Lección
2
(5 al 12 de Abril de
2008)
La
divinidad de Cristo
Elena G. de White
Jesús, un ser
divino
El Señor Jesús coloca
su mano sobre el trono eterno de Dios con toda la facilidad y seguridad del que
gobierna y reina, y se ciñe la corona de la divinidad; se sienta a la diestra de
Dios y recibe honra suprema como Dios, la gloria que tenía antes de la
existencia del mundo. Distribuye sus dones a todos los que por fe los
reclaman... (Carta 83, p. 1895). A
fin de conocerle, p. 340.
Otro error peligroso
es el de la doctrina que niega la divinidad de Cristo, y asevera que él no
existió antes de su venida a este mundo.
Esta teoría encuentra aceptación entre muchos que profesan creer en la
Biblia; y sin embargo contradice las declaraciones más positivas de nuestro
Salvador respecto a sus relaciones con el Padre, a su divino carácter y a su
preexistencia. Esta teoría no puede
ser sostenida sino violentando el sentido de las Sagradas Escrituras del modo
más incalificable. No sólo rebaja
nuestro concepto de la obra de redención, sino que también socava la fe en la
Biblia como revelación de Dios. Al
par que esto hace tanto más peligrosa dicha teoría la hace también más difícil
de combatir. Si los hombres
rechazan el testimonio que dan las Escrituras inspiradas acerca de la divinidad
de Cristo, inútil es querer argumentar con ellos al respecto, pues ningún
argumento, por convincente que fuese, podría hacer mella en ellos, "El hombre
natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios; porque le son insensatez; ni
las puede conocer, por cuánto se disciernen espiritualmente" (1 Corintios 2: 14,
V.M.) Ninguna persona que haya aceptado este error, puede tener justo concepto
del carácter o de, la misión de Cristo, ni del gran plan de Dios para la
redención del hombre. El
conflicto de los siglos, pp. 578-579.
La encarnación de
Cristo, su divinidad, su expiación, su vida admirable en el cielo como nuestro
abogado, el ministerio del Espíritu Santo, todos estos temas vitales del
cristianismo son revelados desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Consejos para los maestros, p.
413.
Ruega que ellos puedan
presenciar una manifestación de su divinidad que los consuele en la hora de su
agonía suprema, con el conocimiento de que él es seguramente el Hijo de Dios, y
que su muerte ignominiosa es parte del plan de la redención. El
Deseado de todas las gentes, p. 389.
Jesús dice: "Mi Padre
que está en los cielos", como para recordar a sus discípulos que mientras que
por su humanidad está vinculado con ellos, participa de sus pruebas y simpatiza
con ellos en sus sufrimientos, por su divinidad está unido con el trono del
Infinito. ¡Admirable garantía! Los seres celestiales se unen con los hombres en
simpatía y labor para la salvación de lo que se había perdido. Y todo el poder
del cielo se pone en combinación con la capacidad humana para atraer las almas a
Cristo. El
Deseado de todas las gentes, p. 410.
Tratando todavía de
dar la verdadera dirección a su fe, Jesús declaró: "Yo soy la resurrección y la
vida." En Cristo hay vida original, que no proviene ni deriva de otra. "El que
tiene al Hijo, tiene la vida". La
divinidad de Cristo es la garantía que el creyente tiene de la vida eterna. El
Deseado de todas las gentes, p. 489.
Al rechazar la prueba
de la divinidad de Jesús, estos sacerdotes y gobernantes se habían encerrado a
sí mismos en tinieblas impenetrables. Se habían puesto enteramente bajo el
dominio de Satanás, para ser arrastrados por él al mismo abismo de la ruina
eterna. Sin embargo, estaban tan engañados que estaban contentos consigo mismos.
Se consideraban patriotas que procuraban la salvación de la nación. El
Deseado de todas las gentes, p. 499.
Pero muchos de los que
llamaban a Jesús Hijo de David, no reconocían su divinidad. No comprendían que
el Hijo de David era también el Hijo de Dios. El
Deseado de todas las gentes, p. 561.
Los enemigos de Jesús
desahogaron su ira sobre él mientras pendía de la cruz. Sacerdotes, príncipes y escribas se
unieron a la muchedumbre para burlarse del Salvador moribundo. En ocasión del bautismo y de la
transfiguración, se había oído la voz de Dios proclamar a Cristo como su
Hijo. Nuevamente, precisamente
antes de la entrega de Cristo, el Padre había hablado y atestiguado su
divinidad. Pero ahora la voz del
cielo callaba. Ningún testimonio se
oía en favor de Cristo. Solo,
sufría los ultrajes y las burlas de los hombres perversos. El
Deseado de todas las gentes, pp. 695-696.
La naturaleza
inanimada había conocido a Cristo y había atestiguado su divinidad. Pero los sacerdotes y príncipes de
Israel no conocieron al Hijo de DIOS.
