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Asunto:[caminando-con-jesus] XXIII-SEMANA-TO-CICLO-A
Fecha:Domingo, 7 de Septiembre, 2008  23:45:32 (-0400)
Autor:Caminando con Jesus <caminandoconjesus @...net>

XXIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

 

 

 

 

 

 

Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO ORDINARIO

2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar – Chile

 

                         

VIEGESIMO TERCERA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO A

DOMINGO

LUNES     MARTES     MIERCOLES   JUEVES     VIERNES     SABADO


DOMINGO

a.- Ez. 33,7-9: Si no hablas al malvado te pediré cuenta de tu sangre.

b.- Rom. 13,8-10: La plenitud de la ley es el amor.

c.- Mt. 18,15-20: Si te hace caso has salvado a tu hermano.

d.- S. Juan de la Cruz: “La razón es porque la salud del alma es el amor de Dios; y así, cuando no tiene cumplido amor, no tiene cumplida la salud, y por eso está enferma, porque la enfermedad no es otra cosa sino falta de salud; de manera que cuando ningún grado de amor tiene el alma está muerta; mas cuando tiene alguno, por mínimo que sea, ya está viva, pero muy debilitada y enferma, por el poco amor de Dios que tiene; pero cuanto más amor se le fuere aumentando más salud tendrá, y cuando tuviere perfecto amor será su salud cumplida” (CB 11,11).

En este evangelio encontramos la corrección fraterna y la presencia de Cristo que está presente en la oración. El pecado afecta la vida del cristiano y por ende la vida de la Iglesia. Somos pecadores y santos, tenemos mucho de bueno, pero también tenemos zonas no donde todavía no llega la luz de la redención porque nosotros no lo permitimos con nuestra debilidad. Es la comunidad eclesial que camina hacia Dios entre fortaleza y debilidades. De ahí la necesidad de la conversión fraterna.

El profeta Ezequiel nos habla de esta realidad de cómo ha sido constituido centinela de la palabra de Dios para ser escuchada, pero también centinela de la conducta de sus hermanos. Si no advierte del mal camino escogido por algunos, y mueren sin convertirse, Dios le pedirá cuantas de su sangre. El profeta está llamado a proclamar la palabra del Señor a los hombres para que enmienden su conducta. El apóstol nos enseña que no debemos tener ninguna deuda con el prójimo, excepto  la del amor. La caridad se preocupa de no hacer mal a nadie, toda la ley se cumple en el amor al prójimo. Vivir la caridad es cumplir toda la ley toda entera porque significa vivir los mandamientos y las bienaventuranzas de Jesús.

La corrección fraterna es algo constitutivo de toda comunidad cristiana porque se trata de ir por la oveja perdida, recuperarla para la comunidad. “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que  todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el  publicano” (vv. 15-17). El proceso que describe merece recordarlo: primero tratarlo con la persona con quien se tiene un pleito, luego con dos testigos si no se corrige, y si todavía permanece en su error o pecado, pasa el tema a la comunidad que tiene la facultad de reconciliarlo si lo ve bien dispuesto o de excluirlo de la comunión al culpable, cuando ya se agota la pedagogía del amor y de la misericordia. Ahí se ejercita el poder de atar y desatar que Cristo entregó a Pedro, es decir, a la Iglesia: “Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo” (v. 18). Todo este proceso de discernimiento nos habla de tiempo, mucha oración por la persona afectada y también por la propia comunidad que vive esto con dolor y esperanza.

