 | | Asunto: | padrenuestro Domingo I de Cuaresma | | Fecha: | 17 de Febrero, 2010 12:56:11 (+0100) | | Autor: | TRIGODEDIOS <loli627167575 @.....com>
|
|
Padre nuestro.
Domingo, 21/02/2010, Domingo I de Cuaresma.
Más allá
de las tentaciones.
La Cuaresma es el tiempo litúrgico en el que más nos
esforzamos para convertirnos al Evangelio. Es verdad que todos los días del año
deseamos parecernos más a Jesús en nuestra conducta, pero, durante la cuarentena
de días que acompañamos al Mesías a Jerusalén para verlo padecer para
demostrarnos que Dios nos ama, sentimos con más intensidad el deseo de ser fieles
imitadores del Hijo de María. ¿Qué entendemos los católicos por tentación?
Llamamos tentación a todo deseo que podemos tener en cualquier momento de
incumplir la voluntad de nuestro Padre común. Dado que no podemos controlar
los pensamientos que nos pasan por la mente independientemente de que estos sean
buenos o malos, los últimos no deben ser considerados pecaminosos, exceptuando el
caso de que sintamos que hacemos lo correcto al albergar los mismos en la mente. Con el fin de que aumentemos nuestra creencia con respecto a que nuestro Padre
común nos ayuda a superar las dificultades que caracterizan nuestra vida, a pesar
de que la carencia de fe en Él que tenemos hace de este hecho una tarea muy
difícil en muchas ocasiones, os envío una dinámica que escribí el pasado año
2003, para que aquellos catequistas a los que en aquel tiempo ayudaba en su
trabajo, pudieran narrarles a sus oyentes una parte de la vida de Moisés. El
relato está escrito en primera persona, pues está concebido como si el propio
Moisés nos lo narrara antes de morir.
"Salido de las aguas.
Primera
parte.
Hubo un tiempo en que los descendientes del último de los tres grandes
Patriarcas de Israel se multiplicaron tanto en la tierra de Egipto, que Faraón
temió que estos se aliaran con sus posibles enemigos en un futuro cercano o
lejano e invadieran su país, obteniendo así el señorío sobre aquella legendaria
tierra. Previendo una situación de desastres inevitables, Faraón esclavizó a
todos los descendientes de Jacob, los cuales trabajaron en la construcción
durante cuatrocientos treinta años. La fuerza de espíritu del pueblo elegido por
Dios para llevar a cabo el designio del Todopoderoso de tener fe en Él durante
los más de cuatro siglos que se prolongó su esclavitud y de serle fiel al
recuperar su tan soñada libertad, les fue dada por el Espíritu Santo a los
citados descendientes del último de los tres grandes Patriarcas de Israel. Esta
fue la causa por la que los israelitas, ni en las peores condiciones que podían
sobrevivir, dejaban de ser un pueblo numeroso y temido por sus dueños. Hubo un
tiempo en que la máxima autoridad de la tierra consideró oportuno el hecho de
tomar medidas para evitar el excesivo aumento de la población hebrea, así pues,
esta fue la causa por la que les ordenó a las parteras que atendían a las mujeres
hebreas que asesinaran a todos los varones que nacieran entre los descendientes
de Jacob. Aquellas mujeres, ora por lástima por la vida de dichos niños, ora por
causa de sus convicciones religiosas, -quizá arriesgándolo todo para complacer al
dios o a los dioses en que creían-, desobedecieron a la máxima autoridad de
Egipto. Cuando Faraón llamó a las parteras para preguntarles por qué habían
desobedecido su orden, ellas le respondieron bajo la inspiración del Espíritu
Santo en estos términos: "Las mujeres hebreas son muy saludables, así pues,
cuando llegamos a sus casas, nos encontramos que ellas ya han dado a luz". Las
parteras no hablaron inducidas por su miedo, así pues, Faraón las creyó, porque
le hablaron sinceramente, mirándolo a los ojos sin pestañear, con gran franqueza,
y sin ladear la mirada una décima de segundo. Aquel que había sido designado
por los dioses para gobernar la tierra de Egipto, siguió con la firme resolución
de evitar a toda costa que la población de los hebreos siguiera multiplicándose. Fue precisamente en aquel tiempo, cuando en el barrio de los hebreos, nació un
niño, el cual fue amamantado por su madre durante tres meses, pero, llegado el
día en que esta no pudo tener a su hijo junto a sí, porque corría el grave riesgo
de ser descubierta por las autoridades, las cuales no dudarían un sólo instante
en escarmentar a toda su familia, tuvo que deshacerse de él. Aquella mujer,
-mi madre-, me introdujo en una cesta, la cual fue depositada junto a las aguas
del Nilo, donde, por obra y gracia del buen Dios, fui visto por la hermana de
Faraón, quien con el consentimiento de su hermano, me crió como si fuera su hijo,
permitiendo que mi madre hebrea fuera mi nodriza. Dios quiso que yo fuera
educado en el conocimiento de las ciencias de los egipcios. La familia de Faraón
me enseñó un camino a través del cual podía convertirme en un semidueño de la
tierra de Egipto, pero jamás podría comprender la razón por la que nos es
necesario aceptar el desafío de resolver nuestras dudas para que la fe en Dios
nos colme de bendiciones, de no haber sido porque Dios me ayudó a ello cuando lo
