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Asunto:[EscuelaSabatica] Comentario CPB - 10
Fecha:Martes, 6 de Marzo, 2007  13:37:45 (-0300)
Autor:RDCh <rdchuquimia @..........ar>

Comentario de la Leccion 10 "Todo lo que te viniera a la mano para hacer" de la Escuela Sabatica de Adultos (Primer Trimestre de 2007) correspondiente al sabado 10 de Marzo.
 
Material elaborado por Ruben Aguilar, quien se desempeña actualmente como profesor la UNASP (Universidad Adventista de San Pablo. Este comentario integra la edicion electronica del folleto de Escuela Sabatica de la Casa Publicadora Brasileira (CPB) en lengua portuguesa. 
 
Este material puede ser descargado en distintos formatos desde estos enlaces:
 
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Lección 10

(3 al 10 de Marzo de 2007)

 

“Todo lo que te viniere a la mano para hacer”

 

Rubén Aguilar

 

 

La división de los libros de la Biblia en capítulos fue obra de Esteban Langton, un clérigo francés y renombrado profesor en la célebre Universidad de París por los años 1210. Por la utilidad en lo que se refiere al estudio de la Biblia, porque esa tarea cumplió con el objetivo hacia el cual se había destinado, y porque –según la opinión generalizada– esa tarea había alcanzado un determinado grado de perfección, esa obra fue merecedora de considerables alabanzas. Sin embargo, ese trabajo deja entrever algunas dificultades para el estudio de la Biblia por capítulos. Un ejemplo de tal dificultad lo encontramos al estudiar el capítulo 9 de Eclesiastés, por la diversidad de asuntos tratados, y por la inserción de versículos que corresponderían a capítulos anexos. Aún así, en este capítulo se vislumbra el tema de la justificación por la fe, aunque un una visión panorámica.

 

La relación Dios-hombre puede ser considerada teológicamente mediante la aplicación de dos cualidades: la suficiencia y la eficiencia. La parte de Dios, desde la creación hasta la redención, es una actividad plena, suficiente, para el cumplimiento del propósito divino en relación al hombre. La eficiencia, es decir, la cualidad que hace que se produzca el efecto esperado, es la parte determinada por la actividad humana. En el caso especifico del ministerio de Cristo, el sacrificio en la cruz es suficiente para operar la redención del hombre. No hay nada más que se pueda realizar a favor de alguien para que esa función se cumpla. Pero si el hombre no acepta ese sacrificio compensatorio y no vive obedeciendo las implicancias de esa aceptación, hace ineficaz la cruz de Cristo, anula así los méritos adquiridos.

 

En un esfuerzo de presentar sus ideas por medio de palabras, el rey Salomón esboza en el capítulo 9, a través de trazos generales, con líneas un tanto tenues, pero susceptibles de desarrollar, la figura doctrinaria de la justicia de Dios. Él afirma que, por ser un atributo inherente a su naturaleza, toda la Divinidad controla la existencia del universo y de la vida, y que las obras de los hombres están “en la mano de Dios”. Esta afirmación caracteriza la suficiencia de la acción divina para llevar a cabo el acto de la salvación humana.

 

No hay otra cosa que hacer, ni alternativa para presentar. Ante esa realidad, hay un único destino final para la vida terrenal del hombre y que es imposible de eludir: la muerte. Para que la obra redentora de Dios tenga el sello de la eficiencia, es necesaria una actuación humana. Entonces, el rey Salomón apela al entendimiento de sus oyentes, o lectores, estimulándolos a una expresión verbal casi personal, al actuar por fe: “Todo cuanto te viniere a la mano para hacer”, sea hecho con dedicación y esmero. Este llamado está basado en el argumento que expone una causa racional, el momento de la propia existencia, porque “ahora es el día de la salvación”.

 

 

En las manos de Dios

 

El versículo 2 del capítulo 9 de Eclesiastés es una proyección ideológica del sentido negativista expresado por el autor en el versículo anterior, en relación al nivel cognitivo al cual el hombre puede acceder en relación al futuro. Salomón afirma: “el hombre nada sabe del amor o del odio…” (Eclesiastés 9:1). Esta sentencia está anexada a la anterior: “los justos, los sabios y sus obras, están en la mano de Dios”, con la cual conforman una estructura de sentido dependiente, pero separadas funcionalmente.

 

Al analizar la estructura de esas frases, verificamos que el sentido de la primera depende del de la segunda. Esta relación lleva al lector a interpretar que la ignorancia del ser humano en relación a su futuro lo hace dependiente del poder sobrenatural. El hombre, que desconoce incluso la profundidad de sus propios sentimientos, tales como el amor o el odio, no está en condiciones seguras de siquiera tantear en los lugares de este mundo. Ni los justos ni los sabios están libres de la imposición natural que los caracteriza en su estado. Sin embargo, el autor enciende para ellos la llama de las promesas divinas y les ilumina la vida con la luz de la esperanza, afirmando que están protegidos por “la mano de Dios”. No están inmunes a las adversidades de esta vida, sino que están fortalecidos para resistirlas.