La presencia de Jesucristo en la comunidad es motivo de fe y alegría al saber que si dos o tres se reúnen en su Nombre para orar, Él se hace presente. “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (vv. 19-20). La novedad de esta práctica que existía en el judaísmo es que ahora el centro no será la meditación de la Ley, sino la presencia de Jesús en medio de ellos (cfr. Rm. 10,4). El Concilio dejó en claro que Jesús siempre está en su Iglesia, especialmente en las acciones litúrgicas (SC 7). Importante destacar que la comunidad cristiana se construye alrededor de Jesucristo. La corrección fraterna tiene sentido en la medida que todos son responsables de la vida comunitaria tanto en su vertiente litúrgica, social, formativa como fruto del amor que se vive al interior de la misma comunidad. Todo esto se consigue si la comunidad tiene momentos fuertes de oración y contemplación de la Palabra y en la celebración eucarística.  La falta de sinceridad, de corrección fraterna, de oración frecuente, termina por destruir la comunidad eclesial. Sólo en un clima de familia y de amor se puede vivir la corrección fraterna y la oración que ayuda a crecer en lo humano y divino.

Si la salud del alma es el amor de Dios, como atestigua el místico Juan de la Cruz, necesario será que nos revisemos si la falta de amor en que vivimos, sea el origen de nuestros problemas comunitarios a nivel eclesial, familiar, y personal. Sólo el amor redime y salva al hombre, al estilo de Jesús, y sede del amor  es el corazón que ora y alaba a Dios.   


LUNES

a.- 1Cor. 2, 1-5: Os he anunciado el testimonio de Cristo crucificado

b.- Lc. 6,6-11: Estaban al acecho para ver si curaba en sábado.

c.- S. Juan de la Cruz: “¿Quién se podrá librar de los modos y términos bajos si no le levantas tú a ti en pureza de amor, Dios mío?” (D 27).

Seguimos con la discusión relativa al sábado, pero ahora no son los apóstoles los que violan el descanso sabático (cfr. Lc. 6,1-5) sino el propio Jesús con motivo de un hombre que tenía un brazo paralizado. “Sucedió que entró Jesús otro sábado en la sinagoga y se puso a enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano  derecha seca.

Estaban al acecho los escribas y fariseos por si curaba en sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él, conociendo sus pensamientos, dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte ahí en medio.  El, levantándose, se puso allí” (vv. 6-8). Es admirable la libertad con que actúa Jesús, ante quienes sabe son sus acusadores de no cumplir la ley de Moisés, como son los fariseos. Ya que estaban ahí al acecho, Jesús rompe esa ambiente tenso y les lanza una pregunta: “Entonces Jesús les dijo: Yo os pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal, salvar una  vida en vez de destruirla. Y mirando a todos ellos, le dijo: Extiende tu mano. El lo hizo, y quedó restablecida su mano. Ellos se ofuscaron, y deliberaban entre sí qué harían a Jesús” (vv. 9-11; cfr. Mc. 3,4). Jesús, pone al hombre enfermo por sobre el descanso del sábado, en otras palabras, Jesús quiere hacer el bien, aunque sea en sábado y no dejarlo sufrir, como piensan hacer los fariseos. Si el descanso sabático conmemoraba el descanso de Dios y la liberación de la esclavitud de Egipto, una gran razón para liberar a ese hombre de su mal. Jesús, quiere cumplir su plan de liberación como lo había anunciado en la sinagoga de Nazaret (cfr. Lc. 4, 18ss). El celo indiscreto y fanatismo de los fariseos entendiendo dar más gloria a Dios prohibieron las curaciones de Jesús en sábado, pero paradójicamente, permitían salvar un animal (cfr. Mc. 14,5; Mt. 12,11). 

Caer en el error de creer que la estructura legal está por sobre el bien del hombre necesitado, es no hacer la voluntad de Dios, es lo que Jesús está manifestando a los fariseos si se oponen a la curación en sábado. Ellos que conocían la Ley de Moisés, en el fondo no conocían a Dios, como celosos custodios del cumplimiento exacto, no comprendían que la gloria de Dios consiste en que el hombre esté vivo y sea feliz. Cumplir la ley no era malo, porque era la manifestación de la voluntad divina, pero está al servicio del hombre, para su realización como persona de fe. La circuncisión y el descanso sabático, se convirtió, con el correr del tiempo, en la identidad más profunda como pueblo de Dios. El impacto  de las palabras de Jesús y sus actitudes sorprende con la novedad del anuncio y cumplimiento del Reino de Dios. La finalidad de la evangelización de Jesucristo es la liberación integral del hombre por parte de Dios de todas las esclavitudes. Algunas de ellas son frutos del pecado personal y la del pecado social o estructural que ofende la dignidad del hombre y sus derechos más básicos. Pero el Reino de Dios pasa por la denuncia profética de la injusticia que existe en nuestra sociedad, pero sobre todo es la gracia de Dios la que nos convierte al amor al prójimo y promover la justicia. Nuestra tarea será, al estilo de Jesús, colaborar con signos concretos de la liberación del Reino de Dios a favor de nuestro prójimo.          

