Lección
12
23
de Diciembre de 2006
Sábado
16 de Diciembre.
En su
niñez, [a José] se le había enseñado a amar y temer a Dios. A menudo se le había
contado, en la tienda de su padre, bajo las estrellas de Siria, la historia de
la visión nocturna de Betel, de la escalera entre el cielo y la tierra, de los
ángeles que subían y bajaban, y de Aquel que se reveló a Jacob desde el trono de
lo alto. Se le había contado la historia del conflicto habido junto al Jaboc,
donde, después de renunciar a pecados arraigados, Jacob fue vencedor y recibió
el título de príncipe con Dios.
Mientras
era pastorcillo y cuidaba los rebaños de su padre, la vida pura y sencilla de
José había favorecido el desarrollo de las facultades físicas y mentales. Por la
comunión con Dios mediante la naturaleza, y el estudio de las grandes verdades
transmitidas de padre a hijo como cometido sagrado, obtuvo fuerza mental y
firmeza de principios (La educación, p. 52).
Los
hermanos de José se propusieron matarlo primero, pero finalmente se conformaron
con venderlo como esclavo para impedir que llegara a ser superior a ellos.
Pensaban que lo habían enviado a donde no los molestaría más con sus sueños, y
donde no existía la menor posibilidad de que se cumplieran. Pero Dios empleó los
procedimientos de ellos para que precisamente se cumpliera lo que habían
resuelto que jamás ocurriese: que él se enseñoreara de
ellos.
El Señor no
permitió que José fuera solo a Egipto. Los ángeles prepararon el camino para la
recepción que allí se le iba a dar. Potifar, funcionario de la corte de Faraón,
capitán de la guardia, lo compró a los ismaelitas. Y el Altísimo estuvo con
José, le dio prosperidad y le ganó la simpatía de su amo, de tal manera que éste
encomendó al cuidado del joven todo lo que poseía. “Y dejó todo lo que tenía en
manos de José, y con él no se preocupaba de cosa alguna sino del pan que comía”.
Se consideraba abominación que un hebreo preparara alimentos para un egipcio
(La historia de la redención,
p. 103).
Domingo
17 de Diciembre:
“El
soñador”
Esaú había
menospreciado las bendiciones del pacto. Había preferido los bienes temporales a
los espirituales, y obtuvo lo que deseaba. Se separó del pueblo de Dios por su
propia elección. Jacob había escogido la herencia de la fe. Había tratado de
lograrla mediante la astucia, la traición y el engaño; pero Dios permitió que su
pecado produjera su corrección. Sin embargo, a través de todas las experiencias
amargas de sus años posteriores, Jacob no se desvió nunca de su propósito, ni
renunció a su elección. Había comprendido que, al valerse de la habilidad y la
astucia humanas para conseguir la bendición, había obrado contra
Dios.
De aquella
lucha nocturna al lado del Jaboc, Jacob salió hecho un hombre distinto. La
confianza en sí mismo había desaparecido. Desde entonces en adelante ya no
manifestó su astucia anterior. En vez del disimulo y el engaño, los principios
de su vida fueron la sencillez y la veracidad. Había aprendido a confiar con
sencillez en el brazo omnipotente; y en la prueba y la aflicción se sometió
humildemente a la voluntad de Dios. Los elementos más bajos de su carácter
habían sido consumidos en la hornaza, y el oro verdadero se purificó, hasta que
la fe de Abraham e Isaac apareció en Jacob con toda
nitidez.
El pecado
de Jacob y la serie de sucesos que había acarreado no dejaron de ejercer su
influencia para el mal, y ella produjo amargo fruto en el carácter y la vida de
sus hijos. Cuando estos hijos llegaron a la virilidad, cometieron graves faltas.
Las consecuencias de la poligamia se revelaron en la familia. Este terrible mal
tiende a secar las fuentes mismas del amor, y su influencia debilita los
vínculos más sagrados. Los celos de las varias madres habían amargado la
relación familiar; los niños eran contenciosos y contrarios a la dirección, y la
vida del padre fue nublada por la ansiedad y el dolor.