consideró oportuno. Crecí según como estaba establecido que creciera el hijo
de Faraón, ignorando cual era la forma en que mis hermanos de raza eran
explotados inmisericordemente. Cuando crecí y me convertí en un respetable
príncipe de la tierra de Egipto, hubo un día en que tuve la oportunidad de ver
cómo uno de los capataces egipcios maltrataba a un esclavo. No existe lógica
alguna -más allá de nuestra fe común- que pueda explicar la razón por la cual,
yo, Moisés, príncipe de Egipto, asesiné al citado capataz, compadeciéndome del
esclavo malherido a golpes de látigo. Un día después que cometí aquel crimen,
intenté evitar que dos esclavos riñeran entre sí, pero uno de ellos, me dijo:
"Príncipe de Egipto, a pesar de que posees buena parte de las riquezas de esta
tierra, no eres tan importante como para poder tomar decisiones interviniendo en
las disputas de los miembros de un pueblo al que perteneces y has traicionado
convirtiéndote en su enemigo, así pues, de nada te sirvió ocultar el hecho de
haber asesinado al capataz y haberlo enterrado en la arena para que nadie sepa
que eres un asesino". La noticia de que yo había cometido el citado crimen era
evidente. No tardaría mucho tiempo el hecho de llegar a oídos de aquel a quien
hasta aquel día llamé padre el citado hecho, por lo cual este me perseguiría para
arrebatarme la vida. Esto no era muy probable que sucediera teniendo en cuenta
que yo era tenido como el hijo de una princesa, pero, dado que fui tenido como
tal hacía varias décadas, pensé que debía desconfiar de la protección legal que
supuestamente debería haber amparado mi vida. Al internarme durante cuarenta
días en el desierto, me despojé de todo aquello que había poseído desde los años
de mi niñez hasta aquel día, así pues, Yahveh se valió de aquella circunstancia
para empezar a desnudarme de la vestimenta humana que me cubría para revestirme
con los dones y virtudes de su Santo Espíritu. El calor del desierto era
agotador, y el frío nocturno me entumecía los huesos y me producía heridas en la
piel. La peregrinación a través del desierto, no se asemejaba en nada a la vida
en el palacio de la familia que sacrifiqué al proteger la vida de un esclavo al
que quizás no mucho tiempo después habría podido asesinar otro capataz
desconsiderado con quienes son más débiles que él. Mi madre egipcia me dijo en
el pasado que era un gran príncipe, a quien lo único que me faltaba aprender era
a hacerme respetar sin por ello estimar más vida que la de mis semejantes del
palacio faraónico y mi propia existencia, muy a pesar de los mandamientos
contenidos en el Libro de los muertos. En conformidad con la sucesión de los
días que me parecían interminables, me eran difíciles de soportar las
alucinaciones que padecía, la sed me asfixiaba, y me faltaban las fuerzas para
buscar mi destino incierto. La confusión se adueñaba de mi vida por momentos, a
medida que el agotamiento me mortificaba. Quizá debía haber fingido que no me
percataba de la situación que vivió el esclavo al que defendí en perjuicio de mis
intereses personales, pero... ¡Al fin un día vi un pozo a lo lejos!. Unos
pastores embrutecidos estaban forzando a tres jóvenes para que las tales los
dejaran abrevar sus rebaños, las cuales también tenían ovejas, por lo que pensé
que quizá el agua escaseaba en aquel pozo cuando se enzarzaron en una disputa con
aquellos hombres de quienes pensé que eran capaces de agredirlas. Nuevamente,
sin pensar que quizás podría volver a arrepentirme de meterme donde nadie me
había llamado, tomé cartas en este nuevo asunto, pues no soportaba ver cómo las
pobres jóvenes eran perjudicadas en aquella pelea al no estar en condiciones de
enfrentarse a dichos pastores, quizá porque aquella nueva drástica situación, me
recordó a mis hermanos de la raza hebrea, a quienes me dejé en Egipto padeciendo
bajo la tiranía de Faraón. El padre de las jóvenes se llamaba Jetró. Este
sacerdote madianita organizó una fiesta en su pobreza y mayor riqueza para
proclamar la grandeza de un acto mío que para mí fue insignificante. Me costó
un gran esfuerzo el hecho de acostumbrarme al estilo de vida ruda de los
pastores, pero entre los tales existía un halo de sencillez que me resultó
fascinante hasta el punto que me hizo olvidar otras cosas que en el pasado fueron
fundamentales en mi vida, y en el tiempo que fui pastor y trabajé para Jetró, no
eran más que simples vanidades. Me gustó la vida de pastor. Tomé la decisión
de casarme con Séfora, la hija mayor de Jetró. Varios años después, tuve dos
hijos, seguí pastoreando los rebaños de mi suegro, y, al acostumbrarme a la
impotencia que me causaba el hecho de no poder volver a Egipto a concederles la
libertad a mis hermanos de raza, pude pensar que era feliz. El contacto con la
naturaleza me ayudó a valorar el silencio que en el pasado faltó en mi vida para
ordenar mis pensamientos sin que el orden de las actuaciones de mi vida estuviese
previsto por una autoridad superior al mando de mi voluntad. Había un hecho
entre las sencillas gentes de Madiam que me extrañaba, pues las tales creían en