Sólo Dios nos eleva a su misma condición, ser hijos de Dios, amor hecho libertad para optar por el bien, que es la comunión con quien nos ama en Cristo Jesús, y nos hace vivir la justicia del Reino, que libera al hombre de todo lo que traba su crecimiento. San Juan de la Cruz, con su doctrina nos invita a vivir esa libertad, don del Espíritu y compromiso del hombre de fe.  


MARTES

a.- 1Cor. 6, 1-11: El hombre de espíritu tiene un criterio para juzgarlo todo.

b.- Mt. 6, 12-19: Escoge doce apóstoles.

c.- S. Juan de la Cruz: “Si quieres ser perfecto, vende tu voluntad y dala a los pobres de espíritu, y ven a Cristo por la mansedumbre y humildad y síguelo hasta el Calvario y sepulcro” ( D 181).

Este pasaje evangélico nos sitúa en el monte, donde Jesús sube a orar. Es en el monte donde lleva a sus primeros discípulos a los que llama apóstoles (v.13), es decir, enviados. Fueron doce los escogidos, como fueron doce las tribus de Israel, fundamento visible de la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios. Los nombres de los apóstoles son: “A Simón, a quien llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé, a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo  y Simón, llamado Zelotes; a Judas de Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor” (vv.14-16). Bajar del monte, al estilo de Moisés, es para comunicar al pueblo lo que el Señor quiere expresar como su voluntad. Lo esperaba una gran multitud de discípulos, admiradores y seguidores anónimos, venidos de todos los alrededores. ¿A qué habían venido? A escucharle, en primer lugar, y luego para que les sanara (vv. 18-20). El ministerio de la predicación pasa luego por la liberación integral de quien sabe que ha venido a traer la salvación al hombre necesitado. Son los fundamentos del nuevo pueblo de Dios: subir al monte para escuchar a Dios, la oración, hacerlo en la quietud de la noche: es la relación del Hijo con su Padre, preludio de lo que será la relación del discípulo con su Dios. Lo ahí orado y recogido por Cristo redunda en los hombres a través del ministerio de la predicación. Escoge colaboradores que anuncien la salvación al pueblo que espera con ansias su llegada. Se vislumbra una futura estructura eclesial: Cristo Jesús, como Cabeza, los apóstoles y el pueblo fiel.

El título de discípulo no es exclusivo de los doce primeros, sino que se aplica a todos los que aceptan la fe y se bautizan, sirven a la misión apostólica de la Iglesia con su testimonio personal. Jesús, sin embargo sigue llamando a seguirle desde la fe y desde nuestra condición de  bautizados somos constituidos apóstoles capaces de seguir sus huellas y comunicar la fe. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica, porque basada en la fe y el testimonio de los apóstoles. La Iglesia no nace en forma espontanea, sino heredera del deposito de la fe. Herederos de la fe de los apóstoles a través de generaciones de cristianos que creyeron en Cristo a lo largo del tiempo con los sufrimientos y esperanzas de la humanidad.  Y nosotros dejaremos nuestra fe y testimonio a las nuevas generaciones de cristianos. De ahí la importancia de vivir y transmitir la fe, somos importantes para el presente como para el futuro de la Iglesia y la humanidad. Responsables del presente y del futuro debemos procurar que la antorcha de la fe se mantenga encendida en nuestras vidas capaces de comunicar a los que vienen una fe renovada por nuestra experiencia que a su vez recibimos. Creemos en el kerigma que recibimos de los apóstoles: que Cristo murió y resucitó para nuestra salvación según las Escrituras (cfr. 1Cor. 15, 3-11). Ellos fueron testigos insignes por lo mismo su testimonio es digno de creerse, fidedigno, con toda seguridad. Lo conocieron, pasaron su vida con ellos, más aún, dieron su vida por ÉL en supremo testimonio como el martirio. Si nosotros creemos en ÉL es por lo que estos testigos escogidos nos comunicaron con su palabra escrita y testimonio recogido por la Tradición. Creemos que Jesús es Señor y está resucitado, que da su vida a quien lo aceptan y le siguen. El Credo apostólico, es la base y centro del creer de la Iglesia, fue del nuevo pueblo de Dios hoy y siempre.  

