Lección
2
11
de Julio de 2009
Experimentar
la Palabra de vida
Sábado 4 de
julio
Como testigo
de Cristo, Juan no entró en controversias ni en fastidiosas disputas. Declaró lo
que sabía, lo que había visto y oído. Estuvo asociado íntimamente con Cristo,
oyó sus enseñanzas y fue testigo de sus poderosos milagros. Pocos pudieron ver
las bellezas del carácter de Cristo como Juan las vio. Para él las tinieblas
habían pasado; sobre él brillaba la luz verdadera. Su testimonio acerca de la
vida y muerte del Señor era claro y eficaz. Hablaba con un corazón que rebosaba
de amor hacia su Salvador; y ningún poder podía detener sus
palabras.
"Lo que era
desde el principio –declaró– lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros
ojos, lo que hemos mirado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida...
lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis
comunión con nosotros: y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con
su Hijo Jesucristo" (1 Juan 1:1-3).
Asimismo puede
todo creyente estar capacitado, por medio de su propia experiencia, para afirmar
"que Dios es veraz" (Juan 3:33). Puede testificar de lo que ha visto, oído y
sentido del poder de Cristo (Los hechos de
los apóstoles, pp. 443,
444).
Domingo 5 de
julio:
La
introducción de la primera carta de Juan (1 Juan
1:1-4)
Representemos
la vida cristiana como realmente es; hagamos que el camino sea alegre,
invitador, interesante. Podremos hacerlo si lo deseamos. Podemos llenar nuestra
mente con cuadros vívidos de las cosas espirituales y eternas, y al hacerlo así
contribuir a que sean una realidad para otras mentes. La fe contempla a Jesús
que permanece como nuestro Mediador a la diestra de Dios. La fe contempla las
mansiones que ha ido a preparar para los que lo aman. La fe ve el manto y la
corona preparados para el vencedor. La fe oye los cantos de los redimidos, y
acerca las glorias eternas. Debemos acercarnos a Jesús en amorosa obediencia, si
queremos ver al Rey en su hermosura.
Tener comunión
con el Padre y con su Hijo Jesucristo equivale a ser ennoblecido y elevado,
hecho partícipe de indecibles goces y plenitud de gloria. El alimento, la ropa,
la condición y la riqueza pueden tener su valor; pero tener relación con Dios y
ser participante de su naturaleza divina es de valor inapreciable. Nuestras
vidas deberían estar escondidas con Cristo en Dios; y aunque todavía no se
manifieste "lo que hemos de ser", "cuando Cristo" nuestra "vida se manifieste",
"seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es". La principesca
dignidad del carácter cristiano resplandecerá como el sol, y los rayos de luz
que emanan del rostro de Cristo se reflejarán sobre los que se han purificado a
sí mismos así como él es puro. El privilegio de llegar a ser hijos de Dios se
consigue a bajo precio, aunque sacrifiquemos todo lo que poseamos, hasta la vida
misma (La maravillosa gracia de Dios,
p.
341).
Una gran luz
ha brillado sobre nosotros, por lo tanto una vida de pureza y piedad debiera
distinguir al pueblo de Dios en el mundo. El Señor no desea que los que integran
su pueblo se desanimen y miren hacia lo que los rodea, sino que miren a las
cosas que no se ven, a las que son eternas. Y mientras avanzan por fe en el
camino que Cristo les muestra, no habrá retroceso sino avance, porque seguirán
las providencias de Dios. Y al tener comunión con el Padre y con su Hijo
Jesucristo, los tesoros del inundo se hundirán en la insignificancia, porque sus
ojos estarán fijos en los tesoros imperecederos. Que Dios sea el objeto de
nuestro amor supremo para que nuestra influencia sobre la familia y el
vecindario alcance hasta la misma eternidad (Ellen G.
White 1888 Materials, p.
205).
Lunes 6 de
julio:
Primera de
Juan 1 y Juan 1
"Lo que era
desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo
que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de Vida
(porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os
anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo
que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis
comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con
su Hijo Jesucristo. Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea
cumplido" (1 Juan 1:1-4).
