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Responder a este mensaje
Asunto:[CAV] Recobrar lo Sagrado de Dr. Carlos WARTER:
Fecha:Martes, 6 de Febrero, 2007  21:56:13 (-0300)
Autor:Nelson Guizzo <nelson22 @.....com>

 
Soy un gran admirador de CARLOS WARTER
Espero este texto les guste, y principalmente, les sirva.
Es medio largo, pero vale la pena
Saludos, Nelson
 

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Recobrar lo Sagrado
Lecciones Sobre Precepción Espiritual
Capítulo 5
por Carlos Warter, M.D.

El perdón y el madurar del corazón

El más directo, menos tradicional y más exigente de los maestros que conocí
durante mi estancia en California fue, sin duda, un hombre que encontré en
un bar de frutas, en Berkeley. Me estaba comiendo tranquilamente la copa de
frutas que había pedido y leyendo una octavilla que alguien me había dado en
la calle, cuando un corpulento hombre negro de cabello gris me llamó desde
una mesa contigua.

- No va usted a iluminarse comiendo eso.
 
Miré a aquel hombre y vi que estaba comiendo lo mismo que yo, por lo que me
reí y traté de ignorarlo. El continuó hablándome, diciéndome que necesitaba
más amor, aprender más y ser más humilde. Yo no respondí.
Finalmente, terminé de comer y me levanté para marcharme.
 
- Volveré a verle pronto -gritó.
 
- Tal vez -reconocí mientras salía del establecimiento para irme a casa.
Al día siguiente me fui de compras. Cuando volví a casa, a última hora de la
tarde, encontré una nota de Jeffrey pidiéndome que llamara a un tal Otis Lee
Jefferson. No tenía idea de quien era ese Jefferson, pero marqué el número y
pedí hablar con él.
 
- Debe de estar sorprendido por llamarle ahí -dijo una voz que me era
vagamente familiar.
 
- ¿Le conozco a usted?
 
- Hablamos ayer en el bar de frutas de la avenida Telegraph, doctor.
 
- ¿Cómo consiguió usted mi número? ¿Y cómo sabe que soy doctor?
El hombre del otro extremo de la línea dejó oír una risa ahogada.
 
- Usted puede poner límites a sus percepciones de quién es, pero yo lo sé
todo de usted; su conflicto interior, la manera en que fluye su energía...
Nuestro encuentro no fue sólo una coincidencia. Recuerde, siempre hay algo
operando por debajo de lo que se ve.
 
- Entonces ¿qué es lo que necesito aprender de usted, señor Jefferson?
-pregunté intrigado.
 
- Para ser un buen médico, debe concentrarse en algo más que en la
supervivencia de usted mismo y sus pacientes. En primer lugar, necesita
saber cómo limpiar el pasado de forma que no haya ninguna parte de sí mismo
tratando de controlar o dominar a la otra. Sus aspectos emocional, físico,
intelectual y espiritual deben operar juntos, ya sabe, como una sola unidad.
Si no lo hace así se encontrará desconectado, fuera del alcance de la fuente
de la vida.
 
- Pero ¿cómo sabe usted tantas cosas de mí? -pregunté de nuevo.
 
- Esto no puedo contárselo ahora -dijo-. Piense en lo que le he dicho, Doc.
 
-Y colgó.
 
Dejé el teléfono, me volví hacia Jeffrey y le pregunté si conocía a ese tal
Otis Lee Jefferson. Dijo que no, y que tampoco tenía idea de cómo aquel
hombre podía saber que yo residía en su apartamento.
Dos días después, se recibió en el domicilio de Jeffrey un paquete dirigido
a mí. En él había un libro escrito por un psiquiatra y titulado Love or
Perish (Amar o perecer) junto a una larga carta del misterioso señor
Jefferson. La carta empezaba así:
 
Yo puedo ayudarle. He trabajado 30 años como ayudante practicante en el
departamento psiquiátrico de un hospital. Cada médico que vi allí olvidaba
su corazón. Usted necesita curarse del dolor que hay en su interior. Yo veo
en sus ojos, en su cara, que su niño interior - al igual que el de su papá y
el de su mamá - nunca creció. Tampoco lo ha hecho usted. Necesita crecer, o
hará más mal que bien. ¿Cómo puede arreglar el cerebro de alguien si el suyo
está completamente arrugado?
Al día siguiente, fui a la oficina de correos a comprar sellos de avión. Al
salir, el omnipresente señor Jefferson estaba en la acera con una chillona
boina de color sobre su cabello jaspeado de gris.
 
