Lección
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16
de Mayo de 2009
Sábado 9 de
mayo
Los términos
de esta unidad entre Dios y el hombre en el gran pacto de la redención fueron
decididos con Cristo desde la eternidad. El pacto de la gracia fue revelado a
los patriarcas; el que fue hecho con Abrahán cuatrocientos treinta años antes de
que la ley fuera dada en el Sinaí, fue un pacto confirmado por Dios en Cristo.
El mismo evangelio se nos predica ahora. "Y la Escritura, previendo que Dios
había de justificar por la fe a los gentiles, dio de antemano la buena nueva a
Abrahán, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones. De modo que los de
la fe son bendecidos con el creyente Abrahán" (Gálatas 39, 9). El pacto de la
gracia no es una nueva verdad pues existía en la mente de Dios desde la
eternidad; por eso es llamado el pacto eterno. No fue concebido después de la
caída del ser humano para resolver el problema del mal. El apóstol Pablo declara
que el evangelio es "la revelación del misterio oculto desde los tiempos
eternos, pero manifestado ahora, y que mediante las Escrituras delos profetas, y
por disposición del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las naciones para
que obedezcan a la fe" (Romanos 16:26, 27) (Signs of the Times, 24 de agosto,
1891).
El Padre se
dio a sí mismo al mundo en el don de su Hijo. Fue su amor por la raza caída que
lo llevó a unirse con su Hijo en el plan de redención. En ese gran don se
muestra el carácter de Dios, un carácter de santidad y amor. En la crucifixión
de su querido Hijo en la cruz del Calvario les da a todos los hijos e hijas de
Adán una expresión de su justicia y misericordia, así como una manifestación de
la inmutabilidad de su santa ley. En el Calvario, "la misericordia y la verdad
se encontraron; la justicia y la paz se besaron" (Salmo 85: 10) (Signs of
the Times, 23 de diciembre, 1897).
Domingo 10 de
mayo:
Dios
proporciona la salvación
Los seres
humanos pueden considerar que la orden dada a Abrahán fue demasiado severa,
demasiado grande para que un hombre pudiera soportarla. Pero la fortaleza de
Abrahán provenía de Dios; él no miraba las cosas que se ven con el ojo humano,
sino las eternas. Lo que Dios requería de Abrahán no era más grande que lo que
él mismo, en su divina compasión e infinito amor, había ofrecido al mundo: la
muerte de su Hijo unigénito para que el ser humano culpable pudiera vivir. La
ofrenda de sacrificio que se le pidió a Abrahán en la persona de su hijo estaba
especialmente designada para prefigurar el sacrificio del Hijo de
Dios.
El Señor
acompañó cada paso de Abrahán hacia el monte Moria. Todo el pesar y la agonía
que el patriarca soportó durante los tres días de su terrible prueba fueron
permitidos para enseñarnos a nosotros una lección de perfecta fe y obediencia, y
para que podamos comprender mejor el infinito sacrificio y la abnegación del
Padre al dar a su único Hijo para que sufriera una muerte vergonzosa en favor de
la raza culpable. Ninguna otra prueba que se le hubiese dado a Abrahán podría
haber provocado tal angustia mental, tal tortura del alma, como la de ofrecer a
su hijo para obedecer la orden divina.
Nuestro Padre
celestial entregó a su amado Hijo para que sufriera la agonía de la crucifixión.
Legiones de ángeles fueron testigos de la humillación y la angustia del Hijo de
Dios pero no se les permitió detener la escena como en el caso de Isaac. No se
escuchó ninguna voz para detener el sacrificio del Redentor del mundo, quien fue
insultado, burlado y torturado, hasta que inclinó su cabeza y murió. ¿Qué mayor
prueba de su divino amor y piedad podría haber dado el Infinito? "El que no
escatimó ni a su propio
Hijo sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él
todas las cosas?" (Romanos 8:32) (Signs of
the Times, 3 de abril,
1879).
Había sido
difícil aun para los ángeles comprender el misterio de la redención, entender
que el Soberano del cielo, el Hijo de Dios, debía morir por el hombre culpable.
Cuando a Abrahán se le mandó ofrecer a su hijo en sacrificio, se despertó el
interés de todos los seres celestiales. Con intenso fervor, observaron cada paso
dado en cumplimiento de ese mandato. Cuando a la pregunta de Isaac: "¿Dónde está
el cordero para el holocausto?" Abrahán contestó: "Dios se proveerá de cordero";
y cuando fue detenida la mano del padre en el momento mismo en que estaba por
sacrificar a su hijo y el carnero que Dios había provisto fue ofrecido en lugar
de Isaac, entonces se derramó luz sobre el misterio de la redención, y aun los
ángeles comprendieron más claramente las medidas admirables que había tomado
Dios para salvar al hombre (La verdad
acerca de los ángeles, p.
