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1. Introducción.
2. Ambiente familiar.
3. Infancia y juventud.
4. Monja en la encarnación.
5. La «conversión» de santa Teresa.
6. En S. José de Ávila.
7. Mujer inquieta y
andariega. Teresa fundadora.
8. En el umbral de la hoguera.
9. Los últimos años.
1. INTRODUCCIÓN.
Teresa de Cepeda y Ahumada vivió
durante el llamado «siglo de oro español». Época compleja, en la que la
«monarquía católica» alcanzó su máximo poderío económico, militar y político.
Contemporánea de Erasmo de Roterdam, Martín Lutero, Carlos V y Felipe II. Por
entonces compuso su música Tomás Luis de Vitoria y escribieron Garcilaso de
la Vega, Fray Luis de León y Cervantes. Mientras Juan de Herrera construía El
Escorial, Diego de Siloé, Juan de Juni y el Greco realizaban sus mejores
obras. «La Celestina» o «El Lazarillo de Tormes», también contemporáneos, nos
describen perfectamente las contradicciones de aquel tiempo.
Las tropas españolas se vieron
envueltas en numerosas guerras internacionales (conquistas en América y en el
Pacífico, enfrentamientos con Francia, Portugal e Inglaterra, «sacco» de
Roma, batalla de Lepanto contra los Turcos, guerras centroeuropeas de
religión, etc.). Demasiados conflictos para una población de apenas seis
millones de habitantes. Las familias castellanas, especialmente, veían partir
uno tras otro a todos sus varones. Comenzaron a faltar los brazos necesarios
para el cultivo de la tierra. Esto, unido a algunos años de sequía y al
continuo crecimiento de los impuestos para mantener esa gran máquina belicista,
provocaron el hambre y la miseria entre la población. Además, la llegada del
oro y la plata americanos hacía crecer la inflación; a pesar de que una gran
cantidad pasaba directamente de las galeras a los depósitos de los
prestamistas extranjeros. La monarquía hubo de anunciar la bancarrota en
varias ocasiones. Las revueltas populares (insurrecciones en Flandes, en
Castilla, en Aragón, en Valencia, etc.) fueron aplastadas sin miramientos.
Teresa de Ávila fue plenamente
consciente de los acontecimientos de su tiempo. Es sorprendente la cantidad
de referencias que encontramos en sus obras al Concilio de Trento, a las
guerras de religión, a las revueltas de los moriscos, a los enfrentamientos
con Francia y Portugal, a los procesos inquisitoriales y a los Índices de
libros prohibidos, a las conquistas americanas y a los productos que de allí
llegaban: patatas, cocos, pipote, tacamata... Como veremos, tuvo relación con
S. Pedro de Alcántara, S. Juan de Ávila, S. Luis Beltrán, S. Francisco de
Borja y S. Juan de la Cruz, entre otros.
Nos encontramos ante una mujer
dotada de una inteligencia despierta, de una voluntad intrépida y de un
carácter abierto y comunicativo. Su ingenio y simpatía la convirtieron en la
preferida de sus padres y capitana de todos los juegos de infancia. Ella
misma reconoce que «las gracias de
naturaleza que el Señor me había dado, según decían, eran muchas»
(V 1,9). Un contemporáneo suyo, el P. Pedro de la Purificación, escribió: «Una cosa me espantaba de la conversación de esta
gloriosa madre, y es que, aunque estuviese hablando tres y cuatro horas,
tenía tan suave conversación, tan altas palabras y la boca tan llena de
alegría, que nunca cansaba y no había quien se pudiera despedir de ella».
Parecido es el testimonio de la Hna. María de S. José: «Daba gran contento mirarla y oírla, porque era muy
apacible y graciosa». Fray Luis de León añade: «Nadie la conversó que no se perdiese por ella».
Su simpatía natural le abrió numerosas puertas y le ayudó a entretejer una
compleja red de relaciones y de amistades incondicionales con obispos,
religiosas, teólogos, nobles, hidalgos, mercaderes y arrieros; aunque también
le creó serias dificultades entre los que no veían compatibles la afabilidad
y la santidad. Ella tenía muy claro que «cuanto
más santas, han de ser más conversables», porque «un Santo triste es un triste Santo» y «un alma apretada no puede servir bien a Dios».
Le gustaba repetir: «Tristeza y
melancolía, no las quiero en casa mía».
Sus escritos son un fiel reflejo
de su persona y el mejor camino que tenemos para conocerla. De hecho, al
enviar el manuscrito de la Vida al P. García de Toledo, le escribe: «Aquí le entrego mi alma». Sin embargo,
hoy no podemos seguir manteniendo el prejuicio –tan repetido en tiempos
pasados- de que Teresa escribe como habla, de manera espontánea, sin
esforzarse en la redacción de sus obras. Es cierto que no utiliza muchos
artificios retóricos y que en ocasiones tampoco usa borradores ni tiene
tiempo de repasar lo que ha escrito. Sin embargo, algunos de sus símbolos son
muy elaborados y reescribe completamente varios de sus tratados. Además, las
importantes lagunas sobre temas conflictivos (la ascendencia de su familia
paterna, por ejemplo) y sus repetidas justificaciones y excusas por atreverse
a escribir, a pesar de ser mujer, nos dicen que las cosas no son tan
sencillas como podrían parecer a primera vista. Tan importante como lo que
cuenta en sus libros, es lo que se calla. En parte, sus numerosas cartas
completan estas lagunas. A pesar de todo, a veces nos encontramos con temas
que no desarrolla, por prudencia: «no es
para carta... Se lo diré cuando nos veamos, porque no son cosas para
escribirlas».
En el siglo XVI no estaba bien
visto que las mujeres fueran letradas, y mucho menos que se dedicaran a
escribir. En realidad, la mujer era casi considerada como un objeto,
propiedad del padre o del esposo. Sus funciones se reducían a ordenar el
trabajo doméstico, perpetuar la especie y satisfacer las necesidades sexuales
de su marido, a cuyo arbitrio se encontraban sometidas. Ella hubo de
enfrentarse continuamente a los que afirmaban que «la oración mental no es para mujeres, que les vienen ilusiones;
mejor será que hilen; no han menester esas delicadezas; bástalas el Pater
Noster y el Ave María...» (CE 35,2). Contra el parecer
mayoritario, ella afirma que, en el campo de la oración, las mujeres llegan a
ser mejores que los varones: «Hay muchas
más que hombres a quien el Señor hace estas mercedes, y esto oí al santo fray
Pedro de Alcántara (y también lo he visto yo), que decía aprovechaban mucho
más en este camino que hombres, y daba de ello excelentes razones, que no hay
para qué las decir aquí, todas a favor de las mujeres» (V 40,8).
Su vida y sus obras son una defensa a ultranza del derecho de la mujer a
pensar por sí misma y a tomar decisiones. Era consciente de la situación de
inferioridad en que se encontraba y necesitó utilizar continuamente sus dotes
persuasivas para que sus obras (y ella misma) no acabaran en la hoguera. En
todos sus libros insiste en que escribe «por
obediencia» a sus confesores o, al menos, «con su licencia». A pesar de todo, en
ocasiones habla de su deseo de escribir, consciente de que tiene algo valioso
que decir: «Al obispo envié a pedir el
libro de la Vida, porque quizá se me antojará de acabarle con lo que después
me ha dado el Señor, que podría escribir otro más grande» (Cta.
174,26). Tampoco es raro encontrar comentarios suyos como: «Contiene una doctrina harto buena» en
los títulos de los capítulos. También son bien conocidos sus esfuerzos para
publicar el Camino de Perfección ante la desconfianza que tenía sobre la
fidelidad de las numerosas copias que se iban sacando de sus manuscritos.
Ante la necesidad de pasar la
censura, a cada paso intenta justificar su actividad, presentándose como
inofensiva, insistiendo en que «me lo han
mandado... mucho me cuesta emplearme en escribir, cuando debería ocuparme en
hilar... de esto deberían escribir otros más entendidos y no yo, que soy
mujer y ruin... como no tengo letras, podrá ser que me equivoque... escribo
para mujeres que no entienden otros libros más complicados...». A
pesar de todos sus esfuerzos, en los márgenes de sus escritos podemos
encontrar anotaciones de los censores como ésta: «parece que reprende a los inquisidores que quitan libros de oración».
Y tacharon con tal furia un desahogo de su corazón, que no se ha podido leer
hasta nuestros días, ayudados por los rayos x, y aún hoy algunas líneas no se
pueden descifrar: «No aborrecisteis, Señor
de mi alma, cuando andabais por el mundo, las mujeres. Antes las
favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más
fe que en los hombres... No basta, Señor, que nos tiene el mundo
acorraladas... que no hagamos cosa que valga nada por vos en público, ni
osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos
habíais de oír petición tan justa. No lo creo yo, Señor, de vuestra bondad y
justicia, que sois justo juez y no como los jueces del mundo, que –como
son hijos de Adán y, en fin, todos varones- no hay virtud de mujer que no
tengan por sospechosa... que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes,
aunque sean de mujeres» (CE 4,1).
Se añade a lo anterior la
dificultad de escribir sobre temas interiores,
«para los que no sirven las palabras ordinarias». Sus primeros
escritos son un tremendo esfuerzo para hacer luz en sus experiencias
místicas. «Hartos años estuve yo que leía
muchas cosas y no entendía nada de ellas; y mucho tiempo que, aunque me lo
daba Dios, no sabía decir ni una palabra para darlo a entender, que no me ha
costado esto poco trabajo» (V 12,6). Comienza subrayando en libros
de otros autores lo que más se parece a lo que ella está viviendo. De ahí
pasa a escribir breves Relaciones que entregar a sus confesores y a personas
letradas en busca de consejo. Más tarde se enfrenta a obras más complejas,
con clara intención docente. Con estos presupuestos claros, nos acercaremos a
su vida y a sus obras.
