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Asunto:[caminando-con-jesus] XXVII-SEMANA-TO-CICLO-A
Fecha:Sabado, 4 de Octubre, 2008  22:05:51 (-0400)
Autor:Caminando con Jesus <caminandoconjesus @...net>

XXVII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO CICLO A

 

 

 

 

 

 

Fr. Julio González C. OCD

 

TIEMPO ORDINARIO

2008

 

PALABRA Y ESPIRITUALIDAD

Pastoral de Espiritualidad

Frailes Carmelitas

Viña del Mar – Chile

 

                         

VIEGESIMO SEPTIMA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO

CICLO A

DOMINGO

LUNES     MARTES     MIERCOLES   JUEVES     VIERNES   SABADO


DOMINGO

Lecturas

a.- Is. 5, 1-7: La viña del Señor de los ejércitos es Israel.

b.- Flp. 4, 6-9: Todo lo que es virtud tenerlo en cuenta y practicarlo.

c.- Mt. 21, 33-43: Parábola de los viñadores homicidas.

d.- S. Juan de la Cruz: “La viña que aquí dice, es el plantel que está en esta santa alma de todas las virtudes, las cuales le dan a ella vino de dulce sabor; esta viña del alma está florida cuando según la voluntad está unida con el Esposo, y en el mismo Esposo está deleitándose según todas estas virtudes juntas” (CB 16,4).

El tema de la Palabra de Dios es la entrega del Reino de Dios a su nuevo pueblo, la Iglesia, en los tiempos mesiánicos. El profeta nos presenta la hermosa imagen de la viña, es el canto de la viña, que representa a Israel. Viña cuidada por el Señor, pero que en lugar de dar uvas cosechó agraces, en lugar de justicia, iniquidad, honradez y escucha alaridos de dolor. Después de tantos cuidados, solo conoció la ira y el castigo del Señor, porque no dio los frutos esperados en su tiempo. La exhortación del apóstol es a poner en práctica las virtudes teologales, fe, esperanza y caridad y todo ese conjunto de virtudes que adoran la corona de los vencedores, es decir, de los santos, de las cuales las primeras son su forma y contenido. Es una invitación a seguir sus enseñanzas pero sobre todo su ejemplo personal como apóstol  (cfr. Flp. 3,17; 2Tim. 3,7; 4,10). El dueño de la viña manda por dos veces a percibir los frutos a los labradores a quienes arrendó la viña, sin obtener nada. Finalmente manda a su hijo, que es asesinado por los viñadores homicidas. El dueño de la viña quiere hacer justicia a los homicidas y entregar la viña a otros labradores. De la parábola resulta que el dueño de la viña es Dios, el hijo es Cristo Jesús, los viñadores, los jefes judíos, los primeros mensajeros los profetas y el castigo de justicia, la entrega a las naciones paganas de la viña, es decir, el ingreso de los gentiles al Reino de Dios.

Esta parábola, además de ser un compendio de la historia de la salvación, que comienza con la alianza del Sinaí hasta Cristo Jesús, que anuncia el Reino de Dios y la fundación de la Iglesia, Mateo, quiere acentuar dos momentos importantes: Cristo y la comunidad eclesial, en la parábola. La referencia a Cristo está en que el hijo es arrojado y muere fuera de la viña, por los viñateros ambiciosos. Clara alusión a la muerte de Cristo, fuera de las murallas de Jerusalén, en el Gólgota. La piedra, mencionada también en la parábola por Jesús es una cita del Sal.118, rechazada en un tiempo, ahora es piedra angular del edificio, tema muy querido por la primitiva comunidad para referirse a Cristo resucitado y glorioso. “Y Jesús les dice: ¿No habéis leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores desecharon,  en piedra angular se ha convertido; fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?” (v. 42). La visión eclesial de Mateo, con intención catequética para el nuevo pueblo de Dios, es acentuar la misión de la Iglesia dentro de la historia de la salvación. “Por eso os digo: Se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos. Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que estaba refiriéndose a ellos” (vv. 43-45). Se produce un movimiento de atención de la viña del comienzo hacia el Reino de Dios, confiado a la Iglesia. La viña que representaba a Israel, ahora representa la Iglesia, el nuevo Israel, el Reino de Dios. Los nuevos responsables son los representantes elegidos desde el nuevo pueblo con un marcado sentido de comunidad eclesial, que sigue cosechando frutos maduros de santidad y de gracia.

