|
VIEGESIMO SEPTIMA SEMANA DEL TIEMPO
ORDINARIO
CICLO A
DOMINGO
LUNES MARTES
MIERCOLES JUEVES VIERNES
SABADO
DOMINGO
Lecturas
a.- Is. 5, 1-7: La viña del Señor de los ejércitos es
Israel.
b.- Flp. 4, 6-9: Todo lo que es virtud tenerlo en cuenta y
practicarlo.
c.- Mt. 21, 33-43: Parábola de los viñadores homicidas.
d.- S. Juan de la Cruz: “La viña que aquí dice, es el
plantel que está en esta santa alma de todas las virtudes, las cuales le dan
a ella vino de dulce sabor; esta viña del alma está florida cuando según la
voluntad está unida con el Esposo, y en el mismo Esposo está deleitándose
según todas estas virtudes juntas” (CB 16,4).
El tema de la Palabra de Dios es la entrega del Reino de
Dios a su nuevo pueblo, la Iglesia, en los tiempos mesiánicos. El profeta nos
presenta la hermosa imagen de la viña, es el canto de la viña, que representa
a Israel. Viña cuidada por el Señor, pero que en lugar de dar uvas cosechó
agraces, en lugar de justicia, iniquidad, honradez y escucha alaridos de
dolor. Después de tantos cuidados, solo conoció la ira y el castigo del
Señor, porque no dio los frutos esperados en su tiempo. La exhortación del
apóstol es a poner en práctica las virtudes teologales, fe, esperanza y
caridad y todo ese conjunto de virtudes que adoran la corona de los
vencedores, es decir, de los santos, de las cuales las primeras son su forma
y contenido. Es una invitación a seguir sus enseñanzas pero sobre todo su ejemplo
personal como apóstol (cfr. Flp. 3,17; 2Tim. 3,7; 4,10). El dueño de la viña
manda por dos veces a percibir los frutos a los labradores a quienes arrendó
la viña, sin obtener nada. Finalmente manda a su hijo, que es asesinado por
los viñadores homicidas. El dueño de la viña quiere hacer justicia a los
homicidas y entregar la viña a otros labradores. De la parábola resulta que
el dueño de la viña es Dios, el hijo es Cristo Jesús, los viñadores, los
jefes judíos, los primeros mensajeros los profetas y el castigo de justicia,
la entrega a las naciones paganas de la viña, es decir, el ingreso de los
gentiles al Reino de Dios.
Esta parábola, además de ser un compendio de la historia de
la salvación, que comienza con la alianza del Sinaí hasta Cristo Jesús, que
anuncia el Reino de Dios y la fundación de la Iglesia, Mateo, quiere acentuar
dos momentos importantes: Cristo y la comunidad eclesial, en la parábola. La
referencia a Cristo está en que el hijo es arrojado y muere fuera de la viña,
por los viñateros ambiciosos. Clara alusión a la muerte de Cristo, fuera de
las murallas de Jerusalén, en el Gólgota. La piedra, mencionada también en la
parábola por Jesús es una cita del Sal.118, rechazada en un tiempo, ahora es
piedra angular del edificio, tema muy querido por la primitiva comunidad para
referirse a Cristo resucitado y glorioso. “Y Jesús les dice: ¿No habéis
leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon,
en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso
a nuestros ojos?” (v. 42). La visión eclesial de Mateo, con intención
catequética para el nuevo pueblo de Dios, es acentuar la misión de la Iglesia
dentro de la historia de la salvación. “Por eso os digo: Se os quitará
el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos. Los sumos
sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba
refiriéndose a ellos” (vv. 43-45). Se produce un movimiento de atención
de la viña del comienzo hacia el Reino de Dios, confiado a la Iglesia. La
viña que representaba a Israel, ahora representa la Iglesia, el nuevo Israel,
el Reino de Dios. Los nuevos responsables son los representantes elegidos
desde el nuevo pueblo con un marcado sentido de comunidad eclesial, que sigue
cosechando frutos maduros de santidad y de gracia.