El Deseado de todas las gentes, p.
716.
Cristo es ahora
reconocido como el Rey de gloria.
"¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!" (Mateo 21:9). La cuestión de su divinidad ha sido
definida para siempre. ¿Dónde están los que mantuvieron atados al Salvador ante
el tribunal de Pilato, los que lo hirieron en el rostro, los que lo azotaron,
los que introdujeron los clavos en sus manos y pies? ¿Los que se mofaron de él,
diciendo, “a otros salvó, a sí mismo no se puede salvar…”? ¿Dónde está el brazo
mezquino que se ha de levantar contra él ahora? Ha cambiado la escena. Ante el nombre de Jesús se doblará toda
rodilla, y toda lengua confesará que Jesús es el Cristo, Señor del cielo y de la
tierra… Los ángeles del cielo se inclinan en adoración ante él. Sus enemigos disciernen el error que han
cometido y toda lengua confiesa su divinidad. En
los lugares celestiales, p. 358.
Ellos habían pensado
encontrar a los apóstoles acobardados de temor bajo la fuerte mano de la
opresión y el asesinato, pero los hallaron por encima de todo temor, llenos del
Espíritu, proclamando con poder la divinidad de Jesús de Nazaret. Los oyeron
declarar con intrepidez que Aquel que había sido recientemente humillado,
escarnecido, herido por manos crueles, y crucificado, era el Príncipe de la
vida, exaltado ahora a la diestra de Dios.
Los hechos de los apóstoles, pp.
34-35.
En especial rogó que
pudieran presenciar tan evidente manifestación de su divinidad, que disipara de
sus mentes todo resto de su incredulidad y duda; una manifestación que en la
hora de su agonía suprema los confortara con el seguro conocimiento de que era
el Hijo de Dios, y que su afrentosa muerte formaba parte del divino plan de
redención. Testimonios selectos, tomo 2, p.
62.
Cuando el hombre pueda
medir el excelso carácter del Señor de los ejércitos, y distinguir entre el Dios
eterno y el hombre finito, sabrá cuán grande ha sido el sacrificio del Cielo
para sacar al hombre de donde estaba caído por la desobediencia para formar
parte de la familia de Dios... La divinidad de Cristo es nuestra seguridad de
vida eterna... Él, quien llevó los pecados del mundo, es nuestro único medio de
reconciliación con un Dios santo (Youth's
Instructor 11-2-1897). A
fin de conocerle, p. 37.
La divinidad de Cristo
debe ser constantemente sustentada.
Cuando el Salvador preguntó a sus discípulos: "Y vosotros, ¿quién decís
que soy yo? Respondiendo Simón
Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente" (Mateo 16:15, p.
16). Dijo Cristo "sobre esta roca",
no sobre Pedro, sino sobre el Hijo de Dios, "edificaré mi iglesia; y las puertas
del Hades no prevalecerán contra ella" (versículo 18). Alza
tus ojos, p. 56.
A medida que los años
transcurrían y el número de creyentes crecía, Juan trabajaba con mayor fidelidad
y fervor en favor de sus hermanos.
Los tiempos estaban llenos de peligro para la iglesia. Por todas partes existían engaños
satánicos. Por medio de la falsedad
y el engaño los emisarios de Satanás procuraban suscitar oposición contra las
doctrinas de Cristo; como consecuencia las disensiones y herejías ponían en
peligro a la iglesia. Algunos que
creían en Cristo decían que su amor los libraba de obedecer la ley de Dios. Por otra parte, muchos creían que era
necesario observar las costumbres y ceremonias judías; que una simple
observancia de la ley, sin necesidad de tener fe en la sangre de Cristo, era
suficiente para la salvación. Algunos sostenían que Cristo era un hombre bueno,
pero negaban su divinidad. Otros
que pretendían ser fieles a la causa de Dios eran engañadores que negaban en la
práctica a Cristo y su Evangelio.
Viviendo en transgresión ellos mismos, introducían herejías en la
iglesia. Por eso muchos eran
llevados a los laberintos del escepticismo y el engaño. Los
hechos de los apóstoles, pp. 441-442.
Las evidencias de su
divinidad
La resistencia
mostrada por los sacerdotes y gobernantes hacia su obra correspondía con las
convincentes evidencias de su divinidad.
Tenían celos de El porque poseía un poder que atraía a la gente. Alza
tus ojos, p. 78.
A veces vacilaba
[María] entre Jesús y sus hermanos, que no creían que era el enviado de Dios;
pero abundaban las evidencias de la divinidad de su carácter. El
Deseado de todas las gentes, p. 70.
En ocasión del
bautismo del Salvador, Satanás se hallaba entre los testigos. Vio la gloria del
Padre que descansaba sobre su Hijo. Oyó la voz de Jehová atestiguar la divinidad
de Jesús. El
Deseado de todas las gentes, p. 90-91.