un Dios que no tenía nombre, decían que eran descendientes de Ismael el árabe, y
tenían un monte sacro, al cual no subirían ni para adquirir la mayor riqueza del
mundo. Los madianitas creían en el Dios carente de nombre, pero hablaban de Él
con miedo. Yo conocía las ciencias egipcias, las cuales no me hacían recordar
ninguna información referente a un Dios tan extraño y misterioso. Este hecho me
impulsó a subir al citado monte sacro para descubrir esa leyenda legendaria que
tanto me despertaba la curiosidad. Cuanto más me acerqué a la cima del monte
el día en que decidí ascender a la cumbre del mismo, la curiosidad me impulsaba a
caminar más rápidamente, pues tenía impaciencia por descubrir tan extraño
misterio. En la cima del monte, había una cueva, la cual supuse que podría ser la
propiedad del misterioso Dios sin nombre. No pude evitar el hecho de pensar:
"¡Qué templo tan pobre para ser la morada de un Dios tan grande e importante y
para tan buen profesional en la tarea de hacerles sentir miedo a sus adeptos!". Cuando entré en la cueva, vi un resplandor en el fondo de la misma. Cuando me
acerqué a la citada luz, vi que se trataba de una zarza ardiente. La sorpresa que
me llevé fue mayúscula cuando vi que la citada zarza no era consumida por la
pequeña llama que la envolvía. ¡Jamás había visto un prodigio tan raro y
extraño!. "-Moisés, Moisés". Oí una voz que me llamó. No podía decir con
certeza si la voz que oí procedía de la zarza ardiente, de la parte más profunda
de la cueva, del cielo o de cualquier otra parte. "-Moisés, Moisés". La
sensación que sentí fue semejante al temor, o, mejor dicho, al miedo. "-¿Quién
me llama?" -respondí-. A continuación, añadí: "-Aquí estoy, Señor". Mi
interlocutor era el Dios en quien creían mis hermanos de raza y los madianitas.
Dios me dijo que tenía presente el clamor de aquellos que eran maltratados
injustamente en la tierra de Egipto, y que me designó a mí para que fuera su
intermediario ante Faraón, para abolir la esclavitud en el país en que viví bajo
el amparo del llamado "Señor del día y de la noche" y de mi amada madre Lidia.
Yo no intervine nunca en los asuntos competentes de aquel a quien llamé padre
durante la mayor parte de los años de mi vida, pues lo único que Faraón me ordenó
es que adquiriera información referente a las ciencias y que participara en los
actos más trascendentales de la corte faraónica, por lo cual me sentía impotente
para contradecir a la más elevada autoridad del país. ¿Qué le podía decir a
Faraón para que me creyera? ¿Cómo podrían creer los hebreos que el
desaparecido príncipe tartamudo de Egipto era el enviado de Dios para concederles
su anhelada libertad? Ante mis preguntas, el Dios de los descendientes de los
grandes Patriarcas de Israel, me entregó un cetro, me ordenó que dejara el mismo
en el suelo, y, al instante, el símbolo de la autoridad de Dios, se transformó en
serpiente. Este prodigio se asemeja mucho al poder que en Egipto se les atribuye
a los sacerdotes para hacer prodigios grandes como el que Yahveh me mostró. El
Dios desconocido por los egipcios me ordenó que cogiera la serpiente por la cola,
para que la misma volviera a ser un cetro. Dios me dijo que utilizara la
citada señal ante el Faraón de Egipto para convencerlo del poder del
Todopoderoso, a pesar de que Faraón no creería en el poder del Dios que adoraban
los hebreos siempre, incluso cuando estaban desesperanzados por la forma inhumana
en que eran tratados. Con respecto a los hebreos, Dios me dijo que les dijera
que Él era el creador de Abraham, Isaac y Jacob. Las respuestas con que Dios
contestaba mis preguntas no aclaraban mis dudas, pues jamás hasta aquel día había
experimentado el poder de aquel extraño Ser mitológico para poder creer en Él
hasta tomar la opción de actuar en su nombre. El Señor me dijo que introdujera
mi mano en mi pecho, y, con sorpresa, vi mi diestra cubierta de lepra. Sentí que
se me cortó la respiración al ver cómo se me desprendía la carne de la mano.
Jamás en mi vida había sentido tanto miedo e impotencia. Dios me dijo que
metiera mi mano en el pecho por segunda vez, y, de esta forma, quedé restablecido
de la mortal enfermedad. Después de contemplar y vivir este prodigio, sólo
sabía que me seguía sintiendo impotente para llevar a cabo la misión que Dios me
encomendó. Yo era tímido, jamás había intervenido en ningún asunto relacionado
con la política, y, para colmo, también era tartamudo. Dios me dijo que mi
hermano Aarón hablaría por mí tanto ante Faraón como ante mis hermanos de raza, y
que no tuviera miedo, porque el Todopoderosos siempre estaría conmigo. Intenté
convencer a Dios para que designara a otro profeta más diestro que yo para llevar
a cabo su propósito, pero Él gritó con una profunda convicción: "-¿Quién ha
creado el cielo y la tierra? ¿Quién sostiene el universo? ¿Quién hizo a los
cojos, a los mancos y a los ciegos? ¿Quién es el señor de la vida?". Dios
quiso hacerme comprender que no podía escapar de aquella situación que tanto
miedo me causaba, por lo que tenía que aceptar el hecho de cumplir su voluntad.
