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Familia y Planificación Personal

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Asunto:[familiayplanificacion] Nº 140, 18 de mayo de 2006
Fecha:Jueves, 18 de Mayo, 2006  16:42:54 (-0300)
Autor:Mirta Núñez <info @...............ar>


Boletín Informativo

FAMILIA Y PLANIFICACION PERSONAL

Boletín N° 140, 18 de mayo de 2006  -  ISSN 1668-9046

  Boletín Informativo


Hola a todos:

Encontré un artículo que me pareció muy interesante para compartir y como es muy extenso lo envío en un boletín especial. Espero que le guste o que les genere polémica.

De eso se trata: de pensar/nos.

Recuerden que para darse de alta o de baja del boletín ahora deben solicitarlo por e-mail a info@mirta-nunez.com.ar poniendo en el título del mail ALTA o BAJA

Saludos,

Mirta Núñez

 
  CRIANZA: violencias invisibles y adicciones.

Fuente: www.artemisanoticias.com.ar

Crianza. Violencias invisibles y adicciones
16.5.2006

La psicopedagoga familiar Laura Gutman, siempre polémica, vuelve al ruedo con un nuevo libro: Crianza. Violencias invisibles y adicciones (Ed. Del Nuevo Extremo). Los anteriores La maternidad y Puerperios proponían la maternidad como una oportunidad para que las mujeres empiecen a oírse a sí mismas. En este, ahonda sobre las violencias y adicciones que rodean toda crianza. En la Semana Mundial por un Parto Respetado, adelantamos algunos fragmentos de su trabajo.

Capítulo 5
Maternidad y adicción

(...)
Un bebé es un ser necesitado. Necesita indiscutiblemente ser cuidado, sostenido, alimentado, tocado, abrazado, amado. No hay estructuración psíquica saludable sin que esto ocurra. La mayoría de nosotros no somos satisfechos en nuestras necesidades originales, porque la cultura, la moda o las opiniones que circulan y que adoptamos así lo establecen. Y esto es muy real en los últimos siglos de "cultura" occidental.

También a causa de la discapacidad de prodigarnos amparo de nuestras propias madres que, a su vez, no fueron suficientemente maternadas por sus propias madres que, a su vez, cargan con historias difíciles de soledad y desamparo. Y así transgeneracionalmente. En tanto bebés, tenemos algunas opciones para sortear estas dificultades: la primera es enfermarnos. Esto es muy fácil de constatar.

A esta enfermedad la llamaremos "hecho desplazado", porque el adulto que nos cuida comienza a tomar en cuenta la enfermedad, pero no la totalidad del bebé necesitado. Otra opción es hacer otros pedidos más "escuchables" para el adulto: llorar, no dormir, vomitar, tener reacciones bizarras, etc. Y la última opción es adaptarnos. Es decir, hacer de cuenta que no necesitamos eso que necesitamos. Y así logramos sobrevivir. Que hayamos sobrevivido disminuyendo las demandas, significa que hemos relegado a algún lugar sombrío las necesidades básicas que no han sido satisfechas. Pero éstas no desaparecen. Sólo desaparecen para la conciencia. La vivencia más profunda, desplazada al inconsciente, es la de seguir estando necesitados.

La confusión aparece porque mientras tanto vamos creciendo. Un niño de tres años ya no puede llorar como un bebé recién nacido; a los seis años, mucho menos. Aprendemos a pedir sólo lo que los adultos están dispuestos a escuchar, porque ya estamos entrenados para no pedir lo que no corresponde. Además, de todas maneras, no lo obtendremos. Así, nos alejamos de nuestras genuinas necesidades personales, que ya no registramos, no conocemos ni reconocemos en nosotros. Es una manera de desconocernos a nosotros mismos. Por eso podemos afirmar que el desconocimiento de sí mismo se instaura en la infancia.

Al mismo tiempo, nos entrenamos para estar siempre atentos a cualquier necesidad que pueda surgir, para autosatisfacerla inmediatamente.

Este es un punto clave: la inmediatez. Así como el bebé necesita el pecho "ya", el niño o adulto eternamente necesitado, lo que sea que necesite, lo necesita "ya". No importa qué sustancias tenga que incorporar para satisfacer su necesidad. Sólo sabe que tiene que ser pronto, a cualquier precio. De lo contrario, el dolor al que remite es insoportable.

Es menester pensar que nuestros padres son también esa clase de niños necesitados. Nos educaron seguramente con las mejores intenciones y creyendo hacer todo lo correcto. Pero, inconscientemente, antepusieron sus propias necesidades a las de cualquier otro individuo. No puede ser de otra manera. Es como pedirle a un bebé que espere. Es imposible. Es desgarrador.

