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Asunto:[diosexiste] La devoción al Sagrado Corazón de Jesús 18
Fecha: 4 de Julio, 2020  06:35:41 (+0200)
Autor:Alfa Romeo <yj_adonai @.....es>

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Padre Jean Croiset, S. J.

Director espiritual de Sta. Margarita María de Alacoque

TERCERA PARTE.

La práctica de esta devoción

Capítulo VIII.

Las señales del amor a Jesucristo y a su Sagrado Corazón

Las señales del amor a Jesucristo son las cualidades opuestas a las que hemos enumerado en el segundo capítulo de la segunda parte del libro. Nuestro Señor Jesucristo no es solo el centro y la fuente de toda virtud, sino que es el modelo sin defecto de todas las virtudes. Las imperfecciones de algunos que se consideran piadosos pueden hacer un gran daño. A menudo, algunos con fama o aire de piadosos están llenos de amor a sí mismos y son muy susceptibles al menor desprecio. Muchos son melancólicos, obstinados y pesimistas. A veces se dejan llevar por la ira y están excesivamente pendientes de su propia comodidad. Su temor exagerado a perder la salud les vuelve perezosos, negligentes, inútiles, indulgentes consigo mismos y excesivamente severos con los demás. Y hay muchas personas que juzgan de un modo superficial lo que es la vida de un cristiano a través de las imperfecciones de los que se consideran a sí mismos piadosos. Creen que una persona no puede serlo si no es melancólica, rara, terca, poco servicial, llena de amor propio y esencialmente antipática. Bajo esta falsa concepción, a ciertas personas les parece que no es una desgracia no ser piadoso, por todos los defectos que ven en aquellos considerados como tales.

A pesar de que las imperfecciones de unos no excusan los vicios de los otros, sí es cierto que dan pie a que bastantes personas sientan aversión a la vida cristiana y, ahuyentadas por una conducta tan poco en consonancia con la verdadera devoción, se imaginan que las virtudes de quienes aman a Jesucristo no son genuinas, o que es imposible vivirlas. Debemos esforzarnos en desmentir este falso razonamiento. Todos los santos lo desmintieron con la santidad de sus vidas. Debemos limitarnos a señalar quiénes son las personas piadosas de verdad y delinear el perfil de cuantos aman profundamente a Jesucristo.

PERFIL DE LA PERSONA QUE AMA PROFUNDAMENTE A JESUCRISTO

El perfil de una persona que vive la caridad, que san Pablo esboza de un modo tan magnífico en el capítulo trece de su primera epístola a los Corintios, es también el perfil de alguien que ama a Jesucristo con intensidad. San Pablo dice: «Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles (…). Y aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas (…). Y aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo caridad, de nada me aprovecharía» (1 Co 13, 1-3). El amor, dice, es «paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta, no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad; todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» (1 Co 13, 4-7). Esas son las cualidades de un hombre de sólida devoción y verdadera virtud; si falta uno de estos atributos, su devoción es defectuosa y su amor a Jesucristo es imperfecto.

Una persona sólidamente virtuosa y que ame a Jesucristo con entera intensidad procura ser una persona sin amor propio, recta, sin ambición. Es alguien exigente consigo mismo, pero amable con los demás, interpretando en el buen sentido lo que hacen. Es honesto sin ser afectado, educado sin ser cobarde, servicial sin buscar su propio interés. Es extremadamente exacto sin ser escrupuloso, se mantiene siempre unido a Dios sin tiranteces; no está nunca inactivo y, a la vez, no permite que le supere un ímpetu desmedido, nunca está demasiado preocupado o distraído con sus ocupaciones, porque mantiene constantemente libre su corazón, atento al mayor de sus objetivos: su salvación eterna. Como los grandes santos, tiene una baja opinión de sí mismo y un gran respeto por los demás, porque solo contempla sus virtudes y no les juzga sus defectos. No deja que aquellos que le desprecian le hagan daño, porque no cree que el honor que le puedan negar sea algo que le pertenezca. Por último, es alguien que nunca está de mal humor, porque tiene lo que quiere y, siempre y cuando sea agradable a Dios, no desea nada más. Siempre está satisfecho, siempre en paz, siempre sereno. No se pavonea con el éxito ni se descorazona tras el fracaso, porque sabe que las bendiciones y las cruces de la vida vienen de la mano de Dios, y que, como la voluntad de Dios es su única norma de conducta, siempre hace lo que Dios quiere y siempre acepta lo que Dios le manda.