Como ayer, hoy Dios Padre espera frutos de conversión en nuestra vida. La primitiva comunidad se aplicó la parábola a sí misma para dar frutos según la voluntad de Dios. La mayor exigencia nos debe venir de comprender que se nos ha confiado la vida del Reino de Dios a nosotros, a cada miembro de la Iglesia, para ser servidores y fieles colaboradores en la obra de la redención. Si hay muchos que no creen hoy es quizás porque no ven en nosotros esos frutos que el Señor espera y que el mundo necesita: frutos de justicia y de verdad, de un amor que sirve a todos y de una paz que se ofrece a los corazones dolidos por la violencia. Este es el tiempo de la cosecha, tiempo de frutos maduros, tiempo de responsabilidad con la fe recibida. La Iglesia continuamente nos llama, como Cristo, a la conversión, escuchémosla y maduremos hasta convertirnos en fruto preciosos a los ojos amorosos de Dios Padre.

A diferencia de los viñadores que no cumplieron la voluntad de su amo, el orante en  el Cántico de S. Juan de la Cruz, tiene  rendida su propia voluntad al querer de Dios. La viña está florida y produce fruto porque la voluntad del orante está unida al Esposo del alma, Jesucristo, quien se deleita en medio de las virtudes, que como hermosos frutos de la gracia, producen el dulce y sabroso vino del amor. Estos son los frutos que Dios espera de quien lo ama y sirve en la humildad de un calllado y fecundo amor.


LUNES

a.- Ga. 1,6-12: El Evangelio revelación de Jesucristo.

b.- Lc. 10, 25-37: ¿Quién es mi prójimo?

c.- S. Juan de la Cruz: “Quien a su prójimo no ama, a Dios aborrece” (D 183).

De dos preguntas hechas por un letrado a Jesús, tiene origen la parábola del buen samaritano. “Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba: Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia vida eterna? El le dijo: ¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees? Respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda  tu mente;  y a tu prójimo como a ti mismo. Díjole entonces: Bien has respondido. Haz eso y vivirás. Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: Y ¿quién es mi prójimo?” (vv. 25-29). La pregunta del letrado acerca de su prójimo se justifica, porque las escuelas rabínicas señalaban como prójimo sólo a los parientes, los amigos y otros nacionales. Quiere saber el límite del amor al prójimo hasta dónde llega su obligación de amarlo. Con la parábola del buen samaritano, Jesús, establece que todo hombre necesitado es nuestro prójimo. De los tres viajeros sólo el samaritano se preocupó por atender al malherido del camino con un amor personal y eficaz.  Sólo él practicó la misericordia con aquel, fue su prójimo, respondió el letrado a la pregunta de Jesús, acerca de cuál le parecía había sido obrado como prójimo del hombre herido  (vv. 36-37). Hay que hacer notar que la pregunta del letrado está hecha desde sí mismo, respecto a quién amar como prójimo, Jesús establece la misma pregunta, pero desde el dolor de quien padece necesidad, ponerse en su situación quien puede esperar mi ayuda con lo que se establece que no hay límites para el amor.

Esta parábola está presidida por dos palabras: amar y servir. La pregunta del letrado encierra la pregunta por la vida eterna: ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? (v. 25). Luego de proponerle el servicio al estilo del samaritano, Jesús le manda: “Le dijo entonces: Bien has respondido. Haz eso y vivirás.” (v. 28). Al deseo de saber del letrado, deseo válido pero insuficiente respecto el Reino de Dios, Jesús añade el obrar guiado por el amor al prójimo, estableciendo que todo hombre necesitado es nuestro prójimo. Amar podemos afirmar, es vivir vida verdadera. Si Jesús lo propone, es porque el es el Buen Samaritano, con el prójimo que sanó, resucitó, exorcizó, dio de comer, devolvió la luz de la vista, hizo andar, etc. Los otros dos viandantes el sacerdote y el levita conocían a Dios desde la Ley, pero eso no era suficiente, les faltaba la vida verdadera, es decir, aquella que nace del amor. Conocían y servían a Dios pero no le amaban de verdad. Ay de aquellos piadosos cuya piedad les permite ser egoístas y fríos a la hora de ayudar al prójimo. Vida de ascesis y mística se queda en vacío interior sin el amor que informa ese serio deseo de convertirse al Señor para vivir su misterio de comunión. La vida de oración y conocimiento pasa por la vida personal y el prójimo, si partimos estableciendo que la oración es diálogo de amor con Dios, necesariamente pasa por el diálogo con los hombres. Si no sé conversar con las realidades que les interesa a los hombres, mucho menos sabré comunicarme con Dios. Una vida sin amor es muerte en vida: “Quien no ama  permanece en la muerte” (1 Jn. 3, 14). Frase terrible que establece que sólo quien ama a Dios y al prójimo, vive de verdad, porque sale de sí mismo, para ponerse en lugar del otro. Solo quien ama hace el viaje hacia el otro no importando quien sea, sólo sabe que es su prójimo y lo servirá sólo por esa razón. Lo hizo Jesús y los Santos a lo largo de los siglos de historia de salvación en la Iglesia, camino del Reino de Dios. ¿Estás dispuesto ha iniciar este viaje de tu vida  a la de ese que es tu prójimo?   

