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VIEGESIMO OCTAVA SEMANA DEL TIEMPO
ORDINARIO
CICLO A
DOMINGO
LUNES MARTES MIERCOLES
JUEVES VIERNES
SABADO
DOMINGO
a.- Is. 25,6-10: Festín y bonanza de los tiempos
mesiánicos.
b.- Flp. 4, 12. 19-20: Todo lo puedo en Aquel que me
conforta.
c.- Mt. 22, 1-14: Parábola del banquete de boda.
d.- S. Juan de la Cruz: “Pues ¿que dire de otros
intentos que tienen algunos de intereses en las fiestas que celebran? Los
cuales si tienen más el ojo y codicia a esto que al servicio de Dios, ellos
se lo saben, y Dios, que lo ve. Pero en las unas maneras y en las otras,
cuando así pasa, crean que más se hacen a sí la fiesta que a Dios; porque por
lo que su gusto o el de los hombres hacen, no lo toma Dios a su cuenta, antes
muchos se estarán holgando de los que comunican en las fiestas de Dios, y
Dios se estará con ellos enojando;…o como al que entró en las bodas mal
ataviado y compuesto, al cual mandó el rey echar en las tinieblas exteriores
atado de pies y manos (Mt. 22, 12¬13). En lo cual se conoce cuán mal sufre
Dios en las juntas que se hacen para su servicio estos desacatos. Este
pueblo con los labios me honra sólo, mas su corazón está lejos de mí, porque
me sirve sin, causa! (Mt. 15, 8). Porque la causa por que Dios ha de ser servido
es sólo por ser el quien es, y no interponiendo otros fines. Y así, no
sirviéndole sólo por quien el es, es servirle sin causa final de Dios”
(3S 38,3).
El profeta Isaías nos anuncia que en los tiempos
mesiánicos, Yahvé preparará para todos los pueblos en el monte Sión, en
Jerusalén, un banquete de buenos manjares vinos de solera; es entonces cuando
vencerá la muerte y secará las lágrimas de todos los rostros. Claro anuncio
de las bodas del Cordero, la vocación universal de toso los pueblos a
ingresar en el Reino de Dios. El apóstol Pablo, hombre experimentado en los
caminos del Señor, nos enseña que ha sabido vivir en la abundancia y en la
pobreza, poniendo toda su confianza en Aquel, que lo conforta desde lo
interior: Cristo Jesús.
Esta parábola tiene mucha semejanza con la de los viñadores
homicidas. Aquí se trata de un banquete en que da un rey con motivo de las
bodas de su hijo. Los invitados se excusan y hasta maltratan a los
mensajeros, a los nuevos mensajeros los asesinan. El rey como respuesta
destruye la ciudad, ahora extiende la invitación, la quedar excluidos los
primeros invitados, extiende la invitación a todos los que pasan por el
camino. Se entiende que el rey es Dios, el novio es Cristo, los mensajeros
son los profetas que fueron rechazados por el pueblo. El mismo Jesús después
de anunciar el Reino de Dios es rechazado por el poder religioso de Israel,
como los primeros invitados, abre las puertas del Reino a los gentiles y
paganos, a pecadores y publicános, etc. Estos son los nuevos destinatarios,
el nuevo Israel, la Iglesia de Cristo.
El hombre echado fuera por carecer del traje de bodas, es
otra parábola añadida a la del banquete, como un llamado a la conversión en
todo momento de la vida cristiana. La llamada universal a ingresar al Reino,
hecho por Dios a todos los hombres no significa la salvación inmediata, no
creer que por ser llamados ya son salvos, muchos son los llamados, pero pocos
los escogidos. Los escogidos son los que asumen de verdad la vida cristiana, reviven
el misterio pascual de Cristo en sus vidas; misterio de muerte y resurrección
y así ingresan al Reino. Hay que revestirse de Cristo Jesús, de sus
criterios, de sus sentimientos, hombres nuevos nacidos de la ley de la gracia
y justicia de Dios (cfr, Ef. 4, 23).
