 | | Asunto: | padrenuestro Pentecostés. | | Fecha: | 18 de Mayo, 2010 13:11:09 (+0200) | | Autor: | TRIGODEDIOS <loli627167575 @.....com>
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Padre nuestro.
Domingo, 23/05/2010, Solemnidad de Pentecostés, ciclo C.
¿Quién es el Espíritu Santo, y qué labor desempeña en los creyentes en
Dios?
(III parte).
La recepción del don del Espíritu Santo por nuestra parte.
El Espíritu Santo es un don, el don de Dios.
"Pedro les contestó:
-Convertíos y que cada uno de vosotros se bautice en el nombre de Jesucristo, a
fin de obtener el perdón de vuestros pecados. Entonces recibiréis, como don de
Dios, el Espíritu Santo" (HCH. 2, 38).
"El Dios de nuestros antepasados ha
resucitado a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo en un madero. Ha sido
Dios quien le ha elevado a la máxima dignidad y le ha constituido jefe y
salvador, para ofrecer a la nación israelita la ocasión de convertirse y de
alcanzar el perdón de los pecados. Y nosotros somos testigos de ello junto con el
Espíritu Santo, que Dios ha concedido a quienes le obedecen" (HCH. 5, 30-32).
"Al ver Simón que cuando los apóstoles imponían las manos se impartía el
Espíritu, les ofreció dinero, diciendo: -Concededme también a mí el poder de que,
cuando imponga las manos a alguno, reciba el Espíritu Santo. -¡Al infierno tú y
tu dinero!- le contestó Pedro-. ¿Cómo has podido imaginar que el don de Dios es
un objeto de compraventa?" (HCH. 8, 18-20).
"Todavía estaba Pedro exponiendo
estas razones, cuando el Espíritu Santo descendió sobre todos los que oían el
mensaje. Los creyentes judíos que habían llegado con Pedro estaban sorprendidos
de que también sobre los no judíos se derramase el don del Espíritu Santo" (HCH.
10, 44-45).
"Por consiguiente, si Dios les concedió el mismo don que a
nosotros que hemos creído en Jesucristo el Señor, ¿quién era yo para oponerme a
Dios?" (HCH. 11, 17).
"Después de un largo debate, tomó Pedro la palabra y
les dijo: -Sabéis, hermanos, que hace tiempo me escogió Dios entre vosotros para
que anuncie también la buena nueva a los no judíos, de modo que puedan abrazar la
fe. Y Dios, que conoce el corazón humano, ha mostrado que le son adeptos al
concederles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros" (HCH. 15, 7-8).
Necesitamos tener fe en la Santísima Trinidad para poder recibir el Espíritu
Santo.
"El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús, puesto en pie,
proclamó en alta voz: -El que tenga sed, que venga a mí; el que crea en mí, que
beba. La Escritura lo dice: De sus entrañas brotarán ríos de agua viva. Decía
esto refiriéndose al Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él. El
Espíritu, en efecto, no se había hecho presente todavía, porque Jesús aún no
había sido glorificado" (JN. 7, 37-39).
"Y vosotros también, los que habéis
oído el mensaje de la verdad y habéis acogido con fe el anuncio feliz de vuestra
salvación, al ser injertados en Cristo, habéis sido sellados con el Espíritu
Santo prometido" (EF. 1, 13).
"Por todo ello me pongo de rodillas ante el
Padre, origen de toda vida tanto en el cielo como en la tierra, y le pido que
derrame sobre vosotros los tesoros de su bondad; que su Espíritu os llene de
fuerza y energía hasta lo más íntimo de vuestro ser; que Cristo habite, por medio
de la fe, en el centro de vuestra vida; que el amor os sirva de cimiento y de
raíz" (EF. 3, 14-17).
"Decidme solamente una cosa: ¿en razón de qué
recibisteis el Espíritu de Dios? ¿Por cumplir la Ley (de Moisés) o por haber
aceptado la fe?" (GÁL. 3, 2).
"Pero vamos a ver: cuando Dios sigue
repartiéndoos su Espíritu y realizando prodigios entre vosotros, ¿lo hace porque
sois cumplidores de la Ley o porque habéis aceptado el mensaje de la fe?" (GÁL.
3, 5).
"La bendición de Abraham alcanzará así, por medio de Cristo Jesús, a
todas las naciones, y nosotros recibiremos, mediante la fe, el Espíritu que Dios
prometió" (GÁL. 3, 14).
"Y prueba de que sois hijos (de Dios) es que Dios ha
enviado el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones; y el Espíritu clama:
"¡Padre!". Eres, pues, hijo y no esclavo. Y como hijo que eres, Dios te ha hecho
también heredero" (GÁL. 4, 6-7).
El don del Espíritu Santo les es prometido
por Dios a todos los creyentes.
Como nadie puede apreciar lo que desconoce,
nos es necesario tener una buena formación en el campo de la fe, con el fin de
que podamos vivir bajo los impulsos inspiradores del Espíritu Santo.