Dura sentencia pero real que nos entrega el Santo del Amor, como ha sido considerado Juan de la Cruz. Hay una lectura de trasfondo del texto del evangelista Juan donde nos enseña que el amor a Dios pasa por el amor al prójimo (cfr. 1 Jn. 4,20-21). Ver la necesidad del otro nos debería mover a ayudarlo, salir de nuestra comodidad o bien estar, para compartir.    


MARTES

a.- Ga. 1, 13-24: Anunciar a Cristo a los gentiles.

b.- Lc. 10, 38-42: Marta lo recibió en su casa.

c.- S. Juan de la Cruz: “Verdaderamente esta alma está perdida en todas las cosas, y sólo está ganada en amor, no empleando ya el espíritu en otra cosa. Por lo cual, aun a lo que es vida activa y otros ejercicios exteriores, desfallece, por cumplir de veras con la una cosa sola que dijo el Esposo era necesario, que es la asistencia y continuo ejercicio de amor en Dios; lo cual él precia y estima en tanto, que, así como reprendió a Marta porque quería apartar a María de sus pies por ocuparla en otras cosas activas en servicio del Señor, entendiendo que ella se lo hacía todo y que María no hacía nada, pues se estaba holgando con el Señor, siendo ella muy al revés, pues no hay obra mejor ni más necesaria que el amor” (CB 29,1).

Frescura y lozanía encuentro en este evangelio, cálido de amor de hogar y lleno de luz que entra por las ventanas, pero cuyos resplandores permanecen en quienes  la habitan.  Marta y María, hermanas de Lázaro, le hospedan como buenos amigos que son del Maestro. Marta, afanada en los quehaceres doméstico, repara en que su hermana María está a los pies de Jesús, embelesada escuchándole hasta que se lo advierte al invitado: “Acercándose, pues, dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude. Le respondió el Señor: Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada.” (vv. 40-42). La respuesta de Cristo Jesús, establece que lo primero es la escucha de la Palabra de Dios, lo que está haciendo María, y luego el servicio doméstico, que Jesús aprecia entre las muchas cosas que hay que hacer, pero la única necesaria es la primera: escuchar a Dios (cfr. Mt. 4, 4; 6, 33). La propuesta de Jesús es incluyente, vida de acción apostólica,  representada por Marta y vida de oración y contemplación representada por María, porque ambas son necesarias en la vida del discípulo de Cristo y en su Iglesia. Más aún, la oración auténtica, lleva a la acción por el Reino de los  Cielos; la escucha de la palabra se vuelca en la acción y ésta de nutre en las fuentes de la palabra de Dios. 

Estas mujeres representan dos actitudes complementarias y necesarias en la acogida del Reino de Dios, manifestado en Cristo Jesús en su palabra y vida. La oración y la acción no se comprenden separadas sino muy unidas para alcanzar ambas su plenitud y madurez. Son partes indivisibles del misterio de Cristo. Se puede afirmar que se ora de dos formas con las manos unidas, la contemplación, y con las manos abiertas, para la acción. Sin orar la acción queda vacía de contenido cristiano y se puede convertir en otra alternativa de trabajo social, pero no tiene la impronta de la evangelización. Lo mismo sucede con la acción sin oración, puede convertirse en un activismo que le falta lo fundamental interiorizar el misterio de Dios en la vida. En ambos casos se puede entrar en opciones radicales, ineficaces y anti evangélicas. El verdadero apóstol es contemplativo, dedica tiempo para la oración, lectura de la Palabra de Dios que deriva en la de entrega al prójimo. La fe que nos salva es la que actúa por la caridad, enseña Pablo (Gál. 5, 6). S. Teresa de Jesús, en su obra cumbre, las Moradas establece que el  cristiano orante ha de ser Marta y María, porque en definitiva se trata de servir a Jesucristo el Señor, que viene a nuestra vida. Síntesis para quien ha hecho el camino de la oración pasando desde el servicio activo hasta la cumbre de la contemplación. Hay que partir siendo Marta para llegar a ser María, lo que significa de servicio y mejora de ese servicio hasta alcanzar a vivir de lo único necesario y darle buen hospedaje al Señor de la gloria (cfr. 7 M 4,12).