La Eucaristía es el banquete que anuncia Isaías y en
evangelio, sigo clarísimo del Reino, mejor dicho, comienzo o prefiguración
del banquete de la vida eterna. De ahí que la Eucaristía dominical, más que
una obligación a cumplir, es ante todo anticipo festivo de la fiesta del
banquete a que nos invita Dios, las bodas de su Hijo, las bodas eternas del
Cordero (cfr. Ap. 19, 6-9). Socialmente es claro que la invitación tiene
valor por la categoría de quien la hace: si es un personaje importante la invitación
adquiere un valor especial. Ahora bien, si es el mismo Dios quien nos invita
con mayor razón acudiremos con el mejor traje que tenemos. La respuesta si es
positiva, será agradecida correspondiendo de algún modo a la gratuidad de
Dios. Sin embargo, la experiencia nos enseña, que la respuesta a veces son
sólo excusas como los primeros invitados, y por intereses que pueden ser
nobles, pero a la larga se convierten en mezquinos respecto a Dios y su
invitación a participar en su Reino. Muchos se autoexcluyen de la fiesta,
negación que se refiere no sólo a Dios sino también a los hermanos. En el
fondo es un encerramiento en sí mismo, signo claro de egoísmo. Para
participar en el Reino de Dios y en la Eucaristía, alimento en este
camino, necesitamos la pobreza de espíritu, afectiva y efectiva, estar
revestidos de Cristo, y amor fraterno. Ser pobre de espíritu no es signo de
carencia sino de considerar a Dios nuestra única riqueza, dejar que ÉL nos
colme de bienes. Es estar dispuesto a servir a los hermanos de comunidad,
vivir con un corazón despegado de las cosas materiales y con libertad amar a
Dios y al prójimo. Pablo lo confiesa así: sabe vivir en abundancia y en
pobreza, está entrenado para todo (Flp. 4, 12-13). Revestirse de Cristo
Jesús, es asumir sus actitudes transformando la mente y el corazón según el
querer de Dios, sobre todo su amor al Padre y deseos de hacer su voluntad en
nuestra existencia. Es contarnos entre los escogidos, no por nuestros méritos
sino por la fidelidad a la gracia.
Finalmente al amor al prójimo, alegre y fraternal que nos
enseña a compartir, a servir porque a pesar de nuestras debilidades, tenemos
quien nos conforta: Cristo Jesús.
El místico Juan de la Cruz critica fuertemente a quienes se
valen del servicio divino para otros intereses. El culto hay que vivirlo
desde Dios, desde lo más íntimo del hombre que cree y bien dispuesto. La
Eucaristía es el comienzo de nuestra participación en el banquete de la vida
eterna. Revestidos de Cristo, podremos sin temor ingresar en la vida
verdadera que comienza aquí en este peregrinar en la fe.
LUNES
a.- Gál. 4,22-24.26-27.31-5,1.: No somos hijos de la
esclava sino de la libre.
b.- Lc. 11,29-32: A esta generación no se le dará más signo
que el signo de Jonás.
c.- S. Juan de la Cruz: “Pues, como dijo Dios al
profeta Jonás (4, 11) de los ninivitas, no sabemos lo que hay entre la
siniestra y la diestra, porque a cada paso tenemos lo malo por bueno, y lo
bueno por malo, y esto de nuestra cosecha lo tenemos. Pues, ¿que será si se
añade apetito a natural tiniebla? sino que como dice Isaías (59, 10): Habla
el profeta con los que aman seguir estos sus apetitos, y es como si dijera:
Habemos palpado la pared, como si fuéramos ciegos, y anduvimos atentando como
sin ojos, y llegó a tanto nuestra ceguera, que en el mediodía atollamos, como
si fuera en las tinieblas. Porque esto tiene el que está ciego del apetito,
que, puesto en medio de la verdad y de lo que le conviene, no lo echa más de
ver que si estuviera en tinieblas” (1S 8,7).
Encontramos la negativa de Jesucristo de hacer un signo
espectacular que avale su condición de Mesías. El signo de Jonás, preludio de
la resurrección de Cristo, es el que ofrece hoy a los hombres. Los que piden
la señal son los escribas y fariseos. En los Sinópticos se niega darles tal
signo (Mc. 8, 11), en cambio en Mateo y Lucas, Cristo se refiere al signo de
Jonás. “Mas él les respondió: “¡Generación malvada y adúltera!
