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VIEGESIMO TERCERA SEMANA DEL TIEMPO
ORDINARIO
CICLO A
DOMINGO
LUNES MARTES
MIERCOLES JUEVES VIERNES SABADO
DOMINGO
a.- Ez. 33,7-9: Si no hablas al malvado te pediré cuenta de
tu sangre.
b.- Rom. 13,8-10: La plenitud de la ley es el amor.
c.- Mt. 18,15-20: Si te hace caso has salvado a tu hermano.
d.- S. Juan de la Cruz: “La razón es porque la salud
del alma es el amor de Dios; y así, cuando no tiene cumplido amor, no tiene
cumplida la salud, y por eso está enferma, porque la enfermedad no es otra
cosa sino falta de salud; de manera que cuando ningún grado de amor tiene el
alma está muerta; mas cuando tiene alguno, por mínimo que sea, ya está viva,
pero muy debilitada y enferma, por el poco amor de Dios que tiene; pero
cuanto más amor se le fuere aumentando más salud tendrá, y cuando tuviere
perfecto amor será su salud cumplida” (CB 11,11).
En este evangelio encontramos la corrección fraterna y la
presencia de Cristo que está presente en la oración. El pecado afecta la vida
del cristiano y por ende la vida de la Iglesia. Somos pecadores y santos,
tenemos mucho de bueno, pero también tenemos zonas no donde todavía no llega
la luz de la redención porque nosotros no lo permitimos con nuestra
debilidad. Es la comunidad eclesial que camina hacia Dios entre fortaleza y
debilidades. De ahí la necesidad de la conversión fraterna.
El profeta Ezequiel nos habla de esta realidad de cómo ha
sido constituido centinela de la palabra de Dios para ser escuchada, pero
también centinela de la conducta de sus hermanos. Si no advierte del mal
camino escogido por algunos, y mueren sin convertirse, Dios le pedirá cuantas
de su sangre. El profeta está llamado a proclamar la palabra del Señor a los
hombres para que enmienden su conducta. El apóstol nos enseña que no debemos
tener ninguna deuda con el prójimo, excepto la del amor. La caridad se
preocupa de no hacer mal a nadie, toda la ley se cumple en el amor al
prójimo. Vivir la caridad es cumplir toda la ley toda entera porque significa
vivir los mandamientos y las bienaventuranzas de Jesús.
La corrección fraterna es algo constitutivo de toda
comunidad cristiana porque se trata de ir por la oveja perdida, recuperarla
para la comunidad. “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a
solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha,
toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la
palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad.
Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el
publicano” (vv. 15-17). El proceso que describe merece recordarlo:
primero tratarlo con la persona con quien se tiene un pleito, luego con dos
testigos si no se corrige, y si todavía permanece en su error o pecado, pasa
el tema a la comunidad que tiene la facultad de reconciliarlo si lo ve bien
dispuesto o de excluirlo de la comunión al culpable, cuando ya se agota la
pedagogía del amor y de la misericordia. Ahí se ejercita el poder de atar y
desatar que Cristo entregó a Pedro, es decir, a la Iglesia: “Yo os
aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo
que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo” (v. 18). Todo
este proceso de discernimiento nos habla de tiempo, mucha oración por la
persona afectada y también por la propia comunidad que vive esto con dolor y
esperanza.
La presencia de Jesucristo en la comunidad es motivo de fe
y alegría al saber que si dos o tres se reúnen en su Nombre para orar, Él se
hace presente. “Os aseguro también que si dos de vosotros se ponen de
acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi
Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (vv. 19-20). La novedad de
esta práctica que existía en el judaísmo es que ahora el centro no será la
meditación de la Ley, sino la presencia de Jesús en medio de ellos (cfr. Rm.
10,4). El Concilio dejó en claro que Jesús siempre está en su Iglesia,
especialmente en las acciones litúrgicas (SC 7). Importante destacar que la
comunidad cristiana se construye alrededor de Jesucristo. La corrección
fraterna tiene sentido en la medida que todos son responsables de la vida
comunitaria tanto en su vertiente litúrgica, social, formativa como fruto del
amor que se vive al interior de la misma comunidad. Todo esto se consigue si
la comunidad tiene momentos fuertes de oración y contemplación de la Palabra
y en la celebración eucarística. La falta de sinceridad, de corrección
fraterna, de oración frecuente, termina por destruir la comunidad eclesial.
