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Asunto:[caminando-con-jesus] XXII-SEMANA-TO-CICLO-A
Fecha:Martes, 2 de Septiembre, 2008  06:46:24 (-0400)
Autor:Caminando con Jesus <caminandoconjesus @...net>

XXII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

 

 

 

 

 

 

Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO ORDINARIO

2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar – Chile

 

                         

VIEGESIMO SEGUNDA DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO A

DOMINGO

LUNES     MARTES     MIERCOLES   JUEVES     VIERNES     SABADO


DOMINGO

a.- Jer. 20, 7-19: La palabra de Dios se volvió oprobio para mí

b.- Rom. 12,1-2: Ofreceos vosotros mismos como sacrificio vivo.

c.- Mt. 16, 21-27: El que quiera venir conmigo, niéguese a sí mismo.

d.- S. Juan de la Cruz: “Traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él” (1 S 13,3).

El profeta sufre por la palabra de Dios que anuncia y se vuelve contra él en boca de sus enemigos. Se propone callar pero no puede hay como un fuego interior que lo devora no podía dejar de hablar. Sus enemigos urden trampas contra él, pero sabe que Yahvé está con él, como campeón poderoso (v.11) que lo protege, que lo cuida. Las palabras del apóstol Pablo, nos exhortan ha ofrecer la vida en sacrificio, es decir, hacer de la propia existencia una continua ofrenda agradable a Dios. La exigencia y desafío consiste en transformar la mente a los criterios del Evangelio, para saber distinguir cuán es la voluntad de Dios: lo bueno, lo agradable, lo perfecto. El evangelio por su parte nos presenta el tema del seguimiento de Cristo y las condiciones para ello. Luego de confirmar a Pedro en su vocación de vicario suyo, Cristo anuncia su pasión, muerte y resurrección (v. 21). La reacción de Pedro es rechazada por Cristo con fuerza: “Tomándole aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: ¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso! Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!” (vv. 22-24). Desde luego las intenciones de Pedro no son la de Jesucristo, mientras uno piensa en un liderazgo político de su jefe, el otro está pensando en su trágico destino. “Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (vv. 24-25). Ser discípulo de Cristo, aparece como un opción fundamental, expresión de la auténtica vida cristiana. Con su resurrección, la Iglesia reconoció a Cristo, como Hijo de Dios y extendió el llamado a todos los hombres. La vocación a ser discípulo la recibimos en el Bautismo, vocación que se va conformando a medida que se crece como persona y como cristiano mediante la vida sacramental y la participación activa en el apostolado. Para ser discípulo hay que conocer a Cristo, su persona y su mensaje, por lo mismo el seguimiento comienza en lo interior.

Negarse a sí mismo, consistirá en dejar que Cristo ocupe el centro de la propia vida y no nuestro egoísmo. Es renunciar,  no a dejar de conocerse, sino conocer a Cristo primero, para luego, desde ÉL, conocerse uno mismo. Tal como hizo Jesús que siendo Dios se despojó de sí mismo para hacerse uno de nosotros (Flp. 2, 6-8). Cargar con su cruz, es primero una manifestación de solidaridad con el destino de Jesús, que hacemos nuestro, por ser sus discípulos y compartir no sólo la muerte sino la resurrección. Coger el madero de la cruz, es aceptar el mismo destino, estar dispuesto a morir. Quizás no se nos pida la muerte física, pero el discípulo entiende que la negación y asumir la cruz, significa renunciar a sí mismo y desasirse de sí. Las últimas palabras de Cristo, salvar y perder la vida, son vocablos opuestos pero que quieren significar lo mismo: optar por la vida  o por la muerte. Quien  conserva la vida, la termina perdiendo, quien la entrega, la recupera (Mt. 7, 13ss). Es la lógica divina de Jesús. Todo el mundo quiere proteger su vida, quien así actúa, dice el Maestro, la perderá, sin embargo, quien la pierde o había renunciado a ella la encontrará. ¿Quién entiende esto? En el discipulado se encuentra la respuesta más fecunda y clara. 

“Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre, con sus ángeles, y entonces pagará a cada uno  según su conducta. Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su Reino” (vv. 26-28). Si bien Jesús anuncia su pasión y muerte, es la vida eterna, la que le interesa al evangelista destacar como, coronación del discipulado de un cristiano. La vida eterna no se compra con nada, debe ser la única preocupación del cristiano y  se gozará de ella, por la gracia y el amor de Dios. Salvarse de la muerte eterna y no ser castigado, es el objetivo,  la vida eterna es el bien más excelso, no hay bien que se pueda comparar a ella. Jesús obedeció hasta la muerte de Cruz al Padre, volvió la vida, porque podía hacerlo, nosotros aceptamos esa vida eterna, desde el momento de la renuncia a nosotros mismos y tomamos nuestra cruz, para seguir las huellas del Crucificado por amor. 

El místico exige que el que quiera seguir a Cristo considere si tiene verdadero apetito, deseo, de seguirlo por el camino de la Cruz, considerando su vida para saberla imitar con toda perfección. Este discernimiento exige seriedad a la hora de configurar nuestra vida con la de Cristo, para saberlo imitar en todo lo que significa morir a nuestros propios deseos y formas de querer seguirle porque se trata de que sea Él maestro y guía en este camino.


LUNES

a.- 1 Cor. 2,1-5: Os he anunciado a Cristo crucificado.

b.- Lc. 4, 16-30: Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres.

c.- S. Juan de la Cruz: “Y era que estas profecías se habían de entender espiritualmente de Cristo; según el cual sentido eran verdaderísimas; porque Cristo no sólo era señor de la tierra sola, sino del Cielo, pues era Dios. Y a los pobres que le habían de seguir, no sólo los había de redimir y librar del poder del demonio, que era el potente contra el cual ningún ayudador tenían, sino que los había de hacer herederos del reino de los cielos” (2S 19,8).

Comenzamos a meditar el evangelio de Lucas y lo hacemos con una gran síntesis de lo que será su mensaje: Jesús en Nazaret. Encontramos el programa de su misión entre lo judíos y gentiles, la incredulidad de Israel y la consecuente persecución de que será objeto de parte de los jefes religiosos.  Jesús cita al profeta Isaías y se aplica su palabra: “Le entregaron el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy” (vv. 17-21). Lucas, a diferencia de los otros sinópticos (cfr. Mt. 4-5; Mc. 1), comienza la misión de Cristo con un mensaje de liberación, signo de misericordia, y no de conversión, para los pobres, los cautivos, los oprimidos y  los ciegos, en definitiva los necesitados de la tierra.

Movido y lleno del Espíritu Santo, que lo ungió desde seno de su Madre y en su Bautismo, Jesucristo proclama un mensaje de gracia y redención. Ha sido ungido y enviado para anunciar la gracia y benevolencia del Señor a los pobres de Israel, año de gracia, año de jubileo en que devolvían las tierras enajenadas, se pagaban las dudas y se liberaba a los esclavos. Sin embargo este mensaje provoca una reacción adversa hacia Jesús. La gente sabía quien era su familia, se había criado entre ellos como para creer en el como el Mesías esperado y anunciado por los profetas. “Y todos daban testimonio de él y estaban admirados de las palabras llenas de gracia que salían de su boca. Y decían: ¿No es éste el hijo de José? El les dijo: Seguramente me vais a decir el refrán: Médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria. Y añadió: En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria. Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a  una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio. Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó” (vv. 22-30).

Era Jesús de Nazaret,  Dios hecho hombre. Quizás no superamos el escándalo de la Encarnación de Dios en la naturaleza humana, el hecho de saber que Jesús se encarnó en el seno de una familia pobre, nacido en un pueblo de gente humilde. S i no superamos esto y lo aceptamos, no hemos comenzado a creer, puesto que no aceptamos en misterio personal de Jesucristo, el Señor. En ÉL se revela la salvación de Dios para el hombre, más aún, es la revelación bíblica de todo lo que Dios quiere para el hombre. Es el hoy de Dios para el hombre, presente eterno, salvación para el que cree y confía en su Palabra (cfr. Jn. 6, 68). De ahí que la fe predicada por la Iglesia hunde sus raíces en la realidad, actualización de Jesucristo resucitado, hecha  por el Espíritu, que por su Evangelio y la vida sacramental se hace vida nueva para quien cree y ama en el presente, en su hoy. 

Efectivamente, las profecías hablaban del Mesías que había de venir y como dice el místico, Jesús vino a librar a los pobres del demonio y del pecado para levantarlos a la dignidad de hijos de Dios y herederos de la vida eterna.  Juan de la Cruz, nació en una humilde familia, conoció de privaciones desde la infancia así que su palabra acerca de la pobreza material y espiritual de la que hablará en sus escritos, en su vertiente de negación y vacío será, precisamente con el fin de dejar espacio a la salvación que trae Jesucristo el Señor, el Todo del Padre para el pobre.


