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VIEGESIMO SEGUNDA DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO A
DOMINGO
LUNES MARTES
MIERCOLES JUEVES VIERNES SABADO
DOMINGO
a.- Jer. 20, 7-19: La palabra de Dios se volvió oprobio
para mí
b.- Rom. 12,1-2: Ofreceos vosotros mismos como sacrificio
vivo.
c.- Mt. 16, 21-27: El que quiera venir conmigo, niéguese a
sí mismo.
d.- S. Juan de la Cruz: “Traiga un ordinario apetito
de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual
debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se
hubiera él” (1 S 13,3).
El profeta sufre por la palabra de Dios que anuncia y se
vuelve contra él en boca de sus enemigos. Se propone callar pero no puede hay
como un fuego interior que lo devora no podía dejar de hablar. Sus enemigos
urden trampas contra él, pero sabe que Yahvé está con él, como campeón
poderoso (v.11) que lo protege, que lo cuida. Las palabras del apóstol Pablo,
nos exhortan ha ofrecer la vida en sacrificio, es decir, hacer de la propia
existencia una continua ofrenda agradable a Dios. La exigencia y desafío
consiste en transformar la mente a los criterios del Evangelio, para saber
distinguir cuán es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto.
El evangelio por su parte nos presenta el tema del seguimiento de Cristo y
las condiciones para ello. Luego de confirmar a Pedro en su vocación de
vicario suyo, Cristo anuncia su pasión, muerte y resurrección (v. 21). La
reacción de Pedro es rechazada por Cristo con fuerza: “Tomándole aparte
Pedro, se puso a reprenderle diciendo: ¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo
te sucederá eso! Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de mi vista,
Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios,
sino los de los hombres!” (vv. 22-24). Desde luego las intenciones de
Pedro no son la de Jesucristo, mientras uno piensa en un liderazgo político
de su jefe, el otro está pensando en su trágico destino. “Entonces dijo
Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí
mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá,
pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (vv. 24-25). Ser
discípulo de Cristo, aparece como un opción fundamental, expresión de la
auténtica vida cristiana. Con su resurrección, la Iglesia reconoció a Cristo,
como Hijo de Dios y extendió el llamado a todos los hombres. La vocación a
ser discípulo la recibimos en el Bautismo, vocación que se va conformando a
medida que se crece como persona y como cristiano mediante la vida
sacramental y la participación activa en el apostolado. Para ser discípulo
hay que conocer a Cristo, su persona y su mensaje, por lo mismo el
seguimiento comienza en lo interior.
Negarse a sí mismo, consistirá en dejar que Cristo ocupe el
centro de la propia vida y no nuestro egoísmo. Es renunciar, no a dejar de
conocerse, sino conocer a Cristo primero, para luego, desde ÉL, conocerse uno
mismo. Tal como hizo Jesús que siendo Dios se despojó de sí mismo para
hacerse uno de nosotros (Flp. 2, 6-8). Cargar con su cruz, es primero una
manifestación de solidaridad con el destino de Jesús, que hacemos nuestro,
por ser sus discípulos y compartir no sólo la muerte sino la resurrección.
Coger el madero de la cruz, es aceptar el mismo destino, estar dispuesto a
morir. Quizás no se nos pida la muerte física, pero el discípulo entiende que
la negación y asumir la cruz, significa renunciar a sí mismo y desasirse de
sí. Las últimas palabras de Cristo, salvar y perder la vida, son vocablos
opuestos pero que quieren significar lo mismo: optar por la vida o por la
muerte. Quien conserva la vida, la termina perdiendo, quien la entrega, la
recupera (Mt. 7, 13ss). Es la lógica divina de Jesús. Todo el mundo quiere
proteger su vida, quien así actúa, dice el Maestro, la perderá, sin embargo,
quien la pierde o había renunciado a ella la encontrará. ¿Quién entiende
esto? En el discipulado se encuentra la respuesta más fecunda y clara.
“Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo
entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?
Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus
ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Yo os aseguro:
entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean
al Hijo del hombre venir en su Reino” (vv. 26-28). Si bien Jesús
anuncia su pasión y muerte, es la vida eterna, la que le interesa al
evangelista destacar como, coronación del discipulado de un cristiano. La
vida eterna no se compra con nada, debe ser la única preocupación del
cristiano y se gozará de ella, por la gracia y el amor de Dios. Salvarse de
la muerte eterna y no ser castigado, es el objetivo, la vida eterna es el
bien más excelso, no hay bien que se pueda comparar a ella. Jesús obedeció
hasta la muerte de Cruz al Padre, volvió la vida, porque podía hacerlo,
nosotros aceptamos esa vida eterna, desde el momento de la renuncia a
nosotros mismos y tomamos nuestra cruz, para seguir las huellas del
Crucificado por amor.
El místico exige que el que quiera seguir a Cristo
considere si tiene verdadero apetito, deseo, de seguirlo por el camino de la
Cruz, considerando su vida para saberla imitar con toda perfección. Este discernimiento
exige seriedad a la hora de configurar nuestra vida con la de Cristo, para
saberlo imitar en todo lo que significa morir a nuestros propios deseos y
formas de querer seguirle porque se trata de que sea Él maestro y guía en
este camino.
LUNES
a.- 1 Cor. 2,1-5: Os he anunciado a Cristo crucificado.
b.- Lc. 4, 16-30: Me ha enviado para dar la buena noticia a
los pobres.
c.- S. Juan de la Cruz: “Y era que estas profecías se
habían de entender espiritualmente de Cristo; según el cual sentido eran
verdaderísimas; porque Cristo no sólo era señor de la tierra sola, sino del
Cielo, pues era Dios. Y a los pobres que le habían de seguir, no sólo los
había de redimir y librar del poder del demonio, que era el potente contra el
cual ningún ayudador tenían, sino que los había de hacer herederos del reino
de los cielos” (2S 19,8).
Comenzamos a meditar el evangelio de Lucas y lo hacemos con
una gran síntesis de lo que será su mensaje: Jesús en Nazaret. Encontramos el
programa de su misión entre lo judíos y gentiles, la incredulidad de Israel y
la consecuente persecución de que será objeto de parte de los jefes
religiosos. Jesús cita al profeta Isaías y se aplica su palabra: “Le
entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el
pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha
ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar
la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a
los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el volumen
lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban
fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír,
se ha cumplido hoy” (vv. 17-21). Lucas, a diferencia de los otros
sinópticos (cfr. Mt. 4-5; Mc. 1), comienza la misión de Cristo con un mensaje
de liberación, signo de misericordia, y no de conversión, para los pobres,
los cautivos, los oprimidos y los ciegos, en definitiva los necesitados de
la tierra.
Movido y lleno del Espíritu Santo, que lo ungió desde seno
de su Madre y en su Bautismo, Jesucristo proclama un mensaje de gracia y
redención. Ha sido ungido y enviado para anunciar la gracia y benevolencia
del Señor a los pobres de Israel, año de gracia, año de jubileo en que
devolvían las tierras enajenadas, se pagaban las dudas y se liberaba a los
esclavos. Sin embargo este mensaje provoca una reacción adversa hacia Jesús.
La gente sabía quien era su familia, se había criado entre ellos como para
creer en el como el Mesías esperado y anunciado por los profetas. “Y
todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de
gracia que salían de su boca. Y decían: ¿No es éste el hijo de José? El les
dijo: Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo
lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu
patria. Y añadió: En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su
patria. Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de
Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran
hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una
mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos
del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio.
Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y,
levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura
escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle.
Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó” (vv. 22-30).