El místico nos ayuda a ser discípulos de Cristo, por su experiencia en los caminos del espíritu, donde reconocer las huellas de Cristo en la propia vida es fundamental y dejarse guiar por su callado amor hasta la transformación total.


MIERCOLES

a.- 1Cor. 7, 25-31: Nosotros somos colaboradores de Dios.

b.- Lc. 6,20-26: Las bienaventuranzas y las maldiciones.

c.- S. Juan de la Cruz: “Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre” (D 27).

Las bienaventuranzas de Lucas se relacionan directamente con la proclamación que escuchamos de labios de Cristo Jesús en la sinagoga de Nazaret (cfr. Lc. 4,16). Las bienaventuranzas son evangelio puro, alegre noticia a los pobres y desfavorecidos de la sociedad. Son un aliento de esperanza para los que tienen fe en Yahvé, los que describe admirablemente el Magnificat. Si los pobres son los favorecidos de Dios, a ellos van dirigidas estas bendiciones. En el evangelio de Lucas encontramos sólo cuatro de ellas a diferencia de Mateo que menciona ocho respectivamente  (cfr. Mt. 5,1-1), y cuatro maldiciones (vv. 24-26). El evangelista hace un paralelismo entre los que son felices y aquellos que sufrirán en el futuro; felices son los pobres, los hambrientos, los que lloran y los perseguidos por Cristo (vv. 20-23), en cambio diferente suerte tendrán los ricos, los satisfechos, los que ríen y son aplaudidos por todos en este mundo (vv. 24-26). Las bienaventuranzas de Cristo tienen como fin anunciar la llegada del Reino de Dios, pero por otra, invertir los criterios a la hora de ingresar en la dinámica de este tiempo mesiánico. Todas las situaciones descritas no son un motivo de felicidad en sí mismo sino en la medida en que cuentan con el favor de Dios: no es bienaventurado por que llora, o es pobre, sino porque su situación es propicia para abrirse al Reino de Dios y ver la vida desde otra perspectiva. No hay que olvidar que cada una de las bienaventuranzas la vivió el propio Jesucristo, es el modelo, para sumirlas en la propia existencia cristiana. Estas bienaventuranzas representan los criterios y el espíritu de quien se dice discípulo de Cristo. Cada una de estas bienaventuranzas constituye a una síntesis del Evangelio, en el sentido que vivir una es vivirlas todas, ya que en sí mismas poseen el dinamismo para avanzar en ese seguir y profundizar en ser parte del Reino de Dios. Este cúmulo de bienaventuranzas es todo un programa de santidad de vida, examen en el amor a Dios y al prójimo, grito de los más favorecidos a la conciencia de quienes se dicen discípulos de Aquel que las vivió y las propuso como camino de transformación del hombre y la sociedad. 