Una señal pide, y no se le dará otra señal que la señal del profeta Jonás.
Porque de la misma manera que Jonás estuvo en el vientre del cetáceo
tres días y tres noches, así también el Hijo del hombre estará en el seno de
la tierra tres días y tres noches” (vv. 39-40). Con la comunidad
primitiva decimos referirse a la futura resurrección de Jesús. Él es el gran
signo para los hombres de ayer y de hoy. Aparecen en el relato, como hemos
visto Jonás, pero también Salomón y la reina de Saba (cfr. 2 Cro. 9,1-12;
Jon. 3,1-10). Así como Salomón fue un signo de Dios para su pueblo, por su
sabiduría excelsa, lo que atrajo a la reina de Saba; así también Jonás para
los ninivitas, quien por su predicación condujo al pueblo a la conversión
definitiva a Yahvé. De ahí que ambos será testigos contra esta generación que
conoció, oyó y vio los prodigios que Cristo realizó, pero que no se
convirtió. Cristo, es muy superior en sabiduría a Salomón “y aquí hay
algo más que Salomón” (v. 31). La vieja tentación es pedir señales
portentosas a Dios que manifieste su poder para creer, señales avasallantes,
que no dejan lugar a dudas respecto a su existencia y poder. Los israelitas
en el desierto habían pedido pruebas a Moisés para saber si Yahvé estaba con
su pueblo cuando pidieron el agua, el maná, comida, etc. (cfr. Ex. 16-17). Lo
mismo hacen los fariseos del tiempo de Cristo, piden signos. Lo mismo vivirá
más tarde Pablo de parte de los judíos y griegos solicitaban sabiduría como
camino hacia Dios. El único signo que ofrecerá Cristo y Pablo más tarde, será
la conversión que en la Cruz alcanza a ser precio y principio de redención
eterna para todo el que cree ya sea judío o griego. Y en la resurrección de
Cristo alcanza su cenit, el paso de la muerte a la vida verdadera, como lo
fue Jonás (cfr. Jon. 2,1-11). Para los primeros será escándalo aceptar un
Mesías crucificado y una necedad para los griegos que no entienden a un Dios
Crucificado. Se acepto o no Cristo Crucificado es la fuerza que salva y la
debilidad manifiesta de Dios en su Hijo, sabiduría para quien cree (1 Cor. 1,
22ss).
Los judíos quieren signos grandiosos, al estilo del Éxodo
con Moisés, para creer en Jesús, no les bastaba lo que hacía Jesús con sus
signos. Esto confirma que la fe no depende de los milagros, pueden provocarla
o guiarnos a ella. La indiferencia para con la fe de la sociedad de hoy
rechaza tales signos, sin embargo, otra parte los busca para tener en qué
creer provenga de donde provenga.
Los milagros no aseguran la fe ni la dan. La fe duradera no es el resultado
de un silogismo o raciocinio, sin olvidar que sea razonable creer y confiar
en Dios. La fe es un don de Dios que ilumina lo interior del hombre con la
gracia y la sabiduría del amor. Es un acto que brota de lo interior, de la
sinceridad del ser humano. Sería muy fácil para Dios demostrar su poder y dar
señales a los ateos e indiferentes hasta el punto de hacer imposible no dejar
de creer. No lo hace ni lo hará por la misma razón que no lo hizo Cristo
cuando fue tentado por Satanás en el desierto, ni ahora cuando se lo piden
estos fariseos, ni cuando colgado de la cruz, lapidan un signo los príncipes
de los sacerdotes. Dios, no fuerza a nade a creer, su propuesta de fe es
libre, por lo tanto la respuesta va también en ese sentido, nace de la
libertad del hombre. Cristo no quiere aplastar al hombre con un signo, sino
ganarlo a fuerza de amor redentor desde la Cruz, porque lo amó murió por él.
Como decíamos la resurrección es el gran signo del amor del Padre hacia cada
ser humano, ahí está la vida verdadera, el gran signo de todos los tiempos.
Sin fe es imposible tener cobertura para acoger este misterio y su mensaje.
El auténtico creyente no necesita milagros, le basta la obediencia de Cristo
y su amor al Padre, es decir fe pura y desnuda. Al cristiano le basta la fe,
Santa Teresa diría, solo Dios basta para creer.
