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DECIMOSEXTA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO A
DOMINGO
LUNES MARTES
MIERCOLES JUEVES VIERNES SABADO
DOMINGO
Lecturas
a.- Sab. 12, 13. 16-19: En el pecado das lugar al
arrepentimiento
b.- Rom. 8, 26-27: El Espíritu intercede por nosotros.
c.- Mt. 13,24-43: Tres parábolas de Jesús.
d.- S. Juan de la Cruz: “La virtud y fuerza del alma
en los trabajos de paciencia crece y se confirma” (D 4).
La primera lectura es una verdadera exaltación de la
justicia y del poder de Dios que sin embargo usa con moderación y da la
oportunidad al pecador de arrepentirse. El justo es amigo del hombre o
filántropo. La esperanza está plenamente asentada en la justicia y
misericordia divina, que El autor sagrado alaba y reconoce.
El apóstol nos invita a vivir la oración según el Espíritu
de Dios, porque conociendo nuestra flaqueza, no sabemos orar según nos
conviene. De aquí nuestras faltas a la justicia y al amor fraterno que
redunda en carencia de amor a Dios. La garantía que tenemos es que el
Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables y suple de alguna
manera nuestra debilidad. Escruta nuestros corazones para perfeccionar
nuestras aspiraciones hasta que sean según el querer de Dios.
Las parábolas de la cizaña y el trigo, el grano de mostaza
y la levadura en la masa nos hablan del Reino de Dios desde diferentes
perspectivas. La que llama más la atención y está en consonancia con las
otras lecturas es la primera. Esta parábola es una respuesta a la actitud de
los fariseos que pensaban que sólo los puros podían ser formar la comunidad
de la alianza de Dios, Jesús, manifiesta otra actitud la de estar entre los
hombres justos y pecadores evitando así la segregación. Quizás esto también
es un reflejo de la situación que vivió la naciente Iglesia, donde había
justos y pecadores necesitados de conversión.
La sabiduría en el juicio de Cristo, se manifiesta en que
deja que crezcan la cizaña y el trigo. que maduren y luego hacer la cosecha,
separándolos en el juicio final. Sólo entonces aparecerá la comunidad de los
santos y puros. Hay que dejar que el trigo madure hasta el tiempo determinado
por Dios para ello. La parábola tiene un carácter escatológico, la siega es
imagen del juicio final, mientras no llegue es el tiempo de la paciencia, de
la maduración. Se dan a un tiempo justicia y misericordia, poder y
moderación.
La explicación de la parábola corre por cuenta del mismo
Cristo: “El respondió: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del
hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del Reino; la
cizaña son los hijos del Maligno; el enemigo que la sembró es el Diablo; la
siega es el fin del mundo, y los segadores son los ángeles. De la misma
manera, pues, que se recoge la cizaña y se la quema en el fuego, así será al
fin del mundo. El Hijo del hombre enviará a sus ángeles, que recogerán de su
Reino todos los escándalos y a los obradores de iniquidad, y los arrojarán en
el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los
justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre. El que tenga oídos, que
oiga” (vv. 38-43).
La primera nota que nos presenta esta parábola, es la
paciencia de Dios a la cual el hombre debe responder con tolerancia, y no con
celo indiscreto que representan los criados, cuando quieren arrancar la
cizaña. Que crezcan juntos, porque se podría perder el trigo al arrancar la
cizaña (v. 29-30). Solemos ser muy intransigentes con los demás, pero muy
dados a justificarnos y ser blandos con nosotros mismos ante nuestros propios
errores. Mientras no aceptemos el mal que cometemos tenemos la tentación de
creernos buenos y puros, mientras nos veamos y nos sintamos parte de ese
mundo pecador, difícilmente vamos a experimentar la esperanza de saber que
luego del pecado hay lugar para el arrepentimiento y no habremos aprendidos a
ser justos con los demás. Si en la oración principal del cristiano pedimos
perdón por nuestros fallos, ¿cómo no toleramos los de nuestros hermanos?
Como el bien y mal, no sólo están fuera de nosotros sino
también en nuestro corazón, nadie puede considerarse trigo puro, sino que
todos tenemos algo de cizaña. El problema es que no nos conocemos
suficientemente, por lo mismo vemos más el error en el otro y no la viga que
hay en nuestra vida. Sólo Dios es bueno, dijo Jesús, de ahí que nos prohíba
juzgar a los demás.