Era Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre. Quizás no
superamos el escándalo de la Encarnación de Dios en la naturaleza humana, el
hecho de saber que Jesús se encarnó en el seno de una familia pobre, nacido
en un pueblo de gente humilde. S i no superamos esto y lo aceptamos, no hemos
comenzado a creer, puesto que no aceptamos en misterio personal de
Jesucristo, el Señor. En ÉL se revela la salvación de Dios para el hombre,
más aún, es la revelación bíblica de todo lo que Dios quiere para el hombre.
Es el hoy de Dios para el hombre, presente eterno, salvación para el que cree
y confía en su Palabra (cfr. Jn. 6, 68). De ahí que la fe predicada por la
Iglesia hunde sus raíces en la realidad, actualización de Jesucristo
resucitado, hecha por el Espíritu, que por su Evangelio y la vida
sacramental se hace vida nueva para quien cree y ama en el presente, en su
hoy.
Efectivamente, las profecías hablaban del Mesías que había
de venir y como dice el místico, Jesús vino a librar a los pobres del demonio
y del pecado para levantarlos a la dignidad de hijos de Dios y herederos de
la vida eterna. Juan de la Cruz, nació en una humilde familia, conoció de
privaciones desde la infancia así que su palabra acerca de la pobreza
material y espiritual de la que hablará en sus escritos, en su vertiente de
negación y vacío será, precisamente con el fin de dejar espacio a la
salvación que trae Jesucristo el Señor, el Todo del Padre para el pobre.
MARTES
a.- 1Cor. 2,10-16 : El hombre del espíritu todo lo juzga.
b.- Lc. 4, 31-37 : Sé quien eres: el Santo de Dios.
c.- S. Juan de la Cruz: “La tercera cautela,
derechamente contra el demonio, es que de corazón procures siempre humillarte
en la palabra y en la obra, holgándote del bien de los otros como del de ti
mismo y queriendo que los antepongan a ti en todas las cosas, y esto con
verdadero corazón. Y de esta manera vencerás en el bien al mal (Rm. 12, 21),
y echarás lejos el demonio y traerás alegría de corazón Y esto procura
ejercitar más en los que menos te caen en gracia. Y sábete que si así no lo
ejercitas, no llegarás a la verdadera caridad ni aprovecharás en ella. Y seas
siempre más amigo de ser enseñado de todos que querer enseñar aun al que es
menos que todos” (Cautelas n.13).
De Nazaret, Jesús pasa a Cafarnaún de su ciudad, donde fue
rechazado hasta querer despeñarlo por un barranco. Es en la sinagoga donde se
sitúa este pasaje evangélico, donde Lucas destaca la autoridad de Jesús
manifestada en su doctrina y la sanación de un poseso, primer milagro
realizado por el Maestro, según los sinópticos (cfr. Mc. 1,21ss).
“Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con
autoridad” (v. 32) y más asombrados quedaron cuando sanó al
endemoniado: “Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: ¡Qué
palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen. Y
su fama se extendió por todos los lugares de la región” (vv. 36-37).
Autoridad en la doctrina y poder de sanar se conjugan como manifestación de la
misericordia de Dios, la liberación de los malos espíritus. En la mentalidad
judía estos demonios eran hostiles al hombre, a la pureza ritual y la
santidad moral que exige el culto divino. Cristo Jesús vino para liberar al
hombre del poder del mal moral, la esclavitud del pecado y el mal físico, la
enfermedad, la muerte. Todo mal de alguna forma deriva del pecado y escapa
del proyecto de Dios que quiere la bondad y el bien para sus hijos.
La actuación de Jesús como exorcista no es otra cosa que la
manifestación del poder de Dios que habita en ÉL. Vence a Satanás con ese
poder a favor de los hombres, el mismo que lo ayudará a superar las
acechanzas con que frecuentemente lo hostigó en el desierto y en otras
ocasiones. La sola presencia de Cristo suscita la inmediata reacción de los
espíritus malos, lo reconocen como el Hijo de Dios, éste lo manda callar y
finalmente lo expulsa del poseso. Vienen las manifestaciones externas y el
asombro de los que atónitos, son testigos del prodigio. “Había en la
sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a
gritar a grandes voces: ¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret?
¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.»Jesús entonces
le conminó diciendo: «Cállate, y sal de él. Y el demonio, arrojándole en
medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Quedaron todos pasmados, y se
decían unos a otros: ¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los
espíritus inmundos y salen.” (vv. 33-36). La sanación de este poseso es
la liberación que Cristo Jesús trae también a nosotros de otros males que
acechan hoy al hombre. Es manifestación de ese Reino de Dios que ha llegado y
de la salvación que viene de la persona de Jesús de Nazaret. Cada cristiano
bautizado en comunión con la Iglesia, tiene que continuar la misma misión
liberadora de Cristo Jesús en la sociedad en que vivimos. Arrancar de la vida
de los hombres los demonios del poder, la ambición, la explotación de los
humildes, todo aquello que ofenda la dignidad humana y sus derechos
fundamentales. La liberación que Cristo trae comienza con la propia
experiencia, es decir, dejarnos liberar de lo que nos oprime por el poder
sanador que sale del corazón y las manos de Jesús de Nazaret.
Vencer el mal a fuerza de bien es la enseñanza de Pablo,
que fiel al evangelio aprendió, y él con nosotros, a mostrar signos de
liberación en nuestra propia existencia cristiana y en la de los demás. El
mayor bien que podemos hacer por lo demás es compartir la fe y con ello el
Reino de Dios, que busca y entrega felicidad a los hombres. La oración es la
gran fuerza liberadora que el Espíritu Santo nos entrega como susurro suave
que termina por derribar el mal a fuerza de puro amor de Dios.
MIERCOLES
a.- 1Cor. 3,1-9: Nosotros somos colaboradores de Dios
b.- Lc. 4, 38-44: También a los otros pueblos tengo que
anunciarles el Reino de Dios.
c.- S. Juan de la Cruz: “Grande contento es para el
alma entender que nunca Dios falta del alma, aunque esté en pecado mortal,
cuanto menos de la que está en gracia. ¿Qué más quieres, oh alma, y qué más
buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu
satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca
tu alma?” (CB 1,8).
Comienza a cumplirse el programa de liberación que Jesús ha
asumido en la sinagoga de Nazaret. La curación de la suegra de Pedro, otras
curaciones y la actividad misionera hablan cumplidamente de esta realidad
liberadora. Es la tarea que el Padre le ha confiado a su Hijo, ungido por el
Espíritu Santo, es el Mesías y Salvador prometido en los profetas. Los
milagros realizados por Jesús son una manifestación de la llegada del Reino
de Dios y que la fe popular ha conservado en la tradición y que los
evangelios han recogido por escrito. Estos le dieron una gran importancia
porque presentan a Jesús como “profeta poderoso en obras y palabras
delante de Dios y de todo el pueblo” (Lc. 24,19), y que San Pedro en su
discurso a judíos y paganos proclama con toda su fuerza: “22 «Israelitas,
escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios
entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio
entre vosotros, como vosotros mismos sabéis” (Hch.2,22) y
“Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea,
después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió
con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando
a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros
somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén;
a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó
al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo,
sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que
comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. Y nos
mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está
constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan
testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de
los pecados” (vv. 38-44). Toda esta actividad taumatúrgica de Jesús,
refleja su compasión con los enfermos y endemoniados y el poder que residía
en su palabra poderosa para realizar estas hazañas.