No hay cosa más necesaria que ejercitarse en el amor, porque ahí se juega la vida verdadera donde se crece en lo humano y divino. Por eso que el místico no se opone a la actividad sino sea el amor que conduzca a las almas a buscar la mejor forma de servir al Señor. De ahí que advierta: “Al fin, para este fin de amor fuimos criados. Y adviertan aquí los que son muy activos que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios (dejando aparte el buen ejemplo que se daría) si gastasen siquiera la mitad de este tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no hubiesen llegado a tan alta como ésta” (CB 29,2).  Que sea el amor de Dios, puesto en ejercicio,  quien nos conduzca a descubrir nuestra vocación específica en la Iglesia.


MIERCOLES

a.- Ga. 2, 1-2.7-14: Reconocieron el don que he recibido.

b.- Lc. 11, 1-4: Señor, ensénanos a orar.

c.- S. Juan de la Cruz: “Y en las demás ceremonias acerca del rezar y otras devociones, no quieran arrimar la voluntad a otras ceremonias y modos de oraciones de las que nos enseñó Cristo (Mt. 6, 9-¬13; Lc. 11, 1-¬2); que claro está que, cuando sus discípulos le rogaron que los enseñase a orar, les diría todo lo que hace al caso para que nos oyese el Padre Eterno, como el que tan bien conocía su condición y sólo les enseñó aquellas siete peticiones del Pater noster, en que se incluyen todas nuestras necesidades espirituales y temporales, y no les dijo otras muchas maneras de palabras y ceremonias, antes, en otra parte, les dijo que cuando oraban no quisiesen hablar mucho, porque bien sabía nuestro Padre celestial lo que nos convenía (Mt. 6, 7-¬8). Sólo encargó, con muchos encarecimientos, que perseverásemos en oración, es a saber, en la del Pater noster, diciendo en otra parte que conviene siempre orar y nunca faltar (Lc. 18, 1)” (3S 44,4).

“Y sucedió que, estando él orando en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.” (v. 1). Hay que acentuar en ese evangelio que son los apóstoles los que piden a Jesús que les enseñe a orar, como Juan Bautista había enseñado a sus discípulos. Sólo Mateo y Lucas refieren esta oración con ligeras variantes: mientras el primero transmite siete peticiones, el segundo sólo presenta cinco (cfr. Mt. 6,7ss). Oramos habitualmente con la versión mateana. Se puede afirmar que el Pater Noster, es una verdadera síntesis de todo el evangelio, escuela de catequesis y sabiduría cristiana. Hay que redescubrir esta oración cristiana para orar siempre con una mayor comprensión y profundidad. Comenzamos pidiendo que se santificado el Nombre de Dios entre los hombres, la plena manifestación de su Reino. Esta es la parte que se refiere a Dios. En la segunda parte,  pedimos el pan de cada día, el perdón de los pecados y la victoria sobre el mal y la tentación. Como una gran sinfonía, esta oración está compuesta de adoración, alabanza, en la primera sección y agradecimiento y peticiones en la segunda. Toda esta oración está orientada al diálogo con Dios y a la propia conversión. Si dialogamos con Dios, eso es la oración según Santa Teresa de Jesús (cfr. V 8,5), es porque hemos aprendido a dialogar con los hombres.