La más significativa de estas bienaventuranzas es la que se refiere a la pobreza efectiva y la del espíritu. Vivir una de ellas es condición para adquirir la otra, están íntimamente relacionadas. Con el término pobre podemos descubrir muchas necesidades ya sean materiales como espirituales, hay pobres de todo tipo, Cristo con esta proclamación, devolvió a ellos su divinidad de hijos de Dios, de la que la sociedad y la maldad humana los había privado ayer y hoy. Vivir la pobreza efectiva y de espíritu, entendida como sobriedad, es una urgencia para todo cristiano, y no un simple consejo, sino una necesidad para hacer creíble el mensaje de Cristo entre los necesitados y los que poseen bienes materiales a la hora de vivir la fe con autenticidad y transparencia. Bienaventurado será el pobre y el rico que sabe compartir y posee un corazón desprendido de sus riquezas, confían más en Dios que en el poder del dinero, son acogedores y aprenden con humildad a enriquecerse  en lo humano y en el espíritu con la experiencia de los demás. Nadie es tan rico que no pueda recibir y nadie es tan pobre que no pueda dar algo a los demás. La Iglesia toda ha hecho su opción por los pobres para que en todas partes llegue el Reino de Dios con el feliz anuncio del Evangelio ahí donde se carece hasta de lo más básico: la fe en Dios. 

La “Oración de un alma enamorada” de San Juan de la Cruz, nos habla de un cristiano feliz de su condición y abraza toda la creación porque todo lo integra, creando unidad interior, en su amor a  Dios y a su prójimo.


JUEVES

a.- 1Cor. 8, 1.4-13: Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo de Dios.

b.- Lc. 6,27-36: Amor a los enemigos. Sed compasivos como es Dios.

c.- S. Juan de la Cruz: “Toda la bondad que tenemos es prestada, y Dios la tiene por obra propia; Dios y su obra es Dios” (D 112).

Este evangelio nos entrega una novedad respecto a Mateo acerca de la nueva justicia superior a la antigua (cfr. Mt. 5, 20-48) donde al final se conoce la razón que da el apóstol es para vivir este evangelio: “Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt. 5, 48). Una profundización de la ley de santidad del Levítico: “Habla a toda la comunidad de los israelitas y diles: Sed santos, porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo” (Lv. 19, 2). En cambio, Lucas da otra razón para amar a los enemigos: “Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo” (v.  36). Si bien es difícil cumplir lo que manda Cristo respecto a los enemigos, en estos evangelistas Jesús, destaca la gratuidad de Dios que es bueno con todos, que hace salir el sol y regala la lluvia sobre buenos y malos , sobre justos e injustos (cfr. Mt. 4,45). La  actitud del discípulo de Cristo debe imitar la conducta de Dios. Mientras Mateo, que escribe para judíos, destaca la perfección y santidad de Dios (Mt. 5, 48), Lucas que escribe para paganos, destaca la bondad  y la misericordia de Dios. Será el amor de Dios el que deba superar el odio, la venganza, y todos los derivados del egoísmo. Los espacios del amor familiar y de la amistad deben abrirse también a todo hombre, incluido el enemigo y el adversario.

Si el cristiano es dichoso por ser parte del Reino de Dios, bienaventurado,  es capaz de ver la realidad con los ojos y el corazón de Dios. Jesús nos exige: “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos. Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo” (vv. 32-36). No podemos ser bienaventurados sino no ponemos en prácticas estas máximas porque ellas probarán el amor que tenemos a Dios y a nuestro prójimo, pero también nuestra valentía y esfuerzo por vivir la condición de hijo de Dios. La paciencia y fortaleza nos ayudarán a vencer el odio y el deseo de venganza, al estilo de Jesús que murió perdonando a sus enemigos. No se trata de ser un héroe al estilo del mundo, sino un cristiano santo, que aprende a amar como Cristo Jesús, sin esperar recompensa ni sin ninguna medida. 

Si la bondad que tenemos es prestada, con mayor razón trataremos de estar muy unidos a Dios porque ÉL es el modelo para que ser bondadosos con nuestro prójimo, enseña San Juan de la Cruz.                