Tal como
vimos anteriormente en HCH. 2, 38, el Espíritu Santo puede ser recibido por todos
los creyentes.
El Espíritu Santo será recibido por todos los que le pidan el
citado don a nuestro Padre común.
"Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis
dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el
Espíritu Santo a los que se lo pidan!" (LC. 11, 13).
El Espíritu Santo será
recibido por todos los que obedezcan a Dios, según recordamos anteriormente, al
meditar HCH. 5, 30-32.
Aunque los Apóstoles tuvieron que esperar la llegada
del día de Pentecostés para recibir el Espíritu Santo, a nosotros no nos es
necesario esperar la llegada de ningún día especial para recibir el don de Dios.
"Con ocasión de una comida que (Jesús) tuvo con ellos (los Apóstoles), les
ordenó: -No os marchéis de Jerusalén; esperad a que el Padre cumpla la promesa de
que os hablé; porque Juan bautizaba con agua, pero vosotros seréis bautizados con
el Espíritu Santo dentro de pocos días" (HCH. 1, 4-5).
"En los últimos días
(el periodo de tiempo que se inició cuando Jesús ascendió al cielo, y sus
Apóstoles recibieron el Espíritu Santo, y que concluirá cuando el mundo sea
transformado definitivamente en el Reino de Dios), dice Dios, concederé mi
Espíritu a todo mortal: vuestros hijos y vuestras hijas hablarán inspirados por
mí; vuestros jóvenes tendrán revelaciones y vuestros ancianos soñarán cosas
extraordinarias. A los que me sirven, tanto hombres como mujeres, otorgaré en
aquellos días mi Espíritu, y hablarán inspirados por mí" (HCH. 2, 17-18).
Existen diversos ritos en todas las iglesias o congregaciones cristianas que
simbolizan la recepción del Espíritu Santo por parte de los creyentes. A pesar de
ello, la Biblia nos enseña que el Espíritu Santo no necesita de la actuación de
los ministros religiosos para penetrar las almas de los hijos de Dios. Veamos
algunos ejemplos de cómo el Espíritu Santo fue recibido en los corazones de
muchos creyentes.
Los samaritanos necesitaron de la intercesión apostólica
para recibir el Espíritu Santo.
"Pero, cuando Felipe les anunció el mensaje
acerca del reino de Dios y de la persona de Jesucristo, hombres y mujeres
abrazaron la fe y se bautizaron... Cuando los Apóstoles que estaban en Jerusalén
supieron que Samaria había acogido favorablemente el mensaje de Dios, enviaron
allá a Pedro y a Juan. Llegaron estos y oraron por los samaritanos para que
recibieran el Espíritu Santo, pues aún no había descendido sobre ninguno de
ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús, el Señor. así que
Pedro y Juan iban imponiéndoles las manos, y ellos iban recibiendo el Espíritu
Santo" (HCH. 8, 12. 14-17).
A pesar de que no habían sido bautizados ni se
les había impuesto las manos por parte de los Apóstoles, Cornelio y sus allegados
recibieron el Espíritu Santo.
"Todavía estaba Pedro exponiendo estas razones,
cuando el Espíritu Santo descendió sobre todos los que oían el mensaje. Los
creyentes judíos que habían llegado con Pedro estaban sorprendidos de que también
sobre los no judíos se derramase el don del Espíritu Santo. Les oían, en efecto,
hablar en idiomas desconocidos y alabar la grandeza de Dios. Pedro dijo entonces:
-¿Puede negarse el bautismo a estas personas que han recibido, como nosotros, el
Espíritu Santo?" (HCH. 10, 44-47).
Doce discípulos de San Juan el Bautista de
Éfeso, al creer en Jesús, recibieron el Espíritu Santo.
"Durante la estancia
de Apolo en Corinto, Pablo estuvo recorriendo las regiones interiores del Asia
Menor. Cuando finalmente llegó a Efeso, encontró allí a un grupo de creyentes, a
quienes preguntó: -¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando abrazasteis la fe? -Ni
siquiera hemos oído hablar del Espíritu Santo - les respondieron. -Entonces, ¿qué
bautismo habéis recibido? -preguntó Pablo. -El de Juan -contestaron. Pablo les
explicó: -Juan bautizaba como señal de conversión, e invitaba a la gente a creer
en el que había de venir después de él, es decir, en Jesús. Al oír esto, se
bautizaron en el nombre de Jesús, el Señor, y, cuando Pablo les impuso las manos,
descendió el Espíritu Santo sobre ellos, y comenzaron a hablar en lenguas y a
profetizar. En total eran unas doce personas" (HCH. 19, 1-7).
Quienes no
tienen el Espíritu Santo, no forman parte de la familia de Dios.