No sin lucha pudo
Jesús escuchar en silencio al supremo engañador. Pero el Hijo de Dios no había
de probar su divinidad a Satanás, ni explicar la razón de su humillación.
Accediendo a las exigencias del rebelde, no podía ganar nada para beneficio del
hombre ni la gloria de Dios. El
Deseado de todas las gentes, p. 94.
El pánico se apoderó
de la multitud, que sentía el predominio de su divinidad. Gritos de terror
escaparon de centenares de labios pálidos. Aun los discípulos temblaron. Les
causaron pavor las palabras y los modales de Jesús, tan diferentes de su
conducta común. El
Deseado de todas las gentes, p. 132.
A pesar de toda la
evidencia de que Jesús era el Cristo, el solicitante había resuelto creer en él
tan sólo si le otorgaba lo que solicitaba. El Salvador puso esta incredulidad en
contraste con la sencilla fe de los samaritanos que no habían pedido milagro ni
señal. Su palabra, evidencia siempre presente de su divinidad, tenía un poder
convincente que alcanzó sus corazones. Cristo se apenó de que su propio pueblo,
al cual habían sido confiados los oráculos sagrados, no oyese la voz de Dios que
le hablaba por su Hijo. El
Deseado de todas las gentes, p. 168.
Así iba transcurriendo
el día, viéndolo y oyéndolo todo los discípulos de Juan. Por fin, Jesús los
llamó a sí y los invitó a ir y contar a Juan lo que habían presenciado,
añadiendo: "Bienaventurado es el que no fuere escandalizado en mí." La evidencia
de su divinidad se veía en su adaptación a las necesidades de la humanidad
doliente. Su gloria se revelaba en su condescendencia con nuestro bajo
estado. El
Deseado de todas las gentes, p. 188.
Pero Jesús les dio
entonces una evidencia de su divinidad revelando sus pensamientos secretos. El
Deseado de todas las gentes, p. 205.
Pero Pedro ya no
pensaba en los barcos ni en su carga. Este milagro, más que cualquier otro que
hubiese presenciado era para él una manifestación del poder divino. En Jesús vio
a Aquel que tenía sujeta toda la naturaleza bajo su dominio. La presencia de la
divinidad revelaba su propia falta de santidad. Le vencieron el amor a su
Maestro, la vergüenza por su propia incredulidad, la gratitud por la
condescendencia de Cristo, y sobre todo el sentimiento de su impureza frente a
la pureza infinita. Mientras sus compañeros estaban guardando el contenido de la
red, Pedro cayó a los pies del Salvador, exclamando: "Apártate de mí, Señor,
porque soy hombre pecador." El
Deseado de todas las gentes, pp. 212-213.
Si Jesús hubiese
pagado el tributo sin protesta, habría reconocido virtualmente la justicia del
pedido, y habría negado así su divinidad. Pero aunque consideró propio
satisfacer la demanda, negó la pretensión sobre la cual se basaba. Al proveer
para el pago del tributo, dio evidencia de su carácter divino. Quedó de
manifiesto que él era uno con Dios, y por lo tanto no se hallaba bajo tributo
como mero súbdito del Rey. El
Deseado de todas las gentes, p. 401.
Jesús dio a los
rabinos una evidencia de su divinidad, demostrándoles que leía su corazón. El
Deseado de todas las gentes, p. 420.
Al demorar en venir a
Lázaro, Jesús tenía un propósito de misericordia para con los que no le habían
recibido. Tardó, a fin de que al resucitar a Lázaro pudiese dar a su pueblo
obstinado e incrédulo, otra evidencia de que él era de veras "la resurrección y
la vida." Le costaba renunciar a toda esperanza con respecto a su pueblo, las
pobres y extraviadas ovejas de la casa de Israel. Su impenitencia le partía el
corazón. En su misericordia, se propuso darles una evidencia más de que era el
Restaurador, el único que podía sacar a luz la vida y la inmortalidad. Había de
ser una evidencia que los sacerdotes no podrían interpretar mal. Tal fue la
razón de su demora en ir a Betania. Este milagro culminante, la resurrección de
Lázaro, había de poner el sello de Dios sobre su obra y su pretensión a la
divinidad. El
Deseado de todas las gentes, p. 487.
Este gran milagro era
la evidencia máxima que ofrecía Dios a los hombres en prueba de que había
enviado su Hijo al mundo para salvarlo. Era una demostración del poder divino
que bastaba para convencer a toda mente dotada de razón y conciencia iluminada.
Muchos de los que presenciaron la resurrección de Lázaro fueron inducidos a
creer en Jesús. Pero el odio de los sacerdotes contra él se intensificó. Habían
rechazado todas las pruebas menores de su divinidad, y este nuevo milagro no
hizo sino enfurecerlos. El muerto había sido resucitado en plena luz del día y
ante una multitud de testigos. Ningún sofisma podía destruir tal evidencia. Por
esta misma razón, la enemistad de los sacerdotes se hacía más mortífera. Estaban
más determinados que nunca a detener la obra de Cristo. El
Deseado de todas las gentes, p. 495.