Guiado por estos principios, no busca lo que le pueda traer más fama. Y como sabe que lo que hacemos no tiene más mérito que el de estar en sintonía con la voluntad divina, no lucha por conseguir mucho sino que se esfuerza por hacer con perfección lo que su Maestro desea que haga. Por tanto, está constantemente en guardia contra sus inclinaciones naturales y contra su amor propio, y prefiere las obligaciones humildes de su situación personal y sus circunstancias a las grandes acciones elegidas por él. Animado por este amor puro a Jesucristo, acepta la privación de los talentos de los que Dios no le ha dotado, de las virtudes que Dios ha preferido que no tenga y del bien que Él no desea que haga. De la misma manera, es fiel correspondiendo a los dones que Dios le ha conferido y ejercitando las virtudes y sembrando el bien que Dios pone en su camino y que quiere que cumpla.

Por último, es un hombre que se distingue por su mansedumbre, su humildad y, especialmente, por su intenso amor a Jesucristo y su devoción a la Santísima Virgen, y por el aire de santidad que le rodea. Todo lo cual es por sí mismo una forma inmejorable de apostolado. Vive de los sacramentos y los recibe respetuosamente, lo que aumenta diariamente su virtud y le dará esa hambre y esa sed de justicia de la que habla nuestro Salvador. Y siendo un hombre de fe, nunca asistirá al Sacrificio de la Misa sin una profunda gratitud y veneración. Busca honestamente conocer la voluntad de Dios en todas las circunstancias que surgen y es generoso con Dios, quien nos ha concedido todas las cosas sin reservas, incluso a sí mismo, para inducirnos a no negarle nada. Se sacrifica constantemente, en todas las etapas de su vida, porque sabe que nuestro Salvador crucificado, Jesucristo, es nuestro modelo en todas las cosas. Lleno del espíritu de Cristo, en cada ocasión, tanto cuando reza como cuando está inmerso en sus obligaciones, se esfuerza por hacer coincidir sus opiniones y todos sus pensamientos con la voluntad de Dios, que es su guía en todo.

Esta es la forma de ser de una persona verdaderamente virtuosa, delineada por el propio Jesucristo, que todos los santos han mostrado a lo largo de su vida y que es la base de la santidad y el mérito de todos los que se entregan a Dios. También es el retrato fiel de una persona que ama a Jesucristo. Gracias a estos rasgos podemos ver claramente que es falso decir que la virtud es fea y repulsiva. Y falsa la acusación contra las personas verdaderamente piadosas. Decir que son poco serviciales, melancólicas, impacientes, irascibles, roídas por el amor propio, los celos y la ambición es una acusación que carece de todo fundamento. Los que tienen fama de piedad pero que albergan grandes defectos como los mencionados predisponen en contra a los fieles de luchar por mejorar. Por culpa de sus evidentes defectos desacreditan la virtud que se les atribuye.

Y que nadie diga que ese amor perfecto a Jesucristo, tal y como se representan aquí, solo existen en la imaginación, o que si existen en este mundo, o que una vida conforme a esos principios sería muy rara, y el hombre que viva de acuerdo con ellos, un infeliz. La vida y la conducta de los santos es el modelo a partir del que se ha esbozado este retrato. Y ni uno solo de los que han vivido siguiendo estos principios ha dejado de disfrutar de una paz y una alegría que sobrepasan todo entendimiento. Si muchas personas que se consideran devotas no se reconocen en este retrato es porque no tienen el valor de hacer todo lo necesario para llegar a ese grado de perfección. Ese tipo de personas se esfuerza mucho al principio, pero se paran a mitad de camino y muchos a los que solo les faltaban unos pocos pasos para llegar se privan a sí mismos de todas las ventajas de una vida perfecta porque no tienen el coraje de hacer ese último esfuerzo.