Como ayer, hoy Dios Padre espera frutos de conversión en
nuestra vida. La primitiva comunidad se aplicó la parábola a sí misma para
dar frutos según la voluntad de Dios. La mayor exigencia nos debe venir de
comprender que se nos ha confiado la vida del Reino de Dios a nosotros, a
cada miembro de la Iglesia, para ser servidores y fieles colaboradores en la
obra de la redención. Si hay muchos que no creen hoy es quizás porque no ven
en nosotros esos frutos que el Señor espera y que el mundo necesita: frutos
de justicia y de verdad, de un amor que sirve a todos y de una paz que se
ofrece a los corazones dolidos por la violencia. Este es el tiempo de la
cosecha, tiempo de frutos maduros, tiempo de responsabilidad con la fe recibida.
La Iglesia continuamente nos llama, como Cristo, a la conversión,
escuchémosla y maduremos hasta convertirnos en fruto preciosos a los ojos
amorosos de Dios Padre.
A diferencia de los viñadores que no cumplieron la voluntad
de su amo, el orante en el Cántico de S. Juan de la Cruz, tiene rendida su
propia voluntad al querer de Dios. La viña está florida y produce fruto
porque la voluntad del orante está unida al Esposo del alma, Jesucristo,
quien se deleita en medio de las virtudes, que como hermosos frutos de la
gracia, producen el dulce y sabroso vino del amor. Estos son los frutos que
Dios espera de quien lo ama y sirve en la humildad de un calllado y fecundo
amor.
LUNES
a.- Ga. 1,6-12: El Evangelio revelación de Jesucristo.
b.- Lc. 10, 25-37: ¿Quién es mi prójimo?
c.- S. Juan de la Cruz: “Quien a su prójimo no ama, a
Dios aborrece” (D 183).
De dos preguntas hechas por un letrado a Jesús, tiene
origen la parábola del buen samaritano. “Se levantó un legista, y dijo
para ponerle a prueba: Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia vida
eterna? El le dijo: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? Respondió:
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus
fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Díjole
entonces: Bien has respondido. Haz eso y vivirás. Pero él, queriendo
justificarse, dijo a Jesús: Y ¿quién es mi prójimo?” (vv. 25-29). La
pregunta del letrado acerca de su prójimo se justifica, porque las escuelas
rabínicas señalaban como prójimo sólo a los parientes, los amigos y otros
nacionales. Quiere saber el límite del amor al prójimo hasta dónde llega su
obligación de amarlo. Con la parábola del buen samaritano, Jesús, establece
que todo hombre necesitado es nuestro prójimo. De los tres viajeros sólo el
samaritano se preocupó por atender al malherido del camino con un amor
personal y eficaz. Sólo él practicó la misericordia con aquel, fue su
prójimo, respondió el letrado a la pregunta de Jesús, acerca de cuál le
parecía había sido obrado como prójimo del hombre herido (vv. 36-37). Hay
que hacer notar que la pregunta del letrado está hecha desde sí mismo,
respecto a quién amar como prójimo, Jesús establece la misma pregunta, pero
desde el dolor de quien padece necesidad, ponerse en su situación quien puede
esperar mi ayuda con lo que se establece que no hay límites para el amor.
Esta parábola está presidida por dos palabras: amar y
servir. La pregunta del letrado encierra la pregunta por la vida eterna: ¿qué
debo hacer para heredar la vida eterna? (v. 25). Luego de proponerle el
servicio al estilo del samaritano, Jesús le manda: “Le dijo entonces:
Bien has respondido. Haz eso y vivirás.” (v. 28). Al deseo de saber del
letrado, deseo válido pero insuficiente respecto el Reino de Dios, Jesús añade
el obrar guiado por el amor al prójimo, estableciendo que todo hombre
necesitado es nuestro prójimo. Amar podemos afirmar, es vivir vida verdadera.