- ¡Carl! -me llamó-. Me gustaría hablar contigo.
Yo suspiré profundamente y me acerqué a él.
 
- ¿Qué puedo hacer por usted, señor Jefferson?
 
- Aparte de llamarme Otis -respondió-, no creo que haya ni una puñetera cosa
que puedas hacer por mí. Bueno, quizá sí hay una. Me gustaría que vinieras
conmigo a mi casa de Oakland. Te haré comida, y puede que además te dé un
pequeño concierto. Creo que podrías aprender una o dos cosas. Al fin y al
cabo, tampoco tienes nada mejor que hacer ahora. ¿No es verdad?
Me quedé mirando al hombre que se estaba insinuando en mi vida. No sabía
nada de él, no sabía dónde vivía ni qué clase de tipo era. Todo lo que sabía
era que tenía algún conocimiento que pensaba que debía compartir conmigo. Y,
a decir verdad, no tenía nada mejor qué hacer.
 
- De acuerdo, Otis. Si es tan importante para ti, iré contigo.
 
- Bien, Carl, no es tan importante para mí como lo es para ti. Pero ahora
sígueme y trata de mantenerte despierto.
Me llevó a una parada y tomamos un autobús para Oakland. Otis me indicaba
todas las vistas mientras pasábamos por el puente de Oakland Bay. Hicimos un
transbordo y continuamos hacia sus barrios. Al aproximarnos a su
apartamento, observé que el aspecto de la zona empeoraba.
 
- Esta es nuestra parada -dijo Otis mientras tiraba de la cuerda del timbre
de parada. Estábamos en el medio del peor vecindario que había visto en toda
mi estancia en California. Podían verse prostitutas en las esquinas, sus
chulos, traficantes de droga ofreciendo su mercancía y niños de aspecto
tuberculoso.
 
- No dejes que el niño que tienes dentro se asuste, Carl -me dijo Otis en
voz baja, al ver que me incomodaba un poco el entorno-. Nada va a sucederte
en mi barrio. Te lo aseguro. Mi sitio está en aquel edificio.
Caminamos calle abajo hasta un edificio de ladrillo. Lo primero que
encontramos al entrar fue un hombre pakistaní gritando hasta el tope de sus
pulmones al desahuciar a unos ocupantes de la planta baja.
 
- El propietario -me dijo Otis-. ¡Hola señor Gupta! ¿Qué tal se encuentra?
El hombre dejó de gritar a aquella pareja encogida de miedo que estaba
sacando sus pertenencias depositándolas en la acera. Se volvió hacia
nosotros, sonrió y dijo:
 
- Hoy me encuentro muy bien, Otis. ¿Cómo está usted?
 
- Yo siempre estoy bien, señor Gupta, ya debería saberlo. Quiero presentarle
a un amigo mío. Este es Carl. Probablemente lo verá mucho por aquí en los
próximos días.
Estreché la mano al señor Gupta y le dije hola. Mientras Otis y yo subíamos
la escalera oí al señor Gupta abroncar de nuevo a los ex inquilinos.
Otis abrió la puerta del apartamento 7G y entramos. Su apartamento
contrastaba completamente con el barrio y el edificio del cual formaba
parte. Estaba limpio y elegantemente decorado. Había magníficas alfombras en
los suelos de madera y mobiliario de calidad cuidadosamente distribuido.
 
