 | | Asunto: | padrenuestro Domingo II de Cuaresma | | Fecha: | 21 de Febrero, 2010 21:27:45 (+0100) | | Autor: | TRIGODEDIOS <loli627167575 @.....com>
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Padre nuestro.
Domingo, 28/02/2010, Domingo II de Cuaresma, ciclo C.
Saquémosles partido a nuestros sentimientos contrapuestos.
1. Mi opinión no
es dogmática, esto significa que todos mis lectores pueden sopesar mis
pensamientos y aceptar las consideraciones que expreso mediante la edición de los
boletines de Padre nuestro que crean verdaderas. Quienes me conocéis desde hace
meses o años sabéis que me gusta mucho discrepar para poder observar los
acontecimientos que suceden en nuestro entorno desde diferentes puntos de vista
con el fin de enriquecerme espiritualmente aprendiendo de los aciertos y errores
propios y ajenos. Nunca me cansaré de decir que el tiempo de Cuaresma no debe
ser observado por nosotros como el retorno al tiempo de las confusiones.
Disponemos de recursos espirituales que pueden convertir este tiempo de oración y
meditación en un periodo maravilloso para superar algunos de nuestros defectos.
Por nuestro bien y la felicidad de nuestros seres queridos, deberíamos eliminar
el término pecado de nuestro vocabulario. La visión del bien y el mal sólo es un
punto de vista. Todo lo que hacemos tiene una motivación original. Nos
equivocamos si creemos que nuestro dolor y nuestros errores son los efectos que
se producen por nuestro medio cuando las fuerzas del mal nos manipulan lo mismo
que hacemos nosotros con nuestras computadoras. El amor y el odio sólo son
sentimientos, así pues, no debemos darnos golpes de pecho si en un determinado
momento nos airamos y odiamos a alguna persona. Para que la Cuaresma sea
enriquecedora para nosotros, debemos aceptarnos como somos e intentar mejorar tan
rápido como nos sea posible en todos los aspectos que atañen a nuestra vida. Para
lograr esta meta es conveniente que nos entreguemos a nosotros y a nuestros
prójimos cargados de ilusión. Es conveniente que evitemos la rutina en nuestras
actividades ordinarias y que imaginemos que todos los días encontramos un trabajo
nuevo que es estupendo, que en nuestra casa estamos limpiando unos muebles nuevos
que hemos comprado, que tenemos unos familiares maravillosos, etcétera. Si
abrazamos esta mentalidad, la vida se nos hará muy corta. No sirve de nada
mirar al pasado con dolor y desasosiego. El presente empieza a formar parte del
pasado sin que apenas nos podamos concienciar de la existencia de esta realidad.
Ahora mismo empezamos a vivir el mañana. Ninguna persona podrá vivir
protagonizando en la película de nuestra vida el papel que nos corresponde a
nosotros. El mañana empieza ahora mismo, de hecho, vamos a mirar el futuro con
esperanza. No podemos afrontar el futuro con ilusión si no conocemos nuestros
defectos y la forma de confrontarlos y afrontarlos. Es inútil el hecho de
ampararnos en diversas distracciones para evitar pensar en las causas que nos
inquietan. ¿Cuáles son las causas que nos producen dolor? ¿Cuál es la razón por
la que existen esas causas? Luchemos constantemente con la motivación de
superarnos imponiéndonos a tal efecto metas más elevadas en conformidad con los
retos que vayamos logrando alcanzar. Si queremos evitar la apatía debemos evitar
conformarnos con lo que somos. Debemos ponernos en lugar de nuestros prójimos
cuando las circunstancias lo requieran para entender que los tales no son
nuestros enemigos. No debemos enfadarnos si nuestros padres o abuelos nos piden
que estemos a su lado constantemente olvidando que nuestras actividades nos
impiden sentirnos ignorados como les puede suceder a ellos cuando sus fuerzas
físicas disminuyen y empiezan a olvidar sus más bellos recuerdos. Aceptemos la
vida como es, evitando generar sufrimiento en nuestros prójimos y en nosotros.