"Los que
viven, pues, entregados a las desordenadas apetencias humanas, no pueden agradar
a Dios. Pero vosotros no vivís entregados a tales apetencias, sino al Espíritu,
ya que el Espíritu de Dios vive en nosotros. El que carece del Espíritu de
Cristo, no pertenece a Cristo" (ROM. 8, 8-9).
"Hijos de Dios son los que se
dejan guiar por el Espíritu de Dios. Y vosotros no habéis recibido un espíritu
que os convierta en esclavos, de nuevo bajo el régimen del miedo. Habéis recibido
un Espíritu que nos transforma en hijos y que nos permite exclamar: "¡Padre!".
Ese mismo espíritu se une a nuestro propio espíritu para asegurarnos que somos
hijos de dios" (ROM. 8, 14-16).
Vivamos en plenitud ejercitando los dones del
Espíritu Santo, y dispongámonos a recibir el Sacramento de la Penitencia cuando
pequemos.
No puede dejar de sorprendernos el hecho de que nuestro corazón es
el templo o morada del Espíritu Santo.
"Si me amáis de verdad, obedeceréis
mis mandamientos, y yo rogaré al Padre para que os envíe otro Abogado que os
ayude y esté siempre con vosotros: el Espíritu de la verdad. Los que son del
mundo no pueden recibirle, porque ni le ven ni le conocen; vosotros, en cambio,
le conocéis, porque vive en vosotros y está en medio de vosotros" (JN. 14,
15-17).
"Judas, no el Iscariote, sino el otro, le preguntó: -Señor, ¿cuál es
la razón de manifestarte sólo a nosotros y no a los que son del mundo? Jesús le
contestó: -El que me ama de verdad, se mantendrá fiel a mi mensaje; mi Padre le
amará, y mi Padre y yo vendremos a él y viviremos en él" (JN. 14, 22-23).
"¿No sabéis, en fin, que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que habéis
recibido de Dios y habita en vosotros? Ya no sois los dueños de vosotros mismos"
(1 COR. 6, 19).
"Los que viven, pues, entregados a las desordenadas
apetencias humanas, no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no vivís entregados a
tales apetencias, sino al Espíritu, ya que el Espíritu de Dios vive en nosotros.
El que carece del Espíritu de Cristo, no pertenece a Cristo. Pero si Cristo está
en vosotros, aunque el cuerpo sufra los mortíferos efectos del pecado, el
espíritu vive a causa de la fuerza salvadora de Dios. Y si el Espíritu de Dios,
que resucitó a Jesús, vive en vosotros, el mismo que resucitó a Cristo Jesús
infundirá nueva vida a vuestros cuerpos mortales por medio de su Espíritu que
habita en vosotros" (ROM. 8, 8-11).
"Toma como modelo la sana enseñanza que
me oíste acerca de la fe y el amor que tienen su fundamento en Cristo Jesús. Y
conserva este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros" (2
TIM. 1, 13-14).
"Estamos seguros de que vivimos en Dios y Dios vive en
nosotros, porque nos ha hecho partícipes de su Espíritu" (1 JN. 4, 13).
"Pues
no dice en vano la Escritura: Celosamente ama Dios el espíritu que puso en
vosotros" (ST. 4, 5).
El Espíritu Santo es recibido por nosotros, porque
quiere comunicarnos la vida, los dones y el poder de nuestro Señor Jesucristo.
"Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que os capacitará para que
deis testimonio de mí en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta el último
rincón de la tierra" (HCH. 1, 8).
Dado que el Espíritu Santo desea hacernos
semejantes a nuestro Salvador, cuando pecamos, lo contristamos mucho.
"No
causéis tristeza al Espíritu Santo de dios, que es en vosotros como un sello que
os distinguirá en el día de la liberación final" (EF. 4, 30).
"No apaguéis la
fuerza del Espíritu ni despreciéis los dones proféticos. Examinadlo todo y
quedaos con lo bueno. Evitad toda clase de mal" (1 TES. 5, 19-22).
Dado que
el Espíritu Santo tiene la misión de hacernos conscientes de que somos pecadores
antes de santificarnos como ha quedado demostrado en este estudio bíblico, ¿qué
hemos de hacer cuando, a pesar de que nunca nos abandonará, tengamos la sensación
de que no sentimos su poder en nuestra vida?
Acudamos al Sacramento de la
Penitencia, manteniendo la creencia de que por su Pasión, muerte y Resurrección,
Jesús nos ganó la vida eterna de la gracia.
"Si vamos diciendo que estamos
unidos a Dios pero vivimos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad.
Pero, si vivimos en la luz, como él vive en la luz, entonces todos participamos
de la misma vida, y la muerte de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado. Si
alardeamos de no cometer pecado, somos unos ilusos y unos mentirosos. Si, por el
contrario, reconocemos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los
perdonará y nos purificará de toda iniquidad. Si alardeamos de no haber pecado,
dejamos a Dios por mentiroso; además, ponemos en evidencia que no hemos acogido
su mensaje" (1 JN. 1, 6-10).