Si Jesús lo propone, es porque el es el Buen Samaritano, con el prójimo que
sanó, resucitó, exorcizó, dio de comer, devolvió la luz de la vista, hizo
andar, etc. Los otros dos viandantes el sacerdote y el levita conocían a Dios
desde la Ley, pero eso no era suficiente, les faltaba la vida verdadera, es
decir, aquella que nace del amor. Conocían y servían a Dios pero no le amaban
de verdad. Ay de aquellos piadosos cuya piedad les permite ser egoístas y
fríos a la hora de ayudar al prójimo. Vida de ascesis y mística se queda en
vacío interior sin el amor que informa ese serio deseo de convertirse al
Señor para vivir su misterio de comunión. La vida de oración y conocimiento
pasa por la vida personal y el prójimo, si partimos estableciendo que la
oración es diálogo de amor con Dios, necesariamente pasa por el diálogo con
los hombres. Si no sé conversar con las realidades que les interesa a los
hombres, mucho menos sabré comunicarme con Dios. Una vida sin amor es muerte
en vida: “Quien no ama permanece en la muerte” (1 Jn. 3, 14).
Frase terrible que establece que sólo quien ama a Dios y al prójimo, vive de
verdad, porque sale de sí mismo, para ponerse en lugar del otro. Solo quien
ama hace el viaje hacia el otro no importando quien sea, sólo sabe que es su
prójimo y lo servirá sólo por esa razón. Lo hizo Jesús y los Santos a lo
largo de los siglos de historia de salvación en la Iglesia, camino del Reino
de Dios. ¿Estás dispuesto ha iniciar este viaje de tu vida a la de ese que
es tu prójimo?
Dura sentencia pero real que nos entrega el Santo del Amor,
como ha sido considerado Juan de la Cruz. Hay una lectura de trasfondo del
texto del evangelista Juan donde nos enseña que el amor a Dios pasa por el
amor al prójimo (cfr. 1 Jn. 4,20-21). Ver la necesidad del otro nos debería
mover a ayudarlo, salir de nuestra comodidad o bien estar, para compartir.
MARTES
a.- Ga. 1, 13-24: Anunciar a Cristo a los gentiles.
b.- Lc. 10, 38-42: Marta lo recibió en su casa.
c.- S. Juan de la Cruz: “Verdaderamente esta alma
está perdida en todas las cosas, y sólo está ganada en amor, no empleando ya
el espíritu en otra cosa. Por lo cual, aun a lo que es vida activa y otros
ejercicios exteriores, desfallece, por cumplir de veras con la una cosa sola
que dijo el Esposo era necesario, que es la asistencia y continuo ejercicio
de amor en Dios; lo cual él precia y estima en tanto, que, así como reprendió
a Marta porque quería apartar a María de sus pies por ocuparla en otras cosas
activas en servicio del Señor, entendiendo que ella se lo hacía todo y que
María no hacía nada, pues se estaba holgando con el Señor, siendo ella muy al
revés, pues no hay obra mejor ni más necesaria que el amor” (CB 29,1).
Frescura y lozanía encuentro en este evangelio, cálido de
amor de hogar y lleno de luz que entra por las ventanas, pero cuyos
resplandores permanecen en quienes la habitan. Marta y María, hermanas de
Lázaro, le hospedan como buenos amigos que son del Maestro. Marta, afanada en
los quehaceres doméstico, repara en que su hermana María está a los pies de
Jesús, embelesada escuchándole hasta que se lo advierte al invitado:
“Acercándose, pues, dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje
sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude. Le respondió el Señor: Marta,
Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o
mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será
quitada.” (vv. 40-42). La respuesta de Cristo Jesús, establece que lo
primero es la escucha de la Palabra de Dios, lo que está haciendo María, y
luego el servicio doméstico, que Jesús aprecia entre las muchas cosas que hay
que hacer, pero la única necesaria es la primera: escuchar a Dios (cfr. Mt.