Otra de las enseñanzas de esta parábola es el optimismo. El
reino de Dios crece donde un corazón le responde pero es nuestro pesimismo e
intolerancia el que no nos deja ver su desarrollo. Sólo de Dios depende el
crecimiento del Reino y no de nuestro pesimismo ante un mundo increyente. Las
tres parábolas hablan de crecimiento desde una realidad humilde como es el
trigo, la semilla y la levadura, pero silenciosamente se genera el triunfo de
Dios.
La paciencia forja la virtud y los trabajos por el reino de
los cielos aumentan el bien en el alma, enseña el místico, mejor dicho la
confirman en su vocación y lucha por instaurar el reino de Dios en este
mundo. La tolerancia y el respeto hacen mucho en este sembrar las semillas
del evangelio, el crecimiento y la cosecha es cosa de Dios, al orante le toca
sembrar a manos llenas para que el fruto de su contemplación alcance a todos.
LUNES
Lecturas
a.- Mi. 6, 1-4.6-8: Te he explicado hombre lo que Dios
desea de ti.
b.- Mt. 12, 38-42: Cuando juzguen a esta generación la
reina del sur se levantará.
c.- S. Juan de la Cruz: “Olvido de lo criado; memoria
del Criador; atención a lo interior; y estarse amando al Amado” (Suma
de perfección).
Los fariseos piden un signo, una señal para creer. Jesús
les responde: “¡Generación malvada y adúltera! Una señal pide, y no se
le dará otra señal que la señal del profeta Jonás. Porque de la misma manera que
Jonás estuvo en el vientre del cetáceo tres días y tres noches, así también
el Hijo del hombre estará en el seno de la tierra tres días y tres noches.
Los ninivitas se levantarán en el Juicio con esta generación y la condenarán;
porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay algo más
que Jonás” (vv. 39-41). Jesús apunta al mayor de sus milagros: su
propia resurrección de la muerte.
Sin fe no hay milagros y mucho menos hacerlos, por
satisfacer la curiosidad de unos pocos maliciosos. Jesús es el gran signo de
Dios entre los hombres, la gran señal del Reino de Dios; pero los
representantes religiosos de Israel, lo rechazan. Nínive se convirtió ante la
predicación del profeta Jonás, lo mismo la reina de Saba vino a escuchar la
sabiduría del rey Salomón. Jesús de Nazaret, el Mesías, es más grande que
todos los profetas y reyes que le precedieron, pero los fariseos y escribas,
no lo aceptan. Por esto el día del juicio final, los ninivitas y la reina de
Saba serán testigos contra ellos para condenar su actitud: no se convirtieron
habiendo escuchado a Cristo (v. 42).
También nosotros podemos caer en este error de escuchar al
Salvador y no convertir plenamente a su evangelio. Lo mismo puede suceder con
nuestra vida sacramental: confesiones y comuniones. ¿Transforman nuestra
vida? Si comprendemos bien el sentido del sacramento de la reconciliación, el
proceso que se origina con el perdón y el arrepentimiento dura toda la vida,
donde la enmienda y la satisfacción van más allá de la impuesta por el
confesor. Todo el tiempo debemos convertirnos al Señor en nuestras relaciones
con Dios y el prójimo. Asumir con conciencia clara las propias debilidades,
no eludirlas, sino trabajarlas a la luz de Cristo resucitado y la fuerza
renovadora de su Espíritu.
Tenemos muchas penitencias que cumplir gozosamente si
observamos nuestra jornada, entendida como esfuerzo personal, mediante gestos
y actitudes de amor a Dios y al prójimo más cercano: la familia, el trabajo,
donde desarrollamos un abanico grande virtudes. Pero donde también aparecen
nuestros defectos repetidos una y otra vez y que son los aspectos a superar
con esfuerzo decidido y oración perenne. Es el drama de la vida cotidiana, es
el gozo de vivir y ver cómo Dios escribe su historia en nosotros. Es la
sabiduría de la fe y la humildad del amor la que debemos testimoniar en el
compromiso diario como cristianos. Es la vida si vivida con dignidad
cristiana una penitencia continua la que nos saca de nuestros egoísmos y nos
pone a dar frutos de conversión para Dios y el prójimo.
Estar atento a lo interior, para tener memoria del Creador,
es vivir las horas pensando en Dios, enseña el místico, en el quehacer
cotidiano, es decir, llevar todos los trabajos a la oración, creando unidad
en la existencia, donde todo gire en torno a Dios y quede integrado a su
servicio.
