Lección
10
(3 al 10 de Marzo de
2007)
“Todo lo
que te viniere a la mano
para hacer”
Rubén
Aguilar
La división de los libros
de la Biblia en
capítulos fue obra de Esteban Langton, un clérigo francés y renombrado profesor
en la célebre Universidad de París por los años 1210. Por la utilidad en lo que
se refiere al estudio de la
Biblia, porque esa tarea cumplió con el objetivo hacia el cual
se había destinado, y porque –según la opinión generalizada– esa tarea había
alcanzado un determinado grado de perfección, esa obra fue merecedora de
considerables alabanzas. Sin embargo, ese trabajo deja entrever algunas
dificultades para el estudio de la Biblia por capítulos. Un ejemplo de
tal dificultad lo encontramos al estudiar el capítulo 9 de Eclesiastés, por la
diversidad de asuntos tratados, y por la inserción de versículos que
corresponderían a capítulos anexos. Aún así, en este capítulo se vislumbra el
tema de la justificación por la fe, aunque un una visión
panorámica.
La relación Dios-hombre
puede ser considerada teológicamente mediante la aplicación de dos cualidades:
la suficiencia y la eficiencia. La parte de Dios, desde la creación hasta la
redención, es una actividad plena, suficiente, para el cumplimiento del
propósito divino en relación al hombre. La eficiencia, es decir, la cualidad que
hace que se produzca el efecto esperado, es la parte determinada por la
actividad humana. En el caso especifico del ministerio de Cristo, el sacrificio
en la cruz es suficiente para operar la redención del hombre. No hay nada más
que se pueda realizar a favor de alguien para que esa función se cumpla. Pero si
el hombre no acepta ese sacrificio compensatorio y no vive obedeciendo las
implicancias de esa aceptación, hace ineficaz la cruz de Cristo, anula así los
méritos adquiridos.
En un esfuerzo de
presentar sus ideas por medio de palabras, el rey Salomón esboza en el capítulo
9, a
través de trazos generales, con líneas un tanto tenues, pero susceptibles de
desarrollar, la figura doctrinaria de la justicia de Dios. Él afirma que, por
ser un atributo inherente a su naturaleza, toda la Divinidad controla la existencia
del universo y de la vida, y que las obras de los hombres están “en la mano de
Dios”. Esta afirmación caracteriza la suficiencia de la acción divina para
llevar a cabo el acto de la salvación humana.
No hay otra cosa que
hacer, ni alternativa para presentar. Ante esa realidad, hay un único destino
final para la vida terrenal del hombre y que es imposible de eludir: la muerte.
Para que la obra redentora de Dios tenga el sello de la eficiencia, es necesaria
una actuación humana. Entonces, el rey Salomón apela al entendimiento de sus
oyentes, o lectores, estimulándolos a una expresión verbal casi personal, al
actuar por fe: “Todo cuanto te viniere a la mano para hacer”, sea hecho con
dedicación y esmero. Este llamado está basado en el argumento que expone una
causa racional, el momento de la propia existencia, porque “ahora es el día de
la salvación”.
En las manos de
Dios
El versículo 2 del
capítulo 9 de Eclesiastés es una proyección ideológica del sentido negativista
expresado por el autor en el versículo anterior, en relación al nivel cognitivo
al cual el hombre puede acceder en relación al futuro. Salomón afirma: “el
hombre nada sabe del amor o del odio…” (Eclesiastés 9:1). Esta sentencia está
anexada a la anterior: “los justos, los sabios y sus obras, están en la mano de
Dios”, con la cual conforman una estructura de sentido dependiente, pero
separadas funcionalmente.
Al analizar la estructura
de esas frases, verificamos que el sentido de la primera depende del de la
segunda. Esta relación lleva al lector a interpretar que la ignorancia del ser
humano en relación a su futuro lo hace dependiente del poder sobrenatural. El
hombre, que desconoce incluso la profundidad de sus propios sentimientos, tales
como el amor o el odio, no está en condiciones seguras de siquiera tantear en
los lugares de este mundo. Ni los justos ni los sabios están libres de la
imposición natural que los caracteriza en su estado. Sin embargo, el autor
enciende para ellos la llama de las promesas divinas y les ilumina la vida con
la luz de la esperanza, afirmando que están protegidos por “la mano de Dios”. No
están inmunes a las adversidades de esta vida, sino que están fortalecidos para
resistirlas.