4, 4; 6, 33). La propuesta de Jesús es incluyente, vida de acción
apostólica, representada por Marta y vida de oración y contemplación
representada por María, porque ambas son necesarias en la vida del discípulo
de Cristo y en su Iglesia. Más aún, la oración auténtica, lleva a la acción
por el Reino de los Cielos; la escucha de la palabra se vuelca en la acción
y ésta de nutre en las fuentes de la palabra de Dios.
Estas mujeres representan dos actitudes complementarias y
necesarias en la acogida del Reino de Dios, manifestado en Cristo Jesús en su
palabra y vida. La oración y la acción no se comprenden separadas sino muy
unidas para alcanzar ambas su plenitud y madurez. Son partes indivisibles del
misterio de Cristo. Se puede afirmar que se ora de dos formas con las manos
unidas, la contemplación, y con las manos abiertas, para la acción. Sin orar
la acción queda vacía de contenido cristiano y se puede convertir en otra
alternativa de trabajo social, pero no tiene la impronta de la
evangelización. Lo mismo sucede con la acción sin oración, puede convertirse
en un activismo que le falta lo fundamental interiorizar el misterio de Dios
en la vida. En ambos casos se puede entrar en opciones radicales, ineficaces
y anti evangélicas. El verdadero apóstol es contemplativo, dedica tiempo para
la oración, lectura de la Palabra de Dios que deriva en la de entrega al
prójimo. La fe que nos salva es la que actúa por la caridad, enseña Pablo
(Gál. 5, 6). S. Teresa de Jesús, en su obra cumbre, las Moradas establece que
el cristiano orante ha de ser Marta y María, porque en definitiva se trata
de servir a Jesucristo el Señor, que viene a nuestra vida. Síntesis para
quien ha hecho el camino de la oración pasando desde el servicio activo hasta
la cumbre de la contemplación. Hay que partir siendo Marta para llegar a ser
María, lo que significa de servicio y mejora de ese servicio hasta alcanzar a
vivir de lo único necesario y darle buen hospedaje al Señor de la gloria (cfr.
7 M
4,12).
No hay cosa más necesaria que ejercitarse en el amor,
porque ahí se juega la vida verdadera donde se crece en lo humano y divino.
Por eso que el místico no se opone a la actividad sino sea el amor que
conduzca a las almas a buscar la mejor forma de servir al Señor. De ahí que
advierta: “Al fin, para este fin de amor fuimos criados. Y adviertan
aquí los que son muy activos que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones
y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más
agradarían a Dios (dejando aparte el buen ejemplo que se daría) si gastasen
siquiera la mitad de este tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no
hubiesen llegado a tan alta como ésta” (CB 29,2). Que sea el amor de
Dios, puesto en ejercicio, quien nos conduzca a descubrir nuestra vocación
específica en la Iglesia.
MIERCOLES
a.- Ga. 2, 1-2.7-14: Reconocieron el don que he recibido.
b.- Lc. 11, 1-4: Señor, ensénanos a orar.
c.- S. Juan de la Cruz: “Y en las demás ceremonias
acerca del rezar y otras devociones, no quieran arrimar la voluntad a otras
ceremonias y modos de oraciones de las que nos enseñó Cristo (Mt. 6, 9-¬13;
Lc. 11, 1-¬2); que claro está que, cuando sus discípulos le rogaron que los
enseñase a orar, les diría todo lo que hace al caso para que nos oyese el
Padre Eterno, como el que tan bien conocía su condición y sólo les enseñó
aquellas siete peticiones del Pater noster, en que se incluyen todas nuestras
necesidades espirituales y temporales, y no les dijo otras muchas maneras de
palabras y ceremonias, antes, en otra parte, les dijo que cuando oraban no
quisiesen hablar mucho, porque bien sabía nuestro Padre celestial lo que nos
convenía (Mt. 6, 7-¬8). Sólo encargó, con muchos encarecimientos, que
perseverásemos en oración, es a saber, en la del Pater noster, diciendo en
otra parte que conviene siempre orar y nunca faltar (Lc. 18, 1)” (3S
44,4).
“Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar,
cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, como
enseñó Juan a sus discípulos.” (v. 1). Hay que acentuar en ese
evangelio que son los apóstoles los que piden a Jesús que les enseñe a orar,
como Juan Bautista había enseñado a sus discípulos. Sólo Mateo y Lucas
refieren esta oración con ligeras variantes: mientras el primero transmite
siete peticiones, el segundo sólo presenta cinco (cfr. Mt. 6,7ss). Oramos
habitualmente con la versión mateana. Se puede afirmar que el Pater Noster,
es una verdadera síntesis de todo el evangelio, escuela de catequesis y
sabiduría cristiana. Hay que redescubrir esta oración cristiana para orar
siempre con una mayor comprensión y profundidad. Comenzamos pidiendo que se
santificado el Nombre de Dios entre los hombres, la plena manifestación de su
Reino. Esta es la parte que se refiere a Dios. En la segunda parte, pedimos
el pan de cada día, el perdón de los pecados y la victoria sobre el mal y la
tentación. Como una gran sinfonía, esta oración está compuesta de adoración,
alabanza, en la primera sección y agradecimiento y peticiones en la segunda.
Toda esta oración está orientada al diálogo con Dios y a la propia
conversión. Si dialogamos con Dios, eso es la oración según Santa Teresa de
Jesús (cfr. V 8,5), es porque hemos aprendido a dialogar con los hombres.
La oración comienza dirigiéndose al Padre, es decir, nos
introduce en el seno y comunión de la Santísima Trinidad. Padre nuestro, nos
abre a todos los hombres, comenzando por Jesucristo, el Hijo del hombre,
nuestro Hermano mayor, el que nos representa junto al Padre. Se pide que su
santo Nombre sea bendecido y reconocido por todos los hombres, como también
llegue su Reino de amor redentor y salvador, de justicia plena, de paz y
verdad el error y supere la mentira propia y la que vemos en la sociedad.
Además se pide que se haga su voluntad en la vida de los creyentes. Vida
nueva de hijos de Dios. El hombre presenta sus necesidades: el pan de cada
día para vivir y compartir. Pero también pedimos el Pan de la Palabra y de la
Eucaristía, Pan que comunica la vida eterna del Resucitado y un lugar en las
Bodas del Cordero. Se pide perdón de las ofensas como también perdonamos a
nuestro prójimo que nos ha ofendido. Finalmente se pide vencer la tentación y
el mal que nos acecha y que nos aleja d Dios y para salir siempre vencedores
en todas las pruebas, especialmente en la hora de la muerte, es decir, el
combate final. Se pide la fidelidad en obrar el bien y evitar así el mal que
pudiéramos realizar y alcanzar la palma de la victoria final entre los justos
y santos del cielo. Meditemos esta oración pausadamente ya que aquí
encontramos una fuente de espiritualidad: “El les dijo: «Cuando oréis,
decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día
nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros
perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación.”
(vv. 2-4).
San Juan de la Cruz, fue hombre de oración por haber
ingresado en una Orden contemplativa como es el Carmelo, pero también porque
Dios le dio ciencia sabrosa para perseverar en ella hasta penetrar con
inteligencia amorosa el misterio de Dios y del hombre. El enseña: “Por
ninguna ocupación dejar la oración mental, que es sustento del alma”
(Grados De Perfección 5). La perseverancia en la oración no sólo es
necesaria, sino verdadero alimento de toda la vida teologal.
