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Dios Existe
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| | Asunto: | [diosexiste] Relación entre Antiguo y Nuevo Testamento | | Fecha: | Domingo, 7 de Febrero, 2010 22:27:52 (+0100) | | Autor: | josefinafuensanta <josefinafuensanta @.....com>
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Autor: Padre Paul Gunter,
O.S.B | Fuente: Catholic.net Relación entre Antiguo y Nuevo Testamento |
| La íntima relación entre Antiguo y Nuevo Testamento en la
liturgia cristiana Firma de teología litúrgica. |
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| Relación entre Antiguo y Nuevo
Testamento | En su artículo,
originariamente escrito en inglés, el padre Paul Gunter, O.S.B.,
profesor del Instituto Pontificio Litúrgico de Roma y Consultor de
la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice,
presenta la relación entre Antiguo y Nuevo Testamento en la liturgia
cristiana.
Es una contribución, sintética en la extensión,
aunque densa en cuanto a contenidos y rica en ideas útiles para
posteriores profundizaciones (Mauro Gagliardi). ROMA, martes 12 de
enero de 2009.
La vida de Jesucristo estaba
definida y ordenada por la oración pública y privada. Jesús conocía
la liturgia de la sinagoga, y su constante deseo de cumplir la
voluntad del Padre estaba apoyado por la liturgia de Israel,
mientras la Torah coordinaba los sacrificios prescritos para el
culto a Dios. El objetivo histórico del culto de Israel nos proyecta
del Antiguo Testamento hacia el Nuevo Testamento, mientras que la
historia de la salvación encuentra su unidad en la Cruz y en la
Resurrección de Jesús [1]. Sin tener en cuenta la estrecha relación
entre el Antiguo y el Nuevo Testamento sería imposible comprender el
don y el significado de la liturgia cristiana.
En el contexto
de estas fundamentales conexiones no se debe olvidar que las
prácticas judías han evolucionado a lo largo de la historia, sobre
todo después de la destrucción del Templo, de manera similar a como
se desarrollaría después la misma liturgia cristiana, en contextos
diversos, a través de los siglos. Muchos estudiosos sostienen que la
liturgia de la sinagoga cambió cuando los ritos que se desarrollaban
antes en el Templo fueron trasladados a las sinagogas. Al buscar
paralelismos entre cristianos y judíos, se podría quizás también
reconocer que hacían cosas opuestas los unos de los otros, con el
objetivo de diferenciarse. Los influjos sobre el Cristianismo
parecen proceder también de movimientos judíos del siglo I, a menudo
ocultos en las comparaciones a causa de la destrucción del Templo, y
no necesariamente de la misma amplitud que parte de las tradiciones
rabínicas, que sólo más tarde fueron aceptadas como Judaísmo
ortodoxo. ¿Gli influssi sul Cristianesimo sembrano essere provenuti
anche da movimenti giudaici del primo secolo, spesso nascosti alla
comparazione a causa della distruzione del Tempio, piuttosto che
necessariamente e con la stessa ampiezza da parte di tradizioni
rabbiniche, che solo più tardi sarebbero state accettate come
Giudaismo ortodosso? [2].
La exhortación de san Pablo a orar
constantemente (1 Ts 5,17) está inspirada en varios momentos de
oración cotidiana de la liturgia de Israel. El Deuteronomio, en los
versículos 6,7 y 11,19, pide recitar el Shma Israel [Escucha Israel]
cada mañana y cada tarde. Daniel 6,10 añade otros tres momentos de
oración a desarrollar durante la jornada. Las cinco distintas horas
de la Liturgia judía de las horas giran en torno a las oraciones de
la mañana y de la tarde. Se cree que Pentecostés se inició por la
mañana, cuando los discípulos estaban reunidos en oración (Hch
2,15). Pedro se encontraba en oración al mediodía cuando tuvo la
visión de Joppe (Hch 10,9). Pedro y Juan entraron en el Templo para
la oración diaria en la hora nona (Hch 3,1). Los salmos del Hallel,
148-150, caracterizan las alabanzas cristianas. El salmo 141 da a
las vísperas un énfasis de sacrificio. La liturgia doméstica de la
luz en el Sábado, en el contexto del sacrificio de alabanza, ha
influido en muchos himnos y oraciones cristianas que han trasladado
esa luz a Cristo. La Didachè prescribía recitar el Padre Nuestro
tres veces al día, en el lugar de la oración judía de las Dieciocho
bendiciones [3].
También en la Liturgia de las horas, la
primitiva comunidad cristiana de Jerusalén centraba su vida en la
Eucaristía. A pesar de ello, la comunidad participaba también en las
funciones del Templo y de la sinagoga, considerando que el culto era
dirigido al Padre de Jesucristo, que podía ser alabado a través del
Hijo. La primera liturgia de los cristianos específicamente
“cristiana” era todavía simple en cuanto a su estructura y los
primeros cristianos satisfacían su deseo de solemnidad litúrgica en
las funciones en el Templo.