VIERNES

a.- 1 Cor. 9, 16-19.22: El Señor pondrá al descubierto los secretos del corazón.

b.- Lc. 6, 37-42: ¿Acaso un ciego puede guiar a otro ciego? La viga en el ojo.

c.- S. Juan de la Cruz: Quien a su prójimo no ama, a Dios aborrece (D 183).

Este evangelio nos habla de la corrección fraterna, donde la caridad y el bien del hermano deben presidir el deseo de corregir al otro. Se debe evitar caer en el error de convertirse en juez, fiscal o censor al corregir al hermano, se tenga el puesto que se tenga en la comunidad, ya sea superior o subdito. Bueno será examinarse de no tener un espíritu farisaico o una supuesta superioridad sobre el otro. La autocrítica es fundamental. “¿Cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo, no viendo tú mismo la viga  que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano” (v. 42). Con este texto queda claro que primero debemos corregirnos a nosotros mismos y luego mirar si puedo ayudar al prójimo. Hay que poseer una gran dosis de humildad para realizar esta corrección personal porque significa aceptar que me equivoco,  perdonarse a uno mismo y aceptar que se tiene grandes debilidades. Si Dios Padre actuara como juez toda la humanidad estaría perdida, porque nadie es perfecto, solo ÉL. Se fija en tanto más en lo que queremos ser, el esfuerzo personal, lo que pretendemos ser a su luz y a su vera.

La soberbia es la madre de todos los males, también de juzgar a los demás sin misericordia y sin amor. La soberbia no nos  hace ver la viga que hay en nuestros ojos, haciéndonos creer mejores que los demás. Juzgamos al prójimo, olvidando que el juicio verdadero y cierto corresponde a Dios, que es paciente y sabe esperar la respuesta adecuada de cada persona, a su  debido tiempo (cfr. Mt. 13,24ss). El fariseísmo sigue tan vigente, como en los tiempos de Cristo Jesús. Actitud nefasta que deteriora la relación con Dios y  con el prójimo, que impide ver lo que realmente somos. La falsa humildad, la forma más refinada de fariseísmo, nos revela que aún reconociéndose pecador delante de Dios y los hombres, se cree bueno en lo interior y por lo mismo no se convence que es un pecador. Si Jesús aceptó a todo tipo de pecadores a qué viene querer presentarse como justos y santos ante ÉL, comenzando por los apóstoles, los débiles, la pecadora, la adultera etc. Jesús nos dice: “No está el discípulo por encima del maestro. Todo el que esté bien formado, será como su maestro” (v. 40). Siempre seremos discípulos en la escucha y en el obrar conforme al Maestro. Necesitamos su luz divina para evitar caer en la ceguera de querer guiar a otros en los caminos de Dios siendo tan ciego como el que quiero ayudar. “Les añadió una parábola: ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?” (v. 39). Lo que Mateo aplica a los fariseos, Lucas lo aplica a los discípulos (cfr. Mt. 15, 14). Esa luz no nos puede venir sino del amor de Dios por todo ser humano.

El amor fraterno hace que nos podamos relacionar con Dios y con todos los hombres. Querer al prójimo como los quiere Dios, es el principio con que nos debemos acercarnos a los demás, ÉL nos acepta como somos, nos perdona y exhorta a la conversión. Sin amor nos convertirnos en jueces y censores de todo lo que acontece con el prójimo o juzgamos a lo humano. El que ama cumple toda la ley, alcanza la plenitud. Aprender a excusar los defectos ajenos es una forma de amar al hermano, mirando más bien sus virtudes y cualidades, porque las tiene. En la medida en que comprendemos a los demás, esperamos nos comprendan a nosotros en nuestras propias debilidades que también pueden ofender a los demás.             

 Este Dicho de luz y amor, de S. Juan de la Cruz, es un eco del texto del apóstol S. Juan 1 Jn. 4, 20-21: “Si alguno dice: Amo a Dios, y aborrece a su hermano,  es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (vv. 20-21). Muchos dicen amar a Dios, pero no aman a su prójimo más cercano la familia, compañeros de trabajo,  comunidad parroquial, mienten a los hombres y a Dios. Sólo el amor de Dios nos hace cercanos y prójimos de  todos los hermanos.