2.
AMBIENTE FAMILIAR.
Descendiente de judeoconversos, su
abuelo paterno, Juan Sánchez de Toledo, fue procesado por la inquisición en
1485 y obligado a llevar el sambenito durante siete viernes. El capirote
quedaba expuesto en la iglesia parroquial del acusado para perpetua memoria e
ignominia del condenado y de sus descendientes. La familia se vio obligada a
abandonar su próspero negocio de telas en Toledo y a trasladarse a un lugar
donde nadie les conociera: Ávila, ciudad de importante memoria histórica,
aunque con menos posibilidades que la populosa capital del imperio. Allí
compraron un certificado falso de hidalguía, que les eximía de pagar
impuestos y les ofrecía otros privilegios, y se dedicaron a dilapidar la
fortuna amasada con tantos esfuerzos, para aparentar una condición que no
poseían: la de cristianos viejos. Los hijos, incluido el que sería padre de
Santa Teresa, casaron con doncellas de la baja nobleza y se dedicaron a la
vida de los caballeros de la época: paseos por la ciudad, vestidos con telas
caras y acompañados de abundante servidumbre, cacerías en la montaña,
temporadas en la casa solariega del campo y –por supuesto- nada de
trabajos manuales que pudieran manchar la «honra» de la familia. La
recaudación de rentas reales y de beneficios eclesiásticos y la
administración de abundantes tierras y cabezas de ganado supusieron una buena
fuente de ingresos mientras vivió el emprendedor abuelo, pero se mostraron
insuficientes a su muerte.
En el siglo XVI se entendía la
honra como un reflejo de la opinión de los demás (la reputación) y no como la
posesión de unas virtudes. Ella lo reconoce al afirmar que «por maravilla hay honrado en el mundo si es pobre,
antes, aunque sea en sí honrado, le tienen en poco» y que «estamos en un mundo en el que hay que pensar lo
que puedan decir de nosotros para que hagan efecto nuestras palabras».
Por honra se podía matar o dejarse morir de hambre (se puede pensar en todos
los personajes que desfilan por la literatura picaresca de la época:
licenciados, hidalgos o clérigos arruinados, que sólo poseían una camisa, o
dormían en el suelo, o no tenían para comer, pero no se privaban de escudero
o criada). La honra conllevaba el reconocimiento social, pero se convertía en
una verdadera esclavitud: los vestidos, los alimentos, los gestos, los
tratamientos... tenían que ser conformes a la propia condición: «Está el mundo de manera que habían de ser más
largas las vidas para aprender los puntos y novedades y maneras que hay de
crianza... Hasta para aprender los títulos en los encabezamientos de las
cartas se necesita ser catedrático» (V 37,9ss). El trabajo manual
se consideraba deshonroso. Los descendientes de conversos y los que ejercían
algunos oficios considerados viles estaban continuamente expuestos a sufrir
afrentas y exclusiones, podían ser detenidos y torturados por cualquier
motivo y nunca podían aspirar a formar parte de las clases influyentes de la
sociedad. Muchos oficios, tanto civiles como eclesiásticos, les estaban
también vedados.
Cuando la Santa comienza el «Libro
de la Vida» no dice que sus padres fueran nobles (al contrario que todos sus
biógrafos antiguos), sino que eran «virtuosos
y temerosos de Dios... de mucha caridad con los pobres y grandísima
honestidad». Incluso en cierta ocasión que el P. Gracián se puso a
hablar de la nobleza del linaje de la Santa, ella «se enojó mucho conmigo porque trataba de esto, y dijo que a ella le
bastaba ser hija de la Iglesia Católica y que más le pesaba haber hecho un
solo pecado, que si fuera descendiente de los más viles y bajos villanos y
confesos del mundo». Es sorprendente la cantidad de páginas que
Santa Teresa dedica a hablar de «la
pestilencia de la honra», insistiendo en que en sus conventos «todas han de ser iguales y la que tenga padres más
nobles, que los nombre menos». Aunque las Órdenes religiosas
pedían a los candidatos un certificado de «limpieza de sangre» (no ser hijo
ilegítimo ni descendiente de judíos, musulmanes, indios, negros...), ella no
permitió que se introdujera esa norma en sus Constituciones.
3.
INFANCIA Y JUVENTUD.
Alonso Sánchez de Cepeda se casó
sucesivamente con dos hijas de terratenientes. La peste de 1507 se llevó a su
padre, Juan, y a su primera esposa, Catalina del Peso, con la que llevaba dos
años casado y que dejó dos hijos pequeños. Pronto volvió a casar con Beatriz
de Ahumada, de sólo 14 años, que moriría a los 33, después de haberle dado 10
hijos más: «Éramos tres hermanas y nueve
hermanos» (V 1,4). Teresa nació
en 1515 en una casa grande y acomodada, con huerto, noria y
establos, arcones, tapices y alfombras. El alto nivel de vida fue vaciando
las arcas del padre, el cual gastaba gran parte de su tiempo entre libros de
Séneca, Boecio, vidas de Santos... que él mismo se encargaba de leer a sus
hijos. La madre también era una apasionada de la lectura, especialmente de
los libros de caballerías. Desde muy pequeña, Teresa heredó esta afición de
sus padres: «Era tan en extremo lo que en
esto me embebía que, si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento»
(V 1,1). Quedará para siempre «amiga de
letras» (V 5,3; 13,18). Más tarde recomendará a sus monjas que
sean amigas de los buenos libros, que «son
alimento para el alma como la comida lo es para el cuerpo». Ella
misma enseñó a leer y escribir a algunas de las candidatas al Carmelo.
Con 7 años convence a su hermano
Rodrigo para que se escapen juntos «a
tierra de moros, para ser decapitados por Cristo» y alcanzar, así,
las glorias del cielo. Un tío suyo los detuvo junto a la Cruz de los cuatro
postes y hubieron de contentarse con dedicarse a construir pequeñas ermitas
en el huerto familiar «juntando unas
piedrecillas, que pronto se nos caían». Allí soñaban con aventuras
y la pequeña Teresa llegó a escribir un libro de caballerías, hoy perdido.
Sus amigas la molestaban porque no había ninguna Santa con su nombre en el
calendario; ella les respondía segura: «Yo
seré la primera». Cuando Teresa
contaba 13 años, falleció su madre. «Como yo entendí lo que había perdido, afligida fuime a una imagen de
Nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre con muchas lágrimas» (V
1,7). Podemos decir que aquí termina su infancia.
La relación con una prima de costumbres
ligeras enfría su espíritu y hace que los entretenimientos de la niñez queden
cada vez más lejos y se cambien por coqueteos y conversaciones vanas. Su alto
sentido del honor y las continuas advertencias de su padre impidieron que una
amistad particularmente afectuosa con un primo llegase a fraguar en
relaciones carnales: «Comencé a traer
galas y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y
cabello, y olores y muchas vanidades... Hasta que traté con ella no tenía
totalmente perdido el temor de Dios, aunque lo tenía mayor de la honra. Éste
tuvo fuerza para no perderla del todo... Mi padre y mi hermana reprendíanme
muchas veces... Era el trato con quien por vía de casamiento me parecía poder
acabar bien» (V 2,2ss).
En 1530 partió hacia las Indias su
hermano Hernando, huyendo de las penurias económicas que se cernían sobre la
familia por los gastos excesivos. Pronto le seguirían otros hermanos. En 1531
se casa su hermana María. Ocasión que aprovecha D. Alonso para internar a su
hija como pupila en las Agustinas. Allí se hospedaban jóvenes de buena
familia en un ambiente de recogimiento, en el que aprendían labores y unas
rudimentarias nociones culturales. «Me
llevaron a un monasterio que había en ese lugar, adonde se criaban personas semejantes...
aguardaron a coyuntura que no pareciera novedad; porque haberse casado mi
hermana y quedar yo sola, sin madre, no era bien» (V 2,6). Teresa tenía 16 años y se declaraba «enemiguísima de ser monja». La hermana
María de Briceño era la encargada de las doncellas. Su trato afable y su
piedad sincera conquistaron el corazón de Teresa: «Holgábame de oírla cuán bien hablaba de Dios... Estuve año y medio
en este monasterio, harto mejorada» (V 3,1).
Una enfermedad de «calenturas con grandes desmayos» la
obliga a retornar a la casa paterna. Será el anticipo y el anuncio de una
vida marcada por la enfermedad. Una vez recuperada, visita a su tío Pedro en
Hortigosa y a su hermana María en Castellanos de la Cañada. El primero era un
hombre viudo, desengañado de las cosas del mundo, que ocupaba su tiempo en
leer buenos libros ascéticos y le regaló las cartas de S. Jerónimo. Teresa
era ya una mujer y le había llegado el tiempo de tomar decisiones sobre su
futuro. No tenía muchas alternativas. O someterse a un marido hasta morir de
sobreparto, como muchas de sus contemporáneas –incluida su propia
madre- o meterse monja. Ella misma reconoce que, al decidirse por la segunda
opción, no lo hacía por motivos sobrenaturales totalmente claros: «Más me parece me movía un temor servil, que no
amor» (V 3,6). Incluso al decidirse por las Carmelitas, lo hace
porque allí estaba su gran amiga Juana Juárez: «Miraba yo más mis gustos y mi vanidad que lo que fuera mejor para mi
alma». Pero Dios sabe escribir derecho con renglones torcidos.