Apenas tomé la citada decisión, no supe cómo sucedió -lo supe conforme viví la
experiencia de Dios-, pero empecé a sentirme fuerte para hacer lo que Dios
deseaba que hiciera. Con el símbolo del poder divino en la mano, salí de la
cueva. Sentí que la brisa me acariciaba como jamás antes lo había hecho. Descendí
del monte con el corazón henchido de paz y felicidad. Mis familiares, los que
tanto me amaban, se mostraron preocupados por mi tardanza, pues me hicieron
constatar que había perdido la noción del tiempo al encontrarme con el Dios de
los hebreos. Después de reunirme con Séfora, mis hijos y Jetró, les narré mi
experiencia, y, aunque intentaron creerme, se entristecieron al saber que tenía
que volver al país en que se me podía condenar a muerte, dado que asesiné a un
capataz egipcio para evitar la muerte de un esclavo hebreo. Entre mis familiares,
tenía un plan de vida excelente, pues tenía mujer, hijos y trabajo... A pesar de
todos los motivos que tenía para no volver a Egipto, tenía que llevar a cabo el
cumplimiento de la voluntad del Dios que me llamó para que le hiciera de profeta
y de libertador de su pueblo.
Meditación.
¿Hizo lo correcto la madre de
Moisés al abandonar a su hijo cuando este tenía tres meses? Aquella esclava
ocultó a su hijo con la intención de criarlo y disimular su nacimiento, para ver
si los egipcios decidían no asesinarlo cuando descubrieran que no era un recién
nacido. Aquella mujer que abandonó a su hijo en una cesta confió en el Dios que
tenía poder para impedir la muerte de aquel cuyo nombre significa "Salido de las
aguas". Consideremos que la mano de Dios actúa tras nuestras intenciones en
los momentos en que tenemos la más plena certeza de que hemos sido aplastados por
la adversidad, aunque no por ello se nos debilita la fe. Moisés creció en el
seno de una familia colmada de bienes materiales, y Jesús, -el Profeta de
Nazaret-, creció en el seno de una familia con múltiples carencias terrenales,
las cuales fueron suplidas por muchos dones y virtudes celestiales. Moisés era
tartamudo y tímido. Jesús, el predicador que conoció la pobreza en su más tierna
infancia y desde entonces no tuvo más remedio que luchar contra la adversidad o
dejarse aplastar por las circunstancias calamitosas de su vida y el tiempo en que
moró en Palestina, al tener la necesidad de lo que en mi pueblo llamamos
"buscarse las habichuelas", tuvo que aprender a desenvolverse en todos los
terrenos que la vida le presentó para que pudiera crecer en gracia y santidad.
¿Quién no ha tenido la oportunidad de imitar a San Pablo en su caída del caballo
para convertirse a Dios? ¿Quién de nosotros no ha sido golpeado en lo más
profundo de su ser para aceptar lo que en algún momento hemos llamado
contravalores y ahora constituye el fundamento de nuestra fe cristiana y
católica? ¿Hemos pensado que nos es necesario ser semejantes a la zarza que
Moisés contempló en el Sinaí? ¿Somos conscientes de que hemos de dejar que el
fuego de Dios arda en nosotros para consumir nuestros defectos y purificarnos
para que podamos usar más convenientemente los dones y virtudes que Dios nos ha
concedido? Al igual que más de mil años después le aconteciera a San Pablo en
su camino a Damasco, Moisés en el desierto se vio obligado a desnudar su alma de
todo aquello que aprendió en Egipto, para poder afrontar una situación de
interiorización que nos es necesaria a todos los creyentes, con tal que la verdad
de Dios penetre nuestros corazones.
Segunda parte.
