que nos adeudaban los morosos que nunca faltan.
A mi vuelta y antes de que terminara marzo, la buena suerte --ésa que suele aparecer cuando todo está perdido-- me llevó hasta una casa en alquiler, la cual reunía los requisitos que necesitaba. Hubo que pelearla dado que había otros interesados, pero la victoria nos sonrió esta vez. Así fue que, desde abril, hogar y TEI se instalaron sobre Thorne, a poco metros de Bilbao --el barrio del Caballito se convertía en una promesa cargada de expectativas.
Aquella fue una mudanza monstruosa, la primera que demandó más de un día y varios quebraderos de cintura. Por suerte, cada escritorio, mesa y estantería fue encontrando su lugar, lo mismo que los muebles familiares. La cuestión de salvaguardar la vida hogareña quedó resuelta gracias a la disposición de la casa: al frente, tenía una recepción bastante amplia y un garage, el cual, dado que no teníamos auto, fue el lugar indicado para las mesas de diseño y toda la parafernalia de cajas, cajitas y cajotas repletas de lo esencial o simplemente de valor por motivos caprichosos.
Gracias a la generosidad de Víctor y compañía, las pilas y pilas de ejemplares no vendidos de Parsec, quedaron en la Juanbe hasta que les encontramos un destino digno.
Una vez instalado en Villa Thorne, permanecía la cuestión de cómo continuar con el trabajo de diseño y ediciones, vale decir: la búsqueda de nuevos clientes y el aviso a los viejos de la nueva dirección.
Al contrario de lo pensado, el trabajo fue creciendo, lo cual me dio la tranquilidad que necesitaba para tomarme un respiro y planear nuevos movimientos.
Como ya no tenía que trasladarme hasta el trabajo, la Colorada quedó en la parte delantera del garage donde me la cruzaba cada vez que pasaba desde mi escritorio hacia aquél.
El número 4 de Clep había salido con fecha de marzo de 1985, con lo cual ya me encontraba preparando el siguiente para junio. Aun con las ventas de aquel viernes, quedaban todavía muchos ejemplares empaquetados. Fue entonces que, una tarde, al ver a la Colorada e inmediatamente una pila de revistas sobre el tablero del garage, recordé la lista de socios que el CACyF nos había dado hacía casi un año; supuse que debía de estar desactualizada, pero para lo que se me estaba ocurriendo ese dato no fue de gran importancia.
Busqué la lista, señalé aquellas direcciones que fueran las más cercanas y me preparé un itinerario para el día siguiente: segundo viernes de mayo. Mi idea era llevar algunos ejemplares de Clep/4 y ofrecerlos a los socios que encontrara en sus domicilios --no podían ser muchos debido al peso: la Colorada era una bici de carrera con ruedas de cubiertas extremadamente delgadas, lo cual las volvía muy propensas a pincharse incluso con las piedritas más inofensivas--. Que los posibles lectores estuvieran en su domicilio era muy importante, por lo que tendría que salir luego de las cinco de la tarde.
Como se podrán imaginar, mis expectativas eran débiles y llevaba preparados en mi cabeza tres o cuatro discursos de presentación, además de una defensa importante contra las seguras frustraciones.
A la hora señalada y previo el encendido de varias velas a Gary Cooper, cargué diez ejemplares en mi mochila y me lancé sobre la Colorada para averiguar de una vez por todas si se trataba de otra de esas ideas intempestivas que, de haber mediado cosas más importantes, habría quedado demorada indefinidamente.
Al llegar a la primera dirección, se desarrolló un diálogo más o menos así:
--Hola; soy Daniel, de Clepsidra y Parsec, ¿está X?
--Sí; soy yo... ¿Quién me dijiste que eras?
--Daniel; traigo el nuevo ejemplar de Parsec...
--¿Daniel? ¡No me digas! Vení; pasá.
--No; mirá, no puedo, es por la bici, no tengo cómo dejarla afuera.
Como siempre la usaba para viajes redondos o para ir de casa a la Juanbe y de regreso, nunca había tenido necesidad de comprar una cadena y su correspondiente candado.
--Ah... Bueno.
--Estoy visitando a los socios del CACyF para ofrecer el nuevo número de Parsec; sale junto con Clepsidra... ¿Le interesa?
Siempre me resultó difícil tutear a personas bastante mayores que yo.
--¿Y cuánto sale?
--El precio está actualizado, por la inflación, pero en relación es igual que antes en los quioscos.
Y aquí le dije un precio como si hoy dijéramos veinte mangos.