4.
MONJA EN LA ENCARNACIÓN.
Teresa comunicó a su padre el
deseo de hacerse monja, pero éste se negó a que lo pudiera realizar «mientras él estuviera vivo». Así que
esperó el momento oportuno para huir en medio de la noche, en compañía de su
hermano Antonio, al que había convencido para que entrara en los Dominicos.
Era el 2 de noviembre de 1535. Teresa
contaba 20 años y era tal el afecto que tenía a su padre, que
sintió un terrible dolor al dejar su casa: «No
creo será más el sentimiento cuando me muera, porque me parece que cada hueso
se me apartaba de su sitio» (V 4,1). Pronto aceptó su padre la
novedad y ofreció una generosa dote: veinticinco fanegas de pan, una cama con
dos colchones, seis almohadas, dos cojines, alfombras, ropas abundantes, hábitos,
sayas, mantos, velas, limosnas... y hasta tocas nuevas y un banquete para
todas las religiosas del convento. Ella se adaptó bien a su nuevo estado: «En tomando el hábito, entróme un gran contento,
que no me ha faltado hasta hoy» (V 4,2).
En el noviciado tomó contacto con
la riquísima tradición espiritual de la Orden del Carmen, que poseía una
larga e ilustre historia desde sus orígenes en el Monte Carmelo, en
Palestina. Allí, desde el siglo IV d.C., algunos ermitaños orientales se
habían retirado a vivir en soledad, consagrados a la oración y a la
meditación de la Palabra de Dios, tras las huellas del profeta Elías, que en
el siglo IX a.C. había realizado algunas de sus mayores gestas sobre dicho
monte. A finales del siglo XII d.C., algunos peregrinos latinos, que habían
acudido con los cruzados a Tierra Santa se retiraron también a una de las
laderas de la montaña, en la que levantaron una capilla en honor de la
gloriosa Virgen María, Señora del lugar. Al poco tiempo, San Alberto,
Patriarca latino de Jerusalén, les dio una regla de vida, en la que resumía
su proyecto en «vivir en obsequio de
Jesucristo, imitando a la Virgen María, meditando día y noche la Ley del
Señor, a no ser que están ocupados en otras legítimas obligaciones».
Pronto se trasladaron a Europa, dando a la Iglesia grandes predicadores y
escritores de vida espiritual, extendiendo por todo el viejo continente la
devoción a la Virgen del Carmen. Al igual que las demás Órdenes religiosas,
en el siglo XIV había comenzado una época de decaimiento, a la que habían
seguido muchos intentos de reforma.
Cuando Teresa se hace Carmelita,
el Monasterio de la Encarnación era un edificio nuevo, aún no terminado. El
primitivo beaterio de 1478 había conocido distintas ubicaciones hasta que se
pudo decir la primera Misa en el actual emplazamiento el 4 de abril de 1515,
el mismo día en que ella fue bautizada. El grupo inicial de 14 religiosas no
había parado de crecer, llegando a ser al entrar Santa Teresa más de un
centenar. Los gastos ocasionados por la construcción de nuevas celdas y
locutorios retrasaban la finalización de la Iglesia y endeudaba
progresivamente a la comunidad.
La estructura de éste y de
cualquier otro monasterio de su época era un reflejo de la sociedad
contemporánea, y difería mucho de la que podemos encontrar hoy en las
comunidades religiosas. Muchas de las monjas eran mujeres sinceramente
vocacionadas, que querían entregarse por completo al servicio del Señor.
Entre ellas había algunas ejemplares e incluso Santas. Al mismo tiempo, como no
se aceptaba que una mujer pudiera permanecer soltera, los monasterios se
convertían en residencias de hijas de buena familia a quienes sus padres no
habían conseguido un partido conforme a su condición, así como de viudas
piadosas, hijas rebeldes y, en el caso de los conventos más poderosos,
miembros de las grandes familias, que se servían de los bienes y posesiones
del monasterio para acrecentar su patrimonio e influencia social. De todas
formas, como cada monasterio era jurídicamente independiente (incluso los
pertenecientes a una misma familia religiosa), las cosas podían cambiar mucho
de unos a otros.
En el caso de la Encarnación, las
religiosas que podían aportar una dote y sabían leer eran «de velo negro»,
estaban obligadas al rezo de las Horas canónicas en el coro y tenían voz y
voto en los capítulos conventuales. Aquellas que no podían aportar una dote
eran «de velo blanco» y se dedicaban a las tareas domésticas, sin tener
obligación del rezo coral ni poder participar en las reuniones en que se tomaban
decisiones conventuales. Estas últimas y las criadas tenían dormitorios y
comedores comunes, donde muchas veces faltaba lo esencial. Las «doñas» que se
lo podían pagar tenían amplias habitaciones con cocina propia, despensa,
oratorio, recibidor y alcoba (es el caso de Teresa). Además, podían llevar
consigo vestidos, joyas, familiares y siervas y estaban exentas del rezo en
común y de otras obligaciones. Ante la imposibilidad de alimentarlas a todas
en el monasterio, en ocasiones muchas eran enviadas a casa de sus padres o de
bienhechores. Cuando ingresa Teresa hay unas 50 religiosas en esta situación.
Más tarde, también ella pasará temporadas fuera del monasterio. Como es
natural, entre las que eran obligadas a permanecer en el convento por sus
familias, había muchas desmotivadas. De ellas escribirá Santa Teresa que «están con más peligro que en el mundo»
y que «es preferible casarlas muy
bajamente que meterlas en monasterios». También nos describe
algunas costumbres en las que nunca participó, pero que eran muy comunes
entre estas mujeres sin vocación: «Tomar
yo libertad ni hacer cosa sin licencia, digo por agujeros o paredes o de
noche, nunca hice».
Ya hemos dicho que Teresa de
Cepeda y Ahumada se hace monja sin una clara conciencia vocacional: «Aunque no acababa mi voluntad de inclinarse a ser
monja, vi era el mejor y más seguro estado; y así poco a poco me determiné a
forzarme para tomarle» (V 3,5). Sin embargo, las lecturas
piadosas, el buen ejemplo de algunas hermanas y su carácter generoso, la
fueron llevando a tomar muy en serio su vida: confesiones frecuentes, oración
en el coro, servicios a las hermanas, realización de oficios humildes, ayunos
y penitencias. En este último campo no tenía quien la guiara por los caminos
de la moderación y su impetuosidad la llevó a extremos exagerados, que más
tarde condenará en sus obras. Una testigo nos dirá: «Hacía tan grandes y extraordinarias penitencias,
que la disminuyeron la salud». Efectivamente, los excesos
estuvieron a punto de acabar con ella: «Comenzáronme
a crecer los desmayos y diome un mal de corazón tan grandísimo, que ponía
espanto, y otros muchos males juntos... que me privaba del sentido muchas
veces» (V 4,4). En otoño de 1538 tiene que abandonar el
monasterio. Su padre la hace visitar de los médicos de Ávila, que no
encuentran remedio, por lo que se deciden a probar fortuna con una famosa
curandera que vive en Becedas, cerca de la casa de su hermana María, en
Castellanos de la Cañada. La acompañan su padre y su amiga Juana Juárez. En
el camino se encuentra de nuevo con su tío Pedro de Hortigosa, que esta vez
le regala un libro que enseña la oración de recogimiento: el «Tercer
Abecedario», de Francisco de Osuna. Un libro que sería fundamental en la vida
y escritos de Teresa, ya que le abriría el camino de la oración mental. Le
fascinó lo que allí encontró desde la primera página: «La amistad y comunicación de Dios es posible en
esta vida, más estrecha y segura que jamás fue entre hermanos ni entre madre
e hijo».
Como las curas no podían empezar
hasta la primavera, pasan el invierno en casa de su hermana. Allí comienza a
poner en práctica lo que va aprendiendo sobre la oración. Las conversaciones
con el cura del lugar son frecuentes. Como suele suceder, le gana el corazón
y él termina confesándole que vive en tratos carnales con una mujer desde
hace más de siete años, convencido de que le tiene hechizado. Teresa sabe ser
paciente y firme, ayudándole a «vencer un
amor con otro amor mayor», pedagogía que usará en el futuro con
sus monjas. «A cabo de un año en punto,
desde el primer día que yo le vi, murió... muy en servicio de Dios».
Llegando la primavera comenzaron
tres meses de curas salvajes, que la hacen empeorar: «A los dos meses, por causa de las medicinas me
tenía casi acabada la vida... ninguna cosa podía comer, calentura (fiebre)
muy continua, porque me había dado una purga cada día... dolores insufribles»
(V 5,7). Vuelven a Ávila y los médicos la dan por desahuciada. El 15 de
agosto se siente morir y pide un confesor. Su padre no quiere llamar al sacerdote
para dar una falsa confianza a la enferma. Durante la noche sufre un ataque
de convulsiones y pierde el sentido. Los médicos certifican su muerte, en un
convento de frailes de la Orden se celebran los funerales, en la Encarnación
han abierto la sepultura y esperan el cadáver. El padre, que no había
permitido que su hija recibiera los últimos sacramentos, parece enloquecer y
afirma que no está muerta. Nadie se atreve a llevarse a la difunta hasta que
él se convenza. Esperan que con el paso de las horas comience la
descomposición del cuerpo. La terrible situación se alarga cuatro días.