Aquel mismo día en que
Yahveh se me manifestó, mis hijos, mi esposa y yo, renunciamos a nuestros seres
queridos y a nuestras posesiones, para ponernos al servicio del Dios de la
montaña. ¿Quién podría decirnos que aquella renuncia que hicimos no era de
carácter temporal? Esperábamos volver a Madiam una vez que Yahveh hubiera
redimido a su pueblo de la esclavitud de la tierra de Egipto, pero ignorábamos
que el Todopoderoso tenía planes con respecto a nosotros muy diferentes del
estilo de vida al que nos habíamos acostumbrado. Todos los que me vieron aquel
día me dijeron que mi cara irradiaba una luz especial y deslumbrante. Esa luz se
me extinguía del rostro a la medida que pensaba que me era necesario volver al
país en que sólo era recordado como un vulgar asesino. Mis privilegios de
príncipe egipcio habían quedado ocultos en la nada hacía bastantes años. ¿Cómo
podía explicarle a Lidia, mi madre egipcia, que no debía interceder ante mi
hermano Ramsés para que me tratara con clemencia? ¿Cómo podría explicarles a
quienes aún me amaban que era necesario que yo fuese causa de escándalo para
ellos, y que ellos debían ser eminentes signos de contradicción para mí? ¿Cómo
podrían los hebreos aceptarme como enviado de aquel Dios que no se había
manifestado a su pueblo durante alrededor de cuatro siglos? Al fin nos
anocheció atravesando el desierto. Mi familia y yo nos dispusimos a descansar
cuando un hombre armado con una espada se presentó ante nosotros y se dispuso a
asesinarme. ¿Quién podría habernos perseguido desde Madiam para impedir el
cumplimiento de la Palabra de Dios? Aquel hombre era un ángel del Señor. Séfora
cogió un cuchillo y circuncidó al más pequeño de nuestros hijos mientras gritó a
pleno pulmón: "-Tú eres mi marido, eres mi marido según el rito de la
circuncisión". Una vez hubo acabado Séfora el rito hebreo, el citado ángel
desapareció de nuestra vista, y no le volvimos a ver jamás. Si yo hubiera
estado sólo en el desierto, los días no hubieran sido tan amargos y difíciles,
pues mis familiares no hubieran sido víctimas de la sed ni de las inclemencias
del tiempo, ni mi hijo tampoco hubiera tenido que sufrir los terribles dolores de
la circuncisión. Seguimos caminando a través del desierto. Decidimos
aprovechar las bajas temperaturas de la noche para caminar algunas horas más de
lo que acostumbrábamos hacerlo con tal de descansar durante algunas de las horas
que el sol abrasaba el desierto con gran rigor. Cierto día divisamos a lo
lejos a un hombre que se nos acercaba fatigosamente. Parecía que ese hombre que
se nos aproximaba me miraba atenta y ansiosamente... ¿Sería aquel hombre otro
ángel del Dios y Señor de los hebreos? El misterioso pordiosero se nos acercó, me
preguntó si era el príncipe Moisés, y le respondí que mi principado ya no
existía, le dije todo lo que me había acaecido en presencia del Dios de la zarza
ardiente, y él me dijo que Dios lo había enviado para que fuera mi voz ante el
"señor de la tierra de Egipto" y de nuestros hermanos de raza. El nombre de
dicho hebreo era Aarón, mi hermano. Cuando mi hermano se nos presentó, nos
abrazamos y besamos. Quise invitar a mi hermano a que descansara junto a
nosotros, pero él no quiso que reposáramos. Yo casi había olvidado la terrible
situación que vivían mis hermanos de raza con el paso de los años, pero Aarón no
dejó de vivir ni un sólo momento de su vida en su propia piel trabajos y torturas
de diversa índole, por lo cual, me animó gritando con fuerza: "-¡No debemos
descansar ni un sólo instante hasta que se haya cumplido la voluntad de Dios!". Yo oré en alta voz, diciendo: "-Señor Dios Todopoderoso, a ti que te has
dignado mirar el sufrimiento de los hijos de tu pueblo escogido de entre todas
las naciones para manifestar tu gloria y santidad, deseo pedirte que perdones mi
tibieza, esa pereza con que huí del dolor de los hijos de tu pueblo, cuando me
faltó el valor que necesitaba para concluir el cumplimiento de la misión que me
hiciste emprender cuando asesiné al capataz que castigaba cruelmente a uno de tus
fieles". Aarón había sido castigado de múltiples maneras por lo cual no sentía
miedo alguno ante la posibilidad de ser golpeado o azotado nuevamente, pero yo,
que fui criado como un niño consentido, como un personaje al que se le ocultaron
todos los tipos de sufrimiento existente, se me hacía penoso el hecho de pensar
en los maltratos que podía esperar, así pues, a medida que nos acercábamos a
Egipto, me hacía más consciente de que tanto mis hijos, como Séfora y yo, nos
convertiríamos en esclavos, a partir del momento en que entráramos al poblado de
los hebreos. Durante la peregrinación que emprendimos desde Madiam a Egipto,
Dios no se nos manifestó, pero Aarón y Séfora nos enseñaron a mis hijos y a mí a
orar, y, esa viva comunicación con el Dios que permanecía en silencio, nos ayudó
a soportar las contradicciones y torturas que temíamos que cayeran sobre nosotros
como las piedras que los hebreos arrastraban para edificar templos y pirámides