JUEVES
a.- Gá. 3, 1-5: Dios concede su Espíritu para responder a
la fe.
b.- Lc. 11, 5-13: Pedid y se os dará.
c.- S. Juan de la Cruz: “Grande mal es tener más ojos
a los bienes de Dios que al mismo Dios. Oración y desapropio” (D 137)
Este evangelio de hoy es como un eco del Pater Noster
puesto que habla de la oración perseverante. Extensión de la cuarta petición
del cristiano: danos hoy el pan de cada día. “Amigo, préstame tres
panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué
ofrecerle, y aquél, desde dentro, le responde: No me molestes; la puerta ya
está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a
dártelos” (vv. 6-7). El fin de la parábola es acentuar la necesidad de
la oración insistente: Dios escucha la oración de quien pide en forma
confiada (cfr. Lc. 18,1ss) y le concederá con tal de que deje de importunar,
como el amigo que ve interrumpido su descanso por la petición de su amigo
(v. 8). Luego de la parábola viene la enseñanza de Jesús que debemos
considerar: “Yo os digo: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis;
llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla;
y al que llama, se le abrirá” (vv. 9-10). Palabras consoladoras si consideramos
que Jesús nos insiste en pedir porque se nos dará, si buscamos con
perseverancia hallaremos y clamamos al Señor no nos dejará de escuchar y nos
hará ingresar en su intimidad. No podemos dejar de confiar en estas palabras
para cuando oramos diariamente y no sólo en caso de extrema necesidad. La
oración perseverante debería ser el diálogo habitual del cristiano que ora a
su Padre Dios, como hijo que necesita confiarle su vida y necesidades a quien
sabe lo ama desde siempre. Se pone el símil del padre que recibe la petición
del hijo que pide: “¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le
pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da
un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a
vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los
que se lo pida” (vv. 11-13). El Padre Dios le dará no sólo cosas buenas
(cfr. Mt. 7,11), sino que les dará lo principal el Espíritu Santo, es decir,
su Amor eterno, lo hará entrar en su comunión trinitaria. Con esto el
evangelista nos quiere enseñar que más que pedir cosas materiales hay que
pedir aprender a orar con Cristo al Padre en el Espíritu Santo. Pedagogía
oracional que todos necesitamos continuamente revivir.
Este evangelio da pie para reflexionar acerca de la actitud
que como cristiano tenemos frente a la oración. Se constata que hay
cristianos que no oran, porque no la consideran necesaria, otros por que no
saben hacerla, otros que la dejan como si nada y finalmente hombres y mujeres
que necesitan actualizar su concepto de oración y relacionarla más con su
propia experiencia de vida cristiana. Hay que distinguir primeramente lo que
es rezar y orar. Lo primero es recitar oraciones escritas, que pueden ser un
incentivo para orar, es decir, se pueden convertir en auténtica oración
contemplativa. Muchos se quedan sólo en eso. Orar es mucho más: diálogo de
amor con quien sabemos nos ama, dijo Teresa de Jesús (V 8, 5). Diálogo supone
dos personas: Dios y el orante. Diálogo de amor, amistad de por medio, es
decir, dos amigos que pueden conversar de corazón a corazón, cara a cara,
Dios el mejor amigo del hombre. ¿Qué le confía un hijo a su Padre? Su vida,
sus proyectos, sus necesidades, pero sobre todo le presenta su deseo de ser
amado. Sentir que lo escucha, sólo eso, es ya sentirse amado, hoy en que
pareciera fuéramos sordos para escuchar al otro. ¿Qué le confía un Padre a su
hijo? La voluntad que tiene para con él, sus deseos más íntimos. Es
precisamente el Hijo de Dios quien nos ha manifestado cada uno de los
secretos del Padre en su evangelio. Conocemos por tanto esos deseos, la
voluntad de Dios, lo importante es que ahora, por medio de la oración los
hagamos nuestros. Es en ese espacio donde Dios habla claro y fuerte a quien
lo quiere escuchar, dialogar con su Padre. Apreciemos como hijos el Padre que
tenemos y vivamos en su plenitud la filiación divina, de la cual Jesucristo
nos hizo partícipes.
Lo único que hay que pedir es el Espíritu Santo de Dios
precisamente para que todos los bienes nos lleguen por añadidura, es lo que
enseña y recomienda el místico Juan de la Cruz. El mayor bien del hombre es
la comunión con Dios, su vocación y su plenitud.