La oración comienza dirigiéndose al Padre, es decir, nos introduce en el seno y comunión de la Santísima Trinidad. Padre nuestro, nos abre a todos los hombres, comenzando por Jesucristo, el Hijo del hombre, nuestro Hermano mayor, el que nos representa junto al Padre. Se pide que su santo Nombre sea bendecido y reconocido por todos los hombres, como también llegue su Reino de amor redentor y salvador, de justicia plena, de paz y verdad el error y supere la mentira propia y la que vemos en la sociedad.  Además se pide que se haga su voluntad en la vida de los creyentes. Vida nueva de hijos de Dios. El hombre presenta sus necesidades: el pan de cada día para vivir y compartir. Pero también pedimos el Pan de la Palabra y de la Eucaristía, Pan que comunica la vida eterna del Resucitado y un lugar en las Bodas del Cordero. Se pide perdón de las ofensas como también perdonamos a nuestro prójimo que nos ha ofendido. Finalmente se pide vencer la tentación y el mal que nos acecha y que nos aleja d Dios y para salir siempre vencedores en todas las pruebas, especialmente en la hora de la muerte, es decir, el combate final. Se pide la fidelidad en obrar el bien y evitar así el mal que pudiéramos realizar y alcanzar la palma de la victoria final entre los justos y santos del cielo. Meditemos esta oración pausadamente ya que aquí encontramos una fuente de espiritualidad: “El les dijo: «Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre,  venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano,  y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos  debe,  y no nos dejes caer en tentación.” (vv. 2-4).

San Juan de la Cruz, fue hombre de oración por haber ingresado en una Orden contemplativa como es el Carmelo, pero también porque Dios le dio ciencia sabrosa para perseverar en ella hasta penetrar con inteligencia amorosa el misterio de Dios y del hombre. El enseña: “Por ninguna ocupación dejar la oración mental, que es sustento del alma” (Grados De Perfección 5). La perseverancia en la oración no sólo es necesaria, sino verdadero alimento de toda la vida teologal. 


JUEVES

a.- Gá. 3, 1-5: Dios concede su Espíritu para responder a la fe.

b.- Lc. 11, 5-13: Pedid y se os dará.

c.- S. Juan de la Cruz: “Grande mal es tener más ojos a los bienes de Dios que al mismo Dios. Oración y desapropio” (D 137)

Este evangelio de hoy es como un eco del  Pater Noster  puesto que habla de la oración perseverante. Extensión de la cuarta petición del cristiano: danos hoy el pan de cada día. “Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle, y aquél, desde dentro, le responde: No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos” (vv. 6-7). El fin de la parábola es acentuar la necesidad de la oración insistente: Dios escucha la oración de quien pide en forma confiada (cfr. Lc. 18,1ss) y le concederá con tal de que deje de importunar, como el amigo que ve interrumpido su   descanso por la petición de su amigo (v. 8). Luego de la parábola viene la enseñanza de Jesús que debemos considerar: “Yo os digo: «Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá” (vv. 9-10). Palabras consoladoras si consideramos que Jesús nos insiste en pedir porque se nos dará, si buscamos con perseverancia hallaremos y clamamos al Señor no nos dejará de escuchar y nos hará ingresar en su intimidad. No podemos dejar de confiar en estas palabras para cuando oramos diariamente y no sólo en caso de extrema necesidad. La oración perseverante debería ser el diálogo habitual del cristiano que ora a su Padre Dios, como hijo que necesita confiarle su vida y necesidades a quien sabe lo ama desde siempre. Se pone el símil  del padre que recibe la petición del hijo que pide: “¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pida” (vv. 11-13). El Padre Dios le dará no sólo cosas buenas (cfr. Mt. 7,11), sino que les dará lo principal el Espíritu Santo, es decir, su Amor eterno, lo hará entrar en su comunión trinitaria. Con esto el evangelista nos quiere enseñar que más que pedir cosas materiales hay que pedir aprender a orar con Cristo al Padre en el Espíritu Santo. Pedagogía oracional que todos necesitamos continuamente revivir. 

