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Asunto:[diosexiste] La devoción al Sagrado Corazón de Jesús 17
Fecha: 2 de Julio, 2020  06:53:45 (+0200)
Autor:Alfa Romeo <yj_adonai @.....es>

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Padre Jean Croiset, S. J.

Director espiritual de Sta. Margarita María de Alacoque

TERCERA PARTE.

La práctica de esta devoción

Capítulo VII.

La Santa Comunión

La Sagrada Eucaristía es el mayor sacramento y el más sagrado, y recibirla con fervor es el punto central de nuestra vida cristiana. Por su valor, este sacramento exige mayor cuidado y corrección al recibirlo que todos los demás, tanto en el orden temporal como en el espiritual. Si solo recibiéramos la Comunión una vez en la vida, aunque alcanzáramos la edad de quienes vivieron antes del Diluvio, nuestra existencia entera no sería lo suficientemente larga como para prepararnos a un misterio tan santo y tan asombroso. Este pensamiento no debe, sin embargo, apartarnos de la Santa Mesa, sino que debe llevarnos a buscar la actitud correcta a la hora de acercarnos al banquete celestial. Por tanto, no debemos decir: «No deseo recibir la Comunión porque me considero indigno de ella», sino más bien: «Deseo esforzarme, por todos los medios posibles, con la santidad de mi vida y mi conducta, para hacerme merecedor de recibir la Comunión». Nos aproximaremos de una forma correcta si creemos que somos poco merecedores de recibir a Cristo y, al mismo tiempo, hacemos todo lo que está en nuestras manos para llegar a merecerlo. Una buena Comunión debería ser suficiente para hacernos santos. Y todo lo que se requiere para eso es una intención pura y una reflexión seria sobre la grandeza de este sacramento.

Quienes reciben la Sagrada Comunión sin volverse más piadosos, más pacientes y reflexivos, o quienes no progresan en el amor a Jesucristo, están en una situación más peligrosa de lo que se figuran. ¿Qué pensaríamos de unas personas que conversaran con Jesucristo a menudo, que comieran todos los días sentadas a su mesa y que no fueran mejores cada día? ¿Les quedaría alguna esperanza de curarse a los enfermos a quienes Jesucristo no sanara cuando le fueran presentados?

La muerte y el hambre no son los peores castigos con los que Dios prueba en ocasiones a sus seguidores. Lo más espantoso, dice el profeta Isaías, es la amenaza de hacerles morir de hambre en medio de una cosecha abundante. Pisarán muchas uvas sin sacar una sola gota de vino: «Mirad: el Señor, Dios de los ejércitos, retira de Jerusalén y de Judá sustento y apoyo, todo sustento de pan y todo sustento de agua» (Is 3, 1). Este es el peor castigo: el pan que comamos no nos alimentará; comeremos mucho y, a pesar de eso, nos moriremos de debilidad, nos moriremos de hambre.

Por muy peligrosa que sea una enfermedad, siempre queda esperanza si existe algún tratamiento al que recurrir. Pero cuando se han probado sin éxito todos los remedios, ¿no hay motivos para temer? Si estuviéramos enfermos, y hubiéramos probado el mejor de los medicamentos sin ninguna mejoría, temblaríamos de miedo, ¡creeríamos que íbamos a morir, con toda certeza! Hemos recibido el Cuerpo santo y la preciosísima Sangre quizá cientos de veces… si no hay ningún fruto, ¿tenemos algún motivo para estar satisfechos con nosotros mismos? Esta falta de fruto puede derivarse de diferentes causas: cada cual debe examinarse a sí mismo.

La actitud con la que debemos acudir a la Sagrada Comunión se compone de las 149 siguientes disposiciones: humildad y reconocimiento de nuestra insignificancia; hambre espiritual, que es al mismo tiempo signo de que necesitamos su alimento celestial y una prueba de que deseamos beneficiarnos de él; pureza de corazón; amor a Jesucristo o, al menos, deseo de amarle y de cumplir su voluntad al darse a nosotros en la Sagrada Eucaristía (especialmente unirnos más íntimamente a Él en perfecta conformidad de corazón y cabeza). Los que, cuando reciben la Sagrada Comunión, no experimentan ningún sentimiento de devoción, ni fervor, ni amor, carecen de alguna de esas disposiciones.