Aunque no seamos muy conscientes de esta realidad, nuestro estado anímico se
transmite rápidamente a las personas que nos rodean. Cuando habléis por teléfono,
intentad sonreír, veréis cómo la voz de vuestro interlocutor se dulcifica
instantáneamente y la conversación se torna mucho más agradable. Aprendamos a
mirar las cosas de diferente forma. Nos equivocamos al creer que tenemos la
verdad patentizada. Muchos hermanos nuestros se pierden el afecto de los jóvenes
porque se rompen la cabeza de tanto pensar en la negatividad del alcohol, la
droga y el tabaco. La santidad no es presunción de falsos tintes de
misericordia. No hacemos ninguna cosa mala al intentar hacer lo posible por sentirnos bien
sin herir a nuestros prójimos de ninguna manera. La angustia, la depresión y la
ansiedad son muy contagiosas. El amor y el odio son dos sentimientos
contrapuestos por cuya existencia podemos valorar nuestras virtudes y a las
personas que nos rodean. A pesar de que ambos sentimientos son contrapuestos, el
conocimiento y experiencia de los mismos son muy útiles para nosotros. De igual
forma que nos humanizamos al reconocer nuestras necesidades, podemos hacer lo
posible por no perder la identidad. Ninguna persona muere por causa del amor,
pero la belleza de este sentimiento adopta un cariz especial en los cónyuges que
se hacen felices unos a otros en atención a su afecto sin que entre ellos se
creen lazos de dependencia. Si el amor fuera una necesidad, perdería su
intrínseca belleza. Aunque tengamos que corregir algunos defectos que tenemos,
no debemos renegar jamás de la forma de ser que nos caracteriza. Debemos
educarnos constantemente porque estamos en constante proceso evolutivo. Si Jesús
hubiera sido un Hombre perfecto según profesa el Magisterio de la Iglesia, no se
habría enfadado nunca, ya que la ira, al ser un sentimiento adverso o negativo,
no puede ser santa. Dado que ni la Biblia ni la Iglesia se contradicen, debemos
interpretar la perfección que Dios nos exige como el deseo de nuestro Padre común
de que actuemos lo mejor que podamos. Debemos evitar crear tensiones por causa de
nuestros altibajos y tendencias, pues el malestar debe ser evitado porque por sí
mismo no es productivo. Hermanos y amigos: Estamos vivos. Nos aburrimos, nos
enfadamos, nos desconcertamos... Usemos todos nuestros estados anímicos para
expandirnos, crecer espiritualmente, alcanzar un buen estado de maduración y
amarnos a nosotros y a nuestros seres queridos. Es lamentable comprobar cómo
muchos de los nuestros se mortifican evitando superarse personalmente, porque
piensan que han pecado al airarse por sentirse impotentes en un determinado
momento de angustia o desesperación. Quienes nos hacen daño no son malos
independientemente de que nos hieran con la intención de protegernos o hacernos
sufrir. Si yo odio a quienes me hieren, mi odio sólo afecta a mi estado de ánimo
que a su vez hiere a quienes no son culpables de la tensión tan inverosímil que
albergo en el alma. Por cierto, es muy probable que nuestros fracasos se deban a
que aún no hemos conseguido alcanzar una ansiada meta, así que posiblemente
deberíamos pensar que tenemos todas las papeletas para seguir luchando con la
intención de vencer nuestra apatía. Amar no es comprender plenamente. El amor
y la comprensión se diferencian entre sí. No os sacrifiquéis mucho, pues son más
egoístas los que hacen cualquier cosa para alcanzar el favor de Dios que los que
aman a sus prójimos, así pues, los unos se sacrifican pensando en el beneficio
que ello les reportará, mientras los otros dan aunque no reciban nada a cambio de
la manifestación de sus sentimientos mediante gestos, obras y palabras. Si no
somos capaces de respetarnos y amarnos aceptándonos tal como somos, ¿cómo podemos
esperar que los demás nos respeten y nos amen? Es bueno que luchemos contra
todos los fantasmas que pueden afectarnos de alguna forma, incluyendo algunos
puntos de vista respecto de la sexualidad que son contrapuestos al ser examinados
por los autores de la Biblia, el Magisterio de la Iglesia y la Psicología
moderna. Cuando apareció el Pentateuco no se había definido la diferencia
existente entre la concepción de pensamientos y la ejecución de los mismos. La
definición de este punto de vista puede aclarar muchos malentendidos. Quienes
quieran creer que el demonio los domina y que sólo la gracia de Dios que por
cierto no ven por ninguna parte puede evitar que sean pecadores -aunque no lo son
en realidad- pueden seguir mortificándose y despersonalizándose, tengo que
aceptar su opinión aunque no la comparto, pero les deseo sinceramente que
recapaciten y comprendan que nuestro Padre celestial no es el Dios de la tortura,
sino el Padre de la misericordia entrañable. 2. "Dios habló en otro tiempo a
nuestros antepasados por medio de los profetas -nos dice el autor de la Epístola
a los Hebreos-, y lo hizo en distintas ocasiones y de múltiples maneras. Ahora,
llegada la etapa final, nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó
heredero de todas las cosas y por quien trajo el universo a la existencia" (HEB.