Hablando de cómo los apetitos oscurecen y ciegan al hombre
para la verdad y la fe si no los mortifica, Juan de la Cruz, nos invita a la
conversión como Jonás a los ninivitas, como Jesucristo hoy. Los apetitos
están desordenados a causa del pecado que reina en nosotros de ahí la importancia
de mortificarlos con la luz sobrenatural de la sabiduría de Dios que ilumine
la inteligencia y la voluntad.
MARTES
a.- Gál. Gál. 4, 31-5,6: Lo importante es una fe viva.
b.- Lc. 11,37-41: Dad limosna y lo tendréis todo limpio.
c.- S. Juan de la Cruz: “ Para enderezar, pues, el
gozo a Dios en los bienes morales ha de advertir el cristiano que el valor de
sus buenas obras, ayunos, limosnas, penitencias, oraciones, etc., que no se
funda tanto en la cuantidad y cualidad de ellas, sino en el amor de Dios que
el lleva en ellas” (3 S 27,5).
Es en e contexto de una comida en casa de un fariseo, doce
Jesús aprovecha la ocasión para lanzar sus imprecaciones contra fariseos y
escribas (cfr. Mt. 23,13ss). El motivo fue suscitado por que Jesús no hizo
las abluciones, lavarse las manos, antes de sentarse a comer, lo que provocó
la admiración del fariseo (v. 38). El maestro de Nazaret, les echa en cara su
hipocresía, defecto del que quiere libar a sus discípulos (Lc. 12,1).
“Pero el Señor le dijo: «¡Bien! Vosotros, los fariseos, purificáis por
fuera la copa y el plato, mientras por dentro estáis llenos de rapiña y
maldad. ¡Insensatos! el que hizo el exterior, ¿no hizo también el interior?
Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán puras para
vosotros” (vv. 39-41). El maestro no se somete a tradiciones humanas,
como eran las tradiciones rabínicas, que en otra oportunidad él había
condenado (cfr. Mc.7, 21ss), porque se fijan en menudencias, olvidando los
mandamientos de Dios. Los acusa de hipócritas, codiciosos e intemperantes. Es
lo que sale del corazón del hombre lo que mancha al hombre. Es desde lo
interior de donde brota lo bueno y lo malo, lo que se necesita convertir con
urgencia. Desde un corazón convertido es donde nacen las obras nuevas. El
consejo final de Cristo a los fariseos es importante tenerlo en cuenta:
“Dad más bien en limosna lo que tenéis, y así todas las cosas serán
puras para vosotros” (v. 41). Es la limosna la que va a purificar a los
fariseos y no las purificaciones rituales. Será el compartir con el prójimo,
lo que purifica, dar la vida si fuera necesario, lo que hace puro al hombre a
los ojos de Dios.
La función de los ritos es buscar establecer la unión entre
el hombre y Dios, entre lo profano y lo sagrado. Lo nocivo es absolutizar el
rito por sobre lo que quiere significar o pretender alcanzar, que termina por
ocupar el centro, relegando lo interior del hombre de fe a un segundo plano.
Ambos aspectos son necesarios y complementarios: la actitud de quien ora y su
manifestación en el rito. Ese es el pecado de los fariseos, privilegiar los
ritos externos como purificaciones y ayunos, ley y tradiciones, sábados y
diezmos, votos y ofrendas, olvidando las disposiciones interiores del
corazón, en definitiva, lo único necesario para la comunión con Dios de parte
del hombre. Jesús lo plantea como la adoración en espíritu y en verdad
(cfr. Jn. 4,24) con su testimonio y evangelio, la nueva alianza que había
anunciado el profeta (cfr. Jr. 31,31ss). Los fariseos de ayer y de hoy han
cambiado con su obsesión por la ley dejan a Dios y su adoración por el
ritualismo; la seguridad del rito es miopía que no salva, en cambio la
adoración abre horizontes para acoger a su enviado Jesucristo y su reno de
salvación. La ley del cristiano consiste en adorar a Dios en la persona de su
Hijo. El es el único intercesor entre Dios y los hombres; su ley es el amor a
Dios y al prójimo. El amor es la plenitud de la ley; la fe que obra por la
caridad es la que salva al hombre (cfr. Gál. 5,6).