Finalmente, Teresa abrió los ojos, aunque sólo podía mover un dedo de la mano
derecha y hablaba con dificultad. «Quedé
de estos cuatro días, que sólo el Señor puede saber los insoportables
tormentos que sentía en mí; la lengua hecha pedazos de mordida; la garganta,
de no haber pasado nada y de la debilidad que me ahogaba, que aún el agua no
podía pasar... sin poderme menear... me quedé en los huesos... Estar así me
duró más de ocho meses; estar tullida, aunque iba mejorando, casi tres años»
(V 6,1ss).
Ella nos confiesa lo que le ayudó
en este tiempo la lectura de la historia de Job en los Morales de S.
Gregorio, así como otros buenos libros y la perseverancia en el camino
oracional comenzado en Castellanos y en Becedas. Su lecho de dolor se
convierte en una escuela. Habla de su oración e invita a orar con ella a
quienes la visitan. Su mismo padre y su amiga Juana Juárez son sus primeros
alumnos. «Trataba mucho de Dios, de manera
que edificaba a todas, y se espantaban de la paciencia que el Señor me
daba... Quedóme deseo de soledad, amiga de tratar y hablar en Dios...
comulgar y confesar muy a menudo... amiguísima de leer buenos libros».
Sana por intercesión de S. José y abandona
la enfermería con 26 años, aunque le quedarían secuelas de esta
enfermedad para el resto de sus días: dolores articulares, temblores,
desmayos, vómitos, fiebres, hemorragias, etc.
Lo milagroso de su curación, la
profundidad de sus palabras sobre temas oracionales y su simpatía natural
hacen que sean muchos los que acudan a escucharla y a consultarle sus
asuntos. Las conversaciones en el locutorio se alargaban, derivando muchas
veces en temas intrascendentes, convirtiéndose en pasatiempos. Como esto revertía
en limosnas para el convento, tan necesitado, a todos parecía bien, incluso a
ella misma. Aquí introdujo el demonio la mayor tentación de toda su vida,
disfrazada de humildad. Teresa se siente indigna de acercarse a la oración,
convencida de que sólo las personas perfectas son dignas de tratar con Dios y
viéndose a sí misma tan imperfecta: «comencé
a temer de tener oración, de verme tan perdida». Ella quería
sinceramente clarificar sus dudas, pero no encontraba con quién: «Yo no hallé confesor que me entendiese... Gran
daño hicieron a mi alma confesores medio letrados, porque no los tenía de tan
buenas letras como quisiera».
A finales de 1543 enferma su
padre. Desde hacía 5 años practicaba la oración y había cambiado el tenor de
su vida, eliminando lujos y criados, vistiendo con sencillez, intentando
arreglar sus maltrechas finanzas. Sus hijas le atiende con solicitud en su
enfermedad, hasta que fallece muy cristianamente. Al leer el testamento se
encuentran con una realidad ya sospechada: Había gastado todos sus bienes,
así como los de sus dos esposas y sólo legaba deudas. Nadie quiere hacerse
cargo del testamento y hubo de venderse la casa paterna para pagar a los
acreedores. Los hijos del primer y del segundo matrimonio inician procesos
judiciales reclamando lo que les correspondía de sus madres (en realidad
fueron el esposo de su hermana mayor, María, y el de su hermana menor, Juana,
los que envenenaron las relaciones familiares). A pesar de las continuas
mediaciones de Teresa, el pleito se prolongará por espacio de siete años. Aún
en 1561 lo renovará uno de los cuñados.
Con motivo de la enfermedad de su
padre, tuvo ocasión de tratar ampliamente con el P. Vicente Barrón, Dominico,
confesor de la familia, hombre de letras, que le recomendó que volviera a la
oración, que ya nunca dejaría. De regreso a la Encarnación se llevó consigo a
su hermana Juana, de 15 años, a la que crió con todo afecto, en su propia
celda, durante 10 años. Otros hermanos viajaron a las Indias. Las revueltas y
luchas internas de los conquistadores ponían continuamente en peligro la vida
de los que habían partido. De hecho su hermano Antonio muere en la batalla de
Iñaquitos, en la que también son heridos sus otros hermanos Lorenzo y
Hernando. En 1548 participan Teresa y Juana junto a otras personas de Ávila
en una peregrinación a Guadalupe, para pedir por sus deudos a la Virgen.
Su vida cotidiana se repartía
entre los rezos comunitarios, la lectura espiritual, la oración personal en
su oratorio privado, el cuidado de las enfermas de la casa y la atención a
las numerosas personas que solicitaban su compañía en el locutorio. Los
testimonios de la época nos hablan de la generosidad y de la piedad de la
Hermana Teresa, así como de su simpatía y de la llaneza de su trato. Muchos
la consideran una «santa religiosa». Ella, sin embargo, no termina de estar
contenta, se encuentra dividida: «Por una
parte me llamaba Dios, por otra yo seguía al mundo. Dábanme gran contento
todas las cosas de Dios, teníanme atada las del mundo. Paréceme quería concertar
estos dos contrarios» (V 7,17). En esta tensión se mantuvo durante
10 años, hasta que Dios la venció totalmente. Al respecto, exclama: «Antes me cansé yo de ofenderos que vos de
perdonarme».
5. LA «CONVERSIÓN» DE SANTA
TERESA.
En este tiempo, su corazón
inquieto interpretó varios acontecimientos como llamadas personales de Dios.
En cierta ocasión, cuando estaba atendiendo a una visita, sintió que el Señor
la miraba enojado. Otra vez le hizo reflexionar la presencia de un sapo de
gran tamaño en el locutorio. En algunos sermones le parecía que el Señor la
llamaba a grandes voces. Cierto día, al entrar en su oratorio y ver allí la
imagen de «un Cristo muy llagado»,
se siente dolorida por lo mal que ha pagado tanto amor y, entre lágrimas, le
suplica fortaleza para no ofenderle más (V 9,1). Poco tiempo después se
siente interpelada por las «Confesiones» de S. Agustín. «En especial, después de estas dos veces de tan
gran compunción comencé más a darme a la oración... y fueron creciendo las
mercedes espirituales... Me venía un sentimiento de la presencia de Dios, que
en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí y yo toda engolfada en
él» (V 9,10). Estamos en 1554. Teresa
contaba 39 años y se dispone a comenzar una nueva etapa de su
vida. De hecho, cuando nos cuente su historia, se siente obligada a hacer un
gran paréntesis aquí, para introducirnos unas reflexiones sobre la oración,
que nos ayuden a comprender lo que vendrá después. Al retomar el relato,
dirá: «Es otro libro nuevo de aquí
adelante, digo otra vida nueva» (V 23,1).
No corren buenos tiempos para los
espirituales. El Cardenal Cisneros, regente a la muerte de los reyes
Católicos, había iniciado un amplio movimiento renovador en toda España,
fundando universidades, reformando conventos, favoreciendo el estudio de los
idiomas bíblicos y de la Teología, multiplicando la publicación de libros en
latín y en castellano, generalizando la predicación en las Iglesias y la
práctica de la oración mental. Carlos I y su corte de flamencos no
simpatizaron con Cisneros, ni con sus consejos, ni con sus maneras de hacer.
La Reforma Protestante y las guerras de religión dividieron Europa y todo lo
que sonara a interioridad era investigado por los tribunales de la
Inquisición. El nuevo Inquisidor general, Francisco Valdés y su terrible
consejero, el Teólogo escolástico Melchor Cano, llenaron las cárceles con los
discípulos de Cisneros, con los erasmistas, con los alumbrados... Incluso
fueron condenados el ex-secretario de Cisneros, el Obispo de Verisa, Juan de Cazalla
y hasta el Arzobispo de Toledo y Primado de España, Bartolomé de Carranza,
por atreverse a escribir cosas como ésta: «No
hay que maravillarse de que Dios quiera comunicarse a las mujeres y a los
labriegos antes que a los letrados». Incluyen, uno tras otro,
todos los libros que tratan de espiritualidad en el Índice de libros prohibidos (sólo en
1551 publican 4 Índices). Muy poco después, en 1559, Felipe II obliga a
regresar a todos los españoles que estudian o enseñan en el extranjero, se
prohibe introducir en España libros publicados fuera de sus fronteras y
traducir al español libros escritos en otros idiomas, incluso harán quemar
las obras de Sto. Tomás de Villanueva, S. Francisco de Borja, S. Juan de
Ávila, Fray Luis de Granada, y todos los libros que ella había devorado con
ansias de aprender y había recomendado a tantas otras personas. Famosos son
los autos de fe realizados en Valladolid y Sevilla en 1559, en los que se
llevaron a la hoguera, acusadas de alumbradas, gentes muy principales del Reino.
No es extraño el miedo que surge en los confesores de Teresa cuando les habla
de su oración, hasta llegar un momento en que ningún sacerdote de Ávila
quiere aconsejarla. Este clima envenenado explica las continuas
contradicciones de los años posteriores: denuncias a la inquisición,
secuestro del libro de la Vida, castigos, persecuciones... Y el descanso que
supuso para la Santa poder exclamar, antes de fallecer: «Muero, al fin, hija de la Iglesia».
De momento, trata de su oración
con Francisco de Salcedo, caballero con fama de santo, que había estudiado
Teología en los Dominicos, y con el maestro Gaspar Daza, clérigo algo
letrado. Ambos le meten miedo, porque insisten en que Dios sólo hace gracias
sobrenaturales a las almas muy avanzadas en la virtud y en la mortificación.