- La mayor parte de estos muebles eran de mis padres, o de mis abuelos, o de
los padres de mis abuelos. Son cosas que han pasado de padres a hijos. Esta
es otra - dijo mientras me conducía en dirección a una ventana.
En el rincón de esta sala de estar había un piano. Otis se sentó y empezó a
tocar, y yo no podía dar crédito a mis oídos. Estaba tocando y cantando una
canción folklórica que había oído cantar a mi abuelo cuando yo era pequeño.
Cuando acabó con esta canción, cantó Eli Eli L'ama Sabachtani (Padre, padre,
¿por qué me has abandonado?) y siguió con un espiritual negro.
Cuando hubo terminado, cerró el teclado del piano, giró sobre su asiento y
dijo:
 
- Quiero hablarte de esas personas que tienes dentro de ti. ¿Sabes algo de
ellas?
 
Pensé en el trabajo de diálogo que había hecho en Esalen con mi madre
interior, mi padre interior y mi niño interior.
 
- Creo que sí - respondí.
 
- Verte a ti mismo como médico y olvidar tu humanidad puede ser una
enfermedad - postuló mientras se levantaba y empezaba a andar por la
habitación- . Si te has convertido en médico porque querías ayudarte a ti
mismo, esta motivación viene de un lugar al que llamaremos amor negativo. Es
como un niño que actúa sólo para llamar la atención, aunque sea negativa. Tú
obtuviste este deseo de tus padres, lo cual lo hace muy difícil. Si te
convertiste en médico para ser famoso, para "publicar o morir", entonces
eres emocionalmente inmaduro y ello te impide ser un buen sanador. Necesitas
curarte a ti mismo antes de que puedas ayudar a otros.
 
- Me hice médico porque quería de verdad ayudar a otros - dije- . Fui, y
soy, muy sincero en mis esfuerzos. Y mis padres nunca...
Otis me interrumpió:
 
- Como te he dicho, obtuviste esta necesidad por emoción negativa de tus
padres y, al igual que ellos, lo pasas a tus hijos. Pero en cuanto te
conviertes en médico, no sólo la pasas a tus hijos; también lo das todo a
tus pacientes. Los humanos compiten por la energía - prosiguió- . En nombre
de ayudar a otras personas, es posible que en su lugar se les haga daño,
robándoles involuntariamente su energía. Aprendemos a hacer esto en la
infancia imitando a los primeros competidores por la energía que conocemos
en la vida: nuestros padres. Sé que has visto estos campos de energía en tus
prácticas médicas, aunque no supieras lo que realmente estabas viendo.
Necesitas comprender estos campos de energía en los cuales funcionas y ser
consciente de ellos. Para lograrlo, puedo guiarte a través de un proceso de
limpieza de ataduras a tu pasado biológico.
Luego añadió:
 
- Esto me lleva a algo más que he notado en ti. Tu no tienes compasión.
Estoy harto de escuchar a esos doctores diciendo que se trataba de "publicar
o morir" en su negocio. Es como el libro que te mandé, "amar o morir". Ya es
hora de que empieces a sentir el amor; de lo contrario, estás muerto
emocionalmente.
 
- ¿No crees que yo sea compasivo? - dije yo, tratando de complacerle.
 
- ¿Has rehusado alguna vez reconocer a alguien que estaba enfermo? -
preguntó Otis.
Sentí algo de remordimiento al recordar aquellas ocasiones en que estaba
cansado o quería irme a casa a acostarme, habiendo otros médicos disponibles
para ver a los pacientes.
 
- En algunos casos - admití.
 
- ¿Has retirado alguna vez la asistencia a alguno de tus pacientes?
 
- Sólo cuando sabía que no había nada más que yo pudiera hacer - aclaré.
 
- ¿Y cuándo sabes que esto es así? - inquirió Otis, deteniendo su paseo y
mirándome a la cara- . ¿Cómo sabes que tu próximo intento no será efectivo
para curar al sujeto ése, si es que has sido creativo y no remolón? Yo
siempre digo: "Si no puedes, debes, y si debes, quieres".
 
- ¿Qué quieres decir con eso? - Me volví hacia aquel extraño que seguía
atacándome.
Otis se sentó de nuevo en el asiento del piano y adoptó una pose de
agotamiento, mirando al suelo con los hombros caídos.
 