Quiero recalcar que la mayoría de los individuos, en este sentido, somos emocionalmente bebés. Es decir, necesitamos satisfacer prioritariamente las propias necesidades. Entonces, podemos darnos cuenta de qué significado adquiere lo que mayormente hemos experimentado siendo niños: padres especialmente ocupados en satisfacer sus propias necesidades, por lo tanto,con poco espacio psíquico y emocional para satisfacer las necesidades genuinas que teníamos en tanto niños.

Así las cosas, siendo niños hemos aprendido a satisfacer nuestras necesidades emocionales -me refiero al contacto, la mirada del adulto, la comprensión, el diálogo y el acompañamiento en el descubrimiento del mundo externo- desplazándolas hacia sustancias u objetos que podíamos "incorporar". Al no poder incorporar "mamá", fuimos incorporando "sustitutos". Desesperadamente.

El tema de la desesperación es también una cuestión central. Porque no hay términos medios en la necesidad primaria. Al igual que un bebé, que se desespera en ausencia del pecho materno, todo individuo necesitado tiene la urgencia de obtener la sustancia o el objeto desplazado para calmarse.

Por eso, podemos comprender que, hoy en día, nuestra vida cotidiana esté regulada por la adicción al consumo -desesperado- de comida, dulces, cigarrillos, alcohol, drogas duras, psicofármacos o trabajo. También entramos en relación dependiente y compulsiva con la televisión, el "chateo" por Internet, las llamadas permanentes por teléfonos celulares o el vínculo obsesivo y eterno con  los jueguitos electrónicos.

Como esta modalidad de consumo constante es global, resulta muy difícil detectar la patología de las conductas individuales. Pero podemos afirmar que todas estas conductas que reflejan la necesidad de "incorporar vorazmente" lo que sea para sobrevivir, son desplazamientos de necesidades primarias que no han sido satisfechas.

Para no permanecer lamentándonos de nuestro pasado, me interesa reflexionar sobre lo siguiente: nosotros, esos niños necesitados nos hemos convertido en los adultos que somos. Continuamos siempre atentos a satisfacer como sea nuestras necesidades ocultas. No importa que pertenezcan a nuestra infancia, porque para nuestra estructura psíquica siguen siendo tan prioritarias como cuando éramos niños. O sea que estamos sobre todo pendientes de lo que necesitamos: creemos que se trata de dinero, ascenso social, buen trabajo, casa, vacaciones, objetos de confort, ropa, discos compactos o acceso al cine. En realidad, no se trata de nada de esto. Estamos huérfanos de "mamá", de "maternaje primario". Pero no lo sabemos. Y no saberlo es el gran problema. Porque continuamos desplazando nuestras supuestas "necesidades" hacia todo tipo de actividades y objetos que creemos que son indispensables para vivir.

¿Cómo nos podemos dar cuenta de que son objetos desplazados? Porque no importa con cuánta comida nos atiborremos, cuántos cigarrillos fumemos o cuántas casas compremos... siempre necesitaremos más. Lamentablemente, aun obteniendo reconocimiento, éxito o dinero, nunca obtendremos más "mamá".

Con este panorama desalentador... ¿qué capacidad emocional tenemos para dedicarnos a maternar y paternar a un bebé que llega al mundo con una voracidad espectacular? Muy poca capacidad, obviamente. Porque vamos a anteponer -inconscientemente, es cierto- nuestras necesidades emocionales a las necesidades inmensas e incomprensibles del bebé. De hecho, cada vez que escucho a un bebé llorar, le pregunto a la mamá por qué llora. Casi siempre, invariablemente me contesta: "Porque quiere teta". Entonces replico: "¿Y por qué no se la ofrecés?". Luego vienen respuestas diversas sobre indicaciones del pediatra y justificaciones varias que no me importan en absoluto. Lo único que me importa es constatar que esa madre reciente no está dispuesta a darle prioridad a la demanda del bebé, sencillamente porque siempre le dio prioridad a la propia. ¿Por qué? Porque es -antes que nada- una gran necesitada.
(...)
La innumerable cantidad de preconceptos, opiniones y consejos que circulan sobre la crianza de los niños están supeditados a la comodidad de los adultos. Todo individuo que necesita -desesperadamente- satisfacer primero sus necesidades va a buscar su propia comodidad. A través de las generaciones, repetimos estos circuitos de hambre emocional.

