Comentario de la Lección 7 del Primer Trimestre de
2010 cuyo título es "El fruto del Espíritu es bondad", para
la Escuela Sabática de Adultos correspondiente al sábado 13 de
Febrero de 2010.
Comentario elaborado por el pastor Emilson dos Reis, rector de la
Facultad de Teología de la UNASP (Univ. Adventista de San Pablo - Campus
Engenheiro Coelho). Este material integra la edición electrónica del folleto de
Escuela Sabática de la CPB, en lengua portuguesa. Traducción al español por
Rolando D. Chuquimia.
Si bien el texto de este material va incluido en el mensaje,
también se puede descargar desde los siguientes enlaces:
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Lección 7
(13 de Febrero de 2010)
El
fruto del Espíritu es bondad
Pr.
Emilson dos Reis
El fruto que el Espíritu produce en la vida
de aquél que se entrega completamente a Cristo incluye la bondad, que es un
aspecto del amor y que se presenta a través de acciones. Aquél que la posee es
bueno y hace lo bueno.
En el Antiguo Testamento, la bondad es
expresada con el sustantivo hebraico chesed,
que presenta un aspecto fuertemente relacional. Eso sucede unas 246 veces en el
Antiguo Testamento, estando la mitad en los Salmos. Aunque haya sido utilizada
para describir actitudes y conductas humanas en sus relaciones, con mayor
frecuencia describe la disposición y los actos benefactores de Dios para con
aquellos que le son fieles
(Éxodo 34:6, 7; Números 14:18, 19; Nehemías 9:17; Salmo 86:15; Juan 4:2, etc.).
La expresión chesed de Dios es una manera del Antiguo Testamento de
decir Dios es amor.
El Antiguo Testamento también emplea tbh, que a su vez hace referencia
al bien o a la bondad en una amplia variedad de sentidos. Uno de ellos,
bastante importante, hace referencia a la bondad moral (2 Crónicas 31:20; Salmo
34:14), incluyendo la de Dios, a la cual se puede recurrir en busca de perdón
(Salmo 25:7) y que debe ser objeto de alabanza (Salmo 145:7).
En el Nuevo Testamento, la expresión empleada
para bondad es agathosune, derivada de agathos, lo que ocurre
unas 107 veces.
Es una virtud activa que se manifiesta a través de buenas acciones.
La bondad de Dios
La bondad divina puede verse desde el mismo
comienzo, en los muchos preparativos de Dios para la aparición del hombre, la
obra que coronó la Creación. La luz, el firmamento atmosférico, la vegetación,
los animales, todo era bello, puro y perfecto. La evaluación divina, hecha cada
día de aquella semana, constataba que lo que había creado era bueno. Al
finalizar la Creación, Él hizo una evaluación final, que abarcaba todas sus
obras, y vio que era bueno en gran manera (Génesis 1:31). A lo largo de todo
el Antiguo Testamento, especialmente en los Salmos, Dios es presentado como el
nico que es exclusivamente bueno (1 Crónicas 16:34; 2 Crónicas 5:13; Salmo
16:2; 118:1). En el Nuevo Testamento encontramos las palabras de Jesús Ninguno
es bueno, sino sólo uno, Dios (Marcos 10:17, 18; Lucas 18:18, 19; Mateo
19:17). No obstante, el hecho de que únicamente Dios sea absolutamente bueno,
no implica que el predicado bueno no pueda ser empleado para expresar las
diferencias morales entre los hombres, esto es, distinguir a los buenos de los
malos (Mateo 12:35; 25:21; Lucas 6:45; 19:7).
La falta de bondad en el hombre
Cuando Dios dijo que todo lo que había creado
era muy bueno, eso también hacía referencia al hombre. Al salir de las manos
del Creador, era muy bueno. Pero el pecado, aquél primer pecado, alteró
drásticamente la condición humana. Ese pecado no consistió meramente en comer
del fruto prohibido, sino lo que eso representaba. La desconfianza en la
bondad de Dios [la que hasta entonces había sido demostrada a través de la
Creación perfecta y de las bendiciones de cada día y de la cual fueron llevados
a desconfiar pensando que todo aquello encubría un bien mayor], la falta de
fe en su palabra [Dios había dicho de cierto morirás, y ellos no creyeron
en eso], el rechazamiento de su autoridad [El había dicho del árbol del
conocimiento del bien y del mal no comerás, pero ellos comieron], fue lo
que convirtió a nuestros primeros padres en transgresores.