- Esto es "No puedo hacerlo" - declaró- . ¿Has notado alguna vez lo que dice
un niño cuando le pides hacer algo por sí mismo? Al figurarse los padres que
están allí para enseñar al niño y cuidar de él, van y lo hacen ellos por él.
En sus mentes, han enseñado a su hijo cómo hacer algo por sí mismo. Pero
esto no es lo que el niño ha aprendido. El ha aprendido que si llora y
protesta lo suficiente, al final habrá alguien que haga el trabajo por él.
Otis se incorporó y levantó los hombros, recuperando su postura ordinaria.
Luego prosiguió:
 
- Esto es "Debo hacerlo". Cuando dices "no puedo", abandonas tu voluntad.
Cuando dices "debo", optas de nuevo por tomar el control de tu vida. Cuando
adoptas esta actitud, tratas de tener éxito hasta que alcanzas tu objetivo,
o bien, te das cuenta de que hacías lo correcto pero trabajabas en el
problema equivocado.
Otis se puso en pie, miró al techo y levantó los brazos por encima de la
cabeza.
 
- Y esto - concluyó- es "Lo haré". Has de ir más allá de la idea de tratar
de hacerlo. Necesitas llegar a un espacio en el que estés seguro de
lograrlo, fuera de toda duda. El tratar de hacerlo te coloca en la dirección
correcta, pero el saber que vas a lograrlo es lo que te lleva al resultado.
Otis se sentó de nuevo en el asiento del piano en la postura "Debo hacerlo"
y me preguntó:
 
- ¿Cuántas veces has prescrito un medicamento porque era la cosa más fácil?
 
- No tengo idea - dije, con un suspiro exasperado.
 
- Bien, yo tengo una idea - dijo Otis tamborileando en su sien con el dedo
índice.
Continuó hablándome de mis experiencias médicas. Después de una hora
aproximadamente, me sirvió una comida a base de ensalada de aguacate y
alcachofa, sopa de legumbres y verduras, con naranjas y plátanos de postre.
Estaba convencido de que podía enseñarme algo útil, aunque no sabía
exactamente qué. Acordamos reunirnos una vez por semana para que pudiera
compartir conmigo la técnica que él había aprendido.
En la siguiente visita a Otis, pocos días después de mi encuentro inicial
con él, me dio un nuevo concierto improvisado, esta vez a base de piezas
clásicas de Bach y Chopin. Luego se volvió hacia mí y dijo:
 
- Siéntate aquí conmigo. Voy a enseñarte cómo sobrevivir y ser productivo en
este mundo.
Con recelo, me senté a su lado en el banquillo.
 
- Muchos médicos a los que he observado - explicó Otis- eran como niños
pequeños jugando a médicos. Nunca crecieron realmente. Considera todos los
hábitos negativos que tenían tu madre y tu padre. Lo que fastidia es que
adoptas los mismos hábitos de su amor negativo. Cuando me di cuenta de ello,
mis padres ya llevaban muertos veinte años. Por tanto tuve que encontrar
algún medio para retroceder en el tiempo, regularizar mi relación con ellos
y crecer correctamente, aunque soy... ¿Qué edad crees que tengo?
 
- Pareces andar por la media cuarentena - dije sinceramente- , pero has de
ser mayor si has trabajado en el hospital tanto tiempo como dices.
 
- Sesenta y ocho - anunció con orgullo- . Me retiré hace tres años y fue
cuando encontré a aquel tipo indio que me enseñó cómo romper la maldición.
Esperaba que terminara; pero al no hacerlo, le pregunté:
 
- ¿Qué maldición?
El sonrió como si ya hubiera estado esperando mi pregunta. Luego se echó a
reír.
 
- No está mal, Carl. A veces resbalas y desciendes al nivel de un niño
pequeño. ¿Lo ves? El niño que crece no tiene idea de lo que está bien o está
mal; por eso mira a sus padres para que examinen lo que está haciendo. Si
ellos se vuelven locos y lo zurran, supone que ha hecho algo mal. Si sonríen
y le acarician o le dan un premio, se figura que ha hecho algo bien.
" Ahora, cuando el niño se hace mayor, observa lo que hacen otras personas.
 