1, 1-2). Durante el transcurso de la Historia, Dios se ha comunicado con sus
servidores, con el fin de que ellos nos hagan saber que estamos abiertos a la
trascendencia divina. El Hagiógrafo del primero de los cinco libros del Antiguo
Testamento nos ha narrado cómo Dios constituyó a Abraham padre de todos los
creyentes haciéndonos reflexionar respecto de que también estamos siendo
santificados de igual forma que nuestro antepasado común fue bendecido por Sadday
(el Dios de la montaña). "Ahí tenéis el ejemplo de Abraham -dice San Pablo en
su Carta a los cristianos de Galacia-: Creyó a Dios, y esto le valió que Dios le
concediera su amistad" (GÁL. 3, 6). Si no nos abrimos a la trascendencia
divina, no podemos percibir la presencia de Dios en nuestra vida. Nuestro Santo
Padre nos colma de sus dádivas materiales y espirituales si cumplimos su
voluntad. En cierta ocasión, Jesús les dijo a sus Apóstoles: "Os aseguro que
todo aquel que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o
tierras por causa mía y del mensaje de salvación, recibirá en este mundo cien
veces más en casas, hermanos, madres, hijos y tierras, aunque todo ello sea con
persecuciones, y en el mundo venidero recibirá la vida eterna" (MC. 10, 29-30). Hoy empezamos a celebrar la segunda semana de este tiempo litúrgico que nos
conduce al ecuador de la Cuaresma. Jesús nos acaba de decir por mediación del
Evangelista Marcos que si queremos ser sus seguidores tenemos que renunciar al
egoísmo para abrirnos a nuestros prójimos y a la trascendencia divina. El
prestigio cristiano no consiste en acumular riquezas, sino en abrazar a todos los
hombres del mundo y considerarlos como miembros de la familia. A este respecto
debemos aplicarnos las palabras de nuestro Señor: "Yo no puedo hacer nada por
mi propia cuenta. Conforme el Padre me dicta, así juzgo. Mi juicio es justo,
porque no pretendo actuar según mis deseos, sino según los deseos del que me ha
enviado. Si me presentase como testigo de mí mismo, mi testimonio carecería de
valor... Una prueba evidente de que el Padre me ha enviado es que hago lo que el
Padre me encargó hasta llevarlo a feliz término. También habla a mi favor el
Padre que me envió, aunque vosotros nunca habéis oído su voz ni habéis visto su
rostro" (JN. 5, 30-31. 36-37). Quienes predicamos la Palabra de Dios podemos
sucumbir ante la seducción de la soberbia al presentarnos ante nuestros oyentes o
lectores como testigos de nuestra capacidad de hacer que ellos se acerquen a
Dios. El mérito de Jesús residió en que nuestro Señor predicó en Palestina
diciendo que sus palabras y obras eran válidas por cuanto les eran inspiradas por
Dios, el Padre a quien tanto amó, que no escatimó jamás la posibilidad de cumplir
sus deseos. 3. La Iglesia nos invita este Domingo de la Transfiguración a
poner los ojos en ese cielo que tantas veces hemos soñado frente a las causas por
las cuales el mundo está marcado por el dolor. El Salmo 26 que hemos oído después
de la lectura del Génesis es muy edificante para nosotros al respecto de la
consideración que como cristianos que somos le concedemos al sufrimiento humano. "El Señor es mi luz y mi salvación -escribió el Salmista-, ¿a quién temeré?"