Sin
embargo, hubo uno de carácter muy diferente; a saber, el hijo mayor de Raquel,
José, cuya rara hermosura personal no parecía sino reflejar la hermosura de su
espíritu y su corazón. Puro, activo y alegre, el joven reveló también seriedad y
firmeza moral. Escuchaba las enseñanzas de su padre y se deleitaba en obedecer a
Dios. Las cualidades que le distinguieron más tarde en Egipto, la benignidad, la
fidelidad y la veracidad, aparecían ya en su vida diaria. Habiendo muerto su
madre, sus afectos se aferraron más estrechamente a su padre, y el corazón de
Jacob estaba ligado a este hijo de su vejez. “Amaba..., a José más que a todos
sus hijos”.
Pero hasta
este cariño había de ser motivo de pena y dolor. Imprudentemente Jacob dejó ver
su predilección por José, y esto motivó los celos de sus demás hijos. Al ver
José la mala conducta de sus hermanos, se afligía mucho; se atrevió a
reconvenirlos suavemente, pero esto despertó tanto más el odio y el
resentimiento de ellos. A José le era insufrible verlos pecar contra Dios, y
expuso la situación a su padre, esperando que su autoridad los indujera a
enmendarse (Patriarcas y
profetas, pp. 208, 209).
Lunes
18 de Diciembre:
“El
pecado con los cananeos”
Jacob había
pecado, y había sufrido hondamente. Había tenido que pasar muchos años de
trabajo, cuidado y dolor desde el día en que su gran pecado le obligó a huir de
las tiendas de su padre.
Había sido
fugitivo sin hogar, separado de su madre a quien nunca volvió a ver; trabajó
siete años por la que amó, sólo para ser vilmente defraudado; trabajó veinte
años al servicio de un pariente codicioso y rapaz; vio aumentar su riqueza y
crecer a sus hijos en su derredor, pero halló poco regocijo en su contenciosa y
dividida familia; se sintió dolorido por la vergüenza de su hija, por la
venganza de los hermanos de ésta, por la muerte de Raquel, por el monstruoso
delito de Rubén, por el pecado de Judá, por el cruel engaño y la malicia
perpetrada en José. ¡Cuán negra y larga es la lista de iniquidades expuestas a
la vista! Vez tras vez había cosechado el fruto de aquella primera mala acción.
Vez tras vez vio repetidos entre sus hijos los pecados de los cuales él mismo
había sido culpable. Pero aunque la disciplina había sido amarga, había cumplido
su obra. El castigo, aunque doloroso, había producido el “fruto apacible de
justicia” (Hebreos 12:11).
La
inspiración registra fielmente las faltas de los hombres buenos que fueron
distinguidos por el favor de Dios; en realidad, sus defectos resaltaban más que
sus virtudes. Muchos se han preguntado el porqué de esto, y ha sido motivo de
que el infiel se burle de la Biblia. Pero una de las evidencias más poderosas
de la veracidad de la
Escritura consiste en que ella no hermosea las acciones de sus
personajes principales ni tampoco oculta sus pecados. Las mentes de los hombres
están tan sujetas a prejuicios que no es posible que la historia humana sea
absolutamente imparcial. Si la
Biblia hubiera sido escrita por personas no inspiradas, habría
presentado indudablemente el carácter de sus hombres distinguidos bajo un
aspecto más favorable. Pero tal como es, nos proporciona un relato correcto de
sus vidas.