El poder de obrar milagros no era poder sólo de Jesucristo,
poder propio, por ser Hijo de Dios, sino también de los apóstoles: Pedro y
Pablo, según narran los Hechos obraron prodigios, de acuerdo a las misiones
que el propio Jesucristo les confió a lo largo de su ministerio, desde
Pentecostés en adelante. Obraron como presenta el AT, a Elías y Eliseo. Los
milagros de Jesús se comprenden desde la perspectiva liberadora del Reino de
Dios entre los hombres. Con ello no hace alarde de su condición divina, a la
que se opone desde las tentaciones del desierto hasta el final de su
ministerio. No quiere publicidad ni popularidad por lo que esos prodigios
generaban en la gente. Los milagros son realizados en perspectiva de
liberación integral del ser humano comenzando por lo físico hasta llegar al
hombre interior. Es la obra del amor misericordioso de Dios en el hombre
concreto al que Cristo sanaba. Al estar lleno del Espíritu Santo, Jesús se
mostró Señor de la naturaleza, Señor de la vida, vencedor de Satanás y del
mal y Señor de la muerte con las resurrecciones que realizaba, preludio de su
propia resurrección, el mayor de sus milagros. Al poder sanado de Jesús se
une, la fe de los numerosos hombres y mujeres que alcanzaron la sanación
física y el don de la fe. El cristiano que también vive su propia sanación
por la Palabra que tiene poder, lo mismo que los sacramentos y la ayuda
inestimable de la comunidad, hacen del hombre de fe verdadera criatura nueva
en Cristo Jesús.
Gran cosa es saber que el Reino de Dios que Jesucristo nos
trajo está en el alma del cristiano con toda su riqueza, ahí es donde debemos
buscarlo para crecer en su conocimiento y sobre todo para encontrarse con Él
en diálogo de amor y fecundidad de obras que nacen de esa relación entre Dios
y el alma redimida.
JUEVES
a.- 1Cor. 3,18-23:Todo es vuestro, vosotros de Cristo y
Cristo de Dios.
b.- Lc. 5,1-11: Dejándolo todo lo siguieron.
c.- S. Juan de la Cruz: “Si quieres ser perfecto,
vende tu voluntad y dala a los pobres de espíritu, y ven a Cristo por la
mansedumbre y humildad y síguelo hasta el Calvario y sepulcro” (D 181).
En este pasaje encontramos la predicación de Jesús a las
gentes, la pesca milagrosa y la vocación de los primeros discípulos. La gente
acudía a Jesús para escuchar la palabra de Dios (v.1; cfr. Mt. 4, 18ss y Mc.
1,16ss). Una vez que ha terminado de predicar, pide a Pedro que vaya mar
adentro para echar las redes. “Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
«Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Simón le respondió:
Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero,
en tu palabra, echaré las redes”. (vv. 4-5). Tanta fue la pesca que
casi se hundía la barca y tuvieron que pedir ayuda porque no podían subir las
redes de tan colmadas que estaban. Obedecer a Jesús fue una manifestación de
confianza en su palabra debido a la novedad que supone la figura del nuevo
rabí en el panorama religioso de Israel. La reacción de Jesús es un
reconocimiento implícito del poder de la palabra de Jesús: “8 Al verlo
Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor,
que soy un hombre pecador.Pues el asombro se había apoderado de él y de
cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo
de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón”
(vv. 8-10). Pero el Maestro va más allá del milagro y le confía a Simón una
misión: “Jesús dijo a Simón: No temas. Desde ahora serás pescador de
hombres. Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron”
(v.11). Mucha tiene que haber sido la impresión que les causó a este grupo
de pescadores, como para convertirse en discípulos y dejarlo todo por ÉL.