Pero dice san Francisco de Sales en su Introducción a la vida devota:
Tú aspiras a la devoción, mi querida Filotea, porque, siendo cristiana, sabes que es una virtud que complace enormemente a la majestad divina. Pero como las faltas pequeñas cometidas al comienzo de cualquier empresa, se hacen con el paso del tiempo infinitamente mayores y al final llegan a ser casi irreparables, debes saber en qué consiste la verdadera devoción. Y como no hay más que una verdadera devoción, y muchas vanas y falsas, si no puedes distinguir cuál es la verdadera, es posible que te engañes con facilidad al seguir alguna devoción fantástica y supersticiosa.

Como Aurelio pintaba todas las caras de sus cuadros con la semblanza de la mujer a la que amaba, así todos pintan la devoción según su propia imaginación y pasión. El que practica el ayuno piensa que es muy devoto si ayuna, a pesar de que al mismo tiempo su corazón pueda estar lleno de rencor; y mientras es sabio y tiene reparo en cuanto a humedecer su lengua con vino e incluso con agua, no tiene problemas a la hora de beberse la sangre de su vecino mediante la difamación y la calumnia. Otro se considera devoto por recitar a diario una gran cantidad de oraciones, a pesar de que inmediatamente después dirige las palabras más desagradables, arrogantes o injuriosas a sus empleados y a sus vecinos. Otro saca limosnas alegremente de su monedero para ayudar a los pobres, pero no puede obtener de su corazón la suficiente mansedumbre para perdonar a sus enemigos. Otro perdona rápido al enemigo, pero nunca paga lo que debe, si no es bajo coacción. Aestos, algunos los consideran devotos, mientras que en realidad no lo son en absoluto.

Cuando los criados de Saúl buscaron a David en su casa, Mical puso una estatua en su cama, y la tapó con las ropas de David, les hizo creer que era el propio David. Lo mismo, muchas personas, que repiten algunos actos externos de devoción, se tapan a sí mismos con un manto de piedad y llevan a la gente a creer que ellos son verdaderamente devotos, mientras que no son nada más que estatuas y fantasmas de la devoción.
La gran mayoría de ese tipo de personas se hace una idea falsa de la piedad. Muchos la conciben según su propio ser, según sus inclinaciones naturales o sus pasiones. Una persona de temperamento melancólico considera que la virtud consiste en ser sombrío, y no se figura que alguien pueda ser alegre y piadoso al mismo tiempo. Otros, que solo se fijan en lo externo de la vida espiritual, la hacen consistir en el uso de instrumentos de penitencia: ayunos, vigilias y sacrificios corporales. Otros muchos imaginan que han llegado al mayor grado de virtud cuando han adquirido el hábito de rezar muchas oraciones, oír muchas Misas, permanecer mucho tiempo en la iglesia, asistir al oficio divino y comulgar con frecuencia.

Algunos religiosos creen que para llegar a la perfección es suficiente con estar atentas en el coro, amar el retiro y el silencio y seguir escrupulosamente las reglas de su orden. De este modo, hacen consistir la perfección en una u otra de estas prácticas, pero ahí no está el quid de la cuestión. Las obras externas son un medio para llegar a la perfección o para adquirir los frutos de la santidad, pero no se puede decir que la perfección o el amor perfecto a Jesucristo consistan en esas obras. Esas obras externas pueden ser los frutos excelentes de la virtud consumada en personas muy santas, pero en el caso de quienes descuidan la vigilancia de los afectos de su corazón, que no obran sacrificios internos, o que no ajustan su voluntad a la voluntad de Dios, pueden ser nocivas.

El verdadero amor a Jesucristo y la verdadera devoción consisten únicamente en amar a Dios y odiarnos a nosotros mismos, en nuestro sometimiento no solo a Él, sino a todas las criaturas por amor a Él. En renunciar a nuestra propia voluntad por completo para cumplir la suya. En sacrificar nuestro orgullo y amor propio y, sobre todo, en hacer todas estas cosas por la gloria de su nombre sin otro motivo que el de complacerle, y por la única razón de que Él desea y se merece que las criaturas lo amen y le sirvan. Esos son los dictados de la ley del amor que el Espíritu Santo ha grabado en el corazón de los que quieren vivir cerca de Dios. Siguiéndolas, pondremos en práctica el sacrificio que tanto nos recomendó el Salvador en el Evangelio; harán su yugo más llevadero, su carga de mucho menos peso.