Al apóstol
Juan, que escribió estas palabras, Dios le permitió llegar a la ancianidad
porque había estado con Cristo desde el comienzo de su ministerio; había
escuchado sus enseñanzas y presenciado sus milagros; lo había acompañado en sus
viajes misioneros y lo había seguido al Getsemaní; había presenciado su
traición, su juicio, su condenación, y su sufrimiento y muerte sobre la cruz del
Calvario; también había sido testigo ocular de su resurrección y ascensión. Por
lo tanto tenía un mensaje que podía repetir dondequiera estuviese; un mensaje
que era una verdad presente para su tiempo y una verdad que se mantendría
presente mientras el mundo durase. Declaraba a todos los que lo escuchasen lo
que había visto y oído, y lo que sus manos habían palpado tocante al Verbo de
vida.
El Señor Jesús
se manifestó a Juan y le mostró lo que debía escribir acerca del futuro. Esa
revelación que el apóstol escribió en el pasado es la verdad presente para el
mundo actual. En su providencia Dios protegió la vida de sus mensajeros que,
como Juan, eran testigos de un mensaje importante que debía llegar hasta nuestro
tiempo. Aquellos que experimentaron desde el principio el poder divino y el
cumplimiento de la palabra profética, son testigos que pueden revelar al mundo
lo que vieron y escucharon acerca del Verbo de vida, y también pueden darnos los
mensajes de amonestación y advertencia para este tiempo (Signs of the Times, 23 de mayo,
1895).
La mente y la
mano divinas han conservado puro a través de los siglos el relato de la
creación. Únicamente la Palabra de Dios nos presenta los anales auténticos de la
creación de nuestro mundo. Esta Palabra ha de constituir el estudio principal en
nuestras escuelas. En ella podemos aprender lo que nuestra redención costó al
que desde el principio era igual al Padre, y sacrificó su vida para que un
pueblo pudiese subsistir ante él, redimido de todo lo terreno, renovado en la
imagen de Dios.
Son ilimitadas
las concesiones de Dios en nuestro favor. El trono de la gracia reviste la
atracción más elevada, porque lo ocupa Aquel que nos permite llamarle Padre.
Pero Jehová no consideró completo el plan de la salvación mientras estaba
solamente investido de su amor. Colocó en su altar a un Abogado revestido de su
naturaleza. Como nuestro intercesor, el cargo de Cristo consiste en presentamos
a Dios como sus hijos e hijas. Intercede en favor de los que le reciben. Con su
propia sangre pagó su rescate. En virtud de sus propios méritos, les da poder
para ser miembros de la familia real, hijos del Rey celestial. Y el Padre
demuestra su amor infinito hacia Cristo recibiendo como a sus amigos, a los
amigos de Cristo y dándoles la bienvenida. Está satisfecho con la expiación
hecha. Queda glorificado por la encarnación, la vida, la muerte y la mediación
de su Hijo.
El Cielo
considera como de suma importancia la ciencia de la salvación, la ciencia de la
verdadera piedad, el conocimiento que ha sido revelado desde la eternidad, que
entra en el plan de Dios, que expresa su parecer y que revela su propósito. Si
nuestros jóvenes obtienen este conocimiento, podrán adquirir todo lo demás que
sea esencial; pero si no lo consiguen, todo el conocimiento que adquieran del
mundo no los pondrá en las filas del Señor. Pueden alcanzar todo el conocimiento
que puedan dar los libros, y sin embargo, ignorar los primeros principios de
aquella justicia que les dará un carácter aprobado por Dios (Consejos para los maestros, padres y
alumnos, pp. 15, 16).
Martes 7 de
julio:
La Palabra de
vida (1 Juan 1:1, 2)
Cristo adoptó
la forma humana con el propósito de vivir la ley de Dios. Él es la Palabra de
vida. Vino para ser el evangelio de salvación para el mundo, y para cumplir cada
exigencia de la ley. Jesús es la Palabra, el Guía al que hay que recibir y
obedecer en cada aspecto de la vida. Cuán necesario es, pues, que la mina de la
verdad sea explorada para descubrir ese rico tesoro y ponerlo a buen recaudo
como una joya preciosa. La encarnación de Cristo, su divinidad, su expiación, su
extraordinario ministerio en el cielo como nuestro abogado y la obra del
Espíritu Santo, todos estos temas del cristianismo son esenciales; y más aún,
por ser vitales para nosotros, están revelados desde el Génesis hasta el
Apocalipsis. Los áureos eslabones de la cadena de la verdad evangélica, y lo
principal, la materia prima, se encuentran en las enseñanzas de Cristo Jesús.