86).
Lunes 11 de
mayo:
Cuadros del
milagro de la gracia
Nuestro Señor
crucificado está intercediendo por nosotros en la presencia del Padre delante
del trono de la gracia. Podemos recurrir a su sacrificio expiatorio para nuestro
perdón, nuestra justificación y nuestra santificación. El Cordero sacrificado es
nuestra única esperanza. Nuestra fe eleva la mirada hacia él, se aferra de él
como de Aquel que puede salvar hasta lo sumo, y el Padre acepta la fragancia de
una ofrenda ampliamente suficiente. A Cristo ha sido dado todo poder en el cielo
y en la tierra, y para el que cree todas las cosas son posibles. La gloria de
Cristo está implicada en nuestro éxito. El tiene un interés común en toda la
humanidad. Es nuestro Salvador que simpatiza con nosotros (Comentario
bíblico adventista, tomo
7, pp. 959, 960).
La vida
terrenal del Salvador no fue una vida de comodidad y devoción a sí mismo, sino
que trabajó con un esfuerzo persistente, ardiente, infatigable por la salvación
de la perdida humanidad. Desde el pesebre hasta el Calvario, siguió la senda de
la abnegación y no procuró estar libre de tareas arduas, duros viajes y
penosísimo cuidado y trabajo. Dijo: "El Hijo del hombre no vino para ser
servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos" (Mateo
20:28). Tal fue el gran objeto de su vida. Todo lo demás fue secundario y
accesorio. Fue su comida y bebida hacer la voluntad de Dios y acabar su obra. No
había amor propio ni egoísmo en su trabajo (El camino a Cristo, p.
77).
Nosotros
mismos debemos todo a la abundante gracia de Dios. La gracia en el pacto ordenó
nuestra adopción. La gracia en el Salvador efectuó nuestra redención, nuestra
regeneración y nuestra exaltación a ser coherederos con Cristo. Sea revelada
esta gracia a otros (Palabras de vida del Gran Maestro,
p.
195).
Cristo es
llamado "Jehová, justicia nuestra", y mediante la fe cada uno debería decir:
"Jehová, justicia mía". Cuando la fe se aferre de este don de Dios, la alabanza
de Dios estará en nuestros labios y podremos decir a otros: "He aquí el Cordero
de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). Entonces podremos hablar a
los perdidos en cuanto al plan de salvación, [para decirles] que cuando el mundo
yacía bajo la maldición del pecado, el Señor presentó condiciones de
misericordia al pecador caído y sin esperanza, y reveló el valor y significado
de su gracia. La gracia es un favor inmerecido. Los ángeles, que no saben nada
del pecado, no comprenden qué significa que se les extienda la gracia, pero
nuestra pecaminosidad demanda la dádiva de la gracia de un Dios misericordioso.
Fue la gracia la que envió a nuestro Salvador a buscarnos, cuando éramos
peregrinos, para llevamos de vuelta al redil (Mensajes selectos, tomo 3, pp. 389,
390).
Martes 12 de
mayo:
¿Qué sucedió
en el Calvario?
La muerte de
Cristo en la cruz del Calvario es nuestra única esperanza en este mundo, y será
nuestro tema en el mundo venidero. ¡Oh, no comprendemos el valor de la
expiación! Si la comprendiéramos, hablaríamos más acerca de ella. El don de Dios
en su amado Hijo fue la expresión de un amor incomprensible. Fue lo máximo que
Dios podía hacer para mantener el honor de su ley y, sin embargo, salvar al
transgresor. ¿Por qué no debe el hombre estudiar el tema de la redención? Es el
tema supremo en el cual se puede ocupar la mente humana. Si los hombres
contemplaran el amor de Cristo desplegado en la cruz, su fe se fortalecería para
apropiarse de los méritos de su sangre derramada, y estarían limpios y salvados
de pecado (Comentario bíblico adventista, tomo 5, p.
1107).
Nos
aterrorizamos cuando contemplamos la santidad y la gloria del Dios del universo
pues sabemos que su justicia no le permitirá absolver al culpable. Pero no
necesitamos permanecer en el terror pues Cristo vino al mundo a revelar el
carácter de Dios, a explicarnos su amor paternal para sus hijos adoptivos. No
hemos de estimar el carácter de Dios sólo por las estupendas obras de la
naturaleza sino por la sencilla y amante vida de Jesús que presentó a Jehová
como más misericordioso, más compasivo, más tierno que nuestros padres
terrenales.