Sólo en un clima de familia y de amor se puede vivir la corrección fraterna y
la oración que ayuda a crecer en lo humano y divino.
Si la salud del alma es el amor de Dios, como atestigua el
místico Juan de la Cruz, necesario será que nos revisemos si la falta de amor
en que vivimos, sea el origen de nuestros problemas comunitarios a nivel
eclesial, familiar, y personal. Sólo el amor redime y salva al hombre, al
estilo de Jesús, y sede del amor es el corazón que ora y alaba a Dios.
LUNES
a.- 1Cor. 2, 1-5: Os he anunciado el testimonio de Cristo
crucificado
b.- Lc. 6,6-11: Estaban al acecho para ver si curaba en
sábado.
c.- S. Juan de la Cruz: “¿Quién se podrá librar de
los modos y términos bajos si no le levantas tú a ti en pureza de amor, Dios
mío?” (D 27).
Seguimos con la discusión relativa al sábado, pero ahora no
son los apóstoles los que violan el descanso sabático (cfr. Lc. 6,1-5) sino
el propio Jesús con motivo de un hombre que tenía un brazo paralizado.
“Sucedió que entró Jesús otro sábado en la sinagoga y se puso a
enseñar. Había allí un hombre que tenía la mano derecha seca.
Estaban al acecho los escribas y fariseos por si curaba en
sábado, para encontrar de qué acusarle. Pero él, conociendo sus pensamientos,
dijo al hombre que tenía la mano seca: Levántate y ponte ahí en medio. El,
levantándose, se puso allí” (vv. 6-8). Es admirable la libertad con que
actúa Jesús, ante quienes sabe son sus acusadores de no cumplir la ley de
Moisés, como son los fariseos. Ya que estaban ahí al acecho, Jesús rompe esa
ambiente tenso y les lanza una pregunta: “Entonces Jesús les dijo: Yo
os pregunto si en sábado es lícito hacer el bien en vez de hacer el mal,
salvar una vida en vez de destruirla. Y mirando a todos ellos, le dijo:
Extiende tu mano. El lo hizo, y quedó restablecida su mano. Ellos se
ofuscaron, y deliberaban entre sí qué harían a Jesús” (vv. 9-11; cfr.
Mc. 3,4). Jesús, pone al hombre enfermo por sobre el descanso del sábado, en
otras palabras, Jesús quiere hacer el bien, aunque sea en sábado y no dejarlo
sufrir, como piensan hacer los fariseos. Si el descanso sabático conmemoraba
el descanso de Dios y la liberación de la esclavitud de Egipto, una gran
razón para liberar a ese hombre de su mal. Jesús, quiere cumplir su plan de
liberación como lo había anunciado en la sinagoga de Nazaret (cfr. Lc. 4,
18ss). El celo indiscreto y fanatismo de los fariseos entendiendo dar más
gloria a Dios prohibieron las curaciones de Jesús en sábado, pero
paradójicamente, permitían salvar un animal (cfr. Mc. 14,5; Mt. 12,11).
Caer en el error de creer que la estructura legal está por
sobre el bien del hombre necesitado, es no hacer la voluntad de Dios, es lo
que Jesús está manifestando a los fariseos si se oponen a la curación en
sábado. Ellos que conocían la Ley de Moisés, en el fondo no conocían a Dios,
como celosos custodios del cumplimiento exacto, no comprendían que la gloria
de Dios consiste en que el hombre esté vivo y sea feliz. Cumplir la ley no
era malo, porque era la manifestación de la voluntad divina, pero está al
servicio del hombre, para su realización como persona de fe. La circuncisión
y el descanso sabático, se convirtió, con el correr del tiempo, en la
identidad más profunda como pueblo de Dios. El impacto de las palabras de
Jesús y sus actitudes sorprende con la novedad del anuncio y cumplimiento del
Reino de Dios. La finalidad de la evangelización de Jesucristo es la
liberación integral del hombre por parte de Dios de todas las esclavitudes.
Algunas de ellas son frutos del pecado personal y la del pecado social o
estructural que ofende la dignidad del hombre y sus derechos más básicos.