sobre nuestras cabezas. Al fin llegamos a Egipto, la tierra en la que lo
primero que tuve que hacer es rechazar la tentación de dejarme arrastrar por la
melancolía, pues me era necesario ser fuerte para cumplir la voluntad de Dios
durante cada instante de los años de vida que aún me quedaban. Yo pensé que,
apenas se hubiera cumplido el designio redentor de Dios, mis familiares y yo
volveríamos a Madiam, y llevaríamos con nosotros a mis hermanos y a mi madre,
para que fueran felices junto a nosotros, pastoreando los animales de mi suegro
Jetró. Al fin cayó la noche sobre la tierra de Egipto. Cuando transcurrió un
buen rato a partir del momento en que los hebreos concluyeron su jornada laboral,
nos reunimos con nuestros hermanos de raza, a quienes Aarón les explicó la misión
que Dios me encomendó. Algunos hebreos eran escépticos con respecto al relato de
Aarón, pues muchos de ellos carecían totalmente de fe, pero un importante número
de nuestros hermanos estuvieron de acuerdo con nuestras pretensiones, así pues,
lo más pronto posible, Aarón y yo, nos presentaríamos ante Faraón, para pedirle
lo que nos dijo Dios: "-Deja que mi pueblo se dirija al desierto durante tres
días para ofrecerme sacrificios". El hombre a quien en el pasado llamé padre
había muerto. Ramsés, a quien siempre tuve por hermano, era el actual señor de
toda la tierra. Cuando estuvimos en la presencia de Faraón, creí que las
emociones que sentí constituyeron para mí un sin número de contradicciones que me
hicieron difícil el hecho de transmitirle a Ramsés el mensaje que recibí de parte
del Dios de los ejércitos. En el palacio faraónico los que nos vieron nos
miraron con cara de sorpresa, asombro y alegría. No pude evitar el hecho de
horrorizarme al pensar que todos recordarían el crimen que cometí en el pasado
con tal de salvar la vida a un esclavo. Faraón, excepcionalmente, quiso evitar
el hecho de hacerme justicia, por lo que fingió que no recordaba mi delito, pues
sin duda alguna supuso que aquel hecho hizo mi situación muy difícil y
comprometedora. A pesar de ello, yo no podía fallarle al Dios de los hebreos y
los madianitas. Aarón dijo con su característico deje de voz firme y sereno: "-El Dios de Abraham, Isaac y Jacob, me envía a pedirte que dejes que su
pueblo camine durante tres días a través del desierto, para ofrecerle
sacrificios". Faraón era muy inteligente, lo cual lo hacía perfecto sabedor de
lo que ocurriría si las construcciones se detuvieran y los esclavos
experimentaran la libertad alejándose del país durante tres días. Faraón
despreció a Aarón e intentó concederme todo tipo de privilegios con tal de
hacerme recapacitar de manera que me volviera a sentir miembro de la realeza del
país, con tal de evitar una posible rebelión de los esclavos. Por mi parte,
deseché los ofrecimientos reales, pues no podía fallarle a mi Dios. Faraón
endureció su carácter, pues mi hermano egipcio se caracterizaba por su firmeza,
autodeterminación y autodominio. Faraón, con tal de evitar una posible rebelión
de esclavos, les ordenó a todos los capataces de la tierra que no se les
entregara más paja a los esclavos para que los tales llevaran a cabo su trabajo,
sin que por ello se viera reducida su productividad de ladrillos. Al fin
abandonamos el palacio. Aarón no se había dado aún por vencido, pero yo me sentí
derrotado y humillado. Jamás en mi vida había contradecido a Ramsés, pues sabía
que él era más fuerte que yo a la hora de expresar su voluntad. Los hebreos,
al saber de nuestro fracaso y de las represalias que las autoridades egipcias
tomaron contra ellos, nos repudiaron desesperadamente a mi hermano y a mí,
acusándonos de haber hecho caer la maldición de Faraón y las mayores e
inverosímiles desgracias sobre ellos.
Tercera parte.
Aarón y yo
intercedimos insistentemente ante Faraón para que este les concediera la libertad
a los hebreos, pero Ramsés nos amenazó de muerte, aunque Dios nunca dejó de estar
grande con nosotros, así pues, los hebreos fuimos los únicos habitantes de Egipto
que no sufrimos el efecto de la mayoría de las plagas con que Yahveh intentó
mitigar la soberbia y la falsa potestad de Faraón. Todas esas plagas de la
conversión del agua de la tierra en sangre, ranas, langostas, granizos,
tinieblas, etcétera, sólo fueron símbolos de la plaga final, la cual fue la
terrible mortandad de los primogénitos tanto de los hombres como de los animales
de Egipto, con la excepción de los hebreos y de sus ganados. Yahveh me dijo
que los hebreos deberíamos cenar, la noche en que nos concedió la libertad, un
cordero pascual, el cual libraría a nuestros primogénitos del exterminio final,
la plaga que reduciría la soberbia de Faraón y nos permitiría abandonar
definitivamente el país de Egipto. Aunque Dios siempre estuvo grande con
nosotros, yo reconozco que perdí la fe en Él, en cada ocasión que Faraón
desobedeció a nuestro Creador, en su intento de librarnos de la esclavitud. A
pesar de la debilidad de nuestra fe, Dios llevó a feliz término su propósito con
respecto a los hijos de su pueblo. Siguiendo las instrucciones del Dios de la