Este evangelio da pie para reflexionar acerca de la actitud que como cristiano tenemos frente a la oración. Se constata que hay cristianos que no oran, porque no la consideran necesaria, otros por que no saben hacerla, otros que la dejan como si nada y finalmente hombres y mujeres que necesitan actualizar su concepto de oración y relacionarla más con su propia experiencia de vida cristiana. Hay que distinguir primeramente lo que es  rezar y orar. Lo primero es recitar oraciones escritas, que pueden ser un incentivo para orar, es decir, se pueden convertir en auténtica oración contemplativa. Muchos se quedan sólo en eso. Orar es mucho más: diálogo de amor con quien sabemos nos ama, dijo Teresa de Jesús (V 8, 5). Diálogo supone dos personas: Dios y el orante. Diálogo de amor, amistad de por medio, es decir, dos amigos que pueden conversar de corazón a corazón, cara a cara, Dios el mejor amigo del hombre. ¿Qué le confía un hijo a su Padre? Su vida, sus proyectos, sus necesidades, pero sobre todo le presenta su deseo de ser amado. Sentir que lo escucha, sólo eso, es ya sentirse amado, hoy en que pareciera fuéramos sordos para escuchar al otro. ¿Qué le confía un Padre a su hijo? La voluntad que tiene para con él, sus deseos más íntimos. Es precisamente el Hijo de Dios quien nos ha manifestado cada uno de los secretos del Padre en su evangelio. Conocemos por tanto esos deseos, la voluntad de Dios, lo importante es que ahora, por medio de la oración los hagamos nuestros. Es en ese espacio donde Dios habla claro y fuerte a quien lo quiere escuchar, dialogar con su Padre. Apreciemos como hijos el Padre que tenemos y vivamos en su plenitud la filiación divina, de la cual Jesucristo nos hizo partícipes.   

Lo único que hay que pedir es el Espíritu Santo de Dios precisamente para que todos los bienes nos lleguen por añadidura, es lo que enseña y recomienda el místico Juan de la Cruz. El mayor bien del hombre es la comunión con Dios, su vocación y su plenitud.


VIERNES

a.- Gal. 3, 7-14: La bendición de Abraham.

b.- Lc. 11, 15-26: El Reino de Dios ha llegado a vosotros.

c.- S. Juan de la Cruz: “La obra pura y entera hecha por Dios en el seno puro hace reino entero para su dueño” (D 21).

La expulsión de un demonio trae consigo una fuerte disputa entre Jesús y sus adversarios. Lo acusan de expulsar los demonios con el poder de Belcebú. Mientras unos alaban su poder como Salvador, otros hablan de complicidad con el demonio. El argumento usado por sus enemigos es absurdo ya que nadie se pone en contra de sí mismo y menos un soberano. “Pero él, conociendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra  casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?... porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros  jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios” (vv. 17-20). Es Jesucristo quien ha vencido a Satanás con su misterio pascual de muerte y resurrección, misterio de amor, vida nueva para el creyente. Echa fuera los demonios con el dedo de Dios, es decir, con el Espíritu Santo de Dios (Mt. 12, 28).  La expulsión de demonios es una manifestación de la llegada del Reino de Dios en medio de los hombres. Sólo desde la fe se puede comprender las acciones de Jesucristo que quiere la liberación integral del hombre ayer y hoy y una manifestación es librarlo del poder del mal.

«El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama” (v. 23). Si los signos de Dios son apreciados por el creyente con un corazón abierto y agradecido, quiere decir, que acepta la llegada del Reino de Dios a su vida. De lo contrario puede suceder, que como el poseso, quede en peor situación de cómo lo encontró Jesús (cfr. Lc. 11, 24-26).  La Iglesia es a quien se le ha confiado el Reino de Dios. Ella es la que lo comunica con la Palabra y la vida teologal, es decir, abrirse a Jesucristo y a su Buena noticia de salvación para todos los hombres desde la fe y el amor que nos comunica. No aceptarlo es muerte para el hombre y queda expuesto a la acción de Satanás. Es el Padre quien no ha dado en su Hijo resucitado la vida y no la muerte, la libertad y no la esclavitud, la dicha y el gozo del Espíritu Santo, en lugar de la desesperación. Sólo en Jesucristo encontramos la salvación. No se nos ha dado otro Nombre en quien encontrar salvación (cfr. Hch. 4, 11s). Como cristianos debemos colaborar en la extensión del Reino de Dios, venciendo al mal en todas de sus manifestaciones: injusticia y explotación del hombre, violación de los derechos humanos, falta de amor en los matrimonios, pobreza, falta de educación, etc. Jesucristo, la manifestación de amor del Padre, es más fuerte que Satanás y su poder. La fe nos comunica el plan de Dios, por lo tanto servidores fieles del Reino de Dios en su Iglesia; amantes escuchas de su Evangelio y de la vida que nos comunica por sus Sacramentos. Asiduos a la oración, expresión personal de amor a Jesucristo y a su Padre, vínculo de gracia y fe por el cual llega a nosotros la vida divina que nos renueva en nuestra condición de hijos de Dios.   

