1. La sabiduría y el discernimiento.
En el diccionario de la R. A. E., encontramos la siguiente definición de la
sabiduría: "Conducta prudente en la vida o en los negocios". La sabiduría
cristiana es práctica, así pues, cuanto más meditamos la Palabra de Dios y
ponemos en práctica el conocimiento que adquirimos al leer la Biblia, estamos
más capacitados para rechazar todo lo que nuestro Padre común no aprueba. en la
primera lectura que estamos meditando en esta ocasión, leemos: "Ahora pues,
Jehová Dios mío, tú me has puesto a mí tu siervo por rey en lugar de David mi
padre; y yo soy joven, y no sé cómo entrar ni salir. Y tu siervo está en medio
de tu pueblo al cual tú escogiste; un pueblo grande, que no se puede contar ni
numerar por su multitud. Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a
tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá
gobernar este tu pueblo tan grande?" (1 REY. 3, 7-9).
Al recordar la humildad del hijo de David y Betsabé, deberíamos preguntarnos:
¿tiene alguna aplicación para nuestra vida el texto que estamos meditando? Los
religiosos necesitáis sabiduría para predicar la Palabra de Dios, pues, de
alguna manera, tenéis que velar por la salvación de las almas que os han sido
encomendadas. Es cierto que Jesús dijo: "Si el mundo os aborrece, sabed que a mí
me ha aborrecido antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo
suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os elegí del mundo, por eso el
mundo os aborrece" (JN. 15, 18-19). A pesar de que no somos del mundo porque
vivimos como peregrinos que por fe esperamos que venga Cristo nuevamente a
nuestro encuentro, no podemos olvidar que tenemos el deber de hacer que el mundo
conozca nuestra esperanza. Los padres necesitáis sabiduría para educar a
vuestros hijos, pues ellos deben adquirir una buena formación académica, deben
responsabilizarse con respecto a sus deberes, tienen que ser buenos
trabajadores, y tienen también que ser buenos cristianos. Los jóvenes debéis
adquirir sabiduría para no desviaros del camino que tenéis que recorrer como
buenos hijos de nuestro Padre común. considerad los siguientes versículos
bíblicos:
El que corrige al escarnecedor, se acarrea afrenta;
el que reprende al impío, se atrae mancha.
No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca;
corrige al sabio, y te amará.
Da al sabio, y será más sabio;
enseña al justo, y aumentará su saber.
El temor de Jehová es el principio de la sabiduría,
y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia" (PR. 9, 7-10).
En el Exodo encontramos las siguientes palabras de Dios: "No tendrás dioses
ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté
arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra.
No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte,
celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y
cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los
que me aman y guardan mis mandamientos" (EX. 20, 3-6).
¿Por qué es importante el hecho de que vivamos en la presencia de nuestro
Padre común como El lo desea, es decir, imitando a Jesús, a cuya imagen física
fuimos creados? Nosotros por nuestros propios medios somos incapaces de curar
todas las enfermedades, exterminar la muerte, y de crear un mundo en el que
todos podamos ser plenamente felices, sin que el egoísmo de ninguna persona
perjudique a nadie. Si no vivimos imitando a Jesús, ello significa que no
creemos en dios, y, por lo tanto, no deseamos vivir en el paraíso en que Dios
transformará la tierra al final de los tiempos. A estas alturas, no necesitamos
que nadie nos explique las siguientes palabras de Jesús: "Por tanto, si tu ojo
derecho te es ocasión de caer (pecar), sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es
que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al
infierno" (MT. 5, 29). El dinero es la sangre del mundo. Esto lo sabemos bien
quienes tenemos dificultades económicas. A pesar de ello, ¿puede comprarse el
amor verdadero con dinero? Recordemos las impactantes palabras del Mesías:
"Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?
¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?" (MT. 16, 26).
