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¡Necesito
que me pida perdón!, ¡Yo a este no lo perdono!, ¿Perdonar?, parece que esto
es algo que no resulta fácil, en especial cuando las heridas son profundas y
más aún, cuando el que ofende, no muestra arrepentimiento o revela una
soberbia. Pero ante todo parece que lo que más necesitamos, es que se haga
justicia, y lo mas grave, es cuando nos tienta la venganza, y a toda costa
queremos una reparación del mal causado.
¿Y donde
queda la misericordia? Decimos con gran alegría que Dios es rico en
misericordia, además que es infinita, pero y la nuestra, ¿Hasta dónde llega?
La Sagradas
Escrituras, a través del libro del Eclesiástico (Eclo 27, 30- 28,7), no
muestra el vínculo que une el perdón otorgado por el hombre a su semejante,
con el perdón que él mismo pide a Dios y nos dice que “El rencor y la
ira son abominables, y ambas cosas son patrimonio del pecador”. Y nos
preguntamos ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al
Señor? ¡No tiene piedad de un hombre semejante a él y se atreve a implorar
por sus pecados! El punto esta en si somos capaces de aceptar de esta
lectura: “Perdona el agravio a tu prójimo y entonces, cuando ores,
serán absueltos tus pecados.”o “y no guardes rencor a tu prójimo;
piensa en la Alianza del Altísimo, y pasa por alto la ofensa.”
Si miramos
la cruz, resonarán la enseñanzas de Jesucristo, Nuestro Señor, el antes de
expirar, implora perdón para sus verdugos.
Ciertamente,
la “ley del talión”, fue abolida y el mensaje del Eclesiástico no
es otro que: si los hombres no olvidan los agravios recibidos de sus
prójimos, tampoco Dios les perdonará las ofensas que han cometido contra Él.
Inversamente, quien perdona a su prójimo, se verá a su vez perdonado por
Dios.
En
respuesta a la infinita misericordia de Dios, el salmo (Sal 102, 1-4.9-12),
nos recuerda su bondad y compasión, “El Señor es bondadoso y compasivo.”,
Él perdona todas tus culpas y cura todas tus dolencias; rescata tu vida del
sepulcro, te corona de amor y de ternura. No acusa de manera inapelable ni
guarda rencor eternamente; no nos trata según nuestros pecados ni nos paga conforme
a nuestras culpas.
Jesús, es
nuestro Maestro y de El son todas las buenas enseñanzas, el perfeccionó la
ley del perdón ampliándola para todos los hijos de su Padre y cualquier tipo
de ofensa, ¡Señor Perdónalos porque no saben lo que hacen!, y con su sangre nos
ha hecho a todos los hombres hermanos, y a saldado los pecados de los
hombres.
En el
Evangelio de Mt 18, 21-35, Pedro, parece convencido de que le plantea al
Señor algo exagerado, y se acerca a Jesús le preguntó a Jesús: "Señor,
¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga?
¿Hasta siete veces? Y el Señor le responde: “No te digo hasta siete
veces, sino hasta setenta veces siete”. Esta expresión oriental que
significa un número ilimitado de veces. Jesús emplea la misma expresión, para
enseñar así que el mal ha de ser vencido por la bondad ilimitada que se
manifiesta en el perdón incansable de las ofensas. Pensándolo bien resulta
una obligación desconcertante, casi impresionante.
¿Por qué
poner límites?, la caridad, el amor no tiene limites, como ya he comentado, siete
es un número indefinido, Jesús le respondió: "No te digo hasta siete
veces, sino hasta setenta veces siete”, esto es, un rechazo de plano a
la limitación agregándole un número simbólico aún más indefinido.
¿Cuál ha de
ser la actitud cristiana ante las faltas reiteradas del prójimo? La vida está
llena de reincidencias en culpas perdonadas, entonces, entonces, ¿vamos estar
sometidos al un número de indefinidos perdones? nuestros perdones,
¿consideran una actitud sincera de perdón ante Dios?
Pedro, que
plantea el problema, lo lleva al extremo de preguntar si incluso ha de
perdonar “siete veces,” número muchas veces simbólico de lo
universal (Gen 4:24). La pregunta de Pedro es equivalente a saber si tiene
que perdonar siempre. El judaísmo discutía el número legal de veces a
perdonar; generalmente eran cuatro. Pero era un perdón externo. La respuesta
de Jesús es afirmativa, con el grafismo oriental, de perdonar no sólo
“siete veces,” sino “setenta veces siete.” Y para
hacer más gráfica la enseñanza se expone una parábola.
Dice Jesús:
“Por eso, el Reino de los Cielos se parece a un rey que quiso arreglar
las cuentas con sus servidores. Comenzada la tarea, le presentaron a uno que
debía diez mil talentos.” El “talento” era una unidad
fundamental de peso; indicaba un peso determinado de dinero. El
“talento” comprendía 60 “minas” = 6.000
“dracmas áticas.” La “dracma ática” era equivalente
al “denario.” Y éste era la paga diaria de un jornalero (Mt
20:1). Por eso la deuda de 10.000 “talentos” era equivalente a 60
millones de "denarios.” La deuda era, pues, fabulosa. Entonces, la
escena, utiliza deliberadamente datos supuestos, para una finalidad
pedagógica.