Todo lo que hagamos en bien de nuestro prójimo,
recomendación de Cristo a los fariseos, sea hecho desde el amor de
Dios, sin mezcla de otros intereses que pueden mermar el valor de la obra
realizada. Dios mira el amor con que son hechas estas obras, porque como dicen
el místico Juan de la Cruz, “el mirar de Dios es amar y hacer
mercedes” (cfr. CB 19,6).
MIERCOLES
a.- Gál. 5,18-25: Los que son de Cristo han crucificado sus
carnes.
b.- Lc. 11,42-46: ¡Ay de vosotros fariseos! Pasáis por alto
lo más importante.
c.- S. Juan de la Cruz: “El espíritu bien puro no se
mezcla con extrañas advertencias ni humanos respetos, sino solo en soledad de
todas las formas, interiormente, con sosiego sabroso se comunica con Dios,
porque su conocimiento es en silencio divino” (D 28).
“Pero, ¡ay de vosotros, los fariseos, que
pagáis el diezmo de la menta, de la ruda y de toda hortaliza, y dejáis
a un lado la justicia y el amor a Dios! Esto es lo que había que practicar
aunque sin omitir aquello. ¡Ay de vosotros, los fariseos, que amáis el primer
asiento en las sinagogas y que se os salude en las plazas! ¡Ay de vosotros,
pues sois como los sepulcros que no se ven, sobre los que andan los hombres
sin saberlo! Uno de los legistas le respondió: ¡Maestro, diciendo estas
cosas, también nos injurias a nosotros! Pero él dijo: «¡Ay también de
vosotros, los legistas, que imponéis a los hombres cargas intolerables, y
vosotros no las tocáis ni con uno de vuestros dedos!” (vv.
42-46). Las imprecaciones de Cristo son por la exterioridad que practican
olvidando el compromiso interior ante Dios y el prójimo. Los acusa de ser
pagar el diezmo de cosas que no contemplaba la ley, es decir, lo mínimo y
pasan por alto el amor y la justicia. Condena el orgullo y la ostentación que
hacen en los banquetes y sinagogas, buscando los primeros puestos. Buscan los
honores y no servir al prójimo. Finalmente los llama sepulcros
irreconocibles hablan de Dios pero por dentro están llenos de hipocresía y
crímenes. La crítica de Cristo pasa de los fariseos a los escribas, juristas
y maestros de la ley, motivado por la intervención de uno de ellos que se
siente aludido (v. 45). Los rabinos en lugar de ayudar y ser guías para su
pueblo hacia Dios, se han convertido en tiranos que controlan la ley de Dios
sino la vida y conciencia de los creyentes. La religión y moral se convierten
en un yugo imposible de llevar.
La negación de parte de los fariseos y escribas, de
reconocer a Jesucristo como el enviado del Padre, demuestra su ceguera para
dejarse iluminar por su palabra y persona. El maestro de Nazaret no vino a
abolir la ley ni su cumplimento, lo que critica es que se observe lo menudo
de ella y se olvide lo fundamental la justicia y el amor a Dios y al prójimo.
La primacía la tienen estas realidades que vienen de Dios para el hombre,
para que normen las relaciones entre los hombres. Conductas que ya estaban
prescritas en la antigua alianza de Dios con Moisés y su pueblo, pero, los
dirigentes se perdían en la casuística. Jesús quiere un volver a las fuentes
de la voluntad de Dios de donde mana la religión y ética
cristiana.
Todavía hoy en la Iglesia encontramos fariseos y escribas,
muy preocupados de cumplir normas y cánones, muy centrados en sí mismos, su
propia salvación y perfección. No han conocido todavía el evangelio del
Reino que trajo Jesús con sus actitudes de bondad y misericordia, de libertad
y amor al prójimo. La ley moral instaurada por Cristo nace del amor y sólo
desde esta realidad debe ser observada. Dios ofrece en su Hijo y en el
Espíritu Santo la salvación para el hombre caído, la respuesta humana, en
libertad y amor de quien en Cristo, conoce a Dios como Padre, y obra según su
voluntad (cfr. Gál. 5, 13-26). Hoy más que nunca se necesita predicar la
buena nueva en clima de libertad, proponer el camino del evangelio, como un
estilo de vida. Muchos lo agradecerán, otros nos criticarán, lo importante es
presentarse como hijos de una Iglesia viva, animada siempre por el Espíritu
de Dios.