Para ellos escribe una relación de su vida, hoy perdida, acompañándola de la
«Subida al Monte Sión», de Fray Bernardino de Laredo, donde subraya lo que
cree que le está pasando (V 23,14). Insisten en que lo suyo tiene que ser
obra del demonio. Le recomiendan que exponga su caso a los Jesuitas, recién
llegados a Ávila. Para ellos escribe una descripción más pormenorizada de su
vida y pecados, hoy también perdida (V 23,15). Los discípulos de San Ignacio
se habían formado en Italia, en contacto con las nuevas corrientes del
pensamiento europeo. Conocían bien a los autores humanistas y tenían una
mentalidad menos temerosa que la de los clérigos formados en España. Diego de
Cetina, primero, y Juan de Prádanos, después, la confortaron, asegurando sin
titubeos que «era espíritu de Dios muy
conocidamente», diciéndole que Dios esperaba mucho de ella e
invitándola a reflexionar cada día en un paso de la vida de Nuestro Señor (V
23,16). Ella se sintió feliz, porque los Jesuitas la conducían «por modo de amar a Dios, y como que dejaban
libertad». Al poco tiempo pasó por la ciudad S. Francisco de
Borja, con el que se encuentra y que «díjome
que era espíritu de Dios, y que le parecía no era bien resistirle más... que
siempre comenzase la oración con un paso de la Pasión, y que si después el
Señor me llevase, no lo resistiese» (V 24, 4). Fue el inicio de
una profunda amistad, que se fraguó en otros encuentros y en numerosas
cartas. En la vida de Santa Teresa supuso un paso decisivo, ya que desde
entonces construyó su oración enteramente sobre la Humanidad del Señor.
Una nueva enfermedad la saca del
convento, a casa de una parienta, cerca del colegio de los Jesuitas y del
palacio de Dª Guiomar de Ulloa, con la que traba una profunda amistad y con
quien pasa los siguientes tres años. En Pentecostés de 1556, mientras rezaba
el Veni Creator, se sintió
embargada por una fuerza interior que la transformaba: «Vínome un arrebatamiento tan súbito, que casi me
sacó de mí... Fue la primera vez que el Señor me hizo esta merced de
arrobamiento. Entendí estas palabras: "Ya no quiero que tengas
conversación con hombres, sino con ángeles"... Desde aquel día quedé yo
tan animosa de dejarlo todo por Dios» (V 24,7). Significó un nuevo
hito en el camino espiritual de Teresa. Ella lo denominó desposorio
espiritual. Tenía, por entonces, 41 años.
Regresa a la Encarnación en 1558.
Por entonces, el P. Prádanos es sustituido en Ávila por el P. Baltasar
Álvarez, que hereda todos sus dirigidos, pero no sus dotes de discernimiento.
Amigo del rigorismo, la simpatía y naturalidad le parecen inadecuadas para
una monja. Comenta con otras personas lo que ella le consulta en secreto,
trata con dureza a la penitente, la llena de inquietudes, pone en contra suya
a las personas serias, austeras y letradas. Todos insisten en que sus voces y
experiencias proceden del demonio. En este desasosiego se mantendrá varios
años.
El 29 de junio de 1560, le sucede
algo insospechado: «Estando un día del
glorioso S. Pedro en oración, vi junto a mí a Cristo, o lo sentí, por mejor
decir -que no vi nada con los ojos del cuerpo ni del alma- ... Yo, como
estaba ignorantísima de que podía haber semejante visión, diome gran temor al
principio y no hacía sino llorar, aunque en diciéndome unas palabras, me
quedaba quieta y con regalo y sin ningún temor» (V 27,2). Teresa
tenía locuciones o «hablas interiores» desde cuatro años antes. Comienza
ahora a tener visiones. Unas y otras «no
con los ojos ni los oídos del cuerpo, pero quedaba más segura que de las
cosas que se ven y se oyen por los sentidos». El corrillo de la
Compañía insiste en que son cosas del demonio, y que tiene que conjurarle «haciéndole higas». En julio de 1560
tiene lugar, por primera vez, la experiencia de la transverberación. Su amor
era tan intenso, que sentía como si le clavaran un dardo de fuego en el
corazón y le arrancaran las entrañas, dejándola abrasada de amor: «creciendo en mí un amor tan grande de Dios, que no
sabía quién me lo ponía ... Veíame morir con deseo de ver a Dios»
(V 29,8). Muchas veces insiste en que estas gracias suceden a un nivel más
profundo que el de los sentidos, en el «hondón» del alma: «No es dolor corporal, sino espiritual, aunque no
deja de participar el cuerpo» (V 29,13).
Por entonces compone su primer
poema conocido: «¡Oh, Hermosura que escedéis / a todas las hermosuras! / Sin
herir dolor hacéis / y sin dolor deshacéis / el amor de las criaturas ...
Juntáis quien no tiene ser / con el ser que no se acaba; / sin acabar,
acabáis; / sin tener que amar, amásis, / engrandecéis nuestra nada». La
poesía y el canto (coplas, villancicos, cantarcillos) serán para ella
importantes medios para expresar sus sentimientos. Las recoge en sus cartas,
comenta las que componen sus amistades, las intercambia... quedando en el
Carmelo, desde entonces, la costumbre de realizar composiciones piadosas.
Ella distingue claramente entre la
meditación y la contemplación. La primera es discursiva y se realiza con el
esfuerzo de nuestro entendimiento. La segunda es intuitiva y se recibe como
don gratuito. Produce asombro, embeleso y gozo en quien la experimenta. Ella
percibe la presencia misteriosa, pero real, del Señor a su lado y entiende
verdades que nadie antes le había explicado. Vive la certeza de la cercanía y
del amor de Dios. A estas vivencias las llama contemplación, «sabiduría
infundida» y «mística teología». Más tarde conseguirá explicarlo
detenidamente: «sin ruido de palabras le
está enseñando este divino Maestro, suspendiendo las potencias. Gozan sin
entender cómo gozan. Está el alma abrasándose en amor y no sabe cómo ama.
Conoce que goza de lo que ama y no sabe cómo lo goza. Bien entiende que no es
gozo que alcanza el entendimiento a desearle. Abrázale la voluntad sin saber
cómo ... Es don del Señor» (C 25,2). De momento, sin embargo, no
encuentra las palabras adecuadas ni consejero que le ayude. Con el
multiplicarse de las gracias místicas, crecen las habladurías e
incomprensiones, por lo que llega a pedir irse a otro convento, lejos de
Ávila: «Me quería ir de este lugar y dotar
en un convento muy más encerrado... y nunca mi confesor me dejó».
En agosto de 1560 visita la ciudad Pedro de Alcántara y Teresa tiene la
ocasión de tratarle durante ocho días en casa de Dª Guiomar. Repetidamente
aprueba su espíritu. «Vi que me entendía
por experiencia, que era todo lo que yo había menester... Me dio grandísima
luz». (V 30,4). Desde entonces, S. Pedro de Alcántara se convirtió
en uno de los mejores amigos y consejeros de la Santa.
6. EN S. JOSÉ DE ÁVILA.
Un atardecer de septiembre de
1560, se encontraban reunidas en la celda de Dª Teresa dos sobrinas suyas, a
las que ella criaba allí, y otras diez religiosas amigas, comentando una
carta circular que había hecho llegar Felipe II a todos los conventos, en la
que exponía los daños causados por los luteranos en Francia y en el resto de
Europa, y pidiendo oraciones por la unidad de la Iglesia. Comenzaron a tratar
del gran bien que hace la oración de los buenos religiosos, de los ermitaños
antiguos del Monte Carmelo, de Fray Pedro de Alcántara y de las Descalzas Reales,
que él había reformado, de lo hermoso que sería vivir en una comunidad así...
Su sobrina María de Ocampo (la futura María Bautista, Priora de Valladolid,
que tanta importancia tendrá en los orígenes del Carmelo Descalzo) aseguró
que, si se hacía, aportaría mil ducados y Dª Guiomar, que se había unido al
grupo, también prometió su ayuda. Teresa no estaba muy convencida, hasta que
pocos días después sintió al comulgar que Cristo «mandóme mucho lo procurase, haciéndome grandes promesas que no se
dejaría de hacer el monasterio» (V 32,11).
Comienzan dos años de luchas
continuas. Sus confesores dicen que es una locura. Ella quiere pareceres
autorizados, por lo que escribe a S. Pedro de Alcántara, S. Francisco de
Borja y S. Luis Beltrán, que responden apoyándola incondicionalmente. El
Provincial de los Carmelitas, el P. Salazar, aprueba la fundación, por lo que
pide un Breve Papal para realizarla. Cuando se conoció la noticia en la
Encarnación y en la ciudad, la mayoría se puso en contra y el mismo
Provincial retiró su apoyo (V 32,15). Como la acusaban de alumbrada y
endemoniada, pide su parecer al teólogo más renombrado en ese momento en
Ávila: el dominico P. Pedro Ibáñez, para el que escribe un memorial con la
situación de su espíritu, la primera «Cuenta de Conciencia» que conservamos.
A pesar de la oposición de la ciudad y las presiones que recibe, el parecer
del Dominico será positivo y lo acompañó con un dictamen laudatorio, escrito
en 33 puntos. Se decide a pedir un segundo Breve Papal; esta vez poniendo el
monasterio bajo la obediencia del obispo. Aunque las contradicciones
crecieron, hizo venir de Alba a su hermana Juana y a su esposo para que se
encarguen de las obras de adaptación de una casita fuera de las murallas (V
33,4ss). Las obras se alargan porque unos muros ceden y los dineros faltan,
pero la llegada de algunas monedas de oro enviadas desde América por su
hermano Lorenzo supone una gran ayuda (Cta. 2,1-2). La lectura del «Audi
Filia» de S. Juan de Ávila la llena de consuelo.