En suma, contrariamente a la orientación
divina, ellos escogieron conocer, relacionarse, con el mal, y por eso dejaron
de ser buenos. Pecaron.
¿Qué es el pecado? La definición bíblica dice
que pecado es la transgresión de la ley (1 Juan 3:4). Pecado es la falta de
conformidad con la ley. Es dejar de conformarse con la Ley mora de Dios, ya sea
en actos, en actitud o en naturaleza.
Las distintas palabras de los lenguajes bíblicos traducidos como pecado hacen
referencia a tres aspectos: acto, actitud o disposición y naturaleza o estado.
1.
Acto; matar, mentir, robar, adulterar, etc., son actos
pecaminosos y buena parte de los Diez Mandamientos hacen referencia a eso. Pero
pecado no es solamente un acto. En Santiago 4:17 leemos: El que sabe hacer lo
bueno, y no lo hace, comete pecado. Aquí, el no acto es pecado.
2.
Actitud, disposición: El décimo mandamiento habla de la
codicia; en el Sermón del Monte, Cristo habló del odio al hermano (Mateo 5:22)
y sobre codiciar una mujer (Mateo 5:28). Pablo, al hacer un listado de las
obras de la carne en Gálatas 5:20, 21, incluye los celos, las iras y las
envidias. Todas estas cosas no llegan a ser un acto en sí mismas, sino
inclinaciones del corazón. Y son pecado.
3.
Naturaleza, estado, una referencia a nuestra naturaleza
depravada (Santiago 1:13-16). El Salmo 51:5 afirma: En maldad nací yo, y en
pecado me concibió mi madre. El primer pecado cambió la naturaleza del hombre.
Éste perdió el deseo y la capacidad de servir y amar a Dios.
Esa naturaleza pecaminosa nos ha sido transmitida por herencia. Cuando Adán pecó
por primera vez, se implantó un virus en la humanidad: el pecado. Un virus
poderoso, que corrompe, degrada, debilita, esclaviza. Cada parte de nuestro ser
está manchada por el pecado: el intelecto, las emociones, los deseos, el
corazón y el cuerpo. La carta a los Romanos declara que fue por el pecado de un
solo hombre Adán que nos encontramos en la condición de caídos, la cual nos
conduce a la muerte (Romanos 5:12, 17a, 18a, 19a). Tenemos un corazón engañoso
y corrupto, ansioso de practicar el mal (Jeremías 17:9) y capaz de encontrar
justificativos para el mayor de los crímenes. Es de esa naturaleza corrompida
que derivan los actos y actitudes pecaminosos (Marcos 7:21-23).
Ejercitemos la imaginación. Supongamos que
Satanás hubiera llevado al hombre a cometer aquél primer pecado y fuese,
inmediatamente y para siempre, apartado de nuestro mundo, ¿cuál sería nuestra
condición? Tal vez no muy diferente de aquella en la que actualmente nos
encontramos. Porque nuestros actos y actitudes pecaminosas son cometidos mucho
más por causa del pecado que está en nosotros que a causa de las tentaciones
que vienen fuera de nosotros de parte de algún demonio que está cerca (Santiago
1:14).
Nuestra condición es tal, que el pecado
habita en nosotros (Romanos 7:17, 20); actúa en nuestros miembros como una ley
o fuerza que esclaviza (Romanos 7:23); despierta toda clase de codicias
(Romanos 7:8) y de pasiones pecaminosas (Romanos 7:5); y nos va conduciendo a
la muerte (Romanos 8:5-8). Por eso, no hay justo, ni aún uno Todos se
desviaron No hay quien haga lo bueno, no hay ni aún uno por cuanto todos
pecaron (Romanos 3:9-12, 23) y si decimos que no tenemos pecado, no decimos la
verdad (1 Juan 1:8),
El plan de Dios para hacer bueno al hombre
nuevamente
Dios planeó entonces cambiar nuestra
condición y eso es posible a través de su plan de redención. Según este, Dios
toma la iniciativa. El actúa con nosotros tal como actuó con Adán cuando éste
pecó. Dios se acerca y pregunta: ¿Dónde estás? (Génesis 3:9). El quiere
reactivar la relación. El nos busca a través de su Espíritu (Juan 16:8-11; 1
Corintios 2:12; Gálatas 3:3), lo cual nos guía a la Palabra (2 Pedro 1:19-21),
que es implantada en nosotros (Santiago 1:21; 1 Pedro 1:23, 25) y señala a
Cristo (Juan 5:39), indicando que el Padre envió al Hijo como único Salvador (1
Juan 4:14; Hechos 4:12). Y cuando creemos en Él, somos perdonados (Hechos
16:31; 1 Juan 1:9); quedando libres de la condenación (Romanos 8:1); recibiendo