Se necesita la pureza de espíritu, de intención para
acercarse a Dios y adorarlo en espíritu y en verdad, porque como enseña Juan
de la Cruz, su conocimiento lo ha recibido en silencio divino, es decir, en
vuelo contemplativo. La oración y adoración, la alabanza y la gratitud, hacen
del diálogo con Dios un éxtasis de amor.
JUEVES
a.- Ef. 1,1-10: Nos eligió en la persona de Cristo, antes
de crear el mundo.
b.- Lc. 11,47-54: Se pedirá cuenta de los profetas, desde
Abel hasta Zacarías.
c.- S. Juan de la Cruz: “El alma dura en su amor
propio se endurece” (D 34).
Terminan hoy las imprecaciones de Cristo contra los
escribas y maestros de la ley: “¡Ay de vosotros, porque edificáis los
sepulcros de los profetas que vuestros padres mataron! Por tanto, sois
testigos y estáis de acuerdo con las obras de vuestros padres; porque ellos
los mataron y vosotros edificáis. Por eso dijo la Sabiduría de Dios:
Les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos los matarán y perseguirán, para
que se pidan cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas
derramada desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la
sangre de Zacarías, el que pereció entre el altar y el Santuario. Sí, os
aseguro que se pedirán cuentas a esta generación. ¡Ay de vosotros, los
legistas, que os habéis llevado la llave de la ciencia! No entrasteis
vosotros, y a los que están entrando se lo habéis impedido. Y cuando
salió de allí, comenzaron los escribas y fariseos a acosarle implacablemente
y hacerle hablar de muchas cosas, buscando, con insidias, cazar alguna
palabra de su boca” (vv. 47-54). Estos escribas y maestros conservan el
mismo espíritu de sus padres, que no oyeron y mataron a los profetas, no
cumplen lo que enseñan y cierran la puerta del Reino de Dios a sí mismos y a
los demás. Poseen la llave de la ciencia, pero no aciertan con el camino
hacia Dios, y por lo mismo no permiten el ingreso de los humildes y
sencillos. Fracasan como creyentes y como guías del pueblo. Jesús vivió la
persecución, lo mismo la Iglesia naciente, de parte de la sinagoga de
Jerusalén. De ahí la sentencia de Cristo: a esta generación se le pedirá
cuenta de la sangre derramada de los profetas y apóstoles. Desde el justo
Abel hasta Zacarías que pereció entre el altar y el santuario (cfr. 2 Cro.
24,20-21).
Cada cristiano por su condición de bautizado es profeta. La
tarea del profeta de estos días es anunciar el evangelio, como Jesús y los
apóstoles, y denunciar lo que está contra la voluntad de Dios. Hay tantas
realidades que el evangelio debe iluminar para que el hombre tenga otra
visión distinta de lo que los gobiernos ofrecen y la política establece como
opinión de la gran mayoría. El profeta debe ser hombre contemplativo del
misterio de Dios, desde Dios y con su mirada contemplar el devenir del hombre
de hoy. Su palabra debe ilustrar las mentes y los corazones con
conocimiento cierto de la realidad, pero indicar a dónde debe llegar,
entregar las herramientas para alcanzar fines que la razón y la fe
demuestran alcanzables. Cuántos cristianos han dado la vida ayer y hoy
por proclamar el Reino de Dios, su palabra sigue resonando con mayor fuerza
en la Iglesia y fuera de ella, porque siguieron a Cristo hasta el final,
puestos los ojos en quien inició este camino de fe, el Señor Jesús, rey de
profetas y mártires reconocidos.
La sentencia del místico S. Juan de la Cruz es clara. Sólo
quien se deja vencer por el amor aprende a descubrir su cerrazón y abre su
vida a Dios y al prójimo. ¿No será que nuestra forma de vivir la religión,
tiene mucho de amor propio? Hay que revisarse al fuego lento del amor orado ante
la presencia de Jesucristo, el Señor, en clima de silencio y lectura de la
propia vida y verdad.