Con este Dicho de luz y amor, San Juan de la Cruz, nos enseña que toda obra hecha con pureza de intención por Dios  es ganar ya  en el  alma, en su seno, en su vida,  el Reino de Dios para sí.  Efectivamente el orante, que tiene conciencia de la llegada del Reino de Dios a su vida, procura vivir los valores del Evangelio y extender a todos los hombres los bienes salvíficos que consigo trae a la sociedad.


SABADO

a.- Ga. 3, 22-29: Todos sois hijos de Dios por la fe.

b.- Lc. 11, 27-28: Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios.

c.- S. Juan de la Cruz: “Porque la limpieza de corazón no es menos que el amor y gracia de Dios; porque los limpios de corazón son llamados por nuestro Salvador bienaventurados(Mt. 5, 8), lo cual es tanto como decir "enamorados", pues que la bienaventuranza no se da por menos que amor. (2 N 12,1).

La verdadera dicha o bienaventuranza es escuchar la Palabra de Dios  y cumplirla. Es una mujer la que proclama la admiración que siente el pueblo sencillo por Jesús. “Sucedió que, estando él diciendo estas cosas, alzó la voz una mujer de entre la gente, y dijo: ¡Dichoso el seno  que te llevó y los pechos que te criaron! Pero él dijo: Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan.” (v. 27-28). Si bien la alabanza es para Jesús, alcanza a la que tuvo el gozo de llevarlo en su seno y traerlo al mundo su Madre María Santísima. Qué madre no se siente orgullosa de un Hijo como Jesús. Acepta con gozo el cumplido pero añade: “Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan” (v. 28). Esta bienaventuranza es para todos los discípulos de Cristo, está dirigida primeramente  a su Madre, la primera que recibió la palabra de Dios, la obedeció, la cumplió en su existencia. El Sí dado al ángel Gabriel, el hágase, es el inicio de salvación para la humanidad entera. Es más dichosa María por haber escuchado y cumplido la Palabra de Dios, que por ser Madre de Jesús, enseña S. Agustín (cfr. LG 56).  La Madre forma parte de la familia de Jesús no sólo por tener tal vínculo biológico con Él, sino por cumplir la palabra que le fue anunciada (cfr. Lc. 8,21). Es la Madre en el orden de la vida y en el orden de la gracia, por la sangre y por el cumplimento fiel de la Palabra. Además es Madre de la Iglesia, es decir, de todos los hermanos de Jesucristo, en el orden de la fe. En la familia de Jesús ingresamos como hermanos suyos, más que como simples invitados (cfr. Jn. 15, 15).

La Palabra, sólo la acogemos, si en el corazón del hombre brilla la lámpara de la fe. Lo que nos demuestra que ambas caminan muy unidas a la hora de decir que creemos en el Señor Jesús. En los evangelios encontramos esta bienaventuranza de la Palabra y la fe muy unidas en la visita de María a su prima Isabel: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc. 1, 45), y más tarde cuando Jesús resucitado se aparece a los discípulos: “Tomás le contestó: Señor mío y Dios mío. Le dice Jesús: Porque me has visto has creído.  Dichosos los que no han visto y han creído.” (vv. 28-29). El gozo de tener fe mueve al cumplimiento de la Palabra de Dios. Es lo que el Concilio, explica, vivió la Virgen María, sus propio peregrinar por el camino de la fe, hecho de luces y sombras, fue comprendiendo el misterio de la Palabra que proclamada por  su Hijo, más allá de los lazos familiares, acogiendo el Reinote Dios (cfr. LG 58). Esta Madre de Jesús y nuestra nos ayude a caminar por la senda de la amistad con su Hijo, con una fe luminosa en la comunidad eclesial de  cuya vida teologal María es signo y  meta que la Iglesia quiere alcanzar (cfr. LG 63). La falta de compromiso de muchos cristianos respecto de su fe, hace que hoy quizás no sea un incentivo el creer en Dios. La respuesta de María a la Palabra y a la fe pueden suscitar una mayor adhesión a su Hijo por el mismo camino que Ella hizo que comenzó con un: Sí, creo.     

Enamorados de Jesucristo esos son los bienaventurados, así lo entiende Juan de la Cruz, un gran enamorado de Dios, purificado por la eficacia de la gracia y del amor. Bienaventurados son los que escuchan y ponen en práctica  la Palabra que salva y nos introduce en la familia de Jesús y de María, la que siempre se movió por la acción del Espíritu Santo (3S 2,10).  

Fr. Julio González C.  OCD

 

 

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