Cuando confesemos nuestros pecados, debemos
volver, -lentamente-, a buscar el hecho de vivir ejercitando los dones del
Espíritu Santo plenamente. Obviamente, al ser humanos, vamos a fracasar muchas
veces al buscar la perfección divina, pero no debemos olvidar que Dios nos ama, y
que nuestro Padre común valora más nuestra buena intención que el resultado de
nuestras obras de seres imperfectos.
"Atentos, pues, a la manera que tenéis
de comportaros, que no es cosa de necios, sino de inteligentes. Y aprovechad
cualquier oportunidad, pues corren tiempos malos. No seáis irreflexivos; tratad,
más bien, de descubrir cuál es la voluntad de Dios. Ni os emborrachéis, si no
queréis dar en el libertinaje; llenaos, por el contrario, del Espíritu, y recitad
entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados. Cantad y tocad para el Señor
desde lo hondo del corazón, dando gracias siempre y por todo a Dios Padre en el
nombre de nuestro Señor Jesucristo. Guardaos mutuamente respeto en atención a
Cristo" (EF. 5, 15-21).
La experiencia característica de los cristianos,
siempre ha consistido en adaptarse a Dios, después de haberse sentido perdonados
y aceptos por nuestro Padre común.
Veamos algunos ejemplos de cómo el
Espíritu Santo se ha manifestado en la vida de algunos creyentes.
"El
Espíritu Santo los inundó a todos, y en seguida se pusieron a hablar en distintos
idiomas con plena soltura, según les concedía el Espíritu" (HCH. 2, 4).
"Pero
muchos de los que habían escuchado el discurso de Pedro abrazaron la fe, por lo
que el número de creyentes varones alcanzó la cifra de cinco mil aproximadamente"
(HCH. 4, 4).
"Apenas terminaron de orar, tembló el lugar donde estaban
reunidos, y todos quedaron llenos del Espíritu Santo. así pudieron luego
proclamar el mensaje de Dios con plena libertad" (HCH. 4, 31).
"Por entonces,
debido a que el número de los discípulos era muy grande, surgió un conflicto
entre los creyentes de procedencia griega y los nativos de Palestina. aquéllos se
quejaban de que estos últimos no atendían debidamente a las viudas de su grupo
cuando distribuían el sustento diario. Los doce apóstoles reunieron entonces a
todos los fieles y les dijeron: -No conviene que nosotros dejemos de proclamar el
mensaje de Dios para ocuparnos en servir a las mesas. Por tanto, hermanos,
escoged entre vosotros a siete hombres de buena reputación, que estén llenos de
Espíritu Santo y de sabiduría, y les encomendaremos esta misión. Así podremos
nosotros dedicarnos a la oración y a la proclamación del mensaje" (HCH. 6, 1-4).
"Pero él, (San Esteban), lleno del Espíritu Santo y con la mirada fija en el
cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie al lado de Dios, en el lugar de
honor" (HCH. 7, 55).
"Ananías partió inmediatamente y tan pronto como entró
en la casa, tocó con sus manos los ojos de Saulo y le dijo: -Hermano Saulo, Jesús
el Señor, el mismo que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado
para que recobres la vista y quedes lleno del Espíritu Santo" (HCH. 9, 17).
"Por lo cual, Saulo, conocido también por Pablo, lleno del Espíritu Santo, le
miró fijamente" (HCH. 13, 9).
"Cuando los no judíos oyeron esto, se alegraron
sobremanera y no cesaban de alabar el mensaje del Señor. Y todos los que estaban
destinados a la vida eterna, abrazaron la fe. El mensaje del Señor se extendió
por toda aquella región. Pero los judíos excitaron los ánimos de las damas
piadosas y distinguidas, así como de los altos personajes de la ciudad, y
organizaron una persecución hasta arrojar de su territorio a Pablo y Bernabé.
Estos, a su vez, sacudieron contra ellos el polvo de sus zapatos en señal de
protesta y emprendieron la marcha hacia Iconio, en tanto que los fieles quedaban
muy gozosos y llenos del Espíritu Santo" (HCH. 13, 48-52).
Es necesario que
recordemos diariamente nuestra recepción del Espíritu Santo cuando fuimos
bautizados, y que vivamos la experiencia del ejercicio de los dones de nuestro
Abogado celestial, hasta que llegue el día en que seamos transformados
definitivamente a imagen y semejanza espiritual de Cristo.
"Por todo ello me
pongo de rodillas ante el Padre, origen de toda vida tanto en el cielo como en la
tierra, y le pido que derrame sobre vosotros los tesoros de su bondad; que su
Espíritu os llene de fuerza y energía hasta lo más íntimo de vuestro ser; que
Cristo habite, por medio de la fe, en el centro de vuestra vida; que el amor os
sirva de cimiento y de raíz. Seréis así capaces de entender, en unión con todos
los creyentes, cuán largo y ancho, cuán alto y profundo es el amor de Cristo; un
amor que desborda toda ciencia humana y os colma de la plenitud misma de Dios. A
Dios, que, desplegando su poder sobre nosotros, es capaz de realizar todas las
cosas incomparablemente mejor de cuanto pensamos o pedimos, a él la gloria en
Cristo y en la Iglesia, de edad en edad y por generaciones sin término. Amén"
(EF. 3, 16-21).