Los hombres
a quienes Dios favoreció, y a quienes confió grandes responsabilidades, fueron a
veces vencidos por la tentación y cometieron pecados, tal como nosotros hoy
luchamos, vacilamos y frecuentemente caemos en el error. Sus vidas, con todos
sus defectos y extravíos, están ante nosotros, para que nos sirvan de aliento y
amonestación. Si se los hubiera presentado como personas intachables, nosotros,
con nuestra naturaleza pecaminosa, podríamos desesperar por nuestros errores y
fracasos. Pero viendo cómo lucharon otros con desalientos como los nuestros,
cómo cayeron en la tentación como nos ha ocurrido a nosotros, y cómo, sin
embargo, se reanimaron y llegaron a triunfar mediante la gracia de Dios, nos
sentimos alentados en nuestra lucha por la justicia. Así como ellos, aunque
vencidos algunas veces, recuperaron lo perdido y fueron bendecidos por Dios,
también nosotros podemos ser vencedores mediante el poder de Jesús. Por otro
lado, la narración de sus vidas puede servirnos de amonestación. Muestra que de
ninguna manera justifica Dios al culpable. Ve el pecado que haya en aquellos a
quienes más favoreció, y lo castiga en ellos aun más severamente que en los que
tienen menos luz y responsabilidad (Patriarcas y profetas, pp.
241-243).
Cristo ha
enseñado claramente que aquellos que persisten en pecados manifiestos deben ser
separados de la iglesia; pero no nos ha encomendado la tarea de juzgar el
carácter y los motivos. El conoce demasiado bien nuestra naturaleza para
confiarnos esta obra a nosotros. Si tratásemos de extirpar de la iglesia a
aquellos que suponemos cristianos falsos, cometeríamos seguramente errores. A
menudo consideramos sin esperanza a los mismos a quienes Cristo está atrayendo
hacia sí. Si tuviéramos nosotros que tratar con estas almas de acuerdo con
nuestro juicio imperfecto tal vez ello extinguiría su última esperanza. Muchos
que se creen cristianos serán hallados faltos al fin. En el cielo habrá muchos
de quienes sus prójimos suponían que nunca entrarían allí. El hombre juzga por
la apariencia, pero Dios juzga el corazón. La cizaña y el trigo han de crecer
juntamente hasta la cosecha; y la cosecha es el fin del tiempo de gracia
(Palabras de vida del Gran
Maestro, p. 50).
Martes
19 de Diciembre:
“José
en Egipto”
José
consideró como la mayor calamidad que podría haberle ocurrido el ser vendido en
Egipto; pero entonces vio la necesidad de confiar en Dios como nunca lo había
hecho cuando estaba protegido por el amor de su padre. José llevó a Dios consigo
a Egipto, y este hecho quedó de manifiesto por su comportamiento alegre, a pesar
de su tristeza. Como el arca del Señor trajo descanso y prosperidad a Israel,
así también este joven temeroso y amante de Dios fue una bendición en Egipto.
Este hecho se hizo patente de una manera tan señalada que Potifar, en cuya casa
servía, atribuyó todas sus bendiciones a este esclavo que había comprado, y lo
convirtió más en un hijo que en un siervo. Es el propósito de Dios que los que
le aman y honran también sean honrados, y que la gloria que se le da a Dios a
través de ellos, se refleje sobre éstos mismos (Recibiréis poder, p.
258).
Las
lecciones que dio Jacob a José, en su juventud, al expresar su firme confianza
en Dios y relatarle vez tras vez las preciosas evidencias de la amante bondad de
Dios e incesante cuida o, fueron precisamente las lecciones que necesitó en su
destierro entre un pueblo idólatra. Usó prácticamente esas lecciones en tiempo
de prueba. Estando en la más difícil prueba, acudió a su Padre celestial en
quien había aprendido a confiar. Si los preceptos y ejemplo del padre de José
hubieran sido de un carácter opuesto, la pluma de la inspiración nunca hubiera
trazado en las páginas de la historia sagrada el relato de integridad y virtud
que reluce en el carácter de José. Las primeras impresiones efectuadas en su
mente protegieron su corazón en la hora de la tremenda tentación y lo indujeron
a exclamar: “¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?”
(Conducción del niño, p.
182).