El no ve nada malo en hacerlo también, puesto que copia lo que ve. Es como
mi pequeño nieto. Se ha acostumbrado a decir palabrotas. Su madre se tira de
los pelos porque suelta sus tacos delante de otras personas, poniéndola en
situaciones embarazosas, como si fuera por su culpa que use estas palabras.
 
El, sin embargo, ha oído a alguien utilizarlas y ha visto que no ocurría
nada malo. Así que decidió probarlo. Después de todo, él no ha visto nunca a
nadie gritar de dolor o empezar a sangrar por una palabra.
 
"Esto produce una tensión creciente en el niño - prosiguió Otis- . Mamá le
dice que lo que hace está mal, pero no le parece mal a él. Al final, todos
se rebelan hasta cierto punto contra las imposiciones de sus padres; pero en
algún lugar de sus mentes adultas, pueden ver todavía a Mamá vigilándolos y
juzgando cada una de sus palabras y movimientos.
 
"Tenemos que ir más allá de todo esto si queremos llegar a ser verdaderos
adultos. Aquel indio me dijo que me imaginara a mi madre de pie dentro de mi
corazón. Probablemente pone cara de enfado o tristeza. ¡Haz esto conmigo!
¡Cierra los ojos!
 
Cerré los ojos y traté de imaginarme a mi madre dentro de mi corazón.
 
- Luego - prosiguió Otis- , imagínate confortándola, haciéndole sentir
mejor. Dile que todo va a cambiar y será espléndido. Luego tienes que
imaginarte a sus padres detrás de ella, y los padres de sus padres detrás, y
así sucesivamente a través de todo tu árbol familiar. Cada generación que no
haya crecido y haya pasado la maldición a la siguiente.
Me visualicé a mí mismo confortando a mi madre, pero empecé a sentir un
enfurecimiento que crecía dentro de mí. ¿Por qué perdía mi tiempo escuchando
a este tipo? Tengo otras cosas que hacer, pensé.
 
- Luego, haz lo mismo con tu padre. Trata de hacerle sentir mejor e
imagínate a todos sus antepasados detrás de él.
Cuando visualicé a mi padre e intenté darle apoyo, tuve problemas de
concentración. Sentí que esto era un ejercicio inútil. ¿Por qué iba yo a
mostrarle todo mi amor y apoyo cuando siempre pareció estar perfectamente?
¡Era yo quien tenía problemas!
 
- ¿Cómo te encuentras, Carl?
 
- Rabioso - admití.
 
- Bien - dijo, con una risilla entre dientes- . Ahora vas a tener que
superarlo.
Yo, abrí los ojos y lo miré:
 
- ¿Cómo?
 
- Vas a tener que pensar en ello hasta que nos veamos la semana próxima.
Otis se levantó y me mostró la puerta.
A la semana siguiente volví a Oakland. Había pasado la semana pensando en el
odio que sentía, tratando de determinar de dónde procedía y cómo podría
superarlo. Después de otro agradable concierto, esta vez de Tchaikovsky,
Otis me hizo sentar de nuevo allí con él.
 
- Cierra los ojos. Quiero que te relajes y vuelvas al lugar donde fuiste la
semana pasada. ¿Recuerdas ahora el odio que sentías la última vez que
estuviste aquí?
 
- Naturalmente, lo recuerdo - dije con un poco de sarcasmo- . He estado
pensando en ello toda la semana. No encuentro la manera de superarlo, ahora
que lo has mencionado. - Abrí los ojos y miré directamente a Otis- . Espero
que tú sabrás cómo librarme de él.
 
- ¡Cierra los ojos! Ya te dije que podía ayudarte en esto.
Cerré los ojos y traté nuevamente de relajarme y concentrarme.
 