MARTES
Lecturas
a.- Mi. 7, 14-15.18-20: Arrojará a lo hondo del mar todos
nuestros delitos.
b.- Mt. 12,46-50: Señalando a sus discípulos dijo: Estos
son mi madre y mis hermanos.
c.- S. Juan de la Cruz: “¿Adónde te escondiste, Amado,
y me dejaste con gemido?
Como el ciervo huiste, habiéndome herido; salí tras ti
clamando, y ya eras ido” (CB 1).
En este pasaje, Jesús pregunta y se responde, ante la
urgencia de sus parientes por hablarle. “Alguien le dijo: «¡Oye! ahí
fuera están tu madre y tus hermanos que desean hablarte.» Pero él respondió
al que se lo decía: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y,
extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis
hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es
mi hermano, mi hermana y mi madre.» (vv. 46-50).
La condición para ser parte de la familia de Jesús, como no
podía ser de otra manera, es cumplir la voluntad del Padre. Quiere fundar una
nueva familia nacida desde la fe, de ahí que los lazos familiares de sangre,
pasan a un segundo plano respecto del Reino de Dios. Expresamente lo había
pedido a sus seguidores cuando les dijo que no había venido a traer la paz
sin la división en la familia a causa de la adhesión a la fe (Mt. 10, 34ss).
La opción por el Reino supone a veces la renuncia a la propia familia, la
incomprensión de la misma, al estilo de Jesús.
Ingresar en la familia de Jesús y en el Reino significa
trabajar una escala de prioridades u opciones donde hacer la voluntad de Dios
es lo fundamental. Significa pertenecer a Jesucristo en condición de
discípulo, vivir una enriquecedora intimidad con ÉL y asumir sus criterios.
En su familia es el Hermano mayor y todos los miembros son hermanos e hijos
de Dios Padre. Debemos reconocer que si ÉL nos da estas garantías de
familiaridad e intimidad, quizás sea porque no cumplimos su palabra, lo que
no nos permite tener esa conciencia de ser familia de Jesús. La falta de fe,
la distancia que produce ser amigo de Dios, nos hace difícil no digo creer
sino experimentar esta familiaridad, como la quiere Jesús.
Sin embargo antes de padecer su pasión Jesús nos dijo:
“No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo;
a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os
lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he
elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto,
y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi
nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los
otros” (vv. 15, 15 -17). Es Jesucristo quien nos abre el camino para su
amistad, nos elige para tener su mismo destino y comunión con el Padre, pero será
el cumplimiento de la voluntad de Dios la que finalmente decida si esta
amistad es verdadera de nuestra parte.
La fe en Dios será el sol que ilumine la existencia y la
configuración con Cristo lo más debemos trabajar a la hora de cultivar esa
amistad. La esperanza hará de sus discípulos hombres fuertes en los momentos
difíciles, llenos de paz cuando hay que discernir, confiados cuando flaquean
las fuerzas. El servicio a los demás, el compartir con los necesitados y la
entrega de la propia vida deben ser signo concretos de esa configuración con
Cristo, es decir ese asemejarse al Maestro. Esta vida teologal es la
estructura interna de quien se sabe discípulo que escucha y aprende, medita y
renuncia y opta siempre por lo mejor, lo bueno, lo noble y laudable para
vivir su pertenencia a la familia de Jesús. La clave de todo este proceso es
la interiorización del misterio de Cristo por los medios que ÉL mismo nos
entregó.
El Amado nos hiere con su amor y nos deja amando, enseña el
místico en su Cántico espiritual, precisamente para buscarle, dejando todo
por ÉL hasta la propia vida que la devuelve en frutos y gracias nuevas. La
búsqueda pasa por preguntar por ÉL, ¿dónde anda?, hasta encontrarlo en los
hermanos, para seguir buscándole en fe y amor en lo interior, donde nos
espera y prepara un banquete para nosotros (cfr. Ap. 3, 20).
MIERCOLES
Lecturas
a.- Jr. 1,1.4-10: Te nombré profeta de los gentiles.
b.- Mt. 13, 1-9: La semilla cayó en tierra buena y dio
grano.
c.- S. Juan de la Cruz: “Debe, pues, el hombre
gozarse, no en si tiene las tales gracias y las ejercita, sino si el segundo
fruto espiritual saca de ellas, es a saber: sirviendo a Dios en ellas con
verdadera caridad, en que está el fruto de la vida eterna” (3S 30,5).