La fiel
integridad de José lo llevó a la pérdida de su reputación y libertad. Esta es la
prueba más severa a la que están sometidos los virtuosos y temerosos de Dios:
que el vicio parece prosperar mientras la virtud es hollada en el polvo. La
seductora estaba viviendo en la prosperidad como un modelo de virtuosa
corrección, mientras que José, fiel a los principios, estaba bajo la
envilecedora acusación del más repulsivo crimen. La religión de José mantuvo la
dulzura de su carácter y su simpatía con la humanidad firme y cálida, a pesar de
todas sus pruebas. Si sienten que no se los trata debidamente, hay quienes se
vuelven agrios, poco generosos, ásperos y descorteses en sus palabras y
comportamiento. Se hunden desanimados, llenos de odio y odiando a otros. Pero
José era cristiano. Apenas entró en la vida de la prisión, puso en acción todo
el brillo de la práctica de sus principios cristianos; comenzó a hacerse útil
para otros. Se ocupó de las dificultades de sus compañeros de prisión. Fue
alegre porque era un caballero cristiano. Dios lo estaba preparando mediante
esta disciplina para una posición de gran responsabilidad, honor y utilidad, y
estuvo dispuesto a aprender; aceptó de buen grado las lecciones que el Señor
quería enseñarle. Aprendió a llevar el yugo en su juventud. Aprendió a gobernar
aprendiendo la obediencia primero él mismo. Se humilló, y el Señor lo exaltó a
un honor especial (Comentario
bíblico adventista, p. 1111).
Miércoles
20 de Diciembre:
“El
copero y el panadero”
El papel
que desempeñó José en las escenas de la oscura prisión fue lo que lo elevó
finalmente a la prosperidad y el honor. Dios tenía el propósito de que
adquiriera experiencia por medio de las tentaciones, la adversidad y las
penalidades, a fin de prepararlo para ocupar un puesto
encumbrado.
Mientras él
estaba confinado en la prisión, Faraón se enojó con dos de sus sirvientes, el
jefe de los panaderos y el jefe de los coperos, y los envió a la misma prisión
donde estaba José. El capitán de la guardia puso a José para que les sirviera
durante el tiempo que estuviesen en la cárcel. Su conducta ejemplar, su actitud
humilde y su fidelidad, le habían ganado la confianza de todos, incluso de los
guardias. No dedicaba su tiempo a quejar- se de la injusticia de sus acusadores
que lo habían privado de su libertad. Una mañana, mientras traía la comida a los
oficiales del rey, notó tristeza en sus rostros y les preguntó: “¿Por qué
parecen hoy mal vuestros semblantes? Ellos le dijeron: Hemos tenido un sueño, y
no hay quien lo interprete. Entonces les dijo José:
¿No son de
Dios las interpretaciones? Contádmelo ahora”. El copero le relató entonces a
José su sueño, y éste se lo interpretó diciéndole que sería restaurado al puesto
que antes tenía y que volvería a servirle la copa al Faraón en su mano. El
copero se sintió liberado y satisfecho con la interpretación (Spiritual Gifts, tomo 3, pp. 146,
147).
Poco a poco
José ganó la confianza del carcelero, y se le confió por fin el cuidado de todos
los presos. Fue la obra que ejecutó en la prisión, la integridad de su vida
diaria, y su simpatía hacia los que estaban en dificultad y congoja, lo que le
abrió paso hacia la prosperidad y los honores futuros. Cada rayo de luz que
derramamos sobre los demás se refleja sobre nosotros mismos. Toda palabra
bondadosa y compasiva que se diga a los angustiados, todo acto que tienda a
aliviar a los oprimidos, y toda dádiva que se otorgue a los necesitados, si son
impulsados por motivos sanos, resultarán en bendiciones para el
dador.
El panadero
principal y el primer copero del rey habían sido encerrados en la prisión por
alguna ofensa que habían cometido, y fueron puestos bajo el cuidado de José. Una
mañana, observando que parecían muy tristes, bondadosamente les preguntó el
motivo y le dijeron que cada uno había tenido un sueño extraordinario, cuyo
significado anhelaban conocer. “¿No son de Dios las declaraciones? Contádmelo
ahora”, dijo José. Cuando cada uno relaté su sueño, José les hizo saber su
significado: Dentro de tres días el jefe de los coperos había de ser reintegrado
a su puesto, y había de poner la copa en las manos de Faraón como antes, pero el
principal de los panaderos sería muerto por orden del rey. En ambos casos, el
acontecimiento ocurrió tal como lo predijo.