Es un defecto de quienes comulgan a menudo el no prepararse lo suficiente. Hay libros que proporcionan una gran variedad de buenas ideas para disponerse interiormente. Que cada cual elija lo que le vaya mejor. Practicar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús nos servirá, y la experiencia muestra que es posible que no haya un método más útil para comulgar bien que esta devoción. Toda preparación debe ir acompañada de una reflexión honda sobre las cualidades admirables del alimento divino que vamos a recibir. La actitud personal que asegura grandes frutos es la intención de llevar una vida recta y el olvido generoso de uno mismo —dones del Espíritu Santo que son recompensa de una activa mortificación—, así como la imitación de las virtudes que admiramos y amamos en Jesucristo. Podríamos imaginarnos que la Comunión para la que nos estamos preparando va a ser la última de nuestra vida, y deberíamos acudir cada vez a la Eucaristía con la misma preparación que si, al abandonar la Santa Mesa, fuéramos a pasar de esta vida a la eternidad.

Si deseamos que este sacramento haga crecer nuestro amor a Dios, reflexionemos en el inmenso amor que Él nos tenía cuando instituyó este misterio y su voluntad de guiarnos a través de Él hacia su amor. La preocupación excesiva por las cosas externas que Jesucristo reprochó a Marta debería enseñar a los intranquilos —muy ocupados en recitar oraciones— que la paz de corazón, el recogimiento interior y el escuchar atentamente de vez en cuando a Jesucristo, siguiendo el ejemplo de su hermana María, significan la «mejor parte». Por eso, debemos aprovechar la mayor parte del tiempo que precede, acompaña y sigue a la Comunión para hacer actos internos, principalmente actos de amor a Dios, que deberían tener el efecto de aumentar el amor de Dios en nuestros corazones. Podemos rezar oraciones vocales antes de la Sagrada Comunión, pero sería bueno que dedicáramos un cuarto de hora a meditar en el gran acto que vamos a realizar. Si una persona está convencida de que va a recibir a Jesucristo, si desea sinceramente hacerlo y reflexiona sobre ello, no puede dejar de conmoverse.

El hecho de que un príncipe venga disfrazado no disminuye de ningún modo el respeto que merece por parte de aquellos que creen que es un príncipe. Un favor excepcional que conceda, o una prueba de amor que ejecute mientras se encuentra bajo ese disfraz, nos moverá a amarle más. Con mayor motivo si la razón por la que ha adoptado ese disfraz es precisamente para ayudarnos. Aplícale esto a Jesucristo: «¡Jerusalén, si supieras quién es el que ha venido a visitarte y las gracias que podrías haber obtenido de esta visita!». Considera, sobre todo, que estás a punto de recibir el Cuerpo de Jesucristo con sus heridas sagradas, que Él les permitió a sus apóstoles tocar. Y que con ese Cuerpo, estás a punto de recibir su Sagrado Corazón.

Es dentro de ese Sagrado Corazón abierto a nosotros donde estamos cerca de entrar. En ese Sagrado Corazón es donde vamos a aprender a rezar, a dar gracias a Dios, a alabarle, a negarnos a nosotros mismos en su presencia, pero sobre todo, a amar a Jesucristo. ¡Cuántos milagros culminará Jesucristo en un alma pura, en un alma que le ama de verdad, durante esos instantes tan valiosos! La misma idea del Sagrado Corazón nos hará sentir una devoción extraordinaria en la Sagrada Comunión.

Si Jesucristo deja marcas perceptibles de su presencia al entrar en nuestra alma, como les sucede a quienes manifiestan devoción a su Sagrado Corazón, beneficiémonos de esos preciosos instantes, mostremos un gran recogimiento interior, escuchemos al Señor y recibamos sus dones. Jesucristo obrará milagros en nuestra alma si no se lo impedimos con distracciones voluntarias, con las que el demonio busca privarnos del fruto de la Sagrada Comunión.

Durante ese tiempo nuestra tarea debe ser principalmente abandonarse al amor de nuestro Salvador y gozar de los dulces efectos de su presencia. Un amor sincero y tierno es, al mismo tiempo, la mejor actitud para recibir la Comunión y el fruto principal que obtenemos de ella. Normalmente nos mantenemos en silencio en la presencia de Jesucristo cuando le queremos mucho, y mostramos nuestro amor hacia Él mediante actos internos fervorosos. María, hermana de Lázaro, sentada a los pies de Jesús en admiración silenciosa, es el modelo para un alma que acaba de recibir la Comunión; si habla, sus palabras deberían ser la expresión de su amor, de su admiración y de su alegría.