Hoy proclamamos la parábola del sembrador. Este texto
podría resumir la actividad apostólica de Jesús, balance optimista de su
servicio a la Buena Nueva. Rechazado por los jefes religiosos de Israel,
ahora ya no predica en las sinagogas sino en las calles y de forma
itinerante. Desde el marco natural del lago y desde una barca predica esta
parábola. La atención de esta narración la encontramos en la semilla
primeramente, y no en el terreno donde cae ni tampoco en el sembrador. Se
pone en acento la misión profética de Cristo, es decir en el éxito final de
la semilla del Reino que siembra generosamente en el corazón y en la vida de
los hombres que le escuchan.
En perspectiva escatológica la cosecha será abundante, lo
que nos habla del optimismo de Jesús, luego del aparente fracaso inicial y el
rechazo de los escribas y fariseos del templo. La tierra buena producirá el
ciento por uno, el sesenta y el treinta por uno, frutos que suplen la
esterilidad de los otros terrenos donde cayó la semilla. Es a la semilla, es
decir, la palabra la que hemos de valorar por el momento como lo principal,
porque generosamente esa palabra la pronuncia Dios para nosotros y nuestra
salvación, y por lo mismo, esa palabra posee la fuerza y la profundidad de su
Espíritu.
Desde otra perspectiva estas parábolas, tomadas de la vida
ordinaria de la gente de ese tiempo y también del nuestro, sobre todo las que
se refieren a la vida del campo, hablan de tareas que desde la visión de la
fe cristiana, adquieren un sentido nuevo y entregan un trasfondo nuevo de la
vida de Dios en la existencia de los hombres. Trabajos y labores que daban
alegría a los hombres, ahora desde el Reino entregan verdadera felicidad
porque abren un camino de encuentro con Dios y el prójimo. Todas las
parábolas buscan y presentan la felicidad para el hombre, lo importante es
comprenderlas en toda su luz y profundidad hasta hacerlas vida nuestra,
alegría nuestra. Apreciar el don de la palabra de Dios, debe producir alegría
desbordante en lo interior, porque es conocer su querer, su voluntad, para con
su gracia, poderla llevar a la vida cotidiana. A mayor palabra de Dios en la
propia existencia, mayor alegría de vivir y servir al Señor.
De qué le sirven al hombre las gracias divinas si no hay
frutos de vida eterna, enseña e místico, es decir, esas gracias son
precisamente para aumentar el servicio a Dio s y a los hermanos. Son los
frutos los que hablan de la calidad del árbol y por lo mismo de la fidelidad
del discípulo a su Maestro que ha aprendido a escuchar y obrar según el
querer divino.
JUEVES
Lecturas
a.- Jr. 2,1-3.7-8.12-13: Me abandonaron a mí y cavaron
aljibes agrietados.
b.- Mt. 13,10-17: A vosotros se ha concedido conocer los
secretos del Reino de los cielos y a ellos no.
c.- S. Juan de la Cruz: “La cual sustancia de los
secretos es el mismo Dios, porque Dios es la sustancia de la fe, y el
concepto de ella y la fe es el secreto y el misterio. Y cuando se revelare y
manifestare esto que nos tiene secreto y encubierto la fe, que es lo perfecto
de Dios, como dice Pablo (1Cor. 13, 10), entonces se descubrirán al alma la
sustancia y misterios de los secretos” (CB 1,10).
“Porqué les hablas en parábolas? El les respondió:
«Es que a vosotros se os ha dado el conocer los misterios del Reino de los
Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero
a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en
parábolas, porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se
cumple la profecía de Isaías: Oír, oiréis, pero no entenderéis, mirar,
miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo,
han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus
ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los
sane. «¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque
oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que
vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo
oyeron” (vv. 10-17).
Lo que hace Jesús es establecer una división entre sus discípulos
y los de afuera, es decir, los no creyentes; para los primeros, las parábolas
son un medio para ingresar a los misterios del Reino, en cambio, para los
incrédulos es un interrogante sin respuesta. Los primeros abren su corazón,
es decir, disponibilidad para entender, de ahí, que Jesús declare que son
dichosos porque muchos en el pasado quisieron ver lo que ellos ven y oír lo
que ellos oyen (v. 16-17). Por otra parte está el texto de Isaías: “En
ellos se cumple la profecía de Isaías: Oír, oiréis, pero no entenderéis,
mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este
pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean
con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan,
y yo los sane. «¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos,
porque oyen!” (vv. 14-16; cfr. Is. 6, 9-10), que viene a significar no
que Jesús pretendiera que nadie le entendiera, cosa absurda, sino que asume
la increencia de los judíos; algo anunciado por el profeta acerca del Siervo
que había de venir.