--Bueno; esperá que ya te traigo la plata.
Supongo que no haría falta que les explique, con pelos y señales, mi sorpresa. Hecha la venta y luego de conversar un rato en aquella puerta sin bajarme de la Colorada, salí rumbo a mi siguiente destino.
Aquello pudo haber sido una casualidad, o un golpe de suerte de los que suelen adjudicarse a los principiantes; lo cierto es que, terminada la recorrida, había vendido seis ejemplares y dejado otros dos, puesto que las personas buscadas no se encontraba en sus casas, con la idea de regresar a la mañana siguiente.
De regreso, estaba más que sorprendido, me encontraba anonadado, no lo podía creer, había sido demasiado fácil. ¿Cómo podía ser que las mismas personas que no se suscribieran, habiendo leído en aquel último número de Parsec que sería la única manera de conseguirla, la compraran sin chistar?
De los ejemplares dejados, vendí uno; con lo que el balance de aquella recorrida terminó en un triunfo por 7 a 3. Nada mal, teniendo en cuenta que había dado por segura una derrota por goleada.
Durante sábado y domingo, preparé los circuitos para la semana siguiente, ya más distantes, y se podría decir que la ansiedad fue tanta que decidí no esperar hasta las cinco de la tarde, los comenzaría por la mañana; total, a quienes no encontrara les podría dejar el ejemplar y volver al día siguiente.
El porcentaje de ventas no se mantuvo igual de alto, pero al terminar de visitar todas las direcciones de Buenos Aires, el rendimiento fue de un 50%. ¡Increíble! Era como haber encontrado El Dorado. Aquel fue el comienzo de una rutina que continuó durante varios años, algunas de cuyas peripecias contaré más adelante.
La historia de la Colorada no terminó allí; ya pasada la mitad del año, por agosto o algo así, la cantidad de suscriptores estaba acercándose a los 300. Desde ya que no se trataba solamente de quienes vivían en Buenos Aires; supongo que la suerte arrastra más suerte, puesto que, desde que iniciara mis recorridos, comenzaron a llegar suscripciones de residentes en el Interior --había logrado anotarme como librero en varias de la editoriales más importantes, y ofrecía, exclusivamente a los suscriptores, descuentos importantes en todo tipo de libros; esto último fue una movida clave para atraerlos: en las provincias, resultaba difícil conseguir ciertos títulos.
Un día bastante frío, iba en camino de regreso a casa por Moreno; más temprano había llovido y el asfalto estaba mojado. Al llegar a Colombres y dar la obligada curva puesto que Moreno se acaba allí, la rueda delantera de la Colorada pisó un cartón, derrapó y se fue de costado; tuve suerte porque pude saltar a tiempo, pero la pobre fue a parar debajo de las ruedas de un 128. Varias personas me ayudaron a levantarme, pero su amabilidad no fue suficiente consuelo: la Colorada estaba hecha un estropicio. Poco me importó la ropa embarrada y sucia de aceite; me sentía como si hubiese perdido a mi mejor amigo.
Por aquellos días, me había vuelto visita frecuente en la bicicletería de Monte y Achával --por los incontables pinchazos que recibía en las ruedas--; así que hacia allí me encaminé. Don Cosmo me dijo que no me preocupara, que él podría armarme otra bici (el bicicletero se llamaba en realidad Cosme, pero "old ways die hard").
--Vos mismo podés elegir las partes --insistió, señalándome sus estanterías y armazones colgantes.
--¿Pero seguro de que no hay modo de arreglar a la Colo?
--No; mirála, no vale la pena.
Pero viendo mi cara, agregó:
--Lo importante es salvar su alma.
Estuve a punto de preguntar a qué se refería, pero me interrumpió:
--Elegí las partes; yo te voy a hacer buen precio. Cuando vuelvas mañana, te vas a llevar una sorpresa.
Así fue que nos pusimos a recorrer el negocio: armazón rojo --metalizado apenas--, frenos importados, ruedas de cubiertas gruesas (bien gruesas), guardabarros negros, manubrio cromado... La recaudación debida a las suscripciones de los últimos dos meses me permitiría darme ese lujo; después de todo, la Colorada era parte del equipo indispensable.
Antes de que me fuera, me dijo:
--Esta tarde la armo y por la noche hago... Bueh; lo que falte. Eso sí: los restos de la vieja quedan acá.
El gesto duro en su cara hizo que no retrocediera en busca de respuestas.