Leemos en el Sermón de la Montaña: «No todo el que me dice: “Señor, Señor” entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos. Muchos me dirán aquel día “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre, y hemos expulsado los demonios en tu nombre, y hemos hecho prodigios en tu nombre?”. Entonces yo declararé ante ellos: “Jamás os he conocido: apartaos de mí, los que obráis la iniquidad”» (Mt 7, 21-23).

Es una lección sorprendente y terrible para los que trabajan incluso con éxito por la salvación de las almas y que, habiendo señalado a otros el camino a la perfección, no hacen ningún esfuerzo para conseguirlo y se mueren con las grandes imperfecciones con las que han vivido.

Deberíamos estar completamente convencidos de que el amor a Jesucristo, la verdadera devoción, la virtud cristiana y la piedad firme consisten exclusivamente en una humildad sincera, un sacrificio universal y continuado y una conformidad absoluta de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Si falta una de esas tres virtudes, no puede darse verdadera devoción ni virtud.

Esos son los sentimientos de san Pablo y de otros maestros de la vida espiritual. O mejor: son los sentimientos de todos aquellos que merecen llamarse cristianos, puesto que son los sentimientos de Jesucristo y, por tanto, de todos los que poseen el verdadero espíritu de Jesucristo. En cada una de nuestras iniciativas, dice un gran servidor de Dios, deberíamos proponernos hacer la voluntad de Dios, en lugar de procurar la gloria de Dios, porque, cumpliendo la voluntad de Dios, inevitablemente le daremos gloria. Pero si nos proponemos como motivo de nuestras acciones trabajar para mayor gloria de Dios, puede que a veces nos engañemos a nosotros mismos y hagamos nuestra propia voluntad, bajo el pretexto de estar trabajando para mayor gloria de Dios.

¡Y qué frecuente es este espejismo, el engaño, en aquellos que trabajan en buenas iniciativas y se esfuerzan por aumentar el fervor de otras almas! La verdadera perfección, sobre la que no puede haber ningún error, consiste en cumplir la voluntad de Dios. ¡Pero qué pocos son lo suficientemente sabios como para darse cuenta de ello o lo suficientemente puros como para probar su dulzura!

Dios nos ha amado demasiado, dice un amigo fiel de Jesucristo, como para contentarse con un servicio a regañadientes por nuestra parte. El solo pensamiento de no ser del todo generosos con Él debería causarnos horror. ¿Qué? ¿Vamos a rechazar pertenecerle enteramente después de la enorme misericordia que nos muestra día tras día? ¿Vamos a negarle algo después de todo lo que hemos recibido de Él? Mi corazón nunca consentirá seguir ese camino. Cuando pienso en lo poco que podemos hacer para dar gloria a Dios, aunque nos pongamos a su servicio por entero, me sonrojo ante el mero pensamiento de negarle nada. No hay ninguna seguridad al tomar el camino de en medio, porque es muy fácil acabar en el extremo incorrecto. Solo aquellos que se entregan a Dios sin reservas pueden esperar consuelo por su parte en el momento de la muerte, y solo aquellos que llevan una vida serena y tranquila.

Es fácil ver cómo concuerdan perfectamente las vidas de los verdaderos siervos de Dios con el esbozo del carácter de un hombre que ama a Jesucristo que hemos delineado y el consuelo que disfrutan. Resultan miserablemente engañados quienes, no habiendo probado nunca esos consuelos celestiales —porque nunca han tenido devoción—, se imaginan que les ocurre lo mismo que al creyente fiel que ama a Jesucristo en cuerpo y alma.

Por esos mismos principios podemos juzgar lo lejos que están del amor de Jesucristo los que adoptan algunas prácticas externas de devoción y nunca paran de hablar de ellas. Se trata de personas que son piadosas solo cuando se les antoja o les apetece, que meditan unos pocos días durante un retiro pero mantienen todas sus imperfecciones. Esos que no les niegan nada a sus sentidos, que de forma superficial realizan los ejercicios más santos de devoción, que pasan el tiempo sin vigilar el corazón, siempre expuestos a los ataques por sorpresa del enemigo, siempre agitados por las pasiones, siempre con problemas y sin ningún tipo de normas. Esos que son tan susceptibles, que la más mínima palabra les ofende, la más mínima falta de respeto les hiere. Esos, por último, que están llenos de astucia y engaño, que se ponen a buscar siempre su propio interés y no les da reparo para obtener sus fines por medios deshonestos, que cambian a cada hora del día porque siguen las instigaciones variables de sus pasiones.