su poder (Juan 1:12); nos convertimos en nuevas criaturas (1 Corintios 5:17) y
cambiamos de reino: pasamos del imperio de las tinieblas al reino de Cristo
(Colosenses 1:13). Somos justificados por la fe en Cristo y tenemos paz con
Dios (Romanos 5:1). Liberados del pecado, somos siervos de la justicia (Romanos
6:18), y los miembros de nuestro cuerpo son ahora utilizados para practicar el
bien (Romanos 6:8-14). Es verdad que el virus del pecado todavía permanece en
nosotros, impulsándonos hacia abajo (porque únicamente cuando venga Cristo Dios
lo retirará definitivamente de nosotros cuando seremos glorificados y nuestro
cuerpo sea como el de Adán antes del pecado, 1 Corintios 15:51-58), pero si
recibimos a Cristo, comienza a sernos aplicado un antivirus, un remedio eficaz:
la gracia de Cristo, que es más poderosa que el virus del mal, la que nos
conduce hacia lo alto. Esta medicina debe ser tomada por toda nuestra vida. No
alcanza únicamente con llegar a Cristo, es necesario permanecer en Él (Juan
15:4, 5). Ahora su Espíritu, habitando en nosotros (Juan 14:16, 17), pasará a
reproducir las virtudes cristianas, entre las cuales se cuenta la bondad
(Gálatas 5:22, 23) que, como fruto, crecerá y madurará cada vez más. Otras
metáforas bíblicas declaran que nuestro camino es como la luz de la aurora, que
se va haciendo cada vez más brillante (Proverbios 4:18) y que nos volvemos más
que vencedores (Romanos 8:37).
Mientras estemos en este mundo, caminando en
dirección a Dios, el Supremo Bien, todavía seremos alcanzados por el mal, pero
no obstante debemos recordar que Dios puede transformar las maldiciones en
bendiciones, y que Él puede aún utilizar las cosas malas que nos suceden para
nuestro bien. Tal como lo dice el apóstol: Sabemos que todas las cosas obran
para el bien de los que aman a Dios, los que han sido llamados según su
propósito (Romanos 8:28).
Una joven, conversando con su madre, le
contaba cómo todo le estaba yendo mal en la vida: no había sacado una buena
calificación en Matemáticas, su novio había decidido terminar con ella, y su
mejor amiga se estaba mudando a otra ciudad distante.
Conociéndola, su madre la invitó a ir a la
cocina para alegrarla un poco, donde le prepararía una sabrosa torta. Luego de
colocar encima los utensilios y los ingredientes que utilizaría, le preguntó:
Hija, ¿quieres una porción de torta?
Pues claro, mamá. Tus tortas son una
delicia.
Entonces la madre le dijo: Bueno, toma
entonces este aceite de soja.
La muchacha se rehusó sin entender: ¡Mamá!
¿Qué te pasa?
¿Tal vez comer unos huevos crudos, hija?
¡Nooo!
¿Un poco de harina o algo de bicarbonato de
sodio?
¡Mamá! Eso no se puede
La madre entonces explicó. En verdad, todas
las cosas parecen malas cuando están solas, pero si las ponemos todas juntas,
en proporciones correctas, se convierten en una deliciosa torta.
En cierto sentido, Dios también obra de ese
modo. A veces pasamos por momentos y circunstancias tan difíciles que nos
preguntamos por qué esas cosas nos tienen que suceder justo a nosotros. Pero
debemos confiar en que Dios sabe lo que está haciendo y que eso es lo mejor
para nuestra vida. Si lo amamos, Él pondrá todas esas cosas en el orden exacto
y, en conjunto, siempre significarán el bien. Algunas veces esto no lo podremos
percibir en nuestra vida, pero cuando estemos en la eternidad y miremos hacia
atrás, acompañados por nuestro Redentor, Él nos las explicará.
La bondad y la Ley de Dios
La Ley de Dios es una expresión, un reflejo,
de su propia naturaleza. La Ley es lo que es porque Dios es lo que es. Si Dios
fuera diferente de lo que realmente Él, y si Él fuera por ejemplo mentiroso,
egoísta, cruel y vengativo, entonces los mandamientos reflejarían eso: serás
mentiroso, egoísta, cruel y vengativo. Para que los principios de su Ley
pudieran cambiar, Él entonces tendría que cambiar, pero tal como lo sabemos a
través de la Revelación Dios es inmutable (Malaquías 3:6) y en Él no hay
mudanza, ni sombra de variación (Santiago 1:17).
