Padre nuestro
Sábado, 22-03-2008, Sábado Santo o de Gloria. Vigilia pascual
Edición número 28
En esta edición de Padre nuestro encontraréis los siguientes contenidos:
-Vigilia pascual.
Vigilia pascual con dos homilías.
Al conmemorar las intensas celebraciones del día anterior, iniciamos una
oración en estado de contemplación, que será interrumpida al iniciar esta
Vigilia pascual, en la que finalizaremos los ejercicios de penitencia con que
iniciamos el tiempo de Cuaresma, pues, al celebrar la Resurrección de Cristo
Jesús, símbolo del fin de nuestro dolor y esperanza de nuestra vivencia en un
mundo más humano que nuestra sociedad, iniciaremos la celebración de una
cuarentena de alegría.
En EX. 12, 42, leemos: La noche del Sábado Santo o de Gloria tras la cual
empezaremos a vivir el I Domingo de Pascua, "es noche de guardar para Jehová,
por haberlos sacado en ella de la tierra de Egipto". Esta noche debemos
agradecerle a nuestro Señor el hecho de permitir el sacrificio de su Hijo para
que, al ver la humillación que nuestro Señor ha padecido, comprendamos que, por
su amor, superaremos nuestros estados adversos, y viviremos eternamente, al
final de los tiempos, en un mundo más humano que nuestro entorno social.
En LC. 12, 35-38 leemos: "Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas
encendidas -dice el Señor-, y sed como hombres que esperan que su Señor vuelva
de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran. Dichosos
los siervos, que el Señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se
ceñirá, les hará ponerse a la mesa, y, yendo de uno a otro, les servirá. Que
venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos
ellos¡". La Resurrección de nuestro Señor significa la plena instauración del
Reino de Dios entre nosotros, así pues, no importa a qué hora de la noche
resucitará Jesús, pues lo verdaderamente relevante es que, cuando él venza a la
muerte, nos encuentre preparados para vivir todos los días de nuestra vida
entregados al cumplimiento de la voluntad de Dios. Fijaos que Jesús nos dice
que, si le somos fieles, cuando venga en su Reino, nos sentará a la mesa, y nos
servirá uno a uno, de la misma forma que, como pan eucarístico
que es, el Hijo de María se parte y se comparte entre nosotros.
Según una tradición muy antigua, esta es una noche de vigilia en honor del
Señor (EX. 12, 42). Los fieles, llevando en la mano -según la exhortación
evangélica (LC. 12, 35 ss) lámparas encendidas, se asemejan a quienes esperan el
regreso de su Señor para que, cuando él vuelva, los encuentre vigilantes y los
haga sentar a su mesa.
La celebración de la Vigilia se desarrolla de la siguiente manera: después de
la breve liturgia de la luz o "lucernario" (primera parte de la Vigilia), la
santa Iglesia, llena de fe en las palabras y las promesas del Señor, medita los
portentos que él obró desde el principio (de la creación) en favor de su pueblo
(segunda parte o liturgia de la palabra) y cuando el día de la resurrección está
por llegar, encontrándose ya acompañada de sus nuevos hijos, renacidos en el
bautismo (tercera parte), es invitada a la mesa que el Señor ha preparado para
su pueblo, por medio de su muerte y resurrección (cuarta parte).
Toda la celebración de la Vigilia pascual se hace en la noche, de modo que no
debe comenzar antes del principio de la noche del sábado, ni terminar después
del alba del domingo.
Esta celebración eucarística debe ser considerada como la primera celebración
pascual.
Lucernario o solemne comienzo de la Vigilia
Bendición del fuego
Saludo de acogida del sacerdote
Hermanos:
En esta noche santa, en que nuestro Señor Jesucristo pasó de la muerte a la
vida, la Iglesia invita a todos sus hijos, diseminados por el mundo, a que se
reúnan para velar en oración. Conmemoremos, pues, juntos, la Pascua del Señor,
escuchando su palabra y participando en sus sacramentos, con la esperanza cierta
de participar también en su triunfo sobre la muerte y de vivir con él para
siempre en Dios.
Oración de bendición del fuego
Dios nuestro, que por medio de tu Hijo nos has comunicado el fuego de tu vida
divina, bendice más este fuego nuevo y haz que estas fiestas pascuales enciendan
en nosotros el deseo del cielo, para que podamos llegar con un espíritu renovado
a la fiesta de tu Reino. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Mientras que el celebrante marca una cruz sobre el cirio sobre la que
posteriormente marcará los dígitos del año en curso con un punzón, dice, con la
intención de explicar la simbología del cirio pascual y las velas de los
feligreses:
Cristo ayer y hoy, principio y fin, Alfa y Omega. Suyo es el tiempo y la
eternidad. A él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.
Al incrustar cinco granos de incienso en el cirio pascual, dice:
Por sus santas llagas gloriosas, nos proteja y nos guarde Jesucristo nuestro
Señor. Amén.
Al encender el cirio con el fuego nuevo, el celebrante dice:
Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas (el pecado,
la confusión y el dolor) de nuestro corazón y de nuestro espíritu.
Procesión
El diácono o el sacerdote levanta el cirio en alto y canta:
Cristo, luz del mundo.
R. Demos gracias a Dios.
El canto se repite en la puerta de la Iglesia, mientras que los feligreses
encienden sus llamas del cirio, indicando que se dejan iluminar por Cristo, luz
del mundo.
El canto se repite cuando el portador del cirio se sitúa ante el Altar y se
vuelve al público.
Pregón pascual
Alégrense, por fin, los coros de los ángeles, alégrense las jerarquías del
cielo, y, por la victoria de Rey tan poderoso, que las trompetas anuncien la
salvación.
Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el
fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe
entero.
Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante;
resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.
Por eso, queridos hermanos, que asisten a la admirable claridad de esta luz
santa, invocad conmigo la misericordia de Dios omnipotente, para que aquel que,
sin mérito mío, me agregó al número de los diáconos, complete mi alabanza a este
cirio, infundiendo el resplandor de su luz.
El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
D. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
D. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
D. En verdad es justo y necesario, aclamar con nuestras voces y con todo el
afecto del corazón a Dios invisible, el Padre todopoderoso, y a su único Hijo,
nuestro Señor Jesucristo.
Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y ha
borrado con su sangre inmaculada la condena del antiguo pecado.
Porque éstas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el verdadero
Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles.
Esta es la noche en que sacaste de Egipto a los israelitas, nuestros padres,
y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.
Esta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del
pecado.
Esta es la noche en la que, los que creen en Cristo por toda la tierra, los
arranca de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, los restituye a la
gracia y los agrega a los santos.
Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende
victorioso del abismo.
¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? ¡Qué
asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y
caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!
Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de
Cristo.
¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó
del abismo.
Esta es la noche de la que estaba escrito: "Será la noche clara como el día,
la noche iluminada por mi gozo". Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados,
lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes,
expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los potentes.
En esta noche de gracia, acepta, Padre santo, este sacrificio vespertino de
esta llama, que la santa Iglesia te ofrece en la solemne ofrenda de este cirio,
obra de las abejas.
Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego, que arde en llama viva para
la gloria de Dios. Y aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla, porque
se alimenta de esta cera fundida que elaboró la abeja fecunda para hacer esta
lámpara preciosa.
¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano con lo
divino!
Te rogamos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, para destruir la
oscuridad de la noche (para simbolizar nuestro camino de las tinieblas a la
luz), arda sin apagarse y, aceptado como perfume, se asocie a las lumbreras del
cielo.
Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso
Jesucristo, tu Hijo, que volviendo del abismo, brilla sereno para el linaje
humano, y vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Liturgia de la Palabra
V. Hermanos, con el pregón solemne de la Pascua, hemos entrado ya en la noche
santa de la resurrección del Señor. Escuchemos con recogimiento la palabra de
Dios. Meditemos como, en la antigua alianza, Dios salvó a su pueblo y en la
plenitud de los tiempos, envió al mundo a su Hijo para que nos redimiera.
Oremos para que Dios, nuestro Padre, conduzca a su plenitud esta obra de
salvación, iniciada con la muerte y resurrección de Jesucristo.
Después de cada lectura, si el celebrante lo cree conveniente, dejará un
intervalo de unos minutos para que los fieles mediten la Palabra escuchada y
oren fervientemente.
Primera lectura. Vio Dios todo lo que había hecho y lo encontró muy bueno
(GN. 1, 1-2, 2). Comencemos a recordar la Historia sagrada por su inicio, la
creación del mundo.
LECTURA DEL LIBRO DEL GÉNESIS 1,1-2,2
Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era un caos informe;
sobre la faz del Abismo, la tiniebla. Y el Aliento de Dios se cernía sobre la
faz de las aguas.
Y dijo Dios: Que exista la luz. Y la luz existió. Y vio Dios que la luz era
buena. Y separó Dios la luz de las tinieblas: llamó Dios a la luz "Día"; a las
tinieblas "Noche"; pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero.
Y dijo Dios: Que exista una bóveda entre las aguas, que separe aguas de
aguas: E hizo Dios una bóveda y separó las aguas de debajo de la bóveda de las
aguas de encima de la bóveda. Y así fue. Y llamó Dios a la bóveda "Cielo". Pasó
una tarde, pasó una mañana: el día segundo.
Y dijo Dios: Que se junten las aguas de debajo del cielo en un solo sitio, y
que aparezcan los continentes. Y así fue. Y llamó Dios a los continentes
"Tierra" y a la masa de las aguas la llamó "Mar". Y vio Dios que era bueno.
Y dijo Dios: Verdee la tierra hierba verde, que engendren semillas y árboles
frutales que den fruto según su especie, y que lleven semilla sobre la
tierra.
Y así fue. La tierra brotó hierba verde que engendraba semilla según su
especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla según su especie. Y vio
Dios que era bueno. —Pasó una tarde, pasó una mañana: el día tercero.
Y dijo Dios: Que existan lumbreras en la bóveda del cielo, para separar el
día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años; y sirvan de
lumbreras en la bóveda del cielo para dar luz sobre la tierra. Y así fue. E hizo
Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, y la lumbrera
menor para regir la noche; y las estrellas. Y las puso Dios en la bóveda del
cielo para dar luz sobre la tierra; para regir el día y la noche, para separar
la luz de la tiniebla. Y vio Dios que era bueno. -Pasó una tarde, pasó una
mañana: el día cuarto.
Y dijo Dios: pululen las aguas un pulular viviente, y pájaros vuelen sobre la
tierra frente a la bóveda del cielo. Y creó Dios los cetáceos y los vivientes
que se deslizan y que el agua hace pulular según sus especies, y las aves aladas
según sus especies. Y vio Dios que era bueno. Y Dios los bendijo diciendo:
Creced, multiplicaos, llenad las aguas del mar, que las aves se multipliquen
en la tierra. Pasó una tarde, pasó una mañana: el día quinto.
Y dijo Dios: Produzca la tierra vivientes según sus especies: animales
domésticos, reptiles y fieras según sus especies, los animales domésticos según
sus especies y los reptiles según sus especies. Y vio Dios que era bueno.
Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los
peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, los reptiles de la
tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y
mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Creced y multiplicaos, llenad la
tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo, los vivientes
que se mueven sobre la tierra.
Y dijo Dios: Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre
la faz de la tierra; y todos los árboles frutales que engendran semilla os
servirán de alimento; y a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del
cielo, a todos los reptiles de la tierra. A todo ser que respira, la hierba
verde les servirá de alimento. Y así fue. Y vio Dios todo lo que había hecho: y
era muy bueno.
Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto. Quedaron concluidos el cielo y
la tierra y sus ejércitos. Y concluyó Dios para el día séptimo todo el trabajo
que había hecho; y descansó el día séptimo de todo el trabajo que había
hecho.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, señor.
Bendice al Señor, alma mía (Sal. 103). Alabemos al Señor por causa de su amor
para con nosotros y de los prodigios que, a lo largo de la Historia de la
salvación, ha realizado para favorecernos, de forma individual y colectiva.
SALMO 103
R.- ENVÍA TU ESPÍRITU, SEÑOR, Y REPUEBLA LA FAZ DE LA TIERRA
Bendice, alma mía, al Señor,
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. R.-
Asentaste la tierra sobre tus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas. R.-
De los manantiales sacas los ríos
para que fluyan entre los montes,
junto a ellos habitan las aves del cielo
y entre frondas se oye su canto. R.-
Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados
y forrajes para los que sirven al hombre. R.-
¡Cuántas son tus obras Señor!,
y todas las hiciste con sabidurías,
la tierra está llena de tus criaturas.
¡Bendice, alma mía, al Señor! R.-
O bien:
La misericordia del Señor llena la tierra (Sal. 32). Alabemos a Dios por su
amor, y comprometámonos a servirle en las personas de nuestros prójimos.
SALMO 32
R.- LA MISERICORDIA DEL SEÑOR LLENA LA TIERRA
La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales.
El ama de justicia y de derecho,
Y su misericordia llena la tierra. R.-
La palabra del señor hizo el cielo,
el aliento de su boca, sus ejércitos;
encierra en un odre las aguas marinas,
mete en un depósito el océano. R.-
Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que Él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
y se fija en todos los hombres. R.-
Nosotros guardamos al Señor:
Él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R.-
V. Dios todopoderoso y eterno, que en todas las obras de tu amor te muestras
admirable, concédenos comprender que la redención realizada por Cristo, nuestra
Pascua, es una obra más maravillosa todavía que la misma creación del universo
(por cuanto consiste en ayudar a volver al estado de gracia a quienes con su
pecado contribuyeron a la destrucción del mundo). Por Jesucristo, nuestro
Señor.
R. Amén.
Si se lee la lectura reducida, creación del hombre, (GN. 1, 1. 26-31 a), se
dice la siguiente oración:
Dios nuestro, que de un modo admirable nos creaste a tu imagen y semejanza y
de un modo más admirable todavía nos redimiste, concédenos sabiduría de
espíritu, para resistir los atractivos del pecado y poder llegar así a los gozos
del cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Segunda lectura. Sacrificio de nuestro patriarca Abraham (GN. 22, 1-18). En
la siguiente lectura, Abraham será símbolo de nuestro Padre y Dios, el cuál,
aunque impidió el sacrificio de Isaac, no impidió la muerte de Cristo, su Hijo.
Al cargar con la leña hacia la cima del monte de Moria, Isaac representó a
nuestro Señor, cargando su cruz, subiendo la cuesta del Calvario. Esta verdad la
prueba el cordero que Abraham le sacrificó a Dios en acción de gracias, que era
imagen de Cristo, nuestro Cordero pascual.
LECTURA DEL LIBRO DEL GÉNESIS 22,1-18
En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán llamándole:
— ¡Abrahán!
Él respondió:
— Aquí me tienes.
Dios le dijo:
Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moría y
ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré.
Abrahán madrugó, aparejó el asno y se llevó consigo a dos criados y a su hijo
Isaac; cortó leña para el sacrificio y se encaminó al lugar que le había
indicado Dios. El tercer día levantó Abrahán los ojos y descubrió el sitio de
lejos. Y Abrahán dijo a sus criados: "Quedaos aquí con el asno; yo con el
muchacho iré hasta allá para adorar y después volveremos con vosotros."