MARTES

a.- 1Cor. 2,10-16 : El hombre del espíritu todo lo juzga.

b.- Lc. 4, 31-37 : Sé quien eres: el Santo de Dios.

c.- S. Juan de la Cruz: “La tercera cautela, derechamente contra el demonio, es que de corazón procures siempre humillarte en la palabra y en la obra, holgándote del bien de los otros como del de ti mismo y queriendo que los antepongan a ti en todas las cosas, y esto con verdadero corazón. Y de esta manera vencerás en el bien al mal (Rm. 12, 21), y echarás lejos el demonio y traerás alegría de corazón Y esto procura ejercitar más en los que menos te caen en gracia. Y sábete que si así no lo ejercitas, no llegarás a la verdadera caridad ni aprovecharás en ella. Y seas siempre más amigo de ser enseñado de todos que querer enseñar aun al que es menos que todos” (Cautelas n.13).

De Nazaret, Jesús pasa a Cafarnaún de su ciudad, donde fue rechazado hasta querer despeñarlo por un barranco. Es en la sinagoga donde se sitúa este pasaje evangélico, donde Lucas destaca la autoridad de Jesús manifestada en su doctrina y la sanación de un poseso, primer milagro realizado por el Maestro, según los sinópticos (cfr. Mc. 1,21ss). “Quedaban asombrados de su doctrina, porque hablaba con autoridad” (v. 32) y más asombrados quedaron cuando sanó al endemoniado: “Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: ¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen. Y su fama se extendió por todos los lugares de la región” (vv. 36-37). Autoridad en la doctrina y poder de sanar se conjugan como manifestación de la misericordia de Dios, la liberación de los malos espíritus. En la mentalidad judía estos demonios eran hostiles al hombre, a la pureza ritual y la santidad moral que exige el culto divino. Cristo Jesús vino para liberar al hombre del poder del mal moral, la esclavitud del pecado y el mal físico, la enfermedad, la muerte. Todo mal de alguna forma deriva del pecado y escapa del proyecto de Dios que quiere la bondad y el bien para sus hijos.

La actuación de Jesús como exorcista no es otra cosa que la manifestación del poder de Dios que habita en ÉL. Vence a Satanás con ese poder a favor de los hombres, el mismo que lo ayudará a superar las acechanzas con que frecuentemente lo hostigó en el desierto y en otras ocasiones. La sola presencia de Cristo suscita la inmediata reacción de los espíritus malos, lo reconocen como el Hijo de Dios, éste lo manda callar y finalmente lo expulsa del poseso. Vienen las manifestaciones externas y el asombro de los que atónitos, son testigos del prodigio. “Había en la sinagoga un hombre que tenía el espíritu de un demonio inmundo, y se puso a gritar a grandes voces: ¡Ah! ¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios.»Jesús entonces le conminó diciendo: «Cállate, y sal de él. Y el demonio, arrojándole en medio, salió de él sin hacerle ningún daño. Quedaron todos pasmados, y se decían unos a otros: ¡Qué palabra ésta! Manda con autoridad y poder a los espíritus inmundos y salen.” (vv. 33-36). La sanación de este poseso es la liberación que Cristo Jesús trae también a nosotros de otros males que acechan hoy al hombre. Es manifestación de ese Reino de Dios que ha llegado y de la salvación que viene de la persona de Jesús de Nazaret. Cada cristiano bautizado en comunión con la Iglesia, tiene que continuar la misma misión liberadora de Cristo Jesús en la sociedad en que vivimos. Arrancar de la vida de los hombres los demonios del poder, la ambición, la explotación de los humildes, todo aquello que ofenda la dignidad humana y sus  derechos fundamentales. La liberación que Cristo trae comienza con la propia experiencia, es decir, dejarnos liberar de lo que nos oprime por el poder sanador que sale del corazón y las manos de Jesús de Nazaret. 

Vencer el mal a fuerza de bien es la enseñanza de Pablo, que fiel al evangelio aprendió, y él con nosotros, a mostrar signos de liberación en nuestra propia existencia cristiana y en la de los demás. El mayor bien que podemos hacer por lo demás es compartir la fe y con ello el Reino de Dios, que busca y entrega felicidad a los hombres. La oración es la gran fuerza liberadora que el Espíritu Santo nos entrega como susurro suave que termina por derribar el mal a fuerza de puro amor de Dios. 


