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Asunto:(cav) El Ego y las relaciones interpersonales
Fecha:Sabado, 1 de Noviembre, 2008  01:07:17 (-0300)
Autor:Florencia Imaz <florencia_imaz @.......com>

   Este tipo de relaciones ocupa en la vida del individuo un lugar inversamente proporcional a su capacidad emocional. En la base del ego, en cualquiera de sus manifestaciones, se halla la incapacidad (o la inhibición conciente o ideológicamente seleccionada) de tener empatía, la falta de sintonía emocional. Por eso, los vínculos que se establecen desde el ego son centralmente de competencia, siendo los de cooperación subordinados a algún objetivo conveniente para el individuo.  Modeladas las actitudes por el criterio de la conveniencia personal, la capacidad de actuar por valores sufre una atrofia progresiva. Desde el ego el otro es percibido como un objeto, no como un sujeto. Para el burgués, por ejemplo, en su sed de plusvalía, los trabajadores son objetos a ser explotados. Para el adicto a sustancias, encerrado en su propio temor a darse, el objetivo es tener y poder consumir lo que desea; el violador, cuyos sentimientos fueron violados previamente, necesitará un cuerpo para obligarlo a satisfacer sus deseos sexuales y en otros casos el consumismo servirá como intento fallido para tapar necesidades afectivas. El empobrecimiento espiritual que provoca esta objetualización era ya remarcado por el joven Marx quien señalaba que «En lugar de todos los sentidos físicos e intelectuales, aparece la simple alienación de todos esos sentidos: el sentido del tener».Es decir, la objetualización del otro tiene como contrapartida la cosificación de sí mismo, la ausencia de  sustancia de los sentimientos humanos cuya forma más depurada es la psicopatía grave, la más absoluta falta de sintonía emocional con el otro. La vida afectiva rica, característica del yo, solo puede ser reafirmada en la práctica concreta, en la relación donde el otro es espejo de uno, donde existe una conciencia de pertenecer a la clase trabajadora, mientras que la conducta egoísta implica una inhibición conciente de los afectos (recordemos a la vizcondesa: «si llegáis a tener un verdadero sentimiento, ocultadlo como un tesoro; que nadie se de cuenta de él») con la inevitable alienación de sí mismo. Cada «victoria» sobre la capacidad de empatía implica un ascenso en la escala del ego: el burgués será más frío y despiadado en sus cálculos, el psicópata será más temible que el resto de su pandilla, el fóbico, cuanto más atención presta a sus miedos menos puede pensar en sus seres queridos. En todos los casos la pérdida de capacidad emocional tiene consecuencias devastadoras sobre la personalidad*. Aunque la personalidad egoica pueda realizar acciones temerarias, invariablemente se desarrolla sobre un temor básico: el de asumir los propios sentimientos.

   Hegel planteaba que «La verdadera esencia del amor consiste en renunciar a la conciencia de sí mismo, es olvidarse de uno en el otro yo y, no obstante, en esa desaparición y ese olvido encontrarse a sí mismo y ser dueño de sí por primera vez». Por esta razón, cuanto más concentrado está el individuo en su propio placer, más se empobrece y debilita su personalidad; porque cada satisfacción egoísta aleja al individuo de la necesidad de ser humilde con el otro, refuerza su autoimágen como potencia recortada de la sociedad y alimenta su soberbia. Con el mismo éxito, lo aleja de la posibilidad de vivir relaciones afectivas plenas y termina sufriendo su propia cárcel de soledad. La vida desde el ego es tan diferente de aquella que vive el hombre nuevo como lo es una relación sexual prostituida por el dinero o el poder de aquella que se realiza con la persona amada.

   El compromiso con el otro exige vencer el temor a no ser correspondido, a perder la individualidad en el aspecto burgués (único camino para ganarla en el sentido revolucionario), a entregarse a una persona o causa. Por estos temores, desde el ego, el compromiso se vive subjetivamente como una «pérdida de libertad individual». Aporta a esta ceguera un hecho que ya habíamos visto con Leontiev: que la necesidad no conoce su objeto hasta que se le presenta. La necesidad del calor humano, de la camaradería, es desconocida para amplias capas que aún viven en soledad. Esta necesidad, como todas las humanas, lejos de ser instintiva es socialmente producida. El joven Marx de los Manuscritos lo describía de la siguiente manera «Cuando los obreros comunistas se reúnen, ante todo su finalidad es la doctrina, la propaganda, etc. Pero al mismo tiempo se apropian, por eso, de una nueva necesidad: la necesidad de la sociedad (la cursiva es nuestra), y lo que parecía el medio se ha convertido en el fin»

   No obstante, podrá argüirse, dentro de los marcos del capitalismo no solo se producen personalidades enfermas, sino también existe el amor,  la amistad, las grandes personalidades del arte y la ciencia.

   Al respecto Lucien Sève comenta en relación a ciertos individuos de la clase dominante que en «esos casos de equilibrio y vida satisfecha, que pueden expresarse en personalidades notables, hasta de cierta grandeza, hacen creer a observadores superficiales que el capitalismo no es tan radicalmente inhumano como dicen los marxistas, o que, en todo caso, el individuo puede elevarse por encima de las relaciones sociales, al contrario de lo que afirma el materialismo histórico; y no cesan de servir como ilustración a las ideologías humanistas que desconocen o encubren esta necesidad y esta inhumanidad. Si se mira bien, sin embargo, el hecho evidente de que tal equilibrio, en el capitalismo al igual que en cualquier sociedad de clases, represente siempre el privilegio de un pequeñísimo número y tenga por corolario inevitable el desequilibrio, a veces espantoso, de la vida de la mayoría, se expresa, dentro mismo de las personalidades consideradas, en el carácter parasitario del equilibrio(...). Si estas personalidades parecen superar las contradicciones del capitalismo, es solo porque se encuentran fortuitamente cómodas en él, al punto de que suelen no tener siquiera conciencia de ello. En esto reside, pese a su grandeza aparente, su fundamental estrechez de espíritu, pues  en el capitalismo la vida satisfecha jamás puede hallarse exenta de filisteísmo.»

   A este filisteísmo no es posible sustraerse a través de relaciones interpersonales que como el amor de pareja, la amistad o la caridad aunque expresen un grado de entrega hacia otra persona. En efecto, todas las vivencias positivas que se pueden dar en este marco están teñidas por la aceptación de la dominación de clase. Los vínculos humanos solo podrán vivirse en plenitud cuando desaparezca definitivamente su carácter de coartada para el egoísmo, solo cuando el compartir incluya como una necesidad espontánea el proyecto social.

   Hasta aquí hemos descripto aspectos fundamentales del ego. Nos queda por profundizar en el progreso histórico del yo, de la dignidad.

 



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