Después de recibir la Comunión, podemos decir: «Encontré al que ama mi alma. Lo abracé y no lo soltaré» (Ct 3, 4); o «mi Dios y mi todo»; o «mi amado es para mí, y yo para él» (Ct 2, 16); o «grábame como un sello en tu corazón» (Ct 8, 6); o «¿Quién hay para mí en los cielos? Estando contigo, nada deseo en la tierra» (Sal 73, 25). Debemos esforzarnos por penetrar en los sentimientos de Jesucristo y pensar qué puede disgustarle de nosotros, qué desea que hagamos y qué nos impide realizarlo. Mantengámonos postrados a sus pies en espíritu, y, renovando nuestra fe en su presencia, adorémosle con un respeto profundo, mezclado con asombro, al ver al Dios de majestad ante el que los serafines tiemblan humillándose hasta el extremo de venir a alojarse en el corazón de un hombre, de un pecador, invirtiendo las leyes de la naturaleza y obrando un milagro extraordinario para conseguirlo. Pasando de la admiración a la gratitud —y reconociendo nuestra incapacidad para darle gracias adecuadamente—, invitemos a las criaturas a unirse a nosotros para alabarle. Ofrezcámosle el amor de todos los santos y el fervor con el que tantas personas santas reciben la Comunión. Ofrezcámosle su propio Corazón con el inmenso amor del que está inflamado.

Con confianza y sinceridad, presentémosle nuestras debilidades, nuestras miserias y nuestras carencias. Podemos decir con Marta y María: «Señor, mira, aquel a quien amas está enfermo» (Jn 11, 3). ¿Puedo dudar de tu amor después de lo que has hecho por mí? Si me quieres, ¿puedes ver mis enfermedades y no curarlas? Pero, sobre todo, ¿puedes ver que te amo tan poco y no inflamar mi corazón con el fuego sagrado de tu amor? Aunque fueras a negarme todo lo demás, ¿podrías negarme tu amor? Sé que he puesto grandes obstáculos a tus designios misericordiosos, pero quita tú esos obstáculos en tu infinita misericordia.

Que no se nos olvide ofrecer algún sacrificio agradable a Cristo cada vez que le recibamos en la Comunión. Prometámosle que vamos a comenzar a corregir alguna falta que le desagrade. Y recordemos que nunca experimentaremos los efectos propios de la Comunión a menos que tratemos de pasar el resto del día en silencio interior. En el caso de aquellos que comulgan con frecuencia, la frialdad, la falta de generosidad y las distracciones inmediatamente después de la Comunión son signos del estado de infelicidad de un alma insensible al mayor de todos los dones, de un alma que tiene muchas razones para temer, porque no reacciona al peligro del estado de tibieza en el que vive y que no está en guardia contra la falsa seguridad sobre la que descansa.

San Buenaventura distingue ocho motivos que mueven a los fieles a recibir la Comunión:
1) Algunos deben recibir la Comunión porque, conociendo sus enfermedades espirituales, desean recibir la visita del médico celestial que es el único capaz de curarlas.
2) Otros, porque habiendo pecado mucho, no tienen nada que ofrecer a la justicia divina si no es a la víctima, al Cordero sin pecado que quita los pecados del mundo.
3) Otros, porque están sumidos en el dolor o son prisioneros de tentaciones, y no tienen otro recurso que a Dios omnipotente, siempre dispuesto a ayudarles y defenderles.
4) Otros, los que tienen que pedir algún favor al Padre Eterno y esperan obtenerlo por los méritos de su Hijo, nuestro único mediador.
5) Otros, con la intención de ofrecer la Comunión como acción de gracias por los dones recibidos.
6) Otros, para dar gloria a Dios y a sus santos, ofrecen la Comunión a Dios en honor de todos los santos.
7) Otros, movidos por el amor a sus hijos, vivos o muertos, utilizan la Sangre de Jesucristo para conseguir el perdón para los pecados de los vivos, y para los muertos, alivio en sus sufrimientos.
8) Por último, las almas generosas llevadas por un verdadero deseo de amar a nuestro Salvador lo reciben en el sacramento de la Eucaristía para llenarse más de su amor. Este último deseo es el más perfecto y el que está en mayor conformidad con los planes de Jesucristo al entregarse a nosotros.
Nuestro Salvador viene a nosotros para unirnos más a Él; nos abre su Corazón, nos lo entrega; ¿vamos a negarle el nuestro? Entremos en su Corazón y, puesto que viene a nosotros, dejemos que de ahora en adelante llene nuestro corazón de tal modo que no tengamos otros sentimientos que los suyos. Intentemos contemplar sus sentimientos. Consideremos lo que Jesucristo ama, lo que aprecia, lo que desprecia. No podemos tener ninguna duda de que su juicio es infalible y de que si juzgamos de modo distinto a Él, podemos estar seguros de que nos equivocamos. ¿Qué piensa Él de los honores y placeres que yo busco tan desesperadamente? Por el contrario, ¿no son esas humillaciones, esas cruces que aborrecemos, objeto de su complacencia, de su predilección?

Con estas reflexiones podemos descubrir con facilidad si el Sagrado Corazón de Jesús está unido al nuestro y si tenemos el mismo espíritu que Jesucristo.

















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