Pero mientras el
sentimiento popular se inclinaba a Jesús, el odio de los sacerdotes hacia él
aumentaba. La sabiduría por la cual había rehuido las trampas que le tendieran
era una nueva evidencia de su divinidad y añadía pábulo a su ira. El
Deseado de todas las gentes, p. 545.
Admirable había sido
la longanimidad de Jesús en su trato con esta alma tentada. Nada que pudiera hacerse para salvar a
Judas se había dejado de lado.
Después que se hubo comprometido dos veces a entregar a su Señor, Jesús
le dio todavía oportunidad de arrepentirse. Leyendo el propósito secreto del corazón
del traidor, Cristo dio a Judas la evidencia final y convincente de su
divinidad. Esto fue para el falso
discípulo el último llamamiento al arrepentimiento. El
Deseado de todas las gentes, p. 611.
Pero Judas no estaba
completamente empedernido. Aun
después de haberse comprometido dos veces a traicionar al Salvador, tuvo
oportunidad de arrepentirse. En
ocasión de la cena de Pascua, Jesús demostró su divinidad revelando el propósito
del traidor. Incluyó tiernamente a
Judas en el servicio hecho a los discípulos. Pero no fue oída su última súplica de
amor. Entonces el caso de Judas fue
decidido, y los pies que Jesús había lavado salieron para consumar la
traición. El
Deseado de todas las gentes, p. 667.
Los enemigos de Cristo
habían pedido un milagro como prueba de su divinidad. Tenían una prueba mayor que cualquiera
de las que buscasen. Así como su
crueldad degradaba a sus atormentadores por debajo de la humanidad a semejanza
de Satanás, así también la mansedumbre y paciencia de Jesús le exaltaban por
encima de la humanidad y probaban su relación con Dios. Su humillación era la garantía de su
exaltación. El
Deseado de todas las gentes, p. 683.
Los jueces judíos
habían recibido pruebas inequívocas de la divinidad de Aquel a quien condenaban
a muerte. Y según la luz que habían
recibido, serían juzgados. El
Deseado de todas las gentes, p. 686.
Cristo conocía la
misión que traían los mensajeros, y mediante una grandiosa demostración de su
poder les dio evidencias inconfundibles de su divinidad. Reflejemos a Jesús, p.
344.
La divinidad de Jesús
fue reconocida
"Y entrando en la
casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, le adoraron." Bajo el
humilde disfraz de Jesús, reconocieron la presencia de la divinidad. Le dieron
sus corazones como a su Salvador, y entonces sacaron sus presentes, "oro e
incienso y mirra." ¡Qué fe la suya!
El Deseado de odas las gentes, p.
45.
Los heraldos
celestiales provocaron la ira de la sinagoga de Satanás. El [Satanás] siguió los pasos de los
encargados del Niño Jesús. Oyó la
profecía de Simeón en el atrio del templo... "Ahora, Señor, despides a tu siervo en
paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación" (Lucas 2:29,
p. 30). Satanás se puso frenético
al verificar que el anciano Simeón reconocía la divinidad de Cristo. La
maravillosa gracia, p. 162
Jesús dijo: "Gloria de
los hombres no recibo." No deseaba la influencia ni la sanción del Sanedrín. No
podía recibir honor de su aprobación. Estaba investido con el honor y la
autoridad del cielo. Si lo hubiese Deseado, los ángeles habrían venido a
rendirle homenaje; el Padre habría testificado de nuevo acerca de su divinidad.
Pero para beneficio de ellos mismos, por causa de la nación cuyos dirigentes
eran, deseaba que los gobernantes judíos discerniesen su carácter y recibiesen
las bendiciones que había venido a traerles. El
Deseado de todas las gentes, p. 183.
La venida del Mesías
había sido anunciada primeramente en Judea. En el templo de Jerusalén, el
nacimiento del precursor había sido predicho a Zacarías mientras oficiaba ante
el altar. En las colinas de Belén, los ángeles habían proclamado el nacimiento
de Jesús. A Jerusalén habían acudido los magos a buscarle. En el templo, Simeón
y Ana habían atestiguado su divinidad.
Jerusalén y toda Judea habían escuchado la predicación de Juan el
Bautista; y tanto la diputación del Sanedrín como la muchedumbre habían oído su
testimonio acerca de Jesús. En Judea, Cristo había reclutado sus primeros
discípulos. Allí había transcurrido gran parte de los comienzos de su
ministerio. La manifestación de su divinidad en la purificación del templo, sus
milagros de sanidad y las lecciones de divina verdad que procedían de sus
labios, todo proclamaba lo que después de la curación del paralítico en Betesda
había declarado ante el Sanedrín: su filiación con el Eterno. El
Deseado de todas las gentes, p. 198.