Pasé el resto del día muy intranquilo; de nada me sirvió tratar de concentrarme en el trabajo pendiente, no me podía sacar a la Colorada de la cabeza: recordaba el accidente una y otra vez, como si un verdugo me pasara una película de aquel mediodía, tomada desde arriba de mi cabeza.
Luego de la cena y ya que el frío había amainado, fui a fumarme un pucho a la terraza: me gustaba mirar la lámpara de la calle por entre las ramas peladas del árbol. En eso estaba cuando, sin motivo, se me dio por mirar hacia atrás; el cielo, todavía nublado, comenzó a iluminarse o, al menos, eso fue lo primero que pensé. Mirando mejor, me di cuenta de que no se trataba del cielo, era un resplandor creciente que se alzaba a unas dos cuadras de distancia, desde --y ya lo habrán adivinado-- la esquina de Monte y Achával. No duró casi nada; creció, y se hundió más rápidamente aún. No hubo sonido alguno, pero el cuerpo se me hundió hacia el pecho como ante una explosión. Volví la vista a la calle: necesitaba confirmar si alguien más se había percatado de lo ocurrido... Pero no; nadie. Ni un auto, nada; ni un alma... Y esta última palabra se me quedó colgada de los pensamientos casi casi igual que la bombita cuya luz me llegaba por entre las ramas.
Como estaba previsto, al día siguiente, rumbeé hacia lo de Cosmo... Y allí estaba, reluciente.
--¿Y? ¿Qué talco? --me saludó mi amigo--. Pocas coloradas como ésta, ¿eh?
No encontré espacio para la sorpresa: mis ojos estaban clavados en esas ruedas que me llamaban por mi nombre.
--Ah --prosiguió--; le hice unos agregados fuera de programa --me guiñó el ojo que siempre se le piantaba hacia afuera--: cortesía de la casa.
Efectivamente, en medio del manubrio, había una caja con varias hileras de botones.
--Son los comandos automáticos --sonrió hacia un costado, como si alguien más rondara entre las estanterías--; pero por ahora no te hagás drama, andá como siempre que, si llegaras a necesitar alguna explicación, te la doy más adelante.
Íntimamente supe, como en tantas otras oportunidades, que mi encuentro con Cosmo continuaría los carriles que la maravilla había decidido ponerme en el camino. Además, sin mayores dudas, supe que ésa era la Colorada, mi Colorada. ¿Cómo era posible?: aquella mañana, no estuvo a mi alcance acertar con la respuesta, pero los meses siguientes me darían la confirmación de mis presunciones.
El reparto de Clep continuó como hasta entonces, y mejor. Fue evidente que aquellos pedales sabían más que yo de las cuestiones relativas a la supervivencia de una revista literaria.
Igual que surgen las leyendas, aquellas rutinas de andar por los barrios porteños, e incluso hasta zonas tan alejadas como San Isidro o San Justo, comenzaron a incluirse en los rumores tan comunes a los ambientes de la letra: "Ayer te vimos; ibas por Maipú hacia el norte..." "El otro día, mi primo me contó que le llevaste la nueva Clep; ¿cuándo venís por casa?..." "El viernes te vi salir de la Juanbe; yo justo estaba llegando..." "Me contó Leo que, el miércoles a la tarde, cruzó justo delante tuyo, estabas en el semáforo de Estado de Israel y Humahuaca..."
Siempre supe, o me pareció apropiado creer, que cuando, en 1988, el Fondo Nacional de las Artes nos dio el premio, fue por los contenidos de los distintos números... Pero, en ese rincón de las entrañas donde pican las saetas del destino, nunca pude obviar que Clep había llegado hasta allí gracias al incondicional aporte de la Colorada.
Años más tarde, los concurrentes a las lecturas de poesía realizadas en Stevenson, la habrán visto exhibida orgullosamente sobre la pared de las luces. Hoy, quien se dé una vuelta por Matorras, la verá en la salita, junto a la cocina, debajo de la escalera que lleva hacia el estudio de grabaciones caseras. La caja de controles no se ve: los sucesivos avances de tecnología fueron reduciendo su tamaño hasta lograr que cupiera dentro del manubrio --tenemos una muy parecida en el auto.
Así es que, cada vez que alguien me pregunta
qué hace falta para lograr que una revista literaria sobreviva, no dudo en
responder: "Una bici; y si es roja, mejor."
Daniel Rubén Mourelle
Junio de 2001
Notas para Amalia (2)
La
ignorancia afirma o niega rotundamente; la ciencia duda.