2. La parábola del sembrador.
"Y (Jesús) les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el
sembrador salió a sembrar. Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto
al camino; y vinieron las aves y la comieron... Cuando alguno oye la palabra del
reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su
corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino" (MT. 13, 3-4 y 19). A
pesar de que estamos capacitados para obtener buenas conclusiones de la lectura
de la Biblia, necesitamos ayuda para que se nos interprete correctamente la
Palabra de Dios, con el fin de que podamos comprender plenamente el designio de
nuestro Creador. Si deseamos crecer espiritualmente, si alguna vez hemos sido
llenos de gozo por causa de nuestra fe, no debemos dejar que Satanás nos impida
que sigamos conociendo a nuestro Padre común. Si tenemos tiempo para trabajar y
para divertirnos porque ello es importante para nosotros, si valoramos nuestra
fe, ¿cómo es posible que carezcamos del tiempo que necesitamos para aumentar
nuestra fe en nuestro Padre común?
"Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto,
porque no tenía profundidad de tierra; pero salido el sol se quemó; y porque no
tenía raíz, se secó... Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye
la palabra, y al momento la recibe con gozo; pero no tiene raíz en sí, sino que
es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de
la palabra, luego tropieza" (MT. 13, 5-6 y 20-21). Recuerdo que cuando trabajé
como catequista en una pequeña iglesia hace muchos años logré que uno de mis
amigos se interesara por la Palabra de Dios y que por lo tanto leyera los cuatro
Evangelios y asistiera a las celebraciones litúrgicas. Ambos éramos adolescentes
y nuestros padres no veían como bueno el hecho de que manifestáramos nuestra fe
participando activamente en las celebraciones eucarísticas. Mi amigo se alegró
mucho de conocer a Dios y ello fue para él muy beneficioso, pero, sin embargo,
no pudo resistir la presión que sus familiares ejercieron contra él, de manera
que, cuando yo dejé de trabajar en esa iglesia porque me fui a vivir a otro
pueblo, él también se alejó del templo. Recuerdo también el caso de una mujer
con la que tuve la oportunidad de vivir intensamente unos ejercicios
espirituales, la cuál, se alegró inmensamente de conocer a Dios, salió del
convento en que estuvimos durante tres días diciéndonos a todos los que
estábamos allí que iba a conseguir que todos sus familiares y amigos se hicieran
creyentes en Dios, y, una semana después me encontré con ella, y me di cuenta de
que no había podido resistir la presión que ejercieron contra ella aquellos a
quienes ella quería haber evangelizado. Espero que vosotros nunca hayáis
experimentado la situación de haber sido tenidos por bichos raros por quienes no
comprenden nuestra fe. recordad otra vez las palabras de JN. 15, 18-19.
"Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron... El que
fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este
siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa" (MT.
13, 7 y 22). Es bueno que tengamos tiempo para realizar nuestras tareas
hogareñas, para hablar con nuestros amigos, para relacionarnos con nuestros
compañeros de trabajo y para fortalecer nuestra fe. Sé que muchos de nosotros
hemos estudiado y trabajado mucho, hasta el punto de olvidarnos de Dios y de no
relacionarnos con nuestros familiares y amigos. Esto puede habernos sucedido,
bien por causa de nuestra ambición, o por habernos visto obligados a mantener
nuestra única fuente de ingresos, sin la cuál no hubiéramos podido sobrevivir ni
conseguir todo lo que hemos conseguido. A pesar de estas situaciones cuya
vivencia siempre nos hace infelices, es importante que no olvidemos a nuestro
Padre común. Recordad siempre las palabras del Apóstol: "Acercaos a Dios, y él
se acercará a vosotros. Pecadores, limpiad las manos; y vosotros los de doble
ánimo, purificad vuestros corazones" (ST. 4, 8). ¿Qué garantía tenemos de que
Dios se apiadará de nosotros y nos hará felices más allá de nuestras
dificultades actuales? "Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre
para que se arrepienta. El dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?" (NUM.
23, 19). Sabemos que Dios no miente, y el hecho de permitir el sacrificio de su
Hijo, nos ayuda a comprender que nuestro Creador nunca nos abandonará. En el
último libro de la Biblia leemos: "TE damos gracias, Señor Dios todopoderoso, el
que eres y que eras y que has de venir, porque has tomado tu gran poder, y has
reinado. Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a
los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a
los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que
destruyen la tierra" (AP. 11, 17-18).
"Considera al íntegro, y mira al justo;
porque hay un final dichoso para el hombre de paz" (SAL. 37, 37).
"Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta,
y cuál a treinta por uno... Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el
que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y y a
treinta por uno" (MT. 13, 8 y 23). Es importante que recordemos que no seremos
salvos por el valor de nuestras obras, sino por causa de la fe que tenemos en
Dios. El hecho de estar leyendo esta meditación puede significar que queremos
ser buenos servidores de nuestro Padre común.
Parábola del trigo y la cizaña.
La parábola que está escrita en MT. 13, 24-30, puede ser meditada teniendo en
cuenta la reflexión que hemos hecho con respecto a JN. 15, 18-19. "Les refirió
otra parábola, diciendo: El reino de los cielos es semejante a un hombre que
sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían los hombres, vino su
enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue" (MT. 13, 24-25). Si cuando
Dios hizo el mundo nuestro Padre común dijo que todo lo había hecho bien, ¿de
dónde salió el mal? Si aceptamos como válido el hecho de que Adán y Eva fueron
engañados por Satanás, en el estado en que ellos se encontraban en que eran
perfectos hasta el punto de que no eran afectados por las enfermedades ni por la
muerte, ¿cómo es posible que nuestros primeros padres se dejaran debilitar por
el pecado con tanta facilidad? Por otra parte, si Dios sabía que Satanás se iba
a convertir en su mayor enemigo, ¿por qué creó aquél ángel que se encargó de
asesinar a su Hijo por mediación de judíos y romanos? Si Dios nos hubiera
evitado el padecimiento que caracteriza la vida de muchas personas, no
estaríamos capacitados para valorar el amor con que nuestro Padre común se nos
manifiesta todos los días de nuestra vida. Intentemos practicar nuestra
sabiduría bíblica aprendida de Dios y discernamos el bien del mal, para que el
diablo no nos coja desprevenidos, y siga sembrando cizaña en nuestro
entorno.
"Y cuando salió la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña.
Vinieron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: Señor, ¿no
sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña? El les dijo:
Un enemigo ha hecho esto. Y los siervos le dijeron: ¿quieres, pues, que vayamos
y la arranquemos? El les dijo: No, no sea que al arrancar la cizaña, arranquéis
también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la
siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la
cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero"
(MT. 13, 26-30). En este tiempo aún no debe ser exterminado el mal del mundo,
porque muchos injustos aún tienen la oportunidad de convertirse y ser salvos, y
no es conveniente que se debilite la débil fe de los que aún dudan con respecto
a la existencia de nuestro Padre común. ¿Queréis que se dejen de cometer
injusticias en el mundo? No está en nuestras manos el hecho de exterminar el mal
del mundo, pero no hemos de olvidar que Dios aún está comisionando a sus mejores
servidores para que den a conocer su Palabra en condiciones favorables y
desfavorables para ellos, y que nosotros podemos contarnos entre los
predicadores del Reino de Dios.
Parábola de la semilla de mostaza.
"Otra parábola les refirió, diciendo: el reino de los cielos es semejante al
grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad
es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de
las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y
hacen nidos en sus ramas" (MT. 13, 31-32). Aunque nosotros no podemos hacer nada
para tener fe porque es Dios quien nos llama cuando sabe que no lo vamos a
rechazar, si queremos vivir en la presencia de nuestro Padre común, podemos
esforzarnos para que El nos aumente la primera de las virtudes teologales. A
nivel individual, podemos leer libros en cuyas páginas se interpretan textos
bíblicos, podemos buscar a alguna persona que nos ayude a fortalecer nuestra fe,
podemos integrarnos en congregaciones de cristianos, asistir al culto o servicio
sagrado, y muchas más cosas. De un día a otro no notaremos que nuestra fe es más
firme y segura, pero ello será posible con el paso del tiempo. La fe que nace en
un mar de dudas puede fortalecerse hasta el punto de que quien la posee puede
estar dispuesto a sacrificar su vida antes de afirmar que Dios no existe.
El conocimiento de Dios está representado por un tesoro o por una perla de
gran valor. No merece la pena, sino la vida, renunciar a ciertos placeres del
mundo para adquirir el conocimiento que nos alcanzará la vida
eterna.