Abrahán tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac, y él
llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos. Isaac dijo a Abrahán,
su padre: "Padre" Él respondió: "Aquí estoy, hijo mío." El muchacho dijo:
"Tenemos fuego y leña, pero ¿dónde está el cordero para el sacrificio?" Abrahán
contestó: "Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío."
Y siguieron caminando juntos. Cuando llegaron al sitio que le había dicho
Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y
lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo
para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:
— ¡Abrahán, Abrahán!
Él contestó:
—Aquí me tienes.
El ángel le ordenó:
—No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a
Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo.
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la
maleza. Se acercó, Tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su
hijo.
Abrahán llamó aquel sitio "El Señor ve", por lo que se dice aún hoy "El monte
del Señor ve".
El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo:
—Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: por haber hecho esto, por no haberte
reservado tu hijo, tu único hijo, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes
como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes
conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo
se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti (Sal. 15). Confiemos en que nuestro
Padre y Dios nos librará de la adversidad que atañe a nuestra vida.
SALMO 15
R.- PROTÉGEME, DIOS MÍO, QUE ME REFUGIO EN TI
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R.-
Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena:
porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción. R.-
Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua en tu derecha. R.-
V. Señor Dios, Padre de los creyentes, que por medio del sacramento pascual
del bautismo sigues cumpliendo la promesa hecha a Abraham de multiplicar su
descendencia por toda la tierra y de hacerlo el padre de todas las naciones,
concede a tu pueblo responder dignamente a la gracia de tu llamado. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Si se lee la lectura resumida, (GN. 22, 1-2. 9 a. 10-13. 15-18), se dice la
oración anterior.
Tercera lectura. Paso del mar Rojo (EX. 14, 15-15, 1). En el libro de los
Salmos leemos: Yahveh "desde el cielo alargó la mano y me agarró para sacarme de
las aguas caudalosas" (SAL. 18, 17). Si las aguas bautismales significan nuestro
deseo de ser purificados, las aguas abundantes del mar Rojo, significan las
dificultades a las que los israelitas podían haber sucumbido, si nuestro Criador
no hubiera extendido su mano para salvarles la vida, ya que, en su situación, o
se ahogaban en el mar, o se dejaban esclavizar nuevamente bajo el mando de
Ramsés, el Faraón. De igual forma que nuestro Padre común dividió las aguas
marinas para que su pueblo continuara su camino, también nos ayudará a vencer
nuestras dificultades actuales en la medida que confiemos en él, y nos ayudará a
superar dificultades quizá más serias que las que tenemos, hasta que nos llame a
vivir en su presencia.
LECTURA DEL LIBRO DEL ÉXODO 14, 15-15,1
En aquellos días dijo el Señor a Moisés:
— ¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los israelitas que se pongan en marcha.
Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los
israelitas entren en medio del mar a pie enjuto. Que yo voy a endurecer el
corazón de los egipcios para que los persigan, y me cubriré de gloria a costa
del Faraón y todo su ejército, de sus carros y de los guerreros.
Se puso en marcha, el ángel del Señor, que iba al frente del ejército de
Israel, y pasó a retaguardia. También la columna de nube de delante se desplazó
de allí y se colocó detrás, poniéndose entre el campamento de los egipcios y el
campamento de los israelitas. La nube era tenebrosa y transcurrió toda la noche
sin que los ejércitos pudieran trabar contacto. Moisés extendió su mano sobre el
mar, y el Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del Este que
secó el mar y se dividieron las aguas. Los israelitas entraron en medio del mar
a pie enjuto, mientras que las aguas formaban muralla a derecha e izquierda. Los
egipcios se lanzaron en su persecución, entrando tras ellos en medio del mar
todos los caballos del Faraón y los carros con sus guerreros.
Mientras velaban al amanecer, miró el Señor el campamento egipcio desde la
columna de fuego y nube sembró el pánico en el campamento egipcio. Trabó las
ruedas de sus carros y las hizo avanzar pesadamente. Y dijo Egipto: “Huyamos de
Israel, porque el Señor lucha en su favor contra Egipto.”
Dijo el Señor a Moisés:
—Extiende tu mano sobre el mar y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus
carros y sus jinetes.
Y extendió Moisés su mano sobre el mar; y al amanecer volvía el mar a su
curso de siempre. Los egipcios huyendo iban a su encuentro y el Señor derribó a
los egipcios en medio del mar. Y volvieron las aguas y cubrieron los carros, los
jinetes y todo el ejército del Faraón, que lo había seguido por el mar. Ni uno
solo se salvó. Pero los hijos de Israel caminaban por el seco en medio del mar;
las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda.
Aquel día salvó el Señor a Israel de las manos de Egipto. Israel vio a los
egipcios muertos, en la orilla del mar: Israel vio la mano grande del Señor
obrando contra los egipcios, y el pueblo temió al Señor y creyó en el Señor y en
Moisés, su siervo. Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron este canto al
Señor.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Cantaré al Señor, sublime es su victoria (SAL. EX. 15, 1-6, 17-18). Oremos
teniendo presente el significado teológico del fragmento del éxodo que hemos
escuchado, así pues, el castigo que Dios les infringió a los egipcios, significa
que él nos ayudará a vencer los obstáculos por cuya concepción errónea no somos
plenamente felices.
SALMO Ex 15, 1-6, 17-18
R.- CANTARÉ AL SEÑOR, SUBLIME ES SU VICTORIA.
Cantaremos al Señor, sublime es su victoria:
caballos y carros ha arrojado en el mar.
Mi fuerza y mi poder es el Señor, él es mi salvación.
Él es mi Dios: yo lo alabaré;
el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré. R.-
El Señor es un guerrero,
su nombre es el Señor.
Los carros del Faraón los lanzó al mar,
ahogó en el Mar Rojo a sus mejores capitanes. R.-
Las olas los cubrieron,
bajaron hasta el fondo como piedras.
Tu diestra, Señor, es fuerte y terrible,
tu diestra, Señor, tritura al enemigo. R.-
Los introduces y los plantas en el monte de tu heredad,
lugar del que hiciste tu trono, Señor;
santuario, Señor, que fundaron tus manos.
El Señor reina por siempre jamás. R.-
V. Tus antiguos prodigios se renuevan, Señor, también en nuestros tiempos,
pues lo que tu poder hizo con las aguas para librar a un solo pueblo de la
esclavitud del faraón, lo repites ahora, por medio del agua (purificadora que
contribuye a la extinción de nuestras dificultades) del bautismo, para salvar a
todas las naciones. Concede a todos los hombres del mundo entero contarse entre
los hijos de Abraham y participar de la dignidad del pueblo elegido. Por
Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
La lectura del éxodo no se puede acortar, pero la oración se puede sustituir
por esta otra:
Señor, que con el Evangelio nos has hecho comprender el sentido profundo del
Antiguo Testamento, dejándonos ver en el paso del mar Rojo una imagen del
bautismo (paso del dolor a la gloria y de la muerte a la vida) y en el pueblo
liberado de la esclavitud, un símbolo del pueblo cristiano, haz que todos los
hombres, mediante la fe, participen del privilegio del pueblo elegido y sean
regenerados por la acción santificadora de tu Espíritu. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
R. Amén.
Cuarta lectura. La nueva Jerusalén (IS. 54, 5-14). A los enfermos, a los
oprimidos, a los huérfanos, a las viudas, a los solitarios, a todos los que
sufren en general, Dios les promete que les dará la posibilidad de vivir en un
mundo en el que serán plenamente felices.
LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 54, 5-14
El que te hizo te tomará por esposa: su nombre es el Señor de los Ejércitos,
Tu redentor es el Santo de Israel, se llama Dios de toda la tierra. Como a mujer
abandonada y abatida te vuelve a llamar el Señor; como a esposa de juventud,
repudiada -dice tu Dios. Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te
reuniré. En un arrebato de ira te escondí un instante mi rostro, pero con
misericordia eterna te quiero -dice el Señor, tu Redentor.
Me sucede como en tiempo de Noé: Juré que las aguas del diluvio no volverían
a cubrir la tierra; así juro no airarme contra ti ni amenazarte. Aunque se
retiren los montes y vacilen las colinas, no se retirará de ti mi misericordia
ni mi alianza de paz vacilará -dice el Señor, que te quiere.
¡Oh, afligida zarandeada, desconsolada! Mira, yo mismo coloco tus piedras
sobre azabaches, tus cimientos sobre zafiros; te pondré almenas de rubí, y
puertas de esmeralda, y murallas de piedras preciosas. Tus hijos serán
discípulos del Señor, tendrán gran paz tus hijos. Tendrás firme asiento en la
justicia.
Estarás lejos de la opresión, y no tendrás que temer, y lejos del terror, que
no se acercará.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado (SAL. 29). Nuestro Padre común nos
ha librado de muchas dificultades y, cuando llegue el final de los tiempos, nos
concederá la salvación. Oremos como si ya hubiéramos sido redimidos, pues la
Resurrección de Jesús significa nuestra futura glorificación.
SALMO 29
R.- TE ENSALZARÉ, SEÑOR, PORQUE ME HAS LIBRADO
Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. R.-
Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante, su bondad de por vida;
al atardecer nos visita el llanto,
por la mañana, el júbilo. R.-
Escucha, Señor y ten piedad de mí,
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. R.-
V. Señor Dios, siempre fiel a tus promesas, aumenta, por medio del bautismo,
el número de tus hijos y multiplica la descendencia prometida a la fe de los
patriarcas, para que tu Iglesia vea que se va cumpliendo tu voluntad de salvar a
todos los hombres, como los patriarcas lo creyeron y esperaron. Por Jesucristo,
nuestro Señor.
R. Amén.
Esta lectura no se puede resumir.
Quinta lectura. La salvación que se ofrece gratuitamente a todos (IS. 55,
1-11). Aprovechemos las circunstancias buenas o adversas que vivimos para
convertirnos a nuestro Padre común, pues para él, todos, buenos y malos,
enfermos y sanos, somos llamados a aceptar su Paternidad. ¿Para qué queremos
desperdiciar nuestra vida sucumbiendo bajo el efecto de vicios inútiles?
LECTURA DEL LIBRO DE ISAÍAS 55. 1-11
Así dice el Señor:
Oíd, sedientos todos, acudid todos por agua, también los que no tenéis
dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde. ¿Por qué
gastáis dinero en lo que no alimenta y salario en lo que no da hartura?
Escuchadme atentos y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos. Inclinad el
oído, venid a mí: escuchadme y viviréis.
Sellaré con vosotros la alianza perfecta, la promesa que aseguré a David: a
él lo hice mi testigo para los pueblos, caudillo y soberano de naciones; tú
llamarás a un pueblo desconocido, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti;
por el Señor, por tu dios, por el santo de Israel que te honra.
Buscad al señor mientras se le encuentra, invocadlo mientras está cerca; que
el malvado abandone su camino, y el criminal sus planes; que regrese al señor, y
él tendrá piedad, a nuestro Dios, que es rico en perdón. Mis planes no son
vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos —Oráculo del Señor.
Como el cielo es más alto que la tierra, mis caminos son más altos que los
vuestros, mis planes, que vuestros planes.
Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá, sino
después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé
semilla al sembrador y pan al que come; así será mi Palabra, que sale de mi
boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad, y cumplirá mi
encargo.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Sacaréis agua con gozo de las fuentes de la salvación (SAL. IS. 12, 2-3. 4 b
c d. 5-6). Aprendamos a vivir cumpliendo la voluntad de Dios, con la plena
certeza de que ello nos hará ser virtuosos.
SALMO IS 12, 2-3. 4bcd. 5-6
R.- SACARÉIS AGUA CON GOZO DE LAS FUENTES DE LA SALVACIÓN
El Señor es mi Dios y mi Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
Él fue mi salvación. R.-
Dad gracias al Señor,
invocad su nombre,
contad a los pueblos sus hazañas,
proclamad que su nombre es excelso. R.-
Tañed para el señor que hizo proezas,
anunciadlas a toda la tierra;
gritad jubilosos, habitantes de Sión.
“Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel”. R.-
V. Dios todopoderoso y eterno, única esperanza del mundo, tú que anunciaste
por la voz de tus profetas los misterios que estamos celebrando esta noche,
infunde en nuestros corazones la gracia de tu Espíritu, para que podamos vivir
una vida digna de tu redención. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Esta lectura no se puede resumir.
Sexta lectura. La fuente de la sabiduría (BAR. 3, 9-15. 32-4, 4). Nuestra
sabiduría cristiana nos insta a marcar la diferencia en el mundo en que vivimos,
así pues, nuestro ejemplo de vida vinculada a Dios, ha de ser aprovechado para
que, quienes carecen de fe, conozcan y amen al Dios del amor y la vida.
LECTURA DEL LIBRO DE BARUC 3, 9-15. 32—4, 4
Escucha, Israel, mandatos de vida, presta oído para aprender prudencia.
¿A qué se debe, Israel, que estés aún en el país enemigo, que envejezcas en
tierras extranjeras, que estés impuro entre los muertos, que te cuenten con los
habitantes del Abismo? —Es que abandonaste la fuente de la sabiduría. Si
hubieras seguido el camino de Dios, habitarías en paz para siempre. Aprende
dónde se encuentra la prudencia, el valor y la inteligencia, así aprenderás
dónde se encuentra la vida larga, la luz de los ojos y la paz.
¿Quién encontró su puesto o entró en sus almacenes? El que todo lo sabe la
conoce, la examina y la penetra. El que creó la tierra para siempre y la llenó
de animales cuadrúpedos; el que manda a la luz, y ella va, y le obedece
temblando; a los astros, que velan gozosos en sus puestos de guardia los llama y
responden: “Presentes” y brillan gozosos para su Creador.
Él es nuestro Dios y no hay otro frente a Él: investigó el camino del saber y
se lo dio a su hijo Jacob, a su amado, Israel. Después apareció en el mundo y
vivió entre los hombres. Es el libro de los mandatos de Dios, la ley de la
validez eterna: los que guardan, vivirán, los que abandonan, morirán. Vuélvete,
Jacob, a recibirla, camina a la claridad de su resplandor; no entregues a otros
tu gloria ni tu dignidad a un pueblo extranjero. ¡Dichosos nosotros, Israel, que
conocemos lo que agrada al Señor!
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Señor, tienes palabras de vida eterna (SAL. 18). La Ley del Señor es
perfecta, así pues, a través del cumplimiento de los Mandamientos del amor de
nuestro Padre común, tendremos la dicha de alcanzar la Bienaventuranza eterna,
así pues, esta es nuestra fe universal, que ha de ser manifestada al mundo, por
mediación de nuestra vida de cristianos ejemplares, que tenemos la misión de
salvar al mundo.
SALMO 18
R.- SEÑOR, TIENES PALABRAS DE VIDA ETERNA
La Ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye al ignorante. R.-
Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del señor es límpida
y da luz a los ojos. R.-
La voluntad del Señor es pura
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y eternamente justos. R.-
Más precioso que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. R.-
V. Dios nuestro, que haces crecer continuamente a tu Iglesia con hijos
llamados de todos los pueblos, dígnate proteger siempre con tu gracia a quienes
has hecho renacer en el bautismo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Séptima lectura. El corazón nuevo y el espíritu nuevo (EZ. 36, 16-28). Antes
de que seamos glorificados, hemos de ser purificados por nuestro sufrimiento,
tras la vivencia del cual, por la recepción del Bautismo y el Espíritu Santo,
contemplaremos a nuestro Padre común por años sin término.