Pero el Reino de Dios pasa por la denuncia profética de la injusticia que
existe en nuestra sociedad, pero sobre todo es la gracia de Dios la que nos
convierte al amor al prójimo y promover la justicia. Nuestra tarea será, al
estilo de Jesús, colaborar con signos concretos de la liberación del Reino de
Dios a favor de nuestro prójimo.
Sólo Dios nos eleva a su misma condición, ser hijos de
Dios, amor hecho libertad para optar por el bien, que es la comunión con
quien nos ama en Cristo Jesús, y nos hace vivir la justicia del Reino, que
libera al hombre de todo lo que traba su crecimiento. San Juan de la Cruz,
con su doctrina nos invita a vivir esa libertad, don del Espíritu y
compromiso del hombre de fe.
MARTES
a.- 1Cor. 6, 1-11: El hombre de espíritu tiene un criterio
para juzgarlo todo.
b.- Mt. 6, 12-19: Escoge doce apóstoles.
c.- S. Juan de la Cruz: “Si quieres ser perfecto,
vende tu voluntad y dala a los pobres de espíritu, y ven a Cristo por la
mansedumbre y humildad y síguelo hasta el Calvario y sepulcro” ( D
181).
Este pasaje evangélico nos sitúa en el monte, donde Jesús
sube a orar. Es en el monte donde lleva a sus primeros discípulos a los que
llama apóstoles (v.13), es decir, enviados. Fueron doce los escogidos, como
fueron doce las tribus de Israel, fundamento visible de la Iglesia, el nuevo
pueblo de Dios. Los nombres de los apóstoles son: “A Simón, a quien
llamó Pedro, y a su hermano Andrés; a Santiago y Juan, a Felipe y Bartolomé,
a Mateo y Tomás, a Santiago de Alfeo y Simón, llamado Zelotes; a Judas de
Santiago, y a Judas Iscariote, que llegó a ser un traidor” (vv.14-16).
Bajar del monte, al estilo de Moisés, es para comunicar al pueblo lo que el
Señor quiere expresar como su voluntad. Lo esperaba una gran multitud de
discípulos, admiradores y seguidores anónimos, venidos de todos los
alrededores. ¿A qué habían venido? A escucharle, en primer lugar, y luego
para que les sanara (vv. 18-20). El ministerio de la predicación pasa luego
por la liberación integral de quien sabe que ha venido a traer la salvación
al hombre necesitado. Son los fundamentos del nuevo pueblo de Dios: subir al
monte para escuchar a Dios, la oración, hacerlo en la quietud de la noche: es
la relación del Hijo con su Padre, preludio de lo que será la relación del
discípulo con su Dios. Lo ahí orado y recogido por Cristo redunda en los
hombres a través del ministerio de la predicación. Escoge colaboradores que
anuncien la salvación al pueblo que espera con ansias su llegada. Se
vislumbra una futura estructura eclesial: Cristo Jesús, como Cabeza, los
apóstoles y el pueblo fiel.
El título de discípulo no es exclusivo de los doce
primeros, sino que se aplica a todos los que aceptan la fe y se bautizan,
sirven a la misión apostólica de la Iglesia con su testimonio personal.
Jesús, sin embargo sigue llamando a seguirle desde la fe y desde nuestra
condición de bautizados somos constituidos apóstoles capaces de seguir sus
huellas y comunicar la fe. La Iglesia es una, santa, católica y apostólica,
porque basada en la fe y el testimonio de los apóstoles. La Iglesia no nace
en forma espontanea, sino heredera del deposito de la fe. Herederos de la fe
de los apóstoles a través de generaciones de cristianos que creyeron en
Cristo a lo largo del tiempo con los sufrimientos y esperanzas de la
humanidad. Y nosotros dejaremos nuestra fe y testimonio a las nuevas
generaciones de cristianos. De ahí la importancia de vivir y transmitir la
fe, somos importantes para el presente como para el futuro de la Iglesia y la
humanidad. Responsables del presente y del futuro debemos procurar que la
antorcha de la fe se mantenga encendida en nuestras vidas capaces de
comunicar a los que vienen una fe renovada por nuestra experiencia que a su
vez recibimos. Creemos en el kerigma que recibimos de los apóstoles: que
Cristo murió y resucitó para nuestra salvación según las Escrituras (cfr.