El mismo
acontecimiento que destruyó las esperanzas de los discípulos convenció a José y
a Nicodemo de la divinidad de Jesús.
Sus temores fueron vencidos por el valor de una fe firme e
inquebrantable. El
Deseado de todas las gentes, pp. 719, p. 721.
Revistió su divinidad
con humanidad
Es importante que cada
uno de nosotros estudie para saber la razón de la vida de Cristo como ser
humano, y lo que significa para nosotros, por qué el Hijo de Dios dejó los
atrios celestiales, por qué descendió de su puesto como Comandante de los
ángeles celestiales, que iban y venían a sus órdenes, por qué revistió su
divinidad con humanidad, y con mansedumbre y humildad vino al mundo como nuestro
Redentor (Youth’s Instructor, p. 21-01-1897). A
fin de conocerle, p. 38.
Mira a Jesús, la
Majestad del cielo. ¿Qué contemplas en la historia de su vida? Su divinidad revestida con la humanidad,
toda una vida de continua humildad, la realización de un acto de condescendencia
tras otro, una trayectoria de continuo descenso de las cortes celestiales a un
mundo todo marchitado y malogrado con la maldición, un mundo indigno de su
presencia, en el que descendió más y más, tomando la forma de un siervo, para
ser despreciado y desechado de los hombres, obligado a huir de lugar en lugar
para salvar su vida y, al fin, traicionado, rechazado, crucificado. Luego, como pecadores por quienes sufrió
Jesús más de lo que los mortales pueden describir, ¿rehusaremos humillar nuestra
orgullosa voluntad? (Carta 36, p. 1892).
A fin de conocerle, p.
58.
¿Pero no depuso
nuestro Maestro su ropaje real, su corona de gloria? ¿No cubrió su divinidad con
humanidad, y vino a nuestro mundo a morir en sacrificio por el hombre? ¿Por qué
no hablamos de esto? ¿Por qué no nos espaciamos en su amor incomparable? (Review and Herald, p. 11-02-1890). A
fin de conocerle, p. 276.
Cristo asumió la
humanidad a un costo infinito mediante un proceso penoso y misterioso tanto para
los ángeles como para los hombres.
Ocultando su divinidad y dejando a un lado su gloria, nació como un niño
de Belén. En carne humana vivió la
Ley de Dios, a fin de condenar el pecado en la carne, y confirmar ante las
inteligencias celestiales que la ley fue establecida para proporcionar vida y
asegurar la felicidad, la paz y el bien eterno de todos los que obedecen… Alza
tus ojos, p. 88.
Aunque ocultó su
divinidad bajo el manto de la humanidad, era el poderoso Abogado, el Príncipe de
Paz. Su vida estaba llena de
compasión y amor, bondad, amabilidad y benevolencia. Reveló la ciencia de la vida eterna; la
ciencia que debemos incluir en todos nuestros esfuerzos (Manuscrito 83, del 20
de agosto de 1904, "Revelemos a Cristo ante el mundo"). Alza
tus ojos, p. 244.
Contemplen a Jesús, el
Salvador. Mediten en su humillación. Era el comandante de las huestes
celestiales, pero depuso su corona y su mano real, y revistió su divinidad con
humanidad, para que la humanidad se pusiera en contacto con la humanidad, y la
divinidad se aferrara de la divinidad. Por causa del hombre caído, se
humilló. Cada
día con Dios, p. 298.
El Señor Jesús asumió
la forma del hombre pecador, y revistió su divinidad con humanidad. Pero era santo, tal como Dios es
santo. Si no hubiera sido sin
mancha de pecado, no podría haber sido el Salvador de la humanidad. Era el Portador del pecado; no
necesitaba expiación. Puesto que
era uno con Dios en pureza y santidad de carácter, podía presentarse como
propiciación por los pecados de todo el mundo. Cada
día con Dios, p. 357.
El Señor Jesús puso a
un lado su corona real, abandonó su puesto de alto mando, revistió su divinidad
con humanidad a fin de que por medio de la humanidad pudiera elevar a la raza
humana. De tal modo apreció las posibilidades de la raza humana, que se
convirtió en el sustituto y seguridad del hombre. Coloca sus propios méritos sobre el
hombre y así lo eleva en la escala de valor moral con Dios. Dios
nos cuida, p. 136.
El Señor Jesús asumió
la forma del hombre pecador, y revistió su divinidad con humanidad. Pero era santo, tal como Dios es
santo. Si no hubiera sido sin
mancha de pecado, no podría haber sido el Salvador de la humanidad. Era el Portador del pecado; no
necesitaba expiación. Puesto que
era uno con Dios en pureza y santidad de carácter, podía presentarse como
propiciación por los pecados de todo el mundo. Dios
nos cuida, p. 281.