- Ahora - prosiguió Otis- , mira dentro de tu corazón a ese niño pequeño;
cualquier edad que tuvieras cuando por primera vez esperaste que tus padres
estuvieran ahí por ti y no estuvieron. Ese pequeño muchacho probablemente
está llorando y asustado. Y probablemente está convencido de que sus padres
lo han dejado solo y no le quieren como se suponía que lo hacían.
Pensé por un momento y luego recordé una penosa experiencia de mi infancia.
Visualicé lo que ocurrió una vez, cuando tenía siete años y había decidido
descubrir qué había en el estante superior de la librería de nuestra sala de
estar. Al querer demostrar a todos que ya era mayor y podía alcanzar el tope
por mí mismo, empecé a escalar por la estantería. Había unos cuantos
obstáculos en mi camino: varias chucherías y jarros de porcelana.
 
Sin embargo, no me dejé intimidar por ello y proseguí en mis esfuerzos. Llegué a
la estantería más alta, cogí un interesante libro y empecé mi descenso,
tratando incómodamente de seguir sosteniendo en libro. Pude oír a mi madre
que, desde la cocina, quería que me diera prisa para ir a enseñarle qué era
lo que había hecho por mí mismo. Con las prisas, mi pie derecho resbaló,
dándole a un antiguo jarrón de porcelana que era una de las posesiones más
preciadas de mi madre. Cayó sobre el duro suelo de madera y se hizo añicos.
Yo, perdí mi agarre y me caí con él, dándome contra el suelo con un sordo
ruido. Inmediatamente me eché a llorar.

Mi madre vino corriendo de la cocina y me encontró sentado encima de los
trozos del jarrón roto con el libro a mi lado. Mis pequeñas piernas
sangraban en los puntos donde los trozos de porcelana me habían pinchado la
piel. Con seguridad, mamá vendría en mi ayuda y me haría sentir mejor.
Después de todo, me había subido en lo alto de la estantería por mí mismo.
Estaría orgullosa de que me hiciera mayor.
Pero mamá no vio mi exploración como la gran experiencia que tuve.
 
- ¡Carlos! - gritó- . ¿Qué es lo que tratas de hacer? ¿No sabes lo peligroso
que es para los niños subirse a algo tan inestable? Y mira, has roto mi
jarrón favorito.
La miré desesperadamente a través de las lágrimas.
 
- Pero mamá - dije llorando- . ¡Ya soy mayor!
 
- No, Carlos. Todavía eres pequeño. Cuando necesites algo debes pedírmelo a
mí - dijo, mientras me llevaba al cuarto de baño para quitarme los trozos de
porcelana que me dolían como una infinidad de pequeñas agujas. La calma que
traté de mantener nuevamente se convirtió en rabia. Precisamente porque era
sólo un niño y pasaba tanto tiempo entre adultos, siempre había pensado que
era un adulto más, como mi madre, mi padre, mis tíos y mis tías. Pero mis
padres a menudo me recordaban que era un niño y no me permitían realizar
nada que demostrara mi condición de pequeño adulto.
 
- Saca toda esa ira que sientes - dijo Otis. Sentí acaloramiento en mi cara
y mantenía la mandíbula apretada.
 
- Ven, Carl. ¡Haz algo de ruido, hombre! No te aguantes. Vas a matarte si
haces eso. ¡Veamos dónde está ese fuego latino! - dijo, vociferando como un
sargento instructor.
 
- ¡Soy mayor! ¡Trátame como a un adulto! - grité, golpeando con las manos el
banquillo. Pude sentir las venas en mi cuello sobresaliendo a la superficie.
Desde el apartamento contiguo, cualquiera debió pensar que algo raro sucedía
en casa de Otis.
 
- Creo que empezamos a hacer algún progreso, Carl. Muestras realmente alguna
mejora. Quiero que pruebes algo esta semana. Ponte en el lugar de tus
padres. Trata de figurarte lo que pensaban en aquella ocasión, qué era lo
que sentían.
 
De nuevo dejé el apartamento de Otis llevándome trabajo a casa para la
semana. Esperaba la reunión semanal, y sentía abrirse algo dentro de mí.
Aunque no podía decir exactamente lo que era, sabía que era parte de mí lo
que de alguna manera había perdido en el camino.
Volví a la semana siguiente y empezamos donde lo habíamos dejado en la
sesión anterior. En un tono que sugería ternura, Otis dijo:
 
- Ahora eres Carlos, aquel muchacho de siete años. Has de ver a aquel
pequeño muchacho con mamá y papá en tu interior. El les pregunta por qué no
lo tratan como a un muchacho mayor. ¿Qué le responden ellos?
Visualicé al pequeño Carlos de siete años acercándose a sus padres
preguntándoles por qué no le amaban por lo que era.
 