 

La ilación de las frases salomónicas, que destacamos en los párrafos anteriores, permite también llega a una interpretación funcional atribuida a los sujetos, gramaticalmente hablando, involucrados: Dios y el hombre. Por las limitaciones de su propia naturaleza, y todavía afectado como consecuencia de la transgresión, el hombre vive en el desconocimiento de su vida futura. Eso no significa que su existencia no tenga sentido o propósito final hacia el cual pueda llegar. Al afirma que la vida y las obras de los justos y sabios están “en la mano de Dios”, el autor reconoce que esas vidas siguen un destino cuya propuesta es atribuida funcionalmente a la Divinidad. Esa interpretación no establece ninguna base para el dogma de la predestinación. Es, antes que nada, una manifestación del determinismo, o plan de existencia para la naturaleza creada propuesto por Dios.

 

La creación obedece al plan establecido por Dios. Ese plan no determina únicamente la existencia de los seres creados. Más que eso, determina todo su accionar. Por eso, el profeta revela en sus escritos cuál es la acción divina: “Ciertamente se hará como he pensado, y será confirmado como determiné” (Isaías 14:24). Esta declaración es complementada con la advertencia: “Mis planes se cumplirán, y hago todo lo que deseo” (Isaías 46:10). Esta versión profética identifica la suficiencia del plan divino, pero –para que éste sea efectivo– es necesario que el hombre siga el consejo divino y obedezca a la voluntad divina. Así, estará en “la mano de Dios” hasta la eternidad.

 

 

 

¿Un único destino?

 

La palabra destino es un sustantivo difícil de definir. En el mundo físico, esta palabra puede identificar las reacciones provocadas por un estímulo, en la relación causa-efecto, y en virtud de la aplicación de las inflexibles leyes naturales. Como ejemplo podemos citar el destino de un objeto lanzado al espacio. En el campo de la Teología, tratando específicamente la existencia humana, la noción de esta expresión está restringida, pues su significado sobrepasa los límites de la realidad presente y se proyecta hacia un futuro indefinible, desconocido para cualquier mente humana. Un significado, bíblicamente equivocado, que se le atribuye a esta palabra está dado al relacionarlo con la predestinación, al que se le adjudica la posibilidad de otorgarle a cada persona anticipadamente un destino. Eso significaría que la vida de cada persona ya fue programada para seguir indefectiblemente un designio divino, sin oportunidad alguna de poder cambiarlo, anulando así la capacidad del hombre de su propia decisión, o libre albedrío.

 

En el contexto bíblico, el destino o la predestinación, como aparece en ciertas traducciones, tiene otras connotaciones. Esta palabra es una traducción del vocablo griego protesis, que aparece traducido, por ejemplo, en la versión Reina-Valera 2000, en la expresión “habiendo sido predestinados conforme al plan del que hace todo según el propósito de su voluntad” (Efesios 1:11). Protesis hace referencia al plan divino establecido para la naturaleza creada; pero de manera específica, con relación al hombre, indica la intencionalidad del Creador hacia su salvación. Otro vocablo que encontramos en los originales griegos que es traducido como predestinación, es la expresión prognosis. El uso de este vocablo se da, por ejemplo, en la frase “Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a que fuesen modelados a la imagen de su Hijo…” (Romanos 8:29, RVR 2000). El sentido más adecuado de la expresión griega prognosis es el de poseer conocimiento previo de las personas y eventos. Ese es un atributo divino, que se destaca en su intencionalidad de la salvación, únicamente para quien acepta su llamado. De este modo, no hay un único destino para todos, pues el fin será para recompensa de algunos, y sentencia condenatoria para otros.

 

Al afirmar que “todo acontece de la misma manera a todos…” (Eclesiastés 9:2), Salomón está apuntando a la muerte como único destino común para todos. Esta afirmación es un recurso de la argumentación básica para la exposición de lo que sigue, puesto que el autor desea despertar la mente de sus lectores hacia la realidad de la vida. Cuando el hombre todavía disfruta del excelso don de la existencia, puede escuchar, aceptar, y seguir el destino, el protesis dispuesto por Dios, para obtener la salvación. Los muertos están desprovistos de este privilegio de consecuencias eternas. Están inertes como la materia inorgánica, “nada saben, ni tienen más paga” (Eclesiastés 9:5).