Luego recordamos a
Jesús que vino a nuestro mundo con sus benditos propósitos de amor, que se
despojó a sí mismo de su ropaje real y su corona, que descendió del trono regio,
que vistió su divinidad con humanidad y vino a nuestro mundo para transformarse
en varón de dolores, experimentado en quebrantos. En
los lugares celestiales, p. 40.
Jesús, nuestro
Sustituto, aceptó cargar por el hombre con la penalidad de la ley
transgredida. Cubrió su divinidad
con humanidad y de ese modo llegó a ser el Hijo del Hombre, un Salvador y
Redentor. Fe y
obras, pp. 29-30.
Jesús dejó los atrios
celestiales y depuso su propia gloria, y revistió su divinidad con humanidad
para que pudiese entrar en estrecho contacto con la humanidad, y por precepto y
ejemplo pudiese elevar y ennoblecer la humanidad y restaurar en el alma humana
la imagen perdida de Dios. La
temperancia, pp. 36-37.
Jesús era la majestad
del cielo, el amado comandante de los ángeles, quienes se complacían en hacer la
voluntad de él. Era uno con Dios "en el seno del Padre" (Juan 1: 18), y sin
embargo no pensó que era algo deseable ser igual a Dios mientras el hombre
estuviera perdido en el pecado y la desgracia. Descendió de su trono, dejó la
corona y el cetro reales, y revistió su divinidad con humanidad. Se humilló a sí
mismo hasta la muerte de cruz para que el hombre pudiera ser exaltado a un
sitial con Cristo en su trono. Mensajes selectos, tomo 1, pp.
377-378.
Jesús. . . caminó una
vez como hombre sobre la tierra, su divinidad vestida de humanidad, como un
hombre sufriente, tentado, acosado por los engaños de Satanás. . . Ahora El está
a la diestra de Dios; está en el cielo como nuestro abogado, intercediendo por
nosotros. Reflejemos a Jesús, p.
101.
Su naturaleza
divino-humana
¿Fue la naturaleza
humana del hijo de María transformada en la naturaleza divina del Hijo de
Dios? No, ambas naturalezas fueron
misteriosamente fusionadas en una sola persona: el Hombre Cristo Jesús. En El moraba toda la plenitud de la
Divinidad corporalmente. Cuando
Cristo fue crucificado, fue su naturaleza humana la que murió. La Deidad no se debilitó ni murió; eso
habría sido imposible. Cristo, el Inmaculado, salvará a cada hijo e hija de Adán
que acepte la salvación ofrecida, y que consiente en ser hijo de Dios. Alza
tus ojos, p. 258.
La humanidad de Cristo
estaba unida con la divinidad. Fue
hecho idóneo para el conflicto mediante la permanencia del Espíritu Santo en
él. Y él vino para hacernos
participantes de la naturaleza divina.
Mientras estemos unidos con él por la fe, el pecado no tendrá dominio
sobre nosotros. Dios extiende su
mano para alcanzar la mano de nuestra fe y dirigirla a asirse de la divinidad de
Cristo, a fin de que nuestro carácter pueda alcanzar la perfección. Consejos sobre el régimen alimenticio,
p. 180.
El Salvador anhelaba
profundamente que sus discípulos comprendiesen con qué propósito su divinidad se
había unido a la humanidad. Vino al
mundo para revelar la gloria de Dios, a fin de que el hombre pudiese ser elevado
por su poder restaurador. Dios se
manifestó en él a fin de que pudiese manifestarse en ellos. Jesús no reveló
cualidades ni ejerció facultades que los hombres no pudieran tener por la fe en
él. Su perfecta humanidad es lo que
todos sus seguidores pueden poseer si quieren vivir sometidos a Dios como él
vivió. El
Deseado de todas las gentes, pp. 619-620.
Al contemplar la
encarnación de Cristo en la humanidad, quedamos atónitos frente a un misterio
insondable que la mente humana no puede comprender. Mientras más reflexionamos
acerca de él, más extraordinario nos parece. ¡Cuán vasto es el contraste entre
la divinidad de Cristo y el impotente bebecito del pesebre de Belén! ¿Cómo se
puede medir la diferencia que hay entre el Dios todopoderoso y un niño
impotente? Sin embargo el Creador de los mundos, Aquel en quien moraba la
plenitud de la Deidad corporalmente, se manifestó en el desvalido bebé del
pesebre. ¡Incomparablemente más elevado que todos los ángeles, igual al Padre en
dignidad y gloria, y sin embargo vestido con la ropa de la humanidad! La
divinidad y la humanidad se hallaban combinadas misteriosamente, y el hombre y
Dios fueron uno solo. En esta unión es donde encontramos la esperanza de la raza
caída. Signs of the Times, p. 30 de
Julio, p. 1896. Exaltad a Jesús, p.
69.
La divinidad y la
humanidad se reunieron en Cristo: el Creador y la criatura. La naturaleza de
Dios, cuya ley había sido transgredida, y la de Adán, el transgresor, se
conjugaron en Jesús: el Hijo de Dios e Hijo del Hombre. Exaltad a Jesús, p.