Cuando todo está más complicado,
recibe una orden del Provincial de trasladarse a Toledo, al palacio de Dª
Luisa de la Cerda (V 34). Esta nobilísima mujer «estaba en extremo afligida y con gran peligro de perder el juicio
por el sentimiento que tenía de la muerte de su marido... Gente principal de
la cristiandad la había intentado consolar trayéndole personas santas, sin
conseguirlo». Pasa en Toledo los seis primeros meses de 1562. Allí
se gana el afecto de Dª Luisa y de todos los de su casa y entra en contacto
con lo más granado de la sociedad civil y eclesiástica de España. Allí
conoció a María Salazar, una jovencita de refinada cultura, escritora y
poetisa, de gran personalidad que, con el tiempo, será una de las grandes
colaboradoras de la Santa, priora de Sevilla y fundadora en Portugal (María
de san José). Por entonces se encontró también con María de Yepes, Carmelita
de Granada que había caminado a pie hasta Roma, para conseguir un breve que
le autorizaba a fundar un convento reformado del Carmen, en el que se viviera
con absoluta pobreza, según la Regla primitiva. Santa Teresa desconocía este
punto de la Regla. Aquí decide, con el consejo de S. Pedro de Alcántara y la
oposición de los letrados del momento, que las que quieran entrar con ella en
el conventico que tiene en mente, habrán de vivir del trabajo de sus manos y
de limosnas, sin rentas ni seguridades. Así que se decide a pedir un tercer
Breve Pontificio, que le autorice a realizarlo y que llegará estando ya
fundado San José (V 39,14). Éste fue uno de los puntos que más dificultades
le causaron a su regreso a Ávila.
En los días de Toledo, le encargan
dos amigos Dominicos, el P. García de Toledo y el P. Pedro Ibáñez, que ponga
por escrito la historia de su vida, su forma de hacer oración y las gracias
que Dios la había concedido. Es la primera redacción del «Libro de la Vida»,
hoy perdida. Más tarde añadirá los acontecimientos relativos a la fundación
de S. José. En 1565 concluye una segunda redacción más estructurada, dividida
en capítulos, destinada a pedir el parecer de S. Juan de Ávila. Al menos
tácitamente, también pensaba en su publicación, ya que desde el prólogo dice:
«a quien esto leyere...» y en
el prólogo de «Fundaciones» también escribirá: «quien leyere el libro de la Vida, si sale a luz...». Éste
es el motivo por el que omite en la narración su nombre, el de las otras
personas involucradas e incluso el de los pueblos y ciudades donde se
desarrollan los acontecimientos.
Mientras tanto, en Toledo le
sucede algo sorprendente. Ella había escrito una relación para que el P.
García de Toledo pudiera juzgar su vida y su oración. Entre ellos se
establece una relación de amistad que lleva al dominico a abrir su propio
corazón ante Teresa, buscando su consejo. Podemos imaginar la confusión y el
gozo de una mujer espiritual que se convierte en guía y maestra de un varón,
sacerdote y letrado. Esto le hace tomar conciencia de una capacidad que más
tarde ejercitará abundantemente.
A finales de junio regresa a
Ávila. S. Pedro de Alcántara consigue que el obispo, D. Álvaro de Mendoza,
tome la fundación bajo su obediencia. Se superan las últimas dificultades y el 24 de agosto de 1562 se inaugura el conventico de
S. José (V 36,5). Teresa tenía 47 años y empiezan, para ella, «los cinco años más descansados de toda mi vida»
(F 1,1). Como es natural, los comienzos son dificultosos. Julián de Ávila nos
dice que hubo «tantas diligencias como se
podían poner para apagar el fuego cuando está abrasando una ciudad».
Las monjas de la Encarnación lo consideran una afrenta y dicen que podía ser
Santa en su casa, la sociedad civil rechaza una convento más que mantener, la
sociedad religiosa teme que se trate de un refugio de «alumbradas» y que
tenga que intervenir la inquisición (V 33,5).
Los pocos amigos que le quedaron,
se demostraron fieles en aquellos días terribles. Francisco de Salcedo llegó
a sufrir con paciencia burlas y persecuciones. El P. Domingo Báñez fue su
único defensor en la reunión que convocó el consejo de la ciudad para tratar
el caso. El sacerdote Gaspar Daza, que celebró la primera Misa y dio el
hábito a las primeras cuatro novicias, viajó hasta Madrid, pagándose él mismo
los gastos, para defenderlas en el pleito que la ciudad había interpuesto
ante el rey. A los seis meses, el P. Pedro Ibáñez se desplazó a Ávila para
interceder en su favor, y consiguió un permiso del Provincial para que la
Santa y otras monjas de la Encarnación se trasladaran a San José. Con el
tiempo se calmaron las cosas y «era mucha
la devoción que el pueblo comenzó a traer con esta casa» (V
36,23).
Mientras tanto, en S. José de
Ávila se recogen los principios esenciales de la tradición carmelitana y se
unen a otras intuiciones totalmente nuevas, para dar a luz lo que en el
futuro será una de las más fecundas corrientes de espiritualidad que
alimentan la Iglesia.
Teresa se cambia el nombre, como
signo de que inicia una nueva vida. Ya no se llamará «Dª Teresa de Cepeda y
Ahumada», sino «Teresa de Jesús». Sus compañeras también cambian los
apellidos civiles por otros religiosos. Entre ellas no es importante la
familia de proveniencia, ya que todas se consideran iguales. En principio, no
se admiten legas ni criadas, ni tratamientos que indiquen la pertenencia a un
estado superior, ya que se busca la vivencia de una fraternidad intensa y
sencilla. «Aquí todas se han de amar,
todas se han de querer, todas se han de ayudar», escribirá la
madre Teresa, que añadirá que todas vivirán del trabajo de sus manos y que,
independientemente del cargo que ocupen, todas se turnarán en los servicios
necesarios para el mantenimiento de la casa: cocina, limpieza, lavadero,
huerta, atención a la portería... «La
tabla de barrer, que empiece por la priora». Procura que cada una
se alimente y reciba según su necesidad, independientemente del cargo y de la
edad. Particularmente, habrá que atender a las enfermas con la máxima
solicitud, «si es necesario, que les falte
lo necesario a las sanas para dar capricho a las enfermas». La
austeridad y la ascesis se harán con suavidad, «apretando más en las virtudes que en el rigor, que éste es nuestro
estilo».
Al mismo tiempo, se sentirán
miembros de una única familia en la que las virtudes humanas, que favorecen
la convivencia, se convierten en el fundamento de la consagración religiosa:
la afabilidad, la educación, el agradecimiento, la laboriosidad, la
higiene... Introduce en la vida de las monjas la novedad de dedicar una hora
por la mañana y otra por la tarde a la convivencia intensa y distendida. Es
la «recreación», en la que se comparten las alegrías y las contradicciones de
la jornada entre poesías, canciones y bromas.
Serán ermitañas, con habitaciones
individuales y amplios tiempos dedicados a la soledad, especialmente una hora
de oración silenciosa por la mañana y otra por la tarde. La oración no se
entiende como meditación, esfuerzo de la inteligencia por comprender el
misterio, sino como relación afectuosa con Cristo, «trato de amistad», porque, contra lo que puedan decir los
letrados, «aquí no está la cosa en pensar
mucho, sino en amar mucho. Así, aquello que más os incitare a amar, eso haced».
Una oración que no se desentiende de la vida, sino que ha de desembocar en el
ejercicio del amor y en el servicio (F 5).
Comprometidas con su propio
contexto vital, su ocupación principal será orar por la Iglesia y sus
necesidades, teniendo presentes a todos los hombres ante el trono de Dios,
día y noche. Santa Teresa misma reconoce que las divisiones religiosas del
momento fueron el motor que la impulsó a fundar: «Venida a saber los daños de estos luteranos y cuánto iba en
crecimiento esta desventurada secta, lloraba con el Señor y le suplicaba
remediase tanto mal... Y aun es que tiene tantos enemigos y tan pocos amigos,
que estos sean buenos; y así determiné a hacer esto poquito que yo puedo, que
es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y
procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo... Todas
ocupadas en oración por los que son defensores de la Iglesia... Para esto os
juntó aquí el Señor; éste es vuestro llamamiento, éstos han de ser vuestros
negocios» (C 1,2ss).
Su pasión por las almas queda
ampliamente recogida en los testimonios de sus contemporáneos, como en éste
de Isabel de Sto. Domingo: «Decía muchas
veces que, si fuera lícito que las mujeres pudieran ir a enseñar la fe
cristiana, fuera ella a enseñarla a tierra de herejes, aunque le costara mil
vidas». La presencia de los hermanos de Teresa en América, la tuvo
ampliamente informada de los avances y los abusos de la Conquista. Siempre
estuvo preocupada por la suerte de los indígenas, llegando a escribir «que no me cuestan pocas lágrimas estos indios».
Especiales ansias misioneras se despertaron en ella y en sus compañeras con
motivo de la visita al locutorio de S. José de un amigo del Obispo Las Casas,
que venía en su nombre a defender la causa de los Indios a la Corte: «Acertó a venir un misionero franciscano, llamado
fray Alonso Maldonado, harto siervo de Dios y con los mismos deseos del bien
de las almas que yo, y podíalos poner por obra, que le tuve yo harta envidia.