Jesús dio a
conocer al Padre como Uno a quien podemos darle nuestra confianza y presentarle
nuestras necesidades. Cuando nos aterrorizamos ante Dios y estamos abrumados por
el pensamiento de su gloria y majestad, e1 Padre nos señala a Cristo como su
representante. Lo que veis revelado en Jesús, la ternura, la compasión y el
amor, es el reflejo de los atributos del Padre. La cruz del Calvario revela al
hombre el amor de Dios., Cristo representa al Soberano del universo como a un
Dios de amor. El dijo por la boca del profeta: "Con amor eterno te he amado; por
tanto, te prolongué mi misericordia" (Jeremías 3 1:3) (En
los lugares celestiales, p. 18).
Entonces, ¿con
qué se ha de comprar el tesoro eterno? Sencillamente, devolviéndole a Jesús lo
que le pertenece, recibiéndolo en el corazón por fe. Significa cooperación con
Dios; llevar el yugo con Cristo; sostener sus cargas... El Señor Jesús puso a un
lado su corona real... revistió su divinidad con humanidad a fin de que por
medio de la humanidad pudiera elevar a la raza humana. De tal modo apreció las
posibilidades de la raza humana, que se convirtió en el sustituto y seguridad
del hombre. Coloca sus propios méritos sobre el hombre y así lo eleva en la
escala de valor moral con Dios.
Cristo es el
sacrificio expiatorio. Dejó la gloria del cielo, abandonó sus riquezas, puso a
un lado su honra, no con el propósito de crear amor e interés para el hombre en
el corazón de Dios, sino para ser un exponente del amor que existía en el
corazón del Padre...
Por la gracia de Cristo podemos ser
fortalecidos y madurados para que, aunque somos imperfectos, podamos llegar a
ser completos en él. Nos hipotecamos a Satanás, pero Cristo vino a rescatamos y
redimirnos... Somos salvados únicamente por gracia, el don gratuito de Dios en
Cristo (A fin de conocerle, p.
85).
Miércoles 13
de mayo:
Un cambio de
corazón
"He aquí el
Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Juan 1:29). Repito las palabras de
Juan: "He aquí el Cordero de Dios". Debemos contemplar el carácter de Cristo y
meditar en la cruz del Calvario porque este es el argumento incuestionable del
cristianismo. El mensaje que debemos dar a los impenitentes y errantes es: "He
aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Todos los que lleguen a
ser salvos deben mantener sus ojos en Jesús, porque al contemplarlo odiarán el
pecado que trajo sobre su Redentor, sufrimiento y muerte. Y mientras su fe se
fortalece, conocerán mejor al verdadero Dios, y a Jesucristo a quien él ha
enviado. Al mirar a Jesús, lleno de compasión y tierno amor, y al recordar su
sacrificio en el Calvario, que fue la manifestación más grande de su amor por la
raza caída, su carácter será transformado (The Bible Echo, 1 de noviembre,
1893).
Hay esperanza
para el pecador; y esa esperanza es Cristo elevado en la cruz del Calvario. La
misericordia ofrece lo que la justicia demanda por la transgresión del ser
humano. Mediante los méritos de Jesucristo, Dios puede perdonar el pecado y
justificar al que es de la fe de Jesús. ¡Esta es una verdad de inestimable valor
para el alma arrepentida! Aunque no podamos entenderla totalmente: ¿No
apreciaremos personalmente esta realidad, que significa que Dios perdona el
pecado a todos los que creemos en Jesús aunque seamos ignorantes, errantes y
pecadores? En el mismo momento en que, contritos y arrepentidos, nos acercamos a
él para pedirle perdón, en ese mismo momento nos perdona. ¡Qué gloriosa verdad!
Debemos predicarla y cantarla; debemos elevar al "Cordero de Dios, que quita el
pecado del mundo"; debemos decirle a todos: ¡He aquí, el Hombre del Calvario!
Dios está esperando para perdonar a todos aquellos que se alleguen a él con
sincero arrepentimiento (Signs of the Times, 4 de
septiembre,
1893).
Cuando la
mente se detiene en Cristo, el carácter es moldeado a la divina semejanza. Los
pensamientos se saturan con el sentimiento de su bondad y su amor. Contemplamos
su carácter y de ese modo él está en todos nuestros pensamientos. Su amor nos
envuelve. Cuando contemplamos aunque sea por un momento el sol en su gloria
meridiana y luego apartamos los ojos, la imagen del sol aparece en todo lo que
miramos. Así ocurre cuando contemplamos a Jesús; todo lo que miramos refleja su
imagen, el Sol de Justicia. No podemos ver ninguna otra cosa o hablar de ninguna
otra cosa. Su imagen está impresa en los ojos del alma, influye en cada detalle
de nuestra vida diaria, suavizando y subyugando nuestra naturaleza entera.
Contemplando somos formados a la semejanza divina, la semejanza de Cristo.