¿Por qué entonces no habrían de ser ennoblecidas y exaltadas las Escrituras en
cada escuela de la tierra? ¡Cuán poco niños son educados para estudiar la Biblia
como la Palabra de Dios, y para alimentarse con sus verdades, que son la carne y
sangre del Hijo de Dios! (Recibiréis poder, p. 108).
Nuestra primer
tarea es limpiar nuestro propio corazón de toda contaminación y permitir que sea
santificado por la verdad. El amor de Cristo debe estar encendido sobre el altar
del alma. Entonces, y sólo entonces, podremos compartir con otros lo que hemos
visto y oído, y lo que nuestras manos han palpado tocante al Verbo de vida. Y
cuando hayamos hecho todo lo posible por disipar las tinieblas del error, de la
duda, de la incredulidad y la infidelidad en el inundo, debemos dejar el resto
en las manos de Dios y no desanimarnos y dejar enfriar nuestro amor e interés
por el hecho de que la iniquidad siga prevaleciendo Dios desea que sus hijos,
que comprenden que han sido comprados por un precio infinito, den un testimonio
viviente al mundo del cual forman parte, de lo que le costó la redención al Hijo
de Dios. Desea que su iglesia esté integrada por fieles testigos que sean un
espectáculo al mundo, a los ángeles y a los hombres. Mi hermano, mi hermana, ¿No
investigaremos las Escrituras para aseguramos que nuestras doctrinas están
correctas, y para aprender cómo vivir más plenamente para la gloria de Dios a
fin de poder salvar a las almas por las que Cristo murió?
(The Youth’s Instructor, 14 de
octubre, 1897).
Miércoles 8 de
julio:
Testigos
oculares
La promesa del
Espíritu Santo no se limita a ninguna edad ni raza. Cristo declaró que la
influencia divina de su Espíritu estaría con sus seguidores hasta el fin. Desde
el día de Pentecostés hasta ahora, el Consolador ha sido enviado a todos los que
se han entregado plenamente al Señor y a su servicio. A todo el que ha aceptado
a Cristo como Salvador personal, el Espíritu Santo ha venido como consejero,
santificados, guía y testigo. Cuanto más cerca de Dios han andado los creyentes,
más clara y poderosamente han testificado del amor de su Redentor y de su gracia
salvadora. Los hombres y mujeres que a través de largos siglos de persecución y
prueba gozaron de una gran medida de la presencia del Espíritu en sus vidas, se
destacaron como señales y prodigios en el mundo. Revelaron ante los ángeles y
los hombres el poder transformador del amor redentor (La maravillosa gracia de Dios, p.
204).
Después del
derramamiento del Espíritu Santo, los discípulos, revestidos de la panoplia
[armadura] divina, salieron como testigos, a contar la maravillosa historia del
pesebre y la cruz. Eran hombres humildes, pero salieron con la verdad. Después
de la muerte de su Señor eran un grupo desvalido, chasqueado y desanimado, como
ovejas sin pastor; pero ahora salen como testigos de la verdad, sin otras armas
que la Palabra y el Espíritu de Dios, para triunfar sobre toda oposición.
Su Salvador
había sido rechazado, condenado y clavado en una cruz ignominiosa. Los
sacerdotes y gobernantes judíos habían declarado burlonamente: "A otros salvó, a
sí mismo no puede salvar: si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y
creeremos en él". Pero esa cruz, ese instrumento de vergüenza y tortura, trajo
esperanza y salvación al mundo. Los creyentes se reanimaron y reunieron; su
desesperanza y su consciente sentimiento de desvalidez los había abandonado.
Fueron transformados en carácter y unidos en los lazos del amor cristiano.
Aunque carecían de riquezas, aunque eran reputados por el mundo como meros
pescadores ignorantes, fueron hechos, por el Espíritu Santo, testigos de Cristo.