Ahora bien, si nos interesa de verdad criar niños seguros y libres, estaremos obligados a reconocer, antes que nada, nuestras discapacidades y desvalimientos primarios. Comprender y alimentar nuestro ser interior hambriento. Pero no con comida, trabajo, ni televisión, sino con conciencia. Con comprensión de la propia historia vital. Entonces, tal vez podamos resarcirnos y estar atentos a qué necesita el otro. Que en tanto otro, necesita algo distinto que nosotros. Y si nos resulta intolerable responder a las necesidades del otro, sabremos pedir ayuda. No para que ese otro se calme. Sino para calmarnos nosotros ante nuestra necesidad devoradora. La crianza de los niños pequeños necesita altruismo, generosidad y dedicación: todas virtudes despojadas de necesidades individuales.

Maternidad y abstinencia de mundo externo
(...)
Una de las adicciones más invisibles y poderosas es la que compartimos casi todos los individuos que vivimos en regiones urbanas: la de "pertenecer". A una clase social, a un trabajo, a un grupo de amigos, a un club, a un partido político, a una forma de pensar. Así vamos construyendo una identidad en el mundo externo, que, básicamente, se organiza según cómo deseamos que "nos vean". De este modo, el mundo externo deviene ultra "necesario" para nuestro ego. Nos alimentamos cotidianamente de las experiencias de ese mundo concreto, reflejado en nuestra interacción con los demás. Con la aparición del bebé, la madre reciente padece una situación vivida como muy restrictiva: tiene que ver con la abstinencia de mundo externo. Una mamá que materna a su hijo no está en condiciones de "consumir" lugares sociales, cines, restaurantes, reuniones de amigos,televisión, comida, cigarrillos (es lo esperable), drogas, demasiado trabajo, demasiado café, etc. Y esto es vivido por muchas mujeres muy insertas en la sociedad de consumo y, sobre todo, en la sociedad de trabajo, como una limitación muy hostil. Se vive como un obstáculo para la realización personal. Es un lugar de identidad que se pierde, sin que la madre reconozca qué es exactamente lo que está perdiendo.

Las drogas a las que nos sometemos pueden ser invisibles, como es el caso de un trabajo vertiginoso y con grandes responsabilidades que aporta, consecuentemente, gran reconocimiento. A veces "damos la vida" por nuestro trabajo, porque nos apasiona, nos alienta o nos valoriza. Por eso es difícil reconocer que puede convertirse en droga.

La pista está en ver si alguna vez somos capaces de "elegir" no trabajar o disminuir la responsabilidad o el tiempo de dedicación. Si somos capaces de "elegir" ganar menos dinero. Con frecuencia, el trabajo nos elige a nosotros.

Lo mismo pasa con una droga tan invisible como la necesidad de "divertirse". Siempre. Y escapamos de la posibilidad de pasar un sábado a la noche a solas. Otra droga invisible puede ser la televisión. Nos quejamos de la cantidad de horas que los niños pasan frente a la pantalla del televisor... sin cronometrar las horas que pasamos los adultos. O el uso de Internet: vale la pena observarnos a nosotros mismos el día en que el "servidor" tuvo un percance técnico o bien un "virus" hizo su entrada en nuestra computadora personal. O la ansiedad que nos provoca darnos cuenta de que hemos olvidado el teléfono celular en casa.
Todo esto puede ser catastrófico, comparable al diluvio universal. Cuando esto nos acontece, somos adictos. No podemos vivir sin. Si estos elementos o la comida que ingerimos o el café o el mate que bebemos, son indispensables para vivir... tenemos un problema, pero no lo detectamos... hasta que aparece el bebé. El bebé "no nos deja" vivir dependientes de la droga. Y esto, paradójicamente, es saludable.

El puerperio es un período de abstinencia de todo lo que aporta el mundo externo.
Por eso podemos pensar este período de abstinencia como una época de curación. Un poco forzada, es verdad. Como toda abstinencia. Pero cada día que pasa, es un día ganado al consumo y al poder que le otorgamos al "mundo externo" sobre nosotras. Esa droga insospechada, que dirige nuestras vidas y que nos hechiza haciéndonos creer que es indispensable para vivir, de pronto da un paso al costado. Entonces, como en toda abstinencia, aparecen valores personales, fortalezas y dolores emocionales que nos muestran otros aspectos del ser esencial de cada mujer.

Si una mujer ha respirado cada día "reconocimiento social" y si luego, con un bebé en brazos, encerrada entre cuatro paredes, nadie la está adulando, la primera vivencia será de pérdida. Si logra atravesarla, verá que no se muere. Sólo va muriendo su creencia: la de necesitar esa situación para sobrevivir. Esa vivencia es real sólo para la niña que vive en su interior y que, desamparada y huérfana, necesitó "llenar" la totalidad de sus vacíos emocionales con reconocimiento social.
Pero la adulta que hoy también vibra en su interior, si es valiente, puede experimentar que no necesita nada externo, que ella "es" vacío. Y vivir la abstinencia, la soledad y el desapego de las sustancias o las circunstancias que creíamos vitales, nos fortalece. Nos hace reencontrar el verdadero "yo interior".