 

Salomón caracteriza el estado de los muertos utilizando el término refa’im, para referirse esa condición. Esta expresión tiene el sentido de “espectro”, “sin acción”, “sin pensamiento”, “lánguido”, y caracteriza a un ser sumergido en la inercia de las tinieblas. En sentido contrario, la vida es una condición en la que es posible pensar, actuar, luchar. El célebre autor latino Cicerón, evocaba su ambición futura expresando lo siguiente: Dum anima est, spes esse dicitur, cuya traducción sería: “Se dice que hay esperanza mientras haya vida”.

 

Ahora es el día de la salvación

 

La justificación por la fe es una experiencia que puede ser resumida en tres etapas: justificación, santificación y glorificación. El sacrificio de Cristo es de tal magnitud que su calificativo es de suficiencia plena para posibilitar la ejecución del plan redentor. Sin embargo, la eficiencia de ese sacrificio es de competencia de la persona humana, al aceptar y seguir una vida consecuente con dicho plan.

 

El rey Salomón inserta en su alocución el efecto de la aceptación humana al plan redentor establecido por el Creador: “porque es ahora cuando Dios favorece lo que haces…” (Eclesiastés 9:7). Eso significa que Dios ya ha justificado al hombre consciente y sabio, y manifiesta su grado y hay alegría en los cielos (Lucas 15:10). El paso siguiente en este proceso es el de alcanzar los ideales de la santificación. Es el nivel en el cual la acción humana hace eficaz el sacrificio de Cristo. Y el “Predicador” estimula a sus oyentes o lectores a la construcción de una personalidad con ambiciones eternas, reflejadas en la calidad de sus actos. Con este propósito en mente, afirma: “Todo cuanto te viniere a la mano para hacer, hazlo con toda tu fuerza…” (Eclesiastés 9:10).

 

Con estas palabras, Salomón pretende inspirar en la mente de cada persona una reflexión sobre la calidad de sus acciones. Es conciso, pero su deseo es de una gran magnitud. Es imperativo, pero prudente, al considerar las capacidades personales. Eleva la situación hacia un grado de solemnidad, pero promueve un acceso con vestigios de simplicidad. Finalmente, desea que las personas cumplan sus responsabilidades con la mayor eficiencia posible, utilizando todas sus fuerzas, es decir, todo su poder, todo su talento. La razón para tal advertencia, con un claro sentimiento de ansiedad, no puede ser otra que verla con los ojos de la realidad, que la oportunidad para hacerlo es ahora: “Ahora es el día de la salvación…” “…porque en el sepulcro adonde vas, no hay obra, ni planes, ni ciencia, ni sabiduría”.

 

En este deseo de inspirar el proceso de la santificación en sus oyentes, el “Predicador” inicia una leve lista de actitudes ejemplares que deben ser practicadas; lo hace con su estilo retórico, en forma de proverbios. “Come tu pan con gozo” (Eclesiastés 9:7) es una advertencia al trabajo llevado a cabo con esmero y honestidad, pues no hay mayor satisfacción o gozo que disfrutar una obra bien realizada. “En todo tiempo sean blancos tus vestidos” (Eclesiastés 9:8) es una alusión al hecho de que, desde la transgresión de Adán, la desnudez es una representación de la pecaminosidad que puede ser cubierta con una vestidura que representa el carácter. En el proceso de la justificación, la ropa que el justo usa son las vestiduras puras de la justicia de Cristo. La exhortación del “Predicador” es la de vivir en una vida de comunión con el Creador, siguiendo el ejemplo de las enseñanzas del Maestro.

 

Dice además el “Predicador”: “Disfruta de la vida con la esposa que amas” (Eclesiastés 9:9). Salomón aconseja mantener la fidelidad conyugal con una única persona, con la cual reparte las bendiciones del matrimonio. Este consejo no se limita simplemente a establecer una actitud práctica. Más que eso, tiene un simbolismo espiritual. En la Biblia hebrea, la palabra utilizada para referirse al matrimonio es la misma utilizada para evocar el pacto entre Dios y el hombre: berith. El uso de este término en la relación Dios-hombre requiere, por parte de los contrayentes, la manifestación de la virtud de la fidelidad, en su más amplio sentido. De este modo, la fidelidad conyugal no es solamente la expresión de una cualidad personal humana, sino que también es el reflejo de la fidelidad del hombre hacia su Creador.

 

En su visión de la eternidad, Salomón exclama que “…no siempre la carrera es de los ligeros, ni de los fuertes la guerra, ni de los sabios el pan, ni de los prudentes la riqueza, ni de los elocuentes el favor…” (Eclesiastés 9:11), sino para todos los que practican el bien y son justos y sabios a los ojos de Dios; pues “…mejor es la sabiduría que la fuerza” (Eclesiastés 9:16) para lograr alcanzar la eternidad.

 

 Rubén Aguilar

Profesor de Teología

Universidad Adventista de San Pablo

Traducción: Rolando D. Chuquimia

© Traducción: Rolando D. Chuquimia
© RECURSOS ESCUELA SABATICA
 
Bendiciones
RDCh





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