Lucas, siguiendo es estilo vocacional de llamada del AT lo
desarrolla ampliamente: lo primero, el asombro ante la irrupción de Dios en
la vida del hombre, que queda reflejada en la reacción de Pedro que le pide a
Jesús que se aleje de él, porque es un pecador y el asombro de sus compañeros
de labores. Un segundo momento corresponde a la misión que le confía Jesús a
Pedro: ser pescador de hombres, dejando claro que la iniciativa siempre la
toma Dios. Finalmente encontramos la respuesta de estos pecadores convertidos
en discípulos, profetas y apóstoles con un ministerio que ejercer en el
futuro. Tremenda tuvo que ser la empatía que sintieron por Jesús, para creer
en sus palabras y en la invitación para seguir sus huellas. Algo que no se
dice habitualmente: se fiaron sólo de su palabra, buen inicio para dar pasos
de fe. Esta primera llamada vocacional debemos ver reflejada nuestra propia
llamada a la vida cristiana desde el bautismo. La llamada de Dios es
personal, como a Pedro y sus compañeros. Es una llamada permanente en la vida
familiar y profesional, eran pescadores, a seguirle con una nueva luz que
brilla en la mente y en el corazón, la de la fe. Si el discípulo escucha a
Jesús y lo sigue, su vida debe ser toda de luz que nace de esa intimidad con
ÉL. “Yo soy la luz del mundo” dice Jesús (Jn. 8,12). No hace falta
redescubrir la luz del primer llamado a seguirle en la Iglesia, el compromiso
de dejarlo todo en la vida de todos los días. La opción personal es
fundamental para no vivir una fe impuesta en cierta forma como herencia
familiar y cultual, pero sin compromiso personal. Muchas han sido las formas
históricas de vida cristiana que ha adquirido el seguimiento de Cristo,
siempre teniendo como meta la santidad (LG 39). Si bien la llamada de Dios es
permanente, la respuesta de muchos es actual y siempre renovada, sin embargo,
hay que constatar que muchos cristianos viven sin compromiso con su fe.
Todavía tienen la posibilidad de dar una respuesta a Dios y su Iglesia. No
podemos olvidar que la respuesta se hace desde la misión que se ha confiado:
bregar mar adentro para realizar el prodigio de responder como bautizados y
con la fuerza del Espíritu, ser confirmados en el testimonio de vida
cristiana de atraer a la red, a nuevos hombres a la fe.
Con Cristo los apóstoles, no sólo debieron aprender la
mansedumbre, sino a dejarlo todo por ÉL para ir por el camino que lleva a la
vida, es decir, la cruz, pura y desnuda, con lo que alcanzaron la pobreza de
espíritu y acompañaron a Cristo, no sólo hasta el sepulcro, sino que gozaron
de su resurrección. Vender la voluntad significa, según San Juan de la Cruz,
consiste en entregarla a Dios para que haga de la suya con ella, una sola
realidad.
VIERNES
a.-
1Cor. 4,1-5: El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón.
b.-
Lc. 5, 33-39: Llegará el día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán.
c.-
S. Juan de la Cruz: “Porque, así como la bebida se difunde y derrama
por todos los miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación
de Dios sustancialmente en toda el alma, o por mejor decir, por el alma se
transforma en Dios; según la cual transformación bebe el alma de su Dios,
según la sustancia de ella y según sus potencias espirituales; porque según
el entendimiento bebe Sabiduría y ciencia, y según la voluntad bebe amor
suavísimo y según la memoria bebe recreación y deleite en recordación y
sentimiento de gloria; cuanto a lo primero, que el alma reciba y beba deleite
sustancialmente, dícelo ella en los Cantares en esta manera: «mi alma se
regaló luego que le habló el Esposo» (CB 26,6).
La
discusión sobre el ayuno Cristo Jesús la resuelve con las comparaciones del
paño y del vino nuevo. Las viejas interpretaciones mosaicas quedan en segundo
lugar ante la novedad del evangelio que predica Jesucristo: a vino nuevo
odres nuevos. Los discípulos de Juan ayunan, mientras que los de Jesús comen
y beben (v. 33). “Jesús les dijo: ¿Podéis acaso hacer ayunar a los
invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les
será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días. (vv. 34-36). Es
interesante la comparación porque en ella Jesús establece que mientras esté
en medio de ellos no deberán ayunar, porque como en una boda todo es alegría
por el amor de los esposos. Nadie ayuna en una boda, continuando la imagen
esponsal de Oseas y otros profetas, con lo que implícitamente se está
delirando el nuevo esposo de las bodas de Dios con la humanidad, la iglesia,
su nuevo pueblo de consagrados. Las imágenes del paño y del vino (vv. 36-38),
nuevo dejan claro que la vida nueva que implica el evangelio, no se puede
comparar ni menos acomodar a las viejas instituciones mosaicas, como el
ayuno. La vida cristiana estará centrada más que en el culto y las prácticas
piadosas, en la relación de amor echo alianza entre Dios y el hombre de fe y
de éstos entre sí. La fe y el amor darán sentido al culto que la comunidad
eclesial tribute a Dios desde Cristo y con la fuerza renovadora del Espíritu
Santo.