Las primitivas celebraciones
eucarísticas tenían lugar en el ámbito de una comida común, a cuyo
inicio el cabeza de familia partía el pan. En la tradición judía, el
significado religioso de la comida estaba expresado tanto en el
Kiddush inicial como en la Berakah final, en la que se recitaban
tres oraciones de bendición sobre el cáliz de plata de las
bendiciones: agradecimiento por la comida que se compartía, alabanza
por la Tierra Prometida, y oración por Jerusalén. El relato del
cáliz y de la fracción y distribución del pan, en Lc 22,17, se
introduce en la linea de la tradición del Kiddush que daba inicio a
la comida. Las palabras pronunciadas sobre el cáliz “después de la
cena” (Lc 22,20) se refieren al cáliz de la bendición después de la
comida [4]. La Última Cena de Jesús, muy lejos de cualquier
dimensión de fraternidad, se introduce en el surco de la tradición
de las comidas festivas judías con los correspondientes rituales
dirigidos a la Alianza con el Dios de Israel. La novedad de la
Última Cena está en la nueva y eterna alianza instituida en el
sacrificio del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Después de la
Ascensión, la comunidad de los apóstoles partía el pan toda junta
“en casa” (Hch 2,46) y frecuentaba junta el templo.
En los
orígenes de la historia cultual, el Génesis describía la orden a
Abraham de sacrificar a su único Hijo y descendiente de una esperada
tierra prometida. El sacrificio ofrecido consiste en un cordero,
sacrificio representativo dado por Dios a Abraham y que Abraham
ofreció debidamente. En el mismo sentido, nosotros ofrecemos el
sacrificio como está descrito en el Canon Romano ‘de tuis donis ac
datis’. Aquí el cordero viene de Dios no en sustitución, sino como
verdadero representante [5], como el Agnus Dei, en el cual somos
conducidos a Dios. En el Éxodo, capítulo 12, en la institución de la
liturgia de la Pascua, el cordero del rescate es el primogénito, del
cual después se dirá que es “el primogénito de toda la creación”
(Col 1,15).
Junto al sistema de sacrificio del Antiguo
Testamento también está la profecía. Oseas 6,6 auspicia el amor y no
el sacrificio, el conocimiento de Dios más que los holocaustos.
Jesús dice simplemente: “Misericordia quiero y no sacrificio” (Mt
9,13). La razón de la limitación en el culto del templo está
indicada en el Salmo 50: “¿Es que voy a comer carne de toros o a
beber sangre de machos cabríos?”. En Hechos 7, Esteban responde a la
acusación de haber dicho que Jesús iba a destruir el Templo y
cambiar las costumbres dictadas por Moisés (Hch 6,14). Él afirma que
Moisés había construido la tienda del encuentro según el modelo que
había visto en la montaña, cosa que demuestra que el templo terreno
era sólo el reflejo de algo que se refiere a algo diferente a sí
mismo. Esteban cita la profecía mesiánica del Deuteronomio 18,15:
“Yahvé tu Dios suscitará, de en medio de ti,entre tus hermanos, un
profeta como yo”. De la misma manera que Moisés construyó el
tabernáculo [mirando más allá], así el culto, la enseñanza moral y
los sucesivos profetas se dirigen al Nuevo Moisés. Esteban afirma
que el Profeta definitivo conduciría al pueblo al cumplimiento de
esta profecía sobre la Cruz [6] en la que la destrucción del cuerpo
terreno de Jesús coincide con el fin del Templo en Jn 2,19:
“Destruid este templo y lo levantaré en tres días”. Pero mientras no
es Jesús quien ha demolido el Templo, el nuevo Templo empieza en el
cuerpo viviente de Jesús, por la Resurrección. En la Misa, Cristo
vivo se comunica a sí mismo a nosotros y nos lleva al Dios de la
Alianza como punto de encuentro al que llega todo lo que parte de la
antigua Alianza y de toda la historia religiosa del hombre, por el
poder de la Cruz y de la Resurrección de Jesús.
Aunque la
liturgia de la fe cristiana deba mucho de su desarrollo al culto de
la sinagoga, esta última siempre estaba ordenada al Templo, también
después de su destrucción. El culto de la sinagoga espera la
restauración del Templo. En el culto cristiano, en cambio, el lugar
del Templo de Jerusalén ha sido tomado del Templo universal del
Cristo resucitado que atrae a la humanidad al eterno amor de la
Trinidad, a través de la Eucaristía que es el Sacrificio de la Nueva
Alianza. Tanto la sinagoga como el Templo han entrado en la liturgia
cristiana [7]. La progresión del Antiguo Testamento hacia el Nuevo,
la búsqueda humana y el diálogo entre Dios y el hombre en la oración
se basan en la liturgia cristiana que nos presenta al Redentor
mientras nos enseña a desear nuestra morada eterna en
Dios.
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