1Cor. 15, 3-11). Ellos fueron testigos insignes por lo mismo su testimonio es
digno de creerse, fidedigno, con toda seguridad. Lo conocieron, pasaron su
vida con ellos, más aún, dieron su vida por ÉL en supremo testimonio como el
martirio. Si nosotros creemos en ÉL es por lo que estos testigos escogidos
nos comunicaron con su palabra escrita y testimonio recogido por la
Tradición. Creemos que Jesús es Señor y está resucitado, que da su vida a
quien lo aceptan y le siguen. El Credo apostólico, es la base y centro del
creer de la Iglesia, fue del nuevo pueblo de Dios hoy y siempre.
El místico nos ayuda a ser discípulos de Cristo, por su
experiencia en los caminos del espíritu, donde reconocer las huellas de
Cristo en la propia vida es fundamental y dejarse guiar por su callado amor
hasta la transformación total.
MIERCOLES
a.- 1Cor. 7, 25-31: Nosotros somos colaboradores de Dios.
b.- Lc. 6,20-26: Las bienaventuranzas y las maldiciones.
c.- S. Juan de la Cruz: “Míos son los cielos y mía es
la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los
ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo
Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y
buscas, alma mía? Tuyo es todo esto, y todo es para ti. No te pongas en menos
ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre” (D 27).
Las bienaventuranzas de Lucas se relacionan directamente
con la proclamación que escuchamos de labios de Cristo Jesús en la sinagoga
de Nazaret (cfr. Lc. 4,16). Las bienaventuranzas son evangelio puro, alegre
noticia a los pobres y desfavorecidos de la sociedad. Son un aliento de
esperanza para los que tienen fe en Yahvé, los que describe admirablemente el
Magnificat. Si los pobres son los favorecidos de Dios, a ellos van dirigidas
estas bendiciones. En el evangelio de Lucas encontramos sólo cuatro de ellas
a diferencia de Mateo que menciona ocho respectivamente (cfr. Mt. 5,1-1), y
cuatro maldiciones (vv. 24-26). El evangelista hace un paralelismo entre los
que son felices y aquellos que sufrirán en el futuro; felices son los pobres,
los hambrientos, los que lloran y los perseguidos por Cristo (vv. 20-23), en
cambio diferente suerte tendrán los ricos, los satisfechos, los que ríen y
son aplaudidos por todos en este mundo (vv. 24-26). Las bienaventuranzas de
Cristo tienen como fin anunciar la llegada del Reino de Dios, pero por otra,
invertir los criterios a la hora de ingresar en la dinámica de este tiempo
mesiánico. Todas las situaciones descritas no son un motivo de felicidad en
sí mismo sino en la medida en que cuentan con el favor de Dios: no es
bienaventurado por que llora, o es pobre, sino porque su situación es
propicia para abrirse al Reino de Dios y ver la vida desde otra perspectiva.
No hay que olvidar que cada una de las bienaventuranzas la vivió el propio
Jesucristo, es el modelo, para sumirlas en la propia existencia cristiana.
Estas bienaventuranzas representan los criterios y el espíritu de quien se
dice discípulo de Cristo. Cada una de estas bienaventuranzas constituye a una
síntesis del Evangelio, en el sentido que vivir una es vivirlas todas, ya que
en sí mismas poseen el dinamismo para avanzar en ese seguir y profundizar en
ser parte del Reino de Dios. Este cúmulo de bienaventuranzas es todo un
programa de santidad de vida, examen en el amor a Dios y al prójimo, grito de
los más favorecidos a la conciencia de quienes se dicen discípulos de Aquel
que las vivió y las propuso como camino de transformación del hombre y la
sociedad.