Este
evangelio deja bien claro que las instituciones serán siempre relativas
respecto al Reino de Dios. Lo único absoluto es Dios y el amor que le
tributamos a ÉL y al prójimo, centrados en el evangelio. Las instituciones
sirven mientras cumplen su cometido, de lo contrario deben ser cambiadas o
mejoradas. Necesitamos creer y amar al estilo de Jesús, para abrirnos sin
temor a los demás, incluso los que no creen, valorar las instituciones en su
justa medida. La respuesta de Jesús, en otras ocasiones respecto a usanzas y
prácticas mosaicas que le atacaban no practicaban sus discípulos, fue la
Palabra de Dios, con lo cual daba más valor a ésta, que a las tradiciones o
interpretaciones que ellos hacían de la misma (cfr. Mc.7,1-23). La reforma
conciliar trajo la barrida de viejas prácticas que ya no respondían a los
signos de los tiempos, reemplazándolos por nuevas concepciones más bíblicas y
necesarias para el hombre moderno. Más allá de la nostalgia de algunos grupos
por el pasado, hay que continuamente revisar si la liturgia está siendo
comprendida, al celebrarla, por los fieles que participan en ella, con una
buena catequesis en este sentido. Esto evita la ignorancia y por otra parte,
se evita caer en una cascada de novedades que nada tiene que ver con el
misterio que se celebra. Hay que profundizar en lo que se celebra: ritos y
gestos hay que explicarlos, dando espacio a los silencios contemplativos,
cosa que degustemos el vino añejo del evangelio, que bien servido, siempre
sabrá mejor.
En
esos altos estados de vida contemplativa descritos por Juan de la Cruz, el
Esposo del alma, Jesucristo el Señor, comparte todos sus bienes con la
esposa, es decir, el alma cristiana que goza con todo lo que conoce y ama.
Esta realidad va transformando la voluntad del alma en la del Amado. Son las
bodas de Dios con el alma.
SABADO
a.- 1Cor. 4,6-16: Hemos pasado hombre y sed y falta de ropa.
b.- Lc. 6,1-5: ¿Por qué hacéis en sábado lo que no está
permitido?
c.- S. Juan de la Cruz: “ El alma que quiere que Dios
se le entregue todo, se ha de entregar toda, sin dejar nada para sí” (D
132).
Este evangelio lo escribe Lucas, pensando en sus lectores
gentiles todos venidos del paganismo, por lo que el tema del sábado y su
cumplimiento decía poco a su fe. En Mateo y Marcos este mismo acontecimiento
adquiere otras dimensiones (cfr. Mt. 12, 1-8 y Mc. 2, 23-28). “Sucedió
que cruzaba en sábado por unos sembrados; sus discípulos arrancaban y comían
espigas desgranándolas con las manos. Algunos de los fariseos dijeron: ¿Por
qué hacéis lo que no es lícito en sábado?” (vv. 1-2). En los otros días
se podía coger espigas o uvas por el camino al pasar por el campo de algún
vecino, según el Deuteronomio: “Si entras en la viña de tu prójimo,
podrás comer todas las uvas que quieras, hasta saciarte, pero no las meterás
en tu zurrón. Si pasas por las mieses de tu prójimo, podrás arrancar espigas
con tu mano, pero no meterás la hoz en la mies de tu prójimo” (Dt. 23,
25-26), pero no así en sábado porque se ofendía la ley del descanso sabático.
