|
Mostrando mensaje 19015
|
|
< Anterior | Siguiente >
|
|
|
 | | Asunto: | [diosexiste] Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2010 | | Fecha: | 8 de Febrero, 2010 20:04:26 (+0100) | | Autor: | Alfa Romeo <yj_adonai @.....es>
|
|
Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2010 "La justicia de Dios se ha
manifestado por la fe en Jesucristo" Autor: S.S. Benedicto XVI | Fuente: Vatican
Information Service
Se ha publicado hoy el Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2010. El
texto, fechado el 30 de octubre de 2009, lleva por título la siguiente afirmación
de San Pablo en su Carta a los Romanos: "La justicia de Dios se ha manifestado
por la fe en Jesucristo". Sigue el documento íntegro en su versión española:
"Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera
revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero
proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de
la afirmación paulina: La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en
Jesucristo (cf. Rm 3,21-22).
Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra "justicia", que en
el lenguaje común implica "dar a cada uno lo suyo" - "dare cuique suum", según la
famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta
clásica definición no aclara en realidad en qué consiste "lo suyo" que hay que
asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le
puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo
más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el
hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza,
puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es
más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la
multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca
la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de
agua y de medicinas), pero la justicia "distributiva" no proporciona al ser
humano todo "lo suyo" que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan,
necesita a Dios. Observa san Agustín: si "la justicia es la virtud que distribuye
a cada uno lo suyo… no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero
Dios" (De Civitate Dei, XIX, 21).
"El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan
en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: "Nada hay
fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del
hombre, eso es lo que contamina al hombre… Lo que sale del hombre, eso es lo que
contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las
intenciones malas" (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a
los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación
permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior.
Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto:
dado que la injusticia viene "de fuera", para que reine la justicia es suficiente
con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera
de pensar -advierte Jesús- es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no
tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde
se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce
amargamente el salmista: "Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre"
(Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo
mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por
naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza
de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los
demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y
Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra
del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de
la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los
dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf.
Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de
incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse
al amor?
En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre
la fe en el Dios que "levanta del polvo al desvalido" (Sal 113,7) y la justicia
para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la
virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte,
aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el
prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y
la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque
dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha
apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don
de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del
Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el
primero en "escuchar el clamor" de su pueblo y "ha bajado para librarle de la
mano de los egipcios" (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y
como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si
4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo
tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de
autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra
injusticia. En otras palabras, es necesario un "éxodo" más profundo que el que
Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por
sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para
el hombre?
El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre,
como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: "Ahora,
independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado… por la fe en
Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos
pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de
su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió
Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para
mostrar su justicia (Rm 3,21-25).
¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de
la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El
hecho de que la "propiciación" tenga lugar en la "sangre" de Jesús significa que
no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino
el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo
la "maldición" que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la
"bendición" que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida
una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y
el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no
recibe de este modo lo contrario de "lo suyo"? En realidad, aquí se manifiesta la
justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros
en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a
la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que
el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente
él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente
esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la
propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de
su amistad.
Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace
falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo "mío",
para darmegratuitamente lo "suyo". Esto sucede especialmente en los sacramentos
de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros
podemos entrar en la justicia "más grande", que es la del amor (cf. Rm 13,8-10),
la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor,
porque ha recibido más de lo que podía esperar.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a
contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario
para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada
por el amor.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el
que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de
caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los
cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del
misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos,
os imparto a todos de corazón la bendición apostólica".
|