Venía de las Indias y comenzó a contar de los muchos millones de almas que
allí se perdían por falta de doctrina... Fuime a una ermita con hartas
lágrimas; clamaba a Nuestro Señor, suplicándole diese medio cómo yo pudiese
hacer algo para ganar algún alma para su servicio... Tenía gran envidia a los
que por amor de Nuestro Señor podían ocuparse en esto» (F 1,7).
Como es habitual, en S. José no
surge la teoría antes que la vida. Las primeras Descalzas han comenzado a
vivir una experiencia de novedad, que más tarde quedará plasmada por escrito.
Con el tiempo, Sta. Teresa redacta unas «Constituciones» que dictan algunos
principios fundamentales para el desarrollo de una vida ordenada. Pero
quedaban muchas cosas que no son para escribir en un texto legislativo, por
lo que se decide a recoger en un tratado espiritual, el «Camino de
Perfección», las ideas principales que exponía a sus monjas en las reuniones
conventuales: «Muchas veces os lo digo...
y ahora lo quiero dejar escrito aquí». Así trata de la vida de
comunidad, las relaciones fraternas, la obediencia y la corresponsabilidad,
la libertad de elegir confesores, la pobreza, la oración, sus presupuestos y
sus efectos, incluyendo un comentario al Padre Nuestro. Antes de entregárselo
a las hermanas, quiso que lo revisara su confesor y amigo García de Toledo,
que tachó, anotó y corrigió abundantemente el manuscrito, que hoy se conserva
en el Escorial. Eran tiempos en los que había que tener mucho cuidado con las
expresiones que se usaban si no se quería caer en manos de la Inquisición.
Teresa se decide a reescribir el tratado: redistribuyó el contenido,
introdujo algunas novedades, eliminó la referencia a libros y autores que
habían sido prohibidos en esos años y conservó todo lo demás. Esta segunda
redacción es la que hoy se conserva en Valladolid.
Por entonces escribe, también, un
delicioso tratadillo que recoge sus «Meditaciones sobre algunas palabras del
Cantar de los Cantares». Las destinatarias son sus hermanas de S. José.
Después de afirmar su sometimiento a los teólogos, de aclarar que escribe «con parecer de personas a quienes yo estoy
obligada a obedecer» (MC 1,3) y de justificar de varias maneras
que ella (una mujer) se atreviera a comentar un libro tan peligroso, afirma
claramente «que es posible pasar el alma
enamorada por su Esposo todos estos regalos y desmayos y muertes y
aflicciones y deleites y gozos con él» (MC 1,6) y añade: «Lo que pretendo es que, así como yo me regalo en
lo que el Señor me da a entender cuando algo de ellos oigo, que decíroslo por
ventura os consolará como a mí... que tampoco nos hemos de quedar las mujeres
tan fuera de gozar las riquezas del Señor» (MC 1,8). Que una mujer
se atreviera a comentar la Sagrada Escritura era una osadía en su tiempo. Que
el comentario fuera al Cantar de los Cantares, era algo totalmente
inaceptable. Aunque el confesor reconoce que la doctrina es buena, le ordena
quemarlo «por no le parecer decente que
una mujer, aunque tal, declarase los Cantares». Ella lo hizo en su
presencia, aunque no se sintió obligada a decirle que, para entonces, ya se
habían realizado varias copias manuscritas, por lo que hoy podemos acercarnos
al texto, aunque no se conserve el original.
7. MUJER INQUIETA Y ANDARIEGA.
TERESA FUNDADORA.
Teresa gozaba de la paz en su
conventico de S. José, cuando en febrero de 1567 llega desde Italia, en
visita pastoral, el General de la Orden, el P. Juan Bautista Rossi (o Rubeo,
en la versión latinizada del apellido que usa siempre la Santa). El convento
estaba bajo la obediencia del obispo, pero ella había profesado en la Encarnación
y debía obediencia al General. Su visita despierta preocupación: «Me pesó su llegada», escribe (Cf. F
2,1). Sin embargo, conversaron largamente y se entendieron. El P. Rubeo se
muestra entusiasta de la iniciativa y anima a la Santa a que «funde tantos monasterios como cabellos tiene él en
la cabeza». Incluso le concede fundar dos casas de frailes. Sólo
pone como condición que unos y otros «estén
erigidas en tierras castellanas». No tiene monjas, ni frailes, ni
dineros para realizar tales sueños. Con su proverbial sentido del humor,
escribe: «Hela aquí, una pobre monja
descalza, sin ayuda de ninguna parte, sino del Señor, cargada de patentes y
buenos deseos y sin ninguna posibilidad para ponerlos por obra. El ánimo no
desfallecía, ni la esperanza» (F 2,6).
En agosto de 1567
Teresa tiene 52 años y se traslada a Medina del Campo para
realizar su primera fundación, después del convento de S. José de Ávila (F
3). Aunque los abulenses aceptaban ya con agrado la existencia de san José,
no pueden comprender que una mujer se pusiera en camino para fundar otro
monasterio fuera de su ciudad. El mismo obispo opinaba así, aunque no le
negara el permiso. Compran una casa derruida y se deciden a alquilar otra
mientras la arreglan. Por el camino las avisan de la oposición de los
Agustinos a que ocupen dicha vivienda, por quedar cerca de la de ellos.
Finalmente se instalan en las ruinas que habían adquirido. Contra lo que
podían pensar, a la gente le hizo devoción ver su pobreza y sencillez, por lo
que fueron generosos en limosnas y vocaciones.
Pronto conquista la voluntad del
prior de los frailes Carmelitas (Fr. Antonio de Heredia), que la pone en
contacto con un Carmelita de sólo 25 años, que se ha desplazado desde
Salamanca para cantar su primera Misa: Juan de Yepes. En su primer encuentro,
le comentó a la madre que estaba pensando irse a la Cartuja, buscando una
entrega más generosa al Señor. Ella le contestó: «¿Para qué quiere ir a buscar fuera lo que puede encontrar en su
propia Orden?». Y le comentó sus proyectos. A él le parecieron
bien, «con tal de que se hiciera presto»
(F 3,17). Así se convirtió Juan de la Cruz en el primero de los frailes
descalzos y en una de las personas con las que más intimó santa Teresa.
Antes de seguir hablando de las
siguientes fundaciones, se imponen unas palabras sobre lo que significaba
viajar en aquella época. Recordemos que las vías de comunicación seguían
siendo las antiguas calzadas romanas, muy deterioradas después de 1500 años
de uso sin reparaciones ni mantenimiento. Los caminos eran pistas
polvorientas en verano que se convertían en barrizales impracticables durante
el invierno. Los puentes para franquear los ríos eran casi inexistentes, por
lo que se cruzaban en barcazas (que tampoco eran abundantes). Las posadas
eran poco numerosas y todos los relatos de la época coinciden en subrayar su
incomodidad, al tratarse de lugares sucios, poco ventilados, sin camas,
llenas de chinches y pulgas entre la paja. Esto nos ayuda a comprender que
Teresa y sus acompañantes durmieran ordinariamente en el suelo de las
iglesias del camino y sólo hicieran uso de las posadas cuando no quedaba otra
posibilidad. Además, tampoco tenían servicio de comida (contra lo que aparece
en las películas pseudohistóricas que recrean la época). La misma Santa nos
relata las dificultades para encontrar provisiones en los caminos. En todo su
viaje de Beas a Sevilla, por ejemplo, no encontraron ningún alimento que
comprar a los posaderos ni a los campesinos (sólo una sardina salada).
Una vez asentada la casa de Medina,
ya en 1568, viaja a Alcalá de Henares, donde permanece dos meses en el
convento que había fundado su amiga María de Jesús, instruyéndola y
aconsejándola. Desde allí, pasando por Toledo, se dirige a Malagón para
fundar su tercer «palomarcico» (F 9). Aquí tiene que disponer muchas
novedades, no cerrándose a lo que antes le parecía menos perfecto. En primer
lugar, al ser un pueblo pequeño, donde no se puede vivir del propio trabajo y
de limosnas, acepta fundar con las rentas que ofrece Dª Luisa de la Cerda.
Además tiene que permitir que se coma carne, por estar tan lejos del mar y no
haber río cerca. Incluso acepta «freilas» en el convento. Por último, al
encontrarse en un sitio en el que no hay ninguna posibilidad de instrucción
para las niñas, se decide a abrir un pequeño taller donde enseñarlas a bordar
y el catecismo. En principio, debían atenderlo las monjas, aunque,
finalmente, encuentra una mujer piadosa que se hace cargo y ellas se ocuparán
de su sustento (Cta. 8,9). Más tarde, la Santa llega a realizar las trazas
del edificio definitivo y a dirigir el trabajo de los albañiles.
Un hermano del obispo de Ávila le
ofrece casa y huerta en Valladolid, adonde funda en agosto del mismo año (F
10). Allí realiza fray Juan su «noviciado», aprendiendo «nuestro estilo de recreación y hermandad».
Sobre él escribe, por entonces, a su amigo Francisco de Salcedo: «aunque es chico, entiendo es grande a los ojos de
Dios ... cuerdo y propio para nuestro modo ... yo, que soy la misma ocasión,
que me he enojado con él a ratos, jamás le he visto una imperfección ...
mucho me ha animado el espíritu que el Señor le ha dado y la virtud entre
hartas ocasiones para pensar llevamos buen principio» (Cta. 13,2).