El copero
del rey había expresado la más profunda gratitud a José, tanto por la feliz
interpretación de su sueño como por otros muchos actos de bondadosa atención; y
José, refiriéndose en forma muy conmovedora a su propio encarcelamiento injusto,
le imploró que en compensación presentara su caso ante el rey. “Acuérdate, pues,
de mí para contigo —dijo— cuando tuvieres ese bien, y ruégote que uses conmigo
de misericordia, y hagas mención de mí a Faraón, y me saques de esta casa:
porque hurtado he sido de la tierra de los Hebreos; y tampoco he hecho aquí por
qué me hubiesen de poner en la cárcel”. El principal de los coperos vio su sueño
cumplido en todo detalle; pero cuando fue reintegrado al favor real, ya no se
acordó de su benefactor. Durante dos años más, José permaneció preso. La
esperanza que se había encendido en su corazón se desvaneció poco a poco, y a
todas las otras tribulaciones se agregó el amargo aguijón de la ingratitud
(Patriarcas y profetas, pp.
218, 219).
Jueves
21 de Diciembre
“La
liberación de José”
Pero una
mano divina estaba por abrir las puertas de la prisión. El rey de Egipto tuvo
una noche dos sueños que, por lo visto, indicaban el mismo acontecimiento, y
parecían anunciar alguna gran calamidad. El no podía determinar su significado,
pero continuaban turbándole. Los magos y los sabios de su reino no pudieron
interpretarlos. La perplejidad y congoja del rey aumentaban, y el terror se
esparcía por todo su palacio. El alboroto general trajo a la memoria del copero
las circunstancias de su propio sueño; con él recordó a José, y sintió
remordimiento por su olvido e ingratitud. Informó inmediatamente al rey cómo su
propio sueño y el del primer panadero habían sido interpretados por el
prisionero hebreo, y cómo las predicciones se habían
cumplido.
Fue
humillante para Faraón tener que dejar a los magos y sabios de su reino para
consultar a un esclavo extranjero; pero estaba listo para aceptar el servicio
del más ínfimo con tal que su mente atormentada pudiese encontrar alivio. En
seguida se hizo venir a José. Este se quitó su indumentaria de preso y se cortó
el cabello, pues le había crecido mucho durante el período de su desgracia y
reclusión. Entonces fue llevado ante el rey (Patriarcas y profetas, pp. 219,
220).
La
interpretación fue tan razonable y consecuente, y el procedimiento que recomendó
tan juicioso y perspicaz, que no se podía dudar de que todo era correcto. Pero
¿a quién se había de confiar la ejecución del plan? De la sabiduría de esta
elección dependía la preservación de la nación. El rey estaba perplejo. Durante
algún tiempo consideró el problema de ese nombramiento. Mediante el jefe de los
coperos, el monarca había sabido de la sabiduría y la prudencia manifestadas por
José en la administración de la cárcel; era evidente que poseía habilidad
administrativa en alto grado.
El copero,
ahora lleno de remordimiento, trató de expiar su ingratitud anterior, alabando
entusiastamente a su benefactor. Otras averiguaciones hechas por el rey
comprobaron la exactitud de su informe. En todo el reino, José había sido el
único hombre dotado de sabiduría para indicar el peligro que amenazaba al país y
los preparativos necesarios para hacerle frente; y el rey se convenció de que
ese joven era el más capaz para ejecutar los planes que había propuesto. Era
evidente que el poder divino estaba con él, y que ninguno de los estadistas del
rey se hallaba tan bien capacitado como José para dirigir los asuntos de la
nación frente a esa crisis. El hecho de que era hebreo y esclavo era de poca
importancia cuando se tomaba en cuenta su manifiesta sabiduría y su sano juicio.
“¿Hemos de hallar otro hombre como éste, en quien haya espíritu de Dios?” dijo
el rey a sus consejeros (Patriarcas y profetas, pp. 221,
222).
Viernes
22 de Diciembre:
“Para
estudiar y meditar”
Patriarcas
y profetas, pp.
214-224.