La respuesta de Jesús no se deja esperar: “Y Jesús les respondió: ¿Ni
siquiera habéis leído lo que hizo David, cuando sintió hambre él y los que le
acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios, y tomando los panes de la
presencia, que no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes, comió él y dio
a los que le acompañaban? Y les dijo: El Hijo del hombre es señor del
sábado.” (vv. 3-5). Jesús usa el título mesiánico de “hijo del
hombre”, título mesiánico de Cristo, como señor del sábado. Si Jesús
vino a perfeccionar la ley, puede corregir las interpretaciones que hasta
ahora se han echo de ella, incluida la del sábado, como había hecho respecto
del ayuno.
Si bien el sábado fue inaugurado para conmemorar el
descanso del Creador y la liberación de la esclavitud de Egipto y celebrarlo
como una fiesta de todo el pueblo, con el correr del tiempo se convirtió en
una ley que obligaba al hombre hasta convertirlo en prácticamente esclavo de
ella, cosa que Jesús no acepta. El hombre no fue echo para el sábado, sino el
sábado para el hombre (cfr. Mc. 2, 27). Coger espigas estaba considerado
entre las faenas de la recolección. Quien trabajaba en sábado sin
advertencia, había que advertir al trasgresor debía ofrecer un sacrificio de
expiación. En cambio, quien infringe el sábado, en presencia de testigos y
aviso previo, entonces la trasgresión se paga con la lapidación. Los fariseos
cumplieron la ley, y les advierten a los discípulos, pero la verdad es que la
quieren aplicar a Jesús. La autoridad que tiene Jesús, como Hijo del hombre,
lo hace disponer sobre el sábado y su interpretación. No busca transgredir la
ley sino librar a los hombres de su dolor y propone la salvación, tiempo de
misericordia.
El domingo, día del Señor. El paso del sábado al domingo
fue paulatino, hasta que fue sustituido por el primer día de la semana, día
en que resucitó Jesucristo, el Señor. Era el día en se reunían para celebrar
la cena del Señor y su resurrección, siguiendo a San Justino que lo deja en
claro en su Apología. Pero el mismo legalismo que atacó Cristo a los fariseos
se puede hacer presente en nosotros, si consideramos santificar el día del
Señor como una obligación, y no lo que debe ser, una necesidad vital para
nuestra existencia cristiana: celebrar la fe en comunidad, escuchar la
Palabra y recibir a Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía. Así como
los judíos celebraban el descanso del Criador y la liberación de los trabajos
de la esclavitud, nosotros también celebramos el descanso del Señor
descansando, pero también, la liberación definitiva mediante la resurrección
de Cristo, del pecado, el demonio y la muerte. Liberados del trabajo del fin
de semana, es para crecer en lo humano compartiendo con la familia, como tal
celebrar el culto divino, celebra el día del Señor. Otros en cambio, libres
del trabajo, caen en la servidumbre de servir al sábado con el vicio, el
consumismo y el derroche, esclavos del sábado. Al respecto se puede decir que
no se hizo el hombre para el fin de semana sino el fin de semana para el
hombre. Si la Eucaristía celebra la Vida nueva que nos trajo Jesús
resucitado, el resto de la semana no podemos olvidar los valores que implica
vivir la fe en familia, el testimonio en el trabajo, el tiempo de oración,
etc. La Eucaristía empieza en el templo pero se prolonga es resto de la
semana.
La vida cristiana es una continua entrega a Dios, pero sin
olvidar que es ÉL que comienza a entregarse al alma esperando una respuesta
generosa. El místico nos invita a dar una respuesta donde lo más importante
es el amor y la rectitud de intención a la hora de seguir a Cristo Jesús.
Fr. Julio González C. OCD
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