LECTURA DEL LIBRO DE EZEQUIEL 36, 16-28
Me vino esta Palabra del Señor: Cuando la casa de Israel habitaba en su
tierra, la profanó con su conducta, con sus acciones, como sangre inmunda fue su
proceder ante mí. Entonces derramé mi cólera sobre ellos, por la sangre que
habían derramado en el país, por haberlo profanado con sus idolatrías. Los
esparcí entre las naciones, anduvieron dispersos por los países; según su
proceder, según sus acciones los sentencié. Cuando llegaron a las naciones donde
se fueron, profanaron mi santo nombre; decían de ellos:
—Estos son el pueblo del Señor, de su tierra han salido.
Sentí lástima de mi santo nombre, profanado por la casa de Israel en las
naciones a las que se fue. Por eso, di a la casa de Israel: Esto dice el
Señor:
No lo hago por vosotros, casa de Israel, sino por mi santo nombre, profanado
por vosotros, en las naciones a las que habéis ido. Mostraré la santidad de mi
nombre grande, profanado entre los gentiles, que vosotros habéis profanado en
medio de ellos; y conocerán los gentiles que soy yo el Señor —oráculo del Señor
—, cuando les haga ver mi santidad al castigaros. Os recogeré de entre las
naciones, os reuniré de todos los países, y os llevaré a vuestra tierra.
Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará: de todas vuestras
inmundicias e idolatrías os he de purificar; arrancaré de vuestra carne el
corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu, y
haré que caminéis según mis preceptos, y que guardéis y cumpláis mis mandatos. Y
habitaréis en la tierra que di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo
seré vuestro Dios.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío
(SAL. 41, 42). Quienes habéis perdido la fe, y quienes aún no nos hemos
entregado a Dios como él nos ha pedido que le sirvamos, ahora tenemos la ocasión
de serle fieles a nuestro Señor. Oremos recordando todo el bien que el Señor nos
ha hecho, la felicidad que experimentamos el día en que recibimos nuestra
primera Comunión...
SALMO 41, 42
R.- COMO BUSCA LA CIERVA CORRIENTES DE AGUA, ASÍ MI ALMA TE BUSCA A TI, DIOS
MÍO.
Tiene sed de Dios
del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver
el rostro de Dios?. R.-
Cómo marchaba a la cabeza del grupo
hacia la casa de Dios,
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta. R -
Envía tu luz y tu verdad;
que ellos me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada. R.-
Que yo me acerque al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
que te dé gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío. R.-
Oh Dios, crea en mí un corazón puro (SAL. 50). Hagamos penitencia como si la
Cuaresma no hubiera terminado, encaminemos nuestra vida hacia Dios, reparando el
mal que hemos hecho.
SALMO 50
R.- OH DIOS, CREA EN MÍ UN CORAZÓN PURO
Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro, con espíritu firme;
no me arrojes de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu. R.-
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
Los pecadores volverán a ti. R.-
Los sacrificios no te satisfacen,
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado,
un corazón quebrantado y humillado
tú no lo desprecias. R.-
V. Señor Dios nuestro, poder inmutable y luz sin ocaso, prosigue bondadoso a
través de tu Iglesia, sacramento de salvación, la obra que tu amor dispuso desde
la eternidad; que todo el mundo vea y reconozca que los caídos se levantan, que
se renueva lo que había envejecido y que todo se integra en aquel que es el
principio de todo, Jesucristo, nuestro Señor, que vive y reina contigo por los
siglos de los siglos.
R. Amén.
Esta lectura no se puede resumir, pero la oración puede ser cambiada por esta
otra:
Señor Dios nuestro, que con las enseñanzas del Antiguo y del nuevo Testamento
nos has preparado a celebrar el misterio de la Pascua, haz que comprendamos tu
amor, para que los dones que hoy recibimos confirmen en nosotros la esperanza de
los bienes futuros. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
En la noche santa que recordamos la Resurrección de Jesucristo nuestro Señor,
entonemos el Gloria, pidamos perdón por nuestras transgresiones conscientes y
voluntarias en el cumplimiento de la Ley, y elevemos nuestras peticiones al
cielo, sabiendo que Dios es perdón y esperanza, y, por ello, nos concederá lo
que convenga a nuestra salvación.
Oración colecta
Dios nuestro, que haces resplandecer esta noche santa con la gloria del Señor
resucitado, aviva en tu Iglesia el espíritu filial, para que, renovados en
cuerpo y alma, nos entreguemos plenamente a tu servicio. Por nuestro Señor
Jesucristo.
R. Amén.
Octava lectura. Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya nunca
morirá (ROM. 6, 3-11). Vinculados a Cristo Resucitado, renunciemos al pecado y a
la desesperanza, para que Dios nos eleve a su dignidad celestial.
LECTURA DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS 6, 3-11
Hermanos:
Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su
muerte. Por el bautismo fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así
como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así
también nosotros andemos en una vida nueva. Porque, si nuestra existencia está
unida a Él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección
como la suya. Comprendamos que nuestra vieja condición ha sido crucificada con
Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de pecadores y nosotros libres
de la esclavitud al pecado; porque el que muere ha quedado absuelto del
pecado.
Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él,
pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere
más; la muerte ya no tiene dominio sobre Él. Porque su morir fue un morir al
pecado de una vez para siempre; y su vivir es un vivir para Dios. Lo mismo
vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús Señor
Nuestro.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos, Señor.
Aleluya, Aleluya (SAL. 117). Glorifiquemos a Dios por la Resurrección de
Cristo, y afirmémonos en el cumplimiento de su voluntad.
SALMO 117
R.- ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA.
Dad gracias al señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R.-
La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa.
No he de morir, viviré,
para contar las hazañas del Señor. R.-
La piedra que desecharon los arquitectos,
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
Ha sido un milagro patente. R.-
Novena lectura. Ha resucitado e irá delante de ustedes a Galilea (MT. 28,
1-10). El Evangelio no es un mito que se extinguió con el paso del tiempo, así
pues, al celebrar la Resurrección de nuestro Hermano y Señor, dispongámonos a
convertir al mundo a la nueva buena de la salvación, pues Cristo ha resucitado
para no morir jamás.
LECTURA DEL SANTO EVANGELIO SEGÚN SAN MATEO 28, 1-10
R. Gloria a ti, Señor.
En la madrugada del sábado. Al alborear el primer día de la semana, fueron
María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló
fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose.
Corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido
blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos.
El ángel habló a las mujeres:
-- Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está
aquí: ha resucitado, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id
aprisa a decir a sus discípulos: "Ha resucitado de entre los muertos y va por
delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis." Mirad, os lo he anunciado."
Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de
alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús, les salió al
encuentro y les dijo:
-- Alegraos.
Ellos se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les
dijo:
-- No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí
me verán.
Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
Homilía 1:
1. Desde que conmemoramos la sepultura de nuestro Señor en la tarde del
Viernes Santo estamos orando con un gran deseo de empezar a celebrar la victoria
de nuestro Hermano sobre la muerte. A pesar de que nos hemos acostumbrado a
celebrar el día del Señor todos los Domingos, no tenemos en cuenta que todos los
sábados deberíamos celebrar el día de nuestra santa Madre que tanto sufrió por
causa de su soledad. José murió antes de que Jesús comenzara su Ministerio
público, María se sintió sola cuando Jesús se separó de ella para predicar el
Evangelio, así pues, nuestra Madre sufrió mucho cuando abrazó a su Hijo por
última vez, antes de que José de Arimatea y Nicodemo depositaran su cadáver en
el sepulcro.