VIERNES
a.- Ef. 1,11-14: Habéis sido marcados por el Espíritu.
b.- Lc. 12,1-7: A vosotros os digo, amigos míos: no tengáis
miedo.
c.- S. Juan de la Cruz: “Mejor es sufrir por Dios que
hacer milagros” (D 187).
El tema de este evangelio es no temer y hablar francamente
de Cristo y su evangelio (cfr. Mt. 10, 26ss). Lo que Jesús predica a
los suyos, los doce, más tarde la Iglesia lo pregonará a todos lo pueblos de
la tierra. Pero como a Cristo y a los apóstoles de todos los tiempos, la
tarea de servir a la verdad, no resultará fácil para ninguno. De ahí que
Jesús nos prevenga: “Os digo a vosotros, amigos míos: No temáis a los
que matan el cuerpo, y después de esto no pueden hacer más. Os mostraré a
quién debéis temer: temed a Aquel que, después de matar, tiene poder para
arrojar a la gehenna; sí, os repito: temed a ése” (vv. 4-5). Lo
que hace Jesús es exhortarnos al valor porque la persona humana es inviolable
y porque Dios no olvidará a sus hijos. No hay que temer a los que matan el
cuerpo, pero no a la persona. Lo único que tenemos que temer es a Aquel que
puede condenar al hombre al infierno.
El Señor nos pide que conservemos el temor del Señor, que
no es miedo sino reverencia y respeto por las cosas de Dios. Dios se comporta
con todos nosotros como Padre, que nos ama y nos cuida como a verdaderos
hijos. “¿No se venden cinco pajarillos por dos ases? Pues bien, ni uno
de ellos está olvidado ante Dios. Hasta los cabellos de vuestra cabeza están
todos contados. No temáis; valéis más que muchos pajarillos” (vv. 6-7).
El miedo es un sentimiento muy humano, cuando está en peligro la propia
existencia, en quien testimonia la verdad del evangelio, frente a la injusticia
y la maldad del corazón del hombre. Jesús muchas veces debió apartarse para
no ser perseguido y maltratado por sus enemigos, de ahí que nos advierta que
el único verdadero mal sería: perder la vida verdadera para siempre, es
decir, la vida eterna. Sólo el amor a Dios es garantía para vencer el temor,
que engendra confianza plena en su poder salvador, como Abraham que creyó
contra toda esperanza (cfr. Rm. 4, 1ss).
La persecución que sufre el cristiano en esta sociedad, es
signo de que su seguimiento de Cristo es auténtico. El testimonio cristiano
es una denuncia contra la sociedad en que vivimos, sujeta a las pasiones de
la carne y al poder del dinero (cfr. 1 Jn. 2,16). Antes de odiarnos a
nosotros han odiado a Cristo Jesús (cfr. Jn. 15, 18ss), por eso nos lo
advirtió. Muchas veces la crítica no será ni contra Cristo ni la Iglesia sino
contra el mal testimonio que podemos dar de nuestra fe, lo que se convierte
en un llamado de atención a la fidelidad. Los estados también pueden
sentirse incómodos con la voz de la Iglesia y desatan persecución, sobre todo
cuando se defienden los derechos de la persona humana. En todo caso la
fidelidad al Reino de Dios de parte de los cristianos puede ser la causa de
persecución lo que habla del servicio que éstos prestan a la sociedad,
cultivando los valores de la justicia y el amor al prójimo. Desterremos el
miedo de nuestra existencia cristiana a la hora de evangelizar nuestro
entorno, hablando con franqueza en el Nombre de Jesucristo el Señor, a los
hombres de hoy y mañana.
Aterriza S. Juan de la Cruz a los espirituales, diciendo
que lo ordinario es padecer por Cristo, en este camino de fe. Los milagros
son cosas extraordinarias. Aquí se trata de vivir el día a día en cristiano.
Nada de milagros, la única gracia que debemos pedir es ser fieles en
el servicio a Dios y al prójimo las veinticuatro horas de la jornada.
Vivir en cristiano el hoy.