339.
En Jesús la divinidad
y la humanidad se unieron, y la única forma por la cual el hombre puede ser
vencedor es convirtiéndose en participante de la naturaleza divina... La divinidad y la humanidad se combinan
en el que tiene el espíritu de Cristo.
Hijos e hijas de Dios, p.
26.
La unión de lo divino
y lo humano que se manifestó en Cristo existe también en la Biblia. Las verdades reveladas son todas
inspiradas divinamente; pero están expresadas en las palabras de los hombres y
se adaptan a las necesidades humanas.
Así puede decirse del Libro de Dios, como fue dicho de Cristo, que "aquel
Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros." (Juan 1:14.) Este hecho, lejos
de ser un argumento contra la Biblia, debe fortalecer la fe en ella como palabra
de Dios. Los que se pronuncian
sobre la inspiración de las Escrituras, aceptando ciertas porciones mientras que
rechazan otras partes como humanas, pasan por alto el hecho de que Cristo, el
divino, participó de nuestra naturaleza humana a fin de que pudiese alcanzar a
la humanidad. En la obra de Dios
por la redención del hombre se combinan la divinidad y la humanidad. Joyas de los testimonios, tomo 2, p.
345.
No había hombre en la
tierra ni ángel en el cielo que pudiera haber pagado el castigo de los pecados.
Jesús era el único que podía salvar al hombre rebelde. En él se combinaban la
divinidad y la humanidad, y eso fue lo que dio eficiencia a la ofrenda en la
cruz del Calvario. La misericordia y la verdad se encontraron en la cruz, la
justicia y la paz se besaron. Mensajes selectos, tomo 1, p.
379.
El Redentor del mundo
revistió su divinidad con humanidad para que pudiera alcanzar a la humanidad,
pues se necesitó de lo divino y de lo humano para traer la salvación al mundo,
necesaria por la caída del hombre. La divinidad necesitaba de la humanidad para
que la humanidad proporcionara un canal de comunicación entre Dios y el hombre.
El hombre necesita un poder exterior y superior a él para que lo restaure a la
semejanza de Dios. Mensajes selectos, tomo 1, pp.
440-441.
La divinidad y la
humanidad estaban combinadas en Cristo. La divinidad no se degradó hasta la
humanidad. La divinidad mantuvo su lugar, pero la humanidad, estando unida con
la divinidad, resistió la más tremenda prueba de la tentación en el desierto. El
príncipe de este mundo vino a Cristo después de su largo ayuno, cuando estaba
hambriento, y le sugirió que ordenara que las piedras se convirtieran en pan.
Pero el plan de Dios, ideado para la salvación del hombre, disponía que Cristo
conociera el hambre y la pobreza, y cada aspecto de la experiencia del hombre.
Resistió a la tentación mediante el poder que puede tener el hombre. Se aferró
del trono de Dios, y no hay un hombre o mujer que no pueda tener acceso a la
misma ayuda mediante la fe en Dios. El hombre puede llegar a ser participante de
la naturaleza divina. No vive una sola alma que no pueda pedir la ayuda del
cielo en la tentación y la prueba. Cristo vino para revelar la fuente de su
poder a fin de que el hombre nunca necesitara depender de sus capacidades
humanas desvalidas. Mensajes selectos, tomo 1, p.
478.
Jesús rodeó a la raza
[humana] con su humanidad, y unió la divinidad con la humanidad; así se le
comunicó al ser humano poder moral por medio de los méritos de Jesús. Los que
llevan su nombre deben santificarse a sí mismos por su gracia, para poder
ejercer una influencia santificadora sobre todos aquellos con quienes se asocian
(Review and Herald, p. 1 de marzo de
1892). Mensajes selectos, tomo 3, p.
225.
Jesús cargó sobre sí
la vergüenza y la humillación que le correspondía sufrir a los pecadores. El es la Majestad del cielo, el Rey de
gloria, e igual al Padre. Sin
embargo, al vestir su divinidad con la humanidad, su humanidad pudo tocar a la
humanidad y su divinidad pudo asirse de la divinidad. Si hubiera venido como un ángel, no
podría haber participado de nuestros sufrimientos, tampoco podría haber sido
tentado en todo como nosotros, ni haber sentido nuestras tristezas. En cambio, al venir vestido de la
humanidad, como seguro sustituto del hombre, estuvo en condiciones de vencer, en
nuestro lugar, al príncipe de las tinieblas, para que podamos ser victoriosos
gracias a sus méritos. Recibiréis poder, p.
73.
Su divinidad fulguró a
través de la humanidad
La divinidad de Cristo
era un tesoro escondido. Mientras
estuvo en la tierra, a veces la divinidad fulguraba a través de la humanidad y
se revelaba su verdadero carácter.
El Dios del cielo testificó de su unidad con su Hijo. A
fin de conocerle, p. 60.