La más significativa de estas bienaventuranzas es la que se
refiere a la pobreza efectiva y la del espíritu. Vivir una de ellas es
condición para adquirir la otra, están íntimamente relacionadas. Con el
término pobre podemos descubrir muchas necesidades ya sean materiales como
espirituales, hay pobres de todo tipo, Cristo con esta proclamación, devolvió
a ellos su divinidad de hijos de Dios, de la que la sociedad y la maldad
humana los había privado ayer y hoy. Vivir la pobreza efectiva y de espíritu,
entendida como sobriedad, es una urgencia para todo cristiano, y no un simple
consejo, sino una necesidad para hacer creíble el mensaje de Cristo entre los
necesitados y los que poseen bienes materiales a la hora de vivir la fe con
autenticidad y transparencia. Bienaventurado será el pobre y el rico que sabe
compartir y posee un corazón desprendido de sus riquezas, confían más en Dios
que en el poder del dinero, son acogedores y aprenden con humildad a
enriquecerse en lo humano y en el espíritu con la experiencia de los demás.
Nadie es tan rico que no pueda recibir y nadie es tan pobre que no pueda dar
algo a los demás. La Iglesia toda ha hecho su opción por los pobres para que
en todas partes llegue el Reino de Dios con el feliz anuncio del Evangelio
ahí donde se carece hasta de lo más básico: la fe en Dios.
La “Oración de un alma enamorada” de San Juan
de la Cruz, nos habla de un cristiano feliz de su condición y abraza toda la
creación porque todo lo integra, creando unidad interior, en su amor a Dios
y a su prójimo.
JUEVES
a.- 1Cor. 8, 1.4-13: Todo es vuestro, vosotros de Cristo y
Cristo de Dios.
b.- Lc. 6,27-36: Amor a los enemigos. Sed compasivos como
es Dios.
c.- S. Juan de la Cruz: “Toda la bondad que tenemos
es prestada, y Dios la tiene por obra propia; Dios y su obra es Dios”
(D 112).
Este evangelio nos entrega una novedad respecto a Mateo
acerca de la nueva justicia superior a la antigua (cfr. Mt. 5, 20-48) donde
al final se conoce la razón que da el apóstol es para vivir este evangelio:
“Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre
celestial” (Mt. 5, 48). Una profundización de la ley de santidad del
Levítico: “Habla a toda la comunidad de los israelitas y diles: Sed santos,
porque yo, Yahvé, vuestro Dios, soy santo” (Lv. 19, 2). En cambio,
Lucas da otra razón para amar a los enemigos: “Sed compasivos, como
vuestro Padre es compasivo” (v. 36). Si bien es difícil cumplir lo que
manda Cristo respecto a los enemigos, en estos evangelistas Jesús, destaca la
gratuidad de Dios que es bueno con todos, que hace salir el sol y regala la
lluvia sobre buenos y malos , sobre justos e injustos (cfr. Mt. 4,45). La
actitud del discípulo de Cristo debe imitar la conducta de Dios. Mientras
Mateo, que escribe para judíos, destaca la perfección y santidad de Dios (Mt.
5, 48), Lucas que escribe para paganos, destaca la bondad y la misericordia
de Dios. Será el amor de Dios el que deba superar el odio, la venganza, y
todos los derivados del egoísmo. Los espacios del amor familiar y de la
amistad deben abrirse también a todo hombre, incluido el enemigo y el
adversario.
Si el cristiano es dichoso por ser parte del Reino de Dios,
bienaventurado, es capaz de ver la realidad con los ojos y el corazón de
Dios. Jesús nos exige: “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?
Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que
os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro
tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito
tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo
correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad
sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del
Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos. Sed
compasivos, como vuestro Padre es compasivo” (vv. 32-36). No podemos
ser bienaventurados sino no ponemos en prácticas estas máximas porque ellas
probarán el amor que tenemos a Dios y a nuestro prójimo, pero también nuestra
valentía y esfuerzo por vivir la condición de hijo de Dios. La paciencia y
fortaleza nos ayudarán a vencer el odio y el deseo de venganza, al estilo de
Jesús que murió perdonando a sus enemigos. No se trata de ser un héroe al
estilo del mundo, sino un cristiano santo, que aprende a amar como Cristo
Jesús, sin esperar recompensa ni sin ninguna medida.
Si la bondad que tenemos es prestada, con mayor razón
trataremos de estar muy unidos a Dios porque ÉL es el modelo para que ser
bondadosos con nuestro prójimo, enseña San Juan de la Cruz.
VIERNES
a.- 1 Cor. 9, 16-19.22: El Señor pondrá al descubierto los
secretos del corazón.
b.- Lc. 6, 37-42: ¿Acaso un ciego puede guiar a otro ciego?