Reflejamos los brillantes y vívidos rayos de su justicia sobre todos los que se
asocian con nosotros. Nuestro carácter se transforma; porque el corazón, el alma
y la mente están iluminados por los reflejos de Aquel que nos amó y se dio a sí
mismo por nosotros... No podemos detenemos a considerar nuestros sinsabores o
hablar siquiera de ellos; porque un cuadro más placentero atrae nuestra mirada:
el precioso amor de Jesús (La fe por la cual vivo,
p.
152).
Jesús puso en
armonía la cruz con la luz que procede del Cielo, pues allí es donde ella
atraerá las miradas del hombre. La cruz concuerda directamente con el brillo de
los semblantes divinos; por lo tanto, cuando los hombres contemplan la cruz
pueden ver y conocer a Dios y a Jesucristo, a quien él ha enviado. Cuando
contemplamos a Dios, vemos a Aquel que derramó su alma hasta la muerte. La
contemplación de la cruz extiende la vista hacia Dios, y se discierne el odio
que él tiene al pecado. Pero mientras contemplamos en la cruz el odio que Dios
siente por el pecado, también contemplaremos su amor por los pecadores, que es
más fuerte que la muerte. La cruz es para el mundo el argumento irrebatible de
que Dios es verdad y luz y amor (Comentario bíblico adventista,
tomo 5, p. 1
107).
Jueves 14 de
mayo:
Cristo,
nuestra salvación
Cristo es el
fundamento de toda iglesia verdadera. Todos los que son atraídos a una nueva fe
deben ser fundamentados en él. Deben mantenerse en las mentes las verdades
claras y sencillas del evangelio. La gran verdad central del evangelio,
alrededor de la cual se agrupan todas las verdades, es la de Cristo crucificado
como expiación por el pecado. Todas las otras verdades son tributarias de
ésta.
Todas las
verdades, correctamente comprendidas, derivan su valor e importancia de su
conexión con esta verdad. El apóstol Pablo hace que ella se destaque con
dignidad real. Apela a las mentes de todos los maestros de la Palabra para que
comprendan la importancia de señalar a las almas a Cristo como el único medio de
salvación. "Pero lejos esté de mi gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor
Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo" (Gálatas
6:14).
Ningún hombre
debe tratar de dominar otras mentes. Dios mismo es el fundador de la iglesia, y
tenemos la inalterable promesa de que él acompañará con su presencia y
protección a sus fieles que caminen en armonía o n su consejo. Hasta el fin del
tiempo, Cristo ha de ser el primero. El es la fuente de vida, fortaleza,
justicia y santidad. Él es todo esto para los que llevan su yugo y aprenden de
él cómo ser mansos y humildes. No tolerará la autoexaltación (Alza tus ojos, p. 83).
Cristo es
nuestro sustituto y garantía. Él se pone en lugar de la humanidad, de modo que
él mismo es afectado en la medida en que el más débil de sus seguidores es
afectado. Tal es la compasión de Cristo que nunca se permite a sí mismo ser un
espectador indiferente de cualquier sufrimiento ocasionado a sus hijos. Ni la
más leve herida puede ser hecha de palabra, intención o hecho que no toque el
corazón de Aquel que dio su vida por la humanidad caída. Recordemos que Cristo
es el gran corazón del cual fluye la sangre de vida hacia cada órgano del
cuerpo. Él es la cabeza, desde la cual se extiende cada nervio hacia el más
diminuto y más remoto miembro del cuerpo. Cuando sufre un miembro de este
cuerpo, con el cual Cristo está tan misteriosamente conectado, la vibración del
dolor es sentida por nuestro Salvador (El ministerio de la bondad,
p.
26).
Hay una gran
verdad central que siempre debe mantenerse en la mente cuando se escudriñan las
Escrituras: Cristo crucificado. Toda otra verdad está investida con la
influencia y el poder correspondientes a su relación con este tema. Únicamente a
la luz de la cruz podemos discernir el exaltado carácter de la ley de Dios. El
alma paralizada por el pecado puede recibir nueva vida únicamente mediante la
obra realizada en la cruz por el Autor de nuestra salvación. El amor de Cristo
constriñe al hombre a unirse con él en sus labores y sacrificios. La revelación
del amor divino aviva en ellos la realidad de su obligación descuidada de ser
portadores de luz para el mundo, y los inspira con un espíritu misionero. Esta
verdad ilumina la mente y santifica el alma. Hará desaparecer la incredulidad e
inspirará fe. Es la gran verdad que debe mantenerse constantemente ante la
consideración de los hombres...
Cuando Cristo,
en su obra de redención, es visto como la gran verdad central del sistema de
verdad, se arroja una nueva luz sobre los acontecimientos del pasado y el
futuro. Se los ve en una nueva perspectiva y adquieren un nuevo y profundo
significado (A fin de
conocerle, p. 210).
Viernes 15 de
mayo:
Para estudiar
y meditar
El Deseado de
todas las gentes, pp.
690-713.