El anuncio del Reino por medio de parábolas es salvación
para quien las acepta como introducción a conocer la voluntad del Padre, sin
ser fuerza que anula la libertad del hombre, requiere de su adhesión, su
respuesta, para su pleno cumplimiento. Requisito fundamental es el
cumplimiento de la voluntad de Dios, lo que se logra escuchando la palabra
que Jesús pronuncia, fe en esa palabra y en la persona del enviado del Padre.
Ahí está la diferencia entre los que escuchan la palabra porque han recibido
la semilla y da fruto, mientras que en otros la misma semilla, la respuesta,
es nula o estéril. El discípulo convencido de su proceso escucha, entiende,
obedece y produce frutos que el Espíritu Santo, fecunda con su acción
santificadora.
Hoy vemos que en muchos ambientes Dios no tiene espacio en
el corazón de los hombres, es entonces cuando el cristiano, al igual que
Cristo paciente, espera que fruto de la libertad del hombre nazca la
respuesta, donde va a convivir la adhesión de fe y la incredulidad, el amor y
el desamor, el trigo y la cizaña, que Dios en su infinita paciencia respeta
sin dudas la libertad del hombre. Sin embargo, los que han comprendido los
misterios del Reino saben qué hacer y cómo vivir en tiempos de incredulidad,
porque llevan el gozo interior de conocer la voluntad del Padre en fe
ilustradísima.
Ciertamente, Dios es la sustancia de la fe y los misterios
nos serán revelados en su plenitud en la otra vida, pero ya en ésta tenemos
las certezas de lo que se nos manifestará allá sin velos, y en ésta vida de
fe conocemos lo suficiente para dar una respuesta cabal a Dios y a su plan
de salvación. Lo importante será profundizar en esa vida teologal que nos
abre la vía al conocimiento del misterio divino pero también nos ayuda a
ingresar en nuestro interior para conocer nuestro propio misterio ala luz de
Dios.
VIERNES
Lecturas
a.- Jr. 3, 14-17: Os daré pastores conforme a mi corazón.
b.- Mt. 13,18-23: El que escucha la palabra y la entiende,
ése da fruto.
c.- S. Juan de la Cruz: “Buscad leyendo y hallaréis
meditando; llamad orando y abriros han contemplando” (D 162).
Hoy corresponde la explicación de la parábola del
sembrador. La semilla ya fue sembrada, ahora se analiza la respuesta o el
fruto de la misma y el terreno donde cayó adquiere también su importancia,
porque representa diversos tipos de miembros de la Iglesia.
Se presentan cuatro actitudes, en las cuales el escuchar es
un común denominador, pero los tres primeros, es decir los simbolizados por
el camino, el pedregal y las zarzas, sólo oyen, pero no escuchan las
exigencias de la palabra del Reino, que deben estar por sobre los
sentimientos, la inconstancia en las pruebas, los afanes de la vida y la
seducción de las riquezas. La semilla que cae al borde del camino, simboliza
a los que escuchan sin entender, viene el maligno y roba la semilla; la que
cae en el pedregal, simboliza al que escucha y acepta la palabra, pero por
falta de tierra, de constancia y soportar las dificultades que sufre a causa
del evangelio, se pierde: La semilla entre zarzas y abrojos crece, pero las
preocupaciones de la vida y la seducción de las riquezas, ahogan la palabra
de Dios. Finalmente la semilla que cae en tierra buena es el que entiende y
acepta la palabra con un corazón generoso. Sólo este último es verdadero
discípulo de Cristo, porque se compromete con su palabra en la vida cotidiana
y produce el ciento, el sesenta y el treinta por uno.
Esta parábola no perdido actualidad puesto que Dios sigue
hablando por medio de la palabra de su Hijo, única palabra del Padre y las
respuestas de los hombres varían desde el rechazo hasta la aceptación gozosa
de la fe y de la salvación. La Iglesia tiene hoy de comunicarnos la Palabra
por medio de las celebraciones litúrgicas para llevarlas a la vida de todos
los días e iluminar las situaciones en que estamos inmersos, luchando por los
derechos humanos más básicos y la dignidad del ser humano. La semilla de la
palabra de Dios sigue dando frutos de santidad y gracia, de verdad y de paz,
de fe y amor en el mundo esto es lo importante.