(SAL. 26, 1). Con gran belleza literaria David intentaba que su pueblo
conociera el misericordioso amor de Dios. "Si un ejército acampa contra mí
-sigue afirmando el gran Rey de Israel-, mi corazón no tiembla; si me declaran la
guerra me siento tranquilo" (SAL. 26, 3). San Pablo respalda los razonamientos
de David en estos términos: "¿Quién, pues, podrá arrebatarnos el amor de
Cristo? ¿El sufrimiento, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el
peligro, el miedo a la muerte?... Pero Dios, que nos ama, nos hace salir
victoriosos de todas estas pruebas. Seguro estoy de que nada, ni muerte, ni vida,
ni ángeles, ni cualquier otra suerte de fuerzas sobrehumanas, ni lo presente, ni
lo futuro, ni poderes sobrenaturales, ni lo de arriba, ni lo de abajo, ni
criatura alguna existente, será capaz de arrebatarnos este amor que Dios nos ha
mostrado por medio de Cristo Jesús, Señor nuestro" (ROM. 8, 35. 37-39). Si
ninguna circunstancia adversa puede arrebatarnos el amor de Dios aunque dudemos
de la misericordia de nuestro Santo Padre, y si Él nos alivia el sufrimiento
concediéndonos sus dádivas divinas y humanas, ¿por qué no utiliza el Señor otro
medio independiente de la fe para que podamos creer en Él? Si viéramos a Dios
cara a cara, dudaríamos de El de la misma forma que en ciertas ocasiones
desconfiamos de nuestros seres queridos, pero si Dios desea que nos dejemos amar
por Él sirviendo a nuestros prójimos los hombres y dejándonos amar por ellos,
tendremos más razones para creer en la Providencia divina. San Pablo se expresa
en los siguientes términos apoyando esta meditación: "Ahora vemos
confusamente, como por medio de un espejo; entonces (cuando Dios instaure
definitivamente su Reinado entre nosotros) veremos cara a cara" (1 COR. 13, 12). El Santo Apóstol nos acaba de informar de que Dios nos hará felices en su
Reino independientemente de que actualmente estemos recibiendo sus dádivas en
medio de nuestras dificultades, si nos aplicamos las palabras con que Jesús les
dijo a sus discípulos que serían premiados si lo seguían hasta el último día de
su vida (CF. MC. 10, 29-30). 4. San Pablo les escribió a los cristianos de la
comunidad eclesiástica de Colosas: "Nuestra realidad está en Cristo" (COL. 2,
17). Nuestra realidad radica en lo que fuimos en el pasado, en lo que somos en
el presente, y en lo que seremos en el futuro. Vamos a pedirle a nuestro Señor
Jesucristo que nos transfigure a su imagen y semejanza y que nos configure
nuestra mentalidad con respecto a su manera de ver las realidades divinas y
humanas. 5. Creo conveniente examinar la Transfiguración de Jesús desde la
experiencia que vivió nuestro Señor en el monte Tabor. Jesús quiso transfigurarse
en un monte, porque la gloria de Dios se percibe desde las alturas que sólo
pueden alcanzar quienes extienden las alas de su imaginación y se atreven a volar
por encima de la rutina que puede embargar su existencia. Nuestro Jesús se
transfiguró porque oró para que Dios realizara en Él ese prodigio tan excelente.
Esto nos anima a orar, a comunicarnos abiertamente con Dios sin miedo y con
confianza. Quizá nuestro Señor se transfiguró mientras recitaba interiormente el
Salmo 45, el cual empieza con las siguientes palabras: "Me brota del corazón
un poema bello, recito mis versos a un rey" (SAL. 45, 2). "Fuiste tú quien me
sacó del vientre -oró Jesús cuando pendía de la cruz en el Gólgota-, me tenías
confiado en los pechos de mi madre, desde el seno pasé a tus manos, desde el
vientre materno tú eres mi Dios" (SAL. 22, 10-11). Jesús se transfiguró en
presencia de los suyos porque su oración era confiada. "El Señor es mi pastor
-leemos en el libro de los Salmos-: nada me falta" (SAL. 23, 1). La
luminosidad del rostro del Señor transfigurado y la blancura de sus ropas, nos
comunican la bondad del amor que nos henchirá el corazón cuando Dios concluya la
instauración de su Reino entre nosotros. Cuando esto suceda, no existirán
diferencias entre los hombres, ya que todos seremos aceptados por nuestro Santo
Padre. Este hecho parece increíble, pero nuestra esperanza se fundamenta en el
cumplimiento de las promesas divinas. Moisés y Elías, representantes de
quienes creen en Dios para salvar su alma y quienes creemos en nuestro Padre
común sin miedo alguno a la condenación eterna, animaban a Jesús a afrontar su
próxima crucifixión en Jerusalén. San Lucas nos expresa esta verdad en los
siguientes términos: "Hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén"
(LC. 9, 31). Ellos no hablaban de la muerte de Jesús como fin de la existencia
del Ungido de Yahveh, sino como partida del Cristo a su Reino celestial. Los
Apóstoles se quedaron atónitos ante aquella visión. Pedro no quería descender del
Tabor, él quería dejar sus dificultades en el valle y vivir en aquel estado de
felicidad incompleta. Nosotros tenemos que vivir de la fuerza espiritual que
nos transmite Jesús Eucaristía cuando lo comulgamos, cuando leemos los Evangelios
y cuando hacemos ejercicios espirituales para descender del monte y afrontar las
dificultades que nos impiden ser plenamente felices hasta que seamos santificados
por el Señor.
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