La ilación de las frases
salomónicas, que destacamos en los párrafos anteriores, permite también llega a
una interpretación funcional atribuida a los sujetos, gramaticalmente hablando,
involucrados: Dios y el hombre. Por las limitaciones de su propia naturaleza, y
todavía afectado como consecuencia de la transgresión, el hombre vive en el
desconocimiento de su vida futura. Eso no significa que su existencia no tenga
sentido o propósito final hacia el cual pueda llegar. Al afirma que la vida y
las obras de los justos y sabios están “en la mano de Dios”, el autor reconoce
que esas vidas siguen un destino cuya propuesta es atribuida funcionalmente a
la Divinidad.
Esa interpretación no establece ninguna base para el dogma de
la predestinación. Es, antes que nada, una manifestación del determinismo, o
plan de existencia para la naturaleza creada propuesto por
Dios.
La creación obedece al
plan establecido por Dios. Ese plan no determina únicamente la existencia de los
seres creados. Más que eso, determina todo su accionar. Por eso, el profeta
revela en sus escritos cuál es la acción divina: “Ciertamente se hará como he
pensado, y será confirmado como determiné” (Isaías 14:24). Esta declaración es
complementada con la advertencia: “Mis planes se cumplirán, y hago todo lo que
deseo” (Isaías 46:10). Esta versión profética identifica la suficiencia del plan
divino, pero –para que éste sea efectivo– es necesario que el hombre siga el
consejo divino y obedezca a la voluntad divina. Así, estará en “la mano de Dios”
hasta la eternidad.
¿Un único
destino?
La palabra destino es un sustantivo difícil de
definir. En el mundo físico, esta palabra puede identificar las reacciones
provocadas por un estímulo, en la relación causa-efecto, y en virtud de la
aplicación de las inflexibles leyes naturales. Como ejemplo podemos citar el destino de un objeto lanzado al espacio.
En el campo de la
Teología, tratando específicamente la existencia humana, la
noción de esta expresión está restringida, pues su significado sobrepasa los
límites de la realidad presente y se proyecta hacia un futuro indefinible,
desconocido para cualquier mente humana. Un significado, bíblicamente
equivocado, que se le atribuye a esta palabra está dado al relacionarlo con la
predestinación, al que se le adjudica la posibilidad de otorgarle a cada persona
anticipadamente un destino. Eso
significaría que la vida de cada persona ya fue programada para seguir
indefectiblemente un designio divino, sin oportunidad alguna de poder cambiarlo,
anulando así la capacidad del hombre de su propia decisión, o libre
albedrío.
En el contexto bíblico, el
destino o la predestinación, como aparece en ciertas traducciones, tiene otras
connotaciones. Esta palabra es una traducción del vocablo griego protesis, que aparece traducido, por
ejemplo, en la versión Reina-Valera 2000, en la expresión “habiendo sido
predestinados conforme al plan del que hace todo según el propósito de su
voluntad” (Efesios 1:11). Protesis hace referencia al plan divino establecido
para la naturaleza creada; pero de manera específica, con relación al hombre,
indica la intencionalidad del Creador hacia su salvación. Otro vocablo que
encontramos en los originales griegos que es traducido como predestinación, es
la expresión prognosis. El uso de
este vocablo se da, por ejemplo, en la frase “Porque a los que de antemano
conoció, también los predestinó a que fuesen modelados a la imagen de su Hijo…”
(Romanos 8:29, RVR 2000). El sentido más adecuado de la expresión griega prognosis es el de poseer conocimiento
previo de las personas y eventos. Ese es un atributo divino, que se destaca en
su intencionalidad de la salvación, únicamente para quien acepta su llamado. De
este modo, no hay un único destino para todos, pues el fin será para recompensa
de algunos, y sentencia condenatoria para otros.
Al afirmar que “todo
acontece de la misma manera a todos…” (Eclesiastés 9:2), Salomón está apuntando
a la muerte como único destino común para todos. Esta afirmación es un recurso
de la argumentación básica para la exposición de lo que sigue, puesto que el
autor desea despertar la mente de sus lectores hacia la realidad de la vida.
Cuando el hombre todavía disfruta del excelso don de la existencia, puede
escuchar, aceptar, y seguir el destino, el protesis dispuesto por Dios, para
obtener la salvación. Los muertos están desprovistos de este privilegio de
consecuencias eternas. Están inertes como la materia inorgánica, “nada saben, ni
tienen más paga” (Eclesiastés 9:5).
Salomón caracteriza el
estado de los muertos utilizando el término refa’im, para referirse esa condición.
Esta expresión tiene el sentido de “espectro”, “sin acción”, “sin pensamiento”,
“lánguido”, y caracteriza a un ser sumergido en la inercia de las tinieblas. En
sentido contrario, la vida es una condición en la que es posible pensar, actuar,
luchar. El célebre autor latino Cicerón, evocaba su ambición futura expresando
lo siguiente: Dum anima est, spes esse
dicitur, cuya traducción sería: “Se dice que hay esperanza mientras haya
vida”.