2. Durante la Semana Santa celebramos una serie de acontecimientos de la
Historia de la salvación muy importantes, pero todos ellos transcurren muy
rápidamente y no tenemos tiempo para meditar tamaños prodigios. ¿Qué hemos
celebrado durante la Semana Santa? San Pablo responde esta pregunta en los
términos que siguen: "Eliminad todo resto de vieja levadura; vosotros debéis de
ser panes pascuales, de masa nueva y sin levadura, porque Cristo, que es nuestra
víctima pascual, ya ha sido sacrificado (1 COR. 5, 7). Jesús es nuestra Pascua,
así pues, él es Dios Hijo que está junto a nosotros y nos pide que seamos panes
nuevos, porque lo viejo ha pasado, por consiguiente, el pecado, el error, la
enfermedad y la muerte, ya no tienen poder sobre nosotros. Naturalmente nosotros
no hemos sido transformados a través de la experiencia de la muerte como le ha
sucedido a Jesús, pero sabemos que, cuando Dios lo crea oportuno, nos llegará el
día en que el dolor no nos afectará, seremos
perfectos y aborreceremos el mal. Nosotros somos panes de masa nueva, por
consiguiente, nuestras convicciones han sido transformadas por Jesús. No
necesitamos tener levadura para convertirnos en panes diferentes porque hemos
sido llamados a ser eucaristizados junto a Cristo, para que todos nos
comulguemos y vivamos vinculados por el amor de nuestro Santo Padre y Dios.
Durante los próximos cuarenta días de Pascua celebraremos que la victoria de
Cristo Resucitado es nuestra victoria, el triunfo que anhelamos.
3. San Pablo les escribió a los Colosenses: "¡Habéis resucitado con Cristo!
Orientad, pues, vuestra vida hacia el cielo, donde está Cristo sentado al lado
de Dios, en el lugar de honor. Poned el corazón en las realidades celestiales y
no en las de la tierra" (Col. 3, 1-2). Las palabras del Apóstol se explican en
los siguientes términos en que se expresó en la citada Epístola el gran
predicador de los paganos: "Cuanto hagáis o digáis, hacedlo en nombre de Jesús,
el Señor, dando gracias al Padre por medio de él" (Col. 3, 17). El Apóstol no
pretende incitarnos a que desatendamos a nuestros familiares y a que olvidemos
nuestras obligaciones y que vivamos pensando únicamente en el día en que
podremos ver a Dios, pues él desea que tengamos nuestra esperanza fundada en el
Reino de Dios que algún día será instituido plenamente por Jesús, cuando el
Mesías vuelva por segunda vez al mundo para hacer de nuestra tierra su
cielo.
4. "¿No sabéis que, al ser vinculados a Cristo por medio del bautismo, fuimos
también vinculados a su muerte¿" (ROM. 6, 3). Las palabras de San Pablo que
estamos meditando son muy contradictorias para quienes se acercan a Dios con la
intención de que nuestro Santo Padre les conceda todas las dádivas que ellos
desean. Jesús dijo en cierta ocasión: "He venido a arrojar un fuego sobre la
tierra, y cuánto desearía que ya estuviera encendido Con un bautismo tengo que
ser bautizado y, ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla¡" (LC. 12, 49-50). El
Señor dijo en otra ocasión: "No creáis que he venido a traer la paz al mundo"
(MT. 10, 34). Nos equivocamos si pensamos que Jesús vino al mundo para
solucionar nuestros problemas, así pues, él vino al mundo para enseñarnos a
sobrevivir dignamente a nuestra adversidad. El Mesías no vino al mundo para
darme la vista de la que estoy privado ni para curar vuestras enfermedades ni
para resolver nuestros problemas. Nosotros debemos ser
santificados antes que nuestro Santo Padre nos permita vivir en su Reino sin
que la enfermedad ni la muerte puedan afectarnos, pues, en aquel tiempo, el mal
será extinguido de la haz de la tierra. No debemos olvidar las siguientes
palabras de Jesús: "El reino de Dios ya está entre vosotros" (LC. 17, 21). Jesús
nos confirma que el sueño que albergamos de ver a Dios cara a cara no es una
utopía, sino una realidad que se va consumando, según le permitimos al Espíritu
Santo que habite en nosotros, nos santifique y nos perfeccione. Según el Apóstol
de las gentes: "Injertados en Cristo y partícipes de su muerte, hemos de
compartir también su resurrección" (ROM. 6, 5).
Para nosotros es muy importante la Resurrección de Jesús, así pues, si él no
hubiera vencido a la muerte, nosotros no podríamos creer que por la gracia de
Dios y la acción del Espíritu Santo que mora en nuestros corazones, podremos
vencer nuestra adversidad y viviremos sin ser atribulados, cuando nuestro Santo
Padre nos haya santificado. ¿Tan importante es la Resurrección de Cristo para
nosotros? San Pablo les escribió a los Corintios: "Si Cristo no ha resucitado,
vuestra fe carece de valor y aún seguís hundidos en el pecado" (1 COR. 15, 17).
Si Cristo no ha resucitado, yo pierdo el tiempo al pensar que algún día podré
ver. Mi aspiración no consiste en ver perfectamente, sino en poder contemplar
extasiado a Dios, pero, si Cristo está muerto, debería replantearme mis
creencias, para no sentir que he cometido un gran fracaso al abrazar la fe
católica. Jesús ha resucitado, así pues, meditemos las palabras con las que los
ángeles se dirigieron a las mujeres que buscaban a Jesús
en el sepulcro: "¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo¿" (LC.
24, 5). Cuando santa María Iluminada vio a Jesús vivo en el sepulcro, buscó a
María Santísima y a los Apóstoles, y les dijo las siguientes palabras: "He visto
al Señor" (JN. 20, 18). Vamos a pedirle al Señor que todos nosotros podamos
exclamar algún día con el corazón lleno de gozo: "¡Hemos visto al Señor¡".
Nosotros no podemos ver a Jesús eucaristizado, pero estamos completamente
seguros de que comulgamos a Cristo Resucitado, de igual manera que también
creemos que nuestro querido Hermano mayor se nos manifiesta en las personas de
nuestros prójimos porque él habita en los corazones de ellos, él se alegra con
los jubilosos, y que el 'hijo de María sufre el dolor, la agonía y la
desesperación de quienes son atribulados de diversas formas. Hermanos, Jesús no
se limitó a sufrir únicamente durante las horas en que se prolongó su Pasión,
así pues, no olvidemos que las llagas del Señor, estarán impresas en
el Cuerpo del Mesías, hasta que el último hombre de todos los tiempos, sea
santificado y sanado de sus enfermedades.
Jesús Resucitado les dijo a sus discípulos: "Mirad mis manos y mis pies; soy
yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu (fantasma) no tiene carne y huesos como
veis que yo tengo" (LC. 24, 39). Fijaos en este detalle: Jesús Resucitado no
pasó el Domingo de Resurrección en el cielo celebrando su victoria junto a Dios.
¿Amaba Jesús a los hombres más que al Padre? ¡No! El Señor pasó el primer
Domingo de Pascua entre los suyos, porque llevaba al Padre y al Espíritu Santo
en su corazón. San Pablo nos dice: "Nosotros, por tanto, si hemos muerto con
Cristo, debemos confiar en que también viviremos con él. Porque sabemos que
Cristo, al resucitar, triunfó de la muerte y es ya inmortal; la muerte ha
perdido su dominio sobre él" (ROM. 6, 8-9).