La viga en el ojo.
c.- S. Juan de la Cruz: Quien a su prójimo no ama, a Dios
aborrece (D 183).
Este evangelio nos habla de la corrección fraterna, donde
la caridad y el bien del hermano deben presidir el deseo de corregir al otro.
Se debe evitar caer en el error de convertirse en juez, fiscal o censor al
corregir al hermano, se tenga el puesto que se tenga en la comunidad, ya sea
superior o subdito. Bueno será examinarse de no tener un espíritu farisaico o
una supuesta superioridad sobre el otro. La autocrítica es fundamental.
“¿Cómo puedes decir a tu hermano: Hermano, deja que saque la brizna que
hay en tu ojo, no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita,
saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna
que hay en el ojo de tu hermano” (v. 42). Con este texto queda claro
que primero debemos corregirnos a nosotros mismos y luego mirar si puedo
ayudar al prójimo. Hay que poseer una gran dosis de humildad para realizar
esta corrección personal porque significa aceptar que me equivoco,
perdonarse a uno mismo y aceptar que se tiene grandes debilidades. Si Dios
Padre actuara como juez toda la humanidad estaría perdida, porque nadie es
perfecto, solo ÉL. Se fija en tanto más en lo que queremos ser, el esfuerzo
personal, lo que pretendemos ser a su luz y a su vera.
La soberbia es la madre de todos los males, también de
juzgar a los demás sin misericordia y sin amor. La soberbia no nos hace ver
la viga que hay en nuestros ojos, haciéndonos creer mejores que los demás.
Juzgamos al prójimo, olvidando que el juicio verdadero y cierto corresponde a
Dios, que es paciente y sabe esperar la respuesta adecuada de cada persona, a
su debido tiempo (cfr. Mt. 13,24ss). El fariseísmo sigue tan vigente, como
en los tiempos de Cristo Jesús. Actitud nefasta que deteriora la relación con
Dios y con el prójimo, que impide ver lo que realmente somos. La falsa
humildad, la forma más refinada de fariseísmo, nos revela que aún
reconociéndose pecador delante de Dios y los hombres, se cree bueno en lo
interior y por lo mismo no se convence que es un pecador. Si Jesús aceptó a
todo tipo de pecadores a qué viene querer presentarse como justos y santos
ante ÉL, comenzando por los apóstoles, los débiles, la pecadora, la adultera
etc. Jesús nos dice: “No está el discípulo por encima del maestro. Todo
el que esté bien formado, será como su maestro” (v. 40). Siempre
seremos discípulos en la escucha y en el obrar conforme al Maestro.
Necesitamos su luz divina para evitar caer en la ceguera de querer guiar a
otros en los caminos de Dios siendo tan ciego como el que quiero ayudar.
“Les añadió una parábola: ¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No
caerán los dos en el hoyo?” (v. 39). Lo que Mateo aplica a los
fariseos, Lucas lo aplica a los discípulos (cfr. Mt. 15, 14). Esa luz no nos
puede venir sino del amor de Dios por todo ser humano.
El amor fraterno hace que nos podamos relacionar con Dios y
con todos los hombres. Querer al prójimo como los quiere Dios, es el
principio con que nos debemos acercarnos a los demás, ÉL nos acepta como
somos, nos perdona y exhorta a la conversión. Sin amor nos convertirnos en
jueces y censores de todo lo que acontece con el prójimo o juzgamos a lo
humano. El que ama cumple toda la ley, alcanza la plenitud. Aprender a
excusar los defectos ajenos es una forma de amar al hermano, mirando más bien
sus virtudes y cualidades, porque las tiene. En la medida en que comprendemos
a los demás, esperamos nos comprendan a nosotros en nuestras propias
debilidades que también pueden ofender a los demás.
Este Dicho de luz y amor, de S. Juan de la Cruz, es un eco
del texto del apóstol S. Juan 1 Jn. 4, 20-21: “Si alguno dice: Amo a
Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su
hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de
él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano” (vv.
20-21). Muchos dicen amar a Dios, pero no aman a su prójimo más cercano la
familia, compañeros de trabajo, comunidad parroquial, mienten a los hombres
y a Dios. Sólo el amor de Dios nos hace cercanos y prójimos de todos los
hermanos.