El encuentro silencioso con nosotras mismas, despojado de ruidos, distracción, estrés, apuros y mensajes que aparecen incansablemente en la pantalla de la computadora, nos invita a un ayuno espiritual. A decir "no". Ahora no. Así como los ayunos purgan, limpian el organismo y ayudan a eliminar las toxinas, de tanto en tanto necesitamos ayuno de vida cotidiana, de trabajo y de obligaciones sociales. Esto nos permite salir del mecanismo automático de introducir algo o hacer algo para "sentirnos vivos".

Con un bebé a cuestas entramos en un convento interior. Estamos obligadas a guardar silencio. A llevar un ritmo de sueño, vigilia, alimentación e higiene pautados por el ritmo del bebé. La "dieta" es rigurosa y cada vez que no la cumplimos, pagamos precios altos. Es como "caer en la tentación" del cigarrillo o el exceso de comida y luego sentirse terriblemente mal. Porque el goce que creímos encontrar fue escaso para nuestras expectativas; en cambio, el desequilibrio posterior fue demasiado importante. Esto es vivido al principio como restricción.

Si nos oponemos, si entramos en lucha contra esta realidad, estaremos en permanente queja, porque la vida cotidiana se ve desfavorecida. Pero si nos dejamos llevar suavemente, con aceptación y alegría, la abstinencia se convertirá en un camino lleno de tesoros escondidos. Porque conoceremos otros aspectos de nuestro yo interior, antes inexplorados.
(...)
De este modo, nos amparamos en teorías que justifican nuestra comodidad: "los niños no se tienen que malacostumbrar", "no hay que alzarlos a 'upa'", "deben dormir en sus habitaciones toda la noche", "deben educarse en el respeto hacia los adultos" y otras afirmaciones del estilo que avalan nuestras necesidades primarias, pero desatienden las necesidades de los niños pequeños. De este modo, estos niños desatendidos, a su vez necesitan incorporar lo que tengan al alcance de la mano, ya sea comida (tipo "chatarra", dulces, golosinas), televisión, jueguitos electrónicos o juguetes comprados compulsivamente por los padres ante las demandas compulsivas de los niños. Luego, se convertirán en adultos que siempre van a dar prioridad a sus propias necesidades porque quedarán eternamente insatisfechos. Las discapacidades para escuchar e incorporar al otro con sus deseos genuinos organizan una rueda de desatenciones que circula de generación en generación, y reproducen siempre lo mismo: sólo mirada para sí mismo y sordera y ceguera con respecto al otro.

De este modo, los niños aprenden a vincularse con los demás como sus padres se han vinculado con ellos: con muy poca capacidad para mirar al prójimo, amarlo y comprenderlo. Y el día que se conviertan en madres o padres, no habrán desarrollado la capacidad de dar, escuchar, atender y estar a favor de las necesidades del otro. Por generaciones repetimos esta modalidad de padres a hijos y éstos a sus propios hijos, indefinidamente.
(...)

Los varones adictos a la energía femenina
Si pensamos la adicción como un fenómeno donde el individuo necesita desesperadamente introducir algo para "nutrirse" (análogamente al bebé que tiene que nutrirse de alimento y de presencia materna, siempre, indefectiblemente), muy frecuentemente nos alimentamos de la energía del otro.

Las mujeres -bajo la cultura masculina, donde lo femenino y lo maternal están equivocadamente ligados, como si fueran lo mismo- solemos entrar en los vínculos como si toda relación amorosa fuese un vínculo maternal, es decir, que el hecho de dar, amparar, proteger, cuidar y alimentar sin pedir nada a cambio -como sucede en el vínculo de una madre hacia su hijo- conforman, inconscientemente, los a-cuerdos no verbales de una pareja. A su vez, cuanto más estamos dispuestas y acostumbradas a dar sin pedir nada a cambio, es frecuente que nos vinculemos con hombres que necesitan mucho y que mueren de amor por una mujer tan dedicada a satisfacer sus necesidades emocionales inconscientes. Durante la etapa de enamoramiento, tal como lo he descrito en mi libro Puerperios y otras exploraciones del alma femenina, no aparece el desequilibrio. El problema se manifiesta cuando aparece un niño que compite con las necesidades emocionales del padre.