Dado que aún no ha sido plenamente instaurado el Reino de
Dios entre nosotros, en muchos creyentes se cumplen las siguientes palabras
bíblicas:
"Pero tengo una queja contra ti, y es que has dejado enfriar tu
primer amor" (AP. 2, 4).
¿Cómo pueden recuperar la ilusión con la que se
hicieron cristianos quienes han perdido la fe?
"Jesús contestó: -Todo el que
bebe de esta agua volverá a tener sed; en cambio, el que beba del agua que yo
quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle
se convertirá en su interior en un manantial capaz de dar vida eterna" (JN. 4,
13-14).
"He aquí la religiosidad auténtica e intachable a los ojos de Dios
Padre: asistir a los débiles y desvalidos en sus dificultades y mantenerse
incontamido del mundo" (ST. 1, 27).
Quienes quieran volver a vivir bajo la
inspiración del Espíritu Santo después de haber perdido la fe, han de amoldarse a
los criterios de Dios, y no a la mentalidad del mundo.
"Os exhorto, pues, a
que viváis de acuerdo con las exigencias del Espíritu; así no os dejaréis
arrastrar por desordenadas apetencias humanas. Porque las desordenadas apetencias
humanas están en contra del Espíritu de Dios, y el Espíritu está en contra de
tales apetencias. El antagonismo es tan irreductible, que os impide hacer lo que
querríais. Pero, si os guía el Espíritu, ya no estáis bajo el dominio de la Ley.
Sabido es cómo se comportan los que viven sometidos a sus bajos instintos: son
lujuriosos, libertinos, viciosos, idólatras, supersticiosos. Alimentan odios,
promueven contiendas, se enzarzan en rivalidades, rebosan rencor. Son egoístas,
partidistas, sectarios, envidiosos, borrachos, amigos de orgías, y otras cosas
por el estilo. Os advertí en su día y ahora vuelvo a hacerlo: esos tales no
heredarán el reino de Dios. En cambio, el Espíritu produce amor, alegría, paz,
tolerancia, amabilidad, bondad, lealtad, humildad y dominio de sí mismo. Ninguna
ley existe en contra de todas estas cosas. Y no en vano los que pertenecen a
Cristo Jesús han crucificado lo que en ellos hay de bajos instintos, junto con
sus pasiones y apetencias. Si, pues, vivimos gracias al Espíritu, actuemos
conforme al Espíritu" (GÁL. 5, 16-25).
Los creyentes hemos sido ungidos por
el Espíritu Santo.
Junto a Cristo, somos profetas, reyes y sacerdotes.
"También vosotros, como piedras vivas, constituís un templo espiritual y un
sacerdocio consagrado, que por medio de Jesucristo ofrece sacrificios
espirituales y agradables a Dios" (1 PE. 2, 5).
Los sacrificios de los que
nos habla San Pedro, son las obras características de nuestra vida cristiana.
"Pero vosotros sois "raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo de
su posesión", destinado a cantar las grandezas del Dios que os llamó de las
tinieblas a su luz maravillosa" (1 PE. 2, 9).
Al querer formar parte del
pueblo de Dios, hemos sido ungidos por el Espíritu Santo.
"Juan a las siete
Iglesias de la provincia de Asia: Gracia y paz de parte de Dios, que es, que era
y que está para llegar; de parte de los siete espíritus que rodean su trono, y de
parte de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de todos los resucitados y
el dominador de todos los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos ha liberado
con su muerte de nuestros pecados, al que nos ha hecho reyes y sacerdotes para su
Dios y Padre, a él sea la gloria y el poder por siempre. Amén" (AP. 1, 4-6).
"Y es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos
ungió, y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros
corazones" (2 COR. 1, 21-22).
"En cuanto a vosotros, Cristo os ha dado el
Espíritu de Dios, y lo sabéis todo" (1 JN. 2, 20).
San Juan no nos dice que
somos omniscientes, sino que vamos sabiendo todo lo que Dios cree oportuno
revelarnos, cuando cree oportuno que ello suceda.
"¡Claro que vosotros vivís
unidos al Espíritu que os dio Jesucristo, y no necesitáis que nadie os instruya!
Porque precisamente ese Espíritu, fuente de verdad y no de mentira, es el que
os instruye acerca de todas las cosas. Atended, pues, a su enseñanza y vivid
unidos a Cristo" (1 JN. 2, 27).