Felizmente, Dios es Santo, Justo y Bueno, por lo que entonces su Ley es Santa,
Justa y Buena (Romanos 7:12).
Al crear al hombre, Dios quiso hacerlo como
un ser moral con el que pudiera entablar relaciones personales, y por eso lo
hizo a su imagen y semejanza (Génesis 1:26, 27), con una conciencia moral en la
cual inscribió la misma Ley que es el atributo de su naturaleza (Romanos
2:11-16). El hombre también era santo, justo y bueno. Por lo tanto, había una
perfecta armonía entre él y la Ley. Y era la intención divina que fuera siempre
así. Sin embargo, vino el pecado y la Ley, que le mostraba al hombre perfecto la
norma perfecta de Dios, no podía salvar al hombre pecador. Sólo podía apenas
revelar su imperfección para que él reconociera y buscar la solución apuntada
en el Evangelio: Cristo. Así, en lo que respecta a la salvación, el Evangelio
nunca sustituyó la Ley porque la Ley nunca fue un medio de salvación.
Cuando Jesús dijo que no había venido a abolir la Ley y los profetas (Mateo
5:17) El no se estaba refiriendo únicamente a su vida sin pecados, sino también
a su muerte, cuando soportó todo el pecado del mundo. En realidad, la muerte de
Cristo en la cruz establece o confirma la Ley en tres sentidos: 1) Al ser el
pago, la muerte exigida por la Ley en lo que respecta a la justicia no se
concreta; 2) Al corroborar con ella para cumplir con su propósito de llevar a
los hombres a la fe en Cristo (Gálatas 3:24) y 3) Al proveer a los creyentes el
potencial de cumplir con la Ley (Romanos 8:3, 4).
Pablo nos enseña que las buenas obras y la
obediencia, no son requisitos para ser justificados y perdonados (Romanos
3:28). Al justificar a alguien, Dios no tiene en cuenta sus buenas obras, no
importa cuántas sean. Dios tiene en cuenta la fe. No obstante, tal como el
mismo apóstol afirma en el mismo capítulo (Romanos 3:31) y tratando el mismo
tema de la salvación, el hecho de que las obras no entren en la justificación
no significa que el cristiano no deba obedecer o no preste atención a los
mandamientos de Dios. Antes, su fe restablecerá la Ley de Dios a través de la
obediencia a la misma. La fe en Cristo para perdón de los pecados no anula la
obediencia, sino que la produce. En otro de sus escritos (Tito 3:3-8), una vez
más nos informa que somos salvos a causa de la benignidad y el amor de Dios;
justificados por gracia y no por obras de justicia practicadas por nosotros.
Sin embargo, aunque las obras no nos justifiquen, ni nos salven, deben estar
presentes en la vida de quien ha creído, quien debe ser solícito (cuidadoso,
diligente, activo) en la práctica de buenas obras. De hecho, las buenas obras
no son un accesorio en la vida cristiana, algo que puede hacerse como que no.
Están incluidas en el plan de Dios para nosotros porque somos hechura suya,
creados en Cristo Jesús para buenas obras, que Dios de antemano preparó para
que anduviésemos en ellas (Efesios 2:10). Para aquél que no ha pasado por la
experiencia de la conversión y no es un hijo de Dios, los mandamientos con una
carga gravosa. Sin embargo, para aquél que cree en Cristo y tiene consigo su
Espíritu, sus Mandamientos no son gravosos (1 Juan 5:3). Ellos pueden decir:
Me deleitaré en tus Mandamientos, porque los amo (Salmo 119:47).
Al
concluir la carta a los Gálatas, luego de presentar la preciosa verdad acerca
del fruto del Espíritu (Gálatas 5:22, 23), Pablo hace un llamado a aquellos
primeros lectores, el cual resuena en nuestros días con igual relevancia para
nosotros: No nos cansemos, pues, de hacer el bien, que a su tiempo segaremos,
si no desfallecemos (Gálatas 6:9). Por lo tanto, permitámosle a Dios que nos
haga buenos y busquemos siempre hacer el bien.
Emilson dos
Reis
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Facultad de
Teología - UNASP
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Engenheiro Coelho
Brasil
Traducción: Rolando D. Chuquimia
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