MIERCOLES

a.- 1Cor. 3,1-9: Nosotros somos colaboradores de Dios

b.- Lc. 4, 38-44: También a los otros pueblos tengo que anunciarles el Reino de Dios.

c.- S. Juan de la Cruz: “Grande contento es para el alma entender que nunca Dios falta del alma, aunque esté en pecado mortal, cuanto menos de la que está en gracia. ¿Qué más quieres, oh alma, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma?” (CB 1,8).

Comienza a cumplirse el programa de liberación que Jesús ha asumido en la sinagoga de Nazaret. La curación de la suegra de Pedro, otras curaciones y la actividad misionera hablan cumplidamente de esta realidad liberadora. Es la tarea que el Padre le ha confiado a su Hijo, ungido por el Espíritu Santo, es el Mesías y Salvador prometido en los profetas. Los milagros realizados por Jesús son una manifestación de la llegada del Reino de Dios y que la fe popular ha conservado en la tradición y que los evangelios han recogido por escrito. Estos le dieron una gran importancia porque presentan a Jesús como “profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo” (Lc. 24,19), y que San Pedro en su discurso a  judíos y paganos proclama con toda su fuerza: “22   «Israelitas, escuchad estas palabras: A Jesús, el Nazoreo, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis” (Hch.2,22) y  “Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar  colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos  con él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos  y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los  pecados” (vv. 38-44). Toda esta actividad taumatúrgica de Jesús, refleja su compasión con los enfermos y endemoniados y el poder que residía en su palabra poderosa para realizar estas hazañas.

El poder de obrar milagros no era poder sólo de Jesucristo, poder propio, por ser Hijo de Dios, sino también de los apóstoles: Pedro y Pablo, según narran los Hechos obraron prodigios, de acuerdo a las misiones que el propio Jesucristo les confió a lo largo de su ministerio, desde Pentecostés en adelante. Obraron como presenta el AT, a Elías y Eliseo. Los milagros de Jesús se comprenden desde la perspectiva liberadora del Reino de Dios entre los hombres. Con ello no hace alarde de su condición divina, a la que se opone desde las tentaciones del desierto hasta el final de su ministerio. No quiere publicidad ni popularidad por lo que esos prodigios generaban en la gente. Los milagros son realizados en perspectiva de liberación integral del ser humano comenzando por lo físico hasta llegar al hombre interior. Es la obra del amor misericordioso de Dios en el hombre concreto al que Cristo sanaba. Al estar lleno del Espíritu Santo, Jesús se mostró Señor de la naturaleza, Señor de la vida, vencedor de Satanás y del mal y Señor de la muerte con las resurrecciones que realizaba, preludio de su propia resurrección, el mayor de sus milagros. Al poder sanado de Jesús se une, la fe de los numerosos hombres y mujeres que alcanzaron  la sanación física y el don de la fe. El cristiano que también vive su propia sanación por la Palabra que tiene poder, lo mismo que los sacramentos y la ayuda inestimable de la comunidad, hacen del hombre de fe verdadera criatura nueva en Cristo Jesús.                                      

Gran cosa es saber que el Reino de Dios que Jesucristo nos trajo está en el alma del cristiano con toda su riqueza, ahí es donde debemos buscarlo para crecer en su conocimiento y sobre todo para encontrarse con Él en diálogo de amor y fecundidad de obras que nacen de esa relación entre Dios y el alma redimida.


JUEVES

a.- 1Cor. 3,18-23:Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios.

b.- Lc. 5,1-11: Dejándolo todo lo siguieron.

c.- S. Juan de la Cruz: “Si quieres ser perfecto, vende tu voluntad y dala a los pobres de espíritu, y ven a Cristo por la mansedumbre y humildad y síguelo hasta el Calvario y sepulcro” (D 181).