El 28 de noviembre, Juan de la Cruz inaugura en Duruelo el primer convento de
Carmelitas Descalzos (F 14).
A principios de 1569 viaja a
Toledo (F 15). Antes pasa por Medina, Duruelo y Ávila. Ella misma nos relata
que en Duruelo se encontró al Padre Antonio Heredia barriendo la puerta del
conventico. Al preguntarle: -«Mi padre,
¿qué se ha hecho de la honra?», respondió el buen fraile: -«Maldigo el día en que la tuve». En la
Ciudad Imperial tenía buenos amigos desde que residió siete años antes en el
palacio de Dª Luisa de la Cerda. Un comerciante de ascendencia judeoconversa
le había dejado una herencia para que fundara allí. Esto provocó que ninguno
de sus conocidos moviera un dedo para ayudarla. Dios se sirvió de un humilde
estudiante, pobre de solemnidad, para encontrar alojamiento a las monjas.
Pero en esos momentos la Diócesis se encontraba sin Arzobispo, ya que el
titular se encontraba detenido por la Inquisición. Pasaban los meses y el
administrador no concedía la licencia. Teresa y sus monjas soportaron con
fortaleza el hambre, el frío y las privaciones de los comienzos, pero no
podían aceptar las injusticias. Así que la Santa se armó de valor, se dirigió
a su palacio y le soltó lo que nadie se atrevía a decirle: «díjele que era recia cosa que hubiese mujeres que
querían vivir en tanto rigor y perfección y encerramiento, y que los que no
pasaban nada de esto, sino que se estaban en regalos, quisiesen estorbarlo»
(F 15,5). Así consiguió el suspirado permiso.
En mayo del mismo año, la poderosa
Ana de Mendoza, princesa de Éboli, envía al convento criados y carruajes para
que lleven a la Madre Teresa a su posesión de Pastrana (F 17). Ella se
resiste, pero termina cediendo. De camino se detiene en las Descalzas Reales
de Madrid, «adonde yo había posado otras
veces por alguna ocasión que se me había ofrecido pasar por allí»,
donde conoce a dos ermitaños italianos a los que la caprichosa princesa había
ofrecido un terreno. La Santa se los gana para su causa y con ellos funda su
segundo convento de frailes al mismo tiempo que el sexto de monjas.
Durante los meses siguientes
visita Malagón, Medina, Alba, Valladolid, Toledo, Ávila y Salamanca, donde
funda en noviembre de 1570 (F 18) en una casona alquilada. El proceso de
adquisición de una vivienda definitiva le proporcionará varios quebraderos de
cabeza, ya que se prolongará durante nueve largos años. El 25 de enero de
1571 funda en Alba de Tormes, con la asistencia de Juan de la Cruz (F 20). De
regreso a Salamanca, en Pascua del mismo año, tuvo lugar uno de los éxtasis
más célebres de la Santa. Durante la recreación, una novicia cantó el «véante mis ojos, dulce Jesús bueno...»
y ella quedó tan fuera de sí, que tuvieron que llevarla en volandas a su
habitación: «Anoche, estando con todas,
dijeron un cantarcillo de cómo era recio de sufrir vivir sin Dios. Fue tanta
la operación que me hizo, que se me comenzaron a entumedecer las manos, y no
bastó resistencia...» (CC 13,1).
Mientras las peticiones para
nuevas fundaciones se multiplican, las monjas Calzadas de la Encarnación de
Ávila la eligen como priora, por lo que interrumpe sus fundaciones durante un
trienio. Ella, que había casi olvidado aquel enjambre de monjas, donde eran
difíciles las relaciones personales, se ve convertida ahora en su
responsable. A poco de llegar escribe a Dª Luisa de la Cerda: «quien se ha visto en el sosiego de nuestras casas
y se ve ahora en esta baraúnda, no sé cómo se puede vivir... Adónde hay
ciento y treinta, ya entenderá vuestra señoría el cuidado que será menester
para poner las cosas en razón... parece que no está inquieta mi alma con toda
esta Babilonia» (Cta. 34,4). Una de sus primeras decisiones es
traerse a Juan de la Cruz como confesor de la comunidad. Para él prepara una
casita en la huerta. A pesar de que pasa casi todo el tiempo enferma, sólo 6
meses después escribe a Dª María de Mendoza: «Es
para alabar a Nuestro Señor la mudanza que en ellas ha hecho. Las más recias
están ahora más contentas y mejor conmigo... casi todas se van mejorando»
(Cta. 37,7). En carta al padre Gaspar de Salazar reconoce la buena ayuda de
Fray Juan: «confiesa uno de ellos (de los
Descalzos) harto santo, que ha hecho gran provecho» (Cta. 45,3).
Las cartas se van a convertir en uno de sus principales medios de
comunicación. De ellas se sirve para pedir limosnas y aves para las monjas de
la Encarnación (Cta. 44), para tratar asuntos familiares (Cta. 46), para
suplicar favores al rey (Cta. 48), para acordar las condiciones del colegio
de doncellas que los Jesuitas querían construir en Medina del Campo,
encargando la gestión a las Carmelitas Descalzas (Cta. 49), para negociar la compra
de casas y otras necesidades de las comunidades que había fundado (Cta. 50),
así como para preparar todo lo necesario en las fundaciones de casas de
frailes (Cta. 64).
Estando en el monasterio de la
Encarnación, el 18 de noviembre de 1572 recibe la gracia del matrimonio
espiritual: «Estando comulgando, partió la
Forma el padre fray Juan de la Cruz... (Jesús) diome su mano derecha y díjome
"Mira este clavo, que es señal de que serás mi esposa desde hoy... mi
honra es ya tuya y la tuya mía"» (CC 25). Es el ingreso en
las séptimas moradas, el máximo estado que se puede alcanzar en esta vida. Al
explicar el contenido de dicha gracia, comenta: «Es una merced tan subida lo que comunica Dios allí al alma en un
instante y el grandísimo deleite que siente el alma que no sé a qué lo
comparar, sino a que quiere el Señor manifestarle por aquel momento la gloria
que hay en el cielo... Queda el espíritu de esta alma hecho una cosa con
Dios» (7M 2,4).
En 1573 puede reiniciar la visita
a sus conventos y la fundación de otros nuevos. Estando en Salamanca, el P.
Ripalda, Jesuita, le manda escribir el libro de las Fundaciones, tal como
ella misma nos recuerda en el prólogo: «habiendo
visto este libro de la primera fundación, le pareció sería servicio de
Nuestro Señor que escribiese de otros siete monasterios que, desde entonces,
por la bondad de Nuestro Señor, se han fundado, junto con el principio de los
monasterios de los Padres Descalzos». Ya había contado los inicios
de San José en el Libro de la Vida. Ahora se detiene en el estilo de vida que
allí se seguía, para que pueda servir de modelo a las monjas que habían
entrado después en las otras casas, haciendo hincapié en el desasimiento, la
obediencia, el retiro y el celo por las almas. Continúa con la visita del
General y las otras Fundaciones. También trata de algunas cosas relativas a
la oración y a la convivencia, como en todos sus libros.
En 1574 funda en Segovia y
traslada allí sus monjas de Pastrana, cansada de los desmanes de la
caprichosa princesa de Éboli que, a la muerte de su marido, se vistió con un
hábito de fraile y se trasladó a vivir al convento, acompañada por un gran
séquito de sirvientes. Aunque la prudencia y sabiduría de la priora Isabel de
Sto. Domingo habían conseguido que regresase a su palacio, no dejaba de
interferir continuamente en la vida de las hermanas: «He gran lástima a las de Pastrana. Aunque se ha
ido a su casa la princesa, están como cautivas... No hallo por qué se ha de
sufrir aquella servidumbre» (Cta. 54,9). Finalmente, a escondidas
y en medio de la noche, tuvieron que huir de su feudo hacia Segovia. Dª Ana
de Mendoza, viuda del poderoso Ruy Gómez y princesa de Éboli se convirtió,
desde entonces, en una terrible enemiga. Una de sus primeras maniobras es
denunciar el libro de la «Vida» a la Inquisición. En otoño, Teresa regresa a
Ávila, para terminar su priorato en la Encarnación. Allí continúa el relato
de las Fundaciones hasta el capítulo 19.
8. EN EL UMBRAL DE LA HOGUERA.
Ante la petición insistente de
algunas personas de Beas de Segura, se decide a fundar allí en 1575 (F 22).
El comisario apostólico Pedro Fernández, que ya no está dispuesto a permitir
nuevas salidas a la Santa, pone una condición que le parece imposible de
realizar: la consecución del permiso de la Orden de Santiago, de la que
dependía la villa: «Él sabía de otras
partes, que los comendadores no habían dado permiso en muchos años... Y así,
cuando tuvieron la licencia, no la pudo él negar» (F 22,3). Aunque
Beas dependía administrativamente de Castilla y era diócesis de Cartagena, se
encontraba en territorio andaluz. Ella no lo sabía y, cuando se dio cuenta,
ya era demasiado tarde.
Mientras tanto, su amigo el obispo
de Palencia Alvaro de Mendoza, se vio obligado a entregar su «Libro de la
Vida» a la Inquisición de Valladolid, y le comunica que los inquisidores
están buscando más copias del libro y de sus otros escritos. Grupos de
mujeres devotas, discípulas de Juan de Ávila y de Luis de Granada, con las
que se había relacionado de distintas maneras, estaban siendo condenadas en
Toledo, Baeza y Valladolid. Algunas habían leído el Libro de la Vida, y
Teresa de Ávila y su novedosa |