SABADO
a.- 1 Cor. 10, 14-22: Hemos pasado hambre y sed y falta de
ropa.
b.- Lc. 6, 43-49: ¿Porqué hacéis en sábado lo que no está
permitido?
c.- S. Juan de la Cruz: “Mi Amado, las montañas, /los
valles solitarios nemorosos,/ las ínsulas extrañas, /los ríos sonorosos / el
silbo de los aires amorosos /la noche sosegada/ en par de los levantes de la
aurora, /la música callada, /la soledad sonora, /la cena, que recrea y
enamora” (CB 14-15).
El evangelio de hoy nos habla de los frutos del árbol, de
la boca y del corazón, pero también, se habla de la edificación sobre roca o
sobre arena. Son los frutos los que nos habla si el árbol está sano o
deteriorado (cfr. Mt. 7, 15ss), lo mismo sucede con el corazón, que por la
boca, se sabe si es bueno o malo. “El hombre bueno, del buen tesoro del
corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que
rebosa el corazón habla su boca” (v. 45). Descubrimos, entonces, que el
corazón del hombre es sede lo mismo de lo bueno que de lo malo, de ahí nace
la urgencia de examinarse continuamente para mejorar nuestras actitudes hacia
Dios y el prójimo. Los frutos siempre hablarán de la buena salud o el
deterioro de nuestro mundo interior. La palabra de Dios que escuchamos debe
dar frutos en nuestra vida pero experimentamos que a veces son sólidos, pero
también pueden ser inconsistentes. El símil de la casa edificada sobre roca,
permanece, la casa construida sobre arena se derrumba. Sólo quien escucha la
Palabra de Dios y la practica con perseverancia, da abundantes frutos de vida
evangélica (cfr. Mt. 13, 3ss). El Señor Jesús hace un reclamo a sus
discípulos: “¿Por qué me llamáis: “Señor, Señor”, y no
hacéis lo que digo?” (v. 46). Estas palabras nos exigen transparencia y
honradez a la hora de relacionarnos con Dios y el prójimo en lo que se
refiere a los frutos o a la construcción de nuestra vida cristiana. Es una
denuncia de un culto falso, vacío de contenido, de quienes separan la vida de
la fe y se confirman con hablar de Dios sin obras. Sólo quien pone en
práctica la Palabra de Dios, se convierte en árbol fecundo, casa firme y
resistente a lo que venga. La roca es Cristo sobre la cual se debe construir
la propia vida cristiana de discípulo que escucha y obra en sintonía con su
Señor y Maestro.
Se desprende de este evangelio, como un fruto que hay que
cultivar en la vida interior: el silencio. No habrá frutos ni verdadera
solidez cristiana si no hay escucha de la Palabra de Dios en lo profundo de
nuestro espíritu. El silencio no es espacio vacío cuando está Dios presente.
El silencio interior y exterior se convierten en oración, cuando se busca y
encuentra a Dios en él, momento ascético, porque se lucha contra la
dispersión tan propia de nuestros días. Es una ardua tarea cultivar el
silencio o momentos de profundo encuentro consigo mismo y con Dios. Gran cosa
será vivir en silencio, soportarlo, amarlo, degustarlo y sacar frutos de
justicia y paz. El silencio sólo es fecundo cuando Dios cuenta las horas,
minutos y segundos en la vida de quien procura vivirlos para ÉL. El silencio
nos acerca a Dios, abre los oídos para escucharle y prepara e corazón para
determinarse a actuar en consecuencia. Dispongámonos a cultivar el silencio
para fecundar la semilla caída en nuestra tierra y verla crecer fuerte y
sana; fecundar el árbol con abono silencioso cuyos frutos exquisitos a los
ojos de Dios, con su solo mirar amoroso los hizo madurar.
El místico ve en la naturaleza un reflejo del paso de Dios,
vestida la dejó de su hermosura, toda ella convocada para crear comunión con
el hombre para que por ella llegue a Dios. La soledad sonora y la música
callada hablan del misterio que se sumerge en ella para quien se deja seducir
por su bellaza buscando a quien la creó y la adornó.
Fr. Julio González C. OCD
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