Nosotros no hemos sido los únicos que hemos tenido dudas de fe. María
Magdalena, cuando encontró el sepulcro del Señor vacío en la madrugada del
Domingo de Pascua, no pensó que Cristo había resucitado, sino que habían robado
su cadáver. Ella les dijo a los Apóstoles Pedro y Juan: "Se han llevado del
sepulcro al Señor y no sabemos dónde le han puesto" (JN. 20, 2). Pedro y Juan
corrieron al sepulcro. Juan se adelantó a Pedro, pero no sabemos si fue su miedo
o su respeto a la primacía apostólica de Pedro lo que fue que le hizo dudar
cuando se asomó a la cueva excavada en la roca y vio que las vendas de lino
estaban allí en el suelo (JN. 20, 5). "Pedro vio las vendas y se volvió a su
casa, asombrado por lo sucedido" (LC. 24, 12).
5. Pedro y Juan, emocionados, corrieron a contarles a sus compañeros y amigos
lo que habían visto. Ellos corrieron demasiado, así pues, si hubieran
permanecido unos minutos junto a María Magdalena, hubieran podido ver a Cristo
Resucitado. Jesús quiso que su gran amiga se desahogara con los dos ángeles que
aparecieron en el sepulcro, antes de que él se dejara ver por la hermana de
Marta y Lázaro. Si ella calmaba el dolor de su corazón hablando con los ángeles,
podía gozarse doblemente al producirse el encuentro del Hijo de María con ella.
María no conoció al Señor cuando lo vio, por consiguiente, ella confundió al
Mesías con un hortelano, con aquel profanador de tumbas de quien los seguidores
del Nazareno sospechaban que había robado el Cuerpo de Jesús. Ella conoció al
Hijo del carpintero cuando el Maestro la llamó por su nombre. ¿Por qué conocemos
a Jesús? ¿Por qué oramos? ¡Ojalá conociéramos a Jesús percatándonos de que él se
ha manifestado en nuestra vida¡. ¡Ojalá
alberguemos en nuestro corazón la fe de los discípulos de Emaús¡. Ellos
decían: "¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando (Jesús)
nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras¿... Ellos, por su parte,
explicaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la
fracción del pan" (LC. 24, 32 y 35). ¿Conocemos a Jesús porque él se nos entrega
a sí mismo en las celebraciones eucarísticas?
Jesús le dijo a María de Magdala cuando ella quiso abrazarlo convencida de
que él estaba vivo: "No me retengas, porque todavía no he ido a mi Padre. Anda,
ve y diles a mis hermanos que voy a mi Padre, que es también vuestro Padre; a mi
Dios, que es también vuestro Dios" (JN. 20, 17). Jesús no quería que ella lo
abrazara para que aprendiera a tenerlo en su corazón de una forma muy especial,
ya que él ascendería al cielo cuarenta días después del Domingo I de Pascua, y
sus seguidores no podían sentirse vacíos del Señor. Nosotros tenemos fe como
también tenían fe aquellos que sentían que Jesús no los había abandonado cuando
nuestro Señor ascendió al cielo (Cf. HCH. 1, 9).
(Esta homilía ha sido extraída de la edición n.o 41 de Escucha mi voz,
publicada por José Portillo Pérez el 10-04-2004).
Homilía 2:
Liturgia bautismal
Si durante la celebración algunos de los feligreses recibirán el bautismo, el
celebrante dice:
Hermanos, acompañemos con nuestra oración a estos catecúmenos que anhelan
renacer a nueva vida en la fuente del bautismo, para que Dios, nuestro Padre,
les otorgue su protección y su amor.
Si se bendice la fuente, pero no va a haber bautizos, el celebrante dice:
Hermanos, pidamos a Dios todopoderoso que con su poder santifique esta fuente
bautismal, para que cuantos en el bautismo van a ser regenerados en Cristo, sean
acogidos en la familia de Dios.
Letanías de los Santos
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor, ten piedad de nosotros.
Santa María, Madre de Dios ruega por nosotros.
San Miguel ruega por nosotros.
Santos ángeles de Dios rogad por nosotros.
San Juan Bautista ruega por nosotros.
San José ruega por nosotros.
Santos Pedro y Pablo rogad por nosotros.
San Andrés ruega por nosotros.
San Juan ruega por nosotros.
Santa María Magdalena ruega por nosotros.
San Esteban ruega por nosotros.
San Ignacio de Antioquía ruega por nosotros.
San Lorenzo ruega por nosotros.
Santas Perpetua y Felicitas rogad por nosotros.
Santa Inés ruega por nosotros.
San Gregorio ruega por nosotros.
San Agustín ruega por nosotros.
San Atanasio ruega por nosotros.
San Basilio ruega por nosotros.
San Martín ruega por nosotros.
San Benito ruega por nosotros.
Santos Francisco y Domingo rogad por nosotros.
San Francisco Javier ruega por nosotros.
San Juan María Vianney ruega por nosotros.
Santa Catalina de Siena ruega por nosotros.
Santa Teresa de Jesús ruega por nosotros.
Santos y Santas de Dios rogad por nosotros.
Muéstrate propicio líbranos, Señor.
De todo mal líbranos, Señor.
De todo pecado líbranos, Señor.
De la muerte eterna líbranos, Señor.
Por tu encarnación líbranos, Señor.
Por tu muerte y resurrección líbranos, Señor.
Por el don del Espíritu Santo líbranos, Señor.
Nosotros, que somos pecadores te rogamos, óyenos.
Si hay bautizos:
Para que te dignes comunicar tu propia vida a quienes has llamado al bautismo
te rogamos, óyenos.
Si no hay bautizos:
Para que santifiques esta agua por la que renacerán tus nuevos hijos te
rogamos, óyenos.
Jesús, Hijo de Dios vivo. Te rogamos, óyenos.
Si hay bautizos:
Derrama, Señor, tu infinita bondad en este sacramento del bautismo y envía a
tu Santo Espíritu, para que haga renacer de la fuente bautismal a estos nuevos
hijos tuyos, que van a ser santificados por tu gracia, mediante la colaboración
de nuestro ministerio. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Bendición del agua bautismal
Dios nuestro, que con tu poder invisible realizas obras admirables por medio
de los signos de los sacramentos y has hecho que tu creatura, el agua,
signifique de muchas maneras la gracia del bautismo.
Dios nuestro, cuyo Espíritu aleteaba sobre la superficie de las aguas en los
mismos principios del mundo, para que ya desde entonces el agua recibiera el
poder de dar la vida.
Dios nuestro, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste
el nuevo nacimiento de los hombres, al hacer que de una manera misteriosa, un
mismo elemento diera fin al pecado y origen a la virtud.
Dios nuestro, que hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo a los hijos de
Abraham, a fin de que el pueblo liberado de la esclavitud del faraón,
prefigurara al pueblo de los bautizados.
Dios nuestro, cuyo Hijo, al ser bautizado por el precursor en el agua del
Jordán, fue ungido por el Espíritu Santo suspendido en la cruz, quiso que
brotaran de su costado sangre y agua; y después de su resurrección mandó a sus
apóstoles "id y enseñad a todas las naciones bautizándolas en el nombre del
Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo".
Mira ahora a tu Iglesia en oración y abre para ella la fuente del bautismo.
Que por la obra del Espíritu Santo esta agua adquiera la gracia de tu Unigénito,
para que el hombre, creado a tu imagen, limpio de su antiguo pecado por el
sacramento del bautismo, renazca a la vida nueva por el agua y el Espíritu
Santo.
