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Asunto:[EC] No se fue sólo
Fecha:Sabado, 6 de Febrero, 2010  10:25:09 (+0100)
Autor:tali tali <tali.piaggio1500 @.....com>

 
                                 No se fue sólo
 
 
—Su hijo ha sufrido un derrame cerebral— les dijo el pediatra en cuanto se hubieron sentado.

 

Tamara, asustada,  miró a Roberto, el corazón encogido, luchando por no llorar. ¿Un derrame cerebral significaba perder a su hijo? ¿No hacía ni 24 horas que había nacido, y ya tenían que despedirse de él? Era prematuro, sí, pero las enfermeras les habían dicho que era un bebé muy fuerte, así que tenían esperanzas.

 

Ante el silencio de los padres, el doctor siguió hablando.

 

—Suele suceder en bebés prematuros que no nacen respirando y necesitan el oxígeno que les proporciona la máquina.

 

—¿Pero se recuperará, verdad?— logró preguntar Tamara, mientras  apretaba fuerte la mano de su marido.

 

Su marido bajó la vista. Conocía la respuesta. En la reunión que tuvo el día anterior con el pediatra al poco de nacer Roberto, en esa misma habitación, “la sala de los horrores” la llamaban algunos padres, ya le avisaron de que su bebé, como tantos otros, tenía muy pocas probabilidades de vida.

Le llenaron la cabeza de estadísticas, tantos por cien, palabras y más palabras que sonaban a chino y que  lo único que conseguían era irritarle pues él  quería era ver a su hijo cuanto antes, asegurarse de que esas probabilidades no iban con su bebé.
 
Pero no se lo permitieron.

 

—Tiene que esperar a las horas de visita—le dijo una enfermera cuando quiso entrar a verlo.
 
Y lo echaron de allí.
 Pero antes de marcharse pudo ver muchas máquinas alrededor de la incubadora donde estaba Roberto, y también que estaba aislada de las demás.
Ahora entendía el por qué.

 

—Lo lamento no se lo puedo asegurar - contestó el doctor-. Como le dije ayer a su marido, es muy dificil. Lo mejor será que se vista  y recoja sus cosas de la habitación.
Les avisaremos con las novedades que haya.
 
Parecía muy apenado.
 
"Realmente sufre. Quiere a estos niños", pensó Tamara.

 

Y regresaron a la habitación que había sido su hogar durante 28 días. El mismo número de la fecha del nacimiento de su bebé.

Cuatro semanas en reposo absoluto para evitar un posible aborto.

Viendo pasar a compañeras de habitación que llegaban y se marchaban felices a los pocos días con sus bebés.

Cuatro semanas teniendo que aguantar un médico borrachín, hastiado de su trabajo para el que ella era sólo un número, un expediente más.

Aguantando también la mirada cansada de su marido y su madre debido a las noches sin dormir y los reproches de su suegra: “Si al niño le pasa algo será culpa tuya, por no saber cuidarle”, que aumentaban aún más su sentido de culpabilidad.

Luchando contra los deseos de abandonar, que se reflejaban en las pesadillas que torturaban sus pocos ratos de sueño.

¿Y todo para qué? ¿Para perderlo ahora?  ¡No!

 

—Roberto vivirá—dijo convencida, mientras se deshacía, por fin, de ese espantoso camisón.

 

—Las probabilidades son escasas—le contestó  su marido— Ya oíste al doctor.

—Tengo esperanzas. Hemos luchado mucho los dos para estar juntos. Y ahora, no nos van a separar.

 

Roberto miró a su mujer apenado. Era mucho mejor prepararse para lo peor. Así, si sucede, el golpe no es tan duro.

 

—Anda, vamos a tomarnos un café, que aún falta una hora para que podamos pasar a verlo.

 

No llegaron a tomárselo.

 

 

—Siento decirles esto, pero…su hijo ha muerto —les dijo el doctor, serio, triste.

 

El dolor atravesó a Tamara como un latigazo, dejándola paralizada.
 
"No es verdad, no puede ser"
 
Las lágrimas caían silenciosas por sus mejillas, pero ella apenas se daba cuenta.

Por su mente pasaron  escenas de una casa silenciosa, y una habitación de color azul con una cuna vacía en su centro y decenas de peluches sin dueño.

 

—Tamara, vamos—le dijo su marido, también roto por el dolor.

 

Pero ella ya no le escuchaba. El tiempo se había detenido, para siempre.

 

 

Natalia.

 





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