Los "dones espirituales", son las cualidades
que nos da el Espíritu Santo, con el fin de que podamos llevar a cabo el trabajo
que nuestro Padre celestial nos ha encomendado, -es decir, para que podamos vivir
en conformidad con nuestra vocación-.
"Vosotros formáis el cuerpo de Cristo,
y cada uno por separado constituye un miembro" (1 COR. 12, 27).
"Todo lo
realiza el mismo y único Espíritu, repartiendo a cada uno sus dones como él
quiere" (1 COR. 12, 11).
A modo de ejemplos, San Pablo cita algunos de los
dones que el Espíritu Santo les concede a los creyentes.
"La presencia del
Espíritu en cada uno se ordena al bien de todos. Así, a uno le capacita el
Espíritu para hablar con sabiduría, mientras a otro le concede expresarse con
profundo conocimiento de las cosas. El mismo Espíritu que otorga a uno el don de
la fe, concede a otro el poder de curar enfermedades, o el de hacer milagros, o
el de comunicar mensajes en nombre de Dios, o el de distinguir entre falsos
espíritus y el verdadero Espíritu, o el de hablar en un lenguaje misterioso, o,
en fin, el de interpretar este lenguaje" (1 COR. 12, 7-10).
"Es Dios quien
ha asignado en la iglesia un puesto a cada uno: en primer lugar están los
apóstoles; en segundo lugar, los que comunican mensajes en nombre de Dios; en
tercer lugar, los encargados de enseñar; vienen después los que tienen el don de
hacer milagros, de realizar curaciones, de asistir a los necesitados, de
presidir la asamblea, de hablar un lenguaje misterioso" (1 COR. 12, 28).
"Cada uno de nosotros hemos recibido nuestro don en la medida en que Cristo ha
tenido a bien otorgárnoslo. Por eso dice la Escritura: Al subir a lo alto, llevó
consigo prisioneros y repartió dones a los hombres. Si "subió" , como dice, ¿no
supone que previamente había bajado a lo profundo de la tierra? El mismo que bajó
es el que ha subido a lo más alto de los cielos con el fin de abarcar el universo
entero. El es quien a unos ha hecho apóstoles; a otros, profetas; a otros,
anunciadores del mensaje salvador; a otros, encargados de dirigir y enseñar a los
creyentes. Capacita así a los fieles, para que, desempeñando debidamente su
tarea, construyan el cuerpo de Cristo hasta que todos alcancemos la unidad propia
de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios; hasta que seamos hombres perfectos;
hasta que alcancemos, en madurez y plenitud, la talla de Cristo" (EF. 4, 7-13).
"Diferentes son, sin embargo, los dones que tenemos, conforme al reparto que
Dios ha hecho libremente entre nosotros. A quien haya concedido hablar en su
nombre, hágalo sin apartarse de la fe. Si de servir se trata, sirvamos con
solicitud; si de enseñar, apliquémonos a enseñar. Exhorte quien posea el don de
exhortar; reparta con generosidad quien tenga encomendada esa tarea. El que
presida, hágalo con celo; el que ayude a los necesitados, con alegría" (ROM. 12,
6-8).
Dios escoge los dones que nos concede, de manera que, en conformidad
con nuestra capacidad de amar y ser amados y de hacer el bien, los mismos nos
impulsen a desear la salvación.
"Todo lo realiza el mismo y único Espíritu,
repartiendo a cada uno sus dones como él quiere... Por algo distribuyó Dios
cada uno de los miembros en el cuerpo según le pareció conveniente" (1 COR. 12,
11. 18).
Dios nos concede a cada uno de los creyentes el don más apropiado
para que alcancemos la salvación.
"Hay diversidad de dones, pero el Espíritu
es el mismo. Hay diversidad de funciones, pero uno mismo es el Señor. Son
distintas las actividades, pero el Dios que lo activa todo en todos es siempre
el mismo. La presencia del Espíritu en cada uno se ordena al bien de todos" (1
COR. 12, 4-7).
Todos los cristianos no tenemos los mismos dones espirituales,
lo cual se debe a que todos somos diferentes, y las dádivas celestiales sólo las
recibimos en orden a nuestra salvación.
"¿Son todos apóstoles? ¿Comunican
todos mensajes en nombre de Dios? ¿Han recibido todos el encargo de enseñar?
¿Hacen todos milagros? ¿Tienen todos el poder de sanar enfermedades? ¿Hablan
todos un lenguaje misterioso o son capaces de interpretarlo?" (1 COR. 12,
29-30).
¿Se manifiesta el Espíritu Santo actualmente a los creyentes?
Aunque
actualmente no vemos manifestaciones divinas tal como sucedió en el tiempo de los
Apóstoles, seguimos recibiendo particularmente los dones del Espíritu Santo.
Quizá se me puede objetar diciéndoseme que necesitamos ver milagros para poder
creer en Dios, así pues, mirad lo que sucedió en Corinto, una iglesia en la que
se decía que abundaron todos los dones del Espíritu Santo.