VIERNES
a.- Gal. 3, 7-14: La bendición de Abraham.
b.- Lc. 11, 15-26: El Reino de Dios ha llegado a vosotros.
c.- S. Juan de la Cruz: “La obra pura y entera hecha
por Dios en el seno puro hace reino entero para su dueño” (D 21).
La expulsión de un demonio trae consigo una fuerte disputa
entre Jesús y sus adversarios. Lo acusan de expulsar los demonios con el
poder de Belcebú. Mientras unos alaban su poder como Salvador, otros hablan
de complicidad con el demonio. El argumento usado por sus enemigos es absurdo
ya que nadie se pone en contra de sí mismo y menos un soberano. “Pero
él, conociendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí
mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está
dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?... porque decís que
yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por
Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán
vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que
ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (vv. 17-20). Es Jesucristo
quien ha vencido a Satanás con su misterio pascual de muerte y resurrección,
misterio de amor, vida nueva para el creyente. Echa fuera los demonios con el
dedo de Dios, es decir, con el Espíritu Santo de Dios (Mt. 12, 28). La
expulsión de demonios es una manifestación de la llegada del Reino de Dios en
medio de los hombres. Sólo desde la fe se puede comprender las acciones de
Jesucristo que quiere la liberación integral del hombre ayer y hoy y una
manifestación es librarlo del poder del mal.
«El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge
conmigo, desparrama” (v. 23). Si los signos de Dios son apreciados por
el creyente con un corazón abierto y agradecido, quiere decir, que acepta la
llegada del Reino de Dios a su vida. De lo contrario puede suceder, que como
el poseso, quede en peor situación de cómo lo encontró Jesús (cfr. Lc. 11,
24-26). La Iglesia es a quien se le ha confiado el Reino de Dios. Ella es la
que lo comunica con la Palabra y la vida teologal, es decir, abrirse a
Jesucristo y a su Buena noticia de salvación para todos los hombres desde la
fe y el amor que nos comunica. No aceptarlo es muerte para el hombre y queda
expuesto a la acción de Satanás. Es el Padre quien no ha dado en su Hijo
resucitado la vida y no la muerte, la libertad y no la esclavitud, la dicha y
el gozo del Espíritu Santo, en lugar de la desesperación. Sólo en Jesucristo
encontramos la salvación. No se nos ha dado otro Nombre en quien encontrar
salvación (cfr. Hch. 4, 11s). Como cristianos debemos colaborar en la
extensión del Reino de Dios, venciendo al mal en todas de sus
manifestaciones: injusticia y explotación del hombre, violación de los
derechos humanos, falta de amor en los matrimonios, pobreza, falta de
educación, etc. Jesucristo, la manifestación de amor del Padre, es más fuerte
que Satanás y su poder. La fe nos comunica el plan de Dios, por lo tanto
servidores fieles del Reino de Dios en su Iglesia; amantes escuchas de su
Evangelio y de la vida que nos comunica por sus Sacramentos. Asiduos a la
oración, expresión personal de amor a Jesucristo y a su Padre, vínculo de
gracia y fe por el cual llega a nosotros la vida divina que nos renueva en
nuestra condición de hijos de Dios.
Con este Dicho de luz y amor, San Juan de la Cruz, nos
enseña que toda obra hecha con pureza de intención por Dios es ganar ya en
el alma, en su seno, en su vida, el Reino de Dios para sí. Efectivamente
el orante, que tiene conciencia de la llegada del Reino de Dios a su vida,
procura vivir los valores del Evangelio y extender a todos los hombres los
bienes salvíficos que consigo trae a la sociedad.
SABADO
a.- Ga. 3, 22-29: Todos sois hijos de Dios por la fe.
b.- Lc. 11, 27-28: Dichosos los que escuchan la Palabra de
Dios.
c.- S. Juan de la Cruz: “Porque la limpieza de
corazón no es menos que el amor y gracia de Dios; porque los limpios de
corazón son llamados por nuestro Salvador bienaventurados(Mt. 5, 8), lo cual
es tanto como decir "enamorados", pues que la bienaventuranza no se
da por menos que amor. (2 N 12,1).