Las palabras del místico exhortan al cristiano a buscar,
meditar la Palabra de Dios, el resto lo pone ÉL, con en ingreso progresivo en
la vida contemplativa.
SABADO
Lecturas
a.- Jr. 7,1-11: ¿Creéis que es una cueva de bandidos el
templo que lleva mi nombre?
b.- Mt. 13,24-30: Dejadlos crecer juntos hasta la siega.
c.- S. Juan de la Cruz: “¿Oh Señor Dios mío!; ¿quién
te buscará con amor puro y sencillo que te deje de hallar muy a gusto y
voluntad, pues que tú te muestras primero y sales al encuentro a los que te
desean?” (D 2).
Este texto presenta la parábola del trigo y la cizaña.
“Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la
cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: "Señor, ¿no
sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?". El
les contestó: Algún enemigo ha hecho esto. Dícenle los siervos: ¿Quieres,
pues, que vayamos a recogerla? Díceles: No, no sea que, al recoger la cizaña,
arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega.
Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y
atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero » (vv.
26-30)
Esta parábola es propia de Mateo y quiere responde de
alguna manera a la situación que presentaban diversos grupos que se
consideraban los perfectos y puros, separados de los demás, que entendemos
como segregación religiosa: fariseos, esenios y zelotas. Se consideraban los
auténticos miembros del pueblo de Dios. Como sabemos por el evangelio, Jesús
rompe con estas costumbres y se mezcla con pecadores y publicanos,
prostitutas y recaudadores de impuestos, etc. Los escogidos para ser sus
discípulos no eran ninguna maravilla, al contrario eran pescadores y un
recaudador de impuestos y hasta uno que lo traicionó. Hay también un reflejo
de la primera comunidad eclesial de Jerusalén donde los cristianos pecaban
contra la fe y la moral, no eran todo lo santo que hubiéramos querido.
Esta parábola quiere exaltar la paciencia y comprensión de
Dios: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el
trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega” (vv. 29-30). Lo
importante a estas alturas es el trigo y la maduración para la cosecha, es
decir, la separación entre los justos y pecadores, el trigo y la cizaña. Esta
parábola quiere acentuar la revelación del reino, por una parte, y por otra,
la coexistencia del bien y del mal: trigo y cizaña; sembradas por sembradores
distintos, Dios y el Maligno. Lo importante es que la cizaña no es arrancada,
para cuidar del trigo hasta la siega, imagen del juicio definitivo de Dios.
Sólo ÉL conoce la hora del juicio, mientras tanto la paciencia y la
misericordia hacen su obra entre los hombres.
También hoy hay grupos que, como los fariseos, quieren
apurar el juicio divino, considerándose ellos los santos y puros, pero
intolerables con los pecadores. El Reino de Dios sigue su propio dinamismo a
pesar de haber pecadores dentro y fuera de la comunidad eclesial, lo que
viene a confirmar que todos llevamos mucho de trigo, pero también tenemos
mucho o poco de cizaña. A la infinita paciencia de Dios corresponde la
tolerancia en el corazón del hombre consigo mismo y con el prójimo. Hay que
aprender a sufrir las propias debilidades a pesar del esfuerzo constante por
superarlas. El celo indiscreto o la intolerancia esta reflejada en la
voluntad de los siervos que quieren arrancar la cizaña, pero la voluntad del
amo prevalece, y crecerá junto al trigo hasta la siega.
La intolerancia tiene una vertiente muy común como es el
juzgar a los demás, olvidando que sólo a Dios corresponde el juicio y que la
medida con que medimos será la misma con la que seremos juzgados (Mt. 7,1ss).
Los que se creen buen trigo, revísense de de no conocer la cizaña que hay en
su vida. Jesús nos enseña que el único Santo y el único bueno, es Dios (cfr.
Mt. 19,16; Mc.10, 18).
Verdaderamente Dios y su Reino, enseña el místico, salen al
encuentro del hombre ayer y hoy, y por lo mismo el hombre de fe, tiene todos
los medios para ser buen trigo de Cristo, evitando ser cizaña, con la
educación en la vida teologal, es decir lo que nos aporta la fe, la esperanza
y la caridad.
Fr. Julio González C. OCD
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