Dice la
parábola; “Como no podía pagar, el rey mandó que fuera vendido junto
con su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la deuda.” Se
manda, para compensar en parte, vender a su mujer, hijos y propiedades. En
los contratos de entonces entraba la responsabilidad familiar. Sin embargo,
no es posible, con esta venta, lograr pagar una cantidad respetable de la
deuda de los 10.000 “talentos.” Sin embargo se acusa la
misericordia de su señor con él. Por lo que, no pudiendo pagar, el dueño se
lo perdona todo.
Pero se
contrapone la conducta de este siervo perdonado con lo que exige a su otro
compañero para que le pague, inmediatamente, una pequeña deuda: 100
”denarios.” Y al no pagarlos, lo mete en la cárcel. Enterado el
rey, lo manda encarcelar hasta que pague la deuda. La parábola se alegoriza
en parte. Se destacan algunas situaciones especiales, como el motivo por el
que el compañero del siervo debía haber perdonado, porque el rey — Dios
— le había perdonado a él. “Sed perfectos como es perfecto
vuestro Padre celestial” (Mt 5:43-48; cf. Col 3:12-15; Sant 2:13). También
se percibe, alegorizada, la distancia entre el perdón del rey al siervo
(60.millones de denarios”) y lo que no quería perdonar aquel otro
compañero (100 “denarios”). Esto habla de la deuda infinita del
perdón de Dios a los seres humanos, y la pequeñez de perdón de los seres
humanos entre sí.
Pero el
punto central es la necesidad de perdonar para que Dios perdone.
Pablo nos
recuerda: “Sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a
los otros, como Dios los perdonó en Cristo” (Ef 4,32). Esto es los
cristianos debemos perdonarnos siempre, no algunas veces. Ser buenos, como
dice Pablo, es saber emplear bien esta palabra, porque cuando queremos decir
que aprobamos algo y estamos conforme decimos esta bueno, y cuando queremos
indicar que algo que ya es suficiente y debe terminar, como el rencor,
decimos bueno, ya esta bien, aún mas cuando recibimos una agradable noticia
decimos que bueno, y cuando pecamos o ofendemos y nos arrepentimos o vemos a
alguien arrepentido, hay sentimientos de pena y lástima por la desgracia o
por el sufrimiento ajeno, por eso debemos ser buenos y compasivos. Es así,
como perdonamos siempre, como Dios nos perdona a nosotros, como Dios es bueno
con nosotros.
Para que la
caridad siempre este viva y reine entre nosotros, es indispensable el perdón
de las injurias, es así como Jesús rechaza las limitaciones que quiso poner
Pedro, para destacar aún más la necesidad de perdonar y sin límites, además
que hay que perdonar y siempre hacerlo de corazón, a igual que el amor, cuando
uno ama, ama de verdad, de todo corazón, sin límite y siempre. Así es,
nuestro Dios Padre con nosotros, así nos ha enseñado, y así debemos ser y
actuar, perdonar a nuestro prójimo de corazón, rogar por él, desearle todo
bien y hacer que llegue la paz, por sobre cualquier dificultad.
La parábola
que nos deja hoy Jesús, nos llega al corazón, porque nos damos cuenta de la
falta de generosidad de aquel que había recibido la benevolencia y la
comprensión y luego el se la niega a un hermano. Es así como luego al
enterarse el rey lo mandó llamar y le dijo: "¡Miserable!" e
indignado, lo entregó en manos de los verdugos hasta que pagara todo lo que
debía. Esa es la gran diferencia que quiere destacar Jesús y nos pone en
contrastes la generosidad de Dios, que nos perdona grandes deudas, contra la
mezquindad de los hombres, el cual muchas veces ni siquiera quiere perdonar
pequeñísimas cosas. No deja de se cierto la gran diferencia de nuestros
pecados contra Dios y la de algunos contra nosotros que comete nuestro prójimo
o nosotros contra ellos, por eso Jesús destaca que el servidor debía diez mil
y a el tan solo cien.
Pero
debemos tener muy en cuenta, que al final de este Evangelio, Jesús nos dice
“Lo mismo hará también mi Padre celestial con ustedes, si no perdonan de
corazón a sus hermanos". Esta deducción es muy clara, Dios no nos
perdonará, si nosotros no perdonamos. ¿Es justo esto?, lo que no es justo es
que nosotros pidamos perdón, Dios nos conceda misericordia y nosotros no
seamos capaces de perdonar (“perdona nuestras deudas…así como
nosotros perdonamos a los que nos ofenden...)
Oración
Retomemos
el pedido de Eclesiástico, pensemos en nuestro fin, y terminemos con todos
los enojos, recordemos los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo..., y
perdona el error. “ Perdona el agravio a tu prójimo y entonces, cuando
ores, serán absueltos tus pecados y recemos con amor:
OH mi amado
Jesús, Hijo de Dios, llegamos hasta a ti, porque tu eres nuestro único
Maestro, grandes son tus enseñanzas, y a pesar de que te seguimos, no siempre
te somos fieles, y reconocemos que no es difícil perdonar, queremos que nos
guíes, nos ayudes, e invocar tu gran misericordia. Si Señor, queremos pedirte
perdón, porque que tu puedes y quieres perdonarnos, porque tú has lavado nuestra
faltas y diste la vida por nosotros, porque tú eres nuestra salvación y toda nuestra
esperanza.
Te pedimos
Señor, que reanimes en nosotros el deseo y la confianza de tu perdón; vigoriza
el propósito de nuestra conversión y de nuestra fidelidad. Conocemos de tu dulzura,
de tu misericordia. Tú que quitas los pecados del Mundo, atiende esta
súplica. Amen.
El Señor
les Bendiga
Pedro Sergio
Antonio Donoso Brant
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