En este pasaje encontramos la predicación de Jesús a las gentes, la pesca milagrosa y la vocación de los primeros discípulos. La gente acudía a Jesús para escuchar la palabra de Dios (v.1; cfr. Mt. 4, 18ss y Mc. 1,16ss). Una vez que ha terminado de predicar, pide a Pedro que vaya mar adentro para echar las redes. “Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: «Boga mar adentro, y echad vuestras redes para pescar. Simón le respondió: Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero, en tu palabra, echaré las redes”. (vv. 4-5). Tanta fue la pesca que casi se hundía la barca y tuvieron que pedir ayuda porque no podían subir las redes de tan colmadas que estaban. Obedecer a Jesús fue una manifestación de confianza en su palabra debido a la novedad que supone la figura del nuevo rabí en el panorama religioso de Israel. La reacción de Jesús es un reconocimiento implícito del poder de la palabra de Jesús: “8 Al verlo Simón Pedro, cayó a las rodillas de Jesús, diciendo: «Aléjate de mí, Señor, que soy un hombre pecador.Pues el asombro se había apoderado de él y de cuantos con él estaban, a causa de los peces que habían pescado. Y lo mismo de Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón” (vv. 8-10). Pero el Maestro va más allá del milagro y le confía a Simón una misión: “Jesús dijo a Simón: No temas. Desde ahora serás pescador de hombres. Llevaron a tierra las barcas y, dejándolo todo, le siguieron” (v.11).  Mucha tiene que haber sido la impresión que les causó a este grupo de pescadores, como para convertirse en discípulos y dejarlo todo por ÉL.

Lucas, siguiendo es estilo vocacional de llamada del AT lo desarrolla ampliamente: lo primero, el asombro ante la irrupción de Dios en la vida del hombre, que queda reflejada en la reacción de Pedro que le pide a Jesús que se aleje de él, porque es un pecador y el asombro de sus compañeros de labores. Un segundo momento corresponde a la misión que le confía Jesús a Pedro: ser pescador de hombres, dejando claro que la iniciativa siempre la toma Dios. Finalmente encontramos la respuesta de estos pecadores convertidos en discípulos, profetas y apóstoles con un ministerio que ejercer en el futuro. Tremenda tuvo que ser la empatía que sintieron por Jesús, para creer en sus palabras y en la invitación para seguir sus huellas. Algo que no se dice habitualmente: se fiaron sólo de su palabra, buen inicio para dar pasos de fe. Esta primera llamada vocacional debemos ver reflejada nuestra propia llamada a la vida cristiana desde el bautismo. La llamada de Dios es personal, como a Pedro y sus compañeros. Es una llamada permanente en la vida familiar y profesional, eran pescadores, a seguirle con una nueva luz que brilla en la mente y en el corazón, la de la fe. Si el discípulo escucha a Jesús y lo sigue, su vida debe ser toda de luz que nace de esa intimidad con ÉL. “Yo soy la luz del mundo” dice Jesús (Jn. 8,12). No hace falta redescubrir la luz del primer llamado a seguirle en la Iglesia, el compromiso de dejarlo todo en la vida de todos los días. La opción personal es fundamental para no vivir una fe impuesta en cierta forma como herencia familiar y cultual, pero sin compromiso personal. Muchas han sido las formas históricas de vida cristiana que ha adquirido el seguimiento de Cristo, siempre teniendo como meta la santidad (LG 39). Si bien la llamada de Dios es permanente, la respuesta de muchos es actual y siempre renovada, sin embargo, hay que constatar que muchos cristianos viven sin compromiso con su fe. Todavía tienen la posibilidad de dar una respuesta a Dios y su Iglesia. No podemos olvidar que la respuesta se hace desde la misión que se ha confiado: bregar mar adentro para realizar el prodigio de responder como bautizados y con la fuerza del Espíritu, ser confirmados en el testimonio de vida cristiana de atraer a la red, a nuevos hombres a la fe. 

Con Cristo los apóstoles, no sólo debieron aprender la mansedumbre, sino a dejarlo todo por ÉL para ir por el camino que lleva a la vida, es decir, la cruz, pura y desnuda, con lo que alcanzaron la pobreza de espíritu y acompañaron a Cristo, no sólo hasta el sepulcro, sino que gozaron de su resurrección. Vender la voluntad significa, según San Juan de la Cruz, consiste en entregarla a Dios para que haga de la suya con ella, una sola realidad. 