Es fácil ver que esos diversos tipos de personas no tienen el espíritu de Jesucristo, que su virtud no es genuina y que mientras se empecinen en seguir en ese estado de infelicidad, su devoción al Sagrado Corazón de Jesús será demasiado imperfecta como para que consigan entrar en el Corazón divino, o al menos permanecer en él una temporada.

LOS EFECTOS HABITUALES DEL AMOR PERFECTO A JESUCRISTO

De todo lo anterior podemos inferir sin dificultar que los efectos habituales del amor perfecto a Jesucristo pueden resumirse diciendo que este amor, al hacernos imitar sus adorables virtudes, nos vuelve tan adaptables al modelo divino como es posible serlo en esta Tierra. Nuestra vida exterior e interior se convertirá así en una expresión viva de las suyas. Y como Él es la viva imagen de Dios, su Padre, así nosotros nos convertiremos en imágenes vivas de Él, y expresamos en nosotros mismos todos los rasgos de sus diferentes carismas, de sus misterios y de sus virtudes. Encontramos fácil imitar a aquellos a los que amamos mucho. Ahora, esta imitación perfecta de Jesucristo se hará visible por una humildad sin vaivenes, un control total de nuestra mente, una dependencia completa de Jesucristo en todas nuestras acciones y un gran amor a la Cruz.

Estas virtudes son los efectos normales del verdadero amor a nuestro Salvador. Se podrán tener en mayor o menor medida, dependiendo de la capacidad de nuestro amor por Él.

La mansedumbre es hasta tal punto la marca distintiva del carácter de Jesucristo, que los profetas hicieron uso de ella casi exclusivamente para describirlo. Entre los santos del Antiguo Testamento, quienes habían sido precursores de Jesucristo —Moisés y David— sobresalían en esta virtud. Se decía del primero que «era muy humilde, más que ningún otro hombre sobre la faz de la Tierra» (Nm 12, 3) y del segundo se decía: «Acuérdate, Señor, de David, de todos sus desvelos» (Sal 132, 1). El propio Jesucristo nos enseña tanto de palabra como con su ejemplo que la mansedumbre es el rasgo dominante de su carácter, y que es imposible ser como Él sin ser dócil. El amor perfecto siempre exige alguna similitud. Es precisamente esta mansedumbre permanente la que imprime en nosotros las marcas exteriores y visibles de la semejanza con Jesucristo. Es también el efecto usual de su amor.

Esta virtud contiene en sí misma muchas otras. Es imposible estar continuamente de buen humor, recibir siempre a los demás con una sonrisa, mostrar una docilidad inalterable en todas las ocasiones, sin tener una humildad sincera, sin sacrificarse constantemente, sin tener caridad y una paz continua de alma que esté a prueba de accidentes. Si nos falta la mansedumbre, encontraremos que nos falta alguna de estas otras virtudes. La dificultad para acercarse a otros, un exterior que repele, un aire de severidad que a menudo topamos en personas que pasan por piadosas… Todos esos suelen ser los efectos de unas inclinaciones naturales no mortificadas, y nunca los encontramos en un auténtico discípulo de Jesucristo, que desea que la mansedumbre y la humildad de corazón sean las señales distintivas de sus discípulos. Es una constatación diaria el hecho de que las personas que muestran mayor mansedumbre con su prójimo son precisamente los que más aman a Jesucristo. Gracias a la mansedumbre, los apóstoles lograron la conversión de los pecadores más empedernidos, y un alma apostólica debe adquirir esta virtud si desea que su labor dé frutos al Señor.

Un corazón libre de la tiranía de las pasiones deja nuestro interior preparado para el Corazón de Jesucristo, por nuestro completo desinterés hacia nosotros mismos y nuestro consentimiento pleno a sus órdenes, y nos hace ver en todo y para todo la voluntad de Dios, que estamos dispuestos a cumplir sin ansiedad ni entre desasosiegos. Es un signo seguro de que una persona vive con poco amor a Cristo si no experimenta ninguna atracción por cumplir su voluntad. Viendo que las personas sienten un alto placer cuando lo que hacen agrada a sus seres queridos, ¿cómo se puede decir que se le ama verdaderamente a Jesucristo si no se siente ninguna inclinación por hacer lo que Él desea? Si le amamos, haremos lo que le resulta grato, y nada nos dará más placer sino cualquier cosa que Él desea.