Sin honores o reconocimiento terrenal, eran los héroes de la fe. De sus labios
salieron palabras de divina elocuencia y poder que conmovieron al mundo (Testimonios para los ministros, p. 63,
64).
Nuestra obra
más importante es ser testigos de Cristo y obedecer sus palabras. A sus
discípulos les dijo: "Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado
conmigo desde el principio" (Juan 15:37). Los discípulos tendrían el honor de
ser testigos de la misión de Cristo, porque habían estado constantemente con él
y podían compartir ese valioso conocimiento con otros. Y aunque nosotros no
estuvimos con él en persona, él ha enviado su Espíritu Santo para guiarnos a
toda la verdad y para damos su poder para ser testigos del Salvador (The
Gospel Herald, 1 de agosto, 1900).
Jueves 9 de
julio:
Comunión con
los santos
Al cristiano
se le presenta la posibilidad de realizar grandes conquistas. Puede estar
siempre ascendiendo hacia mayores adquisiciones. Juan tenía una idea elevada del
privilegio de un cristiano. Dice: "Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que
seamos llamados hijos de Dios" (1 Juan 3:1). A los que han sido exaltados de
este modo se les revelan las inescrutables riquezas de Cristo, que tienen mil
veces más valor que la opulencia del mundo. Por los méritos de Jesucristo, el
hombre finito se eleva a la compañía con Dios y su querido Hijo (En
lugares celestiales, p.
32).
La iglesia es
la sociedad cristiana formada por los miembros que la componen, para que cada
uno goce de la ayuda de todas las gracias y talentos de los demás miembros, y
también de la operación de Dios en su favor, de acuerdo con los diversos dones y
habilidades que Dios les concedió. La iglesia está unida en los sagrados
vínculos del compañerismo a fin de que cada miembro se beneficie de la
influencia de los demás. Todos deben unirse al pacto de amor y armonía que
existe. Los principios y las gracias cristianas de toda la sociedad de creyentes
han de comunicar fortaleza y poder en una acción armoniosa. Cada creyente debe
beneficiarse y progresar por la influencia refinadora y transformadora de las
variadas capacidades de otros miembros, para que las cosas que falten en uno
puedan ser más abundantemente desplegadas en otro. Todos los miembros deben
acercarse el uno al otro, para que la iglesia llegue a ser un espectáculo ante
el mundo, ante los ángeles y ante los hombres.
El compromiso
que caracteriza el pacto de los miembros de la iglesia es que cada uno camine en
los pasos de Cristo, que cada uno tome sobre sí el yugo de Cristo y aprenda de
Aquél que es manso y humilde de corazón. Haciendo esto, "hallaréis –dice el
amado Salvados– descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera
mi carga" (Mateo 11:29, 30).
Los que llevan
el yugo de Cristo marcharán unidos; cultivarán la simpatía y la tolerancia, y
con santa imitación lucharán por mostrar a los demás la tierna simpatía y el
amor que ellos misinos necesitan grandemente. El que es débil y carece de
experiencia, aunque sea débil puede ser fortalecido por el que tiene más
esperanza y por los que poseen una experiencia madura. Aunque sea el menor de
todos es una piedra que debe brillar en el edificio. Es un miembro vital del
cuerpo organizado, unido a Cristo, la cabeza viviente, y por medio de Cristo
está identificado a tal punto con todas las excelencias del carácter del Señor,
que éste no se avergüenza de Ilamarlo hermano.
¿Por qué los
creyentes se constituyen como iglesia? Porque por este medio Cristo quiere
aumentar su utilidad en el mundo y fortalecer su influencia personal para el
bien. En la iglesia ha de mantenerse una disciplina que proteja los derechos de
todos y aumente el sentido de mutua dependencia. Dios nunca se propuso que la
mente y el juicio de un hombre fueran el poder dominante. Nunca dispuso que un
hombre gobernara, planificara y dispusiera sin la consideración cuidadosa y
acompañada de oración del cuerpo entero, a fin de que todos actuaran de una
manera firme y armoniosa (Mensajes selectos, tomo 3, pp. 15-
17).
Viernes 10 de
julio:
Para estudiar
y meditar
El Deseado de todas
las gentes, p.
307.