VIERNES

a.- 1Cor. 4,1-5: El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón.

b.- Lc. 5, 33-39: Llegará el día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán.

c.- S. Juan de la Cruz: “Porque, así como la bebida se difunde y derrama por todos los miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación de Dios sustancialmente en toda el alma, o por mejor decir, por el alma se transforma en Dios; según la cual transformación bebe el alma de su Dios, según la sustancia de ella y según sus potencias espirituales; porque según el entendimiento bebe Sabiduría y ciencia, y según la voluntad bebe amor suavísimo y según la memoria bebe recreación y deleite en recordación y sentimiento de gloria; cuanto a lo primero, que el alma reciba y beba deleite sustancialmente, dícelo ella en los Cantares  en esta manera:  «mi alma se regaló luego que le habló el Esposo» (CB 26,6).

La discusión sobre el ayuno Cristo Jesús la resuelve con las comparaciones del paño y del vino nuevo. Las viejas interpretaciones mosaicas quedan en segundo lugar ante la novedad del evangelio que predica Jesucristo: a vino nuevo odres nuevos. Los discípulos de Juan ayunan, mientras que los de Jesús comen y beben (v. 33). “Jesús les dijo: ¿Podéis acaso hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Días vendrán en que les será arrebatado el novio; entonces ayunarán en aquellos días. (vv. 34-36). Es interesante la comparación porque en ella Jesús establece que mientras esté en medio de ellos no deberán ayunar, porque como en una boda todo es alegría por el amor de los esposos. Nadie ayuna en una boda, continuando la imagen esponsal de Oseas y otros profetas, con lo que implícitamente se está delirando el nuevo esposo de las bodas de Dios con la humanidad, la iglesia, su nuevo pueblo de consagrados. Las imágenes del paño y del vino (vv. 36-38), nuevo dejan claro que la vida nueva que implica el evangelio, no se puede comparar ni menos acomodar a las viejas instituciones mosaicas, como el ayuno. La vida cristiana estará centrada más que en el culto y las prácticas piadosas, en la relación de amor echo alianza entre Dios y el hombre de fe y de éstos entre sí. La fe y el amor darán sentido al culto que la comunidad eclesial tribute a Dios desde Cristo y con la fuerza renovadora del Espíritu Santo. 

Este evangelio deja bien claro que las instituciones serán siempre relativas respecto al Reino de Dios. Lo único absoluto es Dios y el amor que le tributamos a ÉL y al prójimo, centrados en el evangelio. Las instituciones sirven mientras cumplen su cometido, de lo contrario deben ser cambiadas o mejoradas. Necesitamos creer y amar al estilo de Jesús, para abrirnos sin temor a los demás, incluso los que  no creen, valorar las instituciones en su justa medida. La respuesta de Jesús, en otras ocasiones respecto a usanzas y prácticas mosaicas que le atacaban no practicaban sus discípulos, fue la Palabra de Dios, con lo cual daba más valor a ésta, que a las tradiciones o interpretaciones que ellos hacían de la misma (cfr. Mc.7,1-23). La reforma conciliar trajo la barrida de viejas prácticas que ya no respondían a los signos de los tiempos, reemplazándolos por nuevas concepciones más bíblicas y necesarias para el hombre moderno. Más allá de la nostalgia de algunos grupos por el pasado, hay que continuamente revisar si la liturgia está siendo comprendida, al celebrarla, por los fieles que participan en ella, con una buena catequesis en este sentido. Esto evita la ignorancia y por otra parte, se evita caer en una cascada de novedades que nada tiene que ver con el misterio que se celebra. Hay que profundizar en lo que se celebra: ritos y gestos hay que explicarlos, dando espacio a los silencios contemplativos, cosa que degustemos el vino añejo del evangelio, que bien servido, siempre sabrá mejor. 

En esos altos estados de vida contemplativa descritos por Juan de la Cruz, el Esposo del alma, Jesucristo el Señor, comparte todos sus bienes con la esposa, es decir, el alma cristiana que goza con todo lo que conoce y ama. Esta realidad va transformando la voluntad del alma en la del Amado. Son las bodas de Dios con el alma.   


SABADO

a.- 1Cor. 4,6-16: Hemos pasado hombre y sed y falta de ropa.

b.- Lc. 6,1-5: ¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?

c.- S. Juan de la Cruz: “ El alma que quiere que Dios se le entregue todo, se ha de entregar toda, sin dejar nada para sí” (D 132).