Si el celebrante lo cree oportuno, introduce el cirio pascual dos o tres
veces en el agua diciendo:
Te pedimos, Señor, que el poder del Espíritu Santo, por tu Hijo, descienda
sobre el agua de esta fuente,
prosigue manteniendo el cirio dentro del agua:
para que todos los que en ella reciban el bautismo, sepultados con Cristo en
su muerte, resuciten también con él a la vida. Por Jesucristo, nuestro
Señor.
Al sacar el cirio del agua, el pueblo dice:
Fuentes del Señor, bendecid al Señor, alabadlo y glorificadlo por los
siglos.
Bendición del agua bendita
Si no hay bautizos ni bendición de la fuente bautismal, el celebrante invita
al pueblo a orar diciendo:
Pidamos, queridos hermanos, a Dios Padre todopoderoso, que bendiga esta agua,
con la cual seremos rociados en memoria de nuestro bautismo, y que nos renueve
interiormente, para que permanezcamos fieles al Espíritu que hemos recibido.
Se ora unos momentos en silencio. A continuación, el celebrante prosigue:
Señor, Dios nuestro, mira con bondad a este pueblo tuyo, que vela en oración
en esta noche santísima, recordando la obra admirable de nuestra creación y la
obra más admirable todavía, de nuestra redención. Dígnate bendecir más esta
agua, que tú creaste para dar fertilidad a la tierra, frescura y limpieza a
nuestros cuerpos.
Tú, además, has convertido el agua en un instrumento de tu misericordia: a
través de las aguas del mar Rojo liberaste a tu pueblo de la esclavitud; en el
desierto hiciste brotar un manantial para saciar su sed; con la imagen del agua
viva los profetas anunciaron la nueva alianza que deseabas establecer con los
hombres; finalmente, en el agua del Jordán, santificada por Cristo, inauguraste
el sacramento de una vida nueva, que nos libra de la corrupción del pecado.
Que esta agua nos recuerde ahora nuestro bautismo y nos haga participar en la
alegría de nuestros hermanos, que han sido bautizados en esta Pascua del Señor,
el cual vive y reina por los siglos de los siglos.
Renovación de las promesas que hicimos al ser bautizados
Hermanos, por medio del bautismo, hemos sido hechos partícipes del misterio
pascual de Cristo; es decir, por medio del bautismo, hemos sido sepultados con
él en su muerte para resucitar con él a una vida nueva. Por eso, al terminar el
tiempo de preparación de la Cuaresma, es muy conveniente que renovemos las
promesas de nuestro bautismo, con las cuales un día renunciamos a Satanás y a
sus obras y nos comprometimos a servir a Dios, en la santa Iglesia católica.
Primera fórmula de renuncia del mal
V. ¿Renuncian ustedes a Satanás?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a todas sus obras?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a todas sus seducciones?
R. Sí, renuncio.
Segunda fórmula de renuncia del mal
V. ¿Renuncian ustedes al pecado para vivir en la libertad de los hijos de
Dios?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a todas las seducciones del mal para que el pecado no los
esclavice?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Renuncian a Satanás, padre y autor de todo pecado?
R. Sí, renuncio.
V. ¿Creen ustedes en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y de la
tierra?
R. Sí, creo.
V. ¿Creen en Jesucristo, su Hijo único y Señor nuestro, que nació de la
Virgen María, padeció y murió por nosotros, resucitó y está sentado a la derecha
del Padre?
R. Sí, creo.
V. ¿Creen en el Espíritu Santo, en la santa Iglesia católica, en la comunión
de los santos, en el perdón de los pecados, en la resurrección de los muertos y
en la vida eterna?
R. Sí, creo.
V. Que Dios todopoderoso, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos liberó
del pecado y nos ha hecho renacer por el agua y el Espíritu Santo, nos conserve
con su gracia unidos a Jesucristo nuestro Señor, hasta la vida eterna.
R. Amén.
Mientras que el sacerdote rocía con agua al pueblo, se entona un cántico
apropiado.
Oración universal o de los fieles
V. Oremos, hermanos y hermanas, en la santa noche en que nos preparamos a
celebrar la Resurrección de Jesús, nuestro Hermano y Señor, para que nuestro
Santo Padre nos conceda sus dones y virtudes en esta vida, para que seamos
purificados a través de nuestras vivencias buenas y adversas, para que así
podamos vivir en el Reino de Dios, cuando nuestro Señor venga nuevamente a
concluir el rescate de su pueblo. Respondemos a cada petición: Padre nuestro de
la vida, te agradecemos todo lo que has hecho por nosotros.
1. Para el Papa Juan Pablo II, te pedimos, Santo Padre, la fuerza que
necesita para vivir la prueba a la que está siendo sometido, y la fuerza que más
que nunca, en su estado actual necesita, para seguir manteniendo la fe de la
Iglesia.
2. Para los religiosos te pedimos, Santo Padre, que no les falte la fe para
seguir siendo tus fieles colaboradores, y que no les falte el amor y el apoyo de
los laicos, para que puedan llevar a cabo su actividad evangelizadora sin
desfallecer.
3. Para los laicos te pedimos, Santo Padre, que inspires su vida en los
religiosos, pues de ellos han de recibir apoyo, comprensión y afecto, para que
puedan ser en el mundo tu imagen viva.
4. Para los enfermos, sus familiares, el personal sanitario y los voluntarios
que les cuidan, te pedimos, Santo Padre, la plena comprensión del dolor a nivel
teológico, y, para quienes morirán próximamente, te pedimos la vida eterna.
5. Para los pobres te pedimos, Santo Padre, que nos hagas solidarios, para
que podamos compartir con ellos los dones materiales y espirituales que tú nos
has concedido.
6. Para quienes viajan en estos días, te pedimos, Padre nuestro de la vida,
que regresen a sus hogares felizmente, sin que les suceda ningún percance.
7. Añadir nuevas peticiones.
V. Al prepararnos a conmemorar la Resurrección de Jesús tu Hijo, te pedimos,
Santo Padre, que nos inspires tu deseo de redimir al mundo, para que, a partir
de la vivencia de esta celebración pascual, salgamos de este templo dispuestos a
evangelizar al mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Liturgia eucarística
Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor, los dones que te presentamos y concédenos que el memorial de
la muerte y resurrección de Jesucristo, que estamos celebrando, nos obtenga la
fuerza para llegar a la vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio
V. El Señor esté con vosotros.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
V. En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, glorificarte
siempre, Señor, pero más que nunca en esta noche en que Cristo, nuestra Pascua,
fue inmolado. Porque él es el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo:
muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró la vida. Por eso, con
esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría y también
los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles, cantan sin cesar el himno
de tu gloria: Santo, Santo, Santo...
Antífona de la Comunión
Cristo, nuestro Cordero pascual, ha sido inmolado. Celebremos, pues, la
Pascua, con una vida de rectitud y santidad. Aleluya (1 COR. 5, 7-8).
Oración después de la Comunión
Infúndenos, Señor, tu espíritu de caridad para que vivamos siempre unidos en
tu amor los que hemos participado en este sacramento de la muerte y resurrección
de Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos.
Bendición solemne de Pascua
V. Que Dios todopoderoso os bendiga en este día solemnísimo de Pascua y,
compadecido de vosotros, os guarde de todo pecado.
R. Amén.
V. Que os conceda el premio de la inmortalidad quien os ha redimido para la
vida eterna con la resurrección de su Hijo.
R. Amén.
V. Que quienes, una vez terminados los días de la Pasión, celebráis con gozo
la fiesta de la Pascua del Señor, podáis participar, con su gracia, del júbilo
de la Pascua eterna.
R. Amén.
V. Y la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros.
R. Amén.
V. Podéis ir en paz. Aleluya, Aleluya.
R. Demos gracias al Señor. Aleluya, Aleluya.