Una vez que hayamos entregado nuestros corazones al amor de Jesucristo, este amor no se manchará del amor propio. Nos despoja de todas las ataduras y nos da esa santa indiferencia que hace que todo nos resulte igualmente placentero: no deseamos nada para nosotros mismos, sino solo aquello que es voluntad de Dios. No nos preocupamos por cómo Dios desea valerse de nosotros, si será en algo de mucha importancia o si resultará ser algo trivial, algo desagradable o incluso algo acorde con nuestros gustos. El éxito y el fracaso serán igualmente bienvenidos, porque, deseando solamente aquello que Dios desea que pase, estaremos contentos con todo lo que ocurra. Quienes están atados a sus ocupaciones, a su lugar de residencia, a su propia comodidad o a cualquier otra cosa, no pueden servir a Dios con esta libertad de espíritu, porque son esclavos de su propia voluntad. Esto hace que vivan con poco mérito, que estén preocupados, que rechacen ser dirigidos por el Espíritu Santo y las inspiraciones de la gracia. Hace que el yugo de Jesucristo les parezca duro y pesado, y les expone a todo tipo de engaños y peligros. Las almas fervorosas deben dejar de lado cualquier tarea por amor a Cristo cuando Él así lo quiera, nada debe afectarles, si no es el amor a Jesucristo, y les resulta indiferente todo lo demás. Sin embargo, deben tener cuidado para que esta indiferencia no degenere en irresponsabilidad o en cobardía.

Todos nuestros esfuerzos y nuestras apetencias deben estar relacionados con lo que Dios quiere, cuando Él quiere y como Él quiere. Sin eso no hay virtud: solo engaño y amor propio. Esta conformidad absoluta con la voluntad de Dios, esta sumisión completa a las órdenes de la divina Providencia, sin buscar nada que no sea lo que Dios desea que hagamos —tanto si es algo magnífico que atrae nuestra atención como si es algo oculto y oscuro—, no es solo el camino más corto y seguro, sino que, hablando con propiedad, es el único camino para adquirir la limpieza de corazón, un inmenso amor a Jesucristo y, en un intervalo corto de tiempo, una gran virtud. Un hombre que se apoya en el Señor es inamovible, no puede caer abatido. Si sus proyectos no alcanzan el éxito, está satisfecho porque no tiene otra voluntad que la de Dios. ¡Qué estado de paz y de serenidad! Merece la pena luchar por conquistarlo.

El tercer efecto de este amor es la dependencia absoluta de Jesucristo en todas nuestras acciones. Consiste en recordar constantemente a Jesucristo, teniendo a nuestro divino Salvador delante de nosotros, como modelo de todo lo que hacemos. Se trata de adecuarnos a su modelo en todas las cosas. No consiste solo en hacer lo que Él desea, sino de hacerlo del modo en el que Él solía hacerlo cuando estaba en la Tierra, de forma que sea el ejemplo de Jesucristo el que rija nuestra conducta. Esto dará a nuestra actitud un sello de modestia y de piedad que les encantará y les instruirá a todos y que inspirará tanta veneración hacia nuestra persona como amor a la virtud. Poco a poco, disminuye el amor propio y al final desaparece por completo, se corrigen nuestros defectos y avanzamos a gran velocidad hacia la perfección.

La estima y el amor a la Cruz están también entre los efectos habituales del verdadero amor a Jesucristo. Cuando amemos de corazón a nuestro Salvador no tendremos dificultades para internarnos en sus sentimientos, nos hará sencillo amoldarnos a sus inclinaciones y deseos, sentiremos respeto por todo lo que Él aprecia y encontraremos atractivo cuanto Él ama. No sentiremos más que rechazo por todo aquello que le desagrada o le ofende. Por tanto, se puede decir que esta conformidad de deseos y sentimientos con los de nuestro Salvador es un efecto necesario del amor verdadero. De esta fuente es también de donde brota un amor extraordinario a la Cruz en los corazones de todos los que aman ardientemente a Jesucristo. Para los tibios y pecadores, los ejercicios de piedad acaban abrumando y resultan desagradables, el yugo de Jesucristo se hace pesado, la sola mención de la humillación y la Cruz les asusta. Pero hay un número casi infinito de personas de toda edad, sexo y condición que encuentran tanta atracción en la Cruz, que no habría manera de consolarlas si estuvieran un solo instante sin sufrir por amor.