Este evangelio lo escribe Lucas, pensando en sus lectores gentiles todos venidos del paganismo, por lo que el tema del sábado y su cumplimiento decía poco a su fe. En Mateo y Marcos este mismo acontecimiento adquiere otras dimensiones (cfr. Mt. 12, 1-8 y Mc. 2, 23-28). “Sucedió que cruzaba en sábado por unos sembrados; sus discípulos arrancaban y comían espigas desgranándolas con  las manos. Algunos de los fariseos dijeron: ¿Por qué hacéis lo que no es lícito en sábado?” (vv. 1-2). En los otros días se podía coger espigas o uvas por el camino al pasar por el campo de algún vecino, según el Deuteronomio: “Si entras en la viña de tu prójimo, podrás comer todas las uvas que quieras, hasta saciarte, pero no las meterás en tu zurrón. Si pasas por las mieses de tu prójimo, podrás arrancar espigas con tu mano, pero no meterás la hoz en la mies de tu prójimo” (Dt. 23, 25-26), pero no así en sábado porque se ofendía la ley del descanso sabático. La respuesta de Jesús no se deja esperar: “Y Jesús les respondió: ¿Ni siquiera habéis leído lo que hizo David, cuando sintió hambre él y los que le acompañaban, cómo entró en la Casa de Dios, y tomando los panes de la presencia, que no es lícito comer sino sólo a los sacerdotes, comió él y dio a los que le acompañaban? Y les dijo: El Hijo del hombre es señor del sábado.” (vv. 3-5). Jesús usa el título mesiánico de “hijo del hombre”, título mesiánico de Cristo, como señor del sábado. Si Jesús vino a perfeccionar la ley, puede corregir las interpretaciones que hasta ahora se han echo de ella, incluida la del sábado, como había hecho respecto del ayuno.

Si bien el sábado fue inaugurado para conmemorar el descanso del Creador y la liberación de la esclavitud de Egipto y celebrarlo como una fiesta de todo el pueblo, con el correr del tiempo se convirtió en una ley que obligaba al hombre hasta convertirlo en prácticamente esclavo de ella, cosa que Jesús no acepta. El hombre no fue echo para el sábado, sino el sábado para el hombre (cfr. Mc. 2, 27). Coger espigas estaba considerado entre las faenas de la recolección. Quien trabajaba en sábado sin advertencia, había que advertir al trasgresor debía ofrecer un sacrificio de expiación. En cambio, quien infringe el sábado, en presencia de testigos y aviso previo, entonces la trasgresión se paga con la lapidación. Los fariseos cumplieron la ley, y les advierten a los discípulos, pero la verdad es que la quieren aplicar a Jesús. La autoridad que tiene Jesús, como Hijo del hombre, lo hace disponer sobre el sábado y su interpretación. No busca transgredir la ley sino librar a los hombres de su dolor y propone la salvación, tiempo de misericordia.

El domingo, día del Señor. El paso del sábado al domingo fue paulatino, hasta que fue sustituido por el primer día de la semana, día en que resucitó Jesucristo, el Señor. Era el día en se reunían para celebrar la cena del Señor y su resurrección, siguiendo a San Justino que lo deja en claro en su Apología. Pero el mismo legalismo que atacó Cristo a los fariseos se puede hacer presente en nosotros, si consideramos santificar el día del Señor como una obligación, y no lo que debe ser, una necesidad vital para nuestra existencia cristiana: celebrar la fe en comunidad, escuchar la Palabra y recibir a Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía. Así como los judíos celebraban el descanso del Criador y la liberación de los trabajos de la esclavitud, nosotros también celebramos el descanso del Señor descansando, pero también, la liberación definitiva mediante la resurrección de Cristo, del pecado, el demonio y la  muerte. Liberados del trabajo del fin de semana, es para crecer en lo humano compartiendo con la familia, como tal celebrar el culto divino, celebra el día del Señor. Otros en cambio, libres del trabajo, caen en la servidumbre de servir al sábado con el vicio, el consumismo y el derroche, esclavos del sábado. Al respecto se puede decir que no se hizo el hombre para el fin de semana sino el fin de semana para el hombre. Si la Eucaristía  celebra la Vida nueva que nos trajo Jesús resucitado, el resto de la semana no podemos olvidar los valores que implica vivir la fe en familia, el testimonio en el trabajo, el tiempo de oración, etc. La Eucaristía empieza en el templo pero se prolonga es resto de la semana.           

La vida cristiana es una continua entrega a Dios, pero sin olvidar que es ÉL que comienza a entregarse al alma esperando una respuesta generosa. El místico nos invita a dar una respuesta donde lo más importante es el amor y la rectitud de intención a la hora de seguir a Cristo Jesús. 

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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