"Doy gracias sin
cesar a mi Dios por lo generoso que ha sido con vosotros, porque mediante
Jesucristo, os ha enriquecido sobremanera con toda clase de dones, tanto en lo
que se refiere al conocer como al hablar. Y de tal manera se ha consolidado en
vosotros el mensaje de Cristo, que de ningún don carecéis mientras estáis a la
espera de que nuestro Señor Jesucristo se manifieste. El será quien os mantenga
firmes hasta el fin, para que nadie pueda acusaros de nada el día de la venida de
nuestro Señor Jesucristo" (1 COR. 1, 4-8).
A pesar de que los cristianos de
Corinto estaban llenos de dones del Espíritu Santo, tenían el siguiente hecho en
contra:
"Aún estáis sujetos a las apetencias humanas. Pues mientras haya
entre vosotros envidias y rivalidades, es señal de que os dominan esas
apetencias y de que no habéis superado el nivel puramente humano" (1 COR. 3,
3).
Para tener fe, más que ver milagros, necesitamos estarle sujetos al Señor,
aunque en un principio no comprendamos su forma de actuar, intentar abarcar el
mayor conocimiento posible de su Palabra, discernir cuales son los dones que nos
han sido otorgados, y dejarnos utilizar por el Espíritu Santo, tanto para nuestro
bien, como para el bien de nuestra Santa Madre la Iglesia.
Símbolos del
Espíritu Santo y obras llevadas a cabo por nuestro Abogado celestial.
El
soplo y el viento son símbolos del Espíritu Santo.
"Pero en verdad, es un
soplo en el hombre, es el espíritu de Sadday lo que hace inteligente" (JB. 32,
8).
"El viento sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde
viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con el que nace del Espíritu" (JN. 3, 8).
El Espíritu Santo también es simbolizado por la paloma.
"Y bajó sobre él
el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma; y vino una voz del cielo:
"Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado"" (LC. 3, 22).
El aceite es otro
símbolo del Espíritu Santo.
"El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha
ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la
liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los
oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor" (LC. 4, 18-19).
"amas la
justicia y odias la maldad; por eso, oh Dios, tu Dios te ha ungido rey con óleo
de alegría, por encima de tus compañeros" (HEB. 1, 9).
El fuego también es un
símbolo del Espíritu Santo.
"Vieron luego una especie de lenguas de fuego que
se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos. El Espíritu Santo los inundó a
todos, y en seguida se pusieron a hablar en distintos idiomas con plena soltura,
según les con
cedía el Espíritu" (HCH. 2, 3-4).
El agua bautismal, -es decir, el "agua
viva"-, es otro símbolo del Espíritu Santo.
"En cambio, el que beba del agua
que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero
darle se convertirá en su interior en un manantial capaz de dar vida eterna" (JN.
4, 14).
"-El que tenga sed, que venga a mí; el que crea en mí, que beba. La
Escritura lo dice: De sus entrañas brotarán ríos de agua viva" (CF. JN. 7,
37-38).
El Espíritu Santo también es simbolizado por el sello, la prenda y
las arras.
"Y vosotros también, los que habéis oído el mensaje de la verdad y
habéis acogido con fe el anuncio feliz de vuestra salvación, al ser injertados en
Cristo, habéis sido sellados con el Espíritu Santo prometido" (EF. 1, 13).
"Y
es Dios el que nos conforta juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ungió,
y el que nos marcó con su sello y nos dio en arras el Espíritu en nuestros
corazones" (1 COR. 1, 21-22).
El Espíritu recibe el nombre de Consolador o
Paráclito (en griego, Paracleto).
"Y yo pediré al Padre y os dará otro
Paráclito, para que esté con vosotros para siempre" (JN. 14, 16).
El Espíritu
Santo les enseña a los creyentes la verdad de Dios, y hace apta a la Iglesia para
que viva en la presencia de Jesucristo.
"Pero el Abogado, el Espíritu Santo,
a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recordéis cuanto yo os he
enseñado y os lo explicará todo" (JN. 14, 26).
"Cuando venga el Abogado, el
Espíritu de la verdad que yo os enviaré y que procede del Padre, El dará
testimonio en favor de mí" (JN. 15, 26).
"Cuando venga el Espíritu de la
verdad, os guiará para que podáis entender la verdad completa. No hablará por su
propia cuenta, sino que dirá únicamente lo que ha oído y os anunciará las cosas
que han de suceder. El me honrará a mí, porque todo lo que os dé a conocer lo
recibirá de mí" (JN. 16, 13-14).
"El Espíritu dijo a Felipe: -Adelántate y
acércate a ese carro" (HCH. 8, 29).
"Un día de ayuno, mientras celebraban el
culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: -Apartadme a Bernabé y a Saulo para la
tarea que les he encomendado" (HCH. 13, 2).
El Espíritu Santo les inspiró el
contenido de la Biblia a los autores humanos de la misma.