- Me están diciendo que nunca aprendieron cómo amar de esa forma - informé.
 
- ¿Ves a sus padres y abuelos detrás de ellos?
Yo asentí.
 
- Si ese pequeño muchacho les hace la misma pregunta, le responderán lo
mismo. De una generación a otra, ninguno de ellos se figuró cómo amar a sus
hijos, y la maldición de la muerte emocional se mantiene hasta el momento en
que tú te imaginas cómo ser tu propio padre.
 
- Y ¿Cómo lo hago? - pregunté. Mi interés en lo que me estaba enseñando iba
creciendo.
El viejo se levantó del asiento y dijo:
 
- ¿Quiere decir que no has leído el libro que te mandé? ¡Léelo! Y luego
reúnete conmigo mañana en la oficina de correos. Yo sólo te di los tres
primeros pasos: conocimiento, ira y comprensión. Te quedan cuatro más por
seguir.
Cuando llegué a casa, terminé unas cuantas cartas que había empezado a
escribir y desenterré de la maleta el libro que Otis me había mandado. "Amar
o morir", leí en voz alta mientras miraba la portada. Medité sobre el
significado de este título durante unos momentos, y luego empecé a leerlo.
A última hora de la tarde, Jeffrey vino a casa. Levanté la vista del libro y
le dije hola.
 
- ¿Has decidido leer el libro? - preguntó Jeffrey mirando la cubierta.
 
- Se me ordenó que lo leyera - dije sonriendo entre dientes- . He estado en
la oficina de correos esta tarde y el señor Jefferson me estaba esperando.
Jeffrey cogió el libro de mis manos.
 
- ¿Y te parece bueno?
 
- He estado estudiando directamente con maestros durante tanto tiempo que me
había olvidado de que los libros también son capaces de transmitir el
conocimiento.
Jeffrey empezó a hojear el pequeño libro de bolsillo.
 
- ¿De qué trata?
 
- Trata de la importancia del amor - le expliqué- , y cómo descubrir los
obstáculos que el pasado le opuso. Cualquier temor o herida del pasado
generalmente bloquea nuestra experiencia de amor y comunicación. El primer
paso es el conocimiento. ¿Cuál es el suceso que causó el temor o la
tristeza?
 
- Uy, uy - gruñó Jeffrey mientras continuaba examinando el libro.
 
- Segundo - proseguí- : Tenemos que deshacernos de la ira. Puede ser un
enfado contra alguien que nos ha herido u olvidado. Puede ser cólera por
todo el tiempo y felicidad que hemos perdido por no haber afrontado antes el
problema. Tercero: Tenemos que llegar a un entendimiento intelectual del
porqué de tal suceso. Por ejemplo, tenemos que comprender que no era
intención de nuestros padres herirnos o menospreciarnos. Estaban haciendo lo
mejor que podían, aunque no fuera suficiente. Tenemos que ver lo que nos
sucedió a nosotros como resultado lógico de todos los acontecimientos que se
produjeron con anterioridad.
Observé a Jeffrey leyendo más fragmentos del libro durante unos pocos
segundos.
 
- ¡Oh! - dijo de pronto- . ¿Cuál es el próximo paso?
 
- Eso es lo que espero encontrar también - dije- , y extendí la mano a
Jeffrey. Este me devolvió el libro con una tímida sonrisa.
Me dispuse a leerlo todo, excepto el último capítulo, antes de la próxima
sesión. Cuando llegué al apartamento de Otis, éste estaba sentado en la
banqueta del piano. Sin levantar la vista, me llamó mientras me acercaba:
 
- No pierdas el tiempo, Carl. Ven aquí.
Fui hasta allí y me senté.
 
- ¿Estás listo para la lección que sigue? - preguntó.
 