Generalmente, insisto, estas necesidades son inconscientes, por eso es tan difícil detectarlas, salvo en el momento en que ya producen sufrimiento en la pareja.

¿Qué tiene que ver esto con la adicción? En que el varón en cuestión, es adicto a la satisfacción permanente de toda necesidad, consciente o inconsciente, que se le active. Por otra parte, cuenta con la experiencia del placer que le otorga estar siempre satisfecho, inmediatamente. La inmediatez no es un dato menor cuando decidimos observar estos fenómenos, ya que podemos reconocer una adicción, justamente cuando no hay paciencia para esperar a que le llegue su turno. En
este sentido, quiero recalcar que es inhumano pedirle paciencia a un bebé, ya que las necesidades de un bebé deben ser satisfechas lo antes posible. Justamente, cuando esto no ha sucedido en nuestra infancia, trasladamos la desesperación por la saciedad inmediata, a todas las circunstancias en nuestra vida adulta y, muy especialmente, sobre la persona en quien hemos depositado nuestra fantasía de "persona maternante que satisface mis necesidades". Si esta persona es la madre de mis hijos, estoy en un grave problema.
(...)

Quiero recalcar que éste es un juego de a dos: la mujer que ampara está tan necesitada de "ser" en la medida que "cuida", como el varón cree que "es" en la medida que recibe atención y satisface sus necesidades emocionales invisibles, gracias a la presencia de una mujer "siempre" disponible.

Es obvio que estas parejas -mucho más comunes de lo que creemos- entran en profundas crisis cuando aparece un hijo. El método más utilizado es el de sacar al niño de la escena. Casi todas las teorías psicológicas lo avalan. El problema de esta solución es que ese niño no suficientemente maternado se convertirá en un adulto adicto -es decir, necesitado-, incapaz luego de organizar vínculos con cierto equilibrio en el intercambio amoroso. Por lo tanto, no solucionamos nada, sólo perpetuamos los síntomas de generación en generación. Los varones -con mayor frecuencia que las mujeres- buscan alianzas o justificaciones para "sacar al niño del medio". Por eso, el famoso tema de "los límites" está tan de moda. Y, por eso, la paciencia es una virtud tan poco desarrollada en los padres. Es verdad que los niños pequeños necesitan mucho, por definición de "niños". Y que no podemos colmar todas sus necesidades. Y que cada uno de nosotros tiene también sus limitaciones y eso es saludable. Pero ampararnos en que el niño "debe" acostumbrarse a favor de nuestro propio beneficio es engañoso.

Cuando devenimos padres, la atención debe centrarse en cómo ampliar nuestras capacidades altruistas, nuestra paciencia y nuestra dedicación al otro. Es anteponer la necesidad del otro a la propia. Y eso es posible sólo si comprendemos que nuestra falta es primaria, pertenece al niño interior que vive en nosotros y que el adulto que somos tiene que hacerse cargo. No podemos descargar nuestras necesidades infantiles en el niño recién nacido ni usarlo para satisfacernos.

Pretender -desde el lugar de varón- que la mujer que amo siga ocupándose de mí como si fuese mi madre, satisfaciendo la totalidad de mis necesidades emocionales, sería posible sólo si hubiéramos decidido no concebir hijos. Pero si los niños son una realidad, estaremos obligados a trabajar con conciencia para no dejarlos desprovistos de la dedicación y el maternaje que merecen.

¿Qué hacer? Desde mi punto de vista, lo más provechoso es retomar la totalidad de la biografía humana de cada individuo -éste es un trabajo personal, no de la pareja- (según la explicación detallada descrita en Puerperios y otras exploraciones del alma femenina), hasta llegar a los puntos más inhóspitos de las experiencias infantiles. Ordenarlas con ayuda de un pensamiento lúcido y organizado. Comprender más y más cada experiencia y los beneficios ocultos que hemos adquirido de cada situación dolorosa. Comprender también cómo hemos organizado nuestra psique, nuestro modo de relacionarnos y, sobre todo, nuestras creencias.

Echar luz sobre las identificaciones más sombrías. Y recién en esa instancia, iniciar un trabajo terapéutico de pareja. Se trata de conversar sobre los descubrimientos personales, en presencia de un tercero, para compartirlos, para comprenderlos y para aportar sostén y amor de uno hacia el otro y viceversa. No creo que haya terapia de pareja posible sin un encuentro genuino sobre los lugares más sombríos de cada individuo. De lo contrario, las terapias se convierten en lugares de negociación, pero no en lugares de encuentro con la propia sombra y de generosidad al compartir esos descubrimientos íntimos.
(...)

Editorial Del Nuevo Extremo

 
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