"Acerca de esta
salvación indagaron e investigaron los profetas cuando anunciaban los bienes que
Dios os tenía destinados. El Espíritu de Cristo, alentando ya en aquellos
profetas, les hizo conocer de antemano, lo que Cristo había de sufrir y la gloria
que después alcanzarían, y ellos se esforzaron en descifrar a quién se referían y
para cuando lo anunciaba el Espíritu. Y se les reveló que para nosotros y no para
ellos se transmitía lo que ahora os anuncian los que proclaman el mensaje de
salvación con la fuerza del Espíritu Santo enviado del cielo. Anuncio éste que
los mismos ángeles están deseando contemplar" (1 PE. 1, 9-11).
"Tenemos
también la firmísima palabra de los profetas, a la que haréis bien en atender
como a lámpara que alumbra en la oscuridad hasta que despunte el día y el astro
matinal amanezca en vuestros corazones. Sobre este punto, tened muy presente que
ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia, ya que
ninguna profecía ha tenido su origen en la sola voluntad humana, sino que,
impulsados por el Espíritu Santo, hubo hombres que hablaron de parte de Dios" (2
PE. 1, 19-21).
El Espíritu Santo es el origen de las oraciones que Dios
escucha por causa de la humildad de las mismas.
"Somos débiles, pero el
Espíritu viene en nuestra ayuda. No sabemos lo que nos conviene pedir, pero el
Espíritu intercede por nosotros con gemidos inexpresables. Y Dios, que sondea lo
más profundo del ser, conoce cuáles son las aspiraciones de ese Espíritu que
intercede por los creyentes en plena armonía con la divina voluntad" (ROM. 8,
26-27).
"Porque no estamos luchando contra hombres de carne y hueso, sino
contra las potencias invisibles que dominan en este mundo de tinieblas, contra
las fuerzas espirituales del mal habitantes de un mundo supraterreno. Por eso es
preciso que empuñéis las armas que Dios os proporciona, a fin de que podáis
manteneros firmes en el momento crítico y superar todas las dificultades sin
ceder un palmo de terreno. Estad, pues, listos para el combate: ceñida con la
verdad vuestra cintura, protegido vuestro pecho con la coraza de la rectitud y
calzados vuestros pies con el celo por anunciar el mensaje de la paz. Tened
siempre embrazado el escudo de la fe, para que en él se apaguen todas las flechas
incendiarias del maligno. Como casco, usad el de la salvación, y como espada, la
del Espíritu, es decir, la palabra de Dios. Y todo esto hacedlo orando y
suplicando sin cesar bajo la guía del Espíritu; renunciad incluso al sueño, si es
preciso, y orad con insistencia por todos los creyentes" (EF. 6, 12-18).
El
Espíritu Santo nos enseña a adorar a Dios tal como le agrada que lo hagamos a
nuestro Padre común.
"Está llegando el momento, mejor dicho, ha llegado ya,
en que los hombres que rinden verdadero culto al Padre se lo rindan en espíritu y
en verdad. Estos son, en efecto, los adoradores que el Padre quiere. Dios es
espíritu, y quienes le rinden culto deben hacerlo en espíritu y en verdad" (JN.
4, 23-24).
Por nuestra fe, esperamos que, el Espíritu Santo, al final de los
tiempos, nos resucite de entre los muertos, y nos haga vivir eternamente.
"Y
si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús, vive en vosotros, el mismo que
resucitó a Cristo Jesús infundirá nueva vida a vuestros cuerpos mortales por
medio de su Espíritu que habita en vosotros" (ROM. 8, 11).
Cuando el mundo
sea transformado en el Reino de Dios, el Espíritu Santo nos concederá la vivencia
de la plenitud de nuestro Creador.
"Y le pido que derrame sobre vosotros los
tesoros de su bondad; que su Espíritu os llene de fuerza y energía hasta lo más
íntimo de vuestro ser; que Cristo habite, por medio de la fe, en el centro de
vuestra vida; que el amor os sirva de cimiento y de raíz. Seréis así capaces de
entender, en unión con todos los creyentes, cuán largo y ancho, cuán alto y
profundo es el amor de Cristo; un amor que desborda toda ciencia humana y os
colma de la plenitud misma de Dios. A Dios, que, desplegando su poder sobre
nosotros, es capaz de realizar todas las cosas incomparablemente mejor de cuanto
pensamos o pedimos, a él la gloria en Cristo y en la Iglesia, de edad en edad y
por generaciones sin término. Amén" (EF. 3, 16-21).
"Porque el Señor es el
Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. Mas todos
nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria
del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos:
así es como actúa el Señor, que es Espíritu" (2 COR. 3, 17-18).
"Y cuando
todo haya quedado sometido a Cristo, Cristo mismo, que es el Hijo, se someterá
al Padre, que le sometió todo a él, y así Dios será todo en todos" (1 COR. 15,
28).
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