- Sí - respondí- . El próximo paso ¿tiene que ver con la empatía?
 
- Recuerdo dónde lo dejamos - dijo secamente- . Echate y cierra los ojos.
Voy a llevarte a través de todo esto. Quiero que retrocedas dentro de ti
mismo. Mira a tu corazón. Tu mamá y tu papá están ahí presentes frente a tu
yo de 7 años. Detrás de ellos están sus padres y abuelos, y todos tus
antepasados. Le dicen al pequeño muchacho que ellos no han aprendido nunca a
amar incondicionalmente. Ahora puedes comprender esto y todavía sentir
enfado. ¿No es cierto?
 
- Sí.
 
- Ahora, trata de identificarte con aquel pequeño muchacho y trata de ver
las cosas desde la perspectiva de tu madre. Ella tuvo también una infancia
muy dura. Nadie parecía amarla tal como ella quería. En realidad, nadie la
comprendía. Estuvo muy olvidada. Tu madre creció y conoció a tu padre; y
sintió la misma clase de amor que sus padres sintieron el uno por el otro, y
por tanto se casó con él. Y tuvieron cantidad de problemas para conocerse
uno a otro. Y tuvieron un hijo al que nunca parecieron comprender. Se pasaba
horas y horas sólo en su propia compañía, y parecía gustarle.
Pensé en las veces que me había metido en problemas a propósito para que me
mandaran a mi habitación. Me sentaba en la cama o en mi silla y soñaba con
ángeles o personas de otros planetas. Un par de veces, mi madre o mis tías
se enfadaron porque me había encerrado con llave.
 
- Y ahora, mira a tu padre - continuó Otis- . Mira las cosas desde su
perspectiva. Tuvo que tratar con padres locos y exigentes que no parecían
comprenderle o amarle. No le dejaban jugar. Le hacían estudiar y trabajar
duro. Tampoco él creció nunca. Cuando tu padre se hizo hombre, trató de
hacer cosas para que sus padres estuvieran orgullosos de él. Conoció a tu
madre, y aunque sus padres se portaron bien con ella, en realidad no
aprobaban aquel matrimonio. Y él y tu madre tuvieron desacuerdos. Y él tuvo
un hijo.
 
Trató de enseñar a este niño que tenía bajo su cuidado, pero él se
encerró en su propio mundo. No pudo comprenderlo.
Cuando traté de ver las cosas a través de los ojos de mi madre y de mi
padre, pensando en lo que debieron ser sus vidas cuando eran niños, mi ira
se desvaneció. Las lágrimas anegaron mis ojos.
 
- Ahora puedes culparte a ti mismo aquí - prosiguió Otis- . Tú eras sólo un
niño. No podías saber qué esperaban de ti que fueras. Tú tenías que ser
solamente lo que eras. Debes perdonarte a ti mismo por no haber sido mejor
como hijo. Hiciste lo mejor que supiste hacer.
Abrí los ojos y miré a Otis.
 
- Tampoco puedo culpar a mis padres de no haberme comprendido.
 
- Cierra los ojos - ordenó Otis- . Efectivamente. No puedes culpar a tus
padres de no haberte comprendido. Debes perdonarlos también. Nunca antes
habían sido padres. Todo era nuevo para ellos. Lo hicieron lo mejor que
pudieron.
Un sentimiento de compasión surgió de pronto. Vi la presencia de mi guía
espiritual interior, el ángel que había estado en el rincón de mi
habitación, infundiéndome la habilidad de comprender tanto a mis padres como
a mí mismo. Al tiempo que me lamentaba por sus apuros, también sentía una
gran compasión por el niño interior y por todos los niños interiores de la
humanidad.
 
Luego sentí que esta compasión se transformaba en valentía. Creció en mí una
determinación de proclamar el diálogo entre mi niño interior y la parte
comprensiva de mi personalidad para llegar a un entendimiento satisfactorio.
Resolví no culpar a mis padres ni a otros - ni tan sólo a mí mismo- de mi
destino.
 
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Saludos desde Córdoba
María Fernanda Domato
Centro de Estudios Astrológicos en Córdoba
www.cdac.com.ar





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