¿De dónde procede una diferencia tan diametral de actitud? La privación de los sufrimientos en esta vida le parecía a santa Teresa más difícil de sobrellevar que la muerte. Santa Magdalena de Pazzi encontraba la muerte difícil únicamente porque le privaba del placer que experimentaba con los sufrimientos de esta vida. El amor apasionado de esas dos santas explica su amor al sufrimiento. «La visión de Jesucristo», dice un gran siervo de Dios, «convierte la Cruz en algo tan adorable para mí, que creo que no podría ser feliz sin ella. Estoy dispuesto a pasar toda mi vida sin ningún consuelo, ni siquiera espiritual. Para mí el amor de Jesucristo ocupa el primer lugar sobre todas las cosas. La Cruz tiene sus encantos y si alguien ama de verdad a Jesucristo hallará un deleite inexplicable en la Cruz. Si no tenemos los mismos sentimientos es porque no tenemos el mismo amor a Jesucristo».

Muchas personas, dice al autor de El cristiano interior, huyen de la Cruz bajo el espejismo de que pueden dar más gloria a Dios consiguiendo grandes logros y siendo útiles a su prójimo. No ven que esa quimera procede del amor propio y no del amor a Cristo. Hemos de servir a Dios cumpliendo su voluntad, no la nuestra. Su amor debe inspirarnos sentimientos en conformidad con los suyos. Jesucristo tenía un amor extremo a la Cruz. No podemos evitar amar la Cruz, si amamos de verdad a Jesucristo. El amor a Jesucristo está ligado a un enorme deseo de compartir su Cruz: y cuanto más perfecto es ese amor, mayor es el deseo de la Cruz.

El último efecto de este amor es una gran admiración y veneración por todo lo que se refiere a Cristo. El amor a Él nos da un hambre insaciable de la Sagrada Comunión. La propia imagen de Jesucristo nos inspira devoción. Y bajo la influencia de este amor, pronunciaremos con profundo respeto las palabras que Él dijo, el nombre de Jesucristo levantará emociones de amor a Él en nuestros corazones.

A los criados de los nobles se les respeta, se respeta su escudo de armas, su uniforme o cualquier elemento que lleve su nombre. Entre los seguidores de Cristo, los pobres tienen una relación especial con Jesucristo, llevan su uniforme. De modo que, cuando los socorremos, es al mismo Jesucristo a quien socorremos en su persona. Resulta evidente que la caridad hacia los pobres es un efecto propio del amor a Jesucristo. Este amor debe inspirarnos no solo compasión por los pobres, sino también amor y respeto por ellos. Ese amor a Jesucristo ha llevado incluso a grandes reyes a servir a los pobres con sus propias manos. Las personas que aman de verdad a Jesucristo experimentan un placer indescriptible al dar limosna. No pueden rechazar a un pobre, porque sienten que estarían rechazando a Jesucristo, y ven que la caridad con los más pobres aumenta en quien da, a medida que aumenta su amor a Cristo.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús, conforme al modelo propuesto en este libro, es un medio seguro de llegar a este sublime estado de perfección y de adquirir el nivel de virtud tan elevado que describe este capítulo.

ORACIÓN

Adorable Corazón de mi divino Salvador, asiento de todas las virtudes, colección de gracias, descanso de las almas santas. Oh, Sagrado Corazón de Jesús, objeto de las complacencias del Padre Eterno. Oh, Corazón digno de reinar en todos los corazones y poseer no solo los de los ángeles sino también los de los hombres. Corazón de mi amado Jesús, que nos amas con tanta ternura pero eres tan poco amado por quienes tanto amas, ojalá pudiera ir por todo el mundo, mi amado Jesús, anunciando tu ternura y las gracias extraordinarias que derramas con tanta abundancia sobre los que te adoran y que te aman con sincero corazón. Dígnate aceptar el sacrificio de mi corazón y mi deseo de que seas bendecido y alabado por todos los hombres y mujeres y los ángeles, y eternamente amado y eternamente adorado y glorificado. Amén.






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