La verdadera dicha o bienaventuranza es escuchar la Palabra
de Dios y cumplirla. Es una mujer la que proclama la admiración que siente
el pueblo sencillo por Jesús. “Sucedió que, estando él diciendo estas
cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: ¡Dichoso el seno que
te llevó y los pechos que te criaron! Pero él dijo: Dichosos más bien los que
oyen la Palabra de Dios y la guardan.” (v. 27-28). Si bien la alabanza
es para Jesús, alcanza a la que tuvo el gozo de llevarlo en su seno y traerlo
al mundo su Madre María Santísima. Qué madre no se siente orgullosa de un
Hijo como Jesús. Acepta con gozo el cumplido pero añade: “Dichosos más
bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (v. 28). Esta
bienaventuranza es para todos los discípulos de Cristo, está dirigida
primeramente a su Madre, la primera que recibió la palabra de Dios, la
obedeció, la cumplió en su existencia. El Sí dado al ángel Gabriel, el
hágase, es el inicio de salvación para la humanidad entera. Es más dichosa
María por haber escuchado y cumplido la Palabra de Dios, que por ser Madre de
Jesús, enseña S. Agustín (cfr. LG 56). La Madre forma parte de la familia de
Jesús no sólo por tener tal vínculo biológico con Él, sino por cumplir la
palabra que le fue anunciada (cfr. Lc. 8,21). Es la Madre en el orden de la
vida y en el orden de la gracia, por la sangre y por el cumplimento fiel de
la Palabra. Además es Madre de la Iglesia, es decir, de todos los hermanos de
Jesucristo, en el orden de la fe. En la familia de Jesús ingresamos como
hermanos suyos, más que como simples invitados (cfr. Jn. 15, 15).
La Palabra, sólo la acogemos, si en el corazón del hombre
brilla la lámpara de la fe. Lo que nos demuestra que ambas caminan muy unidas
a la hora de decir que creemos en el Señor Jesús. En los evangelios
encontramos esta bienaventuranza de la Palabra y la fe muy unidas en la
visita de María a su prima Isabel: “¡Feliz la que ha creído que se
cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc. 1,
45), y más tarde cuando Jesús resucitado se aparece a los discípulos:
“Tomás le contestó: Señor mío y Dios mío. Le dice Jesús: Porque me has
visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.” (vv.
28-29). El gozo de tener fe mueve al cumplimiento de la Palabra de Dios. Es
lo que el Concilio, explica, vivió la Virgen María, sus propio peregrinar por
el camino de la fe, hecho de luces y sombras, fue comprendiendo el misterio
de la Palabra que proclamada por su Hijo, más allá de los lazos familiares,
acogiendo el Reinote Dios (cfr. LG 58). Esta Madre de Jesús y nuestra nos
ayude a caminar por la senda de la amistad con su Hijo, con una fe luminosa
en la comunidad eclesial de cuya vida teologal María es signo y meta que la
Iglesia quiere alcanzar (cfr. LG 63). La falta de compromiso de muchos
cristianos respecto de su fe, hace que hoy quizás no sea un incentivo el
creer en Dios. La respuesta de María a la Palabra y a la fe pueden suscitar
una mayor adhesión a su Hijo por el mismo camino que Ella hizo que comenzó
con un: Sí, creo.
Enamorados de Jesucristo esos son los bienaventurados, así
lo entiende Juan de la Cruz, un gran enamorado de Dios, purificado por la
eficacia de la gracia y del amor. Bienaventurados son los que escuchan y
ponen en práctica la Palabra que salva y nos introduce en la familia de
Jesús y de María, la que siempre se movió por la acción del Espíritu Santo
(3S 2,10).
Fr. Julio González C. OCD
|