SABADO
a.- Ef. 1, 15-23: Cristo, Cabeza de la Iglesia.
b.- Lc. 12, 8-12: El Espíritu Santo os enseñará lo que tenéis
que decir.
c.- S. Juan de la Cruz: “El Espíritu Divino también
está unido con el (entendimiento) en aquella verdad, como lo está siempre en
toda verdad, de aquí es que, comunicando el entendimiento en esta manera con
el Espíritu Divino mediante aquella verdad, juntamente las demás verdades que
son acerca de aquella que pensaba, abriéndole puerta y yéndole dando luz el
Espíritu Santo enseñador. Porque esta es una manera de las que enseña el
Espíritu Santo. Y de esta manera, alumbrado y enseñado de este Maestro el
entendimiento, entendiendo aquellas verdades, juntamente va formando aquellos
dichos el de suyo, sobre las verdades que de otra parte se le
comunican” (2S 29,1-2).
Encontramos tres temas en este pasaje evangélico: confesar
a Jesucristo, pecados contra el Espíritu Santo y la inspiración del Espíritu
Santo a la hora de dar testimonio frente a las autoridades. La confesión de
la propia fe en Jesucristo ante los hombres es el criterio para saber qué
destino definitivo le espera en la eternidad: quien persevera hasta el final,
se salva. Quien reniega de Cristo, se acobarda, salva su vida, termina por
perderla para siempre. Testimoniar a Jesucristo, es dar la vida por ÉL en las
circunstancias más diversas, pero con un solo motivo que lo mueve, el amor a
su Señor y el deseo de seguirlo hasta el final. La fe se vive en la vida de
todos los días y no entre cuatro paredes. Fe sin obras no produce testimonio,
sino vergüenza, la fe que actúa por la caridad, esa salva a que la profesa y
al prójimo que sirve.
Quizás Jesús comprenda que muchos no crean en ÉL como
Mesías y Salvador, por su apariencia humana que vela su divinidad, quizás
comprenda que no acepten su Buena Nueva porque tampoco aceptaron el mensaje
de los profetas, pero eso se les puede perdonar. Sin embargo, el pecado
contra el Espíritu Santo, no se le perdonará (v. 10). Podemos preguntarnos:
¿A qué pecado se refiere? Marcos, agrega que se refería a quienes creían que
estaba endemoniado (cfr. Mc. 3,30). Creemos que se refiere a no creer en la
acción del Espíritu manifestada en la persona de Jesús Resucitado y en
Pentecostés. Es negar el dinamismo del Espíritu de Amor en la vida del
creyente, su gracia y su amor de parte de Jesucristo vivo. Pecado que excluye
la vida, el perdón, en definitiva la salvación.
Si Cristo nos mandó el Espíritu Santo, es para que
contáramos con ÉL, como obró en su existencia, así quiere que se
manifieste en cada uno de sus discípulos. Cuantos sean llevados ante los
tribunales, y han sido miles, no deben preocuparse por lo que dirán, porque
el Espíritu Santo los defenderá. Lucas, el evangelista del Espíritu, deja ver
el entusiasmo con que los cristianos de la primitiva comunidad daban
testimonio de su fe en los procesos que se llevaban a cabo ante las
autoridades judías como civiles. Los Hechos nos narran, por mano del mismo
Lucas, los diversos procesos que vivieron Pedro y Juan, Pablo y sus
compañeros. La incredulidad del mundo contra Cristo, su proceso y
juicio, continúa en la existencia de sus discípulos. De ahí la importancia
del testimonio del creyente a favor de Cristo y del Espíritu Santo en éste,
como testigo cualificado a favor de la fe (cfr. Jn. 15, 26ss). Guiados
por el Espíritu Santo, poseídos por su fortaleza, seremos discípulos
valientes y audaces testigos del evangelio de Cristo que han comprendido su
misterio y se encuentran a su servicio (cfr. Ef. 1,18ss).
Según enseña el místico Juan de la Cruz, el Espíritu
Santo siempre está trabajando en el alma del cristiano consciente de su
acción en el alma. Lo ilumina y sostiene en su caminar hacia Dios y en
el testimonio fecundo formando al discípulo que sabe defender y proponer su
fe en Cristo Jesús ante la sociedad.
Fr. Julio González C. OCD
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