montaña, todos los hebreos, al concluir nuestra jornada laboral el último día en
que trabajamos para Ramsés, nos dispusimos a preparar la gloriosa cena del
cordero salvador. Aquel día cenamos rápidamente con el báculo, el símbolo del
poder divino en la mano diestra, y, mientras oímos los lamentos de los egipcios,
nos apoderamos de muchas de las riquezas de esa tierra, y nos dispusimos a
atravesar el desierto, camino de la tierra que Yahveh le prometió en herencia a
nuestro antepasado Abraham. Nuestra cena no consistió en un manjar de reyes,
pero, aún así, tuvimos la ocasión de orar, comer y beber el vino que nos
fortaleció para que tuviéramos fuerza para iniciar nuestra larga peregrinación. Al fin el ángel exterminador comenzó a llevar a cabo su terrible misión. El
emisario de Dios respetó aquellas casas que tenían manchadas las jambas de sus
puertas con la sangre del cordero salvador, en las cuales morábamos los hebreos. Avanzada la noche, me dirigí al encuentro de mi hermano Ramsés, en compañía de
mi hermano hebreo. Antes de estar en la presencia de Faraón, no pudimos evitar el
hecho de pensar que íbamos a sufrir a manos de quien con gran impotencia debía
haber visto morir a su hijo. Aarón y yo nos conmovimos en gran manera cuando
Ramsés nos enseñó el cadáver de su hijo. No supimos qué decir ni qué hacer en tan
dramática situación. Dios humilló a quien nos humilló a nosotros durante
cuatrocientos años, pero, mi hermano hebreo
y yo, siendo humanos y compasivos, sufrimos pensando que, uno de tantos niños
inocentes, acabó pagando la pena merecida por la soberbia de Faraón. No sé qué
habría hecho sin la fuerza del Dios que siempre me ayuda a salir de las
situaciones difíciles y sin el hermano que tenía tanta facilidad para suplir mi
tartamudez. Aarón pidió valiente y serenamente una vez más la libertad de los
hebreos, a lo cual Faraón nos dijo que saliéramos del país sin ganados y sin
riquezas, pero nosotros sabíamos que obedeciendo a Ramsés pereceríamos con gran
facilidad por lo que él nos esclavizaría posteriormente, haciendo más gravosa
nuestra situación. Aarón permaneció firme en su intento de lograrnos la
libertad definitiva: "-No podemos abandonar el país sin riquezas y sin
ganados. Déjanos salir de esta tierra si no deseas seguir siendo azotado por
nuestro Dios". Al fin Faraón nos autorizó para que abandonáramos el país con
nuestros niños, nuestros ganados y con las riquezas de la tierra que pudiéramos
llevarnos. Nuestra peregrinación se dividió en dos ciclos, así pues, en primer
lugar nos dirigimos al monte sacro para ofrecerle sacrificios a Yahveh y para
recibir su Ley, quien posteriormente nos encaminó a la tierra prometida. Los
hebreos se llenaron de gozo al conocer esta buena nueva de que definitivamente
eran libres. Aquel día memorable despojamos de su oro a quienes se lamentaban por
la pérdida de sus primogénitos. Al fin nos dispusimos a abandonar la rica tierra
que se sumió en la más absurda y dolorosa de las miserias, por causa de la
soberbia de su Faraón. Al fin lo tuvimos todo a punto para dirigirnos a la
presencia del Dios de los hebreos. Soy torpe para hablar, pero, la basta
formación que recibí durante cuarenta años en Egipto, me capacitó para conducir
aquella difícil expedición. A pesar de sus heridas físicas y espirituales, mis
hermanos de raza se mostraban muy alegres. Por mi parte, a pesar de la alegría
que me embargaba, volví a sumirme en infinidad de preocupaciones, dado que
aquellos pobrecillos ignoraban la diferencia tan grande que existe entre la vida
de los esclavos y la vida de los hombres libres, así pues, no debían tratarse
como alimañas los unos a los otros en ninguna circunstancia, y tenían que
someterse al estricto cumplimiento de la Ley del Dios que los esperaba en el
monte sacro. Cuando nos encontrábamos ante el mar Rojo, los encargados de
vigilar la expedición, divisaron al ejército de Faraón a lo lejos, dispuesto a
vengar la muerte de los primogénitos de la tierra, y tantas otras calamidades que
el Dios de los ejércitos sembró en el país en que fuimos esclavizados. Después
de perder la esperanza en menos de un segundo, mis hermanos de raza se volvieron
contra mí, reprochándome por haberlos inducido a morir en el desierto, y por
haberlos privado de la carne que comían en Egipto a pesar de la situación en que
vivían, la cual, aunque era muy miserable, les era preferible a la muerte. Yo
sabía que no podía perder la fe nuevamente en aquella ocasión, no quería
desconfiar nuevamente del Dios que nunca me abandonó en las circunstancias
adversas que viví en el pasado, aunque, tengo que reconocer que, aquel día, la
furia de los soldados, podía haber sido más letal, que la acción que el ángel del
exterminio llevó a cabo en Egipto. Dios me lo dijo, y yo sé que Él siempre
cumple su Palabra. Por causa de una orden del cielo, extendí el báculo sagrado
sobre las aguas del mar Rojo, las cuales se juntaron constituyendo dos murallas a
izquierda y derecha, de tal manera que pudimos cruzar el mar pisando tierra seca.