"¿Por qué me
buscabais? –contestó Jesús– ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me
conviene estar?" Y como no parecían comprender sus palabras, él señaló hacia
arriba. En su rostro había una luz que los admiraba. La divinidad fulguraba a
través de la humanidad. Al hallarle en el templo, habían escuchado lo que
sucedía entre él y los rabinos, y se habían asombrado de sus preguntas y
respuestas. Sus palabras despertaron en ellos pensamientos que nunca habrían de
olvidarse. El
Deseado de todas las gentes, p. 60.
Satanás había puesto
en duda que Jesús fuese el Hijo de Dios. En su sumaria despedida tuvo una prueba
que no podía contradecir. La divinidad fulguró a través de la humanidad
doliente. Satanás no tuvo poder para resistir la orden. Retorciéndose de
humillación e ira, se vio obligado a retirarse de la presencia del Redentor del
mundo. La victoria de Cristo fue tan completa como lo había sido el fracaso de
Adán. El
Deseado de todas las gentes, p. 104.
"Y habiendo dicho
estas cosas, clamó a gran voz: Lázaro, ven fuera. "Su voz, clara y penetrante, entra en
los oídos del muerto. La divinidad fulgura a través de la humanidad. En su
rostro, iluminado por la gloria de Dios, la gente ve la seguridad de su poder.
Cada ojo está fijo en la entrada de la cueva. Cada oído está atento al menor
sonido. Con interés intenso y doloroso, aguardan todos la prueba de la divinidad
de Cristo, la evidencia que ha de comprobar su aserto de que es Hijo de Dios, o
extinguir esa esperanza para siempre.
El Deseado de todas las gentes, p.
493.
De nuevo la mirada
penetrante de Jesús recorrió los profanados atrios del templo. Todos los ojos se
fijaron en él. Los sacerdotes y gobernantes, los fariseos y gentiles, miraron
con asombro y temor reverente al que estaba delante de ellos con la majestad del
Rey del cielo. La divinidad fulguraba a través de la humanidad, invistiendo a
Cristo con una dignidad y gloria que nunca antes había manifestado. El
Deseado de todas las gentes, pp. 541-542.
Con cuánto poder y
firmeza pronunció estas palabras. Los judíos jamás habían escuchado palabras
semejantes de labios humanos, y una influencia persuasiva se apoderó de ellos;
porque pareció que la divinidad fulguró a través de la humanidad cuando Jesús
dijo: "Yo y el Padre una sola cosa somos"... Jesús los miró con calma y les dijo
intrépidamente. "Muchas buenas obras os he mostrado de mi Padre; ¿por cuál de
ellas me apedreáis?" Exaltad a Jesús, p.
220.
Sin advertirlo, habían
pronunciado su propia sentencia. Jesús los contempló, y bajo su escudriñadora
mirada ellos supieron que leía los secretos de su corazón. Su divinidad irradió delante de ellos
con poder inconfundible. Vieron en
los labradores el propio retrato de sí mismos, e involuntariamente exclamaron:
"¡Dios nos libre!" Palabras de vida del Gran Maestro, p.
237.
La preexistencia de
Cristo
La Biblia contiene un
sistema sencillo y completo de teología y filosofía. Es el libro que nos hace
sabios para salvación. Nos indica cómo alcanzar las moradas de felicidad eterna.
Nos habla del amor de Dios revelado en el plan de la redención, e imparte el
conocimiento esencial para todos: el conocimiento de Cristo. El es el Enviado de Dios; es el Autor de
nuestra salvación. Pero si no fuera
por la Palabra de Dios, no tendríamos ningún conocimiento acerca de que una
persona llamada el Señor Jesús jamás visitara nuestro mundo, ni tampoco ningún
conocimiento de su divinidad, como lo indica su existencia previa con el
Padre. Exaltad a Jesús, p.
124.
La humillación del
hombre Cristo Jesús es incomprensible para la mente humana, pero su divinidad y
su existencia antes de que el mundo fuera formado nunca pueden ser puestas en
duda por los que creen en la Palabra de Dios. El apóstol Pablo habla de nuestro
Mediador, el unigénito Hijo de Dios, el cual en un estado de gloria era en la
forma de Dios, el Comandante de todas las huestes celestiales, y quien, cuando
revistió su divinidad con humanidad, tomó sobre sí la forma de siervo. Mensajes selectos, tomo 1, p.
285.
No deis demasiado
realce a los rasgos del mensaje que condenan las costumbres y prácticas de la
gente, antes de que ésta haya tenido oportunidad de saber que creemos en Cristo,
en su divinidad y en su preexistencia.
Obreros evangélicos, p.
420.

Elena G. de
White
Recopilación
realizada por
Centro de
investigaciones White
Universidad
Adv. del Plata
Compilación:
Rolando D. Chuquimia
RECURSOS
ESCUELA SABÁTICA ©