Voltaire
La sabiduría de las palabras no pronunciadas aumenta. Karl Krolow
La ligereza, la inconsistencia, el medio saber superficial y parasitaro son los peores enemigos del intelecto argentino. Paul Groussac
Aquellos que se ven atrapados por la maquinaria del poder no disfrutan más que la actividad y el cambio, ¡ el zumbido de la máquina! Siempre que se presenta una ocasión de actuar, se ven compelidos a hacerlo; no pueden remediarlo. Se ven movidos inexorablemente, como la máquina de la que forman parte. ¡Prisioneros en el mundo de los objetos, no tienen más elección que someterse a las exigencias de la materia! Se ven presionados y aplastados por fuerzas externas, la moda, el mercado, los sucesos, la opinión pública. ¡Jamás, en el transcurso de su vida, consiguen recuperar el sano juicio! ¡La vida activa! ¡Qué lástima!
Chuang Tzu (Versión de Thomas Merton)
Saber que sabemos lo que sabemos, y que no sabemos lo que no sabemos, ése es el verdadero saber. Confucio
La ansiedad y la tensión incesantes de algunos es una forma de enfermedad casi incurable. Somos dados a exagerar la importancia de lo que hacemos; y, sin embargo, ¡cuánto dejamos de hacer! Thoreau
Si tanta confianza se pone hoy en el poder de la educación para capacitar a la gente común para hacer frente a los problemas planteados por el progreso científico y tecnológico, debe hacerse algo más en la educación que lo hecho. La ciencia y la ingeniería producen "el saber como", pero "el saber como" no es nada en sí mismo, es un medio sin fin, una mera potencialidad, una frase inconclusa. "El saber como" no es una cultura como un piano no es música. ¿Puede la educación ayudarnos a completar la frase, transformar la potencialidad en una realidad que beneficie al hombre?
Para hacer eso la tarea de la educación sería, primero y antes que nada, la transmisión de criterios de valor, de qué hacer con nuestras vidas. Sin ninguna duda también hay necesidad de transmitir " el saber como", pero esto debe estar en segundo plano, porque obviamente es bastante estúpido poner grandes poderes en manos de la gente, sin asegurarse primero que tengan una idea razonable de qué es lo que van a hacer con ellos. En el momento presente hay muy pocas dudas de que toda la humanidad está en peligro mortal, no porque carezcamos de conocimientos científicos y tecnológicos, sino porque tendemos a usarlos destructivamente, sin sabiduría. Más educación puede ayudarnos sólo si produce más sabiduría. La esencia de la educación es la transmisión de valores.
E.F.Schumacher (Lo pequeño es hermoso)
HOY TODAVÍA
Hoy puedo tranquilo
Dejarte ir a dormir
Mientras con algunos hombres
Voy a mirar en la calle
Por un rato a la luna.
Despacio cambiará
Ante nuestros ojos
Porque el ciclón se acerca.
¡Si pudiera lograr
No oír a los perros
Que en la lejanía
Se pelean por los primeros muertos!
Sus ladridos ya tienen el metal ronco
Que estará también en nuestras voces,
Mañana;
Cuando las caras quemadas
Cuelguen de las ventanas
Y las sílabas azules del agua
Se deshagan en letras rojas.
EN EL BOSQUE
¡Sigue andando siempre!
Crecen demasiados árboles
y se hacen bosques, donde
uno se equivoca contando.
Robles , alisos:
cada uno con sus sombras simétricas
y las espirales
de voces de pájaros.
No estáis solo
en ningún lugar del bosque,
aunque los guardas forestales
se oculten detrás de barbas verdes.
Perdiste,
si no
crees en cuentos.
Karl Krolow, 1915
(...)
Entre abandonadas conversaciones y objetos respirados,
entre las flores vacías que el destino corona y abandona,
hay un río que cae en una herida,
hay el océano golpeando una sombra de flecha quebrantada,
hay todo el cielo agujereando un beso.
Pablo Neruda, Residencia en la Tierra
¡¡¡Hasta la próxima!!! Bienvenido, Daniel Serra, al ciberespacio (pero cuidado con el exceso de velocidad). Feliz cumpleaños, Ale. Gracias Miguel por el Bambú. Derechos editoriales: algunos de los textos publicados de Rilke y Cortázar en el número anterior, corresponden a la publicación electrónica Gravitaciones. Aunque aquí en la Web, todos robamos a todos, y quien roba a un e-ladrón... (Gracias Rubén) Nos vemos en el otoño. Un abrazo. José Luis