La columna de humo divina que se antepuso entre los hebreos y los carruajes
egipcios se puso delante de mi pueblo y nos condujo hasta que llegamos a la
orilla opuesta. No podíamos dudar de Dios, así pues, o cruzábamos el mar Rojo
sin pensar que las aguas podían cernirse sobre nosotros y ahogarnos, o perecíamos
bajo la furia implacable del corazón de un padre herido y de un multimillonario
al que le arrebatamos gran parte de sus riquezas. Nos lanzamos a vida o a muerte
al mar, intentando creer que Yahveh estaba con nosotros. Los egipcios, apenas
la columna de humo les dejó vernos porque se puso delante de nosotros, iniciaron
nuestra desesperada persecución nuevamente. :Los caballos que llevaban los
egipcios galopaban con gran dificultad. Los soldados se sintieron ridiculizados
al ver cómo los esclavos heridos y desarmados se les iban de las manos, de manera
que la lucha que al principio parecía pan comido acabó siendo una humillación que
se extendió por todo el mundo conocido a lo largo de los siglos. Cuando el
último hebreo terminó de cruzar el mar, las aguas se cernieron inmisericordemente
sobre los egipcios los cuales fallecieron, de tal manera que Faraón se vio
forzado a reconocer que Yahveh es el único Dios verdadero. Los hebreos gozamos
de una enloquecida alegría. Tardamos muchas horas en emprender el camino hacia el
Sinaí, pues quise que mis hermanos alabaran al Dios viviente, con tal que ellos,
sus descendientes y los ascendientes de su prole, no olvidaran jamás que hubo un
día en que Yahveh estuvo grande con nosotros. La peregrinación era difícil,
porque mis hermanos de raza no conocían ninguna forma razonable de solventar sus
contiendas, por lo cual, las riñas sangrientas, eran su pan de cada día. Al
fin llegamos al pie del monte sacro. Subí con gran gozo a la presencia del Dios
de la montaña para decirle que su pueblo lo esperaba en la llanura, para que le
confiara sus decretos. Yo ignoraba que mi Dios tenía previsto instruirme durante
cuarenta días con sus respectivas noches, y que mis hermanos de raza perderían la
fe, hasta el punto de hacerse idólatras, haciéndose un falso Dios utilizando a
tal propósito parte del oro que les robamos a los pobres desgraciados de Egipto. Los hebreos, durante esos cuarenta días, me creyeron muerto en la cima del
monte, así pues, unos propusieron que el pueblo debía volver a Egipto, otros se
desesperaron y, lo más triste de todo, es que mi hermano Aarón, el que tenía
tanta convicción, no fue capaz de dominar aquella absurda situación, de manera
que fue él el constructor del falso dios. La orgía que los hebreos vivieron ante
su pretendido salvador fue impresionante, pues ninguno de ellos utilizó la cabeza
para pensar sabiamente, de manera que no se preocupaban por encaminarse hacia la
tierra prometida, no se acordaban de Yahveh, y mi hermano contemplaba aquella
orgía cabizbajo. Cuando se cumplió el último día de mi estancia en el monte
sacro, alguien les anunció a los hebreos mi llegada con las tablas de la Ley a su
presencia. Dios me había advertido previamente de la terquedad de mi pueblo,
pero, a pesar de ello, ¡no pude creer lo que vieron mis ojos!. ¡El pueblo del
mismo Dios se había hecho maldito por causa de su idolatría!. Los hebreos se
quedaron estupefactos al verme. Ordené la demolición del becerro de oro e hice
que dichos pecadores se bebieran el oro fundido, diciéndoles que el mismo era el
resultado de su fornicación, dado que el pueblo virgen le fue infiel a su Esposo,
¿cómo no debían beberse las injurias y ofensas con que temí que provocaran la ira
de su Señor? Después de ordenar el asesinato de los inductores de la
iniquidad, decidí subir nuevamente a la presencia de Dios con el fin de conseguir
que Yahveh perdonara a aquellos miembros de su pueblo tan duros de cervid y tan
incapaces de cumplir la voluntad de su Dios y Salvador. Mientras el pueblo
vomitaba las cenizas de su falso Dios, subí al monte para suplicar clemencia.
Yahveh me propuso destruir al pueblo infame y hacer de mis descendientes una
poderosa nación, pero yo no podía soportar el pensamiento de que fuera destruida
la propiedad de Dios, aquel pueblo por el que arriesgué mi vida tantas veces... Oré en la presencia de Yahveh, diciendo: "-Señor Dios de los ejércitos: Tú
que en la excelsitud de tu gloria te dignaste oír el lamento de los pobres y de
los pecadores, acuérdate de los inocentes que tendrán que morir si consientes en
ello, siendo víctimas de la soberbia de sus progenitores. No permitas que el
ángel exterminador repita la obra que llevó a cabo en Egipto". Yo no sabía que
Dios no quería hacer otra cosa sino probar mi fidelidad a Él. En agradecimiento a
mi lealtad, Yahveh me manifestó su fidelidad, y me prometió ayudarme a llevar a
cabo la misión que me encomendó, demostrándoles a los hebreos que yo era su
profeta, para que ellos aprendieran a creer en Él por mi medio. Dios nos
volvió a encaminar nuevamente hacia la tierra prometida.
cuarenta años
después.
Yo, Moisés, por las veces que este pueblo me ha hecho perder la fe,
no podría vivir en la tierra cuya posesión Dios nos prometió. Yo sólo pude ver
esa tierra desde la cima de un monte al que ascendí para reunirme con mis
antepasados hebreos, según me manifestó mi Dios. Ahora será Josué el designado
por Yahveh para concluir mi misión, el cual deberá hacer que los hebreos no sólo
sean una nación libre, pues deben aprender a actuar como los hijos del pueblo de
los santos de Dios".
|