Ahora es el día de la
salvación
La justificación por la fe
es una experiencia que puede ser resumida en tres etapas: justificación,
santificación y glorificación. El sacrificio de Cristo es de tal magnitud que su
calificativo es de suficiencia plena para posibilitar la ejecución del plan
redentor. Sin embargo, la eficiencia de ese sacrificio es de competencia de la
persona humana, al aceptar y seguir una vida consecuente con dicho
plan.
El rey Salomón inserta en
su alocución el efecto de la aceptación humana al plan redentor establecido por
el Creador: “porque es ahora cuando Dios favorece lo que haces…” (Eclesiastés
9:7). Eso significa que Dios ya ha justificado al hombre consciente y sabio, y
manifiesta su grado y hay alegría en los cielos (Lucas 15:10). El paso siguiente
en este proceso es el de alcanzar los ideales de la santificación. Es el nivel
en el cual la acción humana hace eficaz el sacrificio de Cristo. Y el
“Predicador” estimula a sus oyentes o lectores a la construcción de una
personalidad con ambiciones eternas, reflejadas en la calidad de sus actos. Con
este propósito en mente, afirma: “Todo cuanto te viniere a la mano para hacer,
hazlo con toda tu fuerza…” (Eclesiastés 9:10).
Con estas palabras,
Salomón pretende inspirar en la mente de cada persona una reflexión sobre la
calidad de sus acciones. Es conciso, pero su deseo es de una gran magnitud. Es
imperativo, pero prudente, al considerar las capacidades personales. Eleva la
situación hacia un grado de solemnidad, pero promueve un acceso con vestigios de
simplicidad. Finalmente, desea que las personas cumplan sus responsabilidades
con la mayor eficiencia posible, utilizando todas sus fuerzas, es decir, todo su
poder, todo su talento. La razón para tal advertencia, con un claro sentimiento
de ansiedad, no puede ser otra que verla con los ojos de la realidad, que la
oportunidad para hacerlo es ahora: “Ahora es el día de la salvación…” “…porque
en el sepulcro adonde vas, no hay obra, ni planes, ni ciencia, ni
sabiduría”.
En este deseo de inspirar
el proceso de la santificación en sus oyentes, el “Predicador” inicia una leve
lista de actitudes ejemplares que deben ser practicadas; lo hace con su estilo
retórico, en forma de proverbios. “Come tu pan con gozo” (Eclesiastés 9:7) es
una advertencia al trabajo llevado a cabo con esmero y honestidad, pues no hay
mayor satisfacción o gozo que disfrutar una obra bien realizada. “En todo tiempo
sean blancos tus vestidos” (Eclesiastés 9:8) es una alusión al hecho de que,
desde la transgresión de Adán, la desnudez es una representación de la
pecaminosidad que puede ser cubierta con una vestidura que representa el
carácter. En el proceso de la justificación, la ropa que el justo usa son las
vestiduras puras de la justicia de Cristo. La exhortación del “Predicador” es la
de vivir en una vida de comunión con el Creador, siguiendo el ejemplo de las
enseñanzas del Maestro.
Dice además el
“Predicador”: “Disfruta de la vida con la esposa que amas” (Eclesiastés 9:9).
Salomón aconseja mantener la fidelidad conyugal con una única persona, con la
cual reparte las bendiciones del matrimonio. Este consejo no se limita
simplemente a establecer una actitud práctica. Más que eso, tiene un simbolismo
espiritual. En la
Biblia hebrea, la palabra utilizada para referirse al
matrimonio es la misma utilizada para evocar el pacto entre Dios y el hombre: berith. El uso de este término en la
relación Dios-hombre requiere, por parte de los contrayentes, la manifestación
de la virtud de la fidelidad, en su más amplio sentido. De este modo, la
fidelidad conyugal no es solamente la expresión de una cualidad personal humana,
sino que también es el reflejo de la fidelidad del hombre hacia su
Creador.
En su visión de la
eternidad, Salomón exclama que “…no siempre la carrera es de los ligeros, ni de
los fuertes la guerra, ni de los sabios el pan, ni de los prudentes la riqueza,
ni de los elocuentes el favor…” (Eclesiastés 9:11), sino para todos los que
practican el bien y son justos y sabios a los ojos de Dios; pues “…mejor es la
sabiduría que la fuerza” (Eclesiastés 9:16) para lograr alcanzar la eternidad.