SABADO

a.- 1 Cor. 10, 14-22: Hemos pasado hambre y sed y falta de ropa.

b.- Lc. 6, 43-49: ¿Porqué hacéis en sábado lo que no está permitido?

c.- S. Juan de la Cruz: “Mi Amado, las montañas, /los valles solitarios nemorosos,/ las ínsulas extrañas, /los ríos sonorosos / el silbo de los aires amorosos /la noche sosegada/ en par de los levantes de la aurora, /la música callada, /la soledad sonora, /la cena, que recrea y enamora” (CB 14-15).       

El evangelio de hoy nos habla de los frutos del árbol, de la boca y del corazón, pero también, se habla de la edificación sobre roca o sobre arena. Son los frutos los que nos habla si el árbol está sano o deteriorado (cfr. Mt. 7, 15ss), lo mismo sucede con el corazón, que por la boca, se sabe si es bueno o malo. “El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca” (v. 45). Descubrimos, entonces, que el corazón del hombre es sede lo mismo de lo bueno que de lo malo, de ahí nace la urgencia de examinarse continuamente para mejorar nuestras actitudes hacia Dios y el prójimo. Los frutos siempre hablarán de la buena salud o el deterioro de nuestro mundo interior. La palabra de Dios que escuchamos debe dar frutos en nuestra vida pero experimentamos que a veces son sólidos, pero también pueden ser inconsistentes. El símil de la casa edificada sobre roca, permanece, la casa construida sobre arena se derrumba. Sólo quien escucha la Palabra de Dios y la practica con perseverancia, da abundantes frutos de vida evangélica (cfr. Mt. 13, 3ss). El Señor Jesús hace un reclamo a sus discípulos: “¿Por qué me llamáis: “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?” (v. 46). Estas palabras nos exigen transparencia y honradez a la hora de relacionarnos con Dios y el prójimo en lo que se refiere a los frutos o a la construcción de nuestra vida cristiana. Es una denuncia de un culto falso, vacío de contenido, de quienes separan la vida de la fe y se confirman con hablar de Dios sin obras. Sólo quien pone en práctica la Palabra de Dios, se convierte en árbol fecundo, casa firme y resistente a lo que venga. La roca es Cristo sobre la cual se debe construir la propia vida cristiana de discípulo que escucha y obra en sintonía con su Señor y Maestro.

Se desprende de este evangelio, como un fruto que hay que cultivar en la vida interior: el silencio. No habrá frutos ni verdadera solidez cristiana si no hay escucha de la Palabra de Dios en lo profundo de nuestro espíritu. El silencio no es espacio vacío cuando está Dios presente. El silencio interior y exterior se convierten en oración, cuando se busca y encuentra a Dios en él, momento ascético, porque se lucha contra la dispersión tan propia de nuestros días. Es una ardua tarea cultivar el silencio o momentos de profundo encuentro consigo mismo y con Dios. Gran cosa será vivir en silencio, soportarlo, amarlo, degustarlo y sacar frutos de justicia y paz. El silencio sólo es fecundo cuando Dios cuenta las horas, minutos y segundos en la vida de quien procura vivirlos para ÉL. El silencio nos acerca a Dios, abre los oídos para escucharle y prepara e corazón para determinarse a actuar en consecuencia. Dispongámonos a cultivar  el silencio para fecundar la semilla caída en nuestra tierra y verla crecer fuerte y sana; fecundar el árbol con abono silencioso  cuyos frutos exquisitos a los ojos de Dios, con su solo mirar amoroso los hizo madurar.

El místico ve en la naturaleza un reflejo del paso de Dios, vestida la dejó de su hermosura, toda ella convocada para crear comunión con el hombre para que por ella llegue a Dios. La soledad sonora y la música callada hablan del misterio que se sumerge en ella para quien se